Exilios del intelectual cubano Juan Marinello: “un hombre con una filiación y una fe”

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Resumen

Este trabajo constituye un resumen de la historia de vida de los exilios mexicanos del intelectual marxista cubano Juan Marinello, en 1933, y 1936-1937. Llaman la atención sus acciones durante esos años: activo gestor y promotor de los estudios de José Martí entre académicos de México y Cuba; recuperación y traslado a La Habana, en 1933, de los restos del líder político cubano Julio Antonio Mella, quien fuera asesinado en la Ciudad de México en 1929; organización del Congreso de Escritores Mexicanos, convocado por la LEAR (1937), y participación en el II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura, en España, en junio de 1937.
Palabras claves: Cuba, exilio, Juan Marinello, México, congresos de escritores, 1937, siglo XX.


Abstract

This text offers a historical overview of the life of Cuban Marxist intellectual Juan Marinello during his exile in Mexico City in 1933, 1936–1937. Particular attention focuses on his actions in those years: as an activist who promoted the study of José Martí among academics in Mexico and Cuba; the recovery and transfer of the remains of Cuban political leader Julio Antonio Mella, assassinated in Mexico City (1929) to Havana (1933); his organization of the Mexican Writers Congress, sponsored by the LEAR (1937); and his participation in the Second Congress of Intellectuals in Defense of Culture, in Spain, in June 1937.
Keywords: Cuba, exile, Juan Marinello, Mexico City, Writers Congresses, 1937, 20th century.


Hace quince años, en la hermosa edad de los treinta y
cuatro, me acerqué a esta tierra sorprendente, contradictoria,
cautivante y profunda […] el encontronazo con
México es como un deslumbramiento enervante y paralizador
.
Juan Marinello, “Misión de México”,
Repertorio Americano,
14 de enero de 1949.
Los que conocimos a México hace treinta años recibimos
como uno de sus costados de mayor relieve y sorpresa la
pintura mural en que se agitaba un mensaje poderoso,
revolucionario en más de un sentido. Muy pronto se entendía
que el muralismo mexicano, por su hondo contenido
social y por la calidad de sus representantes, integraba
la más cumplida hazaña latinoamericana en el campo de
la plástica. Eran los tiempos en que dominaba los muros
elocuentes la obra de los tres grandes.

Juan Marinello, “Siqueiros”, Bohemia, 10 de febrero de 1974. En ningún momento —antes, durante o después de ocurrir— se refirió Juan Marinello Vidaurreta a sus exilios políticos como tales. También fue parco en todos los tiempos respecto de las intimidades de las intensas y extensas relaciones que a partir de ellos se gestaron entre él, su “país de destino”, sus culturas y sus gentes. Y cuando en escasas ocasiones se refirió a lo que definía como “estancias mexicanas”, lo hizo de manera vaga e imprecisa, recordando más de una vez versos adolescentes de Federico García Lorca: “La primera vez, / no te conocí. / La segunda, síˮ.

De tal modo aludía y eludía estancias mexicanas que habían nacido de causas mayores, no siempre entrevistas en su opinión seguramente, como acciones dignas de recordación: me refiero a sus exilios políticos; el primero en 1933 ―su “primera vez”― y el segundo, “La segunda” de 1936-1937, desde donde viaja a España para asistir al II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura, y allí se desempeña al frente de la delegación cubana. Fue en Valencia, y obligado por las circunstancias, cuando se refiere de manera pública y aún conectado emocionalmente con aquella tierra, al impacto que sobre sí mismo ejercía la peculiar relación vivida entre ambos: él exiliado, en desarraigo, y México, representado por un pueblo amigo que cordialmente le abrió los brazos y que hospitalario lo acogió. Entonces, en el verano de 1937, en las palabras de inauguración de la exposición “Grabado Político Mexicano”, presentada en el contexto del mencionado Congreso, confesó:

Más de una vez, los que conocen mi oficio de escribir y mi amor profundo por la tierra mexicana han mostrado su extrañeza de que no le haya dado el comentario extenso que merece. En efecto […] he escrito poco, casi nada, sobre México. Y no es que no lo haya pretendido. ¡Cuántas veces! Hacer una larga y personal meditación mexicana, decir el México que me anda por dentro, mi México de entraña ―vamos a decir mejor: mi entraña mexicana― es desde hace mucho una de mis ambiciones de escritor. Sobran razones para ello […] No sé si algún día pueda cumplir mi ambición. A veces desespero […] porque a veces me temo que los obstáculos que hasta aquí han entrabado mi propósito sean insalvables […] os diré qué razones sospecho yo que traen mi incapacidad empecinada de decir lo mexicano. Es, primero, cosa de sentimiento; después, cosa de los sentidos; y por último, cosa de la razón.1

Excluyendo discursos de ocasión, aquella declaración suya se cumple. Su obra de la época ―oratoria, artículo o ensayo― generalmente nacida a distancia de los acontecimientos, sólo ofrece algunas reflexiones en las que se deslizan ciertos detalles, como su ardua colaboración con Camilo Carrancá Trujillo y su proyecto martiano “La Clara voz de México”; su participación junto a miembros de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) de México en la colocación de la tarja de recordación en el lugar donde fue abatido el líder cubano Julio Antonio Mella (1929), el 10 de enero de 1936, y junto a éstos en un desfile del Primero de Mayo. También experiencias vividas durante sus numerosos recorridos con las brigadas culturales de esta organización en el interior del país, alguna junto al músico Silvestre Revueltas; comentarios de quienes más le impactaron, tanto por su obra como por sus respectivas vidas cuajadas de ideas y hechos, destacándose entre estos David Alfaro Siqueiros, como él, un convencido de que “la pintura revolucionaria ha de ser función e instrumento de las masas a que se debe”.2

Estos pocos indicios son reveladores, pero no resultan totalmente ilustrativos de las intimidades ni de la magnitud y trascendencia posterior de una experiencia que tiene lugar en medio de un contexto convulso, contradictorio y de vaivenes, como fue la década de 1930 en ambos países, Cuba y México, tanto en lo interno como en lo bilateral y regional. Se requieren miradas poliédricas y fuentes alternativas, no siempre consideradas ortodoxas o legítimas para construir conocimiento científico —una de ellas, la más profusa que generan los exilios políticos: la correspondencia privada, íntima, para calar en profundidad—. Y en este sentido Juan Marinello no fue una excepción, puesto que nos legó ricos testimonios en este soporte, y de tal colección, ahora pública,3 nos hemos servido en gran medida para la preparación de este inédito recorrido por sus “experiencias mexicanas”.

Vanguardia intelectual y exilio político

Juan Marinello Vidaurreta (1898-1977) era ya en 1930 una de las figuras más relevantes de la joven vanguardia intelectual cubana. Un talentoso poeta, autor del poemario Liberación (1927); también ensayista; estudioso de José Martí, había compilado y prologado la primera selección de poesías del Apóstol (1928) para la prestigiosa colección Libros Cubanos, de la Sociedad Económica Amigos del País, que dirigía el antropólogo y sociólogo Fernando Ortiz. Había sido gestor y fundador, junto con Jorge Mañach Robato, de la vanguardista y emblemática Revista de Avance (1927-1930), reconocida internacionalmente como representativa del proyecto de vanguardia cubano, además de uno de sus coeditores —que llegaron a ser cinco—, entre otras actividades culturales.

También era un connotado opositor político del régimen dictatorial machadista en su país, y ante todo de la penetración imperialista en la vida y la economía cubanas desde una perspectiva marxista, además de activo agente social, asociado a publicaciones y organizaciones de izquierda en Cuba, incluido el fundacional Movimiento Minorista, de 1923.

Cuando llegó a México, a finales de marzo de 1933, ya había sufrido dos condenas: la primera, acusado de “máximo instigador de los hechos tumultuosos en que derivó la manifestación estudiantil del 30 de septiembre” en La Habana, tres años antes, con saldo de un muerto y varios heridos ―acontecimiento que marca el inicio de lo que se ha dado en llamar “Revolución del Treinta” en Cuba―, lo cual motivó la primera detención en la cárcel de La Habana, que condujo virtualmente al cierre de la Revista de Avance; por otra parte, y en ese caso por propaganda subversiva, en 1932 se le condenó a seis meses de encarcelamiento, que cumplió en el presidio de Isla de Pinos, debido a la publicación de su diario Política, junto al doctor José M. Irisarri, así como por otras acciones políticas.

A poco de cumplir esta última condena, en septiembre murió en un atentado Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado cubano y consultor del presidente Gerardo Machado. En venganza, el gobierno presentó una lista de personas a quienes se debía eliminar como represalia, y alguien le hace saber a Marinello que su nombre figuraba allí. Los amigos, al enterarse, le recomendaron que se ausentara del país lo antes posible. Pero en su lugar, éste burló la acción de los esbirros: pasó a la clandestinidad de inmediato. Pocos meses antes de concluir la condena, su amigo, el martiano mexicano Camilo Carrancá, enterado de los acontecimientos, le había ofrecido desde México la oportunidad de impartir una cátedra y le instaba, igual que el escritor cubano José Antonio Ramos, desde Veracruz, a un rápido traslado a este país. De consideración entonces la circunstancia de que a partir de la celebración de la Conferencia Panamericana de 1928, en La Habana, ya Cuba se había sumado a los pactos regionales en materia de asilo político, considerados beneficiosos tanto para las naciones como para los perseguidos. Pero Marinello, ante los rumores de un inminente desenlace de la dictadura en Cuba, prefirió esperar.

