Nación y patria

Para citar este artículo

Ya que no podemos cambiar de país,
cambiemos de tema

JAMES JOYCE, Ulises
(Epígrafe al que este texto no le hace
el menor caso)

La Patria

¿Qué fue primero: el patriotismo o los patriotas antes de que se les llamara así? ¿Qué fue primero: la palabra Patria (las sensaciones y las definiciones allí concentradas) o las actitudes correspondientes? ¿Qué fue primero: la nación o los nacionalistas? ¿Qué fue primero: el poder o la inermidad? En el caso de La Patria las primeras noticias del poderío de la palabra se ofrecen en forma de anécdotas. Una, imprescindible: en 1819, en plena guerra de Independencia, urgido por recuperar la zona de Guerrero, el virrey Apodaca envía al padre del insurgente Vicente Guerrero a persuadirlo: deja de combatir, ríndete y acepta el indulto. El caudillo de la guerrilla lo toma por el brazo, se dirige a sus hombres y lanza su frase célebre: “Compañeros, este viejo es mi padre. Ha venido a ofrecerme el indulto en nombre de los españoles. Siempre he respetado a mi padre pero… ¡LA PATRIA ES PRIMERO!”. Otra anécdota: al preparar el general Ignacio Zaragoza la defensa de la ciudad de Puebla ante el avance del ejército francés, se presentó el general Miguel Negrete a ofrecer sus servicios a la causa nacional. Negrete, muy conservador, ha combatido al gobierno de Juárez en la guerra de Reforma. Intrigado, Zaragoza indaga por sus razones, al ser partidarios de la Intervención casi todos sus correligionarios. La respuesta: “Yo tengo patria antes que partido”.

En la jerarquía de los afectos alegóricos el amor patriótico se antepone al amor filial, y de esos ejemplos se nutre la nueva gran familia que conforma la Patria. Sin embargo, a esto no se le representa de modo belicoso sino, con espíritu de imitación clásica, suele ser una de las musas, un espíritu alado.

* * *

El Himno Nacional mexicano exalta la noción de Patria, la entidad que le otorga un sentido trascendente a la muerte de los combatientes:

Antes, patria, que inermes tus hijos
bajo el yugo su cuello dobleguen,
tus campiñas de sangre se rieguen
sobre sangre se estampa tu pie

Y con las estrofas tan memorizadas llega la apoteosis:

Patria, patria, tus hijos te juran
exhalar en tus aras su aliento,
si el clarín con su bélico acento
los convoca a lidiar con valor.
¡Para ti las guirnaldas de oliva!
¡Un recuerdo para ellos de gloria!
¡Un laurel para ti de victoria!
¡Un sepulcro para ellos de honor!

Entre 1853 y 1854 Francisco González Bocanegra escribe la letra del Himno Nacional, y ajusta su retórica bravía y su lirismo muy de época a la gran experiencia dramática de ese momento: la pérdida de gran parte del territorio de México, luego del convenio depredador entre el gobierno de Estados Unidos y el de México. El Himno alude de modo incesante al cercenamiento territorial de la guerra de 1847, y el “extraño enemigo”, Estados Unidos, cuya condición de extrañeza surge no de lo imprevisible sino de lo radicalmente ajeno. Se rinde homenaje a los muertos en combate, a las víctimas de la rapiña imperial, y se previene contra las incursiones vandálicas del porvenir.

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A lo largo del siglo XIX, un periodo de combates, logros y frustraciones, la noción de Patria interviene de modo múltiple:

— Le entrega a la colectividad nacional una visión de Destino, ya no común o insignificante, sino glorioso, la meta al alcance de los partidarios de los ideales.

— Le da un nuevo sentido a la actitud (la psicología) de los que necesitan pertenecer al todo comunitario, donde la igualdad, o las ilusiones de igualdad, promueven la identidad que corresponde a la vida independiente.

— Vuelve indispensable el acercamiento a la Historia, entonces sinónimo estricto del Juicio Final a gusto de los liberales (los conservadores no profesan el culto a la Historia). Sin forzar la metáfora, es posible decir que de acuerdo a una minoría entrar a la historia es arribar al paraíso de los creyentes en la Patria.

— Constituye el eje en torno al cual se movilizan las ambiciones y las agresiones al bien común.

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Tras el énfasis devocional, es ya tiempo del humor y la ironía. Un ejemplo entre tantos, los “Mandamientos” de Jesús Muñoz, aparecidos en una publicación muy crítica de la dictadura de Porfirio Díaz, la revista satírica El Hijo del Ahuizote (21 de noviembre de 1901):

Los mandamientos de las Leyes de Reforma son diez: los tres primeros pertenecen a la Madre Patria, y los otros siete al provecho y honra de sus ciudadanos.

