Los libaneses inmigrantes y sus lazos culturales desde México

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Resulta común que la exposición de las investigaciones sobre los grupos de extranjeros en México, convertidos luego en inmigrantes, se ubique en la historia. Es natural porque se trata de conocer su procedencia y las dificultades para la inserción en la sociedad nacional. En este texto la problemática se aborda desde el pasado pero igualmente considera de gran importancia, para tener una visión completa, conocer ahora cuál ha sido el desempeño de los pueblos procedentes de Levante, destacando la mayoritaria inmigración de libaneses. Como sujeto de estudio sólo es posible de definir si se le ubica comunitariamente, pero a la vez por los encuentros y desencuentros con otros grupos con los que se vincula históricamente, entre ellos los judíos (primero los sirios y sefaraditas que llegaron a México procedentes del territorio del que fuera el Imperio Otomano y luego, ya en el periodo de entreguerras, los europeos ashkenazitas), cuya percepción nacional los homologó a partir de la creación del Estado de Israel en 1948, definición reforzada con la Guerra de los Seis Días en 1967.

Culturas de encuentro

México comienza a asumirse como un país multicultural, pues además de tener una fuerte raíz indígena, merced a tres siglos de colonización, se llevó a cabo un fuerte mestizaje entre los pueblos autóctonos y europeos, en particular con los españoles. Pero, además, durante la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a llegar al país oleadas migratorias de franceses, italianos, estadounidenses, alemanes y chinos, entre otros. En el último tercio una fuerte y novedosa inmigración comenzó a manifestarse cuando llegaron familias y hasta poblados completos procedentes de Medio Oriente; se trataba de sirios, libaneses, palestinos y armenios. Aunque algunos eran musulmanes, otros judíos y varios drusos, predominaron los inmigrantes de cultura cristiana, principalmente maronitas y ortodoxos,1 de los siete patriarcados de cristianos de Oriente.

La mayoría ostentaba pasaporte turco debido a que sus territorios se encontraban bajo el dominio del Imperio Otomano desde hacía más de trescientos años. Ya en la tercera década del siglo XX grupos de judíos procedentes de diferentes países de Europa tuvieron a México como destino. Considerado por el escritor alemán Henrich Böll, Premio Nóbel de Literatura, como el siglo de las migraciones, por los fuertes contingentes que fueron desplazados de sus países de origen, la pluralidad cultural en México se amplió debido ya no sólo a la presencia de diferentes pueblos indios, sino a grupos étnicos con características diferentes de familias procedentes de los cinco continentes.

México fue un país que, con sus altibajos, auspició la integración, hubo motivos políticos —como la apertura de algunos gobiernos— y culturales —como el factor religioso—; aunque conoció también periodos de cerrazón cuando las leyes migratorias siguieron las pautas seguidas en Estados Unidos.2 Ya los protestantes, en su designación genérica, habían abierto el cauce a una predica receptiva, que además permitió los matrimonios mixtos entre estadounidenses o ingleses y mexicanos. Lo mismo sucedió para el encuentro entre libaneses y nativos del país debido a su cultura cristiana, pues aun con variaciones, coincidieron en sus rasgos más esenciales. Algo que por lo general no se expresó de la misma forma para los inmigrantes con cultura judía.3

Varios nativos de la región del Levante llegaron a México en diferentes épocas, aun antes de las oleadas migratorias, como demuestra la existencia previa de nombres árabes; pero el registro oficial más antiguo, según se constata en el Archivo General de la Nación, corresponde a Pedro Dib, nacido en Hasrun en 1867, quien llegó al puerto de Veracruz el 1 de enero de 1882.4 Aunque el acuerdo de la comunidad es la de otorgar ese rango, como es de esperarse, al sacerdote maronita Boutros Raffoul, quien habría llegado a México en 1872.5

No importa la diferencia de años, ambas fechas coinciden con la fuerte oleada de emigrantes de Monte Líbano que fueron obligados a huir por los conflictos sociales que allí se vivieron y afectaron de manera sobresaliente a la población cristiana. Coincidía con el momento de la decadencia del Imperio Otomano, que los diplomáticos llamaban ya entonces “el hombre enfermo” y con su insistencia en dar armas a los drusos, lo cual provocó el conflicto armado de 1860, cuando en unas cuantas semanas murieron miles de cristianos en la región montañosa de El Chouf.

En América comenzó a ser usual la llegada de “turcos”, como llamaron en México a los libaneses, sirios y palestinos por proceder del territorio dominado por la Sublime Puerta. 6 Por supuesto, muchos pudieron llegar e instalarse sin realizar algún procedimiento legal, por ello el gobierno mexicano se propuso regularizar su presencia en el país y establecer un Registro de Extranjeros por el Ministerio de Gobernación a partir de 1929, cuando era presidente de México el licenciado Emilio Portes Gil. La tarea concluyó en 1938, ya bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas.

De 160 mil registros que se realizaron, 5 527 correspondieron a los libaneses. Muchos entraron a México en las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del siglo XX, aunque continuaron llegando más tarde pese al establecimiento de cuotas de parte del gobierno para frenar el enorme flujo de emigrantes. No existe otro instrumento cuantitativo semejante que nos aproxime a la población original de libaneses en México. Sin embargo, además de las desviaciones de origen, contiene fuertes sesgos. El primero se refiere a las ausencias, porque es fácil identificar todavía hoy entre las familias que alguno de sus integrantes no asistió al registro, ya sea porque los menores no fueron incluidos, porque habían rebasado los 50 años o porque los fallecidos no fueron registrados.

Entre los datos sobresalientes destaca el hecho de que 4 469 procedían de algún lugar del territorio libanés, apenas 49 vinieron de Siria y 877 ya habían nacido en México. Sin embargo, hay confusión porque algunos se identificaros como libaneses, otros como sirios, sirio-libaneses e incluso como árabes; lo cual se debió, entre otras razones, al problema de la lengua (todos hablaban árabe) y su transliteración al español. Vinieron principalmente de Monte Líbano, 563 registraron allí su residencia, y 535 de Beirut. De Asrun vinieron 505 personas, de Zellevel 211, de Zgharta 113 y de Jezzine 63, aunque se mencionaron otros muchos poblados.7 Los expulsados procedían de los pueblos donde la tensión fue mayor durante la decadencia de las formas de control de los otomanos.

