Emma Rivas Mata y Edgar Gutiérrez López, Cartas de las haciendas. Joaquín García Icazbalceta escribe a su hijo Luis, 1877-1894, México, INAH (Sumaria: Historia), 2013.

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DA63R3Este libro es el resultado de una combinación afortunada de diversos factores. Por un lado se encuentra el profundo interés que Emma Rivas Mata y Edgar Gutiérrez López han mostrado desde hace varios años por estudiar la vida y obras de Joaquín García Icazbalceta, lo cual los ha llevado a adquirir un conocimiento bastante profundo de este personaje, a través de la búsqueda y acopio de numerosos materiales con los que han ido mostrando las diversas facetas de su obra. Esta labor los puso en contacto con los descendientes de don Joaquín, quienes apreciaron este interés y la calidad de sus trabajos, permitiéndoles la consulta de diversos materiales que aún se conservan en poder de la familia.

De esta manera llegaron a sus manos las 333 cartas que integran este libro, un material riquísimo que seguramente no habría podido darse a conocer sin la conjunción de estos factores. Como testigo cercano del proceso de formación de este trabajo, puedo asegurar el enorme entusiasmo que les provocó tener acceso a este material y el sumo cuidado con que se dieron a la tarea de leer y paleografiar las cartas. Se trata de un trabajo muy detallado y minucioso que, gracias al conocimiento previo que ellos tenían de buena parte de la correspondencia que García Icazbalceta había sostenido con diversas personas, les permitió conformar un cuadro mucho más completo de la personalidad del autor. El estudio introductorio y las numerosas y extensas notas que encontramos a lo largo del texto nos permiten comprender mucho mejor el contenido de estas cartas que don Joaquín escribió a su hijo Luis, y que éste y sus descendientes conservaron con gran aprecio.

Gracias al trabajo de ambos investigadores, ahora también nosotros podemos enterarnos, a través del contenido de esta correspondencia, de diversos aspectos relacionados no sólo con la producción y el manejo de dos importantes haciendas azucareras ubicadas en el estado de Morelos, sino con una gran variedad de temas: desde las indicaciones sobre la manera en que debía vigilarse la administración de estas fincas hasta los diversos consejos y recomendaciones que un padre da a su hijo para que pueda hacerse cargo de los negocios familiares cuando él ya no esté.

Uno de los aspectos que más llama la atención al leer esta correspondencia son los amplios conocimientos que tenía don Joaquín en todo lo relativo a las cuestiones del campo, así como el cuidado y minuciosidad con que supervisaba todos y cada uno de los procesos de la producción del azúcar, desde la preparación del terreno para la siembra de la caña hasta la distribución y comercialización del producto.

Si bien don Joaquín ha sido ampliamente conocido y apreciado por sus dotes de bibliógrafo e historiador, después de leer esta correspondencia resulta admirable cómo podía darse tiempo para realizar estas tareas cuando tenía que atender personalmente los requerimientos de una empresa como la que había establecido en compañía de sus hermanos.

Desde luego, esta realidad contrasta con la imagen difundida en algunas obras acerca de que los hacendados vivían tranquila y cómodamente en la ciudad, dejando sus propiedades al cuidado de los administradores y dedicándose únicamente a gastar un dinero que les llegaba casi sin ningún esfuerzo. Después de leer esta correspondencia y comprobar el cúmulo de trabajo y obligaciones que tenían, a uno ya no se le antoja tanto haber sido un rico hacendado mexicano de finales del siglo XIX, o por lo menos no del tipo de los García Icazbalceta.

La descripción pormenorizada que se da de los diversos aspectos relacionados con la marcha de las haciendas, sobre todo en los primeros años de esta correspondencia, obedece al deseo de don Joaquín de preparar a su hijo lo mejor posible para el momento en que tuviera que enfrentar solo todas estas obligaciones. Los conocimientos tenían que irse adquiriendo con la práctica, y don Joaquín y sus hermanos eran buena muestra de ello. Todos comenzaron a trabajar desde muy jóvenes en la empresa familiar, pues en tanto él desde los once años ayudaba a su padre en las labores del almacén, sus hermanos mayores se encargaban de las haciendas y todos trabajaban bastante para hacer prosperar el negocio familiar. Esta cultura del esfuerzo les fue inculcada desde pequeños y permaneció con ellos durante toda su vida. Por eso en estas cartas don Joaquín se preocupa por transmitir a su hijo esos valores del trabajo constante, la honradez, la vida ordenada y cómoda pero sin ostentaciones ni lujos, y la importancia de las inversiones seguras para no correr riesgos innecesarios.

El papel fundamental que juegan los lazos familiares en el funcionamiento de muchos de los negocios en esa época se ve claramente reflejado en la correspondencia, especialmente cuando don Joaquín hace referencia a una compañía comercial que Luis decidió emprender fuera del ámbito familiar. En ella se perciben los numerosos problemas y disgustos que la firma de García Icazbalceta Hermanos tuvo que enfrentar durante el periodo en que esta sociedad se hizo cargo de la comercialización de los productos de sus haciendas, labor que ellos siempre habían realizado personalmente y con mucho mejores resultados en cuanto a ganancias y seguridad.

Desde luego, el hecho de manejar los negocios en el ámbito familiar no siempre resultaba fácil y en las cartas se pueden apreciar las dificultades que don Joaquín tenía a veces con su hermano Lorenzo —posteriormente, y con mucho mayor frecuencia, con su yerno, Juan Martínez del Cerro— por la diferencia de opiniones y puntos de vista sobre diversas cuestiones.

