LOS TOTONACOS A TRAVÉS DE LA MIRADA DE ISABEL KELLY

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Isabel Kelly fue una antropóloga estadounidense que llegó a México en la década de 1940, realizó trabajo de investigación en Sinaloa, Colima, Michoacán, Puebla y Veracruz. En 1935 visitó México por primera vez, en plan de investigación, patrocinada por el Instituto de Ciencias Sociales y dirigida por los doctores Alfred L. Kroeber y Carl O. Sauer, empezó una investigación en Culiacán, Sinaloa. Regresó en 1939 y en 1940 se quedó ya como residente, primero en Guadalajara y posteriormente en la ciudad de México, donde permaneció hasta su muerte en 1982.1

Kelly prosiguió sus investigaciones arqueológicas entre Jalisco y Colima. Más tarde, para 1946, “el antropólogo social George Foster la recomendó para el puesto de etnóloga responsable de la oficina del Smithsonian Institute of Social Anthropology (ISA) en la ciudad de México. Al asumir el papel de principal representante de esa institución, Kelly empezó a dar clases en la Escuela Nacional de Antropología, y también a llevar a los estudiantes a campo para su formación etnográfica”.2

Catherine S. Fowler y Robert V. Kemper3 informan que en 1947 Isabel Kelly inició un estudio entre los totonacos que vivían en las comunidades de El Tajín, en Veracruz, y en San Marcos Eloxochitlán, Puebla. Entre 1947 y 1951 su equipo de alumnos incluyó a muchos hombres y mujeres que llegarían a convertirse en pilares de la antropología mexicana: Gabriel Ospina, José Luis Lorenzo, María Cristina Álvarez, Roberto Williams García, Florencia Muller y especialmente Ángel Palerm, con quien publicó, como coautora, la conocida etnografía The Tajin Totonac: Part. I. History, Subsistence, Shelter, and Technology.

A su muerte, Kelly dejó una vasta información etnográfica y de antropología social, la que según sus deseos fue puesta al cuidado del doctor Robert V. Kemper, del Departamento de Antropología, de la Southern Methodist University, de Dallas, Texas. Kemper formó un archivo con esos materiales.4

Los materiales sobre los totonacos son considerables: ocho mil hojas de datos originales, así como un completo censo etnográfico de unos 187 hogares de las dos comunidades San Marcos Eloxochitlán, Puebla y La Congregación de El Tajín, Papantla, Veracruz, varios centenarios de cuartillas mecanografiadas de historias de vida, 38 rollos de negativos de fotos en blanco y negro con su respectiva hoja de contacto, 450 diapositivas, y una película muda a color (que muestra escenas de cortejo y de danzas nupciales).5

Robert V. Kemper y Julie Adkins se dieron a la tarea de digitalizar todo el material para que los originales fueran conservados como patrimonio documental en la Southern Methodist University.

Para este artículo hemos seleccionado un conjunto de fotografías del fondo de Isabel Kelly, con la temática de la vestimenta de los totonacos de El Tajín, en Veracruz, y en San Marcos Eloxochitlán, Puebla, con la finalidad de mostrar la diversidad de vestimenta utilizada en dichas regiones.

En el México antiguo, los diferentes vestuarios no sólo distinguían a los ricos y poderosos de los pobres; también señalaban en los usuarios su grupo cultural y referían su lugar de origen.6

En el códice Vaticano-Ríos se ven dos mujeres, de las cuales una lleva un quechquemitl; el padre Ríos, comentarista del documento, dice que sus informantes le dijeron que proviene de la Huasteca. Esta prenda tuvo gran difusión entre los pueblos antiguos de Mesoamérica y todavía está en uso entre grupos indígenas actuales. Como el mismo Sahagún nos informa, sólo las mujeres de alcurnia lo usaban. Las demás tenían el torso descubierto y vestían una falda de enredo, a veces hasta la rodilla, otras al tobillo, con unas fajas adornadas para sujetarlas.7

Beauregard, Aquino y Anaya8 señalan que el traje totonaco antiguo de Papantla se confeccionaba con diferentes materiales; por ejemplo, el enredo de manta, la blusa de popelina, el pañuelo y el quexquén de seda sintética, la faja provenía de Coyutla y era elaborada en telar de cintura, con lana y algodón.