Después de mucho dudar —pues los hombres más radicales de la Revolución del Treinta no eran dados a los exilios; al abandono del terreno de la lucha frontal—, ocurrió un segundo asesinato: el de un distinguido porrista (La Porra: cuerpo represivo machadista), y desde el mismo velorio se creó el espíritu de revancha. Allí se dispuso que pagaran dos catedráticos: los doctores Gustavo de Aragón y Juan Marinello. Se ordenó la detención inmediata, pero los esbirros no encontraron a ninguno de ellos en sus domicilios y la orden no pudo cumplirse con inmediatez. No obstante, un alto funcionario del gobierno instó a la esposa de Marinello que convenciera a su marido de que saliera de Cuba lo antes posible.

Ese segundo acontecimiento sí logró que Marinello le comunicara de inmediato a Adolfo Cienfuegos Camus, embajador de México en Cuba en aquel momento —y amigo personal— su deseo de salir al exilio sin demora. Cienfuegos, presto, le informó “que podía asilarse en la embajada desde que quisiera, pero que él vería en la Secretaría de Estado si le permitían viajar a México o le obligaban a seguir a Europa”.4 “Si no hay dificultad [le escribe Marinello a su amigo Navarro Luna, el 20 de marzo, de 1933,] Cienfuegos Camus me llevará hasta el vapor [Orinoco], el próximo jueves”.5

Fue así, y con gran apoyo de funcionarios de la embajada mexicana en Cuba, que Juan Marinello llegó a Veracruz el 26 de marzo para su primer exilio, luego de una excelente travesía. “Tengo emoción, confesaba, al llegar a esta tierra un poco enigmática y contradictoria. Veremos y diremos”.6 El conocimiento de México en Cuba era irregular, y la prensa generalmente sobredimensionaba los acontecimientos. Además, aún permanecían frescos en la memoria colectiva los cercanos sucesos que rodearon el asesinato de Mella, en 1929.

Algunas características regulatorias del país de acogida

Merece la digresión en este punto referirnos en particular a la novedosa tesis de grado de mi colega mexicana la doctora Laura B. Moreno: “México frente al exilio cubano, 1925-1940”,7 en tanto sus revelaciones pueden aportar elementos útiles que permitan comprender mejor lo que afirmó de Marinello respecto del hecho de “no haber conocido a México durante este primer exilio”.8 La doctora Moreno indica la existencia, durante las décadas de los veinte y treinta en México, de un interesante y efectivo sistema de vigilancia para los exiliados ―contraparte y regulatorios en México de los acuerdos de exilio―, para el cual se concibió y crearon instancias destinadas a actuar fuera y dentro del territorio caribeño en consonancia con las autoridades mexicanas, con la finalidad de controlar estos sujetos y sus actividades.

El presidente Carranza, señala Moreno, fue quien dio los primeros pasos al crear un pequeño servicio de agentes confidenciales, quienes estuvieron bajo su mando durante su gobierno. Más tarde este servicio fue formalizado por los presidentes Plutarco Elías Calles (1924-1928) y Lázaro Cárdenas del Río (1934-1939), transformándolo primero en Departamento y después en Oficina, los cuales dependieron de la Secretaría de Gobernación. Los gobiernos en turno sabían que espiar a los enemigos, e incluso a los amigos de casa, era indispensable para evitar el entorpecimiento de los proyectos políticos de cada gobierno de la región. También Cuba tuvo sus grupos de control, según refiere la autora de la documentada tesis en varios momentos de su texto.9

Sea cual fuera la entidad de turno, presumiblemente el Registro Nacional de Extranjeros ―correspondiente con el primer exilio marinelliano: marzo a octubre de 1933―, Juan Marinello y todo aquel exiliado, aparte de quedar registrado oficialmente para control, debía comprometerse a una total abstención de participar en política contra ninguno de los dos gobiernos, el mexicano, el propio ni otro de la región. Tampoco podía pertenecer a asociaciones políticas mexicanas. Y vemos que tal fue la conducta de Marinello durante su primera estancia: seguir los compromisos, limitándose estrictamente entonces, según parece hasta el momento, al ámbito intelectual y profesional que le daba cobijo; practicar esencialmente intereses de tipo culturales, docentes y periodísticos. Utilizó estos espacios, no obstante, siempre que le fue posible, para abordar el tema político cubano.

La primera “estancia” mexicana de Marinello

Como me parece absolutamente imbécil morir a manos de
un grupo de porristas decidí después de pensarlo mucho,
salir para México.

Juan Marinello, carta, marzo 20, 1933.

En la práctica, los cerca de seis meses de este primer exilio en México, y el posterior, los documenta en detalle un conjunto de unas cincuenta cartas —más las recibidas que las enviadas—, las cuales centran sus contenidos tanto en desempeños profesionales para ganarse el sustento como en la actividad prioritaria de cada momento; en 1933, la recuperación y promoción de la obra de José Martí en México y en Cuba, por vía de proyectos conjuntos de los corresponsales, como fue la preparación de un dossier10 colectivo para la revista Repertorio Americano (San José, Costa Rica), en ocasión del 80º aniversario del nacimiento del Apóstol cubano; el “sonado acto universitario del 19 de mayo ―día de la muerte de Martí— en el que Marinello dicta una conferencia11 y Berta Singerman recita versos martianos”,12 así como la difusión y venta de textos de autores mexicanos en Cuba y viceversa relativos a Martí; de tales, el de mayor trascendencia, sin duda, sería el proyecto de Camilo Carrancá: la difusión de los volúmenes de Martí, La clara voz de México, sin el cual, confiesa Jorge Mañach, “[él] no habría podido cubrir esa etapa en su biografía, de 1933, “Martí el Apóstol”,13 que tuvo gran repercusión posteriormente en México, donde fue promovida entonces por Marinello.

Resultado de esas relaciones e intercambios, Mañach fue el invitado de la Secretaría de Educación mexicana como orador principal en el develamiento de la estatua de José Martí, emplazada entonces en el patio de esa dependencia a propuesta de Chico Basols, secretario de Educación Pública, quien mucho valoró la obra de ese intelectual cubano. También en 1933 José de J. Núñez y Domínguez publicó su Martí en México, y dio a conocer ciertas discrepancias con Mañach. Se crea, en definitiva, un verdadero ambiente de estudio martiano en estos momentos en México, como advierte Mañach desde La Habana, quien lo atribuye a la presencia de Marinello en este país:

¡Qué oportuna tu estancia ahora en México, para esa boga martiana de que me hablas! Tú ayudarás mucho a valorar, a revalorar y refrescar la memoria de nuestro gran editor espiritual e histórico. El libro de Carrancá es una magnífica contribución. Mucho le tenemos que agradecer los cubanos su devoción a ese amigo activo de Cuba. A él le vamos debiendo todo lo que sabemos, y sabremos, sobre esta etapa mexicana de Martí, que a mí me parece definitiva.14

Capitaliza el conjunto de la correspondencia cubana recibida por Marinello en México las cartas de amigos y colegas del grupo vanguardista que desde la década anterior venía laborando por la recuperación de la figura y el legado de José Martí: Jorge Mañach, Félix Lizaso, Elías Entralgo, Emilio Roig de Leuchsenring, entre otros; también están las numerosas misivas de Manuel Navarro Luna, amigo entrañable, eterno confidente, correligionario político. Son muchas las referencias a la situación política cubana en esa correspondencia, y los acontecimientos asociados a la denominada “mediación” del enviado norteamericano Benjamin S. Welles a Cuba, tema en el que sobresalen las comunicaciones de Elías Entralgo, Manuel Navarro Luna y Jorge Mañach.

