Fortificaciones, historia, conservación y patrimonio. El ejemplo de la experiencia latinoamericana

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Al recorrer América vamos encontrando, casi sin darnos cuenta, trozos tangibles de nuestra historia, restos de antiguas civilizaciones americanas, fragmentos de lo que fue el encuentro de dos mundos con su asentamiento definitivo en nuestro continente. Pero lo que ha perdurado con más éxito en el plano material son las fortificaciones que se levantaron a lo largo de siglos de colonización europea, una forma de reinventar un paisaje que les era ajeno, y convertirlo en algo más amigable para sus intereses. No es extraño que las fortificaciones levantadas para obtener defensa, protección y asilo hayan sobrevivido a lo largo de la historia, estaban hechas para resistir, y han resistido, aunque no todas, las guerras, el clima y por sobre todo el afán humano de rediseñar su entorno.

Cuesta hoy comprender la importancia de muchas de esas fortificaciones, o las antiguas ciudades fortificadas hispanas y portuguesas en América que vemos al visitarlas como atractivo turístico o como curiosidad histórica. Defensoras de una soberanía reclamada por imperios que se expandieron a este continente, sirvieron también para afianzar el dominio de los mismos en tierras extraamericanas, contribuyendo, en un plano que superaba las condicionantes específicas de su momento, al desarrollo de los enlaces culturales y políticos de esas regiones.

El Caribe, primera zona donde surgieron las fortificaciones europeas en América, enlazaba desde fines del siglo XV el área, incluyendo México, Centroamérica y las actuales Venezuela y Colombia, con la metrópoli hispana, llevando el oro y la plata americanas; pero en el frente Pacífico, la costa mexicana y en especial Acapulco, contribuyeron a que Filipinas se sostuviera, así como el comercio asiático, en primer término de especias y porcelanas chinas.

En el frente Atlántico, por otro lado, Montevideo, fundación tardía, llegó a ser la sede del Apostadero Naval español que controlaba el Atlántico sur, incluyendo las islas Malvinas —llamadas Falkland por los ingleses—, y cuya jurisdicción llegaba a las islas de Annobon y Fernando Poo en el golfo de Guinea a partir de 1777.

A su vez, Brasil se convirtió en la metrópoli secundaria para el comercio africano portugués en el tráfico negrero, pasando a ser el núcleo del imperio portugués con la llegada de la familia real a Río de Janeiro en 1808. Sin considerar juicios de valor, es innegable que la intención de fortificar para defender entraba en directa relación no sólo con las necesidades estratégicas locales o regionales, sino con las miras globales de los países colonizadores.

Sin embargo, todo estudio tiene un punto de partida, debemos comprender los fundamentos en los cuales surge el concepto de fortificación. Si vamos a lo más básico en la actividad humana, entre los aspectos que encontramos está la necesidad de transformar el medio ambiente donde habita. Como ser esencialmente cultural, evoluciona en sus técnicas, o en sus conceptos, una de las formas de expresión ha sido la arquitectura, el arte de proyectar y construir edificios. En el amplio marco que esta definición establece, cuando esas edificaciones son fortificadas surge el ámbito de la arquitectura militar.

Una vez elegido el núcleo de interés, resultó evidente de inmediato la necesidad de considerar diferentes niveles de análisis en el estudio de las fortificaciones que se planteaba y, a la vez, dejar de lado puntos de indudable interés en bien de la unidad y claridad de exposición.

Siguiendo una acepción clásica de fortificación, el investigador español Carlos Díaz Capmany define como fortificación: “[…] el arte que enseña a disponer una posición para que pueda ser defendida contra un enemigo superior. El verdadero objeto de la fortificación es combinar los obstáculos o accidentes del terreno con las obras, disponiéndolas de modo que favorezcan al defensor y sean desfavorables al enemigo […]”.1

En la estructura resultante, el primer lugar lo ocupan cuatro elementos: las murallas, el foso, el camino cubierto2 y el glacis.3

Sin embargo, no por mejor construidos los muros son más fuertes si fallan los otros factores de la ecuación: la calidad y efectividad de la artillería con la cual se actúa y los hombres encargados de defender sus muros y de aprovechar su protección para vencer al enemigo actuando en partidas extra muros.

Si alguno de los factores fallaba, el éxito de la defensa y el posible contraataque peligraba.