La mayor parte de ellos, es decir 3 590 personas, entraron al país por el puerto de Veracruz, apenas 225 llegaron por Progreso, Yucatán, y 214 lo hicieron por Tampico, Tamaulipas; todos puertos en el Golfo de México. Fue una inmigración exitosa, porque de inmediato pudieron distribuirse por todo el país y prácticamente no quedó una sola de las entidades federativas sin algún libanés que primero fue identificado como “turco” y, ya en la época del Mandato francés a partir de 1919, como “sirio-libanés”,8 porque incluía los territorios de Líbano y Siria. Muchas familias permanecieron viviendo en los estados de su llegada, en particular en Veracruz y Yucatán, pero pronto se fueron acercando a la capital de la república con gran poder de atracción, y ya a finales de los años treinta vivían 1 829 libaneses en la ciudad de México.

Los emigrantes eran por lo general jóvenes, por eso la mayoría llegó cuando aún estaban en sus años veinte. De los que acudieron al registro, 52 habían nacido en 1870, 98 en 1880 y 157 en 1890. Con el siglo XX, es decir en 1900, nacieron 197, en 1910 fueron 144 y en 1914, cuando las cifras de nacimiento comienzan a disminuir, habían nacido 111 de los libaneses registrados.

Como se sabe, el éxito de la inmigración de libaneses en México se debió, entre otras razones, a sus actividades comerciales que les llevaron por todo el territorio del país. Pero junto a la economía, había otro hecho cultural más profundo que alentó la buena disposición de los mexicanos para con los libaneses: la religión cristiana. Los libaneses pertenecían a alguno de los siete patriarcados de las iglesias cristianas de rito oriental, lo cual no significó un obstáculo para las alianzas matrimoniales con mexicanos, aun cuando éstos estaban adscritos casi totalmente al cristianismo latino de tradición romana. La diferencia religiosa resultó muy sutil respecto a los maronitas, ortodoxos y melquitas, que siempre se definieron como cristianos y muchos de ellos aun como católicos.9

Por igual razón, los inmigrantes encontraron en algunos templos de México la posibilidad de practicar los ritos cristianos de Oriente.10 En 1906 el padre Hanna B. Kuri ya estaba a cargo de la iglesia de La Candelaria, en el centro de la ciudad de México. Allí se realizó el primer matrimonio en el ritual maronita el 13 de febrero de ese año, cuando casó a Salvador Abraham y María. Él era soltero de veinte años y originario de Monte Líbano, en la Turquía asiática, según escribió en el libro parroquial, y había llegado al país hacía apenas medio año.11

Además de organizaciones como la Sociedad Fraternal Libanesa, la comunidad mantuvo también, en beneficio de su cohesión, revistas como Al-Jawater (Las ideas), publicación quincenal dirigida por José S. Helu desde su fundación, el 24 de julio de 1909; todavía en 1934 la edición era bilingüe, en árabe y español. La revista Al-Gurbal (La criba) fue fundada en 1923 y dirigida inicialmente por José Musalem y después por Salim George Abud Andraues y Juan Bichara, y desde 1946 la compró y dirigió Salim Abud; también fue bilingüe y los últimos años sólo en español, se publicó ininterrumpidamente durante 70 años. En junio de 1937 la revista mensual Emir entró en circulación, dirigida por Alfonso N. Aued se publicó ininterrumpidamente hasta 1968, y debido a la información que divulgaba se le consideró el órgano informativo de la comunidad libanesa.

No obstante, las comunidades surgidas de la inmigración prefirieron mantener un perfil bajo. Ahora, con la tercera generación de nacidos en el país, su presencia en la economía y en la política se percibe en ocasiones de forma sobresaliente; en particular varios grupos unidos bajo las designaciones de “árabes” y judíos, entre los más visibles.

Respecto a las cuestiones culturales no se ha conocido un fuerte antagonismo entre ambos, debido, en gran parte, a la fuerte presencia de la Iglesia católica que, pese a las pérdidas de su feligresía en México en los últimos 20 años, mantiene la hegemonía en el campo religioso. Así, los rasgos de intolerancia procedían más de la oposición judíos versus cristianos, o “árabes” versus cristianos, que entre árabes y judíos. ¿Por qué razón? Porque “árabes” y judíos compartían parámetros coincidentes como grupos de inmigrantes que, además, tenían una religiosidad diferente.

La presencia virtuosa

Los libaneses han sido definidos como emprendedores, trabajadores, honestos y confiables, en una imagen reforzada por diferentes medios. Por ejemplo, el cine mexicano los ha retratado así en películas con actores mexicanos que hablan español e imitando los giros lingüísticos de los primeros inmigrantes. Este ejemplo es interesante porque evidencia igualmente la interacción entre libaneses y judíos. Los filmes más famosos son dos comedias donde Joaquín Pardavé, también con la responsabilidad de ser director, creó y representó el estereotipo del libanés inmigrante: El baisano Jalil (1942) y El barchante Neguib (1945). Ambas fueron producidas por Gregorio Wallerstein, el más importante empresario judío en la industria cinematográfica mexicana.

Sin embargo, en los corrillos del cine dicha asociación fue considerada una burla del productor a la comunidad libanesa. Pero esa primera reacción no se mantuvo y hasta hoy se sigue festejando esa representación, a más de 60 años de haberse producido. Tanto adoptó el actor mexicano al personaje que hizo otras películas que, aún sin tener sentido con la historia, volvía a representar a un libanés, siempre bonachón, honrado y por lo general rico, como para sacar de apuros a quien lo necesitara. Lamentablemente no hay nada en la producción cinematográfica mexicana que nos acerque al libanés real, a los problemas que debió pasar en su proceso de adaptación para lograr la posición social que goza en la actualidad.12 Durante setenta años nombres con apellidos de origen libanés han enriquecido al cine mexicano, un espacio que se reconcilia con la historia multicultural del México y nos permite valorar mejor el esfuerzo de quienes decidieron adoptar a México como segundo hogar. Abuelos y padres quizás se sorprendieron cuando vieron a sus hijos triunfar en el cine, entendiéndolos apenas porque ya hablaban una lengua diferente a la de su origen.

