“[G]Ente es esta de que no se puede tomar entendimiento”: las cabriolas de Hernando de Soto ante Atahualpa en crónicas peruanas del XVI

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A la llegada a Cajamarca de Francisco Pizarro y el resto de conquistadores que lo acompañaban en su empresa de sojuzgamiento del Tahuantinsuyu, hubo un encuentro entre el Inca Atahualpa y un grupo de españoles, previo al “diálogo” espurio del soberano incaico con el padre Vicente Valverde y a su captura en la plaza del lugar. Se trata de la entrevista en los baños de Cajamarca, verificada el viernes 15 de noviembre de 1532, el día anterior al asalto decisivo en que Francisco Pizarro, el gobernador de Nueva Castilla —como fue designado por la Corona española en 1529, antes de acometer de lleno la invasión de las nuevas tierras por conquistar—, derribó a Atahualpa de su usnu1 o asiento mayestático y lo hizo su rehén.

En líneas generales, puede narrarse que Hernando de Soto y Hernando Pizarro, el segundo en edad y en poder de los cuatro hermanos Pizarro presentes en la campaña (los menores eran Gonzalo y Juan), se personaron en el asiento del señor inca con un grupo de soldados de a caballo —y tal vez otro de a pie—, para comunicarle por medio de un intérprete el deseo de Francisco Pizarro de entrevistarse con él. La mayoría de relatos cronísticos señala que este encuentro fue una embajada ordenada por el gobernador, aunque una fuente fundacional la designa como iniciativa de los líderes de esta comisión, y alguna historia posterior como decisión colectiva.2 La importancia de este episodio la establecen los aspectos siguientes: 1) constituye el primer contacto cara a cara entre el Inca Atahualpa y los europeos; 2) se incorporó en casi todas las primeras crónicas de la conquista del Perú, en la mayoría de las posteriores y en mucha de la historiografía restante sobre el asunto, y 3) tuvo reconfiguraciones textuales en obras de diverso origen.

Este trabajo se propone comentar la narración del primer contacto del Inca Atahualpa con los conquistadores del Perú en las crónicas de los testigos vivenciales; es decir, aquellos presentes en Cajamarca, con atención especial a la actuación de Hernando de Soto. Luego analiza el tratamiento de la entrevista en otra obra del siglo XVI: la Suma y narración de los incas (1551), de Juan de Betanzos. Diferente a los relatos de los testigos presenciales, su recreación del episodio dilucida la alteridad de los invasores desde la perspectiva incaica. Particularmente, entre los indicadores de otredad, Betanzos se centra en el impacto en el Inca Atahualpa de la vista de la caballería y del caballo, “el arma indispensable de la Conquista”.3 En este examen se determinará qué aspectos de los incluidos en las crónicas testimoniales el autor silencia y cuáles aprovecha y cómo los recuenta.

“Cuan diferentemente los conquistadores hablan de ello”

Con pocas excepciones, la mayoría de crónicas e historias de la conquista del Perú limita el reconocimiento del impacto de la extrañeza de los castellanos en los pueblos indígenas, sólo realzando, convenientemente, la creencia aborigen de que los europeos eran viracochas o enviados de Viracocha, el dios creador. La reiteración de este alegato corrobora la justificación teológica de la conquista y de la colonización, porque son los mismos nativos quienes, de manera providencial, reconocen a los recién llegados como mensajeros de Dios. Entre los pocos textos que tramonta y subvierte esta limitación en el siglo XVI se encuentra la Instrucción al licenciado don Lope García de Castro (1570), del inca Titu Cusi Yupanqui (ca. 1533-1570).4 Por un lado, Titu Cusi expresa la confusión de muchos habitantes del Tahuantinsuyu sobre la identidad divina de los conquistadores, pero no la reseña con fines de enaltecimiento. Al contrario, la cita para negarla con base en sus acciones de degradación y violencia contra Manco Inca, su padre, cuya voz indignada les reprocha en el texto con repugnancia: “y bien digo yo que bosotros no sois hijos de Viracochan sino del supay5 (que es nombre del demonio en nuestra lengua)”.6 Por otro lado, para disculpar a los indígenas y desmitificar a los castellanos, explica qué aspectos irreconocibles y ajenos de la apariencia, del armamento y de las acciones de los europeos generaron en un principio estas ideas.7 Además, reprocha a los españoles el haber sacado provecho inescrupuloso de las creencias y la confusión de los señores legítimos, que engañados les dieron la bienvenida: “e my padre tubolo por bien y dioles muchos cantaros y basos de oro y otras joyas e pieças rricas que lleuasen para sy e ssus conpañeros; y despacholos con mucha gente al gouernador diziendoles que pues le hauian benido a beer y benian de parte del Biracochan, que entrasen en su tierra, y sy querian venir a donde el estaua, viniesen mucho de enhorabuena”.8

Antes del inca Titu Cusi Yupanqui, la obra de un conquistador español arguye razones distintas a las del común de los textos escritos por europeos para demostrar el impacto de la extrañeza de los castellanos en los pueblos indígenas. Juan de Betanzos, hablante de quechua y esposo de la ñusta o princesa inca Cuxirimay Ocllo, en una sección de la Suma y narración de los incas da su versión de la primera entrevista entre Atahualpa Inca y los conquistadores, en la vecindad de las aguas termales de Cajamarca. De manera menos unilateral que la cifrada en la divinidad supuesta de los recién llegados, asumida en un comienzo por algunos pueblos indígenas, Betanzos imbrica varias nociones enfocadas desde la mirada inca, particularmente desde la visión del gran señor y de la cúpula de poder que lo acompañaba y asesoraba.

La princesa Cuxirimay Ocllo, signada por su origen y su género, y vapuleada por las vicisitudes históricas que le tocó vivir, fue en principio pivihuarmi o consorte principal de Atahualpa y luego mujer de Francisco Pizarro. El vínculo de Juan de Betanzos con su esposa, bautizada como doña Angelina, la cercanía a su parentela y el conocimiento de la lengua quechua lo colocaron en una perspectiva privilegiada, la cual no sólo le granjeó información histórica de la elite gobernante del incanato, sino le permitió considerar, desde el otro lado, el extrañamiento de los incas ante las noticias del arribo de los conquistadores al Tahuantinsuyu y el proceso de la conquista española del incanato.9

Como declara en la dedicatoria de la Suma…, Betanzos lleva a cabo una recopilación de la memoria histórica incaica obtenida de los ancianos, mientras realiza, en términos de E. Ann Kaplan, un acto consciente de traducción: “ha sido muy trabajoso lo uno porque no la traduje y recopilé siendo informado de uno sólo sino de muchos y de los más antiguos y de crédito que hallé entre estos naturales”.10 La labor de traducción se entiende aquí “tanto en su sentido literal de traducir de una lengua a otra como en el sentido amplio de explicar una cultura particular a personas de otra cultura” (mi traducción).11 Para Betanzos, en efecto, traducir implica esforzarse para transmitir las experiencias de la cultura inca a los castellanos, quienes, las han malinterpretado: “había determinado entre mi de no componer ni traducir otro libro de semejante materia en lengua india que tratase de los hechos y costumbres de estos indios naturales del Pirú por el gran trabajo que de ello vi que se me ofrecía por la variedad que vi en el informarme de estas cosas y ver cuan diferentemente los conquistadores hablan de ello y muy lejos de los que los indios usaron y esto creo yo ser”.12 Unas líneas más allá, con gran modernidad, Betanzos insiste en su empeño de ser fidedigno no tanto a sus lectores castellanos como a sus informantes y referentes: “para ser verdadero y fiel traducidor tengo de guardar la manera y orden del hablar de estos naturales”.13

Más adelante se tratará cómo este acto consciente de traducción de Juan de Betanzos se verifica en el capítulo XXI de la Suma…: “En que trata de cómo el Marqués llegó a Caxamalca y supo que el Ynga Atagualpa estaba en fiestas en los baños dos leguas de allí e de cómo le envió un capitán suyo a le llamar e de las cosas que le pasaron a este capitán e a los suyos con el Ynga en los baños”.14 En este contexto, Betanzos explora las vacilaciones del príncipe incaico en el discernimiento de la identidad de los recién llegados y expone sus reacciones y las de los suyos ante los visitantes encabalgados.

