El proyecto lingüístico y filológico de fray Maturino Gilberti en Michoacán

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Ni Antonio de Nebrija, ni los grandes gramáticos y lexicógrafos del Renacimiento, ni los humildes religiosos que se embarcaban a evangelizar el orbe nuevo podían imaginar el universo lingüístico que les esperaba en esta orilla del Atlántico. La riqueza y diversidad de lenguas dejaba pequeño el relato bíblico de la Torre de Babel. Menos aún podían imaginar que la mayoría de estas lenguas serían pronto codificadas y que perdurarían, podremos decir recordando la famosa frase de Antonio de Nebrija, como “lenguas compañeras del imperio”. Para nuestra mirada, dueña de una visión de siglos, la codificación gramatical y léxica emprendida en el XVI alcanza un significado excepcional. Con ella se inició el estudio de las principales lenguas mesoamericanas y la salvaguarda de sus textos, ya que muchos se transvasaron al alfabeto. Esto marcó el despertar de un capítulo único en la historia de la lingüística y la filología, comparable al que por los mismos años se realizaba en la Europa del Renacimiento. Precisamente una parte importante de este gran capítulo fue escrita en Michoacán por las manos de dos franciscanos, fray Maturino Gilberti y fray Francisco Bravo de Laguna. Gracias a ellos Michoacán se convirtió, desde mediados del XVI, en un foco vanguardista de la lingüística y la filología del Nuevo Mundo.

En este breve trabajo me ocuparé del despertar de este foco, un despertar ligado a las tareas realizadas por un puñado de hombres que vinieron a construir la utopía de la fe y forjaron también la utopía de las lenguas.

Utopía de la fe, utopía de las lenguas

Como es bien sabido en 1523 se asentaron los primeros misioneros en la región central de México, decididos a ganar estas tierras para el evangelio. En ese mismo año fray Pedro de Gante funda la primera escuela en Tezcoco y un año después en México. En 1524 llegaron los famosos “doce”, dispuestos a echar los cimientos de una nueva cristiandad inmaculada. Venían ellos encendidos con una idea casi mística, la de hacer posible la utopía imaginada por el cisterciense Joaquín de Fiore, asimilada por el propio san Francisco y más tarde por fray Juan de Guadalupe, el guía espiritual de los doce. La esencia de la utopía era construir una Iglesia purísima con los nuevos conversos, edificar el reino en el que la pobreza y la caridad darían al evangelio su verdadera dimensión y a los hombres un sentido transcendente.1

Ahora bien, la utopía de la fe se cimentaba en la evangelización, y ésta, a su vez, se sustentaba en la palabra. La palabra era el único camino para que el mensaje cristiano pudiera ser comunicado a los otros; la palabra y sólo la palabra penetraría en los corazones y en las conciencias. Fray Alonso de Molina lo expresa con sencillez en el “Prólogo” de su Vocabulario de 1555 cuando dice que “la piedad cristiana” se topa con la falta de la lengua para la conversión de los naturales, para gobernarlos, regirlos y hacerles “justicia”. Advierte además que la dependencia de los nahuatlatos no resuelve el problema de la buena comunicación en asuntos tan importantes como son los del espíritu, porque dice él: “muchas vezes, aunque el agua sea limpia y clara, los arcaduzes por donde passa, la haze turbia”. Tal vez con esta metáfora Molina quiso advertir a sus lectores que era indispensable aprender lenguas.

Las consideraciones de fray Alonso son plenamente compartidas por fray Maturino Gilberti en su “Prólogo” al Arte de la lengua de Michoacán, 1558. Ambos autores muestran gran preocupación por el estado de desgracia que sobrevino a raíz de la confusión de hombres y lenguas según el relato de la Torre de Babel. En cierta manera dejan ver que, sólo aprendiendo lenguas, el hombre podrá recuperar su don natural de entendimiento de la palabra universal; sólo así podrá romperse el castigo que sobrevino a la humanidad como consecuencia de la soberbia que anidó en el corazón de los que quisieron construir la torre bíblica.

El estudio de las lenguas adquiría, desde esta perspectiva, un significado trascendente para el futuro del hombre ya que ayudaría a borrar el infame pecado de la soberbia, restableciendo la piedad cristiana y la comunicación de los hombres por medio de la palabra salvadora, el evangelio de Cristo.

Estas reflexiones de Molina y Gilberti acerca de un estado paradisíaco del hombre, dueño de la palabra universal, encajaban muy bien en la tesis hebraísta, tan en boga en el Renacimiento. En tal contexto de creencias, el estudio de las lenguas del Nuevo Mundo era de vital importancia ya que facilitaría la conversión de los pueblos americanos que, para muchos, no eran sino las tribus perdidas de Israel.2

Pero, además de la mística religiosa y del imperativo de aprender lenguas, presente ya en los primeros tiempos del cristianismo, los que llegaron venían inmersos en el humanismo renacentista que soplaba con fuerza en España desde el reinado de los reyes católicos. Los estudios de latinidad tenían una presencia viva en los programas universitarios y en los conventos de religiosos. Al mismo tiempo que las prensas de Salamanca y Alcalá editaban las primeras traducciones de los clásicos, las doctrinas de Erasmo de Rotterdam se difundían a través de los frecuentes tirajes de los talleres del complutense Miguel de Eguía. Entre los muchos lectores del humanista holandés en la España de principios del siglo XVI hubo uno de especial calidad, me refiero al primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga “lector empedernido de Erasmo”, como lo llama Marcel Bataillon.3 En 1528 Zumárraga llegó a la Nueva España con un grupo de hermanos menores y con las doctrinas y los libros del famoso humanista de Rotterdam.

Estas creencias e ideas que florecieron en el Renacimiento temprano fueron compartidas por muchos de los misioneros a quienes el destino les impuso el deber de codificar las nuevas lenguas. Fue así como las dos tareas, la lingüística y la religiosa, quedaron hechas una, llena de sentido trascendente y utópico. La utopía de la fe y la utopía de las lenguas, juntas para siempre, hicieron posible que para fines de siglo los principales idiomas mesoamericanos contaran con artes y vocabularios comparables a los que en esos mismos años se elaboraban en Europa. Michoacán, hay que repetirlo, fue uno de los primeros centros de codificación de lenguas dentro de este contexto histórico-geográfico del que venimos hablando.

Michoacán: foco vanguardista de la lingüística y la filología del Nuevo Mundo

¿Por qué la presencia tan temprana en Michoacán en este impulso por codificar lenguas y elaborar textos? ¿Cómo fue posible que allí se gestara una obra tan profunda sobre la lengua purépecha? La pregunta puede ser respondida si examinamos las circunstancias históricas del reino de Michoacán en el siglo XVI. Por una parte, tenemos un reino fuerte que nunca fue conquistado por los mexicas, con una personalidad política y cultural bien definida. Dueños de una lengua única, de la cual no se han encontrado parientes en el Nuevo Mundo, los purépechas supieron cuidarla, fortalecerla. Así como los nahuas en el calmecac cultivaban el tecpillahtolli, el lenguaje noble y refinado, los purépechas en sus escuelas también se preocupaban por el cultivo de la lengua, por su belleza y uniformidad. Prueba de ello es la unidad de la lengua en todo el territorio michoacano, no sólo durante el siglo XVI, sino también en nuestros días.4