Esa representación virtuosa ha sobrevivido pese a casos muy sonados de los vicios que, cuando la prensa da con ellos, se muestran hasta el hartazgo.13 Al azar puede seleccionarse una de las comunidades de descendientes de libaneses más fuertes, como la del sureste del país, donde los inmigrantes de ese origen se establecieron y procrearon sus familias.

Desde luego, los mexicanos vieron con simpatía a estos inmigrantes con los que podían compartir un valor cultural intrínseco a su forma de ser, como el religioso, por eso nadie se opuso a los matrimonios mixtos que pronto comenzaron a realizarse, aunque sí hubo una tendencia que favoreció los enlaces endogámicos. Al mismo tiempo, y para enfrentar juntos los problemas de la inmigración, los libaneses se agruparon en comunidad en sus diferentes lugares de residencia.

La península de Yucatán, que alberga al estado homónimo más Campeche y Quintana Roo, llegó a tener el mayor porcentaje de libaneses en el país, sólo superado por el de la ciudad de México. Se dice que para 1910 había más de dos mil libaneses en Yucatán, y para 1948 sólo en el Distrito Federal vivían más que en Yucatán, donde según el censo de Julián Nasr y Abud Slim se contaban 1 550. Todavía doce años más tarde, en 1960 se consideraba a Mérida, capital de Yucatán, la segunda ciudad en importancia con presencia de libaneses, donde su número llegaba a 2 500, sólo superada de nuevo por la ciudad de México.14 Esto muestra la dispersión de libaneses diferente a los asentamientos judíos, vinculados casi siempre a ámbitos urbanizados, de preferencia las grandes ciudades. En Yucatán los libaneses se dedicaron principalmente al comercio, pero algunos incursionaron también en la ganadería, como el caso de Eblén Macari. Tuvo fuerte impacto en la industria, que se fue conformando en un sentido tan específico como el de los Yitani en el estado de Puebla, favorecido por los contratos del gobierno de Estados Unidos para producir uniformes durante la Segunda Guerra Mundial.

Ahora los libaneses destacan entre los integrantes de la burguesía local; varios gobernadores postulados por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) han surgido recientemente de esas familias en Campeche, con Jorge Salomón Azar (1992-1997), quien al lado de sus primos Salim y Abraham, junto con Jacobo Salem son propietarios de 40 por ciento de la flota camaronera;15 quizás el negocio más importante del estado después del petróleo. Al mismo tiempo, el rector de la Universidad Autónoma de Campeche fue José Abud, también descendiente de familia libanesa. Al gobernador le siguió como sucesor José Antonio González Kuri (1998-2004), cuyo hermano Jorge Luis fue alcalde de la capital. Con su apoyo benefició al empresario textil de origen paquistaní Yusuff Madani, propietario de Karim Textil & Apparel, del restaurante Church’s Chikén y de un hotel para hombres de negocios.

Los locales cuentan que los primeros libaneses llegaron a las costas de Yucatán, es decir a Puerto de Progreso, en 1879, y con el tiempo se convirtieron en dueños de los comercios e industrias importantes. Juan José Abraham Achach fue diputado local y federal, y presidente del PRI en la entidad. Herbé Rodríguez Abraham también fue presidente del PRI y alcalde de Mérida. Jorge Ezma Bazán fue candidato al cargo de presidente municipal de la capital, y aunque perdió frente al Partido de Acción Nacional (PAN), fue director del Instituto de Cultura del estado. Luis Felipe Saiden ocupó la Secretaría de Protección y Vialidad. Ricardo Dájer Nahum también fue candidato perdedor por el PRI a la alcaldía de Mérida, pero fue secretario de Desarrollo Industrial y Comercial del gobierno de la entidad, así como presidente de la Confederación Nacional de Cámaras de Comercio (CONCANACO).

Han sido menos los políticos de origen libanés vinculados al pan, como Benito Rosel Isaac, quien fuera subsecretario de gobierno, y Juan Sauma Novelo, contador mayor de Hacienda del Congreso local hace unos cuantos años. Esta situación puede cambiar ahora que ese partido se encuentra en la Presidencia de la República.

No obstante, los mexicanos de origen libanés siguen dominando el comercio en la península; entre otros destacan los apellidos Azis Abraham, Chapur, Farah, Fadel, Abimerhi, Xacur, Macari, Azar, Wabi, Becil, Lixa, Dager, Gaber, Cuevas, Curi e Yza. 16

En Quintana Roo ha destacado la familia encabezada por Nassim Joaquín Ibarra, quien llegó a México en la década de 1920, se convirtió en accionista de la línea aérea Mexicana de Aviación, concesionario de la Distribuidora de Combustibles de Quintana Roo que surte a todas las gasolineras de la región, algunas de ellas de su propiedad, y cuenta además con una inserción fuerte en el turismo, con 14 inmobiliarias. Él es tan poderoso que se le conoce como El Tatich (cacique en maya)17 y durante mucho tiempo se le debía consultar respecto a los cargos públicos en la entidad.

Por eso no resultó difícil que su hijo Pedro Joaquín Codwel resultara gobernador del estado y después secretario de Turismo en el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari. Su hermana Addy fue legisladora, e incluso contendió en la elección interna del PRI para ser candidata a gobernadora, y aunque perdió afirma que conserva las esperanzas. Más adelante, otro mexicano de origen libanés, Miguel Borge Martín, ocupó el cargo de gobernador.

Es tan amplia y reconocida la presencia de los descendientes de libaneses en la vida pública, que así como en el pasado, durante el antiguo régimen, a los hacendados lugareños dedicados al cultivo del henequén se les llamó en los comienzos del siglo XX la casta divina, ahora bromean llamando a los nuevos empresarios e industriales la casta beduina.