Además, afirman que en el hombre el cambio fue más radical, pues adoptó el pantalón, la camisa y el sombrero como partes básicas de su indumentaria. Aunque en casos aislados existían equivalentes de dichas prendas en el México prehispánico, es de suponerse que su implantación se dio a partir de la indumentaria traída de Europa. Las causas de la evolución en el vestir fueron múltiples. En las comunidades indígenas las actividades de la mujer se centraban en su casa, en tanto el hombre era quien salía y servía de enlace con el mundo exterior.

Por otra parte, Pomar9 argumenta que con todo y la sobrevivencia de algunas prendas del vestuario indígena, se han presentado también muchos cambios en diferentes épocas y grupos, teniendo éstos un carácter colectivo al generarse mediante la indumentaria un vínculo de identidad étnica con su grupo y su cultura, ya sea en el vestido confeccionado totalmente con materiales industriales o en combinación con prendas tejidas en telar de cintura.

Sin embargo, es necesario resaltar que el problema más grave durante todo el siglo XIX fue que, por primera vez en la historia de México, la producción de algodón resultó insuficiente, dado que casi todo su cultivo se concentraba en Veracruz. Pero hacia finales de ese siglo la construcción de ferrocarriles facilitó el transporte de la cosecha proveniente del norte, especialmente de la región de La Laguna, con lo cual empezó a cobrar importancia. Por otra parte, “durante el siglo XIX Alemania inundó al mundo con colorantes químicos, llamados anilinas. Éstas eran de fácil aplicación y, cuando se adhieren correctamente por medio de mordientes apropiados resultan más firmes que los tintes naturales que se usaban hasta entonces”.10

Para estas fechas, la nueva nación mexicana se había liberado de la dominación política española. Sin embargo la gente rica de la sociedad de México seguía vistiéndose de acuerdo con los cánones europeos, cuyos cambios de estilo seguía rigurosamente. Los modelos venían sobre todo de Francia, nación considerada como líder mundial de la elegancia, en la que no existían ya las castas, pero sí las clases sociales que éstas habían originado.11

Durante el Porfiriato se fue imponiendo la obligación hacia los indígenas de usar pantalones, en tanto a las mujeres enaguas y sacos de percal. A las personas que por pobreza no usaban esas prendas de vestir, se les multaba con tres pesos la primera vez, por la segunda cinco y por la tercera diez.12 Por tal motivo las modas entre los pueblos originarios fueron adaptándose a la disponibilidad de recursos para constituir sus propios estilos de vestimenta, o adaptar los referentes europeos a sus posibilidades.

Isabel Kelly, al realizar su trabajo etnográfico en San Marcos Eloxochitlán, Puebla, describe en sus notas de campo respecto a la costumbre de algunas mujeres de no utilizar blusa durante sus labores domésticas. Sólo vestían el quexquémitl, sin nada más abajo. Se ponían la blusa junto con el quexquémitl sólo al salir de casa, sobre todo cuando iban al mercado de Ahuacatlán, como vemos en las fotografías 5, 6 y 7.

En la fotografía 7 se observan en primer plano tres mujeres y una niña, todas ellas totonacas, vestidas con enaguas blancas, faja a la cintura, blusa de labor, quexquémitl y peinadas con dos trenzas, quienes venden chile, jitomate y frijol en el mercado de Ahuacatlán. Enseguida aparece otra mujer totonaca de vestido estampado con mangas cortas, seguramente de tela industrial, peinada con dos trenzas, sin calzado y un reboso negro, este último utilizado para cargar sobre su espalda a una niña quien tiene el cuerpo envuelto con tela de manta como un “costalito”, y sobre su cabeza un sombrero tejido. Kelly señala que yaksputú es el nombre en totonaco del gorrito que le ponían en la cabeza a los niños muy chicos, de pecho todavía, elaborado de algodón o de seda.

Al margen derecho de la imagen se observa el costado izquierdo de una mujer vestida de enaguas negras, blusa de labor, quexquémitl y faja roja. Las fajas eran elaboradas en Zapotitlán, cerca de Zacapoaxtla. Los de Tepango las compraban para revender. Las fajas costaban 15 pesos, una vez comprada se le hacía un fleco tejido y una tira de manta de una cuarta de largo, que ayudaba a mejorar la sujeción. La faja duraba unos ocho años.