El 1° Amarás a tu Patria sobre todas las cosas.
El 2° No protestarás en vano las Leyes de Reforma.
El 3° Santificarás los días de gloria y luto de la Patria.
El 4° Honrarás a los mártires y héroes de la libertad.
El 5° No te vestirás de cuero para machetear al pueblo.
El 6° Tomarás familia para no seguir el mal ejemplo de papas, cardenales, obispos y demás frailes.
El 7° Distribuirás convenientemente las contribuciones del pueblo a favor del bienestar y progreso.
El 8° No calumniarás a los conciudadanos.
El 9º No buscarás amistades de liberales pancistas (oportunistas o aprovechados), ni leerás periódicos vendidos.
El 10° No codiciarás los puestos públicos cuando seas inepto para desempeñarlos.

Que no se dude: sin acudir paródicamente al idioma de sacristía y homilía no se capta con rapidez la atención de los lectores. Y le corresponde a la parodia (la involuntaria y la voluntaria), a las leyes, al desarrollo educativo y a la simple modernidad, hacer a un lado el énfasis parroquial. La historiografía afina los datos pero es asunto casi exclusivo de los sacudimientos políticos y los procesos de largo plazo reencauzar la mentalidad social.

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Durante una larga etapa la Patria, de formas imprecisas y precisas a la vez, es el conjunto de etapas históricas y compromisos emocionales que concede identidad y sentido de pertenencia, al ser la disponibilidad para el sacrificio el sustento primordial de la Nación. Y la emoción sacrosanta persiste durante las Guerras de Intervención y llega a Veracruz en 1914 cuando la invasión norteamericana. Después, al ya demandarse la entrega de la vida, el patriotismo persiste, en lo básico, como la gran herencia, vigorizada de tanto en tanto por razones políticas o momentos de emergencia. En una nota de 1958 Alfonso Reyes alude al proceso con enorme elegancia:

El joven, que se acaba de alistar para una campaña intrascendente, hacía extremos. El viejo, lector de Montaigne y poco amigo de la heroicidad inútil, guiñó un ojo y le dijo:

—Sí, Dulce et decorum est pro patria mori. Así acabaron con el pobre Martí, la más pasmosa organización literaria. Otros debieron morir, que no él. Yo también estoy dispuesto, sí, a morir un poco por la patria. Al menos, hasta el punto en que lo hizo Horacio, responsable de la sentencia.

Morir un poco por la Patria…Ya a principios del siglo XX, Salvador Díaz Mirón en su poema “La mujer de nieve”, ofrece una alternativa donde se despoja a la entidad sublime de sus inacabables tintes de gloria, y se le somete a los ritmos biológicos de los humanos:

Tu largo ventisquero forma o trasunta
Blanca mujer tendida como difunta,
Y muestra en vivas manchas crudo arrebol.
Y el cadáver ficticio me desconcierta
Porque se me figura la Patria muerta,
Que con pintas de sangre se pudre al sol.

Se atenúa el uso del término Patria, fuera de los discursos oficiales y los procedimientos escolares, al ser la Patria, históricamente, el altar donde los patriotas han conducido sus vidas, sus esfuerzos, sus rechazos del desánimo. Ya a fines del siglo XIX no se extingue la voluntad de contribuir al mejoramiento colectivo, pero sí se atenúa el fluir de las metáforas donde las múltiples muertes voluntarias esmeran la noción de Patria.

Las peregrinaciones a la Patria… Véase la celebración del 15 de septiembre. El Presidente de la República o el gobernador o el presidente municipal o los embajadores de México en el extranjero, antes del reiterativo “¡Viva México!”, gritan “¡Vivan los héroes que nos dieron Patria!”, y esto, sin necesidad de explicaciones, es un acto inequívoco: la Patria es una idea y es una realidad que ya circulan en la historia. Y también, pierde su vigencia una expresión como “apátrida”, porque la carga del término se concentra en tiempos de la formación de la nacionalidad. Sin embargo, la expresión “vendepatrias” mantiene su sentido beligerante porque se aplica a quienes ponen en riesgo o propician la venta del patrimonio nacional. Los que quieren ofrecerle Pemex a las compañías extranjeras o los que insisten en poner en remate las playas son los “vendepatrias”, una expresión más al día que “traidores a la patria”.

Si cabe la explicación psicologista, ya a mediados del siglo XX, la Patria no consiente fácilmente la apropiación personal (se pasa del “Mi Patria” al “Mi país”), deja de ser el espacio de los ideales y la resistencia a los intentos de saqueo y expropiación y se vuelve la leyenda rotunda, el amplísimo recuento de las antiguas hazañas. En suma, la Patria, desde una perspectiva no verbalizada pero muy presente en los comportamientos, no es ni puede ser un concepto moderno.

