Más desindianización que mestizaje. Una relectura de los censos generales de población

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I.

A lo largo del siglo XX se consideró el uso de las lenguas originarias como el elemento más confiable para definir y distinguir a la población indígena de México, de tal manera que los once censos nacionales de población levantados entre los años 1900 y 2000 han incluido la variable Hablantes de Lenguas Indígenas (en adelante HLI). Sin embargo, muchos expertos han coincidido en que implica un subregistro porque no todos los indígenas eran ni son HLI. Manuel Gamio y Alfonso Caso defendieron este planteamiento en la primera mitad del siglo XX. El primero decía que había que considerar indígenas a aquellas personas “cuya raza y cultura, y no sólo el idioma, son herederos de sus antepasados prehispánicos.”1 El segundo propuso “que se definiera a los indígenas a partir de cuatro criterios: los rasgos físicos, la cultura, el lenguaje y el sentimiento de comunidad.”2

En cinco censos generales de población, los de 1921, 1940, 1950, 1960 y 1970, se ensayaron otras formas de medición. En el primero se recurrió a la autoadscripción de la persona censada, preguntándole si se consideraba de raza3 indígena, mezclada o blanca. En los restantes se registraron características culturales consideradas propias del mundo prehispánico. En 1940 se indagó sobre formas de calzado e indumentaria (si se usaban zapatos, huaraches o sandalias, o se andaba descalzo, y si se usaba indumentaria tipo indígena o no), de alimentación (si se comía pan de trigo o no se comía pan de trigo) y de dormir (si se hacía en el suelo,4 en tapexco, en hamaca, en catre o cama). En los de 1950 y 1960 se preguntó nuevamente sobre formas de alimentación y de calzado, y en el de 1970 sólo se registró el calzado. En los cinco casos el resultado fue que el número de personas que deberían considerarse indígenas era mucho mayor que el de HLI, se multiplicaba. Aparentemente, la desproporción entre ambas cifras hizo que se desconfiara de las que arrojaban las variables culturales,5 pero también es posible que no se aceptaran porque ponían de manifiesto una realidad que no se quería reconocer: México era un país básicamente indígena. Después del de 1970, los censos generales de población ya no incluyeron las controvertidas variables culturales.

Este artículo tiene la intención de rescatar estas cifras del olvido y reinterpretarlas. El planteamiento central es que si no fueron eficaces para conocer con mayor precisión el número de la población indígena, resultan de interés porque sugieren —muestran, quizá— que es imposible marcar una frontera entre la población indígena y la que se conoce como mestiza dado que una y otra constituyen un continuum.6 Esta situación se puede observar con claridad, por ejemplo, en los proyectos de educación rural que estaba dirigida tanto a la población de alguna manera definida como “indígena” como a una parte de los campesinos mestizos. “Se delinea entonces una orientación que tiende a equiparar a los indios con aquella parte mestiza que se encontraba ‘al mismo nivel de civilización’ que la masa indígena.”7

Contra lo que se ha planteado tradicionalmente acerca del mestizaje, no se constituyó de manera fundamental a través de los matrimonios o parejas mixtas, cosa difícil de lograr si consideramos que la población foránea establecida en México siempre ha sido escasa. Por supuesto que hubo mezcla biológica, pero aun cuando todos y cada uno de los foráneos hubieran integrado parejas mixtas, su número reducido hubiera hecho imposible que fuera por esta vía que los descendientes de la población originaria se convirtieran en mestizos.8 Esto sin tomar en consideración que durante los tres siglos de dominación española las comunidades indígenas, las llamadas repúblicas de indios, estaban organizadas por separado de las de españoles, lo que dificultaba el mestizaje. A ello aún habría que agregar que los diversos grupos étnicos, a excepción de la población africana llegada como esclava, mostraban poco interés en mezclarse.9 Por esto considero que la población que hemos llamado mestiza es principalmente el resultado de un proceso que el antropólogo Guillermo Bonfil llamó “desindianización”.