La presencia de mexicano-libaneses es tan amplia en el país, que del análisis de una muestra de mil mexicanos de origen libanés Judit Liwerant encontró “nueve gobernadores; nueve alcaldes; 33 diputados y senadores; 34 magistrados; 18 representantes diplomáticos y embajadores, y cerca de cien en altos cargos directivos de dependencia del gobierno”.18 Cuando en 1948 Julián Nasr y Salim Abud coronaban su periplo de ocho años por todo México con la publicación del Directorio de las colonias libanesa, palestina y siria en México,19 revelaban datos específicos para entender la inserción de los nacidos en los países levantinos en México como país receptor. A mediados del siglo XX, según las conclusiones de esa suerte de censo, muchos de los inmigrantes y sus hijos se mantenían en el comercio y en la industria, pero ya descollaban los profesionistas, principalmente médicos, quienes por razones obvias no podían haber realizado sus estudios en otra parte que no fuera la Universidad Nacional Autónoma de México. En menor proporción le seguían los ingenieros y los abogados.

Cincuenta años después, en 2000, la publicación del Diccionario enciclopédico de mexicanos de origen libanés y de otros pueblos del Levante, de Patricia Jacobs, 20 a partir del muestreo aleatorio que es, permite suponer que las preferencias profesionales de esta comunidad se han mantenido, porque la mayoría de quienes entrevistó son también médicos, aunque ahora en un enorme abanico de especialidades. Los abogados muestran idéntica proporción, orientados ya no solamente al buró privado sino al inmenso campo de las políticas públicas, llegando algunos a presidentes municipales, delegados, secretarios de Estado e incluso gobernadores. De quienes también estudiaron en la UNAM le siguen en preferencia los dedicados a la ingeniería, arquitectura, contaduría y administración, la odontología, la economía y las letras. Pero resulta difícil ubicar una facultad que no haya dado cobijo a algún mexicano-libanés, y enlistarlos a todos sería una tarea imposible porque deben agregarse variedades de las ciencias como matemáticos y físicos, historiadores, músicos y compositores, pedagogos y politólogos, cineastas, periodistas, escritores y poetas.

Quizás lo que más asombra fue la rapidez con que en cada familia de inmigrantes surgió el interés de que al menos uno de sus hijos fuera a la universidad. Se dice pronto, pero es la expresión de un cambio cultural acelerado en el que participaron por igual mexicanos y extranjeros que adoptaron a México como su propio país. El vínculo de los mexicano-libaneses con la UNAM es mayor de lo que se piensa, porque —para hacer referencia a un hecho del pasado—, Neguib Simón se contó entre quienes insistieron en el proyecto de ubicar a la universidad por el rumbo del Pedregal de San Ángel porque había que alejar a los estudiantes del centro del Distrito Federal por las varias tentaciones que les ofrecía: cantinas, billares, teatros, cines y centro nocturnos. Y al construir el conjunto que alberga la Plaza México, inaugurada en 1946, permitió la extensión de la Avenida de los Insurgentes, que continuaría su ruta para en 1952 permitir también la comunicación con la Ciudad Universitaria.

Esa es una buena metáfora de cómo se fue abriendo camino la colectividad mexicano-libanesa hasta lograr una participación amplia en la vida profesional, por eso ahora las carreras en las que sus miembros participan se han multiplicado, pero también han destacado al ocupar cargos como profesores e investigadores, presidentes de sociedades y asociaciones de profesionistas, directores de revistas especializadas, jefes de departamentos, subdirectores y directores de hospitales, directores de institutos y facultades, integrantes de la Junta de Gobierno, y activos miembros del Patronato Universitario y de la Fundación UNAM, otorgando numerosas becas a estudiantes y obteniendo premios nacionales, premios Universidad Nacional e incluso formando parte de El Colegio Nacional.

El tercer hombre

Cualquier análisis actual de la comunidad libanesa-mexicana se enfrenta a la desviación provocada por la presencia de un solo hombre, Carlos Slim Helu, considerado por la revista Forbes como el segundo hombre más acaudalado del mundo con 53 mil cien millones de dólares21 cuando apenas un mes antes era el número tres con 49 mil millones de dólares; y había llamado poderosamente la atención el hecho de que en el transcurso de apenas un año su fortuna se había acrecentado en 19 mil millones; es decir, tuvo un crecimiento de 2.2 millones de dólares por hora,22 y sólo en los dos primeros meses de 2007 su fortuna se acrecentó en cuatro mil millones.23

Por supuesto, esa fortuna va adelante respecto de las cien familias más ricas del país, como la de Emilio Azcárraga Jean, de Televisa; Ricardo Salinas Pliego, del consorcio Televisión Azteca; de María Arámburuzabala, de la Cervecería Modelo; del productor de cemento Lorenzo Zambrano, de Lorenzo Zerbitje de la empresa panadera Bimbo, o de la extensa familia Sada y sus negocios en la industria de Monterrey.

No obstante, la riqueza de Slim es percibida —algo común en México— como producto de los favores recibidos por el Estado. En la cultura mexicana es casi imposible imaginar al empresario tipo estadounidense, construido por su propio esfuerzo. Pero en algo debió haberle favorecido que en 1990 el gobierno le vendiera Telmex, la empresa telefónica, en sólo 443 millones de dólares, cuando según un especialista equivalía a menos de dos tercios de su valor real. No obstante, el grupo pivote Carso —que mezcla los nombres de Carlos y de su esposa Soumaya—, se inició en 1965, para sumar paulatinamente las empresas adquiridas por quien se convertiría en un controvertido personaje del México actual.

El caso es que Slim procede de una familia de inmigrantes, pero más acomodada que otras y desde su llegada se tiene noticia de los negocios de su padre Julián y de sus tíos como propietarios de comercios, hoteles, cajas de ahorro y capital inmobiliario en el centro de la ciudad. Además, su abuelo materno, José S. Helu, no fue rico pero sí un poeta muy conocido en la comunidad, pues casi inmediatamente de su llegada a México impulsó la realización de Al Jawater, revista en árabe y español publicada durante varios años.