El intercambio epistolar de Marinello en estos meses, además del tema martiano predominante, da fe del conjunto de obligaciones docentes: impartía Literatura General en la Escuela Nacional Preparatoria y un curso de Pensamiento Político Hispanoamericano (de Bolívar a Mariátegui) en la Escuela de Verano de la Universidad Nacional para estudiantes norteamericanos. En su carta del 30 de julio de 1933 a Navarro Luna se refirió tanto a la “bondad y gentileza de estos gringos, su dulce ingenuidad, a pesar de darles a conocer los horrores que diariamente les digo sobre su acción en nuestros países son de gran calibre”.15 También aquí aludió a su participación en la sesión de Cuernavaca del seminario anual de intelectuales y profesores yanquis en México. “Hablé largamente, dice, de los efectos desastrosos de la acción económica yanqui en Cuba. Tomaron muchas notas, atendieron con enorme interés y luego me agobiaron a preguntas y sugestiones, e hicieron muchas preguntas. Encima me pagaron bien”.16

Además de explicar español por las noches en una academia privada, impartió un cursillo sobre José Martí en la Escuela de Altos Estudios de esta Universidad. Esa labor específica, según declaró, le llevó largas horas de estudio en la Biblioteca Nacional, y propició su gran amistad con el director de la misma.17 La correspondencia también refiere colaboraciones suyas en la prensa local: Excelsior, Diario de Yucatán, Alcancía, El Libro y El Pueblo, Letras y El Universal, con artículos, entrevistas y declaraciones, donde mayormente recalan los juicios y denuncias políticas de tema cubano. De conjunto, tanto sus cursos como conferencias en medios académicos y, además las publicaciones periódicas, fueron los canales que dieron salida a su pensamiento político, sin contravenir las disposiciones mexicanas para el caso.

En 1933 también apareció su libro Poética. Ensayos en entusiasmo, publicado en España, que dio a conocer en México y que reúne un conjunto ensayístico —hoy considerado clásico— que, de manera independiente, prologan ediciones príncipes de títulos de vanguardia de la literatura cubana publicados en Cuba.18 Los prólogos eran “compromisos ya ineludibles con los amigos”, y fue durante su presidio en Isla de Pinos (1932) que lo “sacó de las tareas callejeras”, cuando encontró el reposo requerido para la meditación y logró redactarlos.

Una situación económica modesta pero estable permitió que en el mes de junio se le uniera su esposa, María Josefa Vidaurreta (Pepilla). Fijaron su residencia en una modesta vivienda de la en calle Edison número 102.

El traslado de las cenizas de Julio Antonio Mella a La Habana

La correspondencia disponible de Juan Marinello no aporta dato alguno que permita conocer el origen de la idea o decisión de repatriar a Cuba los restos del luchador antiimperialista y comunista Julio Antonio Mella, abatido en México en 1929; ni porqué hacerlo en ese momento específico (1933). Sin embargo, el acontecimiento fue, sin lugar a dudas, la acción política de mayor envergadura en que Marinello se vio envuelto durante esa estancia, y también el único conflicto que al parecer tuvo —junto a otros exiliados cubanos— con la vigilancia inmigratoria de turno. Sin embargo, fue un actor participante en toda la cadena de hechos, incluido el traslado mismo de las cenizas a Cuba —según confesó después—, “un deber revolucionario que hube de cumplir festinadamente”.19 Por otra parte, sí dejó su testimonio de primera mano acerca de los sucesos ocurridos en México en artículos que se publicaron con relativa inmediatez en la revista Bohemia, de La Habana.20

Según Marinello, las cosas en México ocurrieron así

El Comité Pro-Mella, encargado del proceso, se formó el 5 de septiembre y contó con la representación de todas las entidades revolucionarias locales: Partido Comunista (PC), Socorro Rojo, Liga Juvenil Comunista, Federación de Estudiantes Revolucionarios de México y Ala Izquierda Estudiantil, de Cuba; el grupo de intelectuales antiimperialistas acordó el siguiente plan —con carácter de urgente— de labores: además de la exhumación y cremación, una colecta para el traslado de los restos a La Habana, la organización de una gran velada en la Universidad y numerosos mítines en fábricas y sindicatos. “Hay entusiasmo y cordial entendimiento entre todos, asegura Marinello en su texto. Hasta los estudiantes de derecha aceptan que no se falsee la fisonomía revolucionaria de Mella, que se exprese de modo categórico su postura de antiimperialista y de comunista”.

Exhumación y cremación de los restos

El Departamento de Salubridad dispuso la exhumación para el día siguiente, 6 de septiembre, al amanecer, y allí sucedió lo siguiente:

Jorge Rojas y el notario llegan los primeros al panteón de Dolores. El notario es un viejo porfirista que ignora entre qué gentes se mueve. Se atusa solemnemente unos bigotes híspidos anteriores a Palo Blanco. Pide los libros sepulcrales. Se revuelven folios, expedientes, tomos. Al fin el dedo curial se detiene: don Julio Antonio Mella, tumba 45 […].
El sencillo monumento que el Partido Comunista de México ofrendó al gran muchacho está sobre la tumba. La rodeamos con emoción contenida […] A cada paletada seguía una lluvia de desinfectantes que los funcionarios de Salubridad van fabricando en un equipo complicado. Va ensanchándose el hueco negro. Al fin, un golpe seco: la caja. Nos miramos con seriedad absoluta.

La fuente indica que en ese primer intento se excava en el lugar equivocado debido a que el monumento levantado por el PC de México fue movido de su verdadero lugar. Subsanado el error, se cava nuevamente en el lugar preciso, y aparece una caja fuerte, con envoltura casi sana…

Dentro apareció un esqueleto todavía envuelto en vestiduras. La calavera —blanquísima—, es grande, fuerte, el mentón poderoso, retador. La frente está tajada al medio, horriblemente. De la parte superior arranca la melena inconfundible, en onda rebelde, como una llama vengadora. “¡Es él!” […].
Llegamos al horno crematorio escoltados por gran número de gendarmes. Ya entre los que miraban al fondo del hoyo habíamos reconocido a Sotomayor, el mastín que nos disolvió a golpes de rifle, el mitin antiimperialista de la calle de San Miguel. […].
La caja queda en el horno […] Precisan dos horas para que su obra se consume. Nos sentamos en el suelo mientras las llamas muerden los huesos. Vemos cómo van llegando más gendarmes armados hasta los dientes. Llegan dos, tres, cuatro ambulancias. La pesca va a ser gorda, pensamos […].
Entra la jauría. Aprehende a […] buen número de hombres y mujeres muy conocidos ya en los mítines en que se dice la verdad. Las ambulancias parten llenas. Vuelven, para llenarse de nuevo. Un grupo pequeño queda esperando que los huesos sean cenizas, en un ambiente cargado de indignación y de rebeldía.
Al fin sacan del horno […] los restos humeantes. La cremación ha sido incompleta. Los huesos del cráneo están casi intocados por el fuego. Será necesaria una nueva incineración. Pero, no hay tiempo que perder […] Los huesos a medio quemar son depositados en una caja tallada al viejo estilo. Salimos a las avenidas del cementerio. Los grupos de gendarmes cuchichean y anotan.
—”Debe llevarlas usted a la Agencia Alcázar”. Esta gente es capaz de todo; pero quizá se atrevan a menos porque el traje y los cargos les imponen mucho.
[…] Salto a un automóvil. Partimos para la agencia a todo andar. Dejo en el salón de exposiciones las cenizas en su caja majestuosa de yelmos tallados. Espero. Llegan a poco los compañeros. Sacamos con precauciones las cenizas. Quedan en casa de la admirable Mirta Aguirre. Minutos después llegan a la Agencia Alcázar los gendarmes furiosos. Nada. Ya no están aquí, contesta asustado el señor gerente. Han volado.
Por hoy, están salvadas.21

El texto testimonial da fe de que después de disponer de las cenizas, el Comité de Frente único Pro-Mella siguió reuniéndose diariamente con las consabidas precauciones: cambios de lugar, horas inusuales, rumbos insospechados. “Era preciso obtener en tiempo cortísimo la cantidad que asegurase la llegada de los restos de Julio Antonio a La Habana. Las noticias de Cuba eran importantísimas, de enorme significación política. Sobre la isla marchaba, en son guerrero, media escuadra yanqui […] Los momentos exigían indeclinablemente el traslado de las cenizas a La Habana”. Si no se hacían las cosas a todo correr podría ocurrir que la ocupación militar por parte del imperio impidiese su entrada. Y en ninguna ocasión podían combatir mejor la amenaza yanqui los restos de Mella.

La colecta de fondos y la velada universitaria

La colecta fue el paso siguiente, y a pesar de que reunir fondos con fines realmente revolucionarios era complicado, debido a posturas, miedos y recelos de los sujetos, pronto pudo juntarse la cifra requerida y fijar la fecha del envío de las cenizas. Ya entonces sólo faltaba una gran velada en la que obreros, estudiantes e intelectuales dijeran con toda verdad la significación revolucionaria de Julio Antonio Mella. Para la ocasión se solicitó y obtuvo el Anfiteatro Simón Bolívar —verdadero Salón de Actos universitario— de la Escuela Nacional Preparatoria. Aquella noche, “el anfiteatro fue llenándose lentamente: obreros, trabajadores, de barrios lejanos, llegaban con algún retraso. Venían ansiosos de recordar a su gran compañero de otros días, de otras luchas”.