Otra circunstancia histórica digna de ser tenida en cuenta fue la temprana presencia en Michoacán de misioneros lingüistas. Cuenta fray Jerónimo de Mendieta en su Historia eclesiástica indiana que el propio rey de Michoacán, Caltzontzin, al saber de la llegada de los doce vino a la capital y pidió a fray Martín de Valencia que le diese uno de los recién llegados. Tocó a fray Martín de la Coruña, con otros tres o cuatro religiosos, abrir senda en aquel reino. E1 éxito de la orden seráfica fue tal, que en fecha muy temprana, 1535, hubo custodia y al poco tiempo cuajó la segunda provincia franciscana, la de San Pedro y San Pablo. En su relato, Mendieta deja ver que después de la provincia del Santo Evangelio, la de Michoacán fue la más importante. Lo dice con bellas palabras: “después de esta provincia del Santo Evangelio [...] siempre tuvo aquella de Michoacán más copia de varones santos que alguna otra de las Indias”.5 Sin duda, la santidad y la vida ejemplar son razones válidas para explicar el éxito misional. Pero hay otra de importancia capital y es la capacidad lingüística de casi todos los que llegaron en los primeros años: fray Jerónimo de Alcalá, fray Miguel de Bononia, fray Pedro de las Garrobillas, fray Antonio de Beteta y fray Juan de San Miguel, “muy buenas lenguas” como los define Mendieta. A estos nombres podrían añadirse otros más, como modernamente nos ha mostrado Benedict Warren en su libro The Conquest of Michoacan.6

Santos varones y excelentes lenguas, los primeros franciscanos abrieron camino, no sólo en la evangelización sino en el conocimiento de la lengua purépecha. Esta tarea no fue fácil ya que implicaba un cambio violento en lo más profundo del ser humano: la espiritualidad. En la Relación de Michoacán han quedado plasmados los choques, a veces traumáticos, que se sucedieron a raíz de la Conquista.7

A pesar de las dificultades, poco a poco se fue creando un ambiente propicio para el intercambio de lenguas y comprensión de culturas. Esto empezó a lograrse en las escuelas de los conventos, lo mismo que sucedió en la región central de México entre los pueblos nahuas.8 Tal fue el contexto que prevalecía en Michoacán cuando Maturino llegó; contexto que, sin duda, facilitó su gran obra de lingüista y filólogo.

Vida y tareas de Gilberti

Pocos son los detalles que acerca de la vida de Gilberti nos han trasmitido los cronistas de la orden. Mendieta, tras recordar que venía de la provincia de Aquitania, afirma que “en la lengua tarasca, ninguno le hizo ventaja y en ella compuso una obra de mucha doctrina”.9 Torquemada corrobora lo dicho por Mendieta y añade que también compuso Arte y Vocabulario. Aunque le dedica un capítulo compartido con fray Antonio de Beteta, no añade mucho. Más bien borda sobre su celo y caridad para enseñar el Evangelio y sobre su enorme capacidad para dejar escritos en tarasco, “de los cuales otros muchos se han aprovechado”.10 Añade que padeció de gota, lo que no le impidió caminar para predicar; que murió en su querido convento de Tzintzunzan y que fue muy llorado por todos. Termina su relato con una frase de Jeremías tomada de Mendieta y que según fray Jerónimo, Gilberti traía de continuo en su boca: “Los pequeñuelos pidieron pan y no había quien se lo partiese”. Otros cronistas como fray Agustín de Vetancurt y fray Alonso de la Rea poco añaden a los datos de Mendieta y Torquemada.

Más cerca de nosotros, Joaquín García Icazbalceta y Nicolás León, se esforzaron por allegar nuevos datos con objeto de ahondar en la vida de Gilberti.11 Sin embargo, pocas referencias nuevas encontraron. Ya en nuestros días Benedict Warren, con apoyo en nuevos documentos, ha logrado perfilar mejor la vida del franciscano francés, sobre todo de aquellos años difíciles, los de la persecución a que fue sometido a raíz de la publicación de El Diálogo de doctrina christiana en 1559. Dato interesante es que este investigador recientemente ha encontrado un documento en el que se testifica que Gilberti nació en Poitiers.12

Estos breves comentarios sobre los biógrafos de Gilberti nos llevan a una conclusión: que sus primeros años en Michoacán, siguen siendo poco conocidos; me refiero al periodo entre 1542, año de su llegada a tierras tarascas, y 1556, en que aparece en un documento hallado por Warren como muy buen hablante de purépecha. Curiosamente este documento es premonitorio de su futuro; en él fray Maturino se ve envuelto en problemas por las desavenencias entre la nobleza de Tzintzunzan y las autoridades civiles y eclesiásticas que Vasco de Quiroga había establecido en la ciudad de Pátzcuaro.13 Tales desavenencias, en parte motivadas porque el obispo exigía a los de Tzintzunzan y a los de otros pueblos ayudar en la construcción de una catedral en Pátzcuaro, fueron el punto de partida de una pugna profunda entre don Vasco y dos de las órdenes religiosas que laboraban en Michoacán, la franciscana y la agustina.

Poco después de este episodio, la capacidad de fray Maturino para hablar tarasco, se haría sentir no sólo en Michoacán sino en la ciudad de México. En el transcurso de un año –del 8 de octubre de 1558 al 7 de septiembre de 1559- publicó cuatro obras en purépecha que había redactando en años anteriores : dos de índole lingüística, el Arte y el Vocabulario; y otras dos de contenido filológico-religioso, el Thesoro spiritual y el Diálogo. Una obra más cierra este momento único en la vida de fray Maturino, la Grammatica Latina, 1559, pensada como libro de texto para los estudiantes de Santa Cruz de Tlatelolco.

Éste fue un momento cumbre, o mejor, el momento cumbre en la vida de Maturino. En verdad, la publicación de cuatro obras importantes en tarasco en el lapso de un año puede ser considerada como un logro único en la historia de la lingüística, no ya la del Nuevo Mundo sino la de nuestro mundo. Difícilmente encontramos otro momento comparable a éste en la codificación de las lenguas. Respecto de la Nueva España, único país americano que contaba con imprenta, veremos que para 1558 muy pocas obras se habían publicado en lenguas indígenas. De ellas seis eran doctrinas cristianas -cinco en náhuatl y una en huasteco-, además del Vocabulario de fray Alonso de Molina de 1555. Entre paréntesis hay que adelantar que en 1547 fray Andrés de Olmos había terminado su Arte de la lengua mexicana y que corría manuscrita por los conventos franciscanos.

Si volvemos el rostro al Viejo Mundo tampoco hallamos un momento como éste en el que salieran a la luz juntas cuatro publicaciones lingüístico-filológicas sobre un mismo idioma. Es verdad que para 1558 ya estaban codificadas las principales lenguas europeas: la castellana en 1492 por obra, como es bien sabido, de Antonio de Nebrija; la italiana en 1529, cuando Giorgio Trissino publicó La grammatica; la portuguesa en 1536, con la publicación de la Grammatica da lingoagem portuguesa de Ferñao de Oliveira; y la francesa en 1550 cuando Louis Meigret publicó su Tretté de la Grammaire française. E1 alemán y el inglés tardaron en ser codificados; el primero lo fue en 1573 por Albert Oelinger y el inglés en 1586 por William Bullokar. Pero ninguno de estos grandes gramáticos del Renacimiento había logrado imprimir, en un tiempo tan corto, cuatro tratados como los de Gilberti. Una verdadera hazaña lingüística, gracias a la cual Michoacán se convirtió en un foco de avanzada en el despertar de la lingüística y filología del Nuevo Mundo.

