DEBATE. Lenguas amerindias en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1833-1874)

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A pesar de las múltiples disensiones que sostuvieron los gobiernos mexicanos1 decimonónicos por alcanzar un triunfo definitivo, en el cual primara un ordenamiento de tipo republicano -calificado como moderno por sus partidarios-, o bien un orden monárquico -considerado arcaico por sus detractores-, es posible reconocer entre ellos un común denominador: la aceptación generalizada de que un buen número de especulaciones y errores en las medidas administrativas era consecuencia del estado de ignorancia acerca de la verdadera naturaleza de la Nación.

Este desconocimiento había obligado a los Ministerios de Relaciones Interiores y Exteriores, al de Guerra y Marina y, posteriormente al de Fomento a promover la creación de agrupaciones científicas, apoyando sus actividades con los recursos disponibles. La apertura de tres corporaciones que estuvieron estrechamente relacionadas -el Instituto de Geografía y Estadística (1833), la Comisión de Estadística Militar (1839) y la Sociedad de Geografía y Estadística (1851)- tuvo como acicate la satisfacción de uno de los más caros deseos de los gobernantes e intelectuales del México independiente; a saber, la obtención de un diagnóstico de la población y del territorio.

Para los promotores de estas corporaciones, las investigaciones que estaban en marcha en las naciones más ilustradas proporcionaban, sin lugar a dudas, frutos considerables. Desde el siglo anterior, en países como Alemania, Inglaterra, Francia y Estados Unidos, existían empresas científicas que estimulaban el desarrollo de los Estados. Con base en las pautas de la nueva ciencia denominada Estadística, se estaba depurando la abundante y fragmentaria información reunida por largo tiempo. La revisión crítica de los ordenamientos previos daba paso a nuevas jerarquías, considerando que la pertinencia y exhaustividad de las noticias registradas dependían, en una primera instancia, de una delimitación precisa de los objetos de interés. En este sentido, los criterios que iban ofreciendo los especialistas en cada campo servían de criba para regularizar la información e, incluso, iban permitiendo detectar las reglas y tendencias de los fenómenos estudiados. Estos modernos diagnósticos presentaban estampas más fidedignas sobre el número y características de la población así como de la extensión y riqueza de los territorios nacionales.2

Al establecerse en México el Instituto de Geografía en 1833, se estaba actuando bajo esta expectativa. Sus fundadores confiaban en que la Estadística contribuiría a lograr un futuro más próspero, toda vez que ella daría las luces necesarias para estimar con certitud cuáles eran los medios con que contaba el suelo patrio. Por una parte, permitiría conocer el estado de la economía, la agricultura, la industria, y el comercio; por la otra, delinearía un perfil de la población a partir de sus peculiaridades físicas, morales y culturales. Estos balances prometían ser provechosos, además, para mejorar las relaciones establecidas fuera de las fronteras, ya que darían otro aspecto a la deformada imagen que de México aún daban los escritores extranjeros.3

A pesar de que en distintas ocasiones las actividades de las corporaciones científicas mexicanas se suspendieron debido a la inestabilidad política y económica del país, podemos constatar que los proyectos que animaron a la creación del Instituto de Geografía tuvieron continuidad e incluso se enriquecieron a través de los variados rumbos que éstos fueron tomando a lo largo del siglo. La creación de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE) en 1851, luego de una década de subordinación del Instituto de Geografía al Ministerio de Guerra, significó una apertura en el horizonte de las pesquisas, al dar cabida a un conjunto de campos de conocimiento que en aquella época eran considerados parte sustantiva de la Estadística. En el caso de las investigaciones relativas a la población, de manera paulatina se fueron incorporando los procedimientos más recientes de las ciencias naturales e históricas y, en consecuencia, aquellos que derivaban de dos incipientes disciplinas: la Etnografía y la Lingüística.

Una de las responsabilidades que asumió la SMGE consistió en ofrecer una respuesta satisfactoria a las múltiples interrogantes sobre la calidad, origen y diversidad del universo amerindio, y para lograr tales propósitos organizó seis comisiones especiales. Estos grupos de trabajo tomaron como punto de referencia las teorías en boga y con base en ellas fueron construyendo datos e hipótesis propios. A casi dos décadas de la fundación de la Sociedad, los responsables de las comisiones relacionadas con los idiomas hicieron públicos los resultados de sus investigaciones y presentaron una evaluación de la trayectoria histórica de los grupos indígenas así como una reconstrucción de sus principales líneas de ascendencia.

Las disciplinas del lenguaje, tal como se conformaban en aquel entonces, contribuyeron notablemente a la realización de estos balances.4 La aplicación de los métodos comparativos permitió elaborar las primeras clasificaciones del universo amerindio. Los presupuestos manejados por estas disciplinas llevaron a establecer una gradación entre los idiomas y a proponer, entre ellos, una escala evolutiva. A la luz de aquellas perspectivas, las huellas lingüísticas, tanto las lenguas como la nomenclatura, se concibieron a manera de testimonios irrebatibles de los acontecimientos acaecidos en el pasado.

La Sociedad de Geografía nos acerca al proceso de institucionalización de las disciplinas del lenguaje en nuestro país. Sus participantes y actividades nos revelan los intereses que animaron el examen de los idiomas indígenas. En el seno de esta corporación se produjeron las dos obras ejemplares de aquella centuria: Geografía de las lenguas de México (1864) y Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México (1875). Pero tan importante como estos reconocimientos es el hecho de subrayar que ellas se generaron en un ambiente que les fue propicio y fueron partícipes de una empresa colectiva de largo aliento. Desde nuestro punto de vista, estas dos obras representan la clausura de la primera época de la lingüística moderna en el país.

A continuación delinearemos el contexto y los medios que hicieron posible la consecución de los trabajos más acabados. En un primer momento haremos un recorrido a través de los antecedentes generales y de los proyectos realizados en la Sociedad durante la década que comprende de 1851 a 1860. Posteriormente explicaremos el clima de opinión y los resultados de las investigaciones que se emprendieron durante 1861.