La mesa presidencial, sobre la cual descansaba la urna con las cenizas de Mella y un retrato suyo, la integraban, “al centro y por acuerdo unánime: Mirta Aguirre” (suponemos, por esa ubicación, que ella habría sido la responsable principal del acto, aunque era muy joven, pero ya miembro de la Liga Juvenil Comunista en Cuba; también por una carta de Marinello sabemos que Aguirre recién había llegado a México, en julio, ¿presumiblemente con esta encomienda?). La acompañaban en la mesa: “González Aparicio, Jorge Rojas, Gerardo Castellanos, Alfaro Siqueiros, Bonachea, García Rodríguez, y representantes de la S.U.M., de los ferrocarriles, de la Liga Juvenil Comunista, y de la Liga Antiimperialista de México”.

Hicieron uso de la palabra, según la fuente: “González Aparicio, representantes de la Federación de Estudiantes, de la Liga Juvenil Comunista y del Partido Comunista de México, partido al que Julio Antonio perteneció en México. También Tula Sánchez Rueda, Cuba […] y García Rodríguez”, a nombre de los Estudiantes Revolucionarios, quien “enciende al público en una parte de su discurso dirigido a los policías, que en buen número se advierten ya entre el público. Baja de la tribuna entre grandes aplausos y gritos en que se pide que salgan de la sala los esbirros”.

Ya todos saben “que numerosísimos policías han rodeado el edificio; de que afuera espera en las cuatro esquinas, con sable desenvainado mucha tropa; que el famoso Sotomayor está en la puerta esperando la salida del público; un público indignado ante el inconcebible allanamiento de los locales universitarios”. Relata Marinello que los oradores salen todos unidos detrás de las cenizas en un conjunto apretadísimo —cenizas en medio—, hacia la puerta principal. Pero antes de llegar a ella, “ya los polizontes están dentro en número crecido con los rifles amenazando”.

Sucede el choque inevitable. Un grupo de policías se ha abalanzado sobre el cofre de las cenizas. Los portadores del cofre han contestado bien. Un teniente enarbola un látigo, lo hace sonar sobre los compañeros cercanos. Gerardo Castellanos hace caer al teniente de un certero golpe. La confusión dura unos minutos. Hay una pugna ruda, sin gritos, sin miedos, sin sustos. Cuando se hace la calma se advierte que ha desaparecido el cofre. Comienza entonces el recuento para las detenciones. Sotomayor da órdenes a sus auxiliares; un grupo numeroso de obreros es lanzado violentamente a las ambulancias que esperan en la calle entre la nutrida caballería.

La odisea de Juan Marinello comienza desde el propio Salón de Actos. Según su testimonio publicado:

Cuando, de los últimos, vamos a trasponer la puerta, Sotomayor nos entrega a un teniente: “A éste con cuidado, que es profesor”. Y pasamos a una ambulancia repleta ya de detenidos […] A poco, andamos ya hacia la comisaría. Llegamos. Nos introducen a todos en un salón […] Hay nuevos conciliábulos, consultas, dudas. “Y usted, nos dice, preséntese mañana a las cuatro al señor jefe de investigaciones”.22 Salimos, mientras quedan presos por tiempo indefinido […].

Mientras esto ocurría, los altos jefes abrían solemnemente el cofre. Dentro, desde luego, no había cenizas. Sólo una carta con un texto expresivo dedicado a las autoridades policiacas… Los jefes estrujaron feroces el papel. “Esto encima… ¡Después de que se nos escapa entre las manos el orador del Partido…!”.23

El regreso a La Habana ocurrió el 27 de septiembre de 1933, unas pocas semanas después de la caída del dictador Gerardo Machado (13 de agosto de 1933). Juan Marinello está ahora al frente de un grupo de revolucionarios cubanos que integran el Comité Procenizas de Mella, encargado de trasladar estos restos a Cuba.

Regreso a La Habana en septiembre de 1933

La inconformidad de esencia seguirá y bien sé que no me
esperan sino días de lucha y de dolor,
días de cumplir el
deber.
Juan Marinello, carta, agosto 3, 1933.

El recibimiento de las cenizas de Mella y los sucesos posteriores en La Habana fueron otra odisea. Según las coordinaciones del Comité Julio A. Mella para el homenaje en Cuba, se expusieron en el local de la Liga Antimperialista de las Américas (calles Reina y Escobar, en La Habana) durante dos días, y se le rindió tributo hasta el 29 de septiembre, cuando debía partir la manifestación hacia el parque de la Fraternidad, donde serían enterradas junto a un sencillo monumento provisional ya erigido. Sin embargo, el plan no pudo llevarse a efecto puesto que en la mañana del 29 el gobierno ordenó suspender el entierro; el ejército destrozó el monumento erigido; el local de la Liga Antimperialista fue tomado militarmente y agredido también por el ejército, en momentos en que Juan Marinello hacía su guardia de honor. El saldo general reportado por el conjunto de incidentes fue de más de cien heridos y treinta muertos.

En carta a Manuel Navarro Luna, de noviembre de 1933, Marinello narra los acontecimientos que vivió durante el tiroteo al local de la Liga, donde se encontraba:

Sabes lo del traslado de las cenizas de Mella […] el tiroteo incalificable de la Liga Antimperialista. Nunca he sentido más de cerca la candela […] estaba haciendo la penúltima guardia de honor a las cenizas de Julio Antonio y empieza el tiroteo terrible. De las dos calles —Reina y Escobar— comienzan a disparar con rifles y ametralladoras. Una de las primeras descargas hace trizas una gran corona que me tocaba el brazo derecho. Si las balas llegan desviadas algunos centímetros, allí hubiera terminado. Y, mira, no hubiera sido fea muerte. Por treinta y dos minutos —contados por mi reloj— se mantuvo el tiroteo. El salón quedó marcado por todos lados y el cielo raso caía a pedazos, como en un terremoto.24

Omite Marinello en la misiva que, en medio del tiroteo, de la confusión y el caos que se originó, él se encargó de retirar las cenizas de Mella del local y terminó custodiándolas durante largos años. Permanecieron primero en su domicilio; después, cuando arreció la persecución en su contra, procuró que se resguardaran en lugares de máxima seguridad y manos amigas; hasta el triunfo de la Revolución de 1959, cuando volvieron a su casa, y de ahí, años después, pasaron a la sede del Partido Comunista de Cuba, en la Plaza de la Revolución, hasta enero de 1976, cuando se depositaron en su destino final.25

Además de los acontecimientos que rodearon el regreso de las cenizas de Mella, otro de los grandes conflictos que debió enfrentar Marinello luego de su regreso del exilio fue la muerte, en enero de 1934, de su entrañable amigo, condiscípulo universitario, paradigma político y líder comunista, Rubén Martínez Villena; relación personal que lo marcó para toda la vida. Juntos habían protagonizado numerosas batallas políticas y sociales, dirigido publicaciones y redactado múltiples manifiestos, entre ellos, “Contra la invasión yanqui a Nicaragua” (1926), el primero antiimperialista de Cuba.

Además, Martínez Villena había sido uno de los intelectuales y poetas que habían renunciado a su obra lírica en favor de su obra revolucionaria; en su caso, luego de una sonada polémica pública, años atrás. Ante su tumba aún abierta, en oración fúnebre, juró Marinello ser fiel a sus ideas. Como es de suponer se reincorporó desde su regreso a la vida política pública activa: edita la revista Masas (1934), órgano de Liga Antiimperialista de las Américas y, próximo a ello, su breve estudio “Alfaro Siqueiros, y el arte puro”, primero de varios que con el tiempo dedicará al muralista que más acaparó su atención, con “un arte profundamente humano, intensamente social. Arte muy de hoy y muy de mañana, arte en que el artista es sólo ‘hilo conductor’, en que el espectador se toca por muchos costados, en que el creador se pierde por los caminos que transitan sus criaturas”.26

En su condición de presidente de esa asociación, organizó y celebró el Primer Congreso contra la Guerra, la Intervención y el Fascismo (La Habana, julio); publicó y dirigió el diario comunista La Palabra, clausurado poco después de haberse inaugurado (circuló entre el 20 de enero y el 8 de marzo de 1935). Propició la creación —que también fue efímera— de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios de Cuba (UEARC) “Rubén Martínez Villena” en torno a ese diario; y redactó sus dos manifiestos programáticos, siempre enfatizando la responsabilidad social del intelectual y artista revolucionario, en este caso respecto de la realidad cubana. Tales documentos —febrero y marzo de 1935— dan fe de la cosmovisión marinelliana respecto del arte, la creación artística y la responsabilidad social del creador en estos tiempos, proceso que viene a completar su breve texto “Ante los cuadros de Peñita”, reseña de la muestra del pintor Alberto Peña Aranguren, no por cualidades excelsas sino por ser “el primero de nuestros artistas, dice, que con mayores impulsos ha ocupado su puesto en la batalla por un mundo sin clases”. Una obra que, en opinión de Marinello, “tiene andado mucho trecho hacia la superior unidad, entre la intención revolucionaria y la adecuada expresión pictórica”.27

Entendidos como registros “biográficos” o “ideológicos”, tanto en las acciones específicas como en las ideas dimanantes de los textos publicados en este “interregno” entre ambos exilios, se observan aspectos que indican una suerte de confluencia de dos tendencias en materia de interpretación del arte: su función y creación. Por una parte, se manifiesta una propia evolución hacia el sociologismo, nacida de sus estudios y de la aprehensión del ideario martiano desde sus primeros acercamientos a la obra del Apóstol, en la década de 1920, así como el impacto de su aproximación directa —“deslumbrante” dijo en algún momento— a las estéticas del primer movimiento pictórico autóctono americano y sus artífices muralistas, desde su arribo inicial a México, en 1933.

