Guy Stresser-Péan, La danza del volador entre los indios de México y América Central, Mario Zamudio Vega (trad.), México, FCE, 2016, 336 pp.

Para citar este artículo

[La danse du “Volador” chez les Indiens du Mexique et de l’Amérique Centrale, París, Riveneuve, 2015, 236 pp.]

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Guy Stresser-Péan (1913-2009), destacado etnólogo, etnohistoriador y arqueólogo francés, dedicó su vida al estudio de las culturas mesoamericanas tanto prehispánicas como contemporáneas. Cuando era alumno de Marcel Mauss, fue enviado a México por el médico y etnólogo Paul Rivet en 1936 para estudiar la danza del volador. En 1956 lo nombraron profesor en la École Pratique des Hautes Études y en 1961 fundó la misión arqueológica y etnológica francesa en México (el actual Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos).

La danza del Volador entre los indios de México y América Central es la tesis doctoral de Guy Stresser-Péan. Grandes eran las expectativas por la publicación de este valioso manuscrito inédito, pues en la época fue frenada por la Segunda Guerra Mundial. Es gracias a la perseverancia de Claude Stresser-Péan, quien con ayuda de Érika Gil Lozada lograron llevar a buen término la publicación, primero en su versión original en francés y recientemente su traducción al español. El volador es una antigua danza mesoamericana que consiste en descender desde lo alto de un palo atado a una cuerda, trazando una trayectoria en espiral. En este libro, Stresser-Péan se dedica al estudio exhaustivo de la danza, evidenciando las relaciones míticas entre el cielo y la tierra en Mesoamérica. El libro está dividido en tres partes. La primera constituye una minuciosa descripción etnográfica de la danza del volador en diferentes regiones de la Huasteca. La siguiente expone un estudio histórico riguroso y crítico de documentos del siglo XVI al XX. El último apartado es el más rico, pues se trata de una interpretación tanto del volador huasteco como de una comparación con otras variantes, incluida la de Nicaragua. A lo largo del texto, el autor enriquece su demostración con cuadros explicativos, mapas, fotos y dibujos. Además, el libro cuenta con una compilación de videos de la época donde se puede apreciar el volador de Papantla y el de Tamaletom. También es anexada la transcripción de la música de flauta realizada por Marguerite d’Harcourt y analizada por Raoul d’Harcourt. El estudio parte de una etnografía a nivel local para profundizar en una comparación regional y aventurarse al resto del mundo en sus conclusiones.

En el presente libro, el autor nos permite adentrarnos en una experiencia etnográfica única que data de 1937. El estudio contribuye a la antropología de las técnicas, a la antropología del ritual y de manera general al método comparativo en el tiempo y en el espacio en las ciencias sociales. Guy Stresser- Péan nos presenta información específica sobre los preparativos rituales de la danza, la descripción de términos vernáculos referentes al volador, así como innumerables datos históricos relativos al tema. La metodología abarca una etnografía fina, un estudio histórico y un estudio comparativo de las diferentes variantes del volador. El autor se apoya principalmente en fuentes etnográficas propias (apuntes, entrevistas, dibujos precisos), documentos históricos (crónicas y códices) tanto de la época prehispánica como colonial, y estudios contemporáneos sobre el volador. Cabe destacar que durante su investigación sobre el volador (1936-1938), Stresser-Péan tuvo un papel decisivo en el rescate de la danza donde ya se había extinto y él mismo experimentó el vuelo en 1952.

La problemática central gira en torno a la forma y el contenido de la danza del volador, su origen, significado religioso y evolución en el tiempo y en el espacio. La hipótesis principal del autor es que se trata de una danza solar, simbolizando un descenso de aves mensajeras de los dioses y constituye un medio de comunicación entre el cielo y la tierra. En este sentido, Jacques Galinier, quien desentrañó los significados del volador otomí en su libro La mitad del mundo: cuerpo y cosmos en los rituales otomíes (1990), concuerda con esta interpretación, poniendo de relieve el sentido fálico del palo volador y su relación con la fecundidad.

En el primer capítulo, Stresser-Péan describe escrupulosamente el ritual observado en Tamaletom (Huasteca potosina). El volador se lleva a cabo en la plaza de la iglesia y sus participantes son los danzantes, los músicos y el jefe de la danza (k’ohal). Este último efectúa la ofrenda ritual parado en la cima del mástil. Para desempeñar ese papel, se tiene que tener el don y poseer un poder sobrenatural. Los músicos también gozan de atributos mágicos. Durante los nueve días que anteceden a la danza, los voladores realizan rigurosos ritos de preparación: abstinencia sexual, llevar una alimentación sobria y evitar bañarse. A lo largo del novenario se realizan ofrendas y danzas, así como cuentas de incienso con números rituales, unciones de tabaco y ajo en el cuerpo de los danzantes, y se presta especial atención a los sueños del k’ohal. La preparación del mástil es crucial, es por ello que el k’ohal y el músico hacen una ofrenda secreta en el árbol que será abatido y transportado hasta la plaza. Antes de erigir el mástil, se avienta un pollo en el hoyo cavado con anticipación. Posteriormente al vuelo, el mástil se tumba nueve días después de la fiesta, y se lleva a cabo una última ceremonia en una gruta sagrada, durante la cual los danzantes se cepillan ritualmente con plantas e incienso, dejando ahí cualquier mal o impureza.