Primer momento: acopio de la información sobre las lenguas y las hipótesis sobre el universo americano

Las labores del Instituto de Geografía, iniciadas en 1833, tuvieron como punto de partida “los trabajos científicos de muchos particulares que a pesar de la cruel y constante agitación en que habían vivido [se dedicaban] a la ciencia en los cortos momentos de tranquilidad”.5 Don José Justo Gómez de la Cortina, autoridad reconocida por su erudición y experiencia, especialmente en los campos de la geografía y la estadística, estuvo a la cabeza de quienes conformaron el cuerpo inicial de esta corporación. Luego de diez años de labor conjunta con la Comisión de Estadística Militar, Gómez de la Cortina solicitó, en 1849, a nombre de los socios originales, la apertura de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, ya que, a su juicio, aunque las tareas desempeñadas por los estudiosos eran importantes no debían reducirse a organizar la información requerida por el Ministerio de Guerra, sino desplegarse hacia la obtención de las ambiciosas metas de cualquier agrupación científica.6

Una vez aceptada la autonomía de la SMGE, dos años después, sus miembros planearon la dirección que irían tomando las pesquisas. Resolvieron continuar con aquéllas que consideraban prioritarias e idearon otras que eran originales, abriendo para tal efecto quince comisiones permanentes y tres especiales. Los ideales pragmáticos que daban impulso a sus tareas no se vieron violentados a causa de las innovaciones en el funcionamiento de la Sociedad. Ejemplo de ello fue la presentación de un plan para la división territorial de la República ante la Cámara de Diputados en 1853, basado en la Carta Geográfica previamente elaborada por la Comisión de Estadística Militar.7 Asimismo, la Comisión de Pesas y Medidas destinó sus investigaciones al fortalecimiento de la economía. En ellas se proponían las bases para sustituir las antiguas medidas mexicanas por un único sistema, el métrico decimal, para lograr un intercambio igualitario en el incipiente mercado interno.

Al momento de iniciar sus actividades, la Sociedad quiso cosechar la experiencia adquirida por quienes continuaron laborando en el seno de otras agrupaciones científicas, o bien a través de las empresas editoriales dirigidas por particulares. La comunidad de intereses era patente tanto en las áreas seleccionadas como en el contenido de los órganos para su difusión. Sin embargo, los esfuerzos realizados hasta mediados de siglo no habían sido suficientes para explorar con la misma profundidad los múltiples objetos comprendidos en la Estadística. Probablemente, uno de los campos que exhibía un mayor rezago era la investigación lingüística.

La precariedad de los avances contrastaba con la frecuencia de las demandas a favor de su desarrollo. Desde distintos escenarios se había exhortado a los estudiosos mexicanos para que se involucraran en el estudio de los idiomas aborígenes. Esas convocatorias ponían énfasis en el hecho de que las investigaciones gramaticales de corte moderno constituían el antecedente obligado para abordar con paso firme otros campos de conocimiento. Sólo por citar algunos ejemplos, podemos mencionar brevemente lo que al respecto publicaron dos prestigiadas revistas: El Registro Trimestre (1832-1833) y El Museo Mexicano (1843-1845), cuyos articulistas participaron en la Sociedad de Geografía y en otras corporaciones científicas y literarias de aquella época.

De este modo, Gómez de la Cortina se sirvió de la primera de estas publicaciones para invitar a la conformación de una Carta Logogeográfica, la cual daría cuenta del número, las afinidades y la distribución de las lenguas del país. Teniendo en mente los procedimientos ordinarios entre los naturalistas, propuso elaborar una clasificación de los idiomas amerindios. Las autoridades europeas en gramática comparativa habían establecido ya los elementos mínimos que debían servir de referencia para la comparación y ordenamiento de los sistemas lingüísticos, basándose, en buena medida, en el ejemplo dado por la botánica.8

En atención a los lineamientos impuestos por los especialistas, Gómez de la Cortina señaló que los datos contenidos en la Carta serían el resultado de un análisis previo de tres elementos clave para el contraste entre las lenguas: los verbos, el sistema de numeración y las palabras más usuales. Además, aconsejaba que la distribución espacial de los idiomas se ilustrara en un mapa de manera similar a la que se presentaban los recursos y accidentes de la naturaleza.9 Haciendo eco del llamado de Wilhelm von Humboldt, expresó que mediante el estudio analítico de las lenguas, los estudiosos mexicanos “contribuirían a esclarecer la historia antigua de la tierra que habitamos”.10

Las dos Academias de la Lengua establecidas en México (1835 y 1854), independientes de la Real Academia Española, quisieron llevar a feliz término el proyecto esbozado por Gómez de la Cortina. En atención a él, planearon la confección de gramáticas y diccionarios de las diferentes lenguas que se hablaban en toda la República, así como el acopio de las noticias relevantes para organizar un Atlas etnográfico, en la parte concerniente a los idiomas.11

Los colaboradores de El Registro y de El Museo estaban al tanto de los trabajos comparativos que estaban en marcha en el Viejo Mundo y, por lo tanto, sabían que las clasificaciones se sustentaban en extraordinarios cuerpos de datos. La información venía recolectándose desde la centuria anterior y ésta provenía de los miles de libros y manuscritos en letra latina que con anterioridad habían sido elaborados para difundir el cristianismo. Y, ahora, en el siglo XIX, estos mismos textos permitían que los etnógrafos, filólogos y lingüistas tuvieran acceso a las más diversas lenguas del orbe.

A partir de las artes, gramáticas, diccionarios y textos religiosos los especialistas iban descubriendo las semejanzas y diferencias entre los idiomas. Su contraste permitía rastrear los cambios más notables que habían sufrido a lo largo del tiempo. Cuando Melchor Ocampo escribió los artículos, encabezados bajo el título de “Bibliografía Mejicana”, tenía la esperanza de contribuir a la edificación de un acervo sobre las lenguas de México. Con una idea clara del ambiente propicio para desarrollar la gramática comparada, proponía el inicio de un programa que organizara y describiera críticamente la profusa literatura sobre este tema.12

Ocampo dio a conocer a los lectores de El Museo los resultados de algunas obras extranjeras que examinaban los idiomas de México. Asimismo, expresó sus opiniones con respecto a numerosos textos que produjo la práctica misionera en la Nueva España. Sendas revisiones no sólo lo aproximaron a la variedad de sistemas existentes en el país sino que también lo facultaron para comparar algunos de sus rasgos con aquéllos que presentaban algunas lenguas asiáticas y europeas.

En las páginas de la misma revista, Luis de la Rosa hizo saber que sus puntos de vista coincidían en gran medida con los de Melchor Ocampo.13 Los dos articulistas estimaban que los historiadores debían conocer a fondo los medios que habían creado las naciones para formar y expresar sus pensamientos. De la Rosa consideraba que las lenguas constituían testimonios vivos de la antigüedad, porque las ideas que contenían los signos ponían en evidencia el devenir del hombre pensante. Y esta clase de testimonios resultaba mucho más confiable que aquellos que sólo hacían gala de los talentos e imaginación del narrador. A estos beneficios se sumaba la riqueza de la hipótesis, según la cual “la construcción de la lengua es ella sola una historia completa de cada pueblo, cuya filiación y analogía constituyen el hilo de Ariadna de los orígenes”.14

Gómez de la Cortina, Ocampo y de la Rosa estaban de acuerdo con los filósofos y gramáticos que aseguraban que el origen y la continua transformación de los signos tenían como causas la experiencia sensible y el ejercicio de la reflexión. Para ellos, la universalidad de las leyes lógicas del lenguaje no estaba en contradicción con la diversidad de sus especies. La singularidad de cada lengua era observable en su prosodia, su analogía y su construcción. De igual modo, estimaban que el número de las voces y la elegancia en los estilos eran hechos que guardaban una estrecha correspondencia con el grado de civilización de las naciones. En tanto que practicantes de método comparativo, los tres autores tenían la certeza de que las metas de la gramática moderna estaban dirigidas hacia el descubrimiento de la diversidad en los sistemas de signos así como a la reconstrucción de las etapas previas de los idiomas.