Unido a ello, en esos momentos confesó “el cierto desasosiego que le producía —aunque ahora menos, declaró— la intromisión osada que ya sufría demasiado al escribir sobre arte. Cierto que, como otras veces, no poseo más títulos que los muy discutibles de la curiosidad desvelada.28 Pero surgen ahora circunstancias que me consuelan el miedo de extranjería: la del imperativo de la época y la del tono del instante cubano”.29

De tal modo articulaba Marinello “arte”, “realidad”, “responsabilidad social”; la tarea inmediata no era otra que el compromiso político y social. Por ello, y a pesar del extraordinario impacto que tuvo el muralismo para sus concepciones artísticas y extrartísticas del momento, y aun posteriores, este arte y las estéticas muralistas serían temas pospuestos en su agenda de intereses. No reaparecerían en la obra activa de sus etapas de exilio, sino hasta las décadas de los cuarenta y cincuenta.

Debido al intenso y significativo activismo político-social en Cuba al que nos hemos referido, y más, en el mes de marzo de 1935 fue encarcelado nuevamente por seis meses en el Castillo del Príncipe, en virtud de la Causa 211/35, acusado en esta ocasión de propaganda subversiva.

De nuevo en México (noviembre 1936-junio 1937)

… se prolonga demasiado en mí la pugna entre lo artístico
y lo político y es lo cierto que, en nuestros días, parece
exigir cada una de estas cosas pasión y dación exclusivas.
Los tiempos parecen llegar a exigirme la decisión enérgica.

Juan Marinello, carta, abril 4, 1937.

Poco más de dos años después de haber concluido su primer exilio ―incluido el último presidio de seis meses en el Castillo del Príncipe, en La Habana―, Marinello regresa a México en noviembre de 1936. En esta ocasión viajó con su esposa, cesante igual que él, y aunque en menor medida, también reprimida en Cuba por supuesta “propaganda sediciosa”.

Esta segunda estancia reviste características importantes: ocurre bajo el clima más liberal, democrático y nacionalista de la presidencia de Lázaro Cárdenas, lo que permitió a Marinello, a diferencia del exilio anterior, mayor flexibilidad, moverse libremente entre los más diversos ámbitos culturales y aun políticos locales, donde se asegura que en más de una ocasión denunció la situación cubana del momento, entonces bajo el régimen prointervencionista de “Caffery- Batista-Mendieta”, que venía a demostrar que las cosas en Cuba no habían cambiado tras la salida de Gerardo Machado de la presidencia.

Por otra parte, había surgido el conflicto civil español, debido al cual, y por circunstancias no previstas, ese segundo exilio sería uno compartido entre México y España; por ello, 1937 ―de principio a fin― se convirtió en un año particularmente intenso en la vida social y política de Juan Marinello.

En este regreso, y como vía de sustento, volvió a sus empleos docentes de la estancia anterior (1933) en la Universidad Nacional; en la Normal, donde impartió Historia social de la literatura y el arte, y Redacción, en la Secundaria núm. 5 para obreros. Al mismo tiempo se desempeñó como consejero técnico de la editorial mexicana Masas, además de colaborador en varios periódicos locales y de tener a su cargo una columna semanal fija en El Nacional. Publicó en esta ciudad su Breve antología de Federico García Lorca.

Juan Marinello en la LEAR

Su primera afiliación política en este país de acogida, durante su segundo exilio, fue a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), dirigida entonces por el músico mexicano Silvestre Revueltas, y a través de la gestión directa de la jovencubista30 cubana exiliada Clarita Porcet, miembro de su ejecutivo en estos momentos.

Marinello fue acogido con beneplácito en la LEAR. Los méritos acumulados durante su desempeño en el exilio anterior ―más intelectuales y culturales que políticos― y una impronta de doble presencia: la del escritor y el político, le acompañaban ahora; además de la del martiano pleno, la de luchador antiimperialista, opositor de todas las dictaduras, su renovada condición de exiliado y —no menos importante— el haber presidido la comisión que trasladó las cenizas de Mella a La Habana en 1933, en conjunto lo invistieron de un prestigio de gran relevancia entre la intelectualidad de este país.

La LEAR, fundada en 1934, se definió como la sección mexicana de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, esta última creada por el Comintern en la Unión Soviética, y contaba con un importante grupo de escritores y artistas mexicanos fundadores: Juan de la Cabada, Pablo O’Higgins, Xavier Guerrero, Ermilo Abreu Gómez, Fernando Gamboa, entre otros. Según opinión de analistas, en breve tiempo la LEAR “se había transformado en el mejor exponente de la exaltación nacionalista de los valores propios de la cultura en el terreno de las artes”.31 Los miembros difundían las ideas revolucionarias en sus escritos y trabajos artísticos, y lucharon contra el sistema político de entonces, en particular contra la censura del gobierno en el arte. También se opusieron a la guerra, a las políticas de Hitler y Mussolini, y se pronunciaron en favor de la República en España, y para apoyarla fundaron diversas asociaciones de ayuda y socorro. También su gobierno de entonces ―el de Lázaro Cárdenas― dio acogida a refugiados y niños huérfanos.

Durante este exilio, Juan Marinello fue dirigente, brigadista y delegado de la LEAR y recorrió el país para intervenir en encuentros, mítines y actos de homenaje en los que se oyó su palabra sensata, entendida y alertadora. Esta participación suya en la LEAR ―demasiado poco conocida aún en toda su diversidad― fue, al parecer, un logro político mayor, e ideal ámbito de su socialización en México, no sólo por su labor en la organización del Congreso Nacional de Escritores, sino porque le dio la oportunidad de conocer de cerca distintas regiones, pobladores y culturas del país durante los recorridos de las brigadas culturales. Si bien su correspondencia se refiere a estancias de 11 días en Guadalajara y cuatro días en Aguascalientes, en su discurso de 1937 en España, él mismo indica otros recorridos: Pátzcuaro, Morelia, Cuernavaca, Taxco, Uruapan, Tepoztlán, entre otros…

Cuando estoy en México [dice entonces: vivo] en un inacabable asombro infantil, entontecido por la maravilla en torno. Cada voz de cosa o de hombre se alza para mí con pareja intensidad y por eso no doy con lo esencial de México. Como todo me requiere la atención con igual grito, me quedo sin la medida de conjunto […] México tenía todos los tiempos, todos los tonos, todos los espacios, todos los mañanas. Y yo era un espejo estrecho y empedernido.32

La participación de Marinello en actividades y mítines de apoyo a la República Española también fue relevante; se creó el Comité de Ayuda al Niño Español, con la decidida gestión, al parecer, de los jovencubistas cubanos exiliados, Miguel Ángel Fernández y Pura Estrada. En resumen, la LEAR se nos revela contextualmente como anticipo feliz y prometedor de un futuro posible que permitió a Marinello “vivir” su ideología a plenitud.

Fue presumiblemente el conjunto de las actividades populares que acometió desde ella, una distensión política contextual y el apoyo de diversas instancias locales ―incluido el del propio gobierno cardenista― del que disfrutaban todas las actividades culturales promovidas por la LEAR, más el consenso ideológico logrado respecto del apoyo hispanoamericano a la España republicana que dimanó del Congreso Nacional de Escritores, lo que hizo que Marinello considerara, perspectivamente, que esa vez “sí había conocido a México”.33

Marinello y el Congreso de Escritores Mexicanos, enero de 1937

Al incorporarse a la LEAR de inmediato se le asignó la responsabilidad de la Secretaría del Exterior, encargándosele en particular la organización del Primer Congreso de Escritores Mexicanos, celebrado en la Ciudad de México del 17 al 23 de enero de 1937. Circuló invitaciones y convocatorias a intelectuales de diversos países —interesados los patrocinadores en la presencia extranjera—, también a numerosos cubanos, aun cuando comprendía que “quien venga de allá casi seguro que no pueda volver. Y esto no puede exigírsele a nadie, excepto a los militantes muy decididos a todo”.34 Finalmente, de Cuba asiste Nicolás Guillén, hombre de izquierda y poeta que venía revolucionando las letras nacionales con sus novísimos poemarios Mulatos, y en México se publicaría su libro Cantos para soldados y sones para turistas —con nota de Marinello, titulada “Hazaña y triunfo americanos de Nicolás Guillén”—, y también sus poemarios: Sóngoro cosongo y Motivos de son.

