Sacrificio y poder entre los incas

En vestigios de las antiguas sociedades andinas de diferentes regiones y culturas se han encontrado pruebas de la existencia del sacrifico de seres humanos desde tiempos tempranos. Las evidencias se pueden apreciar en los cuerpos encontrados, así como en imágenes plasmadas en relieves, en textiles, en pinturas sobre cerámica y en vasijas escultóricas. Respecto a periodos posteriores, es decir, la época previa a la conquista ibérica —que es la que se abordará en este estudio— se cuenta con documentos del virreinato que proporcionan información sobre dicha práctica en los Andes centrales y que fueron escritos en caracteres latinos por españoles, indígenas y mestizos. En el presente artículo se analizará la modalidad del sacrificio humano promovida por los incas, su importancia, significado y la veneración que se le daba a algunos de los cuerpos ofrendados. También se destacará la relación de esa práctica con el poder, que incluyó la incorporación de algunos santuarios locales al Estado incaico y a la religión estatal, los beneficios políticos y sociales obtenidos por aquellos que donaban a alguno de sus vástagos, así como el culto particular ofrecido a los individuos que eran considerados como hijos del Rayo. A lo largo de esta exposición se apreciará que el sacrificio humano fue un mecanismo importante utilizado por las poblaciones dependientes de los incas y avalado por el poder central para insertarse y obtener el reconocimiento por parte del Estado incaico.

Desde la perspectiva occidental, el sacrificio humano es una forma de violencia extrema que culmina con la muerte, ejercida sobre uno o varios individuos de manera consensuada por una sociedad y avalada tanto por las instituciones que ejercen el poder como por el sistema religioso imperante. Sin embargo, para los incas era un acto aceptado e incluso necesario, ya que la ofrenda de víctimas era la máxima muestra de veneración a los dioses. También tuvo otros objetivos, como alimentar a las deidades, solicitarles o retribuirles los beneficios otorgados y evitar o superar catástrofes tanto naturales como sociales. Entre estas últimas destacaron tanto el ascenso al poder como el deceso de un Sapa Inca, suceso que demandaba de un gran número de acompañantes en su paso al más allá. Así mismo, se buscaba propiciar el bienestar de manera constante, lo cual se lograba al evitar la ira de las huacas1 mediante las ofrendas. Igualmente, los incas creían que algunas divinidades reclamaban la inmolación de ciertos individuos que eran considerados sus hijos. Por medio de los sacrificios se establecía un intercambio entre los seres humanos y las entidades sagradas para que el mundo funcionara adecuadamente, ya que aquéllas, consideradas superiores al ser humano, controlaban todo lo que sucedía en la naturaleza, en la sociedad y en la vida particular de cada individuo. Dentro del esquema de organización inca, el soberano del Tahuantinsuyu concentró el máximo poder religioso y controló la distribución de lo sagrado, al igual que el sistema político y económico. De esta forma, el poder central incaico impuso a los grupos conquistados su ideología, dioses y creencias pero, al mismo tiempo, integró en su sistema religioso a las huacas más destacadas que gozaban de una gran fama. También, como se podrá apreciar en este artículo, si bien predominó el culto impuesto por los incas, algunas expresiones locales mantuvieron su independencia.

El esquema redistributivo de lo sagrado

De acuerdo con la información proporcionada por diversos documentos coloniales, se puede afirmar que la práctica sacrificial de víctimas en el Tahuantinsuyu constituyó un elemento medular del complejo religioso incaico. Pero, además, como ya lo planteó Pierre Duviols,2 formó parte importante del sistema de intercambio y reciprocidad que prevaleció en la organización impuesta por los incas en todo el territorio que dominaron. De esa manera, los sacrificios humanos fueron una forma en la que el poder centralizado se impuso sobre las poblaciones conquistadas, mientras que éstas mostraban al Sapa Inca sumisión, fidelidad y confederación. Así, el soberano, máximo representante del Estado, reconocía a los diferentes grupos como sus aliados y los incorporaba en el sistema redistributivo de bienes tanto materiales como inmateriales, con lo cual esos pueblos adquirían derechos que les permitían tener acceso a diferentes productos. Dentro de estos bienes, que eran concentrados, controlados y distribuidos por orden del gobernante, se encontraba el acceso a lo sagrado, lo que implicaba tener la protección de las divinidades. Igualmente, la ofrenda de algún sujeto por parte de un grupo traía como resultado el reconocimiento del poder central y la obtención de prebendas para la familia del sacrificado. De esta forma, se establecía un intercambio: la ofrenda de un ser humano a cambio de la obtención de privilegios y de estatus social y político.

El control que ejercían los incas sobre otras poblaciones en el ámbito religioso se establecía desde el momento de la conquista, ya que su huaca, es decir, la entidad sagrada del grupo, era tomada y llevada a Cusco para colocarla en un recinto donde permanecía “cautiva”, para asegurar que sus protegidos no se rebelaran en contra de sus dominadores. Esto se debe a la creencia de que mientras el dios protector permaneciera bajo el control de los incas, el grupo veía disminuidas sus fuerzas y una menor posibilidad de obtener una victoria en caso de sublevación. Con ello, el soberano controlaba a las divinidades particulares de los pueblos conquistados y el acceso a lo divino. Por otra parte, algunas de las huacas de los diferentes grupos se quedaban en su región, pero eran llevadas a Cusco en ciertas fechas para participar en ceremonias ante el Sapa Inca y las deidades principales del Estado: Viracocha o el Hacedor, el Sol o Inti, Illapa, dios del trueno y del rayo, y en menor medida las fuentes mencionan a la Luna o Quilla. Por tanto, la presencia de las huacas locales en las fiestas en las que tenían un lugar central las divinidades incaicas también muestra el compromiso de sumisión, lealtad y fidelidad de los dioses de los pueblos conquistados hacia las huacas del pueblo dominante. Como se puede ver, el esquema del aparato económico y político impuesto por los incas se reprodujo en el sistema religioso, es decir, el intercambio y reciprocidad que implicaban, por un lado, fidelidad, y, por el otro, reconocimiento. Con ello, los grupos sometidos tenían acceso no solamente a los bienes materiales, sino también a los dones que otorgaban las divinidades que controlaban el mundo como los fenómenos naturales, la producción de alimentos, el otorgamiento de bienes y salud; acceso que estaba reservado, como intermediarios, en primer lugar al soberano y en segundo, a los sacerdotes del poder central y después a los ministros locales del culto.

En ese esquema, en el que predominaban la concentración y distribución de bienes, también se observa que los incas, al conquistar una región, en muchas ocasiones integraron en su sistema religioso a las huacas locales, sobre todo las que tenían gran fama en su región y que incluso eran reconocidas por otras poblaciones, por lo que eran motivo de peregrinaciones provenientes de diferentes zonas para rendirles culto. Por lo general, estas huacas eran, al mismo tiempo, oráculos que se distinguían por lo certero de sus vaticinios. Un ejemplo de ello lo constituyó el santuario de Pachacámac, que se localizaba en la costa central, cerca de Lima, y que tuvo una vigencia de larga duración, puesto que los datos arqueológicos revelan que estuvo activo desde el periodo Intermedio Temprano (200 d. C.) hasta la llegada de los españoles. En la mayoría de los casos, los lugares asociados con la religión estatal fueron las altas montañas, generalmente de nieve perenne, como la de Coropuna, en la provincia de Condesuyu —que también era un oráculo—, al igual que el monte ubicado en la cordillera Vilcanota, como a 20 leguas de Cusco, junto al pueblo de Chungara. Estos sitios, como otros muchos, eran residencia de fuerzas sagradas y ancestros conocidos como apus o wamanis. Otro lugar al que se le atribuyó una gran sacralidad fue el lago Titicaca, pues se creía que había sido el escenario donde el Hacedor o Viracocha había llevado a cabo la creación y el ordenamiento del mundo. Tanto en estos sitios como en otros de gran importancia, donde se creía que habitaban divinidades, el Sapa Inca ordenaba que se repartieran y depositaran ricas ofrendas entre las que estaban víctimas humanas y auquénidos, así como textiles finos, pequeñas estatuas de seres humanos y llamas elaboradas en oro, plata y concha marina (Spondylus sp.), llamada en quechua mullu, comidas y chicha.