Bonfil no creía en la existencia “de una sociedad mestiza que representaría la fusión de las sociedades y las civilizaciones de Mesoamérica y Occidente.”10 El mestizaje, explicaba, es un fenómeno biológico —a pesar de que a veces se habla de mestizaje cultural— que no sirve para “explicar qué sucede cuando grupos culturales diferentes entran en contacto en un contexto de dominación colonial”, como ha sido el caso mexicano. Propone el término desindianización, entendiéndose por tal

[…] un proceso histórico a través del cual poblaciones que originalmente poseían una identidad particular y distinta, basada en una cultura propia, se ven forzadas a renunciar a esta identidad, con todos los cambios consecuentes en su organización social y cultural. La desindianización no es el resultado del mestizaje biológico, sino de la acción de fuerzas etnocidas que terminan por impedir la continuidad histórica de un pueblo como unidad social y culturalmente diferenciada.11

Pero desindianización no significa

[…] el abandono de una forma de vida social que corresponde a la civilización mesoamericana, sino fundamentalmente [un] proceso que ocurre en el campo de lo ideológico cuando las presiones de la sociedad dominante logran quebrar la identidad étnica de la comunidad india. Este proceso se cumple, cuando ideológicamente la población deja de considerarse india, aun cuando en su forma de vida lo siga siendo.12

La desindianización se ha dado desde el siglo XVI y continúa dando hasta nuestros días. Una revisión de las cifras del siglo XIX ejemplifica este planteamiento. Entre 1810 y 1885 la población mexicana se incrementó en 71%. Pero sólo su porción “blanca” tuvo un crecimiento relativamente parecido, 79%. En cambio, la población

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indígena tuvo un índice de crecimiento muy menor, 8%, y la mestiza asombrosamente alto, 236%. Esto hizo que en el transcurso del siglo la población “blanca” conservara básicamente su misma proporción (empezó con 18% y terminó con 19%), pero que la indígena disminuyera de 60 a 38%, y la mestiza aumentara de 22 a 43% (cuadro 1 y gráfica 1).13 El enorme incremento de la población mestiza no se puede atribuir a la muy escasa migración europea llegada en el siglo XIX. Tampoco al mestizaje biológico entre la población indígena y la porción blanca establecida con anterioridad en el país, ya que esta última conservó prácticamente inalterada su participación proporcional. Por otra parte, es muy improbable que la inmensa mayoría de los hombres y mujeres indígenas se hayan casado con mestizos. Lo que debió suceder, según hipótesis de Federico Navarrete que comparto totalmente, fue que un número muy considerable de indígenas “cambiaron de cultura y de categoría étnica, pues dejaron de considerarse, o ser considerados, indios, y pasaron a considerarse o ser considerados mestizos.”14

II.

Analizando en los censos15 la variable HLI a lo largo del siglo XX se puede observar que tuvieron un crecimiento muy importante, 237 %,16 que hizo que las personas que hablaban lenguas indígenas se triplicaran al pasar de cerca de dos millones de habitantes de cinco años y más17 (1,794,293) en 1900, a un poco más de seis (6,044,547) en 2000. Pero como el crecimiento de la población nacional en su conjunto fue mucho mayor (616%), disminuyó su importancia relativa a menos de la mitad, de significar 15% en 1900, a 7% al terminar el siglo, en un movimiento constante a la baja en todos los decenios, a excepción de los años 1910, 1920 y 1970 (cuadro 2 y gráfica 2). Si los HLI hubieran crecido al mismo ritmo que la población nacional, al terminar el siglo XX debieron haber sido 11,052,845 millones de personas. La diferencia entre los que debieron haber sido y los que fueron es de 5,008,298 HLI y 5.87 puntos porcentuales. De más está decir que estas cifras aumentarían si se considerara a los HLI menores de cinco años. Pero de momento digamos que lo que sucedió fue que se dejó de considerar indígenas a estos cinco millones de personas porque dejaron de hablar su lengua.

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A partir del Censo de 1930 los HLI se registraron divididos en monolingües y bilingües. En este año los primeros eran un poco más de la mitad, 53%, sacando así una pequeña ventaja a los bilingües. Pero al terminar el siglo el bilingüismo era absolutamente predominante, 81% de los HLI eran bilingües y sólo 17% monolingües (cuadro 3 y gráfica 3). El descenso proporcional de los monolingües fue constante con excepción de las décadas de los cincuenta y noventa.

Pero, como ya se anotó, en cinco censos se incluyeron otras variables para contabilizar a la población indígena. En el de 192118 además de registrarse a los HLI se indagó si los censados se consideraban de “raza indígena, raza mezclada o raza blanca”,19 es decir, se recurrió a la autoadscripción. Mientras 15% de los mexicanos mayores de cinco años eran HLI, se consideraban de “raza indígena” 29% de los habitantes del país (cuadro 4 y gráfica 4). Estos datos no sólo constatan que la variable lingüística implica un subregistro de la población indígena, sino que además permiten conocer su magnitud: casi 50%.20 El Censo de 194021 introdujo las llamadas variables culturales por primera vez de la siguiente manera:

1) Se dividió a la población en tres “grupos por características culturales”:
— Hablan lenguas o dialectos indígenas
— Hablan español y una o más lenguas indígenas
— Sólo hablan español o idioma extranjero, o español y una lengua no indígena.