Variaciones sobre un mismo tema

El cotejo de las narraciones diversas del episodio concreto de la entrevista de Atahualpa con los enviados de Francisco Pizarro denuncia las diferencias en las mismas, aun en los textos más cercanos a los hechos. Las versiones difieren, primero, en su cantidad de detalles, ya que algunos testigos, tal vez abrumados por la vista del conjunto imponente del campamento incaico, son sucintos en sus relatos al momento de recordar y redactar; mientras otros, dotados quizás de ojo para el rasgo minucioso o de pluma fácil para la imaginación o la autopromoción, amplían los suyos con pormenores interesantes, admirables o hasta extravagantes.15

Segundo, y más problemático aún, las diferencias textuales se descubren desde el cómo se originó la embajada y atañen no sólo a la ausencia o a la cantidad de detalles en los recuentos, sino también a los hechos centrales. Hay discordancias sobre quién o quiénes determinaron enviar mensajeros ibéricos al campamento atahualpista y quién o quiénes —y en qué orden— fueron los elegidos para liderar la misión. También existen distinciones, entre otros aspectos, en si los españoles recibieron o no permiso o invitación del soberano inca para alojarse en Cajamarca; en si hubo o no reclamos y amenazas de Atahualpa durante la entrevista, el contenido y vigor de las recriminaciones, el tono y la intención tanto del mensaje transmitido por los conquistadores como de sus réplicas al monarca inca; la conducta de hostilidad encubierta de ambos grupos, la oferta de Atahualpa de comida o bebida a los recién llegados; quiénes trajeron la chicha ante el anfitrión y sus visitantes, si todos los vasos eran de oro o si algunos eran de plata, el protocolo en la bebida de la chicha; si alguien hablaba en lugar de Atahualpa y la identidad de este intermediario de la elite incaica; si el inca se dirigía o miraba directamente a los recién llegados; el nombre del intérprete de los castellanos, si era Felipe o Martín, mayormente referido con diminutivos como Martinillo o Felipillo.

Para demostrar con un elemento concreto la complejidad de las diferencias factuales −sin recaer en generalizaciones sobre la diversidad proverbial en los relatos− y, en algunas instancias, especular sobre sus causas, bien de orden personal o ideológico, se discute en seguida sólo la particularidad de quién o quiénes son enviados a la embajada. Se elige este extremo porque el eje unificador de estas páginas es la actuación de Hernando de Soto en la primera entrevista con Atahualpa. Sus caracoleos representan el eslabón que conecta en este trabajo las primeras crónicas de los testigos de Cajamarca con la historia de Juan de Betanzos. Así, resulta relevante examinar si siete escritos de testigos presenciales16 mencionan o no a Hernando de Soto en sus narraciones y especular sobre las razones para incorporar o excluir su nombre. Por otra parte, un cotejo más minucioso, que incorpore otros asuntos del episodio de la embajada sólo en estos autores, excedería en mucho la longitud de este artículo.

Uno o dos Hernandos

En su Noticia del Perú Miguel de Estete escribe como testigo ocular y, en apariencia, refiere el envío de mensajeros a Atahualpa como una decisión colectiva o impersonal; la frase su hermano, sin embargo, delata la procedencia de la orden:

Llegados al dicho pueblo, sin que nadie se apease, se acordó que Hernando Pizarro, su hermano, con hasta treinta de a caballo, personas principales, y con Martín, lengua,17 fuese al real del dicho Atabalica, a le hacer saber la llegada, y qué orden quería tener en las vistas, y si quería que fuesen en aquel pueblo o allí donde él estaba, porque todo sería como él lo mandase; el cual dicho Hernando Pizarro fué y yo con él” (el énfasis es mío).18

En la carta de Hernando Pizarro a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo,19 Francisco Pizarro envía en principio “un capitán con quince de a caballo a hablar a Atabalipa, diciendo que no se aposentaba hasta saber dónde era su voluntad que se aposentasen los cristianos, y que le rogaba que viniese, porque quería holgarse con él”.20 En este fragmento, Hernando Pizarro se propone descargar a su hermano mayor de cualquier cargo de arbitrariedad, indiferencia e irrespeto. Advierte que este deseaba pedirle permiso a Atahualpa para acampar en la ciudad en cuyos alrededores el príncipe inca y sus fuerzas se encontraban instalados. Al regresar Hernando Pizarro ante el gobernador —se había ausentado para reconocer el pueblo—, se enteró del envío de hombres y se alarmó de que Francisco hubiera seleccionado los quince mejores jinetes para que se presentaran ante el soberano autóctono. Le comunicó a Pizarro su preocupación de que estos pudieran recibir daño y disminuyeran con su pérdida los “sesenta de a caballo que tenía”. El gobernador, receptivo a sus inquietudes con lo que sanciona la pertinencia de las mismas, “mandó que yo fuese con otros veinte de a caballo que había para poder ir, y que allá hiciese como me pareciese que convenía”.21 En este recuento, Hernando Pizarro declara que su hermano lo envió, pero deja implícita la idea de que fue por sugerencia suya. Además, con la última frase de la cita, el líder de la expedición le confiere carta abierta para la palabra y la acción con lo que el capitán expande su importancia y su independencia en la embajada. Es evidente que el realce de su poder en la empresa de la conquista es uno de sus objetivos velados en la carta.

Diego de Trujillo, otro testigo ocular a quien le importa destacar su rol como participante en la primera entrevista con Atahualpa, narra que Francisco Pizarro envió “al capitán Soto con 20 de a caballo a visitar a Atabalipa”, pero que ante la tardanza y “sospechando el Gobernador si los avían muerto, fue Hernando Pizarro con gente de a pie y de a cavallo, a reconocer lo que avía, yo fui con él” (el énfasis es mío).22 De manera muy sucinta, Juan Ruiz de Arce, adoptando la primera persona plural en su narración, señala que, apenas llegados a Cajamarca y después de escuchar a un mensajero de Atahualpa invitándolos a aposentarse, “dexamos al governador y fuimos veinte e cinco de a cauallo adonde el estaua” (los énfasis son míos).23 La pluralización de los verbos de acción debilita el papel del líder de la empresa, de quien Ruiz de Arce no menciona ninguna orden de dirigirse al campamento atahualpista, y subraya la autonomía y resolución valiente de los veinticinco caballeros, entre ellos él, que se dirigieron a las instalaciones incas pobladas de guerreros.

La verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco, de Francisco de Xerez, secretario de Francisco Pizarro, cuenta que este “envió un capitán con veinte de caballo a hablar con Atabalipa y a decir que viniese a hablar con él”. Después de subir a una fortaleza, se dio cuenta del numeroso campo de los incas establecidos en las afueras de Cajamarca, por lo que decidió mandar a “otro capitán hermano suyo con otros veinte de caballo”.24 El relato de Xerez destaca el carácter prevenido de su jefe, quien, inquieto por el bienestar de los hombres a su cargo, averigua y mide el volumen del enemigo y toma resoluciones para evitar su desgracia entre las abundantes fuerzas contrarias. La Conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla, de autor anónimo,25 también testigo de los hechos,26 señala con cierta distancia respetuosa: “El señor Hernando Pizarro y el señor Hernando de Soto pidieron licencia al señor Gobernador, que los dejase ir, con cinco o seis de caballo y con la lengua, a hablar con el cacique Atabalipa, y a ver cómo tenía asentado su real. El Gobernador, los dejó ir, aunque contra su voluntad”.27

Pedro Pizarro, quien elabora con tardanza su Descubrimiento y conquista del Perú en 1571, relata que “este día el Marqués D. Francisco Pizarro mandó á Hernando de Soto que con veinte de á caballo y una lengua fuese donde estaba Atabalipa, y le dijese que él venía de parte de Dios y del Rey á los predicar y tenellos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que se viniese á ver con él”.28 A Pedro Pizarro, pariente y paje de Francisco Pizarro desde los quince hasta los dieciocho años, le interesa manifestar que su ex amo y benefactor envió una comitiva digna y bien intencionada, compuesta de Soto, otros veinte caballeros y un traductor, para identificarse ante el príncipe inca como enviado de la Iglesia y de la Corona con mensajes de reconciliación laica y religiosa. Esta actitud de aproximación era esencial para cumplir luego con la presentación del “famoso requerimiento que los capitanes españoles debían leer a los indios antes de hacerles la guerra”.29 Redactado por el jurista Juan López de Palacios Rubios, probablemente en 1513, el documento, “a los moradores de las islas e Tierra Firme del mar Océano que aún no están sujetos a Nuestro Señor”,30 demanda obediencia rendida —en su triple significación de sujeta, entregada y obsequiosa− al papa y a los reyes castellanos.