Estas primeras expectativas recibieron un renovado impulso con la apertura de la SMGE en 1851. La corporación estableció inmediatamente las siguientes comisiones: “Diccionario Geográfico”, “Idioma mexicano” e “Idiomas y dialectos aborígenes”. Una década después dio la bienvenida a tres comisiones más: “Costumbres y carácter de los habitantes”, “Idiomas del país, lugares donde se hablan y número de habitantes que las usan” y, finalmente, la de “Idiomas del país en la parte lingüística”. Vistas en retrospectiva, cada una de estas agrupaciones desempeñó labores que le fueron específicas, pero entre ellas también se observa continuidad a través de la constante revisión de metas intermedias y la confección de datos cada vez más exhaustivos y especializados.

En cuanto al proyecto del Diccionario Geográfico, podemos señalar que su diseño y dirección original estuvo en manos del coronel Juan Agea, el botánico Miguel Bustamante -encargado del estudio de la flora mexicana-, y José Mario Aubin, quien fuera responsable de los temas etimológicos. Este proyecto había sido concebido por la Comisión Estadística Militar en 1839 como una investigación que correría paralela a la elaboración de la Carta General de la República, toda vez que el reconocimiento del territorio nacional exigía examinar la abundante nomenclatura perteneciente a los recursos naturales, la toponimia y la onomástica histórica, siendo por demás frecuente que esta clase de vocablos proviniera de las lenguas amerindias.

Luego de una década de actividades, la Comisión de Estadística informó que los avances no habían sido suficientes para concluir el diccionario. Para agotar el universo temático -que lo hacía casi equivalente a una enciclopedia del país-, se necesitaba contar con una información profusa y homogénea de todas las regiones, continuidad en los ritmos de trabajo, participación de especialistas en las más diversas áreas y mayor financiamiento. Debido a la desproporción entre las ambiciosas metas y las magras condiciones, la Sociedad de Geografía decidió limitar las actividades de la Comisión correspondiente al registro de los nombres geográficos de cada una de las entidades de la República, para lo cual se solicitó la ayuda de los socios corresponsales.

Aun con estas restricciones, la ejecución de un diccionario que agotara la onomástica geográfica llevó mucho más tiempo del previsto. Y así lo demuestra el hecho que la primera obra que puede considerarse rigurosa y exhaustiva –la Nomenclatura Geográfica de México– salió de la imprenta hasta 1897. Su autor, Antonio Peñafiel, fue capaz de integrar un corpus de la toponimia nacional con la ayuda de numerosos trabajos regionales. En conformidad con los criterios de la época, el texto de Peñafiel era sobresaliente porque brindaba una interpretación etimológica de las voces y un análisis de los jeroglíficos correspondientes a los nombres geográficos.

No obstante las vicisitudes que sufrió el proyecto del Diccionario Geográfico, los avances que se fueron acumulando formaron parte de otras pesquisas más acabadas. Fue así como Lucas Alamán y Manuel Orozco y Berra echaron mano de los archivos de la Sociedad, de los del Ministerio de Fomento, de la Comisión de Estadística y de otros fondos particulares, para llevar a cabo el Diccionario Universal de Historia y Geografía (1853-1856).15 Esta empresa editorial fue ajena a toda iniciativa del gobierno y se llevó a cabo durante un periodo en que la Sociedad había reducido considerablemente sus actividades.16

El propósito inicial de los editores consistió en incorporar un conjunto de artículos sobre México y las Américas al Diccionario Universal de Historia y Geografía (DUHG), publicado en España por Francisco Paula de Mellado entre 1846 y 1848. Sin embargo, las dimensiones que fue adquiriendo la nueva versión resultaron sobresalientes: se incrementó en tres el número de tomos, por la adición de poco más de 8 000 artículos a la edición original.17 Si junto con el abanico de materias atendidas se considera la lista de colaboradores, podemos asegurar que los editores del DUHG se empeñaron en dibujar una imagen del país, en la cual tuvieran presencia las múltiples miradas que hasta ese momento había sobre México.

En efecto, uno de los mayores méritos del DUHG fue conjugar los resultados obtenidos en 20 años de trabajo estadístico con las obras relevantes del siglo XVIII. Fue así como, por ejemplo, se retomó el Diccionario Histórico Geográfico de las Indias Occidentales ó América, publicado por Antonio de Alcedo en 1789, por las novedades que exhibía en los apartados correspondientes a las voces provinciales y a la clasificación de la flora de las regiones septentrionales del continente. Para dar cuenta de numerosas noticias de nuestro país, la veta más sustanciosa fue, sin lugar a dudas, la literatura que habían producido los ilustrados novohispanos.

La obra de Francisco Javier Clavijero, en especial la Historia antigua de México (1780), se consultó ampliamente para dar a conocer variadas facetas de los grupos amerindios: religión, costumbres, y el cultivo que hicieron de las ciencias así como de las artes. La gran autoridad que le otorgaron a Clavijero se muestra de manera ostensible en los encomiásticos artículos que presenta el DUHG sobre los antiguos mexicanos y el idioma náhuatl. En él también son abundantes las referencias a las investigaciones botánicas y en especial a las obras de Antonio Alzate. Las clasificaciones que hizo este autor tenían la ventaja de ceñirse a los cánones modernos e incorporaban los conocimientos derivados de la tradición botánica mexicana, misma que desde antiguo hacía uso de bases empíricas en cuanto a los usos y virtudes de las plantas.18

Las revisiones que fueron haciendo los eruditos decimonónicos de las fuentes coloniales y de los códices tornó ineludible el manejo de los idiomas indios. El estudio de las lenguas poseedoras de los mayores acervos literarios, en especial el náhuatl, respondía a esta urgencia. En la mayoría de los casos el aprendizaje fue autodidacto, siguiendo las pautas de las antiguas gramáticas elaboradas por los misioneros, pero en otras ocasiones la enseñanza de la lengua, así como las labores hermenéuticas estuvieron respaldadas por los profesores y colegas reunidos en las corporaciones científicas. Ejemplo de ello fue Faustino Chimalpopoca Galicia, quien además de ofrecer la cátedra de náhuatl en la Academia de San Gregorio, en la Universidad y el Seminario Conciliar, estuvo a la cabeza de la Comisión de Idioma Mexicano en la SMGE.19 Su colaboración con José Fernando Ramírez y Charles-Etienne Brasseur de Bourbourg permitió examinar varios de los fondos documentales confeccionados en las antiguas escrituras mesoamericanas.