Los sacrificios

Según lo consignado en las fuentes, el término para designar el concepto de sacrificio u ofrenda era capacocha o capac hucha, el cual ha sido analizado por varios investigadores, entre los que se encuentra María Rostworowski. Para esta investigadora, la palabra proviene de capac que significa “señor” o “soberano” y cocha que se refiere al mar o a las lagunas. Esto lo propone con base en que algunas ofrendas eran lavadas en las lagunas, los ríos o el mar. Coincido con esta investigadora al desestimar la posibilidad de que la palabra hucha sea interpretada como “pecado”, de acuerdo con los diccionarios de fray Domingo de Santo Tomás y Diego González Holguín, y que, según algunos investigadores, se refería a los sacrificios humanos. En relación con esto, José María Arguedas, en su edición sobre la obra en quechua recogida por Francisco de Ávila conocida con el título de Dioses y hombres de Huarochirí, traduce la palabra capacocha como “gran culpa” al referirse a la ofrenda sacrificial de un hombre y una mujer que se hacía en Pachacámac.3 Pero desde las concepciones indígenas, ¿cómo podría considerarse pecado o falta a la máxima muestra de adoración a las entidades sagradas? Por tanto, estimo que dicha traducción corresponde a una interpretación hecha desde la visión occidental y estoy de acuerdo con Rostworowski en que los sacrificios humanos de ninguna manera eran vistos por los pobladores andinos “como un crimen o una maldad puesto que los indígenas veían en los sacrificios un futuro maravilloso para sus hijos, colmados de todos los bienes posibles”.4 Por su parte, Gerald Taylor, en su versión del documento de Huarochirí, menciona lo siguiente para el vocablo hucha:

El sentido de base de hucha es: deber, deuda, obligación, lo que debe ser realizado y, en el caso de no ser realizado, la falta, el no cumplir con la obligación, el no pagar la deuda. De este último sentido proviene la acepción colonial de “pecado”. El capac hucha corresponde a la realización de una obligación ritual de máxima importancia y esplendor (capac).5

Juan de Betanzos interpreta el término capacocha como “sacrificio solemne”, en tanto que Pedro Cieza de León establece que eran las ofrendas de oro y plata, mantas y auquénidos que se pagaba a los templos. Sin embargo, con dicha palabra designa también de manera específica a los sacrificios humanos, pues la distingue de las demás ofrendas cuando menciona que el Sapa Inca y los principales daban a la montaña Coropuna muchas ofrendas de oro y capacocha, es decir, le sacrificaban hombres y mujeres. También consigna que casi cada año honraban con la capacocha al templo de Vilcanota.6 Diversos documentos coloniales que recogen información sobre los Andes centrales en la época previa a la llegada de los españoles y durante los dos primeros siglos del virreinato coinciden en que el término mencionado se refiere a los sacrificios humanos. Igualmente, nombran con ese apelativo tanto a las personas que iban a ser sacrificadas como a los restos mortales de los individuos ofrendados.

Debido a lo anterior, llama la atención que Cieza de León también asigne ese término a la reunión de las huacas que se hacía cada año en Cusco,7 es decir, la visita ritual de los bultos y estatuas de las divinidades que se encontraban en los lugares sagrados y en los templos locales ubicados en las diversas regiones del Tahuantinsuyu. Esta visita era importante puesto que en ella las huacas debían demostrar su efectividad para que el Sapa Inca las apreciara y les concediera ofrendas. Es posible que dicho reconocimiento sagrado estuviera relacionado con la aceptación que otorgaba el soberano a las poblaciones para que participaran de la redistribución de bienes. La ceremonia consistía en lo siguiente: las huacas eran traídas con mucha veneración por los sacerdotes y sus camayos o guardianes. Al entrar en la ciudad las colocaban en lugares específicos y eran honradas por el gobernante y los principales con grandes fiestas, cantos, danzas y borracheras. Todos se juntaban para escuchar lo que los ídolos vaticinaban para el año, de acuerdo con las preguntas que le hacían a cada huaca de manera independiente, por ejemplo, si el Sapa Inca moriría, si habría buenas cosechas, si se multiplicarían los rebaños de auquénidos, si se desataría alguna guerra o rebelión o si habría enfermedades. Cada divinidad respondía por boca de su sacerdote, pero no de manera inmediata, ya que primero le hacían ofrendas de auquénidos, cuyes y aves que degollaban. La respuesta la obtenía el ministro de cada huaca a través de sueños y la trasmitía a los congregados. A las divinidades que vaticinaban de manera certera, el soberano les enviaba al siguiente año a sus lugares de origen grandes cantidades de ricas ofrendas, mientras que a las que se equivocaban no les remitía nada y perdían su credibilidad, reputación y estatus dentro del sistema religioso. Cabe mencionar que, aunque Cieza de León se refiera con el término de capacocha a la reunión de las huacas, es posible que con dicha palabra se designaran más bien las ofrendas que les hacían a aquéllas, muchas de las cuales eran otorgadas por el Sapa Inca. También es pertinente señalar que esta ceremonia era importante, puesto que en ella estaba en juego el reconocimiento o el descrédito de las huacas locales y, con ello, los bienes que les otorgaba el soberano, como hatos de auquénidos y campos de cultivos.

Las víctimas

Las fuentes consultadas mencionan como víctimas a hombres y a mujeres, pero en algunas ocasiones no se especifica su edad, como los casos de las ofrendas a la montaña Coropuna y a la divinidad que residía en el santuario de Pachacámac. De acuerdo con la versión de Arguedas sobre el manuscrito de Huarochirí, en este último sitio, ubicado junto al mar y donde termina la tierra, sacrificaban cada año a un hombre y a una mujer, los que eran enterrados vivos. Según la traducción del quechua o runa simi que hace Gerald Taylor de ese pasaje, en aquel lugar ofrendaban a varios hombres y mujeres que provenían de todas las provincias, y no solamente uno de cada género, como lo interpreta Arguedas.8 Es posible que estos individuos fueran proporcionados por el Sapa Inca, ya que era el encargado de distribuir las ofrendas entre las huacas y designar qué le correspondía a cada santuario de acuerdo con su importancia, la cual dependía de la efectividad y certeza de sus vaticinios.