En suma, los siete autores citados estuvieron en Cajamarca —Pedro Pizarro podría ser la excepción—,31 pero de ellos sólo cuatro participaron en la embajada como miembros de una de las comisiones: 1) Miguel de Estete, quien fue entre la comitiva de Hernando Pizarro con treinta a caballo, no menciona ningún grupo de mensajeros enviado antes del suyo; 2) Hernando Pizarro, sin mencionar el nombre de ningún otro capitán, informa que hubo un grupo de quince jinetes antes de ir él mismo con otros veinte caballeros a las instalaciones del soberano incaico; 3) Diego de Trujillo narra que Soto fue con veinte encabalgados, pero que luego Hernando Pizarro salió con otro número indeterminado de jinetes y peones entre los que se encontraba el mismo Trujillo, y 4) Juan Ruiz de Arce, consecuente con su finalidad de presentar una probanza o información de méritos y servicios donde sus diligencias se destaquen, silencia nombres y colectiviza los sucesos mediante el uso de la primera persona plural, lo cual homogeniza su grado de acción con el de los líderes. Así, tampoco menciona ningún grupo enviado antes ni después de la comitiva de veinticinco caballeros en la que fue.

Los tres que no participaron en la embajada, porque permanecieron con su líder en la ciudad de Cajamarca —o se encontraban en otro lugar—, sólo supieron lo sucedido en la entrevista gracias a los testigos vivenciales: 1) como Hernando Pizarro en su carta, la crónica oficialista de Francisco Xérez comenta que un capitán, al cual no nombra, fue a Atahualpa con veinte jinetes y que luego otros veinte se fueron con otro capitán hermano del gobernador; 2) la crónica anónima señala que Hernando de Soto y Hernando Pizarro pidieron permiso a Pizarro para ir al asiento del monarca inca y que el gobernador los autorizó a regañadientes, y 3) Pedro Pizarro ignora la participación de Hernando Pizarro y menciona la designación de Soto como el elegido para la misión.

¡Hi-yo, Silver!, llega Hernando de Soto

En el transcurso de la embajada de los españoles, Hernando de Soto realiza una o dos bravuconadas a caballo, cuya finalidad, entre otras, debió ser antagonizar e intimidar al monarca inca y a sus guerreros —además de desacralizar la figura real ante sus súbditos, quienes tenían prohibido el contacto visual y físico con él—. La Conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla relata que los capitanes de Pizarro, una vez ante Atahualpa, “halláronlo que estaba sentado a la puerta de su casa, con muchas mujeres alrededor dél, que ningún indio osaba estar cerca dél. Y llegó Hernando de Soto con el caballo sobre él, y él se estuvo quedo, sin hacer mudanza, y llegó tan cerca, que una borla que el cacique tenía, tocada, puesta en la frente, le aventaba el caballo con las narices; y el Cacique nunca se mudó”.32 También, antes de marcharse, “Hernando de Soto arremetió el caballo muchas veces por junto a un escuadrón de piqueros, y ellos se retrujeron un paso atrás”.33 La retracción de sus guerreros fue un acto imperdonable para Atahualpa ya que, opuesta a su reacción, sus hombres demostraron miedo: “Después de idos los cristianos de allí, ellos pagaron bien lo que se retrujeron, que a ellos y a sus mujeres e hijos mandó el Cacique cortar las cabezas, diciendo que adelante habían ellos de ir, que no volver atrás, y que a todos los que volviesen atrás, había de mandar a hacer otro tanto”.34

De manera distinta, dos de los testigos y actores de la embajada, Juan Ruiz de Arce y Miguel de Estete, configuran los caracoleos como un acto de complacencia al monarca incaico, ya que este, curioso por la novedad de la presencia equina, desea atestiguar los movimientos de las bestias. Es así como en estos dos autores la cabalgada hostil con parada brusca frente al rostro del inca desaparece y la irreverencia del jinete ya no es tal. Cabe destacar que también hay cierto desacuerdo entre estas dos versiones. Según Juan Ruiz de Arce, Atahualpa solicita espontáneamente la demostración caballar, la cual complace solo un jinete anónimo del grupo:

[…] antes que nos fuesemos nos rrogo que arremetiésemos vn cauallo que deseaua mucho vellos correr luego vno de los compañeros arremetió vn cauallo dos o tres vezes y estauan muchos indios alrredor de nosotros mirando entre vnas junqueras que auia muy largas y muchas. Ansi como arremetió vn cauallo huyeron treinta o quarenta indios que estaua hazia donde el cauallo yva. Y luego como nosotros nos fuimos mando que hiziesen justicia dellos e que les cortasen las cabeças.35

Por su parte, en su Noticia del Perú Miguel de Estete constata que Soto toma la iniciativa de ofrecerle al Inca Atahualpa una exhibición de las habilidades de su caballo ponedor —es decir, “adiestrado para levantar las patas delanteras y sostenerse sobre las traseras”—,36 y que el monarca aceptó:

[…] un capitán, Hernando de Soto llevaba un caballejo ponedor y preguntóle si quería que lo corriese por aquel patio, y él hizo señas que sí; y así escaramuzó por allí, con buena gracia un poco. El caballejo era animoso, echaba mucha espuma de la boca, de lo cual, de ver la presteza con que se revolvía, él se maravilló, aunque más admiración hacía la gente común entre sí, había gran murmullo; y un escuadrón de gente, viendo venir el caballo para sí se retrujo hacia atrás; lo cual, los que lo hicieron pagaron aquella noche con las vidas; porque Atabalica los mandó matar, porque habían mostrado temor.37

Hernando de Soto, bien como gesto antagónico o complaciente —según las dos últimas crónicas mencionadas— ejecuta movimientos caballares frente a la corte incaica, con lo que despliega su habilidad para hacer al equino correr y detenerse con agilidad y presteza. Hacer de una montura un caballo ponedor requiere adiestramiento, como lo prueba el manuscrito “Tratado de la brida y gineta y de las cauallerías que entrambas sillas se hacen y enseñan á los cauallos y de las formas de torear á pie y á cauallo”, de Diego Ramírez de Haro, escrito durante el reinado de Felipe II, cuyo capítulo XXI del libro segundo se denomina “De la órden que se ha de tener para hacer á un caballo ponedor”.38 Así, ni la destreza de Soto ni la del caballo deben tomarse a la ligera, como el jinete al ejecutar frente a Atahualpa establece con presunción.

En síntesis, ya como gesto de agresividad ya como acción de complacencia al inca, la exhibición caballar conmina al príncipe para que desista de intenciones ofensivas contra los conquistadores. Los caracoleos ágiles de Soto ante Atahualpa y sus súbditos aclaman que los caballos constituyen, en frase de Alberto Salas, “una nueva arma”39 en el Tahuantinsuyu, la cual sólo los recién llegados poseen y saben maniobrar, y cuya efectividad letal los nativos deben ponderar. Desconocida por el indígena “y para cuya lucha no se había preparado”,40 esta arma aventaja a los conquistadores sobre las escuadras de infantería inca. La preeminencia no es sólo física sino psicológica. Pese a encontrarse ante su máxima autoridad, los hombres del inca cuando ven al caballo venir sobre ellos rehúyen el contacto del animal y del jinete en un repliegue defensivo, sin ningún intento ofensivo simultáneo, lo cual enfurece a Atahualpa.