Con base en esta descripción de la fotografía podemos decir que había tres maneras diferentes de vestir para las mujeres totonacas: enaguas blancas, enaguas negras y vestido industrial. Según Kelly, las mujeres que utilizaban las enaguas blancas eran de Amixtlán, Tepango de Rodríguez y entre la mayoría de las mujeres de San Andrés. Mientras que las que usaban de color negro eran de San Marcos Eloxochitlán, Tenango, Tonalisco y San Francisco Ixquihuacán. Las enaguas eran de seis varas de largo y costaba cinco pesos la vara. Éstas duraban unos siete años; por lo regular las mujeres totonacas solían tener tres enaguas: unas nuevas para ir a la iglesia, otras para la casa y uso diario, y las terceras gastadas que usaban al salir al campo, donde uno podía romper la ropa con facilidad.

Por otra parte, Kelly observó y corroboró, en el mercado de Ahuacatlán, que las mujeres que usaban el quexquémitl sobre los hombros eran totonacas y las que lo utilizaban sobre la cabeza eran nahuas (fotografías 5 y 7). El quexquémitl era de dos clases: de tela opaca valía un peso y duraba de tres a cuatro años usándolo todos los días; los de tela brillante, que eran considerados finos, valían tres pesos y duraban un año, usándose sólo en celebraciones religiosas y ocasiones especiales.

Con respecto a la vestimenta de los niños totonacos de El Tajín, Veracruz, en la fotografía 8 vemos a dos de ellos vestidos de pantalón de algodón con tirantes y camisa de manga corta, sin calzado y sombrero de palma. Las niñas solían usar un vestido de manga corta, el cual les llegaba a las rodillas. En la fotografía 8 el vestido es de algodón, mientras en la 9 es de tela industrial estampada y brillante. En la 10 el vestido es también de algodón, aunque con la diferencia de tener en la parte de abajo unas grecas bordadas a mano, y sobre este vestido se observa un babero de algodón.

En las fotografías 11, 12, 13, 14 y 15 se observa a mujeres totonacas de El Tajín y Papantla con enaguas blancas, blusa de labor, quexquémitl, sin calzado, pero a diferencia de las mujeres totonacas de Amixtlán, Tepango de Rodríguez y de San Andrés, éstas utilizaban baberos de tela lisa ya sea de color amarillo, verde o rosa, y sobre todo portaban un aqstixanat o tocado floral en la cabeza (fotografías 12, 13 y 15). Había otras mujeres totonacas que usaban vestidos de tela industrial estampada y lisa, y algunas con un tocado floral en la cabeza (fotografías 11, 15 y 16)

Los hombres —tanto de Amixtlán, Tepango de Rodríguez, San Andrés, San Marcos Eloxochitlán, Tenango, Tonalisco y San Francisco Ixquihuacán, Puebla, como los de El Tajín y Papantla, Veracruz— acostumbraban utilizar camisa y calzón de manta. La camisa solía tener puños y cuello, en tanto otras eran estilo marinero (fotografía 17); costaba 6.25 pesos, algunas eran de manta de tela comercial, blanca y rayada o de colores lisos, en telas lisas preferían las de color rosa y azul. El calzón de manta costaba 6.35 pesos. Los totonacos de San Marcos Eloxochitlán utilizaban calzones de manta más ajustados de las piernas y cadera, a diferencia de los usados en la zona de Papantla (fotografías 5 y 17).

Cabe señalar que a finales de 1940 los totonacos todavía usaban sus camisas de manta blanca, nadie usaba de color y otras telas, pero poco a poco fueron comprando en Ahuacatlán telas de otros colores y otras clases. De hecho, eran pocos los que usaban camisa, hombres o mujeres. La mayoría llevaba el quexquémitl o el coton sobre el cuerpo, este último lo utilizaban los hombres de San Marcos Eloxochitlán.