* * *

Las alternativas crecen. La Patria es tan diversa como sus vástagos. En 1920 Ramón López Velarde publica un texto definitorio “Novedad de la Patria”

…Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una Patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa… nuestro concepto de la Patria es hoy hacia adentro. Las rectificaciones de la experiencia… nos han revelado una Patria, no histórica ni política, sino íntima.

La hemos descubierto a través de sensaciones y reflexiones diarias, sin tregua, como la oración continua inventada por San Silvino… Hijos pródigos de una Patria que ni siquiera sabemos definir, empezamos a observarla.

Pero “la Patria íntima” es ya un concepto intempestivo, en la medida en que no exige sacrificios sino el cultivo de la memoria y la sensibilidad que defienden y acrecientan los legados de la sencillez y la fe. Una Patria “hacia adentro” no puede prosperar en un ámbito acostumbrado a la elocuencia y la grandilocuencia, y eso lleva al poema definitorio de José Emilio Pacheco en 1969:

Alta traición

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosque de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
—y tres o cuatro ríos.

* * *

El 5 de marzo de 1960 la Revolución Cubana instaura su lema permanente: “¡Patria o Muerte Venceremos!”. Las circunstancias de México, muy distintas, no subrayan las alternativas drásticas, la Patria es respetable como símbolo de las generaciones pasadas. Venturosamente, el historiador Luis González propone un vocablo: la Matria, para darle realce a los sentimientos locales y las historias regionales. Allí se concentra el amor que es sobreprotector (en un sector cobra sentido la expresión “Padres de la Patria”, ya no aplicable a los legisladores) y ese amor es autobiografía sentimental o rencor nostálgico. Con las grandes migraciones, incesantes, las matrias retienen su papel fundamental, al ser memoria y, en el presente, inventario de lo que se ha dejado: familia, amigos, paisajes, costumbres, ganas de volver, deseos de solidaridad. La carga emocional que suscitaba la Patria se desplaza ya, con los cambios inevitables, a la Nación o, más exactamente a México, el nombre del país que acumula devociones y resentimientos, y al terruño, el origen que sienten más cercano los que están más lejos, circunstancia que ya no afecta a la segunda generación de migrantes.

Al ser de todos la Patria se distancia de cada uno. En cambio, México, en sus definiciones populares, es lo apropiable, la mezcla de hogar y tertulia amistosa, de lo protector y de lo protegible, de lo simbólico y de lo que se atestigua. Un poema de gran éxito durante décadas, Credo (1949), de Ricardo López Méndez, demuestra la conversión de la idea de México en un espacio hospitalario:

México, creo en ti
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.
México, creo en ti
porque escribes tu nombre con la equis,
que algo tiene de cruz y de calvario,
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los volados
con la vida, y a veces con la muerte.

La Nación

La primera noticia irrefutable de la Nación mexicana: según la tradición, en el siglo XVII el jesuita Juan Francisco López le entrega en Roma al papa Benedicto XIV una copia del cuadro de la Guadalupana de Miguel Cabrera, y le dice: “Beatísimo padre, he aquí a la Madre de Dios, que se digna también ser la madre de los mexicanos”. Al ver el óleo, el Papa se prosterna y exclama: “Non facit taliter omni nationi”, una variante del salmo 147, cuando el salmista le canta a Jehová o Yahvé: “No ha hecho esto con toda la gente”. No hizo igual con ninguna otra nación. Lo guadalupano entonces equivale a lo nacional, algo que perdura inflexiblemente hasta la llegada de la diversidad religiosa. Y por largo tiempo, la Nación mexicana es lo felizmente apropiable, la mezcla de hogar y tertulia amistosa, del ánimo protector y de la demanda de protección, de lo simbólico y de lo testimonial.

La segunda etapa de las apreciaciones de la Nación viene de las constituciones de la República (Apatzingán, la Constitución de 1857, las Leyes de Reforma, la Constitución de 1917). En este orden de cosas, una palabra clave que varía y siempre permanece es Pueblo, las mayorías que conforman a la Nación, la masa anónima, la gleba frustrada, la representación visual del país, el conformismo ancestral, la rebelión a las puertas, el sitio de residencia sentimental de las multitudes.