Ante esta realidad cabe mirar hacia atrás en la vida de fray Maturino y pensar en aquellos años oscuros desde su llegada a Michoacán en 1542, acompañado por fray Jacobo Daciano, hasta 1556, año en que “ya era notoria su habilidad para hablar tarasco” como nos dice el documento encontrado por Benedict Warren. Durante aquellos catorce años Gilberti se adentró en su tarea misional viajando incansablemente de un pueblo a otro y aprendiendo de todos. Largas serían sus pláticas con los tarascos, con los niños de las escuelas franciscanas y con los adultos a los que evangelizó. No es imaginario suponer que dedicó todo su esfuerzo y talento a captar la esencia de la lengua y de la cultura de los purépechas con la mística del que se siente llamado por un destino guiado por la fe. Sólo así es explicable que en tan pocos años, aun teniendo el don de lenguas como él mismo afirma en su Thesoro spiritual de pobres,14 pudiera elaborar las cuatro obras fundamentales ya citadas.

El Arte de la lengua de Michuacan, primera gramática impresa de una lengua del Nuevo Mundo

En 1558, año de la publicación del Arte de la lengua de Michuacan, Gilberti tenía cincuenta años. Era ésta su primera obra impresa. De pequeño formato, en 8° contaba con 173 folios, recto y verso. Estuvo a cargo de Juan Pablos Bressano quien escogió para el texto tipos romanos.

Hombre del Renacimiento, conocedor de la obra de Nebrija y probablemente de la de su paisano Louis Meigret, Gilberti era consciente de la importancia que conllevaba codificar una nueva lengua, y más tratándose de un misionero como él. Por ello no es extraño que en el “Prólogo” se haga eco de algunos conceptos que fray Alonso de Molina expresa en su Vocabulario, conceptos ya comentados al hablar de la utopía de la fe y la utopía de las lenguas. Al hacerlos suyos Gilberti no está copiando sino simplemente refrendando un sentir común de la orden seráfica.

E1 Arte, dedicado al obispo Vasco de Quiroga, llevaba las aprobaciones de su cofrade Jacobo de Dacia y de los agustinos Alonso de la Vera Cruz, provincial y Miguel de Alvarado, prior de Tiripetío. Tenía también las de dos clérigos, Diego Pérez Gordillo y Francisco de la Cerda, todos excelentes conocedores del purépecha. Además del Arte, daban ellos su aprobación para el Vocabulario y el Thesoro. A estas firmas se sumaban las licencias del arzobispo Alonso de Montúfar, del virrey Luis de Velasco y del provincial de los franciscanos fray Francisco de Toral, entusiasta de las investigaciones de fray Bernardino de Sahagún. En las aprobaciones, unos y otros ponderan la utilidad de que se impriman las obras de Gilberti “para el bien de los naturales y el servicio de Nuestro Señor”.

Y así era en verdad, porque el Arte suponía, en primer lugar, una culminación de esfuerzos comunitarios, de maestros y alumnos. En el título se dice: Arte de la lengua de Michuacan compilada por… En el “Prólogo” el autor lo especifica mejor: “he acordado de hazer y ordenar lo mejor que me ha sido possible esta artezica: en la qual va reformado y emmendado en los vocablos y ortographia lo que hasta agora ha sido mal puesto en las escripturas de mis antecessores”. Esto mismo ocurrió en el proceso de codificación de la lengua náhuatl. Sabemos que a fray Andrés de Olmos le precedieron varios franciscanos en su tarea, entre los cuales están fray Francisco Ximénez y fray Alonso Rengel.

Antes de analizar el Arte de Gilberti conviene hacer un inciso y recordar brevemente la figura de Antonio de Nebrija, cuyas obras se tomaron como modelo para las gramáticas renacentistas tanto de las lenguas europeas como de las americanas.15 En realidad, Nebrija recoge y organiza los conceptos y categorías gramaticales grecolatinas y les da nueva forma en su obra Introductiones latinae, Salamanca, 1481. Esta gramática circuló por toda Europa y de ella se hicieron numerosos envíos a América. Hay que decir también que fue la base de la famosa Gramática castellana (Salamanca, 1492) cuya importancia estriba en que con ella empiezan a ser estudiadas las lenguas vulgares y a ser consideradas como lenguas académicas.

Las Introductiones fueron tan populares que se mencionan con el título de Arte de Antonio, Arte de comento o simplemente la Grammatica como en Gilberti. Bueno es precisar que este tratado gramatical no fue un modelo inflexible, un corsé asfixiante. Olmos, Molina, Antonio del Rincón y los gramáticos novohispanos toman de Nebrija lo que les conviene y rompen con él cuando es necesario, dada la naturaleza de las lenguas nuevas, radicalmente diferentes de la latina.16

Así sucede en el caso de Gilberti. Fray Maturino divide su gramática en tres partes, a diferencia de Nebrija que lo hace en cinco. En esto coincide con la estructura del Arte de la lengua mexicana de su cofrade, fray Andrés de Olmos, que como ya se ha dicho, desde 1547 corría manuscrito por los conventos franciscanos. No es extraño que Gilberti conociera esta gramática, pues el debió hacer frecuentes viajes a México y probablemente acudía al convento y Colegio de Tlatelolco como lo demuestra el hecho de que publicara una gramática latina para los estudiantes de Santa Cruz.

Ambos autores, Olmos y Gilberti, reducen a tres los cinco libros de las Introductiones latinae de Nebrija. Vale la pena recordar que en esta obra los tres primeros se refieren al estudio de las ocho partes de la oración; el cuarto, trata de la sintaxis y el quinto de la cantidad de las sílabas, el acento y la ortografía. Olmos y Gilberti, uniendo morfología y sintaxis reducen a tres los cuatro primeros libros de Antonio y suprimen el quinto, aunque incluyen algunas consideraciones sobre pronunciación en el libro tercero. Esta estructura tripartita se reveló muy funcional pues en ella es visible que el modelo nebrisense fue acomodado a la naturaleza de las lenguas mesoamericanas, en este caso el náhuatl y el purépecha. Dado que ambas lenguas son “incorporantes” o “intercalantes”, según el tipo lingüístico descrito y estudiado en el siglo XIX por Guillermo de Humboldt, la adaptación de Olmos, acogida por Gilberti, hoy día se nos muestra como un gran acierto. Morfología y sintaxis forman un todo inseparable, una estructura única y así son estudiadas en las Artes de dichos autores.

Volviendo a la de Gilberti encontramos que en su Arte se logra el acercamiento necesario que la lengua requiere. Esto lo vemos desde el principio, cuando el autor antepone a la primera parte una serie de avisos importantes de índole fonética, pues advierte “que sería muy gran peligro dezir que esta lengua se puede escribir y pronunciar como se quiera”.17 En los avisos resalta las dificultades fonéticas del tarasco con más detalles que Olmos y Molina lo hacen respecto del náhuatl. Concede gran atención a la pronunciación de los vocablos purépechas, muy diferente de la de nuestro romance. Inclusive llega a definir sílabas “pectorales”, “guturales”, “difuntas”, etcétera, y resalta que, como en latín, hay muchas palabras aequívocas, que cambian su significado según el acento. En resumen, estas páginas de avisos serían dignas de un estudio con la metodología y las perspectivas de la moderna fonología. En ellas se encuentran datos valiosos no sólo para el purépecha sino también para el estudio de las sibilantes castellanas c, ç y z, y su evolución de fricativas a africadas.

