Gian Gaspare Napolitano, Una missione fra i Seris, Rimini, Sabinae, 2009.

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DA49901El texto que a continuación reseñamos fue publicado en ocasión de la exposición fotográfica I colori della magia di Gian Gaspare Napolitano, que tuvo lugar del 19 de abril al 18 de mayo de 2009 en el Museo Nazionale Preistorico Etnografico Luigi Pigorini; se compone de 122 páginas, sin índice y contiene un prefacio.

Gian Gaspare Napolitano fue periodista, fotógrafo, corresponsal de importantes periódicos, escritor y documentalista. En la exposición se pudieron apreciar las mejores fotografías que Napolitano realizara a propósito de dos viajes: uno a México, en que se ocupó de retratar y describir a los seris; otro a América del Sur, aun cuando el texto no menciona exactamente qué lugar visitó el periodista.

Una missione fra i seris es la narración en primera persona de las memorias de viaje de este joven periodista siciliano, quien por un azar del destino se unió a una misión etnográfica italomexicana que tuvo lugar en 1933. El texto, de agradable lectura, da una idea de cómo pudieron haber sido estas primeras expediciones etnográficas, pues narra los preparativos, el viaje desde la ciudad de México hasta la isla Tiburón (en el Golfo de California), los medios de transporte, las dificultades y los personajes encontrados que Napolitano supo bosquejar muy bien, aparte de los miembros que conformaron la travesía.

Desde nuestro punto de vista, los méritos de este trabajo pueden resumirse en dos puntos: a) ofrecer un bosquejo de cómo se realizaban entonces las expediciones científicas para conocer pueblos indígenas considerados “puros”; b) proporcionar algunos datos etnográficos de interés para los estudiosos de los seris.

La misión de la que formó parte Gian Gaspare Napolitano fue parte de un proyecto más ambicioso en el que participaron el Comité Italiano para el Estudio de las Poblaciones y el gobierno de México. El proyecto estaba conformado por estudiosos de ambos países y consistía en el estudio de distintas regiones de la República mexicana: Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Nayarit y la Isla Tiburón (esta última era el campo de estudio del grupo al que pertenecía Napolitano).

Los miembros italianos de la expedición a la Isla Tiburón eran el jefe de la misión, el especialista en estadística Corrado Gini, su secretaria Fausta Marzi y Gian Gaspare Napolitano; los miembros mexicanos eran el antropólogo Carlos Basauri y su esposa Teresa, el médico Luis Mazzotti, el agrónomo Jesús Bojórquez, un funcionario de la Secretaría de Agricultura que el autor menciona sólo por su apellido (Salazar) y dos estadounidenses que propiamente no formaban parte de la expedición, pero que como amigos de los series coadyuvaron a la aceptación del grupo expedicionario: los hermanos y guías Robert y Luis Thompson.

La idea que tenía Corrado Gini al llevar a cabo esta expedición era la de aplicar un método de reconocimiento y clasificación de los pueblos, mismo que en Europa había sido experimentado con gran éxito. Basados en este método, los investigadores censaron 164 indígenas en la Isla del Tiburón; la investigación se organizaba de la siguiente manera: en primer lugar el profesor interrogaba a los indígenas acerca de su nombre y los de sus antepasados hasta donde fuera posible, para reconstruir las genealogías de las diferentes familias; luego el antropólogo Basauri tomaba las medidas corporales de los miembros. Los cuestionarios contenían un centenar de preguntas que comprendían caracteres descriptivos, el color, datos fisiológicos, peso, estatura, color de cabello, abertura de los párpados, etcétera. Uno de los intereses centrales del doctor Mazzotti fue los tipos de enfermedades que más afectaban a estos indígenas. Por su parte, Teresa, la esposa de Basauri, se ocupaba de las mujeres y de la información acerca del embarazo, el parto, las menstruaciones; mientras Bojorquez intentó compilar un diccionario de la lengua seri.

Más allá de todos los episodios y aventuras vividas por un joven periodista en una misión de esta naturaleza en su experiencia con los seris, Napolitano reportó algunas informaciones de carácter etnográfico que pueden ser interesantes. En sus conversaciones con los indígenas el autor recopiló algunos mitos importantes, o fragmentos de ellos. En cierta ocasión un indígena le muestra a Napolitano cómo se hace el fuego invocando previamente la ayuda de las luciérnagas, y le explica que estos insectos inventaron el fuego cuando se apareaban y producían luz (p. 68). La misma persona cuenta este mito a propósito del origen de la noche:

[…] dicen los viejos, pero yo no lo creo, que antes de cada cosa, antes de los yoris (los blancos), antes de los otros indígenas, de los yaquis, de los papagos, habían un hombre y una mujer seris. Eran muy grandes, muy altos; no había otros hombres ni otras mujeres. Nada más que este hombre y esta mujer seris. Habitaban en el Tecomate, en la tierra firme, para allá […]. De aquel hombre y aquella mujer nacieron unos hijos, que se casaron entre ellos y así fueron seris. Ahora, en aquel tiempo, nunca era de noche, todo el tiempo era de día. Había también dos animales que eran puros seris. Existían también otras bestias: vacas, peces, aves, pero no eran seris, no eran animales de los seris. Nuestros eran el coyote y el tejón. Estos eran propiamente seris, hablaban la lengua seri, no eran como los otros, eran amigos de los seris. Estos dos animales se entendían muy bien entre ellos, eran amigos. Siempre bromeaban, hablaban, y así pasaban el tiempo, y un día el tejón le dijo al coyote: ‘Grita voy a hacer la noche’ El coyote no le creyó, no quería creerle, y empezó a burlarse de él. ‘¿Pues que vas a hacer tú?’. El tejón se enojó y respondió: ‘sí que puedo hacer la noche!’, dijo. Y tomó una bolsa y la tiró al aire, y se hizo noche. La bolsa estaba llena de tinieblas. Se hizo noche y el coyote se espantó y huyó hacia el monte, a la sierra a los cerros. Se hizo salvaje el coyote, ya no fue serio. El tejón cavó un hoyo y se escondió bajo la tierra. Cada vez que llega la noche, el coyote se acuerda de aquella vez, tiene miedo y grita mucho (p. 69).

En otra ocasión el autor se aventuró, junto con Gini y algunos seris, al interior de la isla para explorar algunos montículos de piedras. Los seris no saben o no quieren explicar qué son o qué significan estos montículos; sin embargo, mencionan la posibilidad de que sean las tumbas de unos gigantes que anteriormente habitaban la isla. Napolitano y el profesor sin vacilación deciden mover cada piedra de los montículos con la esperanza de encontrar algo debajo de ellos pero sólo encontraron algunos huesos de animales, lo que les hace suponer que, más que tumbas, los montículos serían altares.

En su narración, Napolitano muestra sumo interés en los conflictos políticos que entonces afectaban a la comunidad seri. Al parece un grupo de “jóvenes” mostraba cierta oposición a los “viejos” (el gobernador y el curandero), lo cual derivó en una rebelión que tuvo que ver con los albores de lo que fue un movimiento mesiánico. Napolitano registra que un joven llamado Ignacio Morales, de origen seri y de familia tradicional, se declaró dios después de haber descubierto que después de masticar la pulpa de un fruto llamado torate, se producía un jugo “embriagante que daba el olvido” (p. 81) Algunos miembros de la comunidad se unieron a Ignacio Morales, y uno de ellos, llamado Nacho Romero, declara a Napolitano que lo seris ahora estaban en la pobreza, pero gracias a un nuevo dios llegarían a ser ricos y a tener las cosas que tienen los blancos: sombreros, fusiles, botas. Así lo describe el autor: “Un día un dios hará bajar todas estas cosas del cielo durante la noche. Las dejará en la tierra con sus manos y los seris las encontrarán al despertar. Un dios les regalará a los seris automóviles, vacas, aeroplanos y trenes. Este día los yoris, chinos, japoneses y gringos serán destruidos, todos” (p. 82). Luego el mismo Nacho Romero le comenta a Napolitano que para ver a dios los seguidores de Ignacio Morales se reúnen en círculo y toman aguas de diferentes colores, y en un momento dado el jefe del grupo abre sus brazos y empieza a elevarse atravesando tres cielos. En el cuarto de los cielos se encuentra con dios. Ignacio entonces le dice a dios lo pobre que viven los seris y dios le promete las riquezas arriba mencionadas.

Siendo Una missione fra i seris la crónica de una expedición escrita por un no especialista en el tema indígena, el texto no es propiamente un trabajo antropológico ni etnográfico; pero pueden reconocerse ideas decimonónicas ya superadas desde hace tiempo que alentaron la expedición descrita. Una de sus preocupaciones centrales era la búsqueda de una “raza pura” que pudiera socorrer los estudios de evolución humana. Sin embargo, vale la pena conservar la memoria de estas grandes “misiones” (cabe recordar aquí que la expedición entre los seris era parte de un proyecto más amplio) y de estos primeros intentos científicos de conocer las poblaciones indígenas de México.

Además, los datos etnográficos ahí presentados podrían integrarse a las etnografías más recientes sobre seris, despejando quizá algunas dudas sobre ellos. Es importante mencionar que si bien el texto no es un trabajo antropológico, sí lo fue la expedición realizada a la Isla Tiburón, en la cual se recaudó importante información que se resguarda en el fondo Gini del Archivio Centrale dello Stato, junto con los datos y las fotos provenientes de las otras expediciones dirigidas por Gini. Además, en ese fondo se encuentran numerosas fotografías de seris tomadas por el mismo Napolitano, así como 72 placas en bromuro de plata atribuidas al fotógrafo estadounidense Edward Davis y tomadas entre 1922 y 1927.

Los resultados de la expedición nunca se publicaron y, al igual que las imágenes, se encuentran sin organizar en dicho archivo, esperando ser organizados para algún día ver la luz.

Autora: María Benciolini (Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM) y Arturo Gutiérrez del Ángel (El Colegio de San Luis)

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