Sin duda, los documentos coinciden en que la mayoría de las víctimas de sacrificio eran niños y niñas que oscilaban entre los cuatro y los diez años de edad, aproximadamente, así como doncellas adolescentes. Era requerimiento necesario que fueran hermosos, no tuvieran marcas en la piel como lunares ni defectos físicos. Estos individuos eran donados por sus propias familias como tributo al Estado a cambio de privilegios, mientras que algunas de las jovencitas provenían de los acllahuasi, recintos donde vivían en castidad y realizaban diversas labores como preparar chicha y comidas rituales, confeccionar mantos y ropa de finos textiles para el gobernante, los sacerdotes y el culto. Estas doncellas eran escogidas en las diversas provincias por el oficial encargado llamado appopanaca. Según Joseph de Acosta, algunas de ellas estaban destinadas a los sacrificios ordinarios que los incas realizaban cada año y otras a los extraordinarios, por ejemplo, para que el soberano recuperara la salud, cuando asumía el poder, cuando iba a la guerra o a su muerte para acompañarlo al más allá. Nadie podía negarse a dar a su hija. Incluso, algunos las ofrecían voluntariamente porque ganaban gran mérito, especialmente si eran inmoladas.9

La ofrenda de adultos era común cuando moría un soberano para que lo acompañaran y estuvieran a su servicio en la otra vida. Entre ellos estaban las mujeres a las que el gobernante tenía mayor aprecio, los parientes que quisieran acompañarlo, sus criados y oficiales, además de las doncellas mencionadas y diversos niños. De acuerdo con las fuentes, era una distinción el que un individuo fuera sacrificado, ya que consideraban que iba a servir a la huaca o al soberano muerto en un lugar deleitoso. Sin embargo, cabe especificar que algunos de los que eran ofrendados a las divinidades se transformaban en seres sagrados y oráculos. En contraparte, la familia obtenía con ello importantes beneficios como estatus social, político y religioso; todo ello conllevaba la posibilidad de gozar de ciertos privilegios, como el ocupar cargos importantes en su región.

Lugares sagrados en los que ofrecían la capacocha

Cieza de León, en el capítulo XXIII de la segunda parte de su Crónica, nos brinda información respecto a los sitios donde los pobladores andinos solían ofrecer la capacocha o sacrificios humanos. Entre los lugares sagrados, este cronista menciona que el Coricancha o Templo del Sol ocupaba el primer lugar. En relación con esto, Felipe Guamán Poma de Ayala menciona lo siguiente: “[…] el Ynga sacrificaba a su padre el sol con oro y plata y con niños y niñas de dies años que no tubiesen señal ni mancha ni lunar y fuesen hermosos. Y para ello hazía juntar a quinientos niños de todo el rreyno y sacrificaua en el tenplo de Curi Cancha”.10 De acuerdo con Juan de Betanzos, cuando se construyó este edificio por orden de Inca Yupanqui sacrificaron muchos niños y niñas al astro rey, los cuales fueron enterrados vivos en el recinto para consagrarlo.11

Cieza de León refiere que el segundo lugar sagrado en importancia, después del Coricancha, era Guanacauri. En este cerro cercano a Cusco fue donde uno de los hermanos Ayar se quedó convertido en piedra y vaticinó la grandeza y poderío de Manco Capac y sus descendientes. A esta huaca le daban muchas ofrendas que incluían a hombres y a mujeres, quienes eran ataviados con ropa de lana fina y plumas, acompañados de aderezos de oro. Antes de ser sacrificados, los sacerdotes daban un discurso a las víctimas en el que les decían que irían a servir a esa divinidad y gozarían de la gloria, les daban a beber mucha chicha en vasos de oro, y luego los ahogaban y los enterraban alrededor del oráculo. Según el cronista, la gente ofrecía su vida voluntariamente y se alegraba por recibir la muerte en ese lugar. También refiere que a estos sacrificados los “tenían por santos canonizados entre ellos, creyendo sin duda ninguna questavan en el cielo sirviendo a su Guanacaure”.12

Otro lugar donde los incas ofrecían víctimas era Tampu Tocco, el cual, según la mitología, fue de donde salieron los hermanos Ayar, entre ellos Manco Capac, fundador de la dinastía gobernante cusqueña. Igualmente, era distinguido con la capacocha el lago Titicaca, en las alturas, que fue calificado como un espacio sumamente sagrado ya que allí Viracocha llevó a cabo la creación de los astros y de los diferentes pueblos andinos. Como ya se mencionó, otro de los santuarios de alta jerarquía, al que le ofrecían víctimas humanas, fue Pachacámac, en la costa. Estos dos últimos sitios revisten una particular importancia ya que se encuentran en los dos extremos, el primero se localiza en las alturas y hacia el este, mientras que el segundo en la parte baja (costa) y hacia el oeste, direcciones que coinciden con el trayecto diario del sol, y con los opuestos arriba-abajo. Cieza de León señala también como lugares importantes donde se ofrendaba la capacocha las montañas de Vilcanota y Coropuna. Cabe señalar que este cronista anota que tanto los incas como los pueblos que estaban bajo su dominio sólo ofrecían hombres y mujeres a las huacas y oráculos a los que les tenían más devoción,13 como los anteriormente mencionados. Es pertinente decir que había otros muchos lugares donde ofrecían víctimas, pero éstos no aparecen registrados en las crónicas cusqueñas. Sin embargo, algunos de ellos son mencionados en los documentos cuya información fue recabada en regiones específicas y que fueron elaborados por los extirpadores de idolatrías en el siglo XVIII, como Francisco de Ávila, Rodrigo Hernández Príncipe y Fernando de Avendaño, entre otros.

La ceremonia de la capacocha y los cuatro suyus

De acuerdo con diversos documentos consultados,14 los individuos seleccionados por su belleza y perfección, uno o dos por cada pueblo, provenían de las cuatro partes del Tahuantinsuyu: Chinchaysuyu, Antisuyu, Contisuyu y Collasuyu y, por lo general, pertenecían a la clase alta, es decir, eran hijos de curacas o principales. Los infantes partían en procesión desde sus lugares de origen hacia Cusco en compañía de sus parientes, caciques, sacerdotes y huacas principales, y traían consigo otras ofrendas como ropa y auquénidos.

Al llegar a Cusco se asentaban en la plaza de Aucaypata, donde acudía el Sapa Inca con su séquito. También colocaban en dicha explanada las estatuas de Viracocha (Hacedor), de Inti (Sol), de Illapa (Rayo) y de Quilla (Luna), así como las momias de los soberanos precedentes. Los niños daban dos vueltas a la plaza en veneración a todos ellos y el soberano los tocaba para trasmitirles su sacralidad. Asimismo, éste libaba chicha con el Sol y le decía que aceptara a esos niños para su servicio. En esta ceremonia sacrificaban una llama blanca, y mezclaban su sangre con maíz para preparar el yaguar sancu, los panes rituales que repartían entre los asistentes, y degollaban gran cantidad de auquénidos. Hernández Príncipe menciona que los incas realizaban una de las fiestas de capacocha cada cuatro años. En ella sacrificaban a cuatro individuos de diez a doce años que provenían de cada suyu. Estos niños, junto con otros más, entraban en Cusco “casi inmediato a las fiestas del intirami”, es decir, por el mes de junio, cuando era el mayor festejo al Sol. El gobernante hablaba con dicho astro y le decía que los recibiera para su servicio. Algunos de los infantes eran sacrificados en el cerro Guanacauri, en el templo de Coricancha, y en otros sitios como en Sacalpina, a una legua de Cusco, y en Chuquicancha, cerro ubicado hacia el oriente, por donde sale el sol, como a media legua de la ciudad.15 En este sitio también sacrificaban a los niños dedicados al Rayo y a la Luna; Molina refiere que la primera oblación estaba dedicada al Hacedor. Igualmente, quemaban parte de la ofrenda a estas huacas, al tiempo que hacían oraciones en las que pedían por la salud y una larga vida para el soberano y sus descendientes, paz en sus dominios, victoria en las guerras y abundancia de alimentos. Según diferentes documentos analizados, el sacrificio de estos individuos consistía en lo siguiente: primero les daban a beber abundante chicha para adormecerlos y luego los enterraban o depositaban, junto con otras ofrendas, en unas oquedades que hacían para tal efecto, por eso algunas fuentes refieren simplemente que las víctimas eran ahogadas.

