FOTOGRAFÍAS DE ‘LA GENTE’ PROVENIENTES DE UN ÁLBUM PARTICULAR. SERIS EN BAHÍA KINO HACIA FINALES DE LOS AÑOS 30

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Este trabajo presenta una colección de 14 fotos recuperadas de un mercado de antigüedades en la ciudad de México. Las fotos provienen de un álbum personal y abordan la temática del pueblo seri en Bahía Kino a finales de la década de 1930. La colección nos parece valiosa por varias razones, quizás la más importante es que no existen muchas fotografías de los seris de esa época, pero también porque congelan un momento específico del grupo, el de la creación de cooperativas pesqueras en la costa. Además, nos interesa resaltar que los álbumes privados o familiares, contienen potencialmente fotografías de gran interés para los investigadores de temas sociales.

Los álbumes privados, testimonios de vidas en fotografía

No es un fenómeno reciente la comercialización de fotografías antiguas en mercados como los que se ponen los fines de semana en la avenida Cuauhtémoc, la famosa Lagunilla y la Plaza del Ángel en la Zona Rosa, todos en la ciudad de México. En estos lugares se pueden encontrar álbumes fotográficos que en principio se venden como una unidad, pero que al poco tiempo se comienzan a deshacer para ofertar las fotos “más interesantes”. A decir de los vendedores, son monetariamente valiosas las fotos de autor, las de “inditos”, tipos mexicanos, pornográficas, de personajes históricos, de niñitos muertos, o bien las de vistas de la República Mexicana, entre otras temáticas que se coleccionan. Si bien la historia de la fotografía en nuestro país está bien documentada, los álbumes privados son todavía una veta rica de información, ya que retratan la realidad de manera diferente a los fotógrafos de profesión. Los álbumes personales reflejan sutilmente la experiencia vital de quien toma la foto, mostrando sus intereses personales y captando su mirada interna; en cambio, el fotógrafo profesional inserta su trabajo, consciente o inconscientemente, dentro del pensamiento estético o científico del momento. Es decir, uno toma lo que quiere captar de la realidad para revivirlo con su propia mirada, y el otro capta ciertos aspectos que le interesan de la realidad pero pensando en el público que tendrá esas fotos ante sus ojos. Dentro de esta dicotomía se pueden insertar las fotos etnográficas de la primera mitad del siglo XX en México, las cuales respondían al canon de lo que era importante captar de los pueblos indígenas de la época.

Sabemos que el autor de las fotos que presentamos es un doctor que viajó por varios puntos del territorio nacional (como pudimos observar en varias de las fotos que formaban el conjunto de un álbum desvalijado), y quien, por cierto, aparece en una de ellas. Aunque retrata de cerca el rostro de la mujer seri —centrado particularmente en la pintura facial— no parece estar interesado en documentar la etnia y sus costumbres, ya que no existen en su colección imágenes que retraten escenas de la vida cotidiana o ceremonial, como sí abundan entre las fotografías tomadas por los antropólogos años más tarde. Más bien, parece recordar el momento de haber interactuado con ellas, tal vez con cierta maravilla y sorpresa pero sin abundar en la relación con “el otro”. Sin embargo, en gran parte de las fotos aparece el tema de las lanchas mientras eran construidas o reparadas. Esto nos induce a pensar que el fotógrafo quiso captar el momento de creación de las cooperativas pesqueras, lo que representaba, para la ideología de la época, la inserción de un pueblo indígena y marginado en la vida económica del México nacionalista, y por ende en la anhelada modernidad. En este sentido, podemos observar en las fotografías la visión probablemente de esperanza que el autor tendría al ser protagonista de la transición de un pueblo “arcaico” a un pueblo inserto en el sueño del “progreso”.

Sobre el andar de “la Gente”

De acuerdo con los primeros viajeros y misioneros de la época colonial, la desértica costa central de Sonora estaba habitada por grupos cazadores, recolectores y pescadores. Expedicionarios tales como Cabeza de Vaca, Ulloa, Alarcón e Ibarra dan algunos datos sobre la ubicación y calidad de estos grupos nómadas, aunque es muy poca la información que dichas fuentes proporcionan. Sin embargo, se sabe que no eran un solo grupo unificado como se los conoce hoy en día bajo el nombre de seris, sino varias bandas diferenciadas.

La historia oral seri distingue seis o siete bandas semi-territoriales y políticamente independientes, algunas de las cuales diferían entre sí en cuanto a sus dialectos y rasgos culturales.1 Dicho sistema de bandas perduró hasta el siglo XIX cuando, diezmados por las frecuentes persecuciones y enfermedades, pasaron a formar un solo grupo, reconociéndose a sí mismos como Comca’ac (la gente). El territorio por el que se movilizaban estas bandas se extendía desde la desembocadura del río Yaqui, al sur, hasta la del río Concepción al norte. Por el este alcanzaba las márgenes del río San Miguel, y por el oeste la costa, incluyendo la Isla Tiburón.