A pesar de que don Joaquín tenía la mayor responsabilidad en lo referente al manejo de las haciendas, siempre consultaba sus decisiones con Lorenzo, por ser el hermano mayor y jefe de la familia, y con Luis, por ser quien se encargaría de ellas en el futuro. Normalmente ambos estaban de acuerdo con sus planes y sugerencias, ya que él tenía mayor experiencia en el manejo de esos asuntos.

En las cartas se puede apreciar el interés de don Joaquín por introducir en las haciendas todas las mejoras posibles y adoptar nuevas tecnologías que le permitieran aumentar la producción y mejorar la calidad del azúcar. También se puede apreciar que la introducción de estas mejoras no fue un asunto sencillo, pues tenía que luchar contra la oposición de su hermano Lorenzo a causa de los fuertes gastos que implicaba, con la de los administradores que no siempre aceptaban de buena gana las innovaciones, y además con los problemas de adquirir en el extranjero o mandar a hacer en el país la maquinaria que hacía falta, por no hablar de todas las dificultades para instalarla en las haciendas y lograr que funcionara adecuadamente. A pesar de todo esto, su interés por mejorar y modernizar sus propiedades lo hacía vencer los diversos obstáculos, y a la larga le rendía buenos frutos.

Por otra parte, aunque siempre señala que su permanencia en las haciendas era sólo por cumplir con su obligación, se puede apreciar a lo largo de la correspondencia que disfrutaba algunas de las actividades que realizaba ahí, además de que le gustaba supervisar personalmente el funcionamiento de los diversos procesos requeridos por la producción del azúcar, desde el cultivo de la caña hasta la elaboración y almacenamiento de los productos finales: azúcar, miel y aguardiente. Y aunque casi siempre se quejaba del mal aspecto del azúcar, se preocupaba por mejorar estas deficiencias y cuidar de la calidad y el prestigio de sus productos, que eran bastante buenos y en diversas ocasiones ganaron premios nacionales e internacionales.

A pesar de ser una persona bastante moderada en los gastos y de recomendar siempre hacer las cosas con economía, no escatimaba cuando se trataba de mejorar la producción de los campos o la elaboración de los productos de las fábricas, pues lo consideraba una buena inversión para el futuro, cuando su hijo y demás descendientes fueran los encargados de su manejo.

En relación con las actividades a las que se dedicaba la familia, en una carta señala al hablar de negocios de carácter más especulativo, como por ejemplo la compra de acciones del ferrocarril, que dichos negocios no son para ellos, pues su profesión es “[…] rascar la tierra y aumentar poco a poco nuestro capital, con trabajo y economía. A ti te gustan esos golpes de fortuna y por eso te inclinas más al comercio que a la agricultura […]”, lo cual nos hace suponer que Luis tenía un espíritu más emprendedor y arriesgado.

Sin embargo, a pesar de que a veces expresaba algunas dudas respecto a la forma en que Luis llevaba sus negocios particulares y a la inclinación que mostraba por ciertas actividades, que implicaban un riesgo mayor de lo que a él le parecía prudente, siempre respetaba sus decisiones y lo dejaba comprobar por sí mismo el acierto o fracaso de las mismas. Esta actitud, unida a los diversos consejos y advertencias que le daba constantemente, así como al que siempre le marcó, rindieron buenos frutos y Luis se convirtió en un propietario exitoso y dinámico.

La información contenida en estas cartas no permite hacer cálculos sobre qué tan productiva resultaba esta actividad; sin embargo, proporciona algunos datos interesantes, por ejemplo que para el año de 1879 la utilidad obtenida por los productos de las haciendas llegó a 70 mil pesos, lo que representa una ganancia bastante apreciable y muestra que se trataba de un negocio redituable.

Además de la información referente al funcionamiento de las haciendas, el contenido de las cartas nos permite conocer mejor la personalidad de don Joaquín y acercarnos a su vida cotidiana, a sus preocupaciones y a la manera en que enfrentaba sus responsabilidades a pesar de los obstáculos y del frecuente desaliento que lo invadía. Al tratarse de cartas destinadas a su hijo, con frecuencia lo hace partícipe de su estado de ánimo, y en muchas de sus reflexiones se puede observar el desencanto y falta de interés con que tenía que enfrentarse a sus actividades cotidianas. Sin embargo, su sentido del deber se imponía sobre las demás consideraciones y la firmeza de su carácter le permitía seguir adelante a pesar de las dificultades.

La claridad y amplitud con que García Icazbalceta se expresa en las cartas permite imaginar detalladamente algunas de las situaciones que describe, y por momentos da la impresión de que conocemos personalmente a don Febronio, administrador de la hacienda de Tenango, o a don Gregorio, que estaba al frente de la de Santa Clara. También podemos apreciar la forma en que se trabajaba en las tareas de los campos de caña, o asistir al proceso de la molienda y al desembroque de algunos panes de azúcar. En fin, con sus detalladas descripciones, estas cartas permiten entender de manera más cabal la forma en que funcionaban los negocios, la familia y las relaciones sociales, desde el punto de vista de un propietario e intelectual que amaba mucho a su país, pero que no por eso dejaba de observar sus defectos y carencias, así como de sugerir algunos remedios.

Autora: Rosa María Meyer Cosío, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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