Al terminar los festejos en la ciudad, el Sapa Inca repartía a las diferentes comitivas diversos objetos, cuyo valor e importancia variaba dependiendo de la huaca que se tratara. Para ello, había en Cusco oficiales de cada suyu llamados uilcacamayo dedicados a la administración y distribución de las ofrendas, entre las que estaban pequeñas estatuillas de seres humanos y auquénidos elaboradas en oro, plata y spondylus, así como textiles finos. Igualmente, el gobernante daba a los infantes y a las doncellas aderezos valiosos que formarían parte del atuendo con el que serían enterrados. Luego, las víctimas con sus comitivas emprendían la peregrinación hacia sus lugares de origen donde serían ofrendados, generalmente en las altas montañas de nieve perenne ubicadas en los cuatro suyus. Por la lejanía de esos sitios, seguramente las procesiones tardaban meses en llegar a sus destinos. Según Molina, los grupos caminaban por todas las tierras conquistadas hasta llegar a los santuarios donde hacían las ceremonias y depositaban las ofrendas. Los cortejos llegaban hasta los límites que había puesto el soberano. Por tanto, como afirma Rostworowski, esas ofrendas marcaban el territorio dominado por los incas.16 De acuerdo con esta investigadora: “Los ritos de la capacocha presentan un ir y venir desde la provincia donde se procedía a escoger a los candidatos al sacrificio, para luego llevarlos al Cusco y presentarlos al Inca. Sólo después de prolongadas ceremonias partían las capacocha a sus destinos finales”.17 Pierre Duviols dice que en estos trayectos se seguían las rutas de los ceques, líneas imaginarias que partían de la ciudad de Cusco hacia todo el Tahuantinsuyu, sobre las que se encontraban los principales adoratorios y huacas, y que “ello facilitaba la distribución y circulación de los sacrificios humanos; además se establecía una reciprocidad entre las huacas y el Inca”.18

Según Molina, en algunos momentos de la peregrinación la comitiva, en voz alta, pedía a Viracocha que el soberano tuviera salud, que siempre fuera vencedor y que viviera en paz y a salvo. Los participantes que iban al frente llevaban en hombros los bultos con las ofrendas de ropa, oro, plata y demás objetos.19 Cabe señalar que el contacto con lo sagrado implica ciertos “peligros” e infunde temor por tratarse de fuerzas que son consideradas como superiores al ser humano, con voluntad propia y hasta caprichosas, pues pueden atacar a cualquier individuo que no esté debidamente preparado con ayunos y otras medidas de purificación como el bañarse en un río. Por ello, el cronista mencionado dice que tenían en tanta veneración a la capacocha que cuando una persona se topaba con alguno de estos grupos en el camino, el individuo no osaba levantar los ojos ni mirarlo, sino que se postraba en la tierra hasta que pasaba. Asimismo, en los pueblos a donde llegaba el cortejo, los pobladores no salían de sus casas y estaban con mucha reverencia y humildad hasta que partía.20

Al llegar a los lugares donde harían el sacrificio, los sacerdotes de las huacas procedían a efectuar la ceremonia. A los niños les daban abundante comida y bebida desde que eran elegidos hasta su sacrificio para que no llegaran hambrientos, sedientos ni descontentos con el Hacedor. De acuerdo con los estudios forenses practicados en las momias encontradas, se ha detectado en éstas una mejoría en su ingesta de comida tiempo antes de haber sido sacrificados, lo cual confirma lo consignado por Molina.21 Algunos documentos refieren que las doncellas y los niños eran depositados en una especie de nichos u oquedades, pero primero los adormecían. Junto a ellos colocaban diversos objetos, como figuras antropomorfas y de auquénidos hechas de oro, plata y spondylus, sandalias y vestimentas extras, en tanto que los camélidos, parte de la ropa y los cestillos con hojas de coca eran quemados.

Estos sacrificios eran una forma de expresar la fidelidad hacia el Sapa Inca por parte de las poblaciones sojuzgadas e implicaban una reciprocidad, pues el que ofrecía algún hijo adquiría un rango social alto, era nombrado curaca de la región, si es que no lo era todavía, y obtenía la distinción religiosa de contar con un pariente sacralizado. Por ello, las fuentes dicen que había gente principal que daba voluntariamente a uno o a varios de sus vástagos para la capacocha. Asimismo, diversos documentos refieren que ser sacrificado era un privilegio, pues se consideraba que la víctima iba a un lugar especial con las deidades. Los individuos inmolados eran motivo de ofrendas y culto, y los sitios donde eran colocados se constituían en santuarios. Cabe señalar que, como ya se mencionó, en la ceremonia que se efectuaba en Cusco los elegidos eran tocados por el gobernante, y con ello éste les trasmitía su “divinidad”, puesto que también era considerado como huaca. De esta manera, el adorarlos implicaba venerar también al soberano, quien era el que monopolizaba y distribuía la sacralidad. Por eso, mediante los sacrificios de la capacocha se establecía un pacto y compromiso religioso entre las poblaciones sujetas y el gobernante. Sobre la reciprocidad entre las huacas y el Sapa Inca cabe especificar que éste otorgaba objetos valiosos, hatos de auquénidos y campos de labor a las huacas locales. Igualmente, reconocía y aceptaba la ofrenda que una comunidad daba a su deidad particular, pero el soberano le imprimía o trasmitía su divinidad a las personas sacrificadas, con lo cual parte de su esencia sacra quedaba presente en ellas. Con esto, la comunidad conquistada aceptaba desde el ámbito de la religión la supremacía sagrada y política del soberano. Es pertinente señalar que algunos de los individuos ofrendados de esta manera, llamados en los documentos capacochas, se constituían en oráculos, los cuales eran de gran importancia en el sistema religioso andino, y recibían ofrendas de los pobladores del lugar, de las zonas aledañas y del Sapa Inca. De igual manera, al ser reconocidos por éste quedaban incorporados al aparato estatal de intercambio y distribución de lo sagrado.

Hernández Príncipe menciona la ofrenda de varios infantes que fueron dedicados a las huacas de diversos lugares que iban desde Quito hasta Chile y que incluían sitios tan importantes como Cusco y Titicaca.22 Entre los casos que registra destaca el referido a Caque Poma, a quien el gobernante otorgó el nombramiento de curaca de Ocros por haber ofrendado al Sol a su hija Tanta Carhua. De acuerdo con el documento, ese cargo fue heredado por sus descendientes al menos hasta que el extirpador de idolatrías visitó la zona. Igualmente, los parientes de la joven obtuvieron el rango de sacerdotes al convertirse en sus intermediarios con los beneficios económicos que esto implicaba, puesto que su sustento estaba asegurado al tener acceso a la hacienda y a los cultivos destinados a la capacocha. Por tanto, el ofrendar un hijo daba por resultado que el padre y sus descendientes tuvieran a su cargo el gobierno y el culto local que era otorgado por el soberano del Tahuantinsuyu. Hernández Príncipe refiere que la joven fue a Cusco, donde fue objeto de ceremonias y luego la llevaron a lo alto de la montaña de Aixa, allí hicieron un depósito y la emparedaron viva. Relata también que visitó el lugar en el que la invocaban, y encontró en la superficie restos de un sacrificio de llamas. Al cavar en el sitio se localizó el depósito en el que estaba la joven sentada con los restos de las ricas ropas que llevaba, con las alhajas, cantarillos y dijes de plata que el Sapa Inca le había dado. Asimismo, consigna que los viejos del lugar decían que cuando alguien se sentía enfermo o tenía alguna necesidad iba a ese santuario con los “hechiceros”, quienes la invocaban y, asimilándose a Tanta Carhua, respondían con voz de mujer para comunicarle lo que debía hacer, por lo que la joven se transformó en oráculo. Los sacerdotes encargados de su culto fueron los descendientes de Caque Poma, el primero de ellos era hijo de éste y hermano de la doncella ofrendada y a él le sucedieron sus deudos.23