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La Revolución Mexicana impone el vuelco drástico: más que por la Patria se muere en defensa de la Revolución. Y sí se pone en duda el sentido de entregar la vida por una causa, por más noble que parezca, las atmósferas mismas de la lucha de facciones, de los caudillos, de las batallas, de las exaltaciones y las frustraciones, se vuelven en conjunto una causa. No se muere por la Revolución, se muere por vivir dentro de la Revolución. Lo inevitable, “el estar aquí en este momento”, se transforma en la gran obligación. Y en este sentido las migraciones son disculpas colectivas: “Me mudo de sitio y los ideales que tenga me los llevo conmigo”. Desaparecen los absolutos, en la narrativa por ejemplo, se censura a la Revolución: todo es lo mismo, los ideales nunca se alcanzan, los oportunistas triunfan, los idealistas son las víctimas que a nadie le importan. En Los de abajo de Mariano Azuela este proceso lo resume el personaje Solís, creyente hasta lo último en la lucha desinteresada, que exclama: “¡Qué hermosa es la Revolución aún en su misma barbarie!”.

En la Revolución, como fenómeno cultural, los símbolos y las realidades se intercambian, un relato del conocimiento y el desconocimiento de los símbolos se encuentra en una de las crónicas de El águila y la serpiente (1927) de Martín Luis Guzmán, que describe la notable provocación de Antonio Díaz Soto y Gama, zapatista, agrarista, que se subleva en la Convención Revolucionaria (1914) ante lo que considera la manipulación a través de los emblemas. Guzmán evoca ese momento:

En esta última parte de la oración quiso Díaz Soto unir el acto a la teoría, para lo cual, cogiendo la bandera mexicana que tenía al lado, la hizo objeto de múltiples apóstrofes y exclamaciones y preguntas retóricas.

— ¿Qué valor —decía, estrujando la bandera y recorriendo con la vista palcos y butacas—, qué valor tiene este trapo teñido de colores y pintarrajeado con la imagen de un ave de rapiña?

Nadie, naturalmente, le contestó. Él tornó a sacudir el lienzo tricolor y a preguntar, o exclamar:

— ¡Cómo es posible, señores revolucionarios, que durante cien años los mexicanos hayamos sentido veneración por semejante superchería, por semejante mentira?…

Aquí los militares convencionalistas, cual si fueran librándose poco a poco de la magia verbal del orador predilecto de Zapata, empezaron a creer que veían visiones, y, segundos después, vueltos del todo en sí, se miraron unos a otros, se agitaron, iniciaron un rumor y en masa se pusieron en pie cuando Díaz Soto, a punto ya de arrancar del asta la bandera —tamaño era su ahínco—, estaba dando cima a su pensamiento con estas palabras:

— Lo que esta hilacha simboliza vale lo que ella, es una farsa contra la cual todos debemos ir…

Cuatrocientas pistolas salieron entonces de sus fundas; cuatrocientas pistolas brillaron sobre las cabezas y señalaron, como dedos de luz, el pecho de Díaz Soto, que se erguía más y más por encima del vocerío ensordecedor y confuso. Flotaban principios, finales, jirones de frases; sonaban insultos soeces, interjecciones inmundas…

—Deje esa bandera, tal por cual…

—…Zapata, jijo de la…

—Abajo…, bandera…, don…

En aquellos instantes Díaz Soto estuvo admirable. Ante la innúmera puntería de los revólveres, bajo la lluvia de los peores improperios, se cruzó de brazos y permaneció en la tribuna, pálido e inmóvil, en espera de que la tempestad se aplacase sola. Apenas se le oyó decir:

—Cuando ustedes terminen, continuaré.

En el relato de Guzmán, como en el principio de los tiempos de la Independencia, la Patria vuelve a ser el Pueblo, lo anterior a las instituciones. La Revolución Mexicana, o simplemente la Revolución, sustituye en el discurso público y por un tiempo largo a la Patria y a la Nación. La Revolución permite y exige un adversario: el “Contrarrevolucionario”. Todavía en la década de 1950 se ataca por “reaccionarios” a los que critican a la Revolución Mexicana, de la ideología que sea; después, esta ofensa se contamina del desprestigio de los gobiernos.

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¿Cómo ubicar las diversas etapas de la Nación (el concepto y las realidades muy distintas que allí se albergan)? Es posible enumerar de modo muy sucinto los rasgos de los nacionalistas de cada etapa:

— El nacionalismo de los inicios, colmado de las primeras dudas y los orgullos inaugurales del país que transita de la mentalidad de los súbditos del Rey y la Iglesia a la de los pobladores de un país independiente. Es un nacionalismo que toma muy en serio las ideas de Patria, Soberanía, Orgullo Patrio y que defiende como si fuera su propia casa el territorio de lo que fue la Nueva España.

— El nacionalismo de los conservadores, todavía muy centrado en las nociones de hispanidad y colmado de las resonancias de un sistema teocrático.