Una vez establecidas las premisas básicas, el planteamiento para fortificar espacios estratégicos resultaba un concepto claro y relativamente simple del arte militar, si bien variaban los métodos y las tecnologías según el momento histórico y las tradiciones nacionales, así como los medios materiales para llevarlo a cabo. Sean fortificaciones protegiendo pasajes, o ciudades, fortificaciones aisladas o conjuntos de fortificaciones enlazadas, parece pertenecer este tipo de construcción a una categoría muy específica, sólo interesante para expertos en temas militares o estudiosos de la historia política y militar. En este sentido, las fortificaciones comenzaron a ser recuperadas en muchas ocasiones como referencia de valores nacionalistas o de remembranzas históricas de conflictos del pasado o incluso como referencia, de corte romántico, en la cual la fortaleza se convertía en parte de un gran juego de reconocimiento de un pasado convertido en algo exótico, como pasó en la restauración de la ciudad fortificada de Carcasona o en los castillos de Roquetaillade y Pierrefonds por Eugene Violet le Duc en el siglo XIX. Incluso el último fue reconstruido por orden de Napoleón III, luego de ser utilizado como ruinas “históricas” y “románticas” desde el gobierno de su tío. Pero también la destrucción de muchas fortificaciones se debió a la identificación con esa historia, constituyendo símbolos visibles de la fuerza y el poder. Todos recuerdan la Bastilla de París, pero como ésta, muchas otras construcciones fortificadas desaparecieron sea por considerárselas símbolo del grupo social o país dominador o como forma de superación hacia la modernidad de un pasado “bárbaro”.

Aun cuando en América Latina existen excepciones, como ocurre con la formidable ciudadela de Laferrière en Haití —Patrimonio Histórico de la Humanidad desde 1982 y símbolo de la voluntad de los exesclavos haitianos de enfrentarse a cualquier dominio externo—, el concepto ha sido en general negativo. Este hecho se agravó por considerar que las fortificaciones, en especial las españolas, que se encontraban relacionadas con los ámbitos urbanos, de no ser útiles para la defensa constituían elementos anticuados y vetustos, símbolos de un poder opresor contra el cual se habían levantado las repúblicas. Esas repúblicas exaltaban, en cambio, la necesidad de modernizar tanto el entramado urbano como la arquitectura, creando un nuevo ámbito representativo del poder, sea político, social o económico, que miraba hacia una Europa pujante. La carencia —salvo donde se habían desarrollado las culturas precolombinas— de edificaciones con gran antigüedad, hacía que se les restara valor a las fortificaciones coloniales, las cuales eran vistas como estorbos al desarrollo, sin el prestigio de las edificaciones de los países europeos, cuyo valor empezó a recuperarse y ser valorado en el siglo XIX.

En el ámbito latinoamericano, los pioneros en la recuperación de las edificaciones trascendentes históricamente, incluyendo las fortificaciones, se enfrentaron a esta concepción y poco a poco lograron reformular una visión que perdura, con variantes, hasta la década de 1970. Tenemos nombres que comienzan a aparecer a partir de la primera mitad del siglo XX. Así, encontramos a un esteta y amante del arte colonial como el mexicano don Manuel Toussaint en un país tan rico en historia; o el doctor Manuel Romero de Terreros en el mismo ámbito. En el otro extremo de la América Latina, en Argentina, desde el espacio de la arquitectura podemos considerar, siempre siendo injustos con los olvidos, al arquitecto Mario José Buschiazzo, restaurador del cabildo de Buenos Aires; o Martín Noel, quien buscó una recuperación americana del arte colonial frente a la visión europeísta imperante, y con ello hizo posible una relectura del pasado arquitectónico hispano. Si vemos el ámbito andino, recordemos al también arquitecto Héctor Velarde Bergmann, que en Perú desarrolló una importante actividad de difusión de la arquitectura histórica y trabajó en la restauración de edificios antiguos, en especial a consecuencia de los movimientos sísmicos que afectan la zona. Tomando un país pequeño como Uruguay, encontramos a su vez a un historiador, Horacio Arredondo, y una asociación, Amigos de la Arqueología, que bregaron por la recuperación de las edificaciones históricas y que intervinieron —el primero como figura esencial— en la recuperación de las tres fortificaciones coloniales que lograron llegar al siglo XX. Algunos recuerdos y muchos olvidos, pero contribuyen al inicio de un necesario recuento de quienes forjaron la base del proceso que hoy se vive en esta América Latina, del cual las fortificaciones son un aspecto específico de su paisaje urbano.