Las páginas del DUHG nos dan a conocer los avances que se habían logrado en las investigaciones sobre las lenguas amerindias y las principales líneas de interés. Los recuentos bibliográficos, antiguos y recientes, dieron noticia de centenares de escritos. Los levantamientos estadísticos permitieron detectar los asentamientos de los hablantes. La adición de los nombres vulgares, genéricos y específicos, a la clasificación linneana, se convirtió en un procedimiento usual en los artículos relativos a la flora. También se consignó la etimología de numerosos topónimos y de la onomástica histórica. Pero si bien estos resultados eran producto de un extraordinario esfuerzo de síntesis, ellos pusieron al descubierto la necesidad de modernizar los datos estadísticos.

Tal como sucediera en el anterior proyecto del Diccionario Geográfico, los editores del DUHG enfrentaron serias limitaciones para lograr una clasificación de las lenguas y presentar una Carta que ilustrara su distribución geográfica. La ausencia de investigaciones de corte comparativo o histórico los había obligado a copiar indiscriminadamente las ideas prescriptivas, utilitaristas o filosóficas que sostenían las autoridades de la etapa misionera, como Andrés de Olmos, Alonso de Molina, Bernardino de Sahagún y Francisco Javier Clavijero, para el idioma mexicano, y Maturino Gilberti y Diego Basalenque para el tarasco.

Los miembros de la Sociedad de Estadística no sólo enfrentaban esta amarga experiencia, sino que también padecían de la falta de respuestas sólidas ante los debates más recurrentes entre los estudiosos de las antigüedades mexicanas. Carecían de tesis que abundaran sobre el origen de las lenguas amerindias y su parentesco con otros idiomas del globo; no había criterios para evaluar la ortografía de las fuentes coloniales y de los escritos recientes. También era apremiante conocer la exacta significación de los nombres amerindios que formaban parte de la lengua castellana, tal como se hablaba en México.20 Ante estas circunstancias, la Sociedad asumió el reto de poner en marcha investigaciones que estuvieran en consonancia con los cánones vigentes en los escenarios científicos mundiales.

Probablemente, los miembros de la “Comisión de Idiomas y dialectos” decidieron aceptar este desafío cumpliendo con la primera fase de la empresa. Mucio Valdovinos, José Fernando Ramírez, Manuel Larraínzar y Charles-Etienne Brasseur de Bourbourg, encabezaron un programa de actividades destinado a la conformación de un banco de datos sobre las lenguas del país, para que una vez constituido dicho fondo se emprendiera su comparación. Estos esfuerzos cristalizaron con la publicación de la obra Colección Polidiómica Mexicana, obra que contiene la Oración Dominical en 52 idiomas indígenas de aquella República, la cual se dedicó al Papa Pio IX.21 Otros trabajos individuales, como el que hiciera José Guadalupe Romero, contribuyeron a organizar las noticias bibliográficas. En ambos casos, sus autores se valieron de los registros publicados en la Biblioteca Hispano Americana Septentrional de José Mariano Beristain y del texto de Francisco Javier Clavijero, intitulado “Noticia de las personas que han escrito o publicado algunas obras sobre idiomas que se hablan en la República”.

Durante la década en que estuvo activa esta comisión, el Boletín de la Sociedad publicó dos investigaciones recientes sobre los orígenes del linaje azteca. El filólogo alemán Johann Karl Buschmann afirmaba que este linaje provenía del norte. Y para comprobarlo tomaba los resultados ya publicados por sus compatriotas, entre ellos los hermanos von Humboldt, Vater y Adelung. A éstos incorporaba sus propias evidencias; a saber, las semejanzas en los sistemas de numeración y en la toponimia de un vasto conjunto de lenguas que eran habladas a lo largo de un extenso espacio geográfico que comprendía desde el estrecho de Bering hasta Nicaragua.22

Otros eran los resultados de Brasseur de Bourbourg, quien sostenía que los orígenes del linaje azteca se encontraban en el sur. La interpretación que hacía de algunos códices y con la confianza depositada en los testimonios que daban los viajeros, le permitía esbozar una periodización en la que daba cuenta de las naciones y los monumentos esparcidos desde el río Gila hasta Nicaragua. Palenque, ciudad localizada en las montañas de Chiapas, fue considerada la cuna de la civilización tolteca, así como de la quiché.23

Segundo momento: clasificaciones de los pueblos y de las lenguas de México

Las tres comisiones que estableció la Sociedad de Geografía a partir de 1861, confrontaron las propuestas de Bourbourg y de Buschmann, integrándolas a una evaluación más amplia sobre el origen de los pueblos americanos, cuyas dos principales hipótesis habían sido ya enunciadas desde los albores del siglo. Por una parte, Alejandro von Humboldt había propuesto que estos pueblos formaban parte de la rama hebrea, mientras que Lorenzo Hervás sostenía que el poblamiento de América era consecuencia de dos movimientos migratorios: uno proveniente de Asia, y el otro de Groenlandia.

También los lingüistas de la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia habían hecho públicos sus puntos de vista con respecto a la unidad y diversidad de los pueblos originarios de América. El secretario de dicha corporación, Pierre-Etienne Du Ponceau, asentaba en 1825 que las lenguas del norte del continente eran tan sólo meros dialectos de una lengua original, a pesar de que en el aspecto léxico hubiera entre ellas diferencias notables. Poco tiempo después, al detectar ciertas analogías en las formas verbales del esquimal, del iroqués, del poconchí, del náhuatl, del tarasco, del caribe y del araucano, consideró que en toda América existía un tipo gramatical único, que no se hallaba en otras lenguas del orbe, al que llamó polisintético. Por su parte, Alberto Gallatin publicó en 1836 una clasificación genética de las lenguas habladas en el este de las Montañas Rocallosas y en las posesiones británicas y rusas. Anunció que se trataba de un ordenamiento preliminar, y que la delimitación de las familias de lenguas se había efectuado atendiendo básicamente a las semejanzas en el léxico.24

Cuando José Fernando Ramírez dirigió las actividades de la “Comisión de Costumbres y carácter de los habitantes”, estaba persuadido de la utilidad que reportaban las pesquisas lingüísticas para contrarrestar los nocivos efectos de las fábulas que ahogaban el trabajo histórico y estadístico. Tenía la certeza de que con ellas se irían desvaneciendo las impresiones ingenuas de los aficionados. Coincidiendo con las autoridades en el campo de la etnografía, Ramírez señalaba que la lengua era la marca indeleble del origen de cada pueblo y que la reconstrucción de las antiguas migraciones los conduciría hasta los orígenes de la humanidad. Hacía saber a sus consocios que las búsquedas con mayores posibilidades de éxito eran aquéllas que pudieran inspeccionar el mayor número de idiomas y reconocieran las semejanzas existentes entre los más distantes. El corpus para la investigación debía estar constituido por listas uniformes de palabras que hicieran referencia a objetos muy simples y elementales. Los resultados obtenidos por esta vía permitirían aceptar o rechazar las interpretaciones bíblicas sobre los linajes posteriores a Babel.25

