Isabel Galaor, Daniela Gloner, Bernd Huasberger, Michael Höfiein, Gerlinde Probst, Rita Scheffel, Susanne Thamm, Ngozi Violetta Voel (eds.), Las minas hispanoamericanas a mediados del siglo XVIII. Informes enviados al Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, Berlín, Berliner Lateinamerika-Forschungen, Vervuert, 1998, 244 pp.

Para citar este artículo

DA191201Durante el siglo XVIII, el imperio español requirió de una enorme cantidad de información de sus vastos territorios para diseñar e impulsar una política modernizadora, que le ayudara a reforzar su dominio, aumentar su eficiencia y aprovechar los recursos para incrementar los caudales de las arcas reales. Seguían muy de cerca el postulado de “saber es poder”, por ello, los funcionarios pusieron en marcha diversos planes para la compilación masiva de datos. Casi siempre este tipo de acciones fueron duales, es decir públicas y secretas, políticas y académicas. Pero en esta estrategia, la ciencia jugó un papel determinante como portadora de los intercambios culturales. A este respecto había que mencionar el financiamiento de las costosas expediciones americanas de diversa índole, la creación de instituciones de enseñanza, la promoción de publicaciones y la solicitud de informes rigurosos que dieran cuenta exacta de las materias que más interesaban al rey, para proteger sus intereses.

Este libro es producto de esa política científica que fue impulsada con las reformas borbónicas. La investigación fue encabezada por Bernd Hausberger, profesor de la Universidad Libre de Berlín, en colaboración de un grupo de alumnos y con la supervisión de Isabel Galaor. El estudio se inició con el descubrimiento de un legajo en el Archivo General de Indias (Sevilla, España) que contenía trece informes de las minas americanas, los cuales habían sido generados a partir de una iniciativa colonial. En 1752, la corona española intento crear el Gabinete de Historia Natural y envió una serie de instrucciones a los virreyes residentes en América, con el fin de reunir información suficiente sobre la situación económica y las técnicas que se utilizaban en los reales mineros. Además se les pidió que remitieran diversas muestras de mineral con el fin de hacer estudios y formar una colección.

Acerca del cumplimiento de esta disposición se tenía un pequeño indicio. Álvaro López Miramontes, historiador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, encontró siete informes de las minas novohispanas en el Archivo General de la Nación (México, D.F.) y se encargó de publicarlos en 1975. En ese entonces, el autor tenía la intuición de que existieran mas informes de otros centros mineros, aunque no se les había localizado. Por este hecho, el hallazgo y publicación de estos nuevos informes vienen a hacer un complemento de gran importancia y quizá en el futuro se encuentren algunos más, pues aun faltan los reportes de varios centros mineros muy conocidos, como asegura Hausberger.

Respecto a la organización del trabajo, podemos decir que el libro esta dividido en cuatro partes, cada una de ellas es una contribución significativa a la historiografía minera. En la primera, Hausberger escribió un ensayo donde se contextualiza el conjunto de documentos. En segundo lugar, con la ayuda de los colaboradores se realizó un esbozo general de cada uno de los centros mineros. En tercer lugar, se encuentra la edición de los informes que fueron enviados por las autoridades coloniales, y finalmente el texto esta acompañado por un útil glosario y una bibliografía muy completa de la minería y el desarrollo de la ciencia en ambos lados del mar.

En el ensayo introductorio, el autor, se centra en la polémica sobre el crecimiento de la producción de metales preciosos en hispanoamérica, gracias a la política de fomento y protección colonial. Hace una cuidadosa revisión del desarrollo de la ciencia y evalúa su importancia respecto a las valiosas obras que aportaron. Se incluye una sugerente comparación entre las condiciones de desarrollo minero un espacio andino y novohispano, se analizan factores como el capital, la población trabajadora, el proceso de trabajo, el circuito de comercialización el sistema de crédito, entre otros. Plantea la necesidad de impulsar investigaciones acerca de la multitud de pequeñas explotaciones y que la historia minera no se restrinja a los metales preciosos como lo han hecho hasta ahora.