Raquel Tibol, la crítica argentino-mexicana, asegura que Marinello fue uno de los principales ideólogos de ese Congreso de la LEAR. Destacó que “el especial estilo de dignidad espiritual, sencillez y responsabilidad del cubano se dejó sentir en la orientación de su convocatoria desde su párrafo inicial”:35

La intelectualidad mexicana no puede permanecer indiferente ante los acontecimientos que conmueven al mundo. Ningún hombre de sensibilidad artística, de devoción científica, de preocupaciones espirituales, puede dejar de atender la gravedad del momento. La tragedia universal de la hora que estamos viviendo se debe al exacerbado encuentro, cada vez más violento, de dos fuerzas enemigas. Una es el impulso vital de la humanidad en su afán de superación; otra es la resistencia criminal de los que se oponen al bienestar colectivo. La primera ensaya con las mejores armas —las de la honestidad, las del trabajo y las del pensamiento— la realización de los proyectos encaminados a lograr una vida más alta. La segunda, usando los recursos de capitalismo, del imperialismo, del fascismo, se empeña en la prolongación de un estado social degradado, desprovisto del menor sentido de responsabilidad ética.36

Según Tibol, aunque a Marinello le satisfacía que cientos de artistas, escritores y hombres de ciencia hubieran oído el llamado37 y se hubieran puesto a elaborar ponencias para debatir en el Congreso, lo que lo preocupaba era la “utilidad cierta” y considerable que esa importante asamblea pudiera alcanzar más allá de disquisiciones entre políticas y estéticas. De la relevancia de Marinello en ese encuentro que contribuyó a moldear da testimonio el hecho de que él fue el encargado de pronunciar el discurso de apertura; y allí alertó, ante todo, acerca del avance del fascismo en Europa: “Con tal violencia la lucha social, vivimos hasta tal punto una etapa beligerante, que ya no queda espacio para sustanciar académicamente una postura, sino para decidir la manera mejor de servirla. Los hombres se reúnen hoy como soldados: no para discutir la bondad de su causa sino para determinar el modo eficaz de desbaratar al enemigo”.38 Y al mismo tiempo, indicaba y orientaba los rumbos más convenientes que debía tomar un debate interesado en alcanzar acuerdos que favorecieran la puesta en marcha de aspiraciones colectivas comprometidas, en lo social, con el bienestar de la humanidad toda:

No trae a él la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios criterios que imponer. Viene a buscar criterios, a construirlos de acuerdo con todos los intelectuales de recta intención. Quiere que este Congreso sea, antes que otra cosa, una experiencia […].
No tenemos ningún rubor en declarar que la LEAR se sabe en etapa constituyente y que convoca a este Congreso para rectificar rumbos y precisar posiciones. No sabemos si, cerrado el debate, sabremos usar adecuadamente de su enseñanza. En cualquier caso, no podrá negársenos el mérito humilde de haber querido, en discusión amplia y democrática, acertar con la obra que cabe en nuestro día y en nuestro México a una organización de Artistas y Escritores Revolucionarios.39

El congreso de escritores resultó ser, de hecho, un acontecimiento de gran importancia y trascendencia ideológica; y ello se revelaría en España. México se configuró como un catalizador de voluntades antifascistas; muchos de los allí reunidos se reencontraron en los escenarios de la guerra popular sólo seis meses después, en un contexto totalmente diferente, y portadores los participantes de un renovado compromiso político, ahora de talla continental, indiscutible. En México había quedado clara la divisa primordial que Hispanoamérica irradiaría sobre el cónclave español: “Cuando un pensador, un crítico, un creador, acepta conscientemente el dictado de revolucionario, contrae una grave responsabilidad social. Desde ese punto su obra toda ha de mirar el destino del hombre y a la realización de ese destino”, tal cual lúcidamente declaraba el cubano en un artículo publicado en Frente a frente, órgano de la LEAR.40

Los dos delegados de Cuba a la cita mexicana, Juan Marinello y Nicolás Guillén, después fueron invitados del gobierno español al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio del mismo 1937.

El traslado a España y sesiones del Congreso

Creo que cumplimos, Nicolás y yo un buen deber, el mejor
deber revolucionario
, yéndonos a Valencia.
Juan Marinello, carta, junio 15, 1937.

Marinello y Guillén partieron de la Ciudad de México el 20 de junio en compañía de delegados mexicanos, en un viaje de más de tres días en tren hasta Nueva York. Luego de una breve escala en esta ciudad, ambos viajaron otras cuatro horas en tren hasta Quebec, Canadá, desde donde embarcaron el día 26 en el Empress of Britan, hacia Cherburgo, Francia, adonde arribaron el 1 de julio, a tiempo para asistir a la primera sesión del Congreso, que tendría lugar el día siguiente. En algún punto del recorrido la delegación cubana se incrementó, pues se le incorporaron Alejo Carpentier, Félix Pita Rodríguez y, posteriormente, Leonardo Fernández Sánchez, todos los que entonces residían en Europa. Ninguno de los delegados cubanos salió directamente de Cuba. Mantenía su vigencia el presupuesto de Marinello: “Quien venga de allá, sabe que difícilmente podrá regresar”.41

El Congreso tuvo tres sesiones plenarias. La clausura, en Valencia, estuvo dedicada a Hispanoamérica, y fue presidida por Juan Marinello en calidad de presidente de las delegaciones de esta área geográfica:

Las delegaciones hispanoamericanas en este Congreso me han hecho, por una de esas generosas equivocaciones, tan de nuestras gentes, su responsable ante este pleno. Ellas dicen por mi boca que entienden y miden el tamaño de su compromiso y que lo aceptan […].
Bien sabemos que esta adhesión hispanoamericana significa la más grave responsabilidad profesional y humana. Hemos convenido aquí en que la literatura profesional ha de ser parte de la vida, modo exaltado de la vida misma […].
Yo os afirmo que el escritor de nuestra patria sabrá ser español. Lo tiene en la sangre y en la conciencia.42

El poder de convocatoria del cubano, puesta en marcha desde el Congreso de Escritores Mexicanos precedente, y que en parte había contribuido a compulsar la fuerte presencia de intelectuales y artistas del área en la cita europea, convertía a la región en una aliada incondicional de la causa republicana. En la América hispánica se habían multiplicado las asociaciones de ayuda a los damnificados de la guerra, a los niños huérfanos, a combatientes, y otros sectores vulnerables, y crecía el número de las publicaciones dedicadas a tratar los incidentes y el desarrollo del conflicto. También América era la región más fuertemente representada entre los voluntarios
internacionales, y en ella se destacaba Cuba, con un buen número de comandantes y otros jefes militares, y apoyo médico, en las diferentes agrupaciones y frentes de guerra.

El discurso de Marinello en esta ocasión fue veraz. Reveló ante el plenario las intimidades de los rostros más visibles del apoyo en Hispanoamérica en dos extremos:

Primero, el del México, país donde la causa española traspasa todos los límites: es decir, el gobierno la apoya. Allí he visto llegar, comentaba, cientos de huérfanos que encontrarán cultura y amor. Y sé que hay países, como el mío, continuaba, que para impedir que se confunda la actitud de su gobierno con las simpatías de su pueblo ofrece, y no se olvide su pequeñez, el mayor número de combatientes.

Pero, además, en Cuba:

Yo sé que en mi tierra, donde estar con el pueblo de España no puede tener la simpatía de los que mandan, no pudo impedirse un homenaje grandioso a Federico García Lorca, y otro no menos importante a Pablo de la Torriente Brau. Y sé también que desafiando todas las acechanzas gubernativas, el pueblo de La Habana conmemoró el aniversario de la República Española con un mitin que, al decir de la prensa enemiga, pasó de los 10 mil asistentes.43

También en el contexto de la presentación de la muestra de grabado mexicano enviada para la ocasión por la LEAR, el breve discurso de Marinello, “México, signo de futuro”, vino a contextualizar su novedoso y más lúcido enfoque ideoconceptual, en buena medida nacido y consensuado en la cita mexicana:

Hispanoamérica está aquí como deber y como conciencia […] venimos aquí como lo que somos, como españoles de la otra orilla que hemos descubierto con gozo indecible que el ímpetu hispánico, ayer ciego, conoce ya sus vías y las recorre a salto heroico. Hemos venido no por parientes sino por iguales, porque el parentesco nos ha acercado a una obra que lo traspasa. Ahora sí somos la misma cosa. En la sangre común ha amanecido una nueva conciencia. Ahora sí somos hermanos. Porque hemos comenzado a ser hombres.44

Actividades poscongreso

El Congreso fue breve. No obstante, Juan Marinello y Nicolás Guillén permanecieron tres meses en España y realizaron una ardua tarea periodística posterior. En coautoría publicaron Hombres de la España leal (La Habana, 1938) —todavía hoy uno de los más valiosos testimonios de primera mano de esta guerra—, además de un extenso conjunto de obra personal destinada al decenario Mediodía; el periódico Pueblo y otras publicaciones cubanas. También él y Guillén impartieron conferencias en la Casa de la Cultura, en Madrid.