Y se indagó de cada grupo si sus integrantes andaban descalzos, usaban huaraches o zapatos. De los dos últimos se registró, además, si usaban o no “indumentaria tipo indígena”.

2) Se dividió también a la población entre los que comían pan de trigo y los que no comían pan de trigo, y de los integrantes de cada grupo se registró si dormían en el suelo, en tapexco,22 en hamaca, o en catre o cama.

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Los tres grupos culturales preestablecidos mostraron comportamientos diferentes en cuanto a formas de calzado e indumentaria (cuadro 5 y gráfica 5). El censo puso de manifiesto que la mitad de la población del país andaba descalza o usaba huaraches. Los descalzos significaban 27% de la población y los que usaban huaraches

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24%. La otra mitad de los mexicanos usaba zapatos. Pero estas proporciones variaban notablemente según el grupo cultural de que se tratara. Los HLI monolingües andaban mayoritariamente descalzos (75%), 21% usaban huaraches y sólo 4% zapatos. De los HLI bilingües un poco más de la mitad andaban descalzos (52%), la tercera parte (34%) usaban huaraches y 15% zapatos. Los censados que sólo hablaban español o una lengua extranjera o ambas, en cambio, más de la mitad (57%) usaban zapatos, 23% usaban huaraches y 20% andaban descalzos (cuadro 6 y gráfica 6).

Si se consideró en aquellos años que andar descalzo o usar huaraches era indicativo de que se era indígena, las cifras parecen constatarlo: 91% de los HLI se ajustaron al planteamiento. Pero, como acabamos de ver, también compartían esta forma de calzar cerca de la mitad (43%) de los que sólo hablaban castellano, un idioma extranjero o ambos. Si esto los convertía en indígenas, resultaría que éstos ascenderían a más del triple de los HLI y a un poco más de mitad de la población del país.

Respecto al uso de “indumentaria tipo indígena” debe señalarse que, por razones desconocidas, no se registró este concepto entre la población que andaba descalza. En los HLI encontramos que 17% de los monolingües que usaban calzado también usaban indumentaria indígena, entre los bilingües que usaban calzado el porcentaje fue de 20%. Pero quizá el dato más interesante que devela la variable indumentaria indígena es que la usaba 7% de la población no HLI. Si el atuendo los convertía en indígenas, nuevamente el número de éstos aumentaría considerablemente (cuadro 7 y gráfica 7).

El censo informa también que un poco más de la mitad de los mexicanos, 55%, no comía pan de trigo, y el restante 45% sí lo hacía. Y que la mayoría de la población, 61%, dormía en catre o cama, 23% lo hacía en el suelo, 13% en tepexco y 3% en hamaca.23 Pero eran diferentes las maneras de dormir de los que no comían pan de trigo de los que sí lo hacían. De los primeros, 35% dormían en el suelo, 18% en tapexco, 1% en hamaca y 46% en catre o cama; es decir, la población que no comía pan de trigo dormía mayoritariamente en el suelo o en tapexco, 53%. De los que sí comían pan de trigo, sólo 9%

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dormían en el suelo, 6% en tapexco y 5% en hamaca, la gran mayoría, 80%, lo hacía en cama o catre (cuadro 8 y gráfica 8).

Miguel León Portilla escribió sobre el Censo de 1950 algo que bien puede aplicarse a todos aquellos que registraron características culturales, entre ellos el de 1940: “[…] puede afirmarse con certeza […] que viven en la República numerosas personas que, sin hablar

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ya lengua indígena alguna, muestran en su forma de vida no pocas supervivencias netamente indígenas, como por ejemplo la alimentación a base de maíz, chile y frijoles, el uso de la coa en la siembra, el dormir en esteras o petates, etc.”24

Efectivamente, el Censo de 1940 muestra que la población que presentaba usos propios de las culturas prehispánicas era mucho mayor que los HLI. Mientras éstos significaban 15% de los habitantes, dormían en petates o en tapexco 36%, la mitad de los mexicanos (50%)

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andaban descalzos o con huaraches y un poco más de la mitad (55%) no comía pan de trigo (gráfica 9).