A las propuestas de Ramírez se sumaron dos comisiones que comenzaron a laborar en el mismo año. La primera de ellas, “Idiomas del país, lugares donde se hablan y número de habitantes que las usan”, quedó bajo la responsabilidad de Manuel Orozco y Berra. La segunda, “Idiomas del país en la parte lingüística”, estuvo en manos de Francisco Pimentel. Los responsables de sendas comisiones respondieron exitosamente a la tarea que les fuera encomendada, concluyendo, cada uno, una obra original y acorde con las condiciones que imponía su respectiva especialidad: la etnografía y la lingüística.

Considerados a distancia, estos dos balances fueron parte de un proceso que implicó continuidad y renovación. La posibilidad misma de realizarlos fue la consecuencia de una combinación afortunada de varios factores: unos de orden empírico que, a diferencia de sus antecesores, dispusieron de la información necesaria; otros de orden metodológico, al servirse de los lineamientos dictados por disciplinas reconocidas, y otros más de orden institucional, puesto que sus investigaciones estuvieron respaldadas y fueron reconocidas por la comunidad científica nacional e internacional. Pero el hecho de destacar la originalidad de estos diagnósticos no debe hacernos perder vista que ellos representan una conversión, ya que los temas centrales abordados en ellos -el origen y la calidad de la población americana-, habían surgido desde el siglo anterior como objetos de investigación científica y aún en la actualidad, continúan siendo, un asunto de debate.26

La conjunción de circunstancias favorables explica el hecho de que Manuel Orozco y Berra haya presentado el primer mapa etnográfico a gran escala realizado en México, apenas un año después de asumir la responsabilidad de la Comisión. Asimismo en 1864 salió de la imprenta su obra etnográfica más acabada: la Geografía de las lenguas y Carta etnográfica de México, precedidas de un ensayo de clasificación de las mismas lenguas y de apuntes para las inmigraciones de las tribus. A sus pesquisas personales, tanto históricas como bibliográficas, se sumaban dos décadas de participación en las diferentes agrupaciones científicas del país, entre ellas estaban la Comisión Estadística Militar, el Ateneo Mexicano, el Diccionario Universal y la Secretaría de Fomento.27

Respaldado por su experiencia personal, Orozco y Berra había declarado abiertamente que estaba insatisfecho con los resultados que brindaban los atlas y los ensayos que estaban en circulación.28 La imprecisión de las cifras era evidente aun entre las autoridades más reconocidas. Wilhelm von Humboldt, por ejemplo, había hecho un cálculo de 500 o 2 000 lenguas para América.29 Por su parte, Lorenzo Hervás, tomando en cuenta la extensión, estimaba que en América había once lenguas mayores: araucana, guaraní, quichua, caribe, hurona, algonquina, apalachina, groenlándica, mexicana, tarahumara y pima, siendo que las tres últimas se hablaban en la Nueva España. Al tratar de establecer la genealogía de los idiomas de este virreinato, Hervás había hecho una clara distinción entre lenguas matrices, es decir, conjuntos de variantes o dialectos con un ascendente común, y las lenguas diversas, en las cuales no era posible determinar su afinidad con las matrices ni entre ellas. En el primer caso se encontraban la lengua mexicana, othomí, tarasca, pirinda, cora, maya, mixteca, totonaca, hiaqui, guaicura y cochimí.30

Aun cuando las obras etnográficas más recientes exhibían múltiples novedades, éstas tampoco podían considerarse exhaustivas. Así por ejemplo, Adrián Balbi, autor del Atlas Etnográfico del Globo (París, 1826) había descubierto que el maya, el quiché y el huasteco eran afines, pero omitía dentro de este grupo al chontal y al caribe, ya considerados en el trabajo de Hervás. Las informaciones que poseía Balbi sobre las lenguas apaches sólo le habían permitido reconocer dos grupos y, además, presentaba opiniones distintas a las de Clavijero, en cuanto a las relaciones entre el cochimí y guaicura. Otras investigaciones atendían regiones más delimitadas del continente, por lo que sólo daban cuenta de un número reducido de las lenguas de México. Tal era el caso de los estudios de E. G. Squier sobre los idiomas de Centroamérica, en los cuales brindaba noticias del dialecto del náhuatl hablado en Nicaragua, llamado niquira o niquiran, así como de la lengua punctuc, afín a la maya, localizada en las cercanías de Palenque. En cuanto a las investigaciones comparativas realizadas por los estudiosos mexicanos, Manuel Crisóstomo Nájera había establecido que en el universo de las lenguas de México podían reconocerse dos tipos gramaticales distintos (polisintéticas o sintéticas y monosilábicas), pero su análisis se centraba en el otomí.31 Pimentel, por su parte, se encontraba en la etapa inicial de su obra, concluyendo apenas el análisis de once lenguas.

Por el dominio en el manejo de documentos históricos, geográficos y estadísticos, Orozco y Berra demostró que los trabajos comparativos no estaban incluyendo un número considerable de pueblos y de lenguas y que algunas conclusiones sobre su parentesco no estaban suficientemente comprobadas. Desde su punto de vista, la información necesaria estaba contenida en los materiales acumulados, aunque éstos fueran de diversa naturaleza: códices, registros de testigos oculares de la Conquista y de los primeros tiempos de la Colonia (tanto españoles como indígenas), fuentes secundarias, relaciones oficiales de los corregimientos y alcaldías así como los reportes de las diócesis. También eran valiosas las observaciones de los religiosos que habían estado sobre el terreno y las noticias estadísticas. Por último, debía tomarse en cuenta la fisonomía de los lugares que habían servido de teatro a los acontecimientos.

Mediante un procedimiento en el que ensamblaba los resultados de las clasificaciones lingüísticas con los que derivaban de la revisión crítica de las fuentes, Orozco y Berra hizo una reconstrucción de la trayectoria de los linajes amerindios: origen, descendientes, migraciones, asentamientos, relaciones con otros grupos y grado de civilización. Elaboró un registro de los nombres dados a las lenguas y a los pueblos registrados en los documentos, siguiendo un orden geográfico y cronológico. Las fuentes fueron la materia prima para los juicios que emitió sobre los signos de progreso de cada pueblo -costumbres, usos, leyes, artes, ciencias e ideas morales- y también con base en ellas rastreó las posibles influencias culturales entre los pueblos.