Los sombreros que usaban los totonacos eran elaborados de palma, había de varias formas, la más común era de ala ligeramente alargada de adelante hacia atrás, algo ancha y doblada hacia arriba; otros eran de copa alargada de la misma manera, con cinco hundimientos o pedradas, dos de cada lado y uno en la parte superior de la copa. Alrededor de ésta llevaba una correa de cuero o de cordón. Su costo era de cinco pesos.

En las fotografías 11, 14 y 17 observamos a la mayoría de los hombres totonacos sin calzado y muy pocos con botines, aunque Kelly menciona en sus notas una descripción de los huaraches.

En la fotografía 18 se ve a una pareja totonaca con la vestimenta de boda, la novia porta enaguas de encaje, debajo de éstas lleva un fondo liso, también una blusa de labor, encima de ésta un babero liso. El quexquémitl lo usa sobre la espalda como una capa, en la cabeza lleva un velo con un tocado floral blanco. Además porta aretes, collares y anillos. El novio totonaco usa pantalón de manta, camiseta, camisa comercial lisa, paliacate en el cuello y botines. Kelly señala que la ropa de la novia solía comprarla el papá de ella, y lo mismo hacía el papá del novio. Antes de ponérsela los novios tomaban un baño de temascal.

Cabe mencionar que la vestimenta de los totonacos ha tenido una constante transformación en casi todo el Totonacapan y prácticas de desuso muy notorias. Algunos de los elementos que influyeron determinantemente en esos cambios fueron: la aparición de empresas textiles durante las tres primeras décadas del siglo XX; la introducción de modas europeas particularmente en la ropa femenina, no así en la masculina; la apertura de carreteras a causa de la explotación petrolera y el incremento de flujo de mercancías, además de la diversidad de telas. Es importante mencionar que también los pleitos agrarios y los despojos territoriales han influido en la decisión de modificar la vestimenta, para no ser identificados como vecinos de tal o cual pueblo.

Pese a lo anterior, las mujeres de los pueblos totonacos de nuestros días presentan un gran arraigo a la vestimenta como elemento de identidad local y de género, aunque es interesante señalar que sus formas de vestir van teniendo grandes transformaciones, resultado de innovaciones en la indumentaria que pueden alejarse, según la región, del estereotipo totonaco del enredo, la faja y el quechquémitl.

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Autores: Elio Masferrer Kan, Escuela Nacional de Antropología e Historia, ENAH-INAH.; Verónica Vázquez Valdés, Universidad Veracruzana.

  1. Yolotl González, “Presentación”, en Yolotl González (coord.), Homenaje a Isabel Kelly, México, INAH, 1989. []
  2. Catherine S. Fowler y Robert V. Kemper, “Una vida en el campo: Isabel T. Kelly, 1906- 1982”, en Jaime Labastida (coord.), Isabel Kelly. Excavaciones en Cametla, Sinaloa (trad. de Victoria Schussheim, pról. de Sergio Ortega Noriega, intr. de Robert V. Kemper, Catherine S. Fowler y Luis Alfonso Grave Tirado), México, El Colegio de Sinaloa/Conaculta-INAH/Siglo XXI (Serie los Once Ríos), 2008. []
  3. Idem. []
  4. Carolyn Baus de Czitrom, “Isabel Kelly, una vida entregada a la antropología”, en Yolotl González (coord.), op. cit. []
  5. Catherine S. Fowler y Robert V. Kemper, op. cit. []
  6. Chloë Sayer, “Indumentaria de Veracruz y la Huasteca”, en Arqueología Mexicana, vol. III, núm. 17, enero-febrero de 1996, pp. 42-47. []
  7. Ruth D. Lechuga, El traje de los indígenas de México, México, Panorama, 1992. []
  8. Lourdes Beauregard García et al., La magia de los hilos. Arte y tradición en el textil de Veracruz, México, Gobierno del Estado de Veracruz, 2008. []
  9. María Teresa Pomar, “La indumentaria indígena”, en Arqueología Mexicana, núm. 19, México, octubre de 2005, pp. 32-39. []
  10. Ruth D. Lechuga, op. cit. []
  11. Ibidem. []
  12. Adriana Naveda Chavéz Hita y José González Sierra, Papantla,Veracruz: imágenes de su historia, México, Gobierno del Estado de Veracruz/Archivo General del Estado, 1990, vol. 4. []

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