Una vez descrito el ritual en su complejidad, el autor se adentra en las variantes del volador huasteco y en su ideología. Los danzantes son águilas y pájaros carpinteros que vuelan para ayudar al Sol. En resumidas cuentas, el objetivo de la danza es garantizar la salvación del mundo y la prosperidad de todos. El segundo capítulo del libro está dedicado a una exposición de las variantes del volador en Mesoamérica entre los huastecos, totonacos, otomíes, nahuas del Altiplano, purépechas, quichés, cakchiqueles, pipiles y nicaraos.

En el apartado que trata del origen y de la interpretación del volador, el autor atribuye el origen de la danza a la cultura tolteca de Tula alrededor del siglo X, con una difusión posterior en Guatemala y Nicaragua. Esta hipótesis contrasta automáticamente con la de Krickeberg, quien asegura que el volador es un invento de los totonacas. Stresser-Péan hace una demostración detallada de su hipótesis según la cual la forma primitiva del volador se realizaba con tan sólo dos danzantes, que ya había adelantado en El Sol-Dios y Cristo. Para ello detalla la evolución de la danza, la inclusión paulatina de elementos coloniales como la “Malinche” —un travesti que brinca en la cima del palo—, así como el aumento a seis y hasta ocho danzantes. Si asumimos dicha hipótesis como válida, se desmiente la tesis de algunos cronistas, entre ellos Torquemada, en cuyo testimonio explica que las 13 vueltas que realizan los cuatro voladores suman los 52 años del calendario ritual mesoamericano. La interpretación calendárica resultaría posterior al origen primitivo del volador. En su demostración, Stresser-Péan insiste en el carácter religioso de la danza, cuyo propósito es obtener buenas cosechas.

Otra crítica que el autor hace a Krickeberg es que este último considera el volador como un culto a la tierra. Stresser-Péan analiza el simbolismo de la danza destacando la comunicación entre el cielo y la tierra, cuya unión representa la fecundidad.

Para nuestro autor, los voladores son mensajeros enviados por los dioses para llevar el principio de fecundidad sobre la tierra, como “pájaros-almas”. Relaciona al volador con otras danzas para explicar que se insertan en el sistema religioso mesoamericano. En las conclusiones, menciona que el mismo Mauss relacionó el volador con el palo encebado en Oceanía, sin pronunciarse sobre su origen. Sin embargo, algunos etnólogos difusionistas se aventuraron a decir que fue introducido en América por migrantes venidos de Asia u Oceanía. A pesar de la similitud de algunas prácticas acrobáticas mesoamericanas (entre ellas la contorsión) con las asiáticas, el presente estudio de Guy Stresser-Péan confirma el origen mesoamericano del volador.

Hubiera sido de interés incluir los vestigios arqueológicos de Guachimontones relacionados con el volador en el estudio, pero éstos fueron descubiertos en 1970, años después de la investigación de Stresser-Péan. Dichos vestigios reafirman las hipótesis del autor respecto a la relación entre el cielo y la tierra. Al tratarse del único estudio dedicado enteramente al volador, La danza del volador entre los indios de México y América Central constituye un parteaguas en los estudios de las prácticas rituales mesoamericanas. Es un estudio sin precedentes, que abre puertas a futuras investigaciones e hipótesis, como la supervivencia del volador en el siglo XXI y sus transformaciones. El presente libro permitirá enriquecer las tesis de los estudiosos contemporáneos del volador y de otras prácticas mesoamericanas.

El autor falleció en 2009, año en que la ceremonia ritual de voladores fue declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO. Subsiste la curiosidad sobre qué pensaría Stresser-Péan de los procesos de patrimonialización de expresiones mesoamericanas en nuestros días. La reciente inclusión de las mujeres en la danza del volador despierta nuevas interrogantes que deben ser estudiadas: ¿Qué queda hoy del vínculo con la tierra y el cielo? ¿Del carácter religioso del volador?

CHARLOTTE PESCAYRE
Universidad Nacional Autónoma
de México/Université Paris-
Ouest Nanterre

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