Según David Usborne, este hijo de inmigrantes libaneses tiene un problema: su riqueza. “No es el hecho de que Slim sea obscenamente rico, sino también que cada vez más personas se dan cuenta de ello. Peor aún: la gente ha empezado a percatarse de que su fortuna proviene del éxito que ha tenido al forjar gigantescos monopolios que difícilmente ayudan a la economía mexicana y a los consumidores del país”.24

El dilema de alcanzar la legitimidad de ser extremadamente rico es quizás lo que ha motivado a Slim a realizar múltiples acciones filantrópicas. Y a través de Telmex o de la Fundación Carso ha donado 95 mil bicicletas a niños sin recursos para que puedan trasladarse a sus escuelas, ha regalado 70 mil anteojos a niños pobres y ha otorgado becas a 150 mil estudiantes universitarios; también ha donado miles de computadoras a estudiantes. Pero su programa más controvertido ha sido el de la revitalización del Centro Histórico de la ciudad de México, donde se han rescatado edificios, pasajes turísticos con museos, galerías y cafés con una inversión de varios millones de dólares, cuya consecuencia inmediata es el alza en el costo de la renta del suelo.25

Pero Slim no es solamente un gran empresario, es también un hombre político y ha jugado bien cuando de política se trata, pues en un escenario difícil por la competencia partidista que recientemente se ha instalado en el país, ha sabido ser discreto y estar en una posición dónde a él le toca decidir atinadamente del lado de quién está cuando se trata del ejercicio del poder. En 2005, en pleno periodo electoral, Slim convocó a la creación del Acuerdo de Chapultepec, en el que participaron empresarios, políticos, artistas e intelectuales con el propósito de promover la inversión pública a través de la creación de capital humano e infraestructura. Su propósito, no obstante, era el de aminorar el encono entre los partidos que luchaban por la presidencia de la república: el PRI, el PAN y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), quizá previendo que era difícil saber cuál sería el triunfador.

Es sobresaliente la inteligencia de un hombre capaz de evadir los compromisos y sólo realizarlos cuando está todo el juego sobre la mesa. Slim, pese a su ascendiente libanés, se maneja ante todo como el hombre público que es. Ciertamente su filantropía alcanza a la comunidad libanesa y, en particular, a sus instituciones. Ha obsequiado al Centro Libanés de la ciudad de México sumas considerables para realizar obras como la Casa de los Adultos Mayores, inaugurada apenas hace un par de años. También ha intercambiado apoyos por servicios a sus becarios, para que puedan hacer uso de las instalaciones aun sin tener origen libanés.

Por el contrario, los libaneses de Líbano esperan más de lo que Slim está dispuesto a dar, en lo cual quizá cuenta la profunda inserción de su familia con México. La ayuda humanitaria que otorgaron sus empresas a Líbano —después de la guerra de Israel con Hizballah en territorio libanés en el verano de 2006— ha sido discreta, por lo que es imposible conocer el monto aproximado, y más aún porque fue en bienes como computadoras y maquinaria eléctrica.

A partir del encumbramiento del personaje, la representación de los descendientes de libaneses se asocia con la capacidad para hacer riqueza, algo que ya estaba en sus orígenes pero no en semejante dimensión. Incluso pareciera que ahora ser rico es algo connatural a los mexicano-libaneses, como si su destino les deparara a todos la buena fortuna, pero nada es más inexacto. Un cuadro completo seguramente haría pesar más al enorme espectro de las clases medias.

Días de combate

Las manifestaciones antilibanesesas no han sido frecuentes, aun cuando se registran casos más bien individuales y aislados. En 1922 el diario El Universal reportó un problema que involucró a José Helu, destacado miembro de la comunidad y abuelo de Carlos Slim, en la que debió intervenir el presidente Álvaro Obregón, para desear a los inmigrantes libaneses que vieran en México “su segunda Patria”.26 En 1951, cuando la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México premió el desempeño de Alejandro Galindo como director del filme Una familia de tantas (1948), éste escribió generoso en defensa de Miguel Zacarías Nogaín, que el mismo año había sido nominado por El dolor de los hijos, que resultaba obvio que “a un árabe no le daban un Ariel”.27

Ya más recientemente, en noviembre de 2002 tuvieron lugar elecciones de alcaldes en el estado de Hidalgo —uno de los que han albergado más inmigrantes de origen libanés y donde su impacto cultural ha sido notable—. En el municipio de Actopan, el candidato postulado por el PRI fue un mexicano de apellidos Bulos Kuri, cuyos abuelos vinieron de Líbano. Al cierre de la campaña del PRD asistió una delegación fuerte de ese instituto político en el plano nacional. Encabezaron el acto el diputado y presidente de la Comisión de Pueblos Indígenas del Congreso de la Unión, además de Martí Batres, coordinador de ese partido en la Cámara de Diputados y Armando Quintero, presidente en el Distrito Federal. En el mitin se refirieron a Bulos Kuri como extranjero en un sentido claramente peyorativo, ignorando que incluso sus padres eran mexicanos. Los perredistas afirmaron ante una multitud reunida en la plaza pública que “todos” los árabes y libaneses eran “caciques” y “ladrones” y hacían un llamado a no votar por el candidato para evitar lo sucedido en el estado de Oaxaca, donde “un iraquí ganó la gubernatura”.28 Un noticiario de la televisión estatal reprodujo el momento en que un líder perredista gritaba a la multitud “!Alcen la mano los que son libaneses” y sólo se escucharon silbidos. Luego volvió a interrogar: ¡ “Alcen la mano los que no sean libaneses”! y la levantaron todos los presentes. El ataque era certero, ya que en ese momento igualar a un libanés y a un iraquí significaba, de acuerdo con la propaganda internacional, igualarlos como terroristas. Triunfó el PRD con un candidato de origen priista, y en la siguiente elección el ayuntamiento fue recuperado por el PRI.

Por otra parte, la vida intercultural entre árabes y judíos en México ha transcurrido en tranquilidad; aunque se han dado momentos de enorme tensión; el último se debió a la escalada militar de Israel sobre Líbano para liberar a los soldados tomados como rehenes por Hizballah durante el verano de 2006.