Esta confrontación de materiales lo indujo a poner en entredicho la tesis de Brasseur de Bourbourg, porque las únicas huellas de la civilización palancana eran los monumentos arquitectónicos y los jeroglíficos. Orozco y Berra señalaba que los documentos coloniales registraban pueblos de habla náhuatl en el norte y en el sur, pero que no había ninguna prueba sobre la afinidad entre las lenguas que aún se hablaban en los alrededores de Palenque con las lenguas pertenecientes al linaje azteca. Algunas semejanzas hallaban una explicación más plausible si se consideraban las migraciones de las tribus de habla náhuatl, empezando por los toltecas. Ya para entonces, Orozco y Berra y Fernando Ramírez habían publicado algunas conclusiones sobre el itinerario del linaje azteca basadas principalmente, en su propia lectura de los códices.

Orozco y Berra consignó la totalidad de los nombres que había encontrado en las fuentes, pero solamente ofreció una clasificación de los idiomas que eran afines. Para tal efecto, se valió tanto de los trabajos comparativos como de las opiniones asentadas por las autoridades con reconocido prestigio por su dominio de la lengua. Fue de esta manera como presentó la clasificación de 182 hablas diferentes, e hizo la salvedad de que sólo podía comprobar el parentesco en 108 casos. A estos últimos los agrupó en once familias lingüísticas, en las cuales estaban distribuidos 35 idiomas y 69 dialectos. Los idiomas restantes los conocía de manera insatisfactoria, fuera porque no les había encontrado nexo con ningún otro, o bien porque se trataba de lenguas muertas, de las cuales no poseía datos suficientes.

En un segundo ordenamiento dio cuenta de las civilizaciones precolombinas. Bajo una estricta jerarquía colocó, en primer lugar, a la familia náhuatl, constituida por 15 tribus distintas, siendo los toltecas el grupo inicial de la civilización y la nación mexicana el de mayor esplendor. En segundo lugar estaba la civilización de los olmecas, mixtecos y zapotecos, cuyos testimonios le permitieron reconocer las lenguas de los pueblos menos cultos que habían conquistado. En tercer lugar colocó a la civilización de la familia maya con dos ramas: la maya y la quiché. Finalmente consideró a la familia otomí-mazahua, cuyos rasgos más notables eran sus costumbres bárbaras y su considerable antigüedad.

A lo largo de la investigación, Orozco y Berra hizo suyas diferentes ideas que había sobre el lenguaje. La etnografía le llevó a considerar que las semejanzas formales entre las lenguas eran la evidencia definitiva para establecer una relación de parentesco entre los pueblos. Pero ante la falta de información gramatical suficiente, aceptaba las ideas lingüísticas plasmadas en las fuentes históricas más autorizadas. La creación de datos a partir de estas fuentes de distinta naturaleza no le pareció un procedimiento anómalo porque finalmente consideraba que había un paralelismo entre el cambio de las lenguas y el progreso intelectual de los pueblos.

A pesar de que Orozco y Berra trató de ceñirse plenamente a los cánones de la etnografía y buscaba establecer la genealogía de las naciones amerindias, no por ello renunció a una interpretación histórica centrada en la idea de progreso.32 Fue por ello que tuvo por cierto que los idiomas evolucionan de lo simple a lo complejo -de un estado monosilábico hacia otro polisintético- y que la riqueza y cultivo de una lengua revelan el desarrollo espiritual del pueblo que la habla.

Este punto de anclaje explica por qué Orozco y Berra juzgó el devenir del multiligüismo en los siguientes términos: primero, que el otomí, por ser un idioma monosilábico, era el idioma más antiguo de México; segundo, que el mexicano, por la profusión y elegancia de su vocabulario, era superior a las demás lenguas amerindias de su entorno; y tercero, que la sobrevivencia de este universo dependían de los diferentes grados de civilización alcanzados por sus hablantes antes del contacto con Occidente. Finalmente, el hecho de que el español fuera un idioma más homogéneo y culto explicaba tanto su difusión como su futuro promisorio.

En el momento en que Francisco Pimentel fue nombrado responsable de la comisión de la Sociedad, se encontraba dando cuerpo al primer tomo del Cuadro descriptivo y comparativo, que saliera publicado en 1862. La investigación había comenzado seis años antes y terminaría con la publicación del tercer volumen en 1874. Los artículos presentados en el DUHG lo habían hecho digno de reconocimiento entre los estudiosos de las antigüedades mexicanas, al demostrar que la lingüística daba las armas para establecer la filiación de los pueblos amerindios.

El trabajo analítico de Pimentel estuvo basado en el supuesto de que las lenguas poseen características que les son esenciales -las raíces de las palabras y el sistema gramatical- y que éstas, a pesar de los cambios más o menos profundos padecidos a lo largo del tiempo, se mantienen en los dialectos y en las lenguas derivadas. Así, por ejemplo, la inexistencia de una relación de parentesco entre los grupos mexicano y tarasco era demostrable por la falta de coincidencia, llamada por él “armonía”, entre sus respectivos sistemas gramaticales y, sobre todo, por las diferencias en la composición de su “forma principal”, también conocida como verbo. La hipótesis que sostenían reconocidas autoridades, como el padre Durán y Tezozómoc, de que el mexicano derivaba del tarasco sólo podría confirmarse cuando se explicara cuáles habían sido los pasos regulares de la transformación de una lengua en otra, como se había demostrado ya en el caso del latín y el español.33

Al igual que Orozco y Berra, Pimentel empleó el método comparativo para refutar las opiniones de otros especialistas. Este medio le permitió refutar las conclusiones de Brasseur de Bourbourg acerca del origen palancano de los toltecas. Pero a diferencia de su compatriota, Pimentel reparó en el hecho de que los nombres geográficos de los toltecas estaban en mexicano. Y asimismo señaló que de haber existido una relación entre los antecesores de los pueblos mayas y los de los aztecas, ésta hubiera tenido lugar en una época inalcanzable, incluso para la lingüística. Aun cuando las autoridades de esta disciplina se jactaban de poder alcanzar un estado “prehistórico”, el límite de las pesquisas estaba dado por el momento en el que las lenguas presentaban una estructura o tipo gramatical bien definido. La gramática comparativa sólo podía aspirar a reducir al máximo el número tipos gramaticales y no así a proponer cuáles habían sido las formas prístinas del lenguaje.

Con base en el mismo argumento, rechazó lo asentado por Clavijero en la Historia antigua, cuando este último incluyó a los chichimecas en el linaje de los toltecas. El desacuerdo, en esta ocasión, era la concepción que el jesuita tenía sobre los alcances de la etimología. Mientras que Clavijero ofrecía una interpretación del nombre patronímico “chichimeca”, valiéndose de las autoridades que le precedieron y de su propio dominio de la lengua náhuatl, para Pimentel no eran válidas las propuestas que abruptamente remitían a una supuesta palabra original y pasaban por alto las continuas transformaciones fonéticas, gramaticales y semánticas que sufrían las voces a lo largo del tiempo.