Algunos hallazgos arqueológicos

Como resultado de los trabajos de la arqueología de alta montaña se han encontrado los restos de diversos individuos ofrendados con motivo de la ceremonia de capacocha. De acuerdo con Christian Vitry se han recuperado 29 cuerpos; de ellos, dos se encontraron en la Isla de la Plata en la costa de Ecuador, en tanto que los otros 27 fueron depositados a más de 5 000 msnm en las siguientes montañas, cerca de Arequipa, Perú: Misti (seis individuos), Ampato (cuatro individuos), Pichu Pichu (tres individuos), Chachani (un individuo), Coropuna (un individuo) y Sara Sara (un individuo). En Argentina están Llullaillaco (tres individuos), Quehuar (un individuo), Chañi (un individuo), Chuscha (un individuo), Aconcagua (un individuo) y El Toro (un individuo); mientras que en Chile se encuentran el nevado El Plomo (un individuo) y el cerro Esmeralda (dos individuos). Entre los hallazgos más destacados y mejor documentados hasta ahora está el que tuvo lugar en 1999 en el volcán Llullaillaco, donde se descubrieron dos recintos y, cerca de éstos, una tumba debajo de una plataforma de piedra a 6 715 msnm.24 En el depósito mortuorio se encontraron tres momias congeladas muy bien conservadas que corresponden a un niño de aproximadamente siete años de edad, una niña de seis años a la que la descarga eléctrica de un rayo quemó parte de su rostro, cuello, hombros y brazos, y una adolescente de alrededor de 15 años, cuyo rostro conservaba aún pigmento rojo en pómulos y alrededor de los labios, lo cual, según María Constanza Ceruti, se debe a que fue consagrada al Sol.25

Los análisis forenses realizados por los especialistas mostraron que el proceso de momificación fue natural por congelamiento, no había parentesco entre los niños por vía materna, gozaban de buena salud y fueron alimentados adecuadamente desde pequeños, por lo que pertenecían a la clase alta. Asimismo, su ingesta de alimento fue más abundante desde algunas semanas antes hasta las horas previas a su inmolación. Los dos infantes presentan deformación craneal de manera diferente, por lo que tal vez no pertenecían a la misma etnia. De acuerdo con Ceruti, es muy posible que estos niños hubieran sido parte de la tributación que las poblaciones sometidas daban al Sapa Inca cada año, en tanto que la adolescente pudo haber provenido de algún acllahuasi.26 En relación con esto, cabe mencionar que en el ajuar de la joven se encontró un huso y estambre, elementos que señalan una de las actividades características de esas doncellas, es decir, la confección de textiles, mientras que dichos enseres no aparecen en el ajuar de la niña.

Los tres individuos estaban vestidos con ropas lujosas y portaban diversos aderezos. El niño, por ejemplo, llevaba en la cabeza un adorno de plumas blancas sostenido con una honda, un brazalete de plata en la muñeca derecha, que indica su adscripción a una clase social alta, y un collar de lana con placas rectangulares de spondylus. Estas capacochas iban acompañadas de diferentes ofrendas, como estatuillas de oro, plata y spondylus vestidas con atuendos de lana fina y tocados de plumas de colores. Entre los objetos hay algunos relacionados con el género de las víctimas y las labores propias de cada sexo. Así, las mujeres tenían estatuillas femeninas y enseres domésticos en miniatura, como un aríbalo, platos, vasijas, keros y ollas. En contraste, al niño le colocaron dos hondas y varias estatuillas de hombres y auquénidos hechas en oro, plata y spondylus que representaban las caravanas de llamas que eran dirigidas por varones. También les depositaron bolsas con alimentos y sandalias, entre otras cosas.27 De acuerdo con Vitry, las materias primas con las que fueron hechas las ofrendas provienen de diferentes partes del Tahuantinsuyu y fueron hechas por artesanos especializados.28 Cabe mencionar que la concha bivalva mencionada, material con el que estaban elaboradas algunas de las figurillas humanas y de auquénidos, estaba asociada a las lluvias y a la fertilidad, mientras que el oro con el Sol y la plata con la Luna. Los tres cuerpos y las ofrendas encontrados en Llullaillaco están resguardados en el Museo de Alta Montaña de Salta, Argentina. No está de más señalar que este hallazgo arqueológico, al igual que los otros, es de gran importancia ya que ha permitido comprobar la información consignada en los documentos de los siglos XVI y XVII.

Los hijos del Rayo

Illapa, también llamado Chuquilla y Catuilla, englobaba al rayo, al trueno y al relámpago. A esta divinidad se le atribuía el hacer llover y granizar, y era concebido como un hombre que estaba en el cielo con una honda y una porra. El dios del Rayo era venerado por todos los indios en diversas regiones de los Andes,29 y también le ofrendaban infantes tanto en Cusco como en otros sitios. Los documentos registran además de los nombres mencionados otros como Catequil y Libiac y establecen que era el dios principal de algunos pueblos andinos que habitaban en la cordillera. Sin embargo, a raíz de las conquistas incas, los nuevos dominadores les impusieron como máxima deidad a su dios particular, el Sol o Inti. Por eso, las crónicas cusqueñas se refieren a Illapa como una divinidad que ocupaba el tercer lugar en importancia después del Hacedor y del Sol, lo cual muestra la visión propia de los incas como superiores en relación con los conquistados, quienes tenían como dios principal e incluso como ancestro al Rayo. Así lo consignan algunos de los informes producidos por la campaña de extirpación de idolatrías en el siglo XVII, que son los que nos proporcionan datos importantes sobre el culto particular que le rendían a esta deidad diferentes grupos andinos fuera de Cusco. Por ejemplo, los llacuaces tuvieron a Libiac Cancharco como su ancestro y primer curaca. Igualmente, lo consideraban el fundador del género humano, que daba la vida y producía la lluvia, así como creador y proveedor de las plantas comestibles. Según Joseph de Arriaga, su cuerpo fue encontrado con sus vestidos y ornamentos en la cueva de un monte a una legua del pueblo de San Cristóbal de Rapaz. Asimismo, Bernardo de Noboa registra que en el pueblo de Otuco rendían culto a los mallqui, que eran hijos de dicho fundador, quien había caído del cielo en forma de rayo. En tanto que Diego de Avendaño refiere que en el pueblo de Huayllay adoraban únicamente al Rayo, del que dice: “Este es dios universal y el más venerado en todos los pueblos, siendo raro el indio que no le adora, creyendo que de él les vienen todos los malos sucesos”.30