Una de las ideas que no compartimos con Hausberger, se refiere a la relación entre religión y ciencia. El autor señaló que “el trabajo científico y la interpretación de la naturaleza poco a poco se liberaron de la influencia de las creencias religiosas, con lo que desapareció uno de los obstáculos principales para su avance”. Nos parece que la afirmación no tiene mucho que ver con la realidad, tanto de la metrópoli como en los virreinatos; entre los mas destacados impulsores de la ciencia se encontraban notables eclesiásticos, incluso en los centros de enseñanza que nacieron amparados bajo la ilustración, la religión tomó parte de la educación de la nuevas generaciones ilustradas.

Es notable el esfuerzo por reunir información sobre los trece centros mineros localizados en los virreinatos del Perú y Nueva España; en esta historia fragmentada se recupera el tiempo y la memoria de estos pueblos que fueron muy admirados por los ricos hallazgos de metales preciosos pero que hoy, en su mayoría, muestran un estado de enorme decadencia. El contexto histórico de cada una de las zonas se distingue por su variabilidad de tratamiento. Algunos han dejado una huella mas profunda, su producción ha sido tan sobresaliente que han generado gran cantidad de testimonios y documentos. En cambio otras, poco se conocen y siguen siendo un misterio; en su mayoría gozaron de una bonanza efímera y luego padecieron una larga borrasca. Por esta razón, el rastrear su acontecer histórico resulta una tarea difícil de cumplir plenamente.

Es evidente que se conoce mejor, para distintas regiones mineras, las primeras exploraciones y explotaciones que se hicieron durante los años de conquista; después, la historia se estanca, y viene una etapa de agotamiento que puede ser más o menos prolongada. En general, son escasos los datos sobre el siglo XVII y poco se sabe de lo que pasó en esa etapa, pero la información vuelve a fluir en la segunda mitad del siglo XVIII. Con esto no se pretende decir que se deba todo a las reformas borbónicas, sino que seguía existiendo esa inquietud por seguir explotando minas que habían tenido buenos resultados en períodos anteriores.

De hecho estos informes son producto de una iniciativa científica fallida, pues el Gabinete que se planeaba realizar quedo por muchos años en el olvido. Sin embargo, estos datos dieron origen a una fuente de información de gran calidad, la cual brinda la posibilidad de realizar diversas investigaciones en distintas áreas. La lectura de cada uno de los trece documentos puede despertar el interés en diversos sentidos; por ejemplo, el nombre de las minas, que en general eran de advocaciones marianas como Nuestra Señora del Rosario o Nuestra Señora de la Concepción, dan la idea de que a las minas se les atribuyó cierta religiosidad como en los tiempos prehispánicos. Llama nuestra atención que distintos informes confirmen de que en la región andina, las minas “fueron labradas por los incas”. Respecto a los datos económicos y técnicos tenemos dudas sobre su veracidad, pues si bien es cierto que se describen los procesos de trabajo a grandes líneas, también es cierto que se nota que los empresarios tenían temor a que aumentaran los impuestos; de hecho, casi siempre, declararon que sólo producían minerales pobres, que los costos eran muy altos y las ganancias casi no existían. Al respecto, Prudencio Pérez, del Cerro del Potosí, escribió: “Y del pobre interesado paga todos estos defectos y vive aniquilado y destruido sin créditos, como me sucede a mi que distribuyendo más de dos mil pesos en cada semana en gastos de cerro e ingenio no tengo con que comer el domingo”. Esta situación, la aprovecharon algunos para demandar “auxilios” y reclamar por los altos gravámenes a que estaban sometidos.

El glosario que se incluye al final, resulta indispensable ya que aclara el significado de la terminología minera, que por su carácter especializado no siempre es accesible al lector. Esta herramienta, imprescindible para la lectura, se apoyó en la excelente obra de Frédérique Langue y Carmen Salazar Soler, Diccionario de términos mineros para la América Española, siglos XVI-XIX. Sin embargo, como todo diccionario, siempre es susceptible de enriquecerse como lo demuestra el libro reseñado.

Este libro puede resultar atractivo tanto a especialistas como a público en general que deseen conocer la situación de las minas americanas en un periodo de vital recomposición; su lectura evoca imágenes donde la frustración y el desaliento de los pueblos mineros se combina con la fuerza esperanzadora de volver a los días de gran esplendor y riqueza.

Autor: Eduardo Flores Clair, Dirección de Estudios Históricos- INAH.

Los comentarios están cerrados.