Ya en el año 2000 Wadih Boutros Tayah, primer obispo de la Eparquía maronita de México y visitador apostólico en Centroamérica y Venezuela elegido por el Sínodo Patriarcal Maronita en 1995, quien logró transformar la Iglesia de Balvanera en la Catedral de San Maron, revelaba en una conferencia su desesperanza sobre lo que acontecía en Líbano. Su voz era autorizada porque como historiador escribió para relatar con profundidad y vasta información las relaciones entre Oriente y Occidente. 29

Concebía que esa unión estuvo salvada gracias a la cristianización que se proyectó y mantuvo en las montañas libanesas rodeadas de países islámicos. Ese era uno de sus grandes temas que, como a otros cristianos libaneses, le producía fuerte preocupación. Citaba a Ernst Renan: “El islam ha sido una pinza para las personas que ha esclavizado. No hay oportunidad dentro de él. El islam ha abierto una zanja entre las dos mitades de la humanidad que jamás podrá cruzarse […] El islam cesaría de existir el día que se convierta en una religión libre, sujeta a la ley común. Jamás será como el cristianismo, una religión de individuos.”

Aun cuando compartía ese pensamiento, al hablar de la situación actual y de los problemas de todos los días entre israelíes y palestinos consideraba por igual el sufrimiento que padecían unos y otros. En esa conferencia del verano de 2000 consideró que la situación era insoportable para los palestinos, musulmanes en su mayoría, cuando debieron abandonar sus posesiones desde 1948 con motivo de la creación del Estado de Israel. Consideraba que la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando los palestinos perdieron aún más territorio, los llevó a una gran desesperanza. Mencionaba las lamentables matanzas a las que habían sido sometidos —como la de Jordania durante el septiembre negro de 1970—, pero sin dejar de vincular las consecuencias en Líbano, porque todo repercutía en ese país que había sufrido las consecuencias del éxodo casi permanente de palestinos. También hablaba de las terribles consecuencias para el país como escenario de la guerra civil de 1975 a 1992.

Como obispo no se negaba a polemizar sobre ningún tema, por escabroso que resultara. En esa ocasión le interesaba explicarse y explicarnos sus experiencias al visitar el sur de Líbano, ocupado durante más de veinte años por el ejército israelí; le sorprendió la miserable situación que encontró, con unas cuantas casuchas dispersas, pero más le dolió que alrededor de seis mil jóvenes libaneses —cuatro mil cristianos y dos mil chiítas— hubiesen tenido que buscar refugio en Israel por la difícil situación en que se encontraban en su país.

Explicaba cómo el sur de Líbano se había integrado al país hasta 1920, con la creación de lo que se designó el Gran Líbano. Desde entonces la región estuvo más vinculada a Haifa que a Beirut, por eso los libaneses frecuentaban más los servicios de los que podían disponer en Israel, y cuando éste entró en Líbano —primero en 1978 y luego en 1982, con la operación Paz en Galilea encabezada por Ariel Sharon, entonces ministro de la Defensa—, los residentes en la franja fronteriza fueron seriamente acusados de traidores, paradójicamente, por los mismos libaneses y fueron a dar a las cárceles en Líbano o quedaron como refugiados en Israel.

La presencia de Hizballah no pasó desapercibida para el obispo y mencionó que “domina la región”, pero se extrañaba de no haber visto ni tanques, ni hombres armados pero sí muchas banderas de la organización. Incluso fue hasta Masara Shebah por una carretera en muy malas condiciones. “Era un corral de cabras que nunca fue considerado parte de Líbano”, le dijeron sus interlocutores.30

En conclusión, a) se refirió consternado al atraso provocado por el abandono de esa región y a la pobreza de los chiítas traídos desde el siglo XVI para el trabajo agrario; b) supo de la presencia de Hizballah que realizaba negocios con Siria, pero obviamente le preocupaba más la presencia de la inteligencia y el ejército sirios en territorio libanés; c) el retiro unilateral de Israel de esa pequeña región en aquel año lo vio como algo por lo menos contradictorio, más golpe de prensa que un avance político considerable.

El obispo murió sin conocer los avances de Hizballah, calificado por el Parlamento europeo por sus “actividades terroristas”. No conoció los efectos del asesinato del ex primer ministro libanés Rafic Hariri en la primavera de 2005, abriendo una de las crisis políticas más fuertes que ha vivido Líbano, y que aceleró la salida del ejército sirio debido a la oposición antisiria articulada en el proceso denominado la Revolución de los Cedros. Sin embargo, eso no pareció detener al líder de Hizballah, el ayatola Sayyed Hassan Nasrallah, abiertamente prosirio. Para evitar mayores tensiones hasta el presidente Émile Lahoud se expresó a favor por esa organización, al señalar que ese movimiento logró sacar al ejército israelí de territorio libanés en 2000.

En 2005 se dio el movimiento democrático llamado la Revolución de los Cedros, enlazando movimientos que las fuerzas presentes consideraron avances democráticos, como la salida definitiva de las inteligencia y fuerzas sirias.31 Pocos entendieron la enorme fuerza que adquiría Hizballah participando en la nueva conformación gubernamental. Quizá muchos se sorprendieron por la fuerza que mostró luego del secuestro de guardias fronterizos israelíes.