La oficialidad ignora a Hernando de Soto

En la carta de Hernando Pizarro a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo no hay mención de Soto ni de su parada equina frente a Atahualpa. Se percibe más bien un intento de sugerir la ineficacia del envío del predecesor innombrado: “Díjome el capitán que hasta que yo llegué, nunca pudo acabar con el que le hablase, sino un principal suyo hablaba por él, y él siempre la cabeza baja”.41 En esta versión, el éxito de la embajada se verifica cuando Hernando Pizarro llega porque es él quien logra conversar con Atahualpa. Si de algo apenas le sirve la presencia del compañero que lo precede es para anunciarlo: “el capitán le dijo cómo iba y quién era”.42

Las bravuconerías en el escrito de Hernando Pizarro no son los caracoleos de Hernando de Soto, sino las contestaciones arrogantes del mismo narrador. Atahualpa le comunica que el señor del pueblo de San Miguel, un aliado obvio, “le había enviado a decir que éramos mala gente y no buenos para la guerra, y que aquel cacique nos había muerto caballos y gente”. Pizarro alude con desdén, jactancia y énfasis a la capacidad letal de los equinos: “Yo le dije que aquella gente de San Miguel eran como mujeres, y que un caballo bastaba para toda aquella tierra, y que cuando nos viese pelear vería quién éramos”. Luego, en consonancia con esta réplica, Hernando Pizarro le ofrece ayuda militar al inca para vencer a sus enemigos. Atahualpa le contesta que a cuatro jornadas de Cajamarca se encuentran “unos indios muy recios, que no podía con ellos, que allí irían cristianos a ayudar a su gente”. De nuevo Pizarro responde con menosprecio de la capacidad bélica tanto de los guerreros enemigos del inca como de los del campo incaico: “Díjele que el gobernador enviaría diez de caballo, que bastaba para toda la tierra, que sus indios no eran menester sino para buscar los que se escondiesen”.43

En su Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco, crónica oficialista, Francisco de Xerez también señala que, antes de la llegada del hermano de Pizarro, Atahualpa no interactuó con el capitán que le precedió en la embajada: “no le respondió, ni alzó la cabeza a le mirar, sino un principal suyo respondía a lo que el capitán hablaba”.44 El representante innombrado da a conocer al miembro del clan Pizarro ante el dignatario: “este es un hermano del Gobernador, háblale que viene a verte”. La mención del vínculo consanguíneo con el líder de los conquistadores captó la atención del inca: “Entonces alzó los ojos el cacique”. Según se puede extrapolar de varias fuentes, el gesto de mantener los ojos bajos era parte del protocolo del comportamiento dignificante y altivo del gobernante inca, pero los españoles, procedentes de un contexto cultural ajeno, lo interpretaron como signo de sumisión. Atahualpa reclamó a Hernando las denuncias de su capitán Mayçabilica, estacionado en el río de Turicaca, ante quien señores de varios territorios se habían quejado de la violencia de los conquistadores. En el texto de Xerez, Hernando Pizarro replica con la misma irreverencia y jactancia desplegadas en su carta a los oidores de La Española: “Mayçabilica es un bellaco, y a él y a todos los indios de aquel río mataría un solo cristiano; ¿cómo podía él matar cristianos ni caballo siendo todos ellos unas gallinas?”. Aprovecha la ocasión para desplegar su retórica belicista y dar a entender la efectividad caballar de las mesnadas conquistadoras: “para un cacique por mucha gente que tenga no es menester que vayan tus indios, sino diez cristianos a caballo lo destruirán”.45

En la Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco la única referencia a los caracoleos de un jinete —anónimo en la pluma de Francisco de Xerez— durante la embajada se encuentra en otro episodio del texto, en el que Atahualpa —ya como rehén— responde a las preguntas de Francisco Pizarro. El gobernador deseaba saber por qué el inca había aniquilado a un grupo de aborígenes que los conquistadores habían hallado muertos en el campamento incaico cuando recorrieron el lugar después de la derrota y prisión del inca: “Atabalipa dijo que el día que el Gobernador envió a su hermano Hernando Pizarro a su real para hablar con él, que uno de los cristianos arremetió el caballo, y aquellos que estaban muertos se habían retraído, y por eso los mandó matar”.46 Se debe notar cómo en este punto se identifica al hermano del gobernador, nombrado en el episodio de la entrevista sólo por el nexo familiar. Antes se evita mencionar el nombre de ambos capitanes, tanto del predecesor como del sucesor. Tal vez se tratara de una estrategia para silenciar, sin despertar sospechas de ello, el nombre de Hernando de Soto en ese contexto; no obstante, el nombre del enviado del clan Pizarro a la embajada se saca a relucir en esta otra parte del documento, donde se hace una referencia rápida al asunto.

Aparte del hecho fundamental de que ninguno de los hermanos Pizarros estaría dispuesto a compartir la gloria de sus hazañas con ningún otro capitán de sus subordinados en la empresa conquistadora del Perú, Pedro Pizarro hace alusión a la desconfianza de Francisco Pizarro hacia Hernando de Soto, por un conato de rebeldía intentado por éste:

Pues visto que Tumbes estaba alzado, y la gente enferma tenía gran necesidad de comer carne y otras cosas, mandó el Marqués Pizarro al capitán Soto que con sesenta de á caballo fuese en busca de Chile Masa que ansí se llamaba el Señor de Tumbes, y ansí lo hizo; y andando en su busca el capitán Soto con la gente que llevaba trató un medio motín contra el gobernador disimulado, fingiendo de ir á cierta provincia hacia Quito; y porque algunos no vieron en ello, y Joan de la Torre y otros se le huyeron y vinieron á dar aviso al Marqués, lo disimuló, y dende ahí en adelante cuando Soto salía á alguna parte, enviaba con él á sus dos hermanos Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro.47

La actitud de sospecha se mantiene, pues en otro episodio en el que Pizarro envía a Soto desde Pohechos —en una misión con cierta independencia—, se preocupa por su tardanza y teme que finalmente se haya deshecho de su autoridad: “despachó á Hernando de Soto con algunos de á caballo fuese á Caxas y entendiese que quién era Atabalipa y qué gente llevaba, y viese la provincia de Caxas y volviese á dalle aviso. Ido pues que fué Hernando de Soto tardóse más tiempo del que le fué dado, lo cual dió sospecha en el real no hobiese hecho lo que en Tumbes pretendía”.48 Tanto el deseo de no compartir la fama como la sospecha de traición serían causas más que suficientes para que los Pizarro acallaran las demostraciones de osadía de Soto. Por otro lado, que a Francisco Pizarro se le ocurriera el envío de su hermano después de haber mandado a Hernando de Soto a una embajada de trascendencia en la conquista, como según la mayoría de las fuentes testimoniales sucedió, podría deberse a la misma suspicacia que los Pizarro albergaban hacia el último.

Las ovejas llamadas cabillos

El autor anónimo de La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla muestra deferencia hacia Hernando de Soto, a quien cita en el pasaje de la embajada cuatro veces por nombre y apellido. En una de estas cuatro oportunidades antepone a su nombre el tratamiento de señor, y en otra el de capitán.49 Un poco más adelante, al narrar la captura de Atahualpa, lo distingue con ambos títulos: “señor capitán Hernando de Soto”.50 Es cierto que también los incorpora en el mismo contexto para Hernando Pizarro, pero encuentra una forma adicional de destacar a Soto con el detalle mínimo de que Hernando Pizarro comandaba en ese momento catorce o quince jinetes, mientras Soto estaba a cargo de quince o dieciséis hombres a caballo.51 Además, el elemento de que Hernando de Soto le dio a Atahualpa una sortija como signo amistoso y regalo colectivo aparece sólo en esta crónica, entre las provenientes de los testigos de los hechos de Cajamarca: “El capitán Hernando de Soto sacó un anillo del dedo y se lo dio, en señal de paz y amor, de parte de los cristianos, él lo tomó con muy poca estima”.52 Esta supuesta demostración de simpatía se verifica con mensajes mixtos de desafío y amistad, porque en esta narración Soto ofrece la joya a Atahualpa inmediatamente después de acercarle el caballo hasta el rostro.

A mediados del siglo XVI, Juan de Betanzos —quien se cree que no pertenecía a los primeros conquistadores llegados a Perú con Francisco Pizarro—((Horacio Villanueva Urteaga, “Juan Díez de Betanzos y el Cuzco”, en Juan de Betanzos, op. cit., p. XXXII.)) recrea la anécdota del anillo con muchos pormenores, entre los que no incluye el nombre de Soto ni de ningún otro capitán:

[…] un caballero de los que allí iban parescióle que sería bien dejarle al Ynga una joya de su mano para con él tomar amistad y llegóse al Ynga así a caballo como estaba y sacó un anillo de su mano y dábaselo al Ynga y como el Ynga era grave no quiso rescibir ni hizo mudamiento ninguno mostrando aceptar lo que le daba y como el caballero que se lo daba viese que no se lo quería rescebir porfiaba con el Ynga a que se lo rescibiese y como esto viese el Ynga mandó a Unan Chullo que lo rescibiese él y Unan Chullo lo rescibió y el caballero dijo a Unan Chullo que se lo diese al Ynga que no se lo daba a él el Ynga dijo a Unan Chullo que él lo daba por rescibido el caballero no quiso desto ser satisfecho y llegóse con su caballo tan cerca de donde el Ynga estaba que con el resuello y aire que echaba el caballo por las narices le levantó una o dos veces al Ynga la borla que delante de los ojos tenía puesta que era la insignia y manera de corona que tenía de señor según su usanza de lo cual el Ynga fue muy airado.53

Si bien Betanzos —sensibilizado por la influencia de su esposa, el conocimiento del quechua y las narraciones de los parientes nobles de doña Angelina— ha adquirido la capacidad para revelar al lector hasta cierto punto la perspectiva inca, también es cierto que, como participante del grupo vencedor, no claudica el punto de vista español, lo cual lo coloca en una postura bifronte y difícil de conciliar. No hay duda de que el autor, en retrospectiva, reprueba la actitud beligerante del capitán en el contexto de la embajada. Así, procede a elucubrar una explicación en la que tergiversa los sucesos para justificar el antagonismo y doblez del enviado de Francisco Pizarro. Invierte el orden de los hechos según los presenta La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla para sancionar las cabriolas del jinete conquistador en frente de Atahualpa. Debe reconocérsele que aprovecha además su pasaje para demostrar, a través de la impertinencia del jinete, cómo los extranjeros no saben interpretar o no les importa respetar la circunspección de Atahualpa.