La primera parte de la gramática, no muy amplia, cinco capítulos, es como una introducción general centrada en el estudio del nombre y del verbo. Respecto del nombre, Gilberti se fija en la declinación, tanto del sustantivo como del adjetivo. En lo referente al verbo es más explícito. Presenta tres modelos de conjugación con mucho detalle. Los tres son muy representativos: un verbo regular, hurendahpehaca (hurendahpeni), “enseñar”, desdoblado en sus formas activa, impersonal y pasiva; uno irregular, eca, vel, ehaca, (eni), “ser”, con abundancia de formas compuestas y perifrásticas; y, por último, otro verbo irregular, arani, que se usa como auxiliar.

La segunda parte, la más amplia (55 capítulos), está dedicada al estudio de las ocho partes de la oración, “como en la Grammatica”. Todas ellas son descritas con arreglo al orden y la forma de las Introductiones, aunque Gilberti hace ver constantemente las particularidades del purépecha. Preocupa a fray Maturino describir detalladamente las clases de nombres, sus géneros, números, terminaciones y, en general, las diferentes flexiones. Se detiene en las declinaciones y en esto es visible su apego a la gramática latina en mayor grado que Olmos, aunque es palpable también su esfuerzo por lograr una correspondencia entre los casos del nombre en ambas lenguas, latín y purépecha. Consciente del valor de la partícula himbo, analiza muy bien su papel y le asigna la propiedad de formar un caso que él denomina “efectivo”. Cristina Monzón, quien se ha ocupado de profundizar en el estudio de este Arte, destaca la originalidad del franciscano al tocar el tema de la declinación.

Analiza ella el tratamiento que de los casos hace Gilberti, y afirma que, aunque fray Maturino “encajona la estructura purhépecha al patrón de la declinación latina, sin embargo la afirmación de la existencia de una declinación con sólo tres casos (nominativo, acusativo y vocativo, que se corresponden con los latinos), sugiere una conciencia clara de que las declinaciones en ambas lenguas no son comparables.18

La descripción de los pronombres es muy precisa, sobre todo la de los pronombres afijos. Explica que para la congruidad de la lengua es importante saber cuáles son los pronombres agentes y los pacientes y cómo se combinan unos con otros y con los verbos. Es éste un capítulo largo, donde Gilberti expone y fundamenta principios de índole sintáctica. Lo mismo se podría decir del titulado “De la manera de ayuntar muchos verbos en una oración”. Al definir los cambios que sufren los verbos al entrar en composición, Gilberti aborda temas tocantes a la sintaxis de la lengua.

En realidad, todas las categorías gramaticales son también objeto de una descripción minuciosa en esta segunda parte de la gramática. Dada la brevedad de este trabajo, me fijaré sólo en los verbos. Varios son los capítulos dedicados a especificar la naturaleza y diversidad de esta parte de la oración. Distingue verbos activos, impersonales, pasivos, posesivos, reiterativos, frecuentativos, equívocos (con varios significados) y de raíz doblada, para expresar reiteración continua. De cada uno explica su función, da a conocer las partículas que los forman y ofrece numerosos ejemplos. En resumen, esta segunda parte dedicada a la morfología y en menor grado a la sintaxis, constituye el núcleo, la parte medular de la gramática. En ella se logra un alto nivel de análisis de la lengua muy bien aderezado con numerosos ejemplos.

La tercera y última parte del Arte está constituida por 20 capítulos en los que el autor profundiza en la naturaleza del purépecha. En algunos de ellos, ahonda en temas antes tratados como la ortografía, la composición de verbos y valor de las partículas. En otros aborda nuevos temas como la phrasis, el ornato y el modus dicendi. Es aquí, en el modus dicendi, donde fray Maturino ofrece un elenco de frases en las que se plasma la propiedad de la lengua. Algunas son muy comunes; otras poco frecuentes, varias se refieren a aspectos concretos de la cultura tarasca, como las dedicadas a dar cuenta de las partes del día y la noche. En resumen, esta tercera parte de la gramática es un complemento muy necesario para los que, conociendo ya la lengua, quieren adentrarse en ella y en la cultura de sus hablantes.

Si tuviéramos que hacer una valoración rápida del Arte de Gilberti diríamos que es una mezcla feliz de tradición e innovación, de dependencia y originalidad. Tradición y dependencia en cuanto que su autor tomó las categorías grecolatinas y el diseño formal de las Introductiones de Nebrija y del Arte de Olmos; originalidad e innovación en cuanto que organizó juntas la morfología y la sintaxis, confirió valor especial a la fonética y, a lo largo de su análisis gramatical descriptivo, logró captar los rasgos propios del artificio gramatical del purépecha. Como Olmos, supo hacer compatible la modernidad lingüística nebrisense con la naturaleza de una lengua nueva y radicalmente diferente a las conocidas por él. Prueba del acierto gramatical del franciscano es que su Arte sigue siendo consultada y tomada muy en cuenta por los lingüistas de nuestros días. Como ejemplo citaré a Mauricio Swadesh, quien en su obra Los elementos del tarasco antiguo (1969) valora muy positivamente algunas de las aportaciones de Gilberti.19

El Vocabulario en lengua de Mechuacan: su significado en la historia de la lexicografía

Cuando aún no se cumplía el año de haber sido editado el Arte, Juan Pablos tenía ya listo el Vocabulario en lengua de Mechuacan, septiembre de l559. En formato mayor que el Arte, en 4o, el Vocabulario era la culminación de los afanes lingüísticos de Gilberti, como veremos. Pero antes quiero describir, en unas cuantas líneas, la belleza de este impreso: buen papel; letra romana muy clara, fácil de leer; grandes márgenes; elegantes cornisas con letras mayúsculas. El grabado renacentista de la portada es asimismo muy artístico: está compuesto por dos columnas en una de las cuales se representa a Adán; en la otra a Eva, ambas se sustentan en un pedestal formado por una greca decorada con grutescos y amorcillos alrededor del emblema franciscano con las cinco llagas. Encima de las columnas, otra greca también con grutescos y amorcillos sobre una línea curva a manera de nicho y, en el centro, el título de la obra, el nombre del autor y el de la persona a quien está dedicado el libro, Vasco de Quiroga. En conjunto, una portada elegante y bella, digna de las mejores prensas renacentistas.

Otro grabado más se encuentra al principio de la segunda parte es decir de la castellana-michoacana. Es éste más modesto, el mismo que encabeza el Vocabulario de Molina de 1555; un San Francisco recibiendo los estigmas. Sobre él se dispone el título: Aquí comiença el Vocabulario en la lengua castellana y mechuacana, compuesto por el muy reverendo padre fray Maturino Gilberti de la orden del seraphico padre San Francisco. Por último, otro rasgo importante: la primera entrada de cada letra es una capitular bien dibujada y grabada.

Todos estos motivos artísticos hacen del libro un impreso de gran belleza, deleitoso de leer. Se nota que fue hecho con especial cuidado; no se regateó en él ningún detalle de perfección. En rigor, no era para menos: se trataba del primer vocabulario bidireccional que se imprimía en el Nuevo Mundo.

El libro consta de un prólogo breve, una sola página, más 87 más 180 folios, recto y verso. No hay aprobaciones ni licencias pues, recordemos, van en el Arte. El “Prólogo del autor” lleva como subtítulo “Prohemio y epístola del muy reverendo padre fray Maturino Gilberti [...] al muy ilustre reverendissimo senor don Vasco de Quiroga, primer obispo meritísimo de Mechuacan…” En el texto, Gilberti exalta las virtudes de Quiroga como hombre cuidadoso y solícito de sus ovejas y dice: “Tengo confiança en que en esta jornada no sere perdidoso ni mi trabajo aura sido en vano”. No sabía Gilberti que tres meses después, este obispo “lleno de virtudes” se convertiría en su firme y cruel perseguidor.