En 195025 las variables de índole cultural, en este año referidas solamente a formas de calzado y de alimentación, mostraron también un descenso con respecto a las cifras de 1940: las personas que usaban huaraches o andaban descalzas disminuyeron de 50 a 46%, y las que no comían pan de trigo de 55 a 46% (cuadro 9).26

Sobre estas cifras escribió Miguel León Portilla en el texto ya citado: “[…] puede afirmarse que hay actualmente en la República Mexicana varios millones más [además de los HLI] de individuos con elevado porcentaje de rasgos de cultura material e intelectual de origen prehispánico […] cualquier cifra que se diera no podría ser más que una mera aproximación.” Pero recurriendo a la información del propio censo anotaba que: “desde un punto de vista cultural la población indígena (subrayado de la autora, dpb) de México que presenta estas (dieta a base de maíz y uso de huaraches en vez de zapatos) y otras supervivencias precolombinas es alrededor de cuatro veces mayor que el número de hablantes monolingües y bilingües”27 (gráfica 10).

En el año de 196028 muestra que en el decenio de 1950 disminuyeron de manera muy notable las cifras de los indicadores culturales, las personas que andaban descalzas o calzaban huaraches disminuyeron ocho puntos, y las que no comían pan de trigo, catorce, al colocarse en 38 y 31%, respectivamente. De cualquier manera estos porcentajes triplicaban al de los HLI.

Este censo incorpora un nuevo elemento para el análisis de las variables de índole cultural, diferencia la población urbana de la rural, resultando que era mucho más numerosa la población rural que conservaba dichos elementos culturales que la urbana. En el caso de la alimentación, mientras 51% de la población rural no consumía pan de trigo, en la urbana este comportamiento era de sólo 13%. Respecto al calzado, 60% de la población rural usaba huaraches (38%)

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o andaba descalza (23%). En cambio, entre la población urbana sólo 16% usaban huaraches o andaban descalzos (cuadro 10 y gráfica 11). No es sorprendente que la población rural conserve en un número tan alto formas de calzar y alimentarse propias del mundo mesoamericano, lo que sí puede serlo es el relativamente alto porcentaje que también se presenta en el ámbito urbano, que por definición es propio del mundo moderno, industrializado, etcétera.

En 197029
el 80% de la población mayor de un año calzaba zapatos (37 285 994), pero aún andaban descalzos o usaban huaraches 20% de los mexicanos (descalzos 7%) (huaraches 13%), es decir, más del doble de los HLI (cuadro 11 y gráfica 12).

III.

Las cifras que arrojaron las variables culturales muestran que la población indígena es y ha sido mucho mayor de lo que habitual

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mente se reconoce y que es imposible marcar una línea divisoria entre población indígena y población mestiza, porque la segunda se desprende mayoritariamente de la primera y comparte no pocos rasgos culturales con ella.

También indican algunas cuestiones puntuales. Las cifras de 1921 muestran que la pérdida de la lengua indígena no implica necesariamente la de la identidad étnica. Las de 1940, 1950, 1960 y 1970 dejan ver que, aun después de que ésta cambie, en este caso de indígena a mestiza, se conservan rasgos culturales indígenas centenarios o milenarios. Aquí se trató de rasgos de “cultura material”, pero seguramente otros han sido y son más persistentes, como la organización comunitaria.

Se ha estudiado mucho de qué manera los grupos y comunidades indígenas que se siguen conservando como tales lo han hecho, pero el proceso inverso —que sin duda ha alcanzado a un número mucho mayor de personas— está pendiente de estudio: no sabemos cómo la mayor parte de la población de México se ha desindianizado, en un proceso que atravesó el periodo virreinal, el siglo XIX, el XX y se mantiene vigente en el XXI.

Las cifras de los censos no permiten explicar a cabalidad estos complejos procesos, pero pueden marcar las grandes líneas del mismo. Un trabajo más acucioso con la información censal permitirá acercarnos a los ritmos de la desindianización y su impacto diferenciado sobre las distintas regiones del país y sobre las diferentes etnias indígenas. Pero esta información sólo podrá desembocar en una nueva serie de preguntas que deberán responderse mediante la contextualización de estas cifras, es decir, su ubicación en el marco económico, político, social y cultural que sólo ofrecen la historia nacional, las historias regionales y aún las locales. Por supuesto, en esta tarea también serán de gran utilidad estudios puntuales sobre pueblos indígenas y de temáticas como el indigenismo, la migración interna, los programas educativos y de castellanización, entre otros.