El 24 de julio de 2006 dos de los diarios con mayor tiraje en la ciudad de México: Reforma y El Universal, publicaron un desplegado a página completa firmado por 350 artistas, intelectuales, empresarios, profesionistas y políticos —la mayoría de ascendencia libanesa—, dirigido “A la Organización de las Naciones Unidas: A los mexicanos comprometidos con la paz: A la opinión pública”. Hacía un “enérgico llamado” a la ONU para que “intervenga en la inmediata suspensión de la incursión militar, el bloqueo y la destrucción de toda la infraestructura en el Líbano”. Y agregaba: “La pobreza y marginación a la que con estas acciones se ha condenado al Líbano, conllevan el riesgo de acrecentar el problema que el gobierno israelí pretende resolver: el terrorismo de Hizballah. En este sentido, si bien exigimos el cumplimiento de la resolución 1559 de la ONU y condenamos enérgicamente las acciones paramilitares de este grupo, es evidente que ninguna de ellas justifica en modo alguno la desproporcionada y violenta respuesta del gobierno israelí”.32

Si años atrás el obispo Wadih Boutros Tayah se había referido a la “lenta agonía de Líbano”, el desplegado resultaba drásticamente desesperanzador al haber sido encabezado con una leyenda de Gibrán Khalil Gibrán, en mi opinión contraproducente: “Mi pueblo murió en la cruz… Murieron mientras sus manos se extendían al Este y al Oeste. Murieron silenciosamente porque la humanidad cerró los oídos a sus llantos…”

Varios intelectuales judíos, a los que se invitó a firmar el desplegado, dijeron estar de acuerdo con su contenido pero se excusaron por no suscribirlo. El entonces embajador de Israel en México, David Dannon, no ayudó a aminorar la brecha que parecía abrirse entre judíos y libaneses de México al criticar fuertemente el desplegado y calificar a los firmantes de “filoterroristas”. Lo excesivo de su respuesta provocó que incluso la Secretaría de Relaciones Exteriores le llamara la atención porque se “excedió en sus funciones”. El embajador asistió a la Cancillería pero no se retractó; por el contrario, insistió en que “no hay un equilibrio en la información al no hacer referencia a las víctimas israelíes”.33

Si bien ese punto era compartido por muchos, tal como se expresó en el transcurso de esos días en diferentes medios informativos, para la comunidad libanesa lo perentorio era detener la muerte de civiles libaneses. No es el caso analizar el conflicto ahora, sino mostrar las repercusiones en las relaciones cordiales intercomunitarias sostenidas durante mucho tiempo, sorteando asuntos muy difíciles como el que se comenta. Nunca la solidaridad de los mexicanos se expresó con más fuerza respecto a Líbano; la ayuda humanitaria que se concitó fue excepcional, un logro vinculado con esa visibilidad o presencia pública que han adquirido los descendientes de libaneses en el país.

Para concluir

Entre los libaneses cristianos y sus descendientes han predominado relaciones cordiales con los judíos a lo largo de su inserción en México, en una convivencia que apenas dura un siglo. Las manifestaciones antijudías se dieron principalmente en los años definitorios de la constitución del Estado mexicano, en la década de 1930, por eso vinieron de grupos nacionalistas que buscaban establecer los lazos identitarios de la cultura mexicana.

Al igual que los libaneses otros inmigrates también se enfrentaron a la xenofobia de distintas maneras, por ejemplo, se les llamó árabes o turcos con intenciones peyorativas. Por tanto, puede decirse que durante la década de 1930 “el supuesto interés nacional fue esgrimido como estrategia discriminatoria”.34 Casi en el mismo sentido fue que el antisemitismo y la influencia nazi alcanzaron a diversos sectores de la sociedad. 35 No obstante, los problemas de esas campañas se limitaron a un sector restringido de la sociedad mexicana de aquéllos años.36

Hay avances culturales notables, como ha demostrado la tensión vivida en el verano de 2006, cuando la diferenciación entre judíos y el Estado de Israel fue asumida por la mayoría de quienes se expresaron, sin incurrir en posturas antisemitas; más frecuentes en el pasado.

De esta exposición se desprende que aun cuando existe confusión entre las designaciones étnico-religiosas ésta ha disminuido. Pese a todo, para muchos da lo mismo decir árabes que libaneses, árabes que musulmanes, israelíes que judíos. Más extraño debe resultar que ahora los portadores del islam ni son árabes ni pertenecen a las comunidades musulmanas originales. Su expansión preocupa más a los sectores católicos, y en particular a los ministros del cristianismo oriental presentes en México debido a dos cuestiones: la primera es que se encuentran arropados por la exitosa inmigración de libaneses; la segunda, que su experiencia personal, el vínculo afectivo con Líbano y su conocimiento del Medio Oriente definen su percepción del problema que, por lo demás, puede tener en el futuro un fin que por ahora no entendemos de la misma manera y no podemos compartir.

Así, podría decirse que, de acuerdo con esas interpretaciones, los conflictos originales se están desplazando; pese a la xenofobia de ciertos momentos, los inmigrantes y sus descendientes han sido aceptados y sólo eventualmente se da alguna manifestación anti-inmigrante. Ahora el conflicto se desplaza hacia formas inéditas en México.

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Autor: Carlos Martínez Assad, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. assad@servidor.unam.mx