Fortificaciones, evolución, conservación y restauración

Las fortificaciones, como toda muestra de la arquitectura de un momento histórico y cultural específico, son producto y muestra del periodo en que se construyó, así como de la forma en que fue transformada en la evolución consecuente. En su tipología adoptan de manera perfecta el marco geográfico sobre el cual se asientan; es así como estos elementos las transforman en un documento más, y en muchos casos de primer orden, para comprender las relaciones de poder, el comercio y las relaciones sociales en un periodo específico. Incluso la misma estructura interna colabora para analizar y visualizar no sólo la cadena de mando de las fuerzas que las ocuparon, sino las formas culturales en que esas fuerzas se manejaban, así como las características de la higiene en que se vivía y el nivel de convivencia entre sus integrantes.

Otra dimensión de esas edificaciones se encuentra en los cambios que han sufrido a lo largo de su existencia. Como todo elemento material, la falta de actividad humana tiene como consecuencia la ruina del edificio; en el polo opuesto tenemos la presencia humana y las necesarias reparaciones y reformas para adecuarlo a nuevos menesteres y necesidades, y los dos forman parte de la natural evolución en el tiempo. La mayoría de fortificaciones quedaron en ruinas, o evolucionaron, en una ocupación continua o recurrente en el tiempo, ya sea que fuesen transformadas o sufriesen agregados. En consecuencia, decidida su puesta en valor, surgía la duda: ¿se debía elegir un momento, congelándolo, para que la fortificación retornara a ese aspecto?, ¿en qué medida se justificaba la destrucción de esos cambios y el retorno a su forma “original”, negando su evolución y recreando un espacio que —sin logar siempre volver exactamente al original— destruía elementos existentes?

En general, en la recuperación de las fortificaciones se siguió la evolución de la teoría de la restauración de los edificios. Frente a una “restauración en estilo” de vocación a la Viollet-le-Duc —quien buscaba recrear el ambiente de época y en cuyos casos extremos llevaba a reconstruir partes faltantes de los edificios cuando no quedaban restos materiales, planos o imágenes— comenzó a imponerse un concepto de “restauración científica” desde el último cuarto del siglo XIX, el cual buscaba atenerse a los restos del inmueble, recuperando lo que se conservaba y, en algunos casos, considerando valiosos los cambios y agregados experimentados en su historia. Pero incluso en este ámbito se ha producido una larga evolución y una contraposición de criterios. Si consideramos los usos de los materiales para realizar la restauración, planteando o no que se debe notar su carácter moderno, pero también los niveles de intervención, cuidando la preservación y consolidación de edificios o sus ruinas en un ámbito de conservación, o la recuperación de faltantes al tener en cuenta los usos de la época, pero sin los extremos de la restauración en estilo existen muchos caminos que ya se han transitado.

Sin embargo, puede criticarse que las necesidades de la época han llevado a acciones que podrían considerarse extremas; así, por ejemplo, la destrucción de centros urbanos como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial en Europa llevó a restauraciones y reconstrucciones masivas de los centros históricos de las ciudades afectadas —incluidas fortificaciones prestigiosas—con base en los restos, así como en planos y fotografías. Si bien esos centros resurgieron de las cenizas, ya no eran en los hechos, exactamente, los lugares que existían pocos años antes de la contienda.

Mientras tanto, diferentes países fueron tomando medidas para proteger sus patrimonios fortificados, trabajando en algunos casos en un marco tan amplio que dejaba de ser efectivo, al menos hasta que se previeran los medios para efectivizarlo, por la misma magnitud del enunciado. Entre los ejemplos destacados se encuentra el de España, que en 1949 todavía intentaba recuperarse de la crisis creada por la guerra civil, finalizada diez años antes. En ese año el gobierno franquista decretó proteger todos los castillos del país, cualquiera que fuese su estado de conservación. Este tipo de esfuerzos creaban, desde un punto de vista positivo, un marco referencial sobre el cual se podía comenzar a actuar. En el caso español se establecía la responsabilidad de su conservación, los medios para su vigilancia y la realización de un inventario documental y gráfico.