Dado las desérticas condiciones ambientales, la movilidad era la estrategia de subsistencia elemental para aprovisionarse de los recursos básicos mediante la recolección, la caza y la pesca. De este modo, trasladaban periódicamente sus campamentos a lo largo de territorio que ocupaban con la finalidad de obtener los recursos disponibles especialmente del rico litoral y de las zonas intramareales que existían entre el desierto y el mar. Cuando maduraba la pitahaya y otros frutos del desierto se alejaban de la playa y establecían sus campamentos cerca de los aguajes para recolectar, cazar y obtener materiales para sus habitaciones y otras necesidades. Para la habitación solían utilizar abrigos rocosos, cuando disponían de ellos, o bien, especialmente en la playa, paravientos o chozas. Estas últimas eran enramadas de ocotillo al que se le agregaba cualquier tipo de ramaje, formando una especie de glorieta. Podían durar varias ocupaciones durante meses o años. Es posible ver estas enramadas en varias de las fotografías aquí presentadas, ya que continuaron haciendo el mismo tipo de construcción hasta comienzos del siglo XX, momento en que reducen su movilidad y empiezan a establecerse de manera permanente. Incluso en la actualidad muchas familias siguen viviendo en enramadas de ocotillo, reforzadas a veces con chapas o cartones.

La familia extensa era el centro de la vida social seri. Existían costumbres de intercambio de obligaciones que estaban asociadas con el complejo sistema de parentesco. Los bienes materiales y la comida, cuando estaban disponibles, debían ser compartidos con miembros específicos de la familia extensa, quienes estaban obligados a devolver el tipo opuesto de bienes. Otro tipo de intercambio correspondía al sistema amák. Éste consistía de “diversos roles que eran puestos en práctica en ciertos contextos donde podía haber peligro sobrenatural”.2 Cada familia tenía otra familia que era su amák, cuyo deber era hacerse cargo de las fiestas de pubertad y de los entierros de la primera familia. En los entierros, el amák se ocupaba de enterrar al muerto junto con sus posesiones más personales. El resto se convertía en propiedad del amák quien estaba obligado a devolver el equivalente a la familia del difunto. Este intercambio eliminaba el poder espiritual que contaminaba las posesiones del difunto desde el momento en que éste moría.3

Tanto hombres como mujeres usaban pintura facial y corporal, como podemos ver en varias de las fotografías. Según Xavier,4 algunos diseños eran pintados sobre el rostro para protegerse de ciertos peligros como “los malos sueños, o la “gente pequeña” que vive en las montañas y cuyas flechas invisibles causan enfermedad y dolor”. De igual modo, hay diseños curativos como la realización de un cuadrado en cada mejilla de un niño para calmar el insomnio y el llanto. Otros diseños prescriptos por el haaco cama5 o chamán a una mujer para asegurar la buena salud de su futuro niño corresponde a una cruz y dos líneas horizontales en la parte alta de cada pecho; a su vez, pintar una cruz sobre el área afectada de un paciente le aliviaría el dolor.6

Para los seris, los cantos constituyen una parte fundamental de su vida cotidiana. Se han identificado diferentes géneros de cantos: cantos de los gigantes (asociados al mito de origen), cantos de victoria (asociados al espíritu del enemigo muerto), cantos de luto (o de entierro), cantos de haaco cama o espirituales que cantaban para recibir los poderes del espíritu de la planta, de un animal, del desierto o del mar, cantos de las cuevas (zaaj ihahóosit), los cuales eran cantados a las grutas para que se abrieran y dieran salida a los espíritus, etcétera. Tales cantos eran obtenidos de las entidades espirituales con las que se comunicaba el iniciado y eran consideradas como el habla de los espíritus. La búsqueda de poder espiritual o Heecot coom era una práctica altamente individual y para ello era necesario aislarse y permanecer en ayunas durante cuatro días en una cueva, en una ramada en la orilla del mar o en la cima de una montaña.7 Si el iniciado tenía éxito, el espíritu que se contactaba con el iniciado le enseñaba la canción, la cual debía cantar para invocar al espíritu en el futuro.8 De este modo, los cantos que se recibían de los espíritus constituirían la herramienta fundamental por medio de la cual el Haaco cama lograría articular las potencias espirituales con el fin de curar, calmar el mar embravecido, tener suerte en la caza, etcétera. Las canciones eran y siguen siendo fundamentales en su vida cotidiana, no sólo como pasatiempo sino sobre todo como mecanismo de comunicación espiritual y de formación de identidades.