Finalmente, quiero insistir en que lo más importante es mostrar la relevancia incomparable de la población indígena en la conformación de México, un problema de fuentes ha dificultado verlo, pero tampoco ha habido buena disposición a indagar y aceptar esta realidad. En palabras de Bonfil: “La presencia rotunda e inevitable de nuestra ascendencia india es un espejo en el que no queremos mirarnos”.30

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Autora: Dolores Pla Brugat, Dirección de Estudios Históricos, INAH. Una primera versión de este trabajo fue presentada en la IX Reunión Nacional de Investigación Demográfica en México, realizada en Mérida, Yucatán, del 8 al 11 de octubre de 2008. Este artículo forma parte de un proyecto mayor titulado “Mestizaje: historia y discurso”. Agradezco a mis colegas y amigas Clara Lida, María Dolores Morales y Ethelia Ruiz Medrano la lectura que hicieron de la primera versión de este texto, gracias a la cual tendrá menos errores. Los que prevalezcan son únicamente atribuibles a mí, DPB.

  1. Manuel Gamio, “Consideraciones sobre el problema indígena de América”, en América Indígena, vol. II, 1948, pp. 17-23. Citado en Luz María Valdés, Los indios en los censos de población, 1995, p. 20. []
  2. Alfonso Caso, “Definición del indio y de lo indio”, en América Indígena, vol. VIII, núm. 4, 1948, pp. 145-181. Citado en Laura Giraudo, Anular las distancias. Los gobiernos posrevolucionarios en México y la transformación cultural de indios y campesinos, 2008, p. 93. []
  3. Usamos el término “raza” porque así se hace en el censo en cuestión, a sabiendas de que es inaceptable en las ciencias sociales. []
  4. Seguramente se refiere a dormir en petate. []
  5. Luz María Valdés considera que aclararon poco, sobre todo porque arrojaban cifras muchísimo más elevadas de presunta población indígena que de HLI. Escribió: “ante estas desproporciones entre el número de los hablantes de lenguas indígenas y el número de personas que tienen hábitos de calzado o alimentación de origen prehispánica, se abandonó la captación de estos datos en los censos subsecuentes.” Esta autora plantea, seguramente por error, que sólo se registraron las variables culturales en el Censo de 1950; Luz María Valdés, op. cit., pp. 21-22. []
  6. Alan Knight, Racismo, revolución e indigenismo. México, 1910-1940, 2004, pp. 12-13. []
  7. Laura Giraudo, op. cit., p.100. []
  8. El número más elevado de españoles arribados a México fue en el siglo XVI, cuando ascendieron a alrededor de 125 mil. Esta cifra significa 0.5 por ciento de la población de lo que habría de ser Nueva España, si la comparamos con la cifra más alta que se ha estimado de la población originaria, 25 millones. Si la comparamos con el reducido número de 1.4 millones de indígenas a que quedó reducida la población nativa hacia finales del siglo, significaría 9%, pero como llegaron a lo largo del siglo nunca alcanzaron un porcentaje tan alto; Woodrow Borah y Sheburn F. Cook, The Aboriginal Population of Central Mexico on the Eve of Spanish Conquest, 1963; Robert McCaa, “¿Fue el siglo XVI una catástrofe demográfica para México? Una respuesta basada en la demografía histórica no cuantitativa”, en Papeles de Población, núm. 21, julio-septiembre de 1999, pp. 223-239. En adelante la población nacida en España significaría una porción cada vez menor; Carlos Martínez Shaw, La emigración española a América (1492-1824), 1994, pp. 151-152, citado en Isabelo Macías Domínguez, La llamada del Nuevo Mundo. La emigración española a América (1701-1750), 1999, p. 55. La población de origen africano llegada lo largo del virreinato fue de alrededor de 200 mil personas, así que tampoco llegó a significar un porcentaje notable; Ben Vinson (III) y Bobby Vaughn, Afroméxico. El pulso de la población negra en México: una historia recordada, olvidada y vuelta a recordar, 2004, p. 11. Menos numerosos fueron los demás foráneos. Sabemos que después de la Independencia, en los siglos XIX y XX, el número de personas nacidas fuera de México residentes en el país nunca alcanzó la cifra de 1%. []