Si bien la disposición de Marinello, según revela su correspondencia, era regresar a La Habana una vez concluida esta cita, el acuerdo con su esposa ―quien había viajado a Cuba desde México, días antes de que él partiera a España― suponía aguardar su valoración respecto de un regreso “seguro”, antes de cualquier paso en
este sentido. Tal probabilidad no existió entonces.

Desde su salida de México, las últimas noticias sobre Cuba vaticinaban un pronto golpe militar y la suspensión del Congreso; cuestión que no ocurrió, pero aun así, la situación inestable e incierta en el país hizo que Pepilla no se aventurara a dar luz verde al regreso de su marido, conociendo que las autoridades, por algún motivo, todavía permanecían atentas a hallar el posible regreso de “Juan Marinello” en las listas de pasajeros a bordo de los buques que llegaban desde España.

La despedida de España…

Marinello se despide de España el 10 de septiembre de 1937, en una alocución radiada por la emisora internacional EAR, del Ministerio de Estado español, convencido, según él, de haber visto allí:

Una masa de calidad magnífica revolviéndose sola contra el crimen y deteniéndolo con el pecho desnudo […] una nación que, mientras opone su llama heroica al paso de la barbarie, prepara las maneras científicas de derrotarla; hemos conocido un conjunto de hombres que, al tiempo que se desangran en las ruinas de un mundo culpable, disponen las bases de un mundo de justicia.
Y esto lo realiza ―de ahí mi alegría cubana― gente de nuestra sangre, de nuestros modos sicológicos, de nuestro ritmo histórico. Un pueblo tenido por decadente, una masa ofendida como incapaz de superaciones, abriendo vía, a costa de su vida, a todos los oprimidos de la tierra; un país víctima de las duras fatalidades económicas, peleando por una economía justa para el mundo… Los hijos de tierras sometidas, como la cubana, a terribles sujeciones, a explotaciones exhaustivas, a regímenes dirigidos a la mutilación del hombre, vemos en España nuestro futuro.45

Mas no sólo se despidió Marinello de España, también los escritores españoles despidieron a Marinello con un homenaje; como muestra de las simpatías de la Secretaría de Propaganda del Gobierno de la República:

En su condición de gran poeta americano y guía de generaciones en el Nuevo Continente, quien tuvo que ser de los primeros en llegar a nosotros; como presidente de las delegaciones hispanoamericanas que asistieron al Congreso Internacional de Escritores; como representante de la intelectualidad cubana y como hombre de entusiasmos claros y de vida rectilínea. Juan Marinello ha traido al servicio de la causa española una voluntad cálida y batalladora, y una inteligencia universal.46

Las valoraciones más generales del Congreso concluido, y sus éxitos más valiosos según los asistentes y los acontecimientos que allí se vivieron, los dio a conocer Juan Marinello en “Apuntes para un discurso emocionado”, crónica publicada en el Repertorio Americano:

Un excepcional Congreso acaba de tener lugar en España. Ninguno de los efectuados hasta aquí ha lucido tan especial significado. No se han esclarecido en él cuestiones centrales para la acción intelectual ni señalado directrices adecuadas a la obra de arte. Ni una tesis importante por su originalidad o preciosa por su pertinencia. Por esta vez los escritores han preferido ser hombres […].
Los escritores que han venido al II Congreso Internacional para la defensa de la cultura han entendido la lección magna y han preferido guardar para mejor ocasión sus menesteres profesionales y sus deliberaciones alquitaradas. La emoción ―la emoción de la justicia ha vencido por esta vez sobre el pensamiento estricto—. ¿Debemos felicitarnos de ello? Sí, y mil veces.47

El regreso a Cuba (diciembre de 1937): final del exilio político

el optimismo en la Constituyente es más q. excesivo, a
pesar de lo cual estimo q. hay q. seguir pidiéndola. Con
todo creo q. debo estar en Cuba y por eso vuelvo.

Juan Marinello, carta, agosto 25, 1937.

Marinello finalmente abandonó España rumbo a Nueva York en octubre de 1937. Allí se reunió con su esposa y también publicó artículos en la prensa local e impartió conferencias sobre la realidad española. Fue invitado especial de la Asociación de Escritores Norteamericanos para presentar el tema de la cultura en la España republicana.

Además, y en representación de la Unión Revolucionaria, la Hermandad de Jóvenes Cubanos y la revista Mediodía, participó en el antifascista Congreso del Pueblo por la Paz y la Democracia celebrado en Pittsburgh, Pensilvania, entre el 27 y 29 de noviembre. Su discurso se publicó en Mediodía como “La libertad es el único modo de existencia” (diciembre, 1937) y en Repertorio Americano, como “La unidad popular es la democracia” (enero, 1938).

Desembarcó en La Habana en diciembre de 1937, y al muelle acudieron a darle la bienvenida amigos y simpatizantes. El regreso, ya era seguro para su integridad física, luego de la puesta en vigor de una amplia amnistía política y una prometida legalidad para todas las agrupaciones y partidos, entre otras medidas pretendidamente flexibilizadoras de la vida nacional, y que allanaron el camino para la celebración de la Asamblea Constitucional reclamada durante años por múltiples sectores políticos y sociales.

Dimensión política de los exilios mexicanos en Juan Marinello

Los exilios políticos marinellianos tienen lugar dentro del esquema histórico general de la ocurrencia de este fenómeno en Cuba, durante la primera mitad del siglo XX: la dictadura de Gerardo Machado en 1933, y la represión política posterior a la fracasada huelga general revolucionaria de marzo de 1935. Responden a sus motivaciones regulares: crisis políticas en la nación y peligro para su integridad física; y llegaron a su fin una vez que quedó restablecido en la nación de origen un orden político estable que posibilitara el regreso seguro.48 Su peculiaridad consiste, ante todo, en haber sido posiblemente el exiliado de mayor plenitud intelectual ―dentro de su filiación ideológica antiimperialista y marxista― unido a su gran vocación de servicio al país de origen. Fue único, además, en su nivel de entrega, en cuerpo y alma, al país de acogida.

Queda mucho por anotar, éste no es más que un brevísimo recorrido por exilios que fueron vividos con mucha mayor intensidad de la que hemos podido reflejar; baste como ejemplo la ausencia de referencia alguna a la extensa obra escrita en suelo mexicano en estas etapas.

Nadie mejor que el propio Marinello para comprender la magnitud de sus más íntimos sentimientos. La confidencialidad de la correspondencia privada es una vez más el mejor soporte de cuitas y revelaciones. En abril de 1937, Marinello comentaba con su íntimo amigo Navarro Luna las ansiedades, angustias y satisfacciones que vivía:

Sí, he trabajado mucho en México, y cada día aumenta la intensidad de la labor […]49 Sigo con mis clases, con mis articulejos en El Nacional, con los trabajos de la LEAR, con los mítines españoles, y con mis viajes a distintos lugares de la república. Ahora hemos estado Pepilla y yo cuatro días en la lejana tierra de Aguascalientes. Fui a un mitin cultural de los ferrocarrileros, gente excelente conmigo. Ahora sí, y no la otra vez, estoy llegando al corazón verdadero de este pueblo. Estoy tan metido en él ya, que yo mismo me sorprendo a veces hablando en los mítines y en las conferencias de “nuestros problemas”, “lo que necesita nuestra tierra mexicana es…” […] Pero, en verdad, yo no soy autoridad para hablar de México: lo quiero demasiado y mi palabra sobre él no puede estar libre de pasión. En realidad mi espíritu le debe demasiado, lo que nunca podrá pagarle. Y al decir esto no creas que pienso en los intelectuales, en la gente distinguida. No. Ésa donde quiera está podrida de envidias y vanidades. Hablo del pueblo mexicano, de las masas trabajadoras, de las que he recibido las más delicadas muestras de cariño, de la muchachada revolucionaria que cada día me emociona con su adhesión desinteresada.50

La “muchachada”, como dice, también recibió su impronta en el diario bregar:

Doble presencia tiene Juan Marinello para nosotros: la del escritor y la del político. En ambas funciones ―al través de las disciplinas que emplea en el proceso de su expresión― llegamos al estadio moral que ordena los rumbos de su pensamiento […] El camino del político corre parejas con el recorrido por el literato. Hasta me atrevería a insinuar que fue el de éste el que creó y fijó el norte del anterior, de tal modo se advierte consonancia y eco entre ambos. No ha ido a la política por la fuerza de un aglutinante social que requiere coordinación para evitar males mayores como en la concepción de Hobbes. Ha ido a ella en busca de la canalización de la actividad humana. Ha percibido que el pueblo, en su debatir ofrece una estrella inequívoca: la de su sangre.
A esto ha ido sin miedo, con resolución de apóstol. “Mucho Martí hay en Marinello.” Marinello está en la izquierda, porque la izquierda supone altura y dignidad. De otro modo estaría también en la izquierda, porque con él tendría que empezar la altura y la dignidad. No es Marinello sujeto de posturas y de ademanes. Nada en él revela al comediante. Todo su ser es antiteatral. La más estricta sobriedad rige su vida y su conducta.
En él todo es firmeza de actos y de ideaciones. Así sentimos su personalidad […] Por el brazo de Marinello desciende el rayo de una nueva justicia: estrechémoslo para asegurar su difusión y su eficacia.51

Sin lugar a duda, la impronta mexicana es en Marinello condición indisoluble a la del exilio político; condición adquirida e indeseada esta última, que coloca la política a flor de piel y la convierte en una suerte prisma de reflexión de la realidad en sus numerosos matices, amén del riesgo de llegar a convertirse en pugna interior y tercos extremos.