— El nacionalismo de los liberales, cada vez más alejado de los ideales castizos y criollos, apremiado por la urgencia de ejercitar las libertades de pensamiento, de imprenta, de culto religioso, del Estado laico en suma. Su centro es la voluntad de ser libre, de habitar en una nación donde el proceso educativo marque las condiciones del avance.

— El nacionalismo de los ya no comprometidos con una ideología estricta, pero muy a gusto con la gana de poseer una psicología especial, la de mexicanos, y atenerse a esa psicología de modo constante.

— El nacionalismo revolucionario, cuya etapa de gran efervescencia ocurre entre 1920 y 1960, cuando a la Nación se le confieren las potestades de la lucha contra la desigualdad.

— El nacionalismo de la cultura popular y la industria cultural. En este sentido y para poner un ejemplo notorio, el compositor José Alfredo Jiménez sustituye adecuadamente al fervor por México-el país que se vuelve México-el sentimiento renovable a cada canción.

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Ya no se insiste en desafiar los procesos internacionales, no sólo por las desventajas obvias sino por la seducción que van acumulando los medios electrónicos y también, entre otras cosas, por la necesidad de actualizar los ritmos de la vida cotidiana y de atender los efectos de las migraciones a Estados Unidos. La americanización triunfa pero las comunidades populares, por mera sobrevivencia psíquica, “mexicanizan” la americanización, al menos por el espacio de dos generaciones.

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En 1938 al decretar el presidente Lázaro Cárdenas la Expropiación Petrolera, la consigna es: “La defensa de los recursos de la Nación”. Aparece la nación como propietaria y los ciudadanos como socios de esa gran empresa. Y no obstante esa sociedad en comandita, los políticos ya no se dirigen a los patriotas sino a los mexicanos (resulta una excentricidad el uso de “Compatriotas” en las arengas de Ernesto Zedillo en el debate de 1994). Y tampoco se habla a lo largo de la Era del pri del “Hombre Nuevo”, forjado por la Revolución, un término presente en las epístolas de San Pablo que recobra la Revolución Soviética y más tarde, por intermediación del Che Guevara, la Revolución Cubana. A lo más que se llega es al patetismo del presidente Gustavo Díaz Ordaz en su IV Informe de Gobierno de 1968, en el mensaje político contra el movimiento estudiantil:

No sólo respetamos la libertad y su autonomía, sino las defendemos; pero no podemos admitir, que las universidades, entraña misma de México, hayan dejado de ser parte del suelo patrio y estén sustraídas al régimen constitucional de la Nación… La meta es formar hombres, verdaderos hombres, a la vez libres y responsables.

Díaz Ordaz no menciona a las verdaderas mujeres, ni se le ocurriría hacerlo porque así lo demanda la tradición de las exclusiones. (Sólo en fechas recientes en las discusiones y los textos sobre la Nación intervienen las mujeres.) Pero ni Díaz Ordaz ni sus antecesores o sucesores, se proponen un diálogo genuino con la Nación, que ha perdido el rango de interlocutor. Toma la palabra el gobernante y la repercusión de su voz la confirma la insignificancia que se le atribuye a las voces disidentes (exclama el presidente Adolfo López Mateos: “En México no hay presos políticos, sólo delincuentes del orden común”). En sentido casi literal el Primer Mandatario se considera la Nación, aunque de modo casi literal tal vez Díaz Ordaz sea el último que en eso cree. En su texto “El Presidente” (1961), Jorge Hernández Campos lleva a la poesía al monólogo del que reemplazó a la Nación:

Yo soy el Excelentísimo Señor Presidente
de la República General y Licenciado Don Fulano de Tal.
Y cuando la tierra trepida
y la muchedumbre muge
agolpada en el Zócalo
y grito ¡Viva México!
por gritar ¡Viva yo!…

Después del 68 los gobernantes se consideran el centro de las instituciones pero ya no la Nación, en el sentido estruendoso que se apaga con Díaz Ordaz. Difusamente otro concepto interviene cuya significación se acrecentará: Democracia, para cada vez más personas el complemento indispensable de la Nación, la dotación de sentido del Pueblo. El adjetivo se va volviendo indispensable: “Nación democrática”, a lo que se resisten los regímenes del Partido Revolucionario Institucional, el grupo que cree ser durante siete décadas la esencia del país.