  1. Denominaciones religiosas que se establecieron en el Concilio de Calcedonia en el siglo IV, procedentes del monofisismo que no aceptaba la doble naturaleza de Cristo; ambas vinculadas a la ortodoxia, la primera se asoció a la prédica del eremita San Marón y terminó por reconocer la autoridad del papa de Roma. []
  2. Varios autores se han referido a las autoritarias y racistas leyes migratorias, entre ellos Pablo Yankelevich, “Nación y extranjería en el México revolucionario”, en Cuicuilco, núm. 31, mayo-agosto de 2004. []
  3. De más de siete mil inmigrantes de Medio Oriente registrados en el Archivo General de la Nación (AGN), según la convocatoria de la Secretaría de Gobernación en 1932 la gran mayoría se definió católica: 60% (4 529), 20% (1 505) judíos, aunque 18% se identificó como israelitas y 1.6% como (122) hebreos, 6.2% de ortodoxos (467), 4.6% (345) como musulmanes, 2.1% de drusos (157); véase Zidane Zéraoui, “Árabes y judíos en México: integración y herencia cultural”, en Ignacio Klich (comp.), Árabes y judíos en América Latina. Historia, representaciones y desafíos, 2006, p. 209. []
  4. Registros de extranjeros, AGN. []
  5. Martha Díaz de Kuri y Lourdes Macluf, De Líbano a México, crónica de un pueblo emigrante, 1995, p. 46. []
  6. Un trabajo reciente sobre el complejo proceso de los inmigrantes en México procedentes del Imperio Otomano es el de Theresa Alfaro-Velcamp, So Far from Allah, So Close to Mexico. Middle Eastern Inmigrants in Modern Mexico, 2007, en particular el capítulo 3, “Turco Sojourners Come to Porfirian Mexico”. []
  7. Los datos fueron tomados de Libaneses en México, (DVD), 2001. []
  8. En algunos estados de la República mexicana se ha mantenido la designación “sirio-libaneses”, aun cuando formalmente no existió, como ejemplifica la investigación de Raimundo Vázquez Soberano, “Libaneses en Tabasco”, tesis, sin fecha. []
  9. Para las raíces culturales de esa población y la compleja organización social en el comienzo de la inmigración, véase Carlos Martínez Assad, Memoria de Líbano, 2003. []
  10. Carlos Martínez Assad, “Las huellas de los libaneses en la ciudad de México”, en A pie. Crónicas de la Ciudad de México, año 2, núm. 5, abril-junio 2004, pp. 62-69. []
  11. Archivo de la Iglesia de Balvanera, hoy Catedral de San Maroun, Libro de registro de bautizos y matrimonios del templo de La Candelaria, 1906-1920; Libro de registro de bautizos y matrimonios de la Iglesia de Balvanera, 1921-1950. []
  12. Carlos Martínez Assad, “La presencia de los libaneses en el cine mexicano”, en Revista de la Universidad de México, 2003; también el documental del mismo autor: Los libaneses en el cine mexicano, 2006; Theresa Alfaro Velcamp [en “La etnicidad árabe y judía en la filmografía mexicana”, en Ignacio Klich (comp.), op. cit., pp. 352-378] pretende comparar dos películas que no pueden serlo, porque la del supuesto libanés, El baisano Jalil, es una representación caricaturesca, mientras la judía de Novia que te vea (1992) pretende mostrar cómo vivió la integración una familia de la comunidad sefaradita en México. En realidad no ha habido en México un cine de inmigrantes, como sí lo tienen otros países, por ejemplo Estados Unidos. []
  13. En Yucatán está el controvertido caso del presunto asesinato de Flora Ileana Abraham Mafud —hija de los dueños de las tiendas departamentales San Francisco de Asís— a manos de su marido, Armando Medina Millet. Y recientemente destacó el caso de pederastia investigado por la periodista Lydia Cacho en su libro Los demonios del edén, 2005, donde involucra al empresario textil Jean Surcar Kuri, nacido en Líbano, y al también empresario Nacif Borge, nacido en Puebla y de ascendencia libanesa. Cuando la prensa se refiere a este último lo presenta como “empresario textil de origen libanés”. []
  14. Luis Alfonso Ramírez, Secretos de familia. Libaneses y elites empresariales en Yucatán, 1994, p. 179. Un análisis de la inserción económica de los libaneses en ese estado, donde la única carencia es no haber mencionado los nombres reales de las familias que abordó en la investigación; véase también Angelina Alonso, Los libaneses y la industria textil en Puebla, 1983, p. 78. []
  15. Enrique Pacheco, “El sur árabe”, en Proceso Sur, núm. 42, 29 de septiembre de 2001, p. 5. []
  16. José Palacios, “La casta beduina”, en ibidem, p. 6. []
  17. Antonio Callejo, ibidem, p. 7. []
  18. Judit Bokser Liwerant, “Semitas en el espacio público mexicano”, en Ignacio Klich (comp.), op. cit., p. 33. []
  19. Directorio de las colonias libanesa, palestina y siria en México, 1948. []
  20. Como en el caso de la nota anterior, los datos fueron tomados de Patricia Jacobs, Diccionario enciclopédico de mexicanos de origen libanés y de otros pueblos del Levante, 2000. []
  21. El Universal, 11 de abril de 2007; una semblanza amplia del personaje puede verse en José Martínez, Carlos Slim, retrato inédito, 2002. []
  22. David Usborne, “Carlos Slim y las acciones de filantropía que generan suspicacias”, en La Jornada, 11 de marzo de 2007. El rápido crecimiento de su fortuna hace que desde 2007 se le señale ya como el más rico del mundo. []
  23. Carlos Acosta Córdova, “Segundo lugar mundial en riqueza”, en Proceso, 4 de marzo de 2007. []
  24. Idem []
  25. El 14 de mayo se anunció su participación en ALAS, una fundación destinada a llevar educación a 32 millones de niños pobres de Latinoamérica. Una supuesta idea de la cantante colombiana Shakira provocó un donativo inicial del señor Slim por 110 millones de pesos. Los acompañan los cantantes más famosos de habla hispana y otros ricos empresarios. []
  26. Theresa Alfaro-Velcamp, op. cit., p. 101. []
  27. Carlos Martínez Assad, op. cit., 2003. []
  28. Sara Sefchovich, “PRD: crisis moral”, en El Universal, 28 de noviembre de 2002. Se referían a José Murat Cassab, quien sin mucha simpatía por sus posiciones políticas gobernó Oaxaca durante seis años. []
  29. Wadih Boutros Tayah, Los maronitas. Raíces e identidad, 1999. []
  30. Cinta grabada y versión manuscrita. []
  31. La Revolución de los Cedros o Intifada pacífica se llamó a ese entusiasmo en el que participaron miles de jóvenes y de ciudadanos de todo tipo, quienes ignoraron las disposiciones del gobierno para tomar las calles; The Economist, 5-11 de marzo de 2005; para muchos fue una nueva independencia, Newsweek, 14 de marzo de 2005. []
  32. Reforma, 24 de julio de 2006. []
  33. La Jornada, 28 de julio de 2006. []
  34. Judit Bokser Liwerant, “El México de los años treinta: cardenismo, inmigración judía y antisemitismo”, en Delia Salazar Anaya (coord.), Xenofobia y xenofilia en la historia de México, siglos XIX y XX. Homenaje a Moisés González Navarro, 2006, p. 386. []
  35. Ibidem, p. 412. []
  36. Alice Gojman Goldberg, “Ashkenazitas y sefaraditas frente a la xenofobia de los años treinta en México”, en Delia Salazar Anaya (coord.), op. cit., pp. 323-335. []

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