  9. David Brading, por ejemplo, en su estudio sobre Guanajuato a finales del siglo XVIII, encontró que aun en fecha tan tardía: “Siete décimas de todos los hombres se casaron con mujeres salidas de su propio grupo étnico”; David Brading, “Grupos étnicos: clases y estructura ocupacional en Guanajuato (1792)”, en Elsa Malvido y Miguel Ángel Cuenya (comps.), Demografía histórica de México: siglos XVI-XIX, 1993, p. 178. []
  10. Guillermo Bonfil, México mestizo. Una civilización negada, 1994, p. 82. []
  11. Ibidem, pp. 41-42. []
  12. Ibidem, pp. 79-80. []
  13. Véase Dolores Pla Brugat, “Indios, mestizos y blancos según algunas estadísticas elaboradas en México en el siglo XIX”, en Diario de Campo, suplemento núm. 43, mayo-junio de 2007, pp. 106-111. []
  14. Federico Navarrete, Las relaciones inter-étnicas en México, 2004, p. 83. []
  15. El análisis de las variables de los censos que haremos a continuación será sobre las cifras nacionales. No nos referiremos a entidades federativas ni municipios. Tampoco diferenciaremos los comportamientos por sexo y edad (véase las fuentes, en la bibliografía). []
  16. Los porcentajes a lo largo del texto se darán en números redondos. En los cuadros se presentarán con dos decimales. []
  17. En todos los casos la variable HLI se refiere a población de cinco años y más. []
  18. Estados Unidos Mexicanos. Departamento de Estadística Nacional, Censo General de Habitantes. Resumen General, 1921, 1928. Un análisis pormenorizado de este censo puede leerse en Dolores Pla Brugat, “’Indígenas, mezclados y blancos’ según el Censo General de Habitantes de 1921”, en Historias, núm. 61, mayo-agosto 2005, pp. 67-83. En el artículo se recurrió a las cifras de Humboldt, que lamentablemente ofrecen una idea equivocada de la población indígena en el siglo XIX. []
  19. La categoría “raza” desde hace mucho tiempo desapareció de las ciencias sociales, pero en este caso la conservamos porque así se presenta en la fuente. Desafortunadamente se conoce poco acerca de cómo se levantó el Censo de 1921, no sabemos, por eso, si quienes diseñaron el censo con estas categorías se referían a la realidad social colonial o a un planteamiento étnico. []
  20. Este porcentaje puede parecer excesivo, pero no lo es tanto si lo comparamos con estimaciones mucho más recientes. En el año 2000, mientras los HLI eran 6 044 547 (7.13% de los mayores de cinco años), se consideraba que la población indígena debía estar alrededor de 10 millones, o sea que significaba 10.26% del total de la población. Es decir, en este caso el subregistro que significa la variable HLI sería de 30%. []
  21. Secretaría de Economía. Dirección General de Estadística. Estados Unidos Mexicanos. 6º Censo General de Población 1940. Resumen General, 1943. []
  22. Según Francisco J. Santamaría, la palabra tapesco es un aztequismo y quiere decir: “Zarzo o emparrillado tosco de maderos como varas, cañas, carrizos u otates, paralelos y unidos, que sirve como lecho en las casas rústicas, y va entonces sobre cuatro horquetes que le sirven de patas, clavadas en el suelo.” Francisco J. Santamaría, Diccionario de mejicanismos, 1959. []
  23. Este último porcentaje lo proporcionan tres estados, Campeche, Quintana Roo y Yucatán, donde la gran mayoría de la población dormía en hamaca, 91, 70 y 98%, respectivamente. []
  24. Miguel León-Portilla, “Panorama de la población indígena de México”, en América Indígena, vol. XIX, núm. 1, enero de 1959, p. 45. []
  25. Secretaría de Economía. Dirección General de Estadística. Estados Unidos Mexicanos. Séptimo Censo General de Población. 6 de junio de 1950. Resumen General, 1953. []
  26. En este censo el registro de las variables relativas a formas de calzado y consumo de pan de trigo, se hizo sólo en personas de un año y más. Y a diferencia de lo sucedido en 1940, aunque ambas variables se registraron juntas no se condicionó una a otra. []
  27. Miguel León-Portilla, op. cit., pp. 45-46. []
  28. Estados Unidos Mexicanos. Secretaría de Industria y Comercio. Dirección General de Estadística. VIII Censo General de Población. 1960. Resumen General, México, 1962. []
  29. Estados Unidos Mexicanos. Secretaría de Industria y Comercio. Dirección General de Estadística. IX Censo General de Población. 1970. Resumen General Abreviado, México, 1972. []
  30. Guillermo Bonfil, op. cit., p. 43. []

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