* * *

A partir del gobierno de Miguel Alemán Valdés las técnicas más eficaces en política, o que así se consideran, son las de la publicidad. Los slogans no sintetizan las ideologías, pero, según los publicistas de los regímenes, son todo el bagaje conceptual que se requiere. Alemán Valdés hace que, en grandes carteles se le declare el Primer Obrero de la Patria, y el presidente Adolfo Ruiz Cortines se especializa en las consignas, que son toda la información que se necesita: “Un solo camino: México/Todas las libertades menos una, la libertad de acabar con las demás libertades/La marcha hacia el mar/Al trabajo fecundo y creador”. Adolfo López Mateos aún confía en el tono oratorio y la publicidad le resulta un elemento poco vibrante; sin embargo, no se abstiene de algunos slogans del tipo de “Soy de izquierda dentro de la Constitución” (cuando la derecha, desde las posiciones de la Guerra Fría, lo hostiga ferozmente, López Mateos se desdice: “A mi izquierda y a mi derecha está el abismo”). El presidente Luis Echeverría tiene una consigna lo suficientemente vaga para que signifique lo que a cada quien se le ocurra: “Arriba y adelante”. A partir de ese momento los slogans cambian cada semestre o mensualmente. Nadie tiene tiempo o ganas para leer los discursos enteros y es mejor depositar la ideología y los mensajes en las ocho columnas de los diarios y en el chisporroteo de las catch-phrases, que no comprometen la memoria pero allí están sustituyendo a los ya ilegibles Mensajes a la Nación.

El sentimiento nacionalista se ajusta a la visión que las mayorías y las minorías tienen de las mayorías. No desaparecen los condicionantes históricos y las viejas causas y convicciones, pero en lo inmediato el nacionalismo es ya un ritual de la memoria, que desplaza su fuerza movilizadora al deporte, el espectáculo, el desmadre (la espontaneidad como reflejo condicionado). A fin de cuentas, lo irreductible, los cambios y las lealtades del sentimiento nacionalista. De un nacionalismo multiclasista, folclórico, adecentado y de cauces paternalistas, se transita a otro, casi exclusivamente popular, rijoso, obsceno, desconfiado, desencantado, cínico, admirador de la tecnología, centrado no en la unidad política sino en el traslado casi íntegro de la Nación a la esfera de la vida cotidiana tal y como la concentra el habla. (Un vocabulario básico como guardián de la memoria.) En la mudanza permanecen las señales históricas: la ideología de un fervor masivo reactivado con efemérides, símbolos y estatuas/ el juego entre la presunción de unos instantes y la resignación del resto del tiempo/ la conformidad ante la psicología inventada que se sabe falsa pero se desea verdadera. El nacionalismo anterior a la fe en la sociedad civil depende de la metamorfosis de las raíces históricas y del ocaso de cualquier tradición ajena a la “continuidad de la especie”. Si lo anterior es falso en gran parte, no evita el ánimo que —con tal de ahorrarse problemas— concentra a México en un jingle, en una frase dirigida a don Benito Juárez, en un chiste malamente memorizado y actuado: “¡Qué buena estás, mamacita!/ San Felipe bendito, cuida a mis animalitos./ No me voy, me llevan./ La Mexicana Alegría/ Mexicano tú puedes/ Que chingue a su madre el que me oiga, el que no me oiga y el que se haga el disimulado.”

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En tanto ideología de la superioridad o de la singularidad, el nacionalismo es gran limitación que nunca desaparece del todo porque no hay un reemplazo convincente. Un país vecino de los Estados Unidos requiere de una política defensiva de movilización psicológica y cultural, lo que es por largos años el nacionalismo, el pacto renovado a diario entre una sociedad y la identidad que le pertenece en exclusiva. Al imponerse las exclusiones del neoliberalismo, se comprueba: si en México no prescinde del nacionalismo se debe al recelo orgánico de las clases populares a las mitologías del ascenso, y porque el nacionalismo ha facilitado el tránsito del semifeudalismo a la modernidad. (“Al fin y al cabo seguimos en México”.) Hoy, gran parte de la literatura, las artes plásticas y el teatro, han regresado a los temas nacionales que se imponen a la ideología, eliminados los elementos defensivos y chovinistas. No hay de otra: uno goza los productos norteamericanos, pero la identificación con ellos no incluye el abandono de las circunstancias específicas.

Si apariencia es destino, sí que cambia el rumbo del nacionalismo y de los nacionales en los últimos cuarenta años. Se modifican el aspecto, el habla, los códigos valorativos, la relación con la familia y el entendimiento de la ética y de la moral, aunque persisten, no sin transformaciones, la reverencia a los rituales, las formas de pertenencia a las comunidades, el fervor esporádico por México (el concepto como seguro de vida o, mejor, como hallazgo del punto de partida). Se equilibran la revolución del comportamiento, el pragmatismo que se deja ver como relajo o cinismo, y una expresión resume el proceso: sociedad de masas, esa explosión demográfica que imposibilita los antiguos métodos de control, pero no evita la puesta al día de la represión. Se pierde gran parte del influjo de la Iglesia católica sobre las sociedades, y el paternalismo (estrategia familiar, religiosa, política y corporativa) es fórmula cada vez más fallida de gran costo político, económico y moral. El nacionalismo tradicional es ya un happening que convierte en ideología emocional el peso de lo vivido y lo imaginado. (Las excepciones notables los símbolos religiosos y algunos fenómenos culturales.)