A su juicio, los exámenes etimológicos estaban al servicio de las clasificaciones genealógicas. Por lo tanto ellos debían atender exclusivamente al mecanismo de derivación inmediata y explicar el proceso de la formación de las palabras, diferenciando los casos de analogía de aquellos otros que propiamente correspondían a una relación de parentesco.34 Cualquier intento por reconstruir el primer idioma de la humanidad debía ser desechado, y tampoco tenían valor las conclusiones de parentesco que se apoyaban en la semejanza de las voces onomatopéyicas o en un número reducido de palabras tomadas al azar.

Pimentel aceptó que los dialectos de un mismo idioma poseen como base el mismo fondo de expresiones radicales, que indican las ideas de primera necesidad. Por lo tanto, la única clase pertinente para demostrar una relación de parentesco estaba constituida por las palabras “primitivas”, las cuales eran portadoras de las ideas más simples (vgr.; padre, madre, sol, mano). Otra era la situación que se observaba en las palabras introducidas por la comunicación, vecindad o contacto con pueblos de distinta lengua. En este caso se encontraban las palabras que expresan ideas secundarias (nombres de animales domésticos, metales, armas, frutas, plantas e instrumentos), las palabras correspondientes a las ideas abstractas así como las expresiones teológicas, nombres de divinidades, sacrificios, fiestas y las palabras comunes de la literatura y las ciencias.35 Si bien algunas analogías léxicas y gramaticales, y hasta la sustitución de una lengua por otra, podían haber sido motivadas por acontecimientos históricos, la larga duración de las ideas primitivas, de las raíces y de las estructuras gramaticales, eran los fenómenos que permitían asir las principales líneas de ascendencia de los pueblos.

Las investigaciones de Pimentel se desarrollaron a partir de innumerables textos y manuscritos de las lenguas habladas en el antiguo territorio de la Nueva España, y de la actual Centroamérica. A este acervo incorporó los cuestionarios léxicos enviados, a través de la Sociedad de Geografía, a los socios residentes en el interior de la República y a los gobiernos de los estados. El análisis de estos materiales cristalizó en dos clasificaciones lingüísticas distintas. En la genealógica se consignaron 108 lenguas, que integraban 19 familias. El ordenamiento tipológico daba cuenta de las analogías que estaban presentes en los idiomas de distinta procedencia.

Pimentel inspeccionó el mecanismo, el diccionario y la forma gramatical de cada idioma,36 considerando que se trataba de sistemas orgánicos que pueden funcionar por medio de elementos aislados, por agregación o bien por integración. En primer lugar colocó a las lenguas polisilábicas, polisintéticas de subflexión, universo integrado por el grupo mexicano-ópata (nueve familias distintas) y por las familias tarasca, mixe-zoque y totonaca. Las dos últimas familias se caracterizaban por presentar una estructura gramatical mezclada con formas de otras lenguas, mientras que los dos primeros grupos presentaban un tipo puro. En segundo lugar se encontraban las lenguas polisilábicas-polisintéticas de yuxtaposición. A este orden pertenecían la familia mixteco-zapoteca y la pirinda, también conocida con el nombre de matlatzinca. En tercer lugar estaban las lenguas paulo-silábicas sintéticas. A este tipo pertenecían las familias maya y apache, y con carácter dudoso integraba a las familias chontal y chiapaneca, así como al idioma huave. Finalmente situó a la familia otomí en el grupo cuasi-monosilábico.

Siguiendo la idea de W. von Humboldt, con esta clasificación se estaba señalando que las lenguas que presentaban un tipo gramatical semejante compartían una misma época en la formación del lenguaje. De acuerdo con el punto de vista de Du Ponceau, según el cual a mayor síntesis mayor antigüedad, las lenguas polisílábicas, polisintéticas de subflexión y las de yuxtaposición eran las más antiguas. A partir de estos supuestos, los datos de Pimentel dejaban sin vigencia la hipótesis de que el otomí fuera el idioma más antiguo de México por ser monosilábico. En cambio, con ellos planteaba que por tratarse de lenguas con subflexión, la mexicana y la tarasca se acercaban, con mucha ventaja sobre las demás, hacia un estado realmente orgánico e ideal de perfección, aunque sus diferencias léxicas y verbales imposibilitaban cualquier tipo de filiación.

Pimentel sopesó la diversidad de lenguas con base en procedimientos estrictamente filológicos. Sus clasificaciones fueron diferentes a la de Orozco y Berra no sólo en el número de lenguas sino también por la concepción misma que tuvo acerca del lenguaje. Para Pimentel, las lenguas eran seres vivos y por lo tanto respondían a la dinámica de los fenómenos de la naturaleza. Desde su punto de vista, las investigaciones estrictamente lingüísticas no requerían de la ayuda de las interpretaciones históricas ni de las especulaciones de la filosofía. Tampoco éstas eran iguales, ni en los métodos ni en los fines, a las gramáticas prescriptivas o a las gramáticas que emulaban el modelo latino.

Las clasificaciones que publicó Pimentel permitieron obtener una idea de la unidad y diversidad de las lenguas del país, y al mismo tiempo fueron parte de otro proyecto más ambicioso, tendiente a conocer los elementos verdaderos del lenguaje. Esta meta, que se había fijado la gramática general y comparada, sólo podía alcanzarse mediante la inspección del mayor número posible de idiomas. Pimentel, en tanto hombre de ciencia, estaba comprometido con ambos proyectos. La especificidad de la lingüística, tal como él la practicaba, establecía una clara línea divisoria frente a la etnografía y la historia.

Conclusión

A través de este recorrido hemos querido destacar que las investigaciones puestas en marcha en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, son un termómetro del estado del arte de las disciplinas del lenguaje en México, así como de las expectativas y métodos que estaban presentes en el ambiente científico mundial. Podemos decir además que los proyectos lingüísticos, estuvieron motivados por un cúmulo de interrogantes relacionadas con la reciente descolonización de nuestro país, momento en el que la definición de los rasgos americanos y los mexicanos era una tarea apremiante.

De este modo podemos concluir señalando que los eruditos y especialistas que participaron en las cuatro primeras décadas de la Sociedad contribuyeron a definir el derrotero de la población en el marco de un proyecto nacional. Esta tarea, cuya importancia resulta innegable, involucró de manera imprescindible el estudio de los idiomas.

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Autora: Bárbara Cifuentes, Escuela Nacional de Antropología e Historia, INAH.