Por otro lado, todas esas dudas y discusiones en materia de conservación y restauración de sitios históricos motivaron la gestión de documentos enfocados en crear parámetros de referencia. De la pionera Carta de Atenas de 1931, previo a la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, a la comentada Carta de Venecia de 1964 —revolucionaria en su momento, por los principios que establecía—, la Carta del icomos sobre “Principios para el análisis, conservación y restauración de las estructura de patrimonio arquitectónico” (Zimbabwe, 2003), y la Carta del icomos “Para interpretación y preservación de sitios de patrimonio cultural” (Quebec, 2009). Aquí se debe enfatizar, y resulta un aspecto importante para nuestro tema, que en esos documentos no se establecen criterios específicos sobre fortificaciones, inmuebles incluidos en el marco general. Sin embargo, en 2006 la UNESCO dedicó el número 19 de sus World Heritages Papers al tema “Fortificaciones Americanas y la Convención del Patrimonio Mundial”. En esa publicación se consideraban estas obras de arquitectura militar “[…] uno de los patrimonios que mejor resume y asume la historia común intercontinental de América”.4 La publicación incluyó los trabajos y conclusiones presentados por expertos en la problemática de fortificaciones y su recuperación en las reuniones de Campeche (México, 2004) y Valdivia (Chile, 2005). Quizá por ello se le da relevancia al hecho de valorar la recuperación de ese tipo de edificios como un elemento patrimonial de valía. En todo el mudo hoy en día tienen lugar congresos y simposios sobre la conservación y restauración del patrimonio arquitectónico, al grado de que el ICOMOS de la UNESCO tiene una comisión especial, la ICOFORT, para abocarse a este tipo de problemas. Sin embargo, en el lapso que comprende el surgimiento de uno y otro se evidencia la necesidad de conceder importancia a dicho tema. Así, la UNESCO surgió en 1945, el ICOMOS veinte años después (1965), y el ICOFORT se estableció apenas en 2005; un recién nacido al lado de los otros tipos de edificaciones patrimoniales analizados en ese nivel. Si se consulta la página web del Comité, se verá lo que se ha hecho, pero también lo mucho que queda por hacer (www.icofort.org).

Las fortificaciones, objeto patrimonial

Hasta ahora nos hemos referido a los aspectos formales de una fortificación clásica, su función y su importancia estratégica, así como a los problemas de su preservación y cómo ha evolucionado ese concepto.

El tema se encuentra en permanente desarrollo como parte de una discusión mayor sobre el patrimonio mundial, pero es indudable que la importancia de las fortificaciones americanas constituyen un recurso internacional y requieren de un tratamiento conjunto; éste debe incluir, de manera obligada, una reflexión integral sobre arquitectura/ingeniería militar y elementos de control de territorio continental, así como de las sociedades en que se insertaron y en las que su misma presencia dejó huella.

Esta discusión integral en el siglo XXI ha obligado a replantear numerosos aspectos de las relaciones sociales, políticas y económicas de la gran “aldea mundial” en que se ha convertido el planeta. Los avances, si bien con retrocesos y problemas, nos llevan a un sistema multinacional, multirracial y multicultural donde las propuestas nacionales y patrimoniales buscan cómo expresarse. Luego de su triunfo en el siglo XIX, lo nacional constituía el centro de todo análisis —fue entonces cuando se iniciaron y desarrollaron muchas recuperaciones patrimoniales—, pero hoy está superado por mucho y se ve obligado a compartir su primacía. Sea por relación a la región o periodo de referencia, no es casual que los congresos internacionales sobre fortificaciones sigan la tendencia general de incluir en forma relevante la gestión de las mismas, así como el desarrollo sostenible, donde la comunidad ocupa un punto focal.5

Las fortificaciones per se constituyen un elemento más del patrimonio nacional a considerar en cualquier país. Ello es constatar una evolución histórica en la que no sólo se demuestra la búsqueda de defensa de fronteras, internas o externas, o de dominio, sino son también la prueba de una tecnología y una forma de considerar el espacio y las relaciones sociales en un periodo determinado; es decir, cada fortificación tiene su historia a lo largo de un proceso de evolución de la sociedad en la cual surgió y se desarrolló, transformándose ante el cambio de las necesidades efectivas de cada etapa.