La Modernidad y la Tecnología

A lo largo del siglo XX, pero sobre todo a partir de la década de 1960, al establecerse ya primordialmente el criterio de la modernización, las clases gobernantes no cesan de preguntarse: ¿Por qué las clases populares siguen creyendo en México como si eso fuera cierto? ¿Por qué se aferran a sus aficiones y manías? ¿Por qué se reproducen con tal vehemencia? ¿Por qué insisten en su variedad de localismos? Si en el periodo de 1920-1960, el nacionalismo es, en algún nivel, el lenguaje compartido de todos los sectores, ya en 1968, si se quiere una fecha ritual, a la elite le fastidia el comportamiento de las masas, tan pasmadas en sus predilecciones.

Ya en la década de 1970 —de nuevo para poner fechas— las mayorías se transportan de la ilusión de constituir la esencia del país al orgullo del anonimato y la estrategia de cambiar anímicamente de clase social mediante la movilidad tecnológica o cultural. El nacionalismo de las masas ya no pretende ignorar las jerarquías del capitalismo, aunque todavía, ante el orden que las excluye, las masas se declaran de mil maneras la única nación real, la antagónica a la falso o inaccesible de políticos y burgueses. Y si los de Arriba quieren ser cada día menos mexicanos (“No renuncio a lo que han sido mis ancestros, simplemente me acuerdo de esa herencia en las ocasiones especiales”), los de Abajo reconvierten sus tradiciones (casi todas), su habla, su modo de interactuar, y aunque sigan sintiéndose sólo eso: mexicanos, sus definiciones del gentilicio son distintas, ya intervienen en gran medida la gana de modernizarse, la trivialización de las lealtades, el uso de la parodia, el juego de espejos (“Este que estoy viendo se me parece mucho pero por el aspecto es más moderno que éste que lo ve”).

Y todo se dispone para la época, inaugurada en la década de 1990, de los talk shows y los reality shows, donde las personas se reintegran a la comunidad por la vía del protagonismo, donde había unidades de interés social retornan con otro criterio las vecindades; donde estaba la timidez y el pudor tradicionales aparece el entierro del Qué Dirán. (La Nación de todos los días hace strip-tease ante los aparatos televisivos). También, la pasión avasalladora por el futbol soccer, traslada, y el fenómeno es planetario, la sede de las emociones colectivas al equipo que representa a México. La Nación que resulta de este fervor se colma de fanatismos a la medida, de conversaciones interminables, de seguimiento de la prensa y la televisión deportivas y, luego, abandona este suelo patrio instantáneo al ocurrir la derrota.

La intimidad tan conocida, aquella que míticamente sólo se rompía en el momento de la Fiesta, “cuando el mexicano se abría al mundo”, deja de ser lo prevaleciente. Por más que no se diga o que se oculte tras los discursos y las polémicas sobre la Identidad, las personas reconstruyen su sitio en la sociedad acudiendo a la sinceridad que es la autobiografía en la punta de la lengua (“Si no había contado mi vida antes, es porque no tenía una cámara de televisión a mi alcance”). En los talk shows brotan las revelaciones del adulterio o del desastre matrimonial o de los problemas para aceptar las conductas anómalas o de los nuevos oficios (strippers, table dancers). Los talk shows y los reality se extienden a la vida social, con énfasis contagioso que convierte las reuniones o los encuentros casuales en hechos televisivos. Ya para ese momento, en la perspectiva del registro de comunidades o multitudes, viene a menos el Pueblo y es la hora de la Gente, el corporativo al que se pertenece pero al que siempre se menciona con distancia: “La Gente la pasó de maravilla/ Eso le va a gustar mucho a la Gente/ La Gente está furiosa con el gobierno”. Por regla general, en el corporativo La Gente no tienen cupo los de Arriba.

La pesadilla mayor de la clase gobernante es la existencia de cien o ciento diez millones de compatriotas a los que jamás se podría invitar a cenar; por eso, los globalizados de primera localizan el antídoto de la pesadilla en su creencia: los medios electrónicos nos liberan de preocuparnos por el control de las masas, la Gran Hipnosis de los medios electrónicos hace de la fiera del millón de cabezas un solo, devoto espectador. Los hechos no avalan la ensoñación oligárquica, y al término de su función de público absorto, la Gente recobra su poderío expresivo y se torna, sucesiva o simultáneamente, violencia, rencor, abandono, codicia, solidaridad, nobleza, egoísmo y apretujamiento cómico o melodramático. La Nación se fragmenta y su dispersión es el mayor signo de vitalidad o, también, el olvido de las acciones conjuntas.