El poder de la caballería en la caída de Atahualpa, la pérdida de su corona y el vencimiento de su numeroso ejército de guerreros se metaforiza en este episodio de Betanzos en el efecto del resuello del caballo sobre la mascapaicha o insignia real inca,54 la cual se levanta dos veces de su frente. Asimismo, que la borla al moverse de su sitio descubra sus ojos sugiere que Atahualpa, frente a los conquistadores por primera vez y detectando la ira medio disimulada de uno de ellos, agudiza su vista y advierte en plenitud el peligro que representan para su imperio. Ante su orgullo herido por el rechazo de la sortija, el jinete emplea su cabalgadura como exhibición de supremacía bélica y aproxima el equino al príncipe incaico para intimidarlo. Atahualpa permanece imperturbable y firme en su lugar, como también escriben admirados los testigos presenciales ibéricos, según se expuso antes:

[…] y mandó a Unan Chullo que le volviese el anillo y que les dijesen que se fuesen de allí y luego le volvieron el anillo y el Ynga nunca hizo ningún mudamiento de allí donde estaba ni señal con su persona de haber rescibido favor aunque llegó el caballo tan cerca del y le fue mandado a Ciquinchara que se levantase y dijese a los españoles que se fuesen que el Ynga iría otro día a Caxamalca como ya había dicho.55

Además, Juan de Betanzos aprovecha el capítulo para poner de manifiesto el temor de los indígenas ante la presencia del caballo como animal desconocido y desvela cómo los conquistadores, conscientes de tal miedo, aguijonean sus monturas para amedrentar a los adversarios. Que casi al principio del episodio haya una instancia en la que los nativos se sorprenden ante el elemento extraordinario de que los caballos echan chispas con sus cascos al batir las herraduras contra las piedras, prueba que este era uno de los objetivos centrales del autor en el capítulo XXI:

[…] y asi pasaron los españoles y como el agua del arroyo era muy caliente no rescibieron los caballos contentamiento dello y al salir del arroyo estan unos escalones de piedra para subir a los aposentos y como los caballos subiesen desabridos56 del agua caliente hicieron con los pies grande estruendo al subir de los escalones y con las herraduras hacían saltar lumbre de las piedras todo lo cual notaron los indios y en ver la lumbre por cosa de admiración.57

La reacción de los aborígenes no procede sólo de la apariencia de los animales o de su ferocidad en ese momento de enfado por la calidez del agua en las que sus jinetes los habían sumergido, sino que la vista de las chispas suscita en los hombres atahualpistas un sobrecogimiento aliado al atestiguamiento de un hecho maravilloso. De allí que las partículas de luz creadas con el roce de las herraduras sobre la superficie pétrea visten de misticismo la percepción indígena del caballo.

Otro pormenor elocuente relativo al equino es que en este capítulo Atahualpa pregunta por vez primera a Ciquinchara —un mensajero suyo que sigue la ruta de los conquistadores desde su llegada a Tangarala, y observa con atención la actuación y apariencia de los mismos— “que como le llamaban a sus ovejas”.58 Preguntar sobre el nombre demuestra la importancia del animal en la agenda indagatoria del príncipe y el intento de discernimiento de la naturaleza de estos cuadrúpedos a través del logos. Ciertamente, Betanzos configura a un inca que realiza pesquisas y asociaciones para entender lo desconocido. El cuestionamiento reflexivo acerca los equinos a los camélidos, en concreto a las llamas, las bestias empleadas entonces en las áreas andinas para la carga liviana. La aproximación epistemológica no resulta de mucha utilidad por la inadecuación de los términos comparativos y la falta de acceso a la lengua foránea. Estos obstáculos previenen la aprehensión de los conceptos, objetos y entes nuevos traspasados a su realidad. En efecto, el “orejón59 natural de Xaquixaguana” demuestra la inoperancia del logos en este contexto de extrañamiento lingüístico al equivocar, sin consecuencias ni reacciones adversas en la comunicación, la pronunciación del significante: responde que les llamaban cabillos60 por caballos.

De regreso a la entrevista, la petición de Ciquinchara, que el inca por dignidad mayestática no da directamente a la comitiva, de que el capitán y sus hombres se marchen, resiente al resto de los caballeros quienes también caracolean con las bestias frente al inca mientras sostienen las lanzas: “y los españoles escaramucearon un poco un caballo allí delante del Ynga y haciendo al Ynga una manera de cortesía abajando las cabezas se salieron diciendo al Ynga que otro día le esperaban en Caxamalca y ansi se partieron de donde el Ynga estaba sus lanzas en las manos”.61 Poniendo de lado el gesto forzado de pleitesía, la finalidad primordial de la escaramuza con el caballo y la exposición de las armas en mano es hacer patente el poderío militar hispánico. Una vez fuera del alcance de las fuerzas incaicas, los jinetes vuelven a hacer una exhibición amenazante en sus monturas: “y pasado tuvieron el arroyo como se viesen en la otra parte en lo llano escaramucearon los caballos todos juntos y corriéronlos todo lo cual miraba el Ynga desde cierta ventana desde la otra parte y como le viese fue muy maravillado”.62

Pedro Pizarro, quien escribe en 1571, unos veinte años después de Betanzos, no corrobora la parada ofensiva de Soto en el rostro de Atahualpa, pero sugiere también que el capitán extremeño reacciona y hace actuar a sus comandados ante la actitud beligerante del inca. El príncipe incaico profiere amenazas de que los conquistadores “le pagarían el desacato que habían tenido en tomar unas esteras de un aposento donde dormía su padre Guaina Capa cuando era vivo”. De la misma manera, les exige “que todo lo que habían tomado dende la Bahía de Sant Matheo hasta allí y comido se lo tuviesen todo junto para cuando él llegase” al día siguiente por la mañana a encontrarse con Francisco Pizarro. La reacción de Soto es también hostil; y no se moviliza solo, sino que ordena a sus jinetes a demostrar su impresionante ventaja equina:

Pues oido esto por Hernando Soto se desvió, y en un llano que había hizo hacer una escaramuza á los de á caballo, y acaso llegando los de á caballo con la escaramuza junto á unos indios que estaban sentados, los indios se levantaron y desviaron de miedo. Pues vuelto el Soto á Caxamalca, el Atabalipa mandó matar á estos indios que se levantaron y tuvieron miedo, y á sus caciques que ahí estaban y sus hijos y mujeres, por poner temor á su gente, y que no huyese ninguno al tiempo de pelear con los cristianos.63

Por su parte, Diego de Trujillo —quien también escribe en 1571—, elegido para la embajada entre los hombres de Hernando Pizarro, tampoco constata la brusquedad de Soto de poner el caballo cara a cara con Atahualpa. Opta por relatar la impetuosidad del extremeño, quien acomete su caballo hacia un grupo de guerreros o señores principales incas y con esta acción logra su objetivo de intimidar a los súbditos atahualpistas:

Tenía en torno del asiento a donde estaba mas de quarenta mil indios de guerra en sus esquadrones, y muchos señores principales de toda la tierra; y al despedirse Hernando de Soto batió las piernas a un caballo hacia donde estava el primer esquadron de gente y huyeron los indios, y aun cayeron unos sobre otros, y venidos nosotros a Caxamalca, mandó matar Atabalipa 300 indios, porque avían huido, que otro día después del desbarate los hallamos muertos, mátolos porque avían huido del caballo.64