La finalidad del autor al redactar el Vocabulario está claramente expuesta en el “Prólogo” al Arte ya descrita, la de favorecer la piedad evangélica, y aprender muy bien la lengua de los indios para no enseñarles nada que pudiera tocar el error. En cierta manera el Vocabulario era complemento del Arte: ambos libros constituían la herramienta indispensable para adentrarse en la lengua y poder servir a los que tenían como misión trasmitir el pensamiento evangélico. En realidad Gilberti utilizó el método de siempre: cuando dos lenguas y culturas están en contacto es necesario tener a la mano un instrumento que haga posible trasvasar palabras y conceptos entre ellas.

Conocedor de la obra lexicográfica de Nebrija y de Molina, en ambos se basó. Nebrija fue el modelo y Molina el puente. Nebrija había publicado el mismo año de su famosa Gramática castellana el Lexicon ex sermone latino in hispaniensem, Salamanca, 1492. Tres años después, publicó el que vulgarmente se conoce con el nombre de Vocabulario de romance en latin. Su título exacto es Dictionarium ex hispaniense in latinum sermonem, Salamanca, 1495. Este último, al igual que las ya citadas Introductiones, tuvo gran influencia en la lexicografía europea del siglo XVI y en la naciente lexicografía americana.20 Molina lo tomó de modelo en sus dos vocabularios, el ya citado de 1555 y el que publicó ampliado en 1571, aunque adaptados admirablemente al náhuatl.21 Gilberti hizo lo propio. Siguió las entradas de Molina en la segunda parte del vocabulario, es decir en la castellano-purépecha, con las adaptaciones necesarias a la nueva lengua. En la primera parte, la michoacana-castellana, es totalmente original.

Sería muy esclarecedor analizar a fondo el contenido del Vocabulario dada la riqueza léxica que Gilberti reunió en él. Aquí sólo señalaré dos aspectos importantes. Uno de ellos es que es el primer Vocabulario bidireccional de una lengua indígena, como ya se dijo. En la primera parte, de 87 folios r. y v., purépecha-español, se recogen 6 000 vocablos. En la segunda, 180 folios, r. y v., castellano-purépecha, 13 200.22 En total más de 19 000 vocablos. El otro aspecto importante es la preocupación de Gilberti por el purismo de la lengua. Esto se advierte en el escaso número de préstamos del castellano. Ya Swadesh, en el trabajo anteriormente citado, advierte que Gilberti creó siempre que pudo neologismos, lo cual es una muestra más de la capacidad lingüística del franciscano.

Por último quiero resaltar también su preocupación porque Arte y Vocabulario fueran instrumentos eficaces para sus hermanos y para todos aquellos que quisieran aprender tarasco. Una prueba de ello es que, al final de la primera parte del Vocabulario incluyó una sección dedicada a raíces verbales, que él califica de difíciles, “aún para los enseñados en esta lengua”. En ella ahonda en explicaciones que enriquecen el conocimiento acerca de la formación de palabras y ayudan a penetrar en las sutilezas de la lengua.

Como en el caso del Vocabulario de Molina, el de Gilberti es una obra viva que sigue imprimiéndose y consultándose. Ambos diccionarios entraron en el torrente de la lexicografía universal en el momento mismo en que se estaban redactando los vocabularios europeos.23 Los dos han servido a multitud de generaciones y, a pesar de los siglos, siguen ahí desafiando al tiempo. Creo que este es el mejor elogio que puede hacerse de una obra que además, fue el primer diccionario completo de una lengua de América.

Gilberti filólogo: Thesoro y Diálogo en lengua purépecha

Entre octubre de 1558 y septiembre de 1559, fechas de la aparición del Arte y del Vocabulario, fray Maturino publicaba dos obras de contenido religioso-filológico, el Thesoro spiritual en lengua de Mechuacan y el Diálogo de doctrina christiana en lengua de Mechuacan. Para un misionero como Gilberti ambas representaban la culminación de su tarea evangélica lograda plenamente gracias a un conocimiento profundo de la lengua.

De las dos, el Thesoro spiritual es la que primero salió a la luz, el 20 de octubre de 1558, en 8° y es la más breve, 127 f. más 20 sin numerar, r. y v. Dedicada al arzobispo Alonso de Montúfar, la obra tenía la licencia del virrey Velasco, la del propio Montúfar y la de fray Francisco de Toral, y había sido examinada por Alonso de la Vera Cruz, Miguel de Alvarado, Jacobo Daciano, Diego Pérez Gordillo y Francisco de la Cerda. Es decir, eran los mismos examinadores del Arte y el Vocabulario.

La finalidad principal del Thesoro era la de servir de texto para adoctrinar a los michoacanos. Por ello, fray Maturino incluyó una doctrina que abarca las 49 primeras páginas; después, dos examinatorios de la conciencia, uno mayor y otro más breve, “en que cada uno por si mesmo puede examinar su consciencia cuando se quiera confesar”. Termina con una “declaracion de los misterios de la missa y de los prouechos de oyrla con deuocion”. En resumen, es un tratado de vida cristiana para incipientes en el que, además de la doctrina, fray Maturino adjuntaba una guía para la confesión y una explicación de la misa. Mérito de este Thesoro es el de ser el primero, abrir camino en la redacción de textos en lengua purépecha, cosa nada fácil para un hablante que no la había tenido como lengua materna.

Unos meses después, salía a la luz otra doctrina, mucho más amplia, la titulada Diálogo de doctrina christiana. De inmediato surge una pregunta: ¿porqué dos doctrinas en tan corto tiempo?

Creo que hay que buscar la respuesta en las disposiciones de la Quinta Junta Eclesiástica de 1546 en la que se acordó que, para facilitar a los naturales la instrucción en la fe, se redactaran dos doctrinas, una breve, para incipientes y otra más extensa, para proficientes. De hecho varias de las doctrinas impresas, tanto en español como en náhuatl, se hicieron de acuerdo con esta disposición. Sirva de ejemplo la Doctrina christiana breue de fray Alonso de Molina, 1546, para incipientes, y la Doctrina christiana en lengua española y mexicana: hecha por los religiosos de la orden de Santo Domingo, 1548, para proficientes.24 A la luz de estos hechos no es extraño que fray Maturino, que estaba en contacto con sus hermanos de la capital, sintiera la necesidad de redactar dos doctrinas en purépecha sin que por ello la más breve, el Thesoro, estuviera de sobra.

Y por fin llegamos al gran tratado, el Diálogo de doctrina christiana en la lengua de Mechuacan. Hecho y compilado de muchos libros de sana doctrina por el muy reuerendo padre …Trata de lo que ha de saber, hazer, dessear y aborrecer el christiano. Va preguntando el discipulo al maestro… Año de 1559. Estamos ante el libro de “marca mayor” como lo llaman Mendieta y Torquemada;25 el libro que los grandes bibliógrafos, Icazbalceta, Medina y Nicolás León, describen como la obra más voluminosa de Juan Pablos: CCXCV + XXV p. r. y v. + tablas, tamaño folio. A las opiniones de estos investigadores añadiré que es la obra cumbre de Gilberti en materia filológica y una de las obras más brillantes dentro de la literatura de evangelización en el Nuevo Mundo.