En un nivel general, la relación de surgimiento, con los avatares históricos de la región y los acontecimientos mundiales del momento, las concatenan a un proceso más amplio, sea en relación con otras, abandonándose en consecuencia el estudio individual de cada edificación para concentrarse en los conjuntos relacionados, o bien, como parte de un proceso.

Tomando una caracterización muy apreciada a nivel internacional, vale la pena tener en cuenta que siempre que se ha solicitado a la UNESCO la declaración de patrimonio mundial de alguna fortificación en América Latina se ha destacado el tipo de edificación, el conjunto arquitectónico, tecnológico o su relación con el paisaje, con lo que contribuye a evidenciar una o más fases significativas de la historia humana. En ese ámbito ha crecido la importancia del horizonte social actual y su apoyo para que el monumento alcance una condición de trascendencia histórica reconocida en todo el mundo.

En la serie de artículos que integran el presente volumen encontraremos diferentes experiencias, tanto en su origen, historia y evolución: desde lo que hoy es un pequeño país como la República Oriental del Uruguay —lo cual se entiende en cuanto dicho Estado se desgajó de la unidad mayor del virreinato del Río de la Plata— hasta países extensos como México y Brasil, herederos de una historia signada por su importancia estratégica.

Las fortificaciones tuvieron orígenes diferentes: protección de puertos, de vías de comunicación terrestres, de puntos estratégicos en los límites de imperios, pero también con las “tierras de indios”, fronteras de facto, donde el color del dominio de un país que se extendía continuo en la cartografía acordada entre las potencias en los hechos se veía interrumpido por la resistencia de las poblaciones aborígenes.

En esta selección de textos reunimos diferentes experiencias en la recuperación del conocimiento de las estructuras de las fortificaciones integradas a una memoria de la sociedad donde existieron, o existen, en una América Latina rica en expresiones de este tipo de arquitectura. En general, y por constituir un rico campo, los autores se han concentrado en las edificaciones realizadas en el periodo colonial.

Entre los artículos de este volumen 67 de la revista Dimensión Antropológica encontramos diferentes ámbitos geográficos y culturales, así como instituciones que intentan difundir y discutir los problemas relacionados con el patrimonio arquitectónico, y en especial las fortificaciones.

El estudio de la doctora Milagros Flores aborda la complejidad del Caribe fortificado desde un contexto geográfico y cultural que se remonta a la lucha de las grandes naciones europeas por mantener el control de la región. En ese ámbito la autora incorpora y resalta la acción del ICOFORT como partícipe de esta recuperación, lo cual sirve como ejemplo de la acción de este nuevo organismo internacional que intenta colocar el tema de fortificaciones en su punto justo en el marco de la valorización del patrimonio tangible mundial.

En un ámbito geográfico compartido —al menos en parte— con el estudio anterior, los doctores José Omar Moncada Maya y Nelly Arcos Martínez se abocan al ámbito novohispano para estudiar el proceso de construcción de las fortificaciones coloniales que aún subsisten: San Juan de Ulúa, en el puerto de Veracruz, y San Carlos, en Perote; San Diego, en el puerto de Acapulco, y el fuerte de Bacalar, en Quintana Roo, con breve referencia al resto de obras menores, presidios y baterías construidos a lo largo y ancho de la entonces muy extensa Nueva España. Ubicadas en un territorio con frente al océano Pacífico y al mar Caribe, así como una extensa frontera terrestre al norte, las fortificaciones constituyen una expresión del proceso histórico cultural de lo que hoy es la república mexicana.

Al arquitecto Roberto Tonera corresponde el estudio de las fortificaciones del Brasil, país continente con quince mil kilómetros de fronteras terrestres y un litoral de nueve mil kilómetros. Por tanto, su estudio considera la cadena de fortificaciones realizadas muchas veces en ámbitos inhóspitos o de difícil acceso. Se trata de 132 estructuras todavía relevadas, completas o en ruinas, que presentan el atractivo especial desde el punto de vista patrimonial porque no sólo son portuguesas, sino también de origen español, holandés, inglés o francés. Pero quizá la experiencia más interesante realizada en ese país con respecto a las fortificaciones es el esfuerzo de la Universidad Federal de Santa Catarina, donde se ha puesto en marcha un Banco de Datos Internacional sobre Fortificaciones que ha logrado reunir información de expertos sobre este tipo de construcción militar a escala mundial.