De vuelta a la Suma…, tal vez como gesto de desaprobación de la manera como se condujo la embajada, Betanzos no incorpora el nombre del capitán líder de la misión. Parece tomar de la crónica fundacional de La Conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla la anécdota del anillo, la cual recrea obviando el nombre del oferente y posicionándolo en el común de la comitiva —“un caballero de los que allí iban”—. Expone, con cautela, la falta de reconocimiento de los castellanos de la majestad de Atahualpa, de su “autoridad y calidad como persona grave”,65 y demuestra cómo tal desconsideración precipita un cambio de actitud en Atahualpa, que a su vez incrementa el antagonismo de los visitantes. Repite el elemento de la compostura del inca ante la insolencia del embajador, lo cual enaltece a la persona real y, quizás con este mismo fin, silencia la supuesta reacción de espanto de un grupo del séquito atahualpista ante la embestida de un caballo y la subsecuente orden del príncipe de ejecutar a estos hombres por su amilanamiento. Los movimientos de Soto en la bestia frente a Atahualpa se transforman en la Suma… en una instancia individual y tres colectivas, dos de cerca y dos de lejos, en las que el monarca observa a los jinetes cabalgar con actitud amenazante.

“Parescen chozas hechas en el llano desde lejos”

En los capítulos XVII y XX de la historia de Betanzos, el inca Atahualpa tiene noticias de los conquistadores. Uno de sus propósitos definitivos de la primera entrevista con la comitiva de Pizarro es dilucidar la naturaleza de las personas que recorren sus territorios. En el capítulo XVII, de “tres mensajeros indios tallanes yungas de Tangarala” escucha las primicias de los extraños:

[…] habrás de saber sólo señor que a nuestro pueblo de Tangarala son llegadas unas gentes blancas y barbudas y traen una manera de ovejas sobre las cuales vienen y caminan y son muy grandes más que las nuestras muy muchos y estas gentes vienen tan vestidas que no se les paresce de sus carnes sino las manos y la cara y desta la mitad della porque la otra mitad traen cubiertas con las barbas que les nacen en ellas y estas gentes se ciñen ciertas ceñiduras encima de sus vestidos y destas ceñiduras traen colgado cierta pieza de plata que parece a estos palos que las mujeres meten en sus urdimbres para apretar lo que ansi tejen y el largor de estas piezas que ansi traen será de casi de una braza y esto decían por las espadas.66

Cuando Atahualpa interroga a los tallanes sobre la identidad de “esas gentes”, ellos contestan “que no sabían más que los llamaban ellos Viracocha cuna” que significa “los dioses”.67

Adelante en el mismo capítulo, el príncipe inca pide informes, en presencia de sus capitanes, a otros cuatro tallanes que le llevan ofrendas de parte de Pizarro. En esta oportunidad el interrogatorio se centra en las características físicas del gobernador extremeño. Del retrato de los tallanes sobresale la espada, “aquella cosa larga que les colgaba del cinto y que relumbraba como plata”68 y sus efectos mortales en unas “ovejas” —llamas— que les habían llevado a los conquistadores. Betanzos se enfoca ahora en la extrañeza suscitada por el objeto metálico cortante cuyo material, forma, filo y promesa mortífera son ajenos a la experiencia y parafernalia armamentista de los incas. Atahualpa desea saber más del instrumento cortante. Muy interesado cuestiona a los tallanes sobre la manera como los extranjeros cercenaban las cabezas de los animales con los objetos largos: “ellos le dijeron que como69 las sacaban de los cintos daban con ellas un golpe en el pescuezo de las ovejas y que saltaba la cabeza de la tal oveja a quien el golpe daban y que luego la oveja caía en tierra muerta y que la hacían degollar y que la carne ansi mismo la cortaban facilmente con aquellas largas cosas que cortaban”.70

El inca también se interesa por saber si los extranjeros comen carne cruda o cocida y si consumen carne humana, a lo que los tallanes le responden que la comen cocida y que no ingieren carne humana. Resulta interesante que Betanzos destaque los esfuerzos de Atahualpa por evaluar la humanidad de los extraños a partir de sus hábitos alimenticios y de la posibilidad antropofágica de su ingesta. Con esta estrategia, el narrador aproxima al inca a la generalidad de los conquistadores europeos, cuya desestimación y exclusión humana de los pueblos indígenas que encuentran a su paso en todo el continente depende en varias instancias de la práctica del canibalismo.

Por primera vez, Betanzos presenta a Atahualpa no sólo muy asustado, sino presintiendo su fin: “quedó admirado del cortar de las espadas y la grandeza de los caballos que le dijeron e como andaban e corrían encima dellos y como el Ynga esto hubiese sabido tuvo gran temor y entró en su consulta el Ynga temiéndose de lo que después le sucedió con el temor de lo que a los mensajeros oyera”.71 En este segmento, el narrador reitera el sustantivo temor, una vez lo califica con el adjetivo gran y añade el gerundio del verbo temer para describir las emociones del inca. El instinto de Atahualpa es escapar a una región de acceso difícil en los Andes amazónicos: “quisiérase de allí meter en los chachapoyas do llaman Labando”—como haría unos años después Manco Inca en su refugio de Vilcabamba—; pero sus capitanes no aprueban su deseo y le aconsejan que indague si los extranjeros son “runa quicacha que quiere decir estragadores de gentes” o “viracocha cuna runa allichac” que significa “dioses bienhechores de las gentes”.72 Opinan que sólo en el primer caso, y si fallara en resistirlos, entonces debería escapar. Betanzos demuestra la sagacidad de Atahualpa. El personaje no está descaminado en su presentimiento de la letalidad en su contra de los caballos y de las espadas, pero le falta resolución porque no puede amparar sus acciones en corazonadas. El inca se debate sobre las intenciones de los españoles. Su responsabilidad como líder, refrendada por la elite que lo asesora, no le permite precipitarse en la ofensiva hasta definir el carácter de los invasores. La responsabilidad de averiguarlo recae en el agitado Atahualpa.

En el capítulo XX, la fuente de información sobre los conquistadores es Ciquinchara, el orejón o noble dirigente de Xaquixaguana. Atahualpa lo conduce a un recinto para interrogarlo a solas. Los datos de este informante son contrarios a los de los tallanes. Con base en sus observaciones, Ciquinchara establece la humanidad de los castellanos no sólo a través de sus necesidades fisiológicas y su impotencia para erigir o aplastar montañas, crear ríos o sacar agua de la nada, facultades potestativas de los dioses, sino además por su avidez de metales, irrespeto de lo ajeno, el abuso de las mujeres y el maltrato y la esclavitud de los nativos:

[…] son hombres como nosotros porque comen y beben y se visten y remiendan sus vestidos y conversan73 con mujeres y no hacen milagros ninguno ni hacen sierras ni las allanan ni hacen gente ni producen ríos ni fuentes en las partes donde hay necesidad de agua porque pasando por partes estériles desto traen agua consigo en cántaros y calabazas y el Viracocha que antiguamente hizo el mundo hacía todo lo que he dicho y estos no hacen desto cosa antes he visto que son aficionados a toda cosa que ven y bien les paresce la toman para sí donde son mujeres mozas y vasos de oro y plata y ropas buenas traen ansi mismo en una quilla e guascas74 que dice sogas de hierro indios atados que les traen sus cargas y petacas en que traen sus vestidos a los cuales les hacen malos tratamientos y do quiera que llegan no dejan cosa que no ranchean y tan fácilmente la toman como si fuese suyo propio.75

Como Titu Cusi Yupanqui en la Instrucción al licenciado don Lope García de Castro, Ciquinchara concluye que los españoles no son seres divinos y, categóricamente, les atribuye intenciones perversas; así se lo explica al inca: “yo no los llamo Viracocha si no supai cuna que dice demonios”.76