Dedicada al virrey Velasco, el libro, por su contenido y por su belleza, era digno de ser dedicado incluso a un rey. Fray Francisco de Toral aprueba la obra. Fray Alonso de la Vera Cruz y fray Jacobo de Dacia expresan su parecer muy favorable a ella. El virrey y el arzobispo Montúfar, conceden la licencia de impresión. Todos ellos son personas de gran prestigio, que además habían examinado y aprobado las tres obras ya descritas de fray Maturino.

Antes de analizar brevemente el contenido haré un comentario sobre el aspecto físico del libro, sin duda, uno de los más bellos incunables americanos. La portada, al igual que la del Vocabulario, es un grabado típicamente renacentista. Dos cariátides, a manera de columnas, sostienen una greca decorada con motivos del siglo XVI en el centro de la cual se dispone un escudo real.26 En la parte inferior, otra greca similar sirve de descanso a las columnas, en el centro está se encuentra el escudo franciscano de las cinco llagas. Toda esta composición sirve de gran marco al título del libro. Al abrir el volumen, salta a la vista la calidad del papel de tela, la belleza de la letra gótica, las cornisas con títulos decorativos, los márgenes generosos. Abundan las capitulares muy bien dibujadas y no faltan grabados al comienzo de las vidas de santos. El texto, dispuesto en dos columnas, alarga el formato de la página y lo hace muy elegante. En resumen, un libro digno de un escrito en el que el autor había puesto su mayor esfuerzo para comunicar el mensaje evangélico a los michoacanos en su lengua.

El contenido de la obra es, como en el título se observa, muy completo: “todo lo que ha de saber creer, hazer, dessear y aborrecer el christiano”. En realidad son varios tratados religiosos en uno, en esto ya es original Gilberti. También lo es en la forma de abordar la primera parte, es decir la doctrina. A diferencia de otros autores del siglo XVI, Gilberti la explica en torno a las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. En la fe incluye capítulos tan interesantes como “del hombre y de su nobleza y vileza y por que Dios lo crio derecho y con fabla”. Igualmente atrayente es el título del capítulo incluido en la esperanza, “de las siete peticiones del Padre Nuestro”. En la parte correspondiente a la caridad, que es la más amplia, toca los mandamientos, sacramentos, pecados capitales y otros artículos de la fe. También aquí hay capítulos que llaman la atención como el dedicado a “los compadres” o aquel otro titulado “Que es lo que se ha de hacer cuando la mujer no puede parir”. Termina el tema de la caridad con una parte especial en la que abunda sobre las postrimerías y en especial sobre los gozos del cielo.

Al final de la Doctrina y antes de pasar a la segunda parte, Gilberti interpone un texto que podría ser un librito en sí mismo: “Breve declaración de las edades del mundo”. En él hace una síntesis de la creación, la historia sagrada y la vida y predicación de Nuestro Señor Jesucristo. Aunque breve, importa por su significado histórico-religioso, centrado en la Biblia y sirve de enlace con el tema de la segunda parte del Diálogo, la dedicada a las “Epístolas y Evangelios”.

Esta segunda parte tiene su propio título, que dice así:

Contiene ademas el dialogo la materia de predica; todos los domingos del año. Todo facilmente expuesto y declarado de manera que facilmente cualquiera hallara aviso para su conciencia, consolacion para sus trabajos y despertador que le despierte acordandose de Dios que le crio y de quien tantos beneficios tiene recibidos.

Como vemos, un título largo para un contenido amplio: todas las lecturas de cada domínica del año comenzando por la 1a de Adviento. Vale la pena señalar que estas lecturas están ordenadas con arreglo a un modelo que consta de tres partes: 1a Domínica Similitudo; 2a Sermo, thema. Cuando hay más de un sermón, se le nombra Aliud thema; 3a Evangelium.

Y llegamos al final del libro, veinticinco hojas con numeración independiente que Gilberti tituló:

De las tribulaciones y de sus provechos: ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo y de sus gloriosos santos: sacose del santoral que con el diálogo se auia de imprimir y por faltar posibilidad no se ha imprimido, y si esto quedara por imprimir muy coxa quedara esta obra del Dialogo.

Es esta parte una antología de vidas ejemplares: san Eustaquio, San Alejo y San Miguel con su corte de ángeles celestiales. Finalmente, vienen dos tablas. La primera de ellas es, siguiendo la costumbre, un índice de capítulos. La segunda, novedosa, es un índice de ejemplos que se presentan a lo largo del libro, en total 138.

Como vemos, oraciones, dogma, historia sagrada, epístolas, evangelios, vidas de santos, ejemplos, fragmentos del Antiguo y Nuevo Testamento; todo está presente en este magno tratado de fe y espiritualidad cristiana vertido por vez primera a una lengua tan difícil y extraña para los que venían de idiomas indoeuropeos. Y aún le parecía a Gilberti que la obra quedaría “coxa” si no salía el santoral completo. Sin duda, fray Maturino, cuando tuvo como suya la lengua purépecha imaginó un proyecto ambicioso y el Diálogo es una buena muestra. No bastaba con tener Arte y Vocabulario; había que dar a conocer la nueva fe; pero también había que mostrar la esencia de la lengua, recrear la estética de la palabra, tocarla, sentirla, cosa que sólo se logra en textos como éste. El libro de Maturino nos da pie para pensar en un gran proyecto filológico que quedó trunco por los acontecimientos que pronto sobrevinieron y que todos conocemos: la gran querella con el obispo Vasco de Quiroga.

La persecución de Vasco de Quiroga: consecuencias filológicas

Tres meses después de aparecido el Diálogo, el 3 de diciembre de 1559, don Vasco hacía una denuncia de la obra ante el arzobispo Alonso de Montúfar para que se recogiera y se revisara su traducción al tarasco. La denuncia es quizá prueba de la grandeza de la obra. Bien sabía don Vasco, puesto que había aprobado otros textos de Gilberti examinados por sus clérigos, que fray Maturino era la mejor lengua de Michoacán. Pero quizá este cuarto libro de Gilberti era demasiado. Con él, el prestigio de los franciscanos crecía en un momento en que Quiroga como obispo, trataba de fortalecer la naciente diócesis michoacana y ya estaba en abierto conflicto con agustinos y minoritas.27 Además, las nuevas disposiciones emanadas del Concilio de Trento le favorecían en su objetivo de consolidar su autoridad y de fortalecer el naciente clero secular americano.

No voy a detenerme en los detalles de la querella muy bien estudiada por Benedict Warren con base en documentos de archivos, testimonios de implicados y hasta cédulas reales. El estudio de Warren nos ilumina sobre pleitos internos de la Iglesia, luchas por controles de poder, envidias, pasiones y toda clase de sentimientos en un mundo convulsionado por disputas teológicas. Quiroga ponía en entredicho una traducción que no podía comprender; La Cerda y Pérez Gordillo descalificaban un texto que no querían traducir, mientras destruían pilas bautismales de agustinos y franciscanos; Gilberti escribía a Felipe II y se defendía ante el inquisidor Esteban de Portillo de su traducción al purépecha del misterio de la Trinidad; el rey ordenaba que el autor saliera de la Nueva España y al poco tiempo que se quedara, pues era “hombre de buena vida y ejemplo”,28 pero que se le enviara una traducción. Alonso de la Vera Cruz y después, el obispo michoacano que sucedió a Quiroga, fray Juan de Medina Rincón, lo apoyaban. Cartas iban y venían entre el Tribunal del Santo Oficio de México y el Consejo de la Inquisición. Mientras, Gilberti esperaba una resolución final que nunca se llegó a dar.