A finales del siglo XVI los jesuitas se dirigieron al noroeste de México para iniciar su acción misional, y para las primeras décadas del siglo XVII ya estaban en el desierto de Sonora. Los intentos de los jesuitas para lograr la sedentarización de estos grupos fueron prácticamente infructuosos. Recién en 1679 logran establecer la Misión de Nuestra Señora de Pópulo en las cercanías de Horcasitas, pero poco tiempo después fue abandonada. Años más tarde, en 1688, se estableció el padre Adamo Gilg para congregar nuevamente en Nuestra Señora de Pópulo a un grupo seri. La carta que el misionero escribe a sus superiores en 1692 resume las frustraciones y los intentos fallidos para establecer y hacer permanente la misión del Pópulo; no obstante, da una visión general de estos grupos, documentando por primera vez algunas de sus costumbres, creencias y comportamientos.

Los problemas que debían enfrentar los misioneros para congregar y adoctrinar a los seris no eran pocos. Entre ellos, Mirafuentes destaca la inclinación general de los seris reducidos a desertar frecuentemente de los pueblos para volver a sus antiguos dominios;9 una de las causas más visibles de ello era la preferencia que concedían a los alimentos que obtenían de la caza y la recolección por sobre los productos agrícolas. Al respecto, comenta el padre Adamo Gilg que “uno de mis indios me dijo que estos alimentos [en referencia a lo que ellos cazan y recolectan] son puros, en cambio los que comen los europeos son malos, particularmente la carne de ovejas y todos los alimentos condimentados”.10

Otro de los problemas que afectaban a las misiones eran los conflictos interétnicos e intergrupales de la región, los cuales tendieron a multiplicarse conforme avanzaba la dominación colonial en la región.11 Ya desde finales del siglo XVII las diferentes bandas seris se dedicaron a hostilizar a los grupos sedentarios circunvecinos que se iban incorporando a los establecimientos misionales fundados a lo largo de los ríos Yaqui, Sonora y San Miguel. Aislados del resto de la población nativa por esos establecimientos, los seris tendieron a adquirir por medio del robo lo que antes obtenían del intercambio. Tales acciones de robo, atraco o pillaje causaban a menudo estragos en los ranchos y en los asentamientos de los españoles. Éstos no tardaban en responder con persecuciones y represalias militares.

Hacia el 1700 se inician las hostilidades contra los seris de manera sistemática, lo que lleva paulatinamente a la disminución numérica del grupo, así como a su mayor dispersión por toda la costa central. En abril de 1750 seis padres jesuitas, junto con el gobernador de la provincia, firmaron un documento donde declaraban oficialmente el fracaso en la conversión de los seris. Esto dio pie a una serie de campañas militares de exterminio contra los seris, especialmente en la Isla Tiburón, a lo que estos grupos respondieron con un violento ciclo de vendettas e incursiones a las rancherías establecidas dentro de su territorio. En este contexto, y poco antes de la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús de las provincias de la Nueva España, los seris y los militares europeos estuvieron enfrascados en una guerra abierta. En el periodo comprendido entre 1750 y 1770 la guerra de exterminio encabezada por Parilla los obliga a refugiarse en la Sierra Prieta y desde ahí mantuvieron en jaque a la provincia de Sonora, asaltando las diligencias que transitaban en la ruta Pitic (Hermosillo)- Guaymas. Al mando del coronel Domingo Elizondo, los soldados de la expedición pasaron más de tres años a caballo para conseguir una paz relativa, lo que no se consiguió sin dificultad. El proceso de pacificación tomó más de veinte años y requirió la más grande movilización militar llevada a cabo en la historia de la Sonora colonial. Parte de esta época quedó documentada en el arte rupestre que los indígenas refugiados en Sierra Prieta dejaron en la roca.12

Hacia mediados del siglo XIX, los rancheros mexicanos comenzaron a invadir la zona costera. En 1844 Pascual Encinas estableció el rancho Costa Rica en el área conocida como Siete Cerros. En un principio intentó establecer relaciones con los seris acampados en las cercanías del rancho, para utilizarlos como mano de obra. Sin embargo, dado que el ganado de Encinas bebía de los mismos aguajes y se alimentaba en algunos de los terrenos en que los seris cazaban y recolectaban, no tardaron en ser incorporados a su dieta, siendo ésta una actitud que respondía a siglos de tradición cazadora más que a actos puramente delictivos. Además de ello, los seris siguieron incursionando ocasionalmente en su rancho para tomar cualquier cosa que les fuera útil, ya que consideraban que estaba dentro de su territorio. Ante estos hechos Encinas les declaró la guerra, conocida como “las guerras de Encinas”. Se cree que entre 1855 y 1865 los Encinas acabaron con la mitad de la población seri. Para ese entonces había muy pocos seris para sostener la organización de bandas, y fue cuando los sobrevivientes se unieron en un único grupo denominándose a sí mismos Comca’ac.