Los pobladores de Recuay, Provincia de Huaylas, también tenían como deidad principal al Rayo, al que le ofrecían niños en sacrificio. Éstos se constituían en ídolos menores y oráculos, y de ellos había un gran número. Los elegidos para el sacrificio eran los que consideraban hijos del Rayo, es decir, los que habían sido tocados o muertos por éste y sus descendientes, quienes recibían el nombre de curi. También tenían esta categoría los gemelos, a los que llamaban con ese mismo nombre o chuchus. De acuerdo con Cristóbal de Albornoz, los gemelos también recibían el apelativo de Illapa, al igual que la deidad, porque eran sus hijos y por eso se los ofrendaban.31 Entre las historias que cuentan esos documentos está, por ejemplo, la siguiente, que fue recogida en el pueblo de Pira, en Huaylas: durante el parto de una mujer salió de su vientre un gran destello con un fuerte trueno, y parió una criatura. Los “hechiceros” le dijeron que había dado a luz a dos infantes, el primero, que había salido con el resplandor y el ruido, era hijo del Rayo, y que debía sacrificar a la otra criatura, y así lo hizo.32

Otros individuos que eran catalogados como vástagos de la deidad eran los que nacían de pies —llamados chacpas—, los que presentaban alguna deformidad o algo diferente, como varios remolimos de cabello en la cabeza, estrabismo, polidactilia en pies o manos u otra condición anómala.33 Así, en un documento jesuita de 1617, cuya información fue recogida en la provincia de Huaylas, se menciona lo siguiente: “Abuso es en este pueblo sacrificar a las huacas las criaturas muertas de partos abiesos, y enterrarlas al pie dellas, y algunas que nacen viuas”.34 Los sacrificados en honor al Rayo, así como los abortos, los gemelos y los que nacían de pies que morían pequeñitos los metían en unas ollas y los depositaban en los santuarios dedicados al Rayo en las montañas, junto a los mallquis o momias de los fundadores de los pueblos a quienes, como ya vimos, eran considerados por algunas poblaciones como el mismo Rayo. Los infantes ofrendados, que se transformaban en seres divinos y oráculos, eran adorados en dichos sitios y, según Mario Polia, esos sacrificios tenían como finalidad “asegurar la regularidad de las lluvias”.35 Las fuentes también mencionan que algunos de los que nacían de las formas antes mencionadas no eran sacrificados, sino sólo consagrados al Rayo y, por lo tanto, fungían como sus sacerdotes, cargo que heredaban a sus descendientes.

Las concepciones anteriores corresponden a un culto regional al Rayo por parte de algunas poblaciones andinas que suponían descender de él, las cuales acostumbraron ofrendar infantes a dicha deidad. Sin embargo, esas prácticas rituales fueron independientes de la ceremonia de la capacocha, puesto que las víctimas no eran llevadas a Cusco para participar en el rito que presidía el Sapa Inca. Lo que sí fue algo generalizado en todo el territorio andino es que en la época virreinal la divinidad del Rayo fue identificada con Santiago, por eso a los que consideraban sus vástagos los llamaron desde entonces “hijos de Santiago”. Para combatir la antigua religión, los sacerdotes católicos prohibieron a los indígenas llamar a sus hijos con el nombre del apóstol. Los documentos registran también que la gente evitaba bautizar a los que consideraba hijos del Rayo, puesto que fungían como ministros de la antigua deidad.36

Motivos para el sacrificio

Según las fuentes, los incas sacrificaban niños y doncellas para venerar a las divinidades, especialmente a Viracocha, a Inti y a Illapa en las celebraciones periódicas del ciclo anual. De acuerdo con Felipe Guamán Poma de Ayala, le dedicaban al Sol el mayor número de víctimas, pues menciona que le ofrendaban 500 niños en diciembre (Capac Raymi) y otros tantos en junio (Inti Raymi),37 que eran los dos momentos del año en que hacían grandes celebraciones a dicho astro por coincidir con los solsticios. Igualmente, llevaban a cabo sacrificios en ocasiones especiales y extraordinarias que implicaban momentos de crisis como guerras, el ascenso y la muerte del Sapa Inca, o cuando éste enfermaba. De acuerdo con Rostworowski, uno de los objetivos era obtener el beneplácito de los dioses hacia el gobernante y con ello “asegurar al soberano una protección contra la adversidad. Así, a cada acto importante del Inca se realizaba una capacocha, por ejemplo cuando partía a la guerra, al iniciar una obra importante y a su término”.38

Sobre los sacrificios que realizaban con motivo del deceso del soberano, diversas fuentes proporcionan información relevante. Polo de Ondegardo refiere que cuando moría un Sapa Inca, sus tesoros y ropa no pasaban al sucesor, sino que se destinaban a solventar los gastos de su culto y al sustento de sus ministros. Acosta menciona que al fallecer un soberano le sacrificaban como acompañantes a un gran número de criados y oficiales para que le sirvieran en la otra vida, así como a sus mujeres preferidas, infantes y doncellas del acllahuasi. Este cronista refiere que cuando murió Guayna Capac sacrificaron a mil y tantas personas de todas las edades y condiciones para su servicio y acompañamiento, quienes se consideraban a sí mismos bienaventurados.39 Las exequias reales debieron de haber sido ceremonias fastuosas en las que había cantos y mucha ingesta de chicha y, además de los individuos que lo acompañaban, le ofrendaban otras cosas como mantas, ropa, alimentos y vajillas de oro y plata.

Juan de Betanzos relata la ceremonia y los sacrificios llevados a cabo con motivo de la defunción de Pachacutec Inca Yupanqui, de acuerdo con lo que él mismo había dispuesto antes de su muerte. El cronista describe que primero la gente cumplió con tres días de ayuno, y luego todos los miembros de su linaje fueron a lavarse a una fuente. Sus mujeres, hijos, hijas y demás hombres y mujeres que quisieron acompañarlo al más allá para servirle se vistieron con ropas suntuosas e hicieron una gran fiesta con bailes y cantos y, una vez que estuvieron completamente embriagados, los ahogaron y los enterraron. Las mujeres llevaban ollas y cántaros de oro y plata con chicha y maíz, así como bolsas con coca. Durante la ceremonia, los principales lloraron en la plaza al gobernante muerto, contaron sus hazañas y, al terminar, colocaron su bulto junto a los cuerpos de los gobernantes anteriores. Como parte de las ofrendas, reunieron de todas las regiones del Tahuantinsuyu a unos mil niños de cinco a seis años, que se destacaban por su belleza y perfección corporal, entre los cuales había hijos de curacas. Ya en Cusco, y lujosamente ataviados, ordenaron a los infantes en parejas, hombre-mujer, los condujeron en andas por todo el territorio conquistado y los enterraron vivos en los sitios donde Pachacutec había estado; también refiere que algunos de ellos fueron arrojados al mar.40

De igual manera, hacían la capacocha cuando un soberano empezaba a gobernar para que las huacas le dieran salud y larga vida, así como para que hubiera paz en todos sus dominios. Ninguna huaca o adoratorio por pequeño que fuera se quedaba sin ofrendas para no provocar su enojo y evitar que castigara al Sapa Inca. Sin embargo, como menciona Molina, sólo ofrecían víctimas humanas a las huacas de mayor importancia, mientras que a las menores les daban auquénidos y objetos que ellos consideraban valiosos. Acosta y Ondegardo refieren que en la ceremonia de investidura ahogaban y enterraban a 200 niños de cuatro a diez años.41 Aunque estos cronistas no especifican el lugar donde eran ofrecidos, es posible que los depositaran en los santuarios de las principales huacas, localizadas tanto en Cusco como en las cuatro regiones del Tahuantinsuyu. En relación con la entronización del soberano, Acosta dice que:

[…] el sumo sacerdote tomaba a un niño de hasta seis u ocho años, en las manos, y a la estatua del Viracocha, decía juntamente con los demás ministros: “Señor, esto te ofrecemos, porque nos tengas en quietud y nos ayudes en nuestras guerras, y conserves a nuestro señor el Inga en su grandeza y estado, y que vaya siempre en aumento, y le des mucho saber para que nos gobierne”.42

Igualmente, se ofrecían niños de cuatro a diez años y doncellas cuando el gobernante iba a la guerra para propiciar la victoria sobre el enemigo. Otro motivo por el cual sacrificaban infantes y doncellas de los acllahuasi era cuando la salud del Sapa Inca se veía quebrantada, para que éste se recuperara. Asimismo, Molina menciona que, cuando conquistaban alguna región, escogían a las criaturas más hermosas y las llevaban a Cusco para sacrificarlas al Sol por el triunfo,43 lo cual posiblemente constituía un pago a Inti, dios patrono del linaje gobernante, por el éxito obtenido. Además, era la cuota sagrada con la que debían contribuir los recién conquistados por pertenecer al Tahuantinsuyu, pues con ello ingresaban al sistema de redistribución que incluía no sólo lo económico, sino también el acceso a lo divino. Esto se debe a que el soberano era la máxima autoridad y, por ello, el que tenía preferentemente el privilegio de acceder a las deidades y el monopolio de distribuir lo sagrado.

Recapitulación final

Con base en el cruce de la información contenida en los diferentes documentos consultados se puede afirmar que la capacocha fue parte medular del culto promovido por el Estado incaico, pues mostraba su poder y supremacía sobre las poblaciones sojuzgadas, además de que fue un elemento central en el sistema de concentración y distribución de lo sagrado. Para los antiguos pobladores andinos, los sacrificios humanos constituían la máxima muestra de veneración a las fuerzas sagradas, que incluían al gobernante, ya que implicaban ofrendar al propio hijo y mostraban tanto el reconocimiento de sus poderes superiores como el temor que provocaban. No obstante, renunciar a algo tan preciado traía como consecuencia la obtención de prebendas. Así, la donación de algún vástago para el sacrificio era reconocida por el Sapa Inca y el progenitor gozaba de ciertos beneficios en los aspectos social y político, ya que adquiría o reforzaba su prestigio en esas esferas, por lo que la pérdida del pariente ofrendado tenía una retribución en el ámbito mundano. De esta manera, lo religioso y lo político quedaban imbricados en una relación simbiótica en la que se reforzaban mutuamente y aseguraban el control político de los grupos conquistados por el poder central del Tahuantinsuyu, personificado en el soberano.

Como resultado de la investigación realizada, se puede establecer que las víctimas, después de su inmolación, experimentaban un cambio ontológico que implicaba una transfiguración de lo humano a lo sagrado, pero adquirían diferentes categorías. Entre éstas hay que destacar que, por un lado, algunos de los que eran ofrendados en las montañas distribuidas por los cuatro suyus se convertían en oráculos y, por lo tanto, eran venerados por las poblaciones que los ofrecían. Sin embargo, en ciertos casos, el culto que les practicaban algunos grupos a estos individuos quedaba asociado a la religión oficial impuesta por los incas, ya que esas víctimas eran dedicadas primero a los dioses del Estado dominante y luego a las huacas particulares de cada pueblo. Por otra parte, cabe señalar que los dedicados a las divinidades incas, especialmente a Inti, cuyos cuerpos eran depositados en Cusco o en sus cercanías, se constituían en mensajeros e intermediarios entre los seres humanos y los dioses, además de que pasaban a formar parte de su séquito. Por último, estaban los destinados a acompañar al Sapa Inca cuando éste fallecía, quienes iban, al igual que todos los sacrificados, a un lugar deleitoso. Pero éstos no se convertían en huacas, es decir, en entidades sagradas, por lo que no adquirían el poder de incidir en el destino de los individuos o comunicarles lo que debían hacer para su beneficio.

A partir del análisis de la información contenida en los diversos documentos de los siglos XVI y XVII se puede establecer que las víctimas tributadas al Estado incaico tenían que cumplir con determinados requisitos, como la belleza física y la pureza de piel. En cambio, los individuos sacrificados al dios del Rayo por poblaciones diferentes a los incas debían presentar características específicas tales como su forma de nacimiento o algún aspecto poco usual en su cuerpo, lo cual indicaba su afinidad y parentesco con el dios. La primera vertiente muestra la imposición del Estado incaico para la celebración del culto que le era propio, en tanto que la segunda deja ver algunos de los componentes particulares de la religión local de algunos pueblos andinos. Sin embargo, es pertinente señalar que, como parte de su estrategia de dominio, el poder central incorporó en su sistema religioso algunos de los sitios sagrados de los cuatro suyus, debido a que gozaban de un amplio reconocimiento por parte de diferentes poblaciones. Entre estos lugares destacaron los apus, es decir, las montañas en cuyas cumbres residían los dioses locales protectores de diversos grupos. Por ello no es de extrañar que las capacochas fueran depositadas en las alturas, en algunos casos muy cerca de los mallquis o momias de los antepasados en santuarios regionales.

Al contrastar los datos provenientes de las fuentes coloniales con los estudios derivados de los hallazgos arqueológicos, se puede afirmar que la mayoría de las víctimas eran infantes y doncellas que conformaban el tributo que daban los pueblos conquistados al Estado incaico, y eran inmolados a las entidades sagradas a cambio de beneficios. Igualmente, como resultado de la investigación, se puede proponer que la escasa edad y características físicas de los sacrificados nos habla de la creencia de que se debía ofrendar a los individuos más puros de la sociedad, y la necesidad de proveer tanto al Sapa Inca como a las deidades de la energía y la juventud de estas personas para fortalecerlos y, con ello, evitar catástrofes, obtener dones como protección, salud, lluvias, fertilidad, triunfos en la guerra, reproducción humana y animal, así como asegurar la existencia de todos los componentes del mundo.

Bibliografía

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Silvia Limón Olvera* Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, UNAM.