En este drama que se vivió en Michoacán, aunque los perseguidores de fray Maturino no alcanzaron su objetivo totalmente, sí lograron perturbar la vida y las tareas del franciscano. Ahora bien, éste contó con hombres que le ayudaron como fray Alonso de la Vera Cruz, excelente conocedor del purépecha. De él se conserva una “Defensa” del Diálogo escrita en 1560, en colaboración con Diego de Chávez, agustino también y muy buena lengua purépecha.29 Ambos autores afirman que “lo que se ha anotado en el diálogo de doctrina christiana expuesto por el reverendo padre fray Maturino Gilberti se prueba ser catholicamente dicho conforme a los sanctos doctores”. Y a continuación exponen su alegato redactado en latín y castellano centrado en cuatro puntos: el misterio de la Trinidad, la “santa fe sola “, el descenso de Cristo al Limbo y “de imaginibus loquens”. Interesa aquí resaltar la argumentación en torno al primer punto ya que en ella, los dos agustinos explican el significado de varios vocablos purépechas escogidos por Gilberti para trasvasar conceptos difíciles acerca de la Trinidad, términos que habían sido puestos en entredicho de heterodoxia. Concluyen ambos agustinos que dichos vocablos son los apropiados para expresar el concepto de la Trinidad en la lengua michoacana; conclusión que refrenda una vez más la capacidad lingüística de Gilberti al escoger sutilmente los vocablos adecuados y verter en ellos un concepto tan difícil como el de la Trinidad. Fray Alonso y fray Diego, a diferencia de los clérigos amigos de don Vasco, sí habían tenido tiempo de leer el Diálogo y su palabra es para nosotros la sentencia definitiva sobre una querella que, como veremos, influyó grandemente en el desarrollo de la filología purépecha.

Últimos años y últimas obras

En medio de tantas y tan prolongadas perturbaciones, Gilberti siguió preparando textos religiosos en lengua de Michoacán. A1 leer los documentos inquisitoriales se puede observar que, poco a poco, las acusaciones contra Maturino se iban debilitando. De manera que no es extraño que en 1574 lo encontremos como examinador del Arte y Dictionario de su discípulo y hermano de orden fray Juan Bautista Bravo de Lagunas. Además, un año después, lograba publicar su último impreso, el Thesoro spiritual de pobres y pan de cada día muy sabroso: que es una breve y compendiosa doctrina en la lengua de Michuacan, en México, en casa de Antonio de Spinosa. Aunque de pequeño formato (8°) es éste un libro copioso, 302 f. r. y v. En la “Epístola dedicatoria” al obispo de Michoacán, Juan de Medina Rincón, Gilberti nos da algunas noticias de sus quehaceres: habla de que se ha ocupado “mucho tiempo en ordenar muchos y muy útiles tratados en siete lenguas; que ha traducido del romance una doctrina titulada Luz del alma,30 con un centenar de sermones dominicales y santorales; y que ha ordenado un Flos sanctorum de los santos y santas de la Nueva España”. Como vemos, en medio de sus penas y de su labor pastoral seguía trabajando mucho. En realidad, en parte, su trabajo iba dirigido a reponer el pequeño corpus religioso del Diálogo, que pocos pudieron aprovechar.

Tal es el caso del nuevo Thesoro, que no es sino una doctrina dialogada no tan breve y compendiosa como él dice en el título. A ella antepuso Gilberti la Cartilla para los niños (folios 12 v. – 32 r.), que había publicado en 1559, hoy perdida. La doctrina, de corte clásico, oraciones, mandamientos, virtudes y postrimerías, está aderezada con multitud de citas bíblicas y probablemente es también una obra profunda y bien cimentada.

En la “Epístola”, Gilberti justifica la necesidad de este libro ya que dice:

el principal deber de los ministros de Cristo es el pasto de la doctrina [...] y la mayor parte de los curas se contentan con decir una misa, bautizar, casar y enterrar, sin ningún género de sermón.

Como vemos, la finalidad está más que justificada y de paso Gilberti nos deja ver cuán limitada era la labor pastoral de algunos clérigos de su tiempo. Posiblemente al calificarlos quiso dejar constancia de su sentir respecto de aquellos que le habían hecho tan difícil su vida. Este segundo Thesoro fue también su última obra. Gilberti murió diez años después, en 1585, en su querido convento de Tzintzunzan, rodeado de sus fieles michoacanos que lo habían llevado en hombros a pueblos lejanos para que su palabra confortara a los que necesitaban consuelo. Al menos tuvo el gusto de ver que dejaba Arte, Vocabulario y Doctrina, para favorecer “la piedad cristiana”.

Conclusiones

¿Qué significa para nosotros la obra de Gilberti? ¿Cómo vemos hoy su esfuerzo lingüístico-evangelizador? Con la perspectiva de los siglos podemos responder que su esfuerzo, su obra, hizo posible un legado de gran valor para la lingüística y la filología. Tocó a él la tarea de que el purépecha tuviera pronto “casa donde morar” como decía Nebrija. Su Arte y su Vocabulario fueron un abrigo, un refugio para la lengua michoacana. Porque si bien la escritura pictoglífica y la tradición oral sistemática eran elementos fijadores y vitalizadores de la lengua, las obras impresas, además de cumplir estas funciones, favorecían el purismo y la uniformidad. Y, recordando de nuevo el famoso “Prólogo” de la Gramática castellana de Nebrija, “la uniformidad es garantía de larga vida”.

En suma, además de sus trabajos de índole lingüística, fray Maturino nos ha dejado varios libros de contenido filológico-religioso para poder conocer el purépecha de hace cuatro siglos y el pensamiento de sus hablantes. Él hizo de Michoacán un foco vanguardista en la Nueva España, en el Nuevo Mundo y en ambos mundos. Una amarga disputa ensombreció sus años de madurez, sus mejores años, aquellos en que su conocimiento del purépecha había alcanzado su clímax. ¿Pudo haber producido muchas y más diversas obras? ¿Pudo haber consolidado el foco lingüístico michoacano con discípulos y seguidores y haber logrado una escuela como la de Santa Cruz de Tlatelolco? Es arriesgado responder a los futuribles, aunque cabe pensar que sí. A juzgar por las obras que nos ha dejado podemos considerar que aquel despertar brillante de redacción de libros en purépecha fue truncado por la actitud de don Vasco de Quiroga. Para nosotros su grandeza está en que abrió un camino para investigar y en que defendió sus libros, su prestigio como lingüista y filólogo y su ortodoxia cristiana con humildad seráfica y humanismo ejemplar.

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Autora: Ascensión Hernández de León Portilla, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM.