  1. Discurso de ingreso como miembro académico de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. []
  2. José Justo Gómez de la Cortina, “Población”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (en adelante, BSMGE), primera época, t. 1, 1839, pp. 10-21. []
  3. Gómez de la Cortina, “Introducción”, BSMGE, primera época, t. 1, 1839. []
  4. Cf. Sylvain Auroux, “The first uses of the french word linguistique (1812- 1880)”, en H. Aarseleff, L. Kelly, y Niederehe (comps.), Papers in the history of linguistics. Studies in the theory and history of linguistics science, Amsterdam, serie III, vol. 38, 1987, pp. 447-459. []
  5. Gómez de la Cortina, “Introducción”, en op. cit., 1839, p. 4. []
  6. María Lozano, “El Instituto Nacional de Geografía y Estadística y su sucesora la Comisión de Estadística Militar”, en Juan J. Saldaña (ed.), Los orígenes de la ciencia nacional, 1992, pp. 187-234. []
  7. Enrique Olavarría y Ferrari, La Sociedad de Geografía y Estadística. Reseña Histórica, 1901. []
  8. La gramática comparativa tiene como propósito obtener una teoría del lenguaje con la ayuda de los datos provenientes del mayor número de lenguas. La gramática comparada, en cambio, tiene como principal propósito establecer las relaciones tipológicas e históricas entre las lenguas. Para mayor detalle véase. S. Auroux, “Court de Gébelin (1725-1784) et le comparativisme”, en Histoire, epistémologie, langage, t. 3, fascículo 2, 1981, pp. 21-68. []
  9. Gómez de la Cortina, “Literatura”, El Registro Trimestre, t. 2, 1833, pp. 11-114. []
  10. Gómez de la Cortina, “Literatura”, El Registro Trimestre, t. 1, 1832, pp. 471-476. []
  11. Manuel Dublán y María Lozano, “Circular de la Secretaría de Relaciones. Creación de la Academia de la Lengua, marzo 22 de 1835”, en Legislación Mexicana o Colección completa de las disposiciones expedidas desde la independencia de la República, t. 3, 1876, p. 35. []
  12. Melchor Ocampo, “Bibliografía”, en El Museo Mexicano, t. III, 1844. []
  13. Luis de la Rosa, “Idiomas antiguos de México. Consideraciones sobre este objeto”, en El Museo Mexicano, t. III, 1844. []
  14. Apud Jean Lefranc, La philosophie en France au XIXème siècle, 1998, p. 18. []
  15. José Rogelio Álvarez, El Diccionario de Orozco y Berra, 1993. Este autor señala que la SMGE ofreció a Orozco y Berra los siguientes documentos: un nomenclator de 44 137 pueblos, los detalles de 107 itinerarios y la información relativa a la altitud en 364 puntos del territorio. []
  16. Cfr. María Lozano, op. cit. p. 215. []
  17. Véase: Antonia Pi-Suñer (coord.), Catálogo de los artículos sobre México, en el Diccionario de Historia y Geografía (1853-1856), 1997. []
  18. Dorothy Tanck de Estrada, La ilustración y la educación en la Nueva España, 1985, p. 45. []
  19. Véase: Alicia Perales, Asociaciones literarias mexicanas, 1957, p. 38. []
  20. Ch. Brasseur de Bourgbourg, Mucio Valdovinos y Manuel Larraínzar, “Dictamen”, en BSMGE, primera época, t. 2, 1864, pp. 151-153. []
  21. La imprenta de E. Dublán publicó otra edición de esta obra, corregida y aumentada en 1888. []
  22. Juan Carlos E. Buschmann, “De los nombres de los lugares aztecas”, en BSMGE, primera época, t. 8, 1860. []
  23. “Cartas para servir de introducción a la historia primitiva de la América Septentrional”, en BSMGE, primera época, t. 8, 1860, y t. 10, 1863. Véase también: Roberto Rome-ro, “Viajeros en Palenque, en los siglos XVIII y XIX: un estudio histórico a través de su bibliografía”, en Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, nueva época, vol. II, núm. 1, 1977. []
  24. “Una construcción polisintética o sintáctica es aquella en la cual el mayor número de ideas está comprendida en el menor número de palabras”. Citado por Mary Hass en “Grammar or Lexicon? The American Indian Side of the Question from Du Ponceau to Powell”, en International Journal American Linguistics, vol. 35, 1969, pp. 239-255. []
  25. Sobre las primeras propuestas para desarrollar un trabajo etnográfico, véase: Gottfried W. Leibniz, “Bref essai sur l’origine des peuples déduite principalement des indications fournies par les langues”, en André Jacob (ed.), Genèse de la pensée linguistique, 1973, pp. 46-62. []
  26. Este proceso de continuidad y renovación en la actividad científica ha sido denominado “conversión”. Véase: Pierre Swiggers, Histoire de la pensée linguistique, 1997, p. 211. []
  27. Véase Olavarría y Ferrari, op. cit. y Jesús Soto, “Divagación sobre la biografía y algo de explicación de la de Orozco y Berra”, en BSMGE, t. 44, 1935. []
  28. Orozco y Berra hace notar que no hay una denominación única para la ciencia que estudia los idiomas de manera comparativa, siendo los nombres más usuales: lingüística, glossografía e idiomografía. (Geografía de las lenguas, p. XIII.). []
  29. W. v. Humboldt, “Ensayo sobre las lenguas del Nuevo Continente (1812)”, en Alonso Cortés (ed.), Lecturas en lingüística, 1989, pp. 37-76. []
  30. Lorenzo Hervás, Catálogo de las lenguas conocidas, 1979, p. 393. []
  31. Manuel Crisóstomo Nájera, Disertación sobre la lengua othomí, 1845, p. 73. []
  32. Sobre las ideas de progreso en la obra de Orozco y Berra véase: Edmundo O’Gor-man, “La Historia de Orozco y Berra y nosotros”, en Investigaciones Históricas, t. 1, núms. 3 y 4, 1939. []
  33. F. Pimentel, “¿La lingüística es ciencia natural?”, en Obras Completas, t. 3, 1903, pp. 549-579. []
  34. Sobre las diferencias que guardan estas dos posiciones véase: Pierre Guiraud, L’étymologie, 1964, pp. 5-34. []
  35. F. Pimentel, “Historia y aplicaciones de la filología” (Introducción a la primera edición del Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México, 1862). []
  36. El examen del mecanismo comprendía: la descripción de las letras (vocales y consonantes), los cambios (metaplasmo y marcas de flexión), pronunciación, combinación, número de sílabas de las voces, su acentuación, composición y formación. El diccionario de cada idioma constaba de un recuento de las palabras que eran más abundantes o fueran más notables en algún sentido. La forma gramatical contenía el análisis de la composición del verbo, del sustantivo así como de las demás partes que tuviera la oración. Cfr. “Historia y aplicaciones de la filología”, en op. cit., p. 535. []

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