La voz de Ciquinchara es la de advertencia. La información que le suministra al soberano sobre los caballos y la artillería pretende desmitificar a los extranjeros y eliminar, en lo posible y con anticipación precavida, el elemento sorpresa de sus diferencias cuando se presenten ante el inca. Ciertamente, los caballos, como los sismos, hacen retumbar la tierra y los cañones resuenan como el trueno; pero ni el estruendo ni los efectos de sus armas en las personas los deifican. Para el orejón, se trata sólo de errores de percepción y características explicables a través de la razón. Una vez que se atiende más allá de las apariencias se puede determinar que “no son sino gente salteadoras y derramadas”. Ambos calificativos aluden al robo, uno de los peores delitos en la civilización inca. En la cultura hispana, Covarrubias registra que salteador se aplica al que roba en el campo: “delito atrocísimo, especialmente si junto con quitar al caminante la hacienda le quitan la vida”.77 En cuanto a derramado, el adjetivo puede tener diversas acepciones según Covarrubias y Autoridades, pero al parecer Betanzos lo incorpora con el significado de aquel que se “entrega a deleites torpes y demás vicios”.78

Ciquinchara condenaría a muerte a los castellanos porque ha descubierto, le reitera con firmeza al inca, que son “salteadores y malas gentes”.79 El señor de Xaquixaguana, sin embargo, no logra convencer a Atahualpa ni demoler sus aprensiones religiosas. Éste vacila y piensa que los conquistadores “podrían ser dioses y venir enojados y hacer esas cosas que dices y demostrarte asi como los viste”.80 En este contexto, Betanzos recurre al tópico de la superstición de los incas; sin embargo, se trata de una reformulación del tema aludido constantemente en otros textos para justificar la conquista desde la perspectiva teológica. Betanzos lo emplea para explicar la vacilación del inca con lo que a la vez contrarresta los cargos de cobardía contra Atahualpa insuflados en la memoria colectiva.

El príncipe inca envía de nuevo a Ciquinchara al campamento español con dos vasos de oro y le pide que se los entregue de su parte a Francisco Pizarro con un mensaje de amor y de buena voluntad. Añade una orden perentoria: “mira que te digo que mires bien qué gente es porque no querría que nos sucediese alguna cosa por no entender lo que es”.81 La duda sobre la naturaleza de los extranjeros —¿bienhechores de pueblos o estragadores de gentes?− y el temor de las secuelas negativas por no darles el tratamiento merecido se hallan en su tono urgente. Ciquinchara, sin embargo, no podrá hacer mucho más. Ha sido categórico en sus juicios. Su observación de la marcha de los castellanos por los pueblos incas no le deja lugar a dudas sobre la corrupción y ruina que traen al Tahuantinsuyu. Su figura se perfila como la de un mensajero sagaz, pero impotente y solitario, imposibilitado de persuadir a su señor en medio de la conturbación general.

“Parescen chozas hechas en el llano desde lejos” es la primera frase que Atahualpa pronuncia en el capítulo XXI de la Suma…, al ver en la distancia a los conquistadores encabalgados aproximarse a su campamento en los baños de Cajamarca. El narrador precisa que los españoles “venían hechos un ala y apartados unos de otros”.82 Según Covarrubias “ir en ala”83 se refiere a “cierta forma de escuadrón”.84 Tal vez la dispersión de la caballería pretendiera crear la ilusión de un número mayor de hombres. Por otro lado, la choza, un espacio cerrado cuyo interior sólo se conoce cuando se penetra, sugiere —como un caballo de Troya— la incógnita sobre lo que alberga. El elemento predominante de la frase del inca, sin embargo, es el gigantismo de los castellanos. Esta percepción singular constituye un indicio de la ansiedad anticipatoria de Atahualpa y de su miedo, manifestado antes en la misma historia de Juan de Betanzos.

Y Atahualpa dijo: “Mana unan changa runan caicuna”

Al término de la entrevista, mientras observa por la ventana a los españoles que, a una distancia visible y con provocación, corren y hacen cabriolas en sus monturas, Atahualpa pronuncia la frase “mana unan changa runan caicuna”, la cual Betanzos traduce como “gente es esta de que no se puede tomar entendimiento”.85 La extrañeza del inca alude a la imagen novedosa de los hombres blancos y barbudos, de atuendo particular, completado con armas ofensivas y defensivas de metal, quienes se transportan sobre animales altos, corpulentos y musculosos, de patas largas y finas, crines pobladas, pelajes diversos y con arreos y movimientos ligeros y fuerza suficiente para derribar a un grupo numeroso de guerreros. Por otro lado, debe referirse también a su conducta irreverente ante la majestad y gravedad del inca. En efecto, los extranjeros visitantes rompen el protocolo de servicio y pleitesía con su insistencia impertinente.

En algunas fuentes posteriores a las citadas, se exponen las supuestas reglas protocolares para presentarse ante el emperador inca. En su Historia del origen, y genealogía real de los reyes ingas del Piru (1591), el mercedario Martín de Murúa indica la ceremonia que seguían tradicionalmente los visitantes de la corte cuzqueña o del recinto donde se encontrara el inca: “Tenían consigo muchos grandes y ancianos para su consejo y estado. Cualquiera de estos indios, cuando venía de fuera a esta corte, se descalzaba para entrar en el palacio y se cargaban algo a los hombros para hablar con ellos, y esta era señal de vasallaje”.86 El jerónimo fray Diego de Ocaña señala en su Relación de viaje (1599-1607) que a los súbditos no se les permitía mirar directamente al inca: “Y no se dejaba ver muy a menudo de los suyos. Y cuando le hablaban no le miraba[n] a la cara y volvían el rostro a un lado”.87 En la misma historia de Betanzos, Ciquinchara debe seguir las reglas ceremoniales establecidas antes de dirigirse a Atahualpa: “después de haberle hecho el debido acatamiento púsose detrás del Ynga y el Ynga como le viese mandóle que se pasase allí delante del para preguntarle y saber del a qué venían los españoles”.88 Por el contrario, al no descender de las monturas, Soto y sus jinetes se encaran al inca desde una perspectiva de arriba hacia abajo, la cual subraya la anulación de la distancia jerárquica entre los personajes. Dicha obliteración la intensifica el detalle ofrecido por varias de las crónicas de los presentes en la entrevista de que el asiento del inca era bajo: “el estaua asentado en una çilla baxa”.89

Conclusión

Estas páginas llevaron a cabo el examen del pasaje de la primera entrevista de los españoles con el inca Atahualpa en los dos textos fundacionales sobre la conquista del Perú: el relato anónimo La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla y la narración de Francisco de Xerez titulada la Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco, publicados ambos en 1534, muy pocos meses después de los hechos de Cajamarca. También revisaron cinco textos más, escritos por testigos vivenciales de los sucesos cajamarquinos en el contexto de la conquista castellana del Perú. Queda claro que ninguno de los narradores de los dos textos fundacionales asistió a la primera entrevista con el príncipe inca y que sus relatos sobre este pasaje histórico dependen de las relaciones de quienes se personaron frente a Atahualpa. También se perciben evasivas al nombrar a los líderes de esta embajada castellana ante el inca. La crónica oficialista de Francisco Xerez, secretario de Francisco Pizarro, establece que un capitán se dirigió al campamento de Atahualpa con veinte jinetes y que luego otros veinte se fueron con otro capitán hermano del gobernador. La crónica anónima, más precisa con respecto a los nombres, señala que Hernando de Soto y Hernando Pizarro le pidieron permiso a Pizarro para ir al asiento del monarca inca y que el gobernador los autorizó contra su voluntad. Por su parte, Pedro Pizarro, quien se supone tampoco estuvo presente en los hechos cajamarquinos, ignora la participación de Hernando Pizarro y menciona a Hernando de Soto como el elegido para la misión.

El resto de los textos, cuyos cuatro autores participaron en la embajada como miembros de una de las comisiones, destacan su actuación o la de su grupo como la fundamental en el encargo de Francisco Pizarro. Miguel de Estete, quien fue a la entrevista entre la comitiva de Hernando Pizarro con treinta a caballo, no menciona ningún grupo enviado antes del suyo. Hernando Pizarro, sin mencionar el nombre de ningún otro capitán, reconoce que hubo un grupo de quince jinetes antes de ir él mismo con otros veinte caballeros al campamento incaico. Diego de Trujillo narra que Hernando de Soto fue con veinte encabalgados, pero que luego Hernando Pizarro salió con otro número indeterminado de jinetes y peones; finalmente, Juan Ruiz de Arce —para igualar su actuación a la de los líderes— elide los nombres de los capitanes y colectiviza los sucesos con el uso de la primera persona plural en las conjugaciones verbales.