  1. El apasionante tema del milenarismo franciscano ha sido objeto de estudios valiosos. Entre ellos citaré cuatro: el de José Antonio Maravall, “La utopía político- religiosa de los franciscanos en la Nueva España”, Estudios Americanos, núm.2, Sevilla, 1949, p. 199-227; el de John Phelan, El reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo, México, UNAM, 1972; y por último el de Georges Baudot, Utopía e historia en México. Los primeros cronistas de la civilización mexicana (1520-1569), Madrid, Espasa-Calpe, 1983. El cuarto estudio es el de Elsa Cecilia Frost, Este Nuevo Orbe, México, UNAM,1996,p. 31-43, en el que se propone otra interpretación del sentido evangélico de los Doce alejada del milenarismo joaquinita. []
  2. Como una muestra de esta creencia es de gran interés el capítulo 41, libro V, de fray Jerónimo de Mendieta, De algunos rastros que se han hallado de que en algún tiempo en estas Indias hubo noticia de nuestra fe. Concluye fray Jerónimo que es muy probable que una parte del pueblo judío llegara a estas tierras tras la destrucción de Judea por Tito y Vespasiano. Vid. Fray Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana, México, edición de Joaquín García Icazbalceta, 1870, 539 pp. []
  3. Marcel Bataillon, Erasmo y España, México, FCE, 1950, 825pp. []
  4. Vid. Leonardo Manrique, Atlas cultural de México. Lingüística, México, SEP, INAH, Planeta, 1988, 73 pp. Manrique afirma que “aunque cada pueblo purépecha tiene su manera de hablar propia, la lengua es esencialmente la misma. La diferenciación dialectal es mínima”. Este fenómeno ya lo había notado Mauricio Swadesh en Elementos del tarasco antiguo, México, UNAM, 1969, 27 pp. []
  5. Fray Jerónimo de Mendieta, op. cit., p. 376. []
  6. Benedict Warren, The Conquest of Michoacan, University of Oklahoma Press, 1985. Vid. capítulo “Christian beginnings”, pp. 81-101. []
  7. Así lo deja ver la Relación de Michoacán atribuida a fray Jerónimo de Alcalá. Versión paleográfica, separación de textos, estudio preliminar y notas de Francisco Miranda, Michoacán, Fimax Publicistas Editores, 1980. []
  8. Estos esfuerzos están descritos en Benedict Warren, op. cit., p. 90. Lo que fue la labor de los primeros franciscanos en las escuelas con niños de habla náhuatl, se puede ver en fray Jerónimo de Mendieta, op. cit., libro III, cap. 15, 16 y 17. []
  9. Fray Jerónimo de Mendieta, op. cit., p. 378. []
  10. Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana, edición preparada bajo la coordinación de Miguel León-Portilla, México, UNAM, 1979, v. VI, pp. 53 y 294-298. []
  11. Joaquín García Icazbalceta, en su Bibliografía mexicana del siglo XVI…, nueva edición por Agustín Millares Carlo, México, FCE, 1954, p. 154, publica una cédula de Felipe II al Arzobispo de México, dada en 1575, en la que pondera las facultades lingüísticas de Gilberti y manda sea traducido al español el Diálogo, Vid. también Nicolás León “Fray Maturino Gilberti y sus escritos inéditos [...] Nota bibliográfica”, en Anales del Museo Michoacano, Morelia, 1888-1891, edición facsimilar de Edmundo Aviña Levy, Guadalajara, 1968, pp. 205-214. []
  12. Benedict Warren, aporta un conjunto de documentos, la mayoría inéditos, que permite reconstruir el proceso inquisitorial a que fue sometido Gilberti desde el 3 de diciembre de 1559 hasta el 30 de junio de 1588 cuando fue recomendado como libro provechoso. Con los datos que de ellos se pueden extraer, Warren ha trazado una biografía del franciscano, la más completa hasta ahora. Tanto los documentos como la biografía forman parte del “Prólogo” al Arte de la lengua de Michuacan de fray Maturino Gilberti, Morelia, Fimax, Publicistas, 1987. El documento recientemente encontrado por Warren fue mostrado en una de las sesiones de las Segundas Jornadas Gilbertianas, Zamora, El Colegio de Michoacán, 25 y 26 de abril de 1995. []
  13. Ibidem, pp. XIII-XIV. []
  14. Thesoro spiritual de pobres en lengua de Michuacan, por Antonio de Spinosa, México, 1575, “Epístola dedicatoria” a fray Juan de Medina Rincón, obispo de Mechuacan”. []
  15. Sobre la resonancia de las Introductiones de Nebrija en Europa, vid. Juan M. Lope Blanch, “Nebrija, fuente y puente de conocimientos gramaticales”, en Anuario de Letras, México, UNAM, vol. XXXI, 1993, pp. 225-250. []
  16. Sobre la respuesta de los misioneros lingüistas al modelo gramatical de Antonio, vid. Ascensión Hernández de León-Portilla, “Nebrija y las lenguas compañeras del imperio”, en Cuadernos Americanos, México, UNAM, 1993, p. l35-147. La misma autora hace un estudio más amplio de este tema en “El despertar de la lingüística y filología mesoamericanas” en Historia de la literatura mexicana, México, Siglo XXI, UNAM, 1996, pp. 351-387. []
  17. Mauricio Swadesh hace consideraciones muy interesantes sobre “los sonidos y ortografía” tal y como aparecen en las Artes de Gilberti y Juan Bautista de Lagunas, vid. Mauricio Swadesh, Elementos del tarasco antiguo, México, UNAM, 1969, pp. 27-32. []
  18. Cristina Monzón, “Declinación purhépecha en las gramáticas de Gilberti y Lagunas: marco y metalenguaje gramatical”, en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, Zamora, El Colegio de Michoacán, vol. 48, 1991, p. 53. []
  19. Mauricio Swadesh, op. cit., pp. 27-33. []
  20. Vid. Thomas Smith Stark, “Apuntes sobre la lexicografía novohispana”, Ponencia presentada en las Jornadas Lingüísticas, 16 y 17 marzo de 1992, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, p. 13 (manuscrito). []
  21. Vid. Miguel León-Portilla, “Estudio preliminar”, al Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana de Alonso de Molina, México, Editorial Porrúa, 1970, pp. XLVII-XL. []
  22. Cálculo tomado de Thomas Smith Stark, op. cit., p. 12. []
  23. No es posible aquí recordar los títulos principales de la lexicografía renacentista. Molina y Gilberti están entre los primeros. Vid. Roberto L. Collison, A History of Foreing-Language Dictionaries, capítulos 4, 5 y 6, London, Andre Deutsch, 1982. []
  24. Seguramente las dos doctrinas elaboradas por fray Pedro de Gante, la breve (ca. 1547) y la larga (1553), responden también a esta disposición. Sobre la Quinta Junta Eclesiástica y las doctrinas de Zumárraga, vid. Luis Resines, Catecismos americanos del siglo XVI, Salamanca, Junta de Castilla y León, 1992, v. I, p. 36 y siguientes. []
  25. Mendieta, op. cit., p. 552. Torquemada, op. cit., v. VI, p. 124. []
  26. Esta portada fue utilizada para la edición de la Dialectica Resolutio de fray Alonso de la Vera Cruz. E1 escudo real es curiosamente el de Inglaterra, aunque sin el lema “Dieu et mon droit”. En la greca inferior aparecen las letras E.W. iniciales del nombre del grabador inglés Edward Whitchurch. Según García Icazbalceta, este grabado se usó como portada del Prayer book de Eduardo VI en 1549. Vid. García Icazbalceta, op. cit., p. 107. []
  27. Benedict Warren, op. cit., p. XVII y siguientes. []
  28. Ibidem, p. 83. []
  29. Este documento que se guarda en la Biblioteca Nacional de París ha sido publicado por S.J. Ernest. J. Burrus, en The Writings of Alonso de la Vera Cruz: V, Roma, Jesuit Historical Institute, 1972, p. 342-343. []
  30. Esta obra es traducción de la de Felipe de Meneses, Luz del alma christiana contra la ceguedad e ignorancia…, Valladolid, Francisco Fernández de Córdoba, 1554. []

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