El paso de Marinello por México, bajo tales circunstancias ―que me atrevo a calificar como “determinantes”― fue definitorio en su proceso de maduración política, social, cultural e ideoestética. Imposible, por tanto, entenderlo sin repasar y repensar su experiencia mexicana.

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Sobre la autora
Ana M. Suárez Díaz
Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, e investigadora del Proyecto PAPIIT (IA400617) “Republicanos españoles en América Latina durante el franquismo 1939-1975”.


Citas

  1. Juan Marinello, “México, signo de futuro” [discurso pronunciado en agosto de 1937], en Onoria Céspedes (comp.), Homenaje y gratitud a México, 2000. Marinello se refiere al tema en mayor detalle en carta privada a Manuel Navarro Luna, abril 4, 1937. Vid. p. 38. []
  2. Juan Marinello, “Presencia y reportaje de David Alfaro Siqueiros” (1943), en Virgilio López Lemus (comp.), Comentarios al arte, 1983, p. 139. []
  3. Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena. Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta, 1923-1940, 2 tt., 2004. Constituye la fuente de referencia de toda la correspondencia referida en este trabajo; tanto la activa privada y pública de Juan Marinello, como la que recibió en estos años. []
  4. Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna, marzo 20, 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 293. El tema de la consulta referido viene a confirmar la existencia de procedimientos normativos y de vigilancia en vigor respecto de la acogida y estancia de los exiliados en México en estos años. []
  5. Idem. []
  6. Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna (Manolo), A bordo del Orinoco, 26 de marzo, 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 297. []
  7. Laura B. Moreno, “México frente al exilio cubano, 1925-1940”, tesis de doctorado, 2016. []
  8. Vid. Supra nota 1. []
  9. Laura B. Moreno, op. cit. []
  10. El dossier publicado incluye textos de Juan Marinello, Félix Lizaso y Camilo Carrancá. []
  11. Presumiblemente se trata de “Martí y México”, publicado en Cervantes, núms. 8-9, agosto-septiembre de 1933. Debe advertirse que existe gran desconocimiento de la obra activa marinelliana durante estos exilios mexicanos. []
  12. Juan Marinello, “Carta a Félix Lizaso, mayo 11, 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 303. []
  13. Jorge Mañach, “Carta a Juan Marinello, mayo 17, 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 400. []
  14. Idem. []
  15. Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna, junio 30, 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 311. []
  16. Idem. []
  17. Juan Marinello, “Carta a Félix Lizaso, mayo 20, 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 305. []
  18. Contiene sus ensayos: “Verbo y alusión”, “Inicial angélica”, “Márgen apasionado” y “Poesía negra”. []
  19. Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna, La Habana, ca. 4 de noviembre de 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 323. []
  20. Los sucesos mexicanos aparecen en: “Cenizas sin muerto”, (Bohemia, núm. 34, 1 de octubre de 1934), referido a la exhumación y cremación en México, y “Cenizas sin muerte” (Bohemia, núm. 37, 29 de octubre de 1933), acerca de la recaudación de fondos y la velada homenaje a Mella en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Ciudad de México. []
  21. Síntesis del texto de Juan Marinello, “Cenizas sin muerto”, op. cit., pp. 34-35 y 43. []
  22. La revista anuncia la publicación de un tercer artículo de continuidad en su próxima edición; pero esto no ocurre, de modo que se desconocen los resultados de la entrevista de Juan Marinello con el “jefe de investigaciones” al día siguiente. []
  23. Síntesis del texto de Juan Marinello, “Cenizas sin muerte”, op. cit., pp. 26, 45-46. []
  24. Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna, ca. 4 de noviembre de 1933”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 323. []
  25. El 10 de enero de 1976, en ocasión del 47º aniversario de su muerte en México, las cenizas de Mella fueron depositadas en el monumento construido ex professo al pie de la Escalinata Universitaria de La Habana. []
  26. Juan Marinello, “Presencia y reportaje de David Alfaro Siqueiros (1943)”, en Virgilio López Lemus (comp.), Comentarios al arte, op. cit., pp. 122-125. Se publicó originalmente en Luz, La Habana, 21 de enero de 1934. []
  27. Juan Marinello, “Ante los cuadros de Peñita”, en Virgilio López Lemus (comp.), Comentarios al arte, op. cit., pp. 13-14. Aparece originalmente en Proa, año 1, núm. 4, Artemisa, Cuba, 1936. []
  28. Juan Marinello venía abogando por la creación de un arte nuevo en Cuba desde hacía una década. En 1925 se refiere a ello en su discurso “Nuestro arte y las circunstancias nacionales”, y en Revista de Avance 1927-1930 también frisó el tema en la encuesta: “¿Qué debe ser el arte americano?”, si no como crítico propiamente, con reflexiones agudas acerca de los requerimientos y presupuestos de un arte verdaderamente nacional. También en 1927, la Declaración del Grupo Minorista —que suscribió— proponía la introducción de elementos vernáculos en ese nuevo arte al que aspiraban intelectuales y creadores de vanguardia en Cuba. []
  29. Juan Marinello, “Ante los cuadros de Peñita”, op. cit., pp. 13-14. []
  30. “Joven Cuba”, organización política antiimperialista fundada en Cuba en marzo de 1934 por Antonio Guiteras Holmes, quien la lidereó hasta que fue abatido en El Morrillo, Matanzas, el 8 de mayo de 1935. Existió hasta que los seguidores se afiliaron al Pacto de México, en 1936, y fue absorbida por el Partido Revolucionario Cubano Auténticos (PRC-A). []
  31. Laura B. Moreno, op. cit., p. 58. []
  32. Juan Marinello, “México, signo de futuro”, en Onoria Céspedes (camp.), Homenaje y gratitud a México, op. cit., p. 2. []
  33. Esto lo confirma en la carta a Manuel Navarro Luna, 4 de abril de 1937, vid. Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., pp. 559-560. []
  34. Juan Marinello, “Carta a Ángel Augier, diciembre 23, 1936”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., p. 553. []
  35. Raquel Tibol. “Juan Marinello encontró el color en México”, Proceso, 9 de abril de 1977. []
  36. Idem. []
  37. El temario del Congreso se adjuntó a la carta de convocatoria, circulada por Juan Marinello, secretario del Exterior, con fecha de noviembre de 1936. Vid. Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., pp. 549-550. []
  38. Juan Marinello, “Discurso inaugural en el Primer Congreso de Escritores y Artistas Revolucionarios de México”, Repertorio Americano, núm. 6, 13 de febrero de 1937, pp. 93-94. []
  39. Idem. []
  40. Raquel Tibol, “Juan Marinello encontró el color en México”, op. cit. []
  41. Vid. Supra nota 33. []
  42. Juan Marinello, “Fragmentos del discurso pronunciado como jefe de las delegaciones hispanoamericanas en la sesión de Valencia. II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura”, Mediodía, núm. 29, agosto de 1937, pp. 10 y 18. []
  43. Idem. []
  44. Juan Marinello, “Homenaje y gratitud a México”. Palabras pronunciadas en la inauguración de la exposición Grabado Político Mexicano, en Valencia, agosto de 1937. Se publicó originalmente en la revista Orto, núm. 9, Manzanillo, Cuba, septiembre de 1937. []
  45. Algunas de estas ideas serán retomadas por Marinello como objeto de reflexión más profunda y reposada en su ensayística mayor, a mediano plazo: “Sobre el problema político de España” (1938); “Martí, España y los Estados Unidos” (1938); “La otra España” (1938); “Salvar la alegría” (1939); “Tiempo al tiempo” (1939), entre otros. []
  46. “Palabras de elogio en el homenaje de los intelectuales españoles a Juan Marinello”. Repertorio Americano, núm. 22, 7 de diciembre de 1937, p. 340. []
  47. Idem. []
  48. Ana Suárez Díaz, “Cuba: exilio sin historia”, Debates Americanos, núm. 3, 1997. []
  49. También se desempeñaba como secretario general de la Unión de Revolucionarios Latinoamericanos (URLA), fundada en México en mayo de 1937, cuya misión era “trabajar por la libertad económica y política de los pueblos hispánicos del centro y sur de América y prestar auxilio a sus residentes en México”. Fondo Salvador Vilaseca, Instituto de Historia de Cuba. []
  50. Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna, abril 4, 1947”, en Ana Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, op. cit., pp. 559-560. []
  51. Emilio Abreu Gómez, “Juan Marinello. Lo que pensamos de él” [entrevista], Frente a Frente. Órgano Central de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, núm. 6, noviembre, 1936. []

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