  1. La palabra huaca designa tanto a las divinidades como a todo lo que es sagrado, como las imágenes de dioses, lugares, piedras y personas, entre éstas, el soberano y los individuos sacrificados. []
  2. Pierre Duviols, “La capacocha: mecanismo y función del sacrificio humano, su proyección geométrica, su papel en la política integracionista y en la economía redistributiva del Tawantinsuyu”, Allpanchis Phuturinqa, vol. IX, 1976. []
  3. María Rostworowski, “Peregrinaciones y procesiones rituales en los Andes”, Journal de la Société des Américanistes, vol. 89-2, 2003, p. 9; Cristóbal de Molina, “Relación de las fábulas y ritos de los incas”, en Henrique Urbano y Pierre Duviols (eds.), Fábulas y mitos de los incas, 1989, p. 128; Francisco de Ávila, Dioses y hombres de Huarochirí, 2007, p. 119. []
  4. María Rostworowski, op. cit., p. 9. []
  5. Gerald Taylor, Huarochirí. Manuscrito quechua del siglo XVII. Ritos y tradiciones, 2003, p. 173. []
  6. Juan de Betanzos, Suma y narración de los incas, 2010, p. 182; Christian Vitry, “Los espacios rituales en las montañas donde los inkas practicaron sacrificios humanos”, en Carlos Terra y Rubens Andrade (eds.), Paisagens Culturais Contrastes sul-americanos, 2008, p. 51, lo traduce como “obligación real”; Pedro Cieza de León, Crónica del Perú. Segunda parte, 1996, pp. 84-86 y 89. []
  7. Pedro Cieza de León, op. cit., pp. 87 y 89. []
  8. Francisco de Ávila, op. cit., p. 119; Gerald Taylor, op. cit., p. 103. En las traducciones que hacen Arguedas y Taylor de este documento también hay diferencias en las palabras que se pronunciaban con motivo de la ofrenda de víctimas a Pachácamac, ya que Taylor propone “Hélos aquí, te los ofrezco, padre”, en tanto que Arguedas lo interpretó como “Cómelos, padre”, lo cual implica la obligación de los hombres de alimentar al dios. []
  9. Martín de Murúa, Historia general del Perú, 2001, pp. 375-382. De Murúa registra las categorías que había en relación con estas doncellas, así como las diferentes actividades que realizaban, entre ellas menciona, por ejemplo, la elaboración de textiles finos para el gobernante y el culto, la preparación de alimentos para el Inca, su corte y el ejército cuando pasaban por su lugar, ya que había acllahuasis en diversas regiones del Tahuantinsuyu. Algunas de las acllas o “escogidas” eran cantoras y tañían tambores, mientras que otras, inclusive, trabajaban los campos de cultivo y los huertos del Inca. Cuando el soberano quería honrar a alguno de los principales o súbditos por los servicios que le había prestado, le otorgaba una de ellas en matrimonio. []
  10. Felipe Guamán Poma de Ayala, El primer nueva crónica y buen gobierno, 1980, vol. I, p. 236. Se respeta la ortografía del original en todas las citas. []
  11. Juan de Betanzos, op. cit., p. 93. []
  12. Pedro Cieza de León, op. cit., p. 83. []
  13. Ibidem, p. 84. []
  14. Rodrigo Hernández Príncipe y Cristóbal de Molina relatan con detalle la ceremonia de ofrecimiento de infantes y doncellas a las principales huacas del territorio conquistado por los incas. Rodrigo Hernández Príncipe, “Visita de Rodrigo Hernández Príncipe a Ocros (1621)”, en Pierre Duviols, Procesos y visitas de idolatrías. Cajatambo, siglo XVII, 2003, pp. 743 y 744; Cristóbal de Molina, op. cit., pp. 120 y 128. []
  15. Ibidem, pp. 122-126; este autor también menciona que a las demás huacas que estaban cerca de Cusco no les sacrificaban niños, sino que solamente les daban de las otras ofrendas, ibidem, p. 126. []
  16. Ibidem, pp. 127; 128. María Rostworowski, op. cit., p. 19. []
  17. Ibidem, p. 8. []
  18. Pierre Duviols, op. cit., pp. 8 y 9. []
  19. Cristóbal de Molina, op. cit., p. 128. []
  20. Idem. []
  21. María Constanza Ceruti, “Elegidos de los dioses: identidad y estatus en las víctimas sacrificiales del volcán Llullaillaco”, Boletín de Arqueología, núm. 7, 2003, p. 271; Cristóbal de Molina, op. cit., p. 123. []
  22. “Visita de Rodrigo Hernández Príncipe a Recuay (1622)”, en Pierre Duviols, op. cit., pp. 758, 760, 762 y 770. []
  23. “Visita de Rodrigo Hernández Príncipe a Ocros (1621)”, en Pierre Duviols, op. cit., pp. 735, 744 y 745. Esta capacocha era venerada por los curacas y pobladores de los cerros cercanos. Hernández Príncipe narra también que los llactas y los llacuas, para entablar amistad, ofrecieron a dos de sus hijos a quienes consultaban como oráculos y a los cuales él desenterró; ibidem, p. 756. []
  24. Christian Vitry (op. cit., p. 64) informa que de los 27 cuerpos encontrados en las montañas, 17 corresponden a mujeres y 10 a varones; ibidem, p. 56; de igual manera menciona que se han localizado 192 montañas con restos arqueológicos en la cordillera andina; ibidem, p. 51. En cuanto a las víctimas, María Constanza Ceruti (op. cit., p. 270) señala que en el Aconcagua se encontró un niño cuyo ajuar presenta elementos de tradición costera, mientras que la ofrenda del cerro El Toro era un adulto masculino; ibidem, p. 264. []
  25. Ibidem, pp. 268 y 269; Silvia Quevedo K., y Eliana Durán S., “Ofrendas a los dioses en las montañas”, Boletín del Museo Nacional de Historia Natural, núm. 43, 1992, pp. 197 y 198; Quevedo y Durán mencionan que los niños encontrados en el Aconcagua y en el cerro El Plomo también tenían el rostro pintado de rojo. Sobre los hallazgos en el Aconcagua, remito al artículo de Juan Schobinger, “Los santuarios de altura incaicos y el Aconcagua: aspectos generales interpretativos”, Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología, vol. XXIV, 1999, pp. 7-27. []
  26. María Constanza Ceruti, op. cit., pp. 267-269. []
  27. Ibidem, p. 265 y 266; Christian Vitry et al., Catálogo del Museo de Arqueología de Alta Montaña Salta Capital, 2009. []
  28. Christian Vitry, op. cit., p. 58. []
  29. Polo de Ondegardo, Pensamiento colonial crítico. Textos y actos de Polo de Ondegardo, 2012, p. 344; Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias en que se tratan las cosas notables del cielo, elementos, metales, plantas y animales dellas y los ritos ceremonias, leyes y gobierno de los indios, 1979, p. 221. []
  30. Mario Polia Meconi, La cosmovisión religiosa andina en los documentos inéditos del Archivo Romano de la Compañía de Jesús, 1581-1752, 1999, pp. 94, 369 y 445; Joseph de Arriaga, La extirpación de la idolatría en el Perú (1621), 1999, p. 18. []
  31. Cristóbal de Albornoz, “Instrucción”, en Henrique Urbano y Pierre Duviols, Fábulas y mitos de los incas, 1989, p. 168. []
  32. Ibidem, p. 410. []
  33. Rodrigo Hernández Príncipe, “Visita de Rodrigo Hernández Príncipe a Recuay (1622)”, en Pierre Duviols, op. cit., p. 775; Cristóbal de Albornoz, op. cit., p. 168. []
  34. Mario Polia, op. cit., p. 410. []
  35. Ibidem, p. 181. []
  36. Joseph de Arriaga, op. cit., pp. 38 y 173. []
  37. Felipe Guamán Poma de Ayala, op. cit., vol. I, pp. 221 y 223. []
  38. María Rostworowski, op. cit., p. 9. []
  39. Polo de Ondegardo, op. cit., p. 345; Joseph de Acosta, op. cit., pp. 240 y 227. Este último también menciona que con la sangre de los niños sacrificados hacían una raya de oreja a oreja en el rostro del difunto. Sin embargo, los documentos, en general, refieren que el sacrificio humano que prevalecía entre los incas era por ahogamiento, por lo que es posible que la sangre se obtuviera de los auquénidos, pues hay datos, al menos para otras ceremonias, de que los desangraban; ibidem, p. 227. []
  40. Juan de Betanzos, op. cit., pp. 181 y 182. []
  41. Cristóbal de Molina, op. cit., p. 122 y 127; Joseph de Acosta, op. cit., p. 248; Polo de Ondegardo, op. cit., p. 351. []
  42. Joseph de Acosta, op. cit., p. 295. []
  43. Ibidem, p. 240 y 248. Cristóbal de Molina, op. cit., p. 122; Joseph de Acosta, op. cit., p. 249. De Acosta también consigna que los principales y la gente común, cuando enfermaban y les decían que iban a morir, sacrificaban a su hijo al Sol o a Viracocha para sanar. []

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