En las primeras décadas del siglo XX la población seri, que había quedado replegada en la zona costera y la Isla Tiburón, siguió viviendo de la caza, la recolección y la pesca. Durante este tiempo se siguieron sucediendo esporádicos incidentes de violencia con los pescadores mexicanos que empezaban a aparecer en el área. Por esos años los seris se establecieron a lo largo de la costa, hasta que en la década de 1930 se empezó a promover la organización de cooperativas pesqueras, lo cual derivó en que parte de la población se instalara en Bahía Kino. Es probable que la mayor parte de las fotografías recuperadas en este artículo, si no todas, retratan esta localidad durante el inicio de las cooperativas. Las cooperativas pesqueras promovieron la entrega del equipo necesario para la consecución de las mismas, como es el caso de la madera para la construcción de botes, claramente documentado en las imágenes. A finales de la década de 1930 la economía seri había comenzado a girar hacia la pesca comercial y las relaciones con los mexicanos empezaban gradualmente a estabilizarse. Hacia comienzos de los años cuarenta Bahía Kino estaba siendo ocupada cada vez más por pescadores no indígenas, lo que empujó a los seris a trasladarse a Desemboque para continuar con el comercio pesquero, constituyéndose así en el primer poblado permanente de este grupo. Hoy día Bahía Kino es una zona turística, visitada cada año por extranjeros y nacionales. Sólo queda un pequeño museo en uno de los extremos de la bahía que atestigua la presencia de la cultura seri en este pedazo de desierto y mar.

Puesta en valor de las fotografías de los indios
seris en Bahia Kino

Dar un paseo por el conjunto de estas fotografías nos sitúa en un momento histórico del pueblo seri, el de las cooperativas pesqueras, y nos presenta con el ideal cardenista de insertar a los pueblos indígenas en una modernidad impulsada por el nacionalismo del momento. A nuestro parecer, las fotos de seris en Bahia Kino se alejan de la fotografía etnográfica de la época y parecen comulgar a fotógrafo y sujeto en los esfuerzos de un país insistente en cambiar su esencia y sustituir las maneras de antaño. Basados en el conjunto de fotos que componían el álbum, suponemos que el fotógrafo fue un doctor destinado al pueblo seri, quien captó para su recuerdo estampas de sus experiencias. Finalmente, esperamos que miradas entrenadas saquen provecho de este material proveniente de un álbum privado encontrado en un mercadillo de la ciudad de México, lugares donde intercambian de manos fotografías que sin duda interesaran a los estudiosos de nuestro pasado.

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Autores: Silvina Vigliani/Roberto Junco, Subdirección de Arqueología Subacuática, INAH.

  1. Edward Moser, “Bandas Seri”, en Calafia, Revista de la Universidad Autónoma de Baja California, vol. 3, núm. 3, 1976, pp. 40-51. []
  2. William Griffen, Notes on Seri Indian Culture, Gainsville, University of Florida Press (Latin American Monograph, 40), 1959, p. 42. []
  3. Ibidem, pp. 43-44. []
  4. Gwyneth Xavier, “Seri Face Painting”, en The Kiva, núm. 11, 1945-1946, p. 19. []
  5. Haaco cama o “casa-aquel que habita” es un término que deriva de Heecot Cama, “desierto-aquel que habita”, y ha sido muchas veces traducido como chamán. []
  6. Edward Moser y Richard White, “Seri Clay Figurines”, en The Kiva, vol. 33, núm. 3, 1968, p. 145. []
  7. Richard Felger y Mary Beck Moser, People of the Desert and Sea. Ethnobotany of the Seri Indians, Tucson, University of Arizona Press, 1985; Alfred Kroeber, The Seri, Los Ángeles, University of California (Southwest Museum Paper, 6), 1931. []
  8. Thomas Bowen y Edward Moser, “Material and Functional Aspects of Seri Instrumental Music”, en The Kiva, vol. 35, núm. 4, 1970, p. 195. []
  9. José Luis Mirafuentes, “Relaciones interétnicas y dominación colonial en Sonora”, en Marie-Areti Hers, José Luis Mirafuentes, Dolores Soto y Miguel Vallebueno (eds.), Nómadas y sedentarios en el norte de México. Homenaje a Beatriz Braniff, México, IIA-IIH-IIE-UNAM, 2000 pp. 591-612. []
  10. Julio César Montané, “Una carta del Padre Adam Gilg S.J. sobre los Seris, 1692”, en Revista de El Colegio de Sonora, vol. 7, núm. 12, 1996, p.158. []
  11. José Luis Mirafuentes, op. cit. []
  12. Silvina Vigliani, “Pinturas espirituales. Identidad y agencia en el paisaje relacional de los cazadores, recolectores y pescadores del centro-oeste de Sonora”, tesis de doctorado, ENAH-INAH, México, 2011. []

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