Con respecto a la actuación de Hernando de Soto, varias crónicas relatan que este capitán, bien como gesto antagónico o complaciente, ejecuta movimientos caballares frente a la corte incaica con los que despliega su habilidad para correr y detenerse ágilmente en el equino. La exhibición, arrogante y amenazante, conmina a Atahualpa a desistir de ofensivas potenciales contra los conquistadores; de lo contrario, sus guerreros desprevenidos debían enfrentar el castigo del caballo, un arma nueva contra la cual sus fuerzas militares no se encontraban preparadas. El repliegue de un grupo de indígenas de la corte del inca ante la hostilidad de Soto en su montura prueba la intimidación producida por el binomio bestia y jinete en los hombres de Atahualpa.

Las demostraciones de osadía de Hernando de Soto no se relatan en todos los textos y, cuando se narran, varias veces se suprime el nombre del autor de los caracoleos frente a Atahualpa y los suyos. Al parecer, estos silencios se deben, por una parte, al deseo de los Pizarro y sus aliados más fieles de no desviar la atención de los logros de los hermanos extremeños y, por otra, a las sospechas de traición que los Pizarro albergaban en contra de Soto. Que Francisco Pizarro enviara a su hermano en seguimiento de la comisión de Hernando de Soto, como narran la mayoría de las fuentes testimoniales, podría deberse en realidad a la desconfianza que los Pizarro tenían hacia el último.

La Suma y narración de los incas, de Juan de Betanzos, aprovecha el episodio del primer encuentro de Atahualpa con los conquistadores encaballados para exponer la alteridad de los recién llegados desde la perspectiva inca. “Parescen chozas hechas en el llano desde lejos” es la primera frase que en el capítulo XXI de la Suma… Atahualpa pronuncia al ver en la distancia a los conquistadores encabalgados aproximarse a su campamento en los baños cajamarquinos. El gigantismo de los castellanos, implícito en la frase, demuestra la ansiedad anticipatoria de Atahualpa, su miedo ante los seres desconocidos y su incapacidad de determinar hasta ese momento la naturaleza de los extranjeros, pese a los alertas de Ciquinchara, uno de sus colaboradores.

La Suma… parece sustraer de la crónica fundacional La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla la anécdota supuesta del anillo que Soto le entrega a Atahualpa en señal colectiva de amistad castellana. Tal vez como indicio de desaprobación de la manera como Soto se condujo en la embajada original, Betanzos no incluye su nombre, sino que lo hace común al grupo de españoles con la frase “un caballero de los que allí iban”. El narrador expone que el jinete, con muy poco tacto y sin intermediarios protocolares, le ofrece al inca un anillo cuya aceptación, haciendo caso omiso de la actitud distante del príncipe, desea forzar. Atahualpa mantiene su compostura; las acciones del caballero, no obstante, son inapropiadas en cuanto optan por ignorar el protocolo y la majestad del monarca. La trama de Betanzos provoca una reflexión sobre cómo la falta de humildad del oferente castellano genera un impasse entre el príncipe y los visitantes. La desconfianza y la animosidad se incrementan porque el inca se muestra ofendido y, en retorno vindicativo, el caballero caracolea en su montura y el resto de la comitiva lo imita. Más allá, a distancia del campamento, el grupo en marcha de regreso remueve de nuevo sus caballos con agitación en dos oportunidades. Atahualpa, quien observa desde lejos, emite la frase “gente es esta de que no se puede tomar entendimiento”90 con la que subraya su perplejidad ante la conducta y la esencia del ser de los castellanos. También, el relato de Betanzos elide el supuesto pasaje en el que una de las columnas de guerreros de Atahualpa se repliega, en reacción de terror, ante la embestida de uno de los jinetes españoles en su cabalgadura. En consecuencia, se elimina además la orden dada por el inca de ejecutar a los cobardes. Quizá este aspecto persiguiera contrarrestar la fama de cruel que pesaba sobre Atahualpa en el siglo XVI.

Betanzos trata el asunto del temor a los equinos tanto en Atahualpa como en sus hombres. Para estos últimos, los caballos parecen ser seres maravillosos cuyas patas en choque con las piedras producen chispas de luz. El autor recrea el elemento de la superstición inca para explicar la inacción agresiva de Atahualpa hacia los castellanos. El monarca vacila sobre la naturaleza de los extraños que circulan por sus territorios. Su apariencia tan diferente a la suya lo empuja a prestar oídos a sus asesores, quienes desean que averigüe si los recién llegados son dioses u hombres con intenciones perversas.

En mana unan changa runan caicuna, la frase de extrañeza configurada por Betanzos, se pone de relieve el estremecimiento acallado que le provoca a Atahualpa la llegada de los conquistadores y, sobre todo, su duda sobre la verdadera naturaleza de éstos. Durante la entrevista se muestra inalterable: “fueron donde el Ynga estaba y el Ynga como era hombre grave aunque eran los primeros que él había visto y él los viese no hizo ningún mudamiento”;91 sin embargo, en las acometidas y los alejamientos prestos y en las vueltas y revueltas ligeras de los visitantes barbudos sobre sus caballos, Atahualpa columbró la amenaza a su hegemonía recién impuesta en el incanato.

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____________,, Relación de la Conquista del Perú, Historia de los incas y conquista del Perú. I. Suma y Narración de los Incas por Juan Díez de Betanzos. II. Relación de la Conquista del Perú por Miguel de Estete (crónicas de 1533 a 1552), anotaciones y concordancias con las crónicas de Indias por Horacio H. Urteaga, notas biográficas de Estete y Betanzos [sic] por Domingo Angulo, Lima, Imprenta y librería Sanmartí y Ca., 1924, pp. 3-71.

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Autora: Beatriz Carolina Peña, Queens College, cuny. Mi más sincero agradecimiento a los lectores anónimos de este ensayo, cuyas observaciones me permitieron mejorarlo.

  1. Usnu: ‘ara, altar, adoratorio, litera’; Glauco Torres Fernández de Córdova, Diccionario Kichua-Castellano, Yurakshimi-Runashimi, 1982. []
  2. “El día siguiente entró el governador en consejo con sus hermanos y capitanes sobre embiar una embaxada del Emperador y mandato del Sumo Pontífice, porque no paresciesse que se mostravan tan ingratos y desconocidos a los regalos y buen recibimiento que les havían hecho. Acordaron que pues el Inca havía embiado un hermano suyo por embaxador, que el gobernador embiasse otro de los suyos, por que correspondiesse en la calidad del embaxador, ya que no podía en los dones y dádivas. Nombraron por embaxadores a Hernando Piçarro y a Hernando de Soto, que fuesen donde el Inca estava, no lejos de Cassamarca, en unos baños y palacios reales que allí tenía”; Inca Garcilaso de la Vega, Historia general del Perú (Segunda parte de los Comentarios Reales de los Incas), 1944 [1617], vol. 1, p. 54. []
  3. Alberto M. Salas, Las armas de la conquista de América, 1986, p. 94. []
  4. Titu Cusi Yupanqui fue uno de los hijos de Manco Inca Yupanqui (ca. 1516-1544), el segundo Inca elegido por Francisco Pizarro para suceder a Atahualpa, después de que los conquistadores ejecutaron a éste con garrote en Cajamarca en 1533. Una de las metas de la Instrucción al licenciado don Lope García de Castro —dirigida, como declara su título, al gobernador Lope García de Castro, pero en última y auténtica instancia al rey— es establecer su legitimidad como Inca para que el rey Felipe II le otorgue bienes que le permitan abandonar su refugio de Vilcabamba, como la Corona le exigía. La narración de su Instrucción… debe estar influenciada por el agustino Marcos García, quien traduce y articula el texto, mediada por el escribano Martín de Pando y tal vez también matizada por fray Diego de Ortiz, quien residía en Vilcabamba en el momento de su composición. No es posible elucidar los procesos complejos de selección, edición, inclusión y exclusión textual, y cómo y hasta dónde el inca Titu Cusi Yupanqui, así como cada personaje mencionado, se involucró en el desarrollo y resultado de la Instrucción… []
  5. Zupay del quechua Çupay, cupayruna ‘diablo’; çupaypa hucnin ‘maldito malísimo endiablado’; çupay hina çupay ñirac ‘Diabólico’; Diego Gonçález Holguín, Vocabvlario de la lengua general de todo el Perv llamada lengua qquichua o del Inca, 1952 [1608]. []
  6. Titu Cusi Yupanqui, Diego de Castro, History of How the Spaniards Arrived in Peru, 2006, p. 40. []
  7. Titu Cusi Yupanqui expone que la percepción equivocada de “