Avanzando hacia la frontera sur del Imperio español, en su frente Atlántico, el estudio de la licenciada Alicia Otero y el profesor Rubén Álvarez está centrado en un país hoy pequeño pero con una frontera militar muy activa entre imperios y que ha dejado importantes rastros y ausencias derivadas del concepto de “modernización” que afectó esta América desde finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se negó la existencia a esas vetustas construcciones militares.

Por último, y también en América del Sur, el investigador Alejandro Wagner realiza un estudio histórico de las fortificaciones del virreinato del Perú y su Capitanía de Chile, recuperación de una historia que surge en el siglo XVI y donde el enfrentamiento se dio con piratas y holandeses que intentaban ocupar los ricos territorios hispanos.

Variedad en geografías y en la extensión cronológica, pero con la presencia común de la fortificación como elemento político, cultural y social, con influencias internas y externas; esperamos que todo lo anterior pueda resultar en una mejor comprensión y permita nuevas lecturas de las edificaciones sobrevivientes, así como una puesta en valor en tanto expresión de un pasado y un presente no sólo de las naciones y sus fortificaciones específicas, sino de la realidad americana que vivimos.

Existen diferencias en cuanto a la forma de enfrentar el problema, las cuales llegan también a su origen. El caso portugués resulta de gran interés, ya que en América Latina —salvo excepciones como la ciudad fortificada de Colonia de Sacramento o el fuerte de San Miguel en Uruguay— la unidad de fortificaciones creada por el Imperio fue heredada únicamente por Brasil. En el caso español, las fortificaciones del Caribe, el Atlántico y el Pacífico integran una vasta unidad, concebida como una sola y única soberanía territorial. El surgimiento de las soberanías nacionales no hace desaparecer la historia ni el patrimonio cultural surgido de ésta; en consecuencia, no sólo cada nación debe asumir la conservación del patrimonio histórico y cultural propio, sino considerarla como un bien común a todas y significativo en su conjunto. Esta unidad y variedad —por el lado del origen portugués y español, de manera respectiva— conllevan la necesidad, todavía sólo una perspectiva, de colaborar en el rescate, conservación, difusión y aprovechamiento para enriquecer una visión global en la que ambas tradiciones —junto a la holandesa, francesa e inglesa— se encuentran.

Quedan a discusión las anteriores propuestas, siempre insuficientes, pero que sin duda dejan injustamente de lado aspectos y lugares importantes, como ocurre en toda selección, pero aun así buscan contribuir a la discusión del tema desde un punto de vista académico.

JOSÉ MARÍA OLIVERO ORECCHIA
UNIVERSIDAD DE MONTEVIDEO

  1. Carlos Díaz Capmany, La fortificación abaluartada: una arquitectura militar y política, Madrid, Ministerio de Defensa, 2004, p. 25. []
  2. Camino cubierto: corredor al nivel superior de la contraescarpa que rodea la fortificación, de unos 10 metros de ancho, quedaba cubierto de ataque exterior por un parapeto que formaba la parte superior del glacis. Servía para vigilancia y podía actuar como línea exterior de defensa. []
  3. Glacis o explanada: espacio allanado y en declive que se extendía desde el camino cubierto hasta la campaña. Protegía las murallas de los disparos enemigos, y al mismo tiempo permitía a la artillería propia actuar sin obstáculos. []
  4. Nuria Sanz, “Editorial”, en Fortificaciones en América Latina y Caribe y la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, París, UNESCO (Cuaderno de Patrimonio Mundial, 19), 2006, p. 10. []
  5. Se pueden tomar diferentes ejemplos. Ya referimos las dos reuniones de la UNESCO en México y Chile en 2004 y 2005; pero hay otros ejemplos más recientes: el congreso de Pamplona en octubre de 2014; el Congreso Internacional sobre Patrimonio Fortificado: Gestión y Desarrollo Sostenible, así como los encuentros técnicos internacionales de gestores de fortificaciones realizados en Brasil (Santa Catarina, Bertioga y Río de Janeiro) entre 2010 y 2012, y los seminarios regionales de ciudades fortificadas que habían comenzado unos años antes en Montevideo, Uruguay. []

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