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En los tiempos recientes, cuando el país es un término más usado que nación, la referencia entrañable es “México”, porque la palabra dispone de la carga histórica o sentimental que le conviene a quien la use, según sus conocimientos y el manejo de su experiencia. Si “¡Viva México!” es una expresión con frecuencia muy hueca o sin otro sentido que proclamar el ánimo de fiesta, la referencia al amor a México siempre va acompañada del “no ignoro sus limitaciones”. A los excluidos de los beneficios del capitalismo salvaje, la comunidad en donde circulan les resulta la única nación real, la de los viajeros que no lo hacen por placer, y la de los sedentarios porque no les queda otra. (Los de la minoría dominante sólo vuelven al gentilicio mexicano en las ocasiones afectivas, ante un gol, una canción, una fiesta, un desastre amoroso, una indignación moral y política.) La Gente, ni modo manito, sólo es eso, mexicanos, aunque ya tal condición exige un acercamiento en detalle, así por ejemplo, los jóvenes de clases populares pueden ser, entre otras variantes, colono popular, costurera, capturista de datos, burócrata, técnico en electrónica, activista de ONG’s, profesionista, ama de casa, empleado de Banco, vendedor en la calle, sexo-servidora, narcominorista, cholo, punk, desempleado, subempleado.

No obstante la sujeción al tótem (el poder adquisitivo), millones extraen diversión del consumo marginal y por eso soportan películas lamentables, chistes inmunizados contra la risa, anotaciones racistas sobre lo popular. En los espejos distorsionados del “ser nacional”, cada quien se contempla como le da la gana, y lo que emociona no son las conclusiones sino el hecho mismo de ejercer la mirada. Luego, el auge del DVD, y la piratería consiguiente, imponen otro gusto, que desplaza a los productos nacionales y americaniza a fondo el consumismo. Los efectos especiales devienen la milagrería que casi hace a un lado el culto a las reliquias.

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Al irse desvaneciendo las ilusiones del avance social, al cundir el fatalismo de clase, las esperanzas depositadas en la nación se transforman en lo que podría llamarse “el orgullo negativo”, la sensación de que por lo menos nadie nos gana en el camino del desastre. Al principio, este orgullo se concentra en la ciudad de México, la más contaminada, la más insegura, la más aglomerada, la campeona en la demografía. Luego, por razones evidentes, este orgullo de la catástrofe se desplaza al país entero como lo demuestra un e-mail que llegó a circular en febrero de 2010.

— Último lugar a nivel educativo de entre 57 países, según la Organización para el Desarrollo Económico.
— Lugar 95 de entre 146 países en protección ambiental.
— Obesidad: 1er lugar mundial en adultos, 2do lugar en niños.
— Segundo lugar en delitos cibernéticos.
— Tercer lugar mundial en maltrato a menores.
— Primerísimo lugar en secuestros.
— Somos el país sin guerra con más muertes diarias.
— Ciudad Juárez, Chihuahua, acaba de ser orgullosamente reconocida como la ciudad más violenta del mundo.
— Ocupamos el lugar 110 de 134 en eficiencia laboral.
— Tercer lugar a nivel mundial en piratería de videojuegos, películas y software.
— 6to lugar en agresiones en contra de periodistas.
— 6to lugar a nivel mundial entre los países con mayor presencia de crimen organizado.
— Primer lugar en delincuencia con violencia.
— Medallas olímpicas
1) USA – 2571, 2) Rusia – 1204, 3) Gran Bretaña – 736, 4) Francia – 719, 5) Alemania – 689, 6) Italia – 622, 7) Suecia – 593, 8) Hungría – 465, 9) Australia – 438. En el lugar 42, México con 55 medallas.

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Dejo al final un hecho omnímodo: el encumbramiento del fenómeno que sitúa de nuevo al planeta y potencia a la vez en cada país al individualismo y a los deberes comunitarios. La tecnología es, de modo categórico, la religión incontenible del siglo XXI, que a diario le revela a los usuarios sus ineficiencias mientras se ejercitan crecientemente las destrezas. Persisten los debates sobre la identidad, y los valores nacionales, todavía se enfrentan los nacionalistas y los cosmopolitas, pero la tecnología modifica las mentalidades y, también, las ideas de Patria, Nación y Gente. A la lucha de clases, que dista de haber terminado, se agregan las consecuencias del abismo digital.

Autor: Carlos Monsiváis†, Coordinador del Taller del Libro de la Dirección de Estudios Históricos del INAH durante los últimos ocho años, de quien recuperamos este texto inédito que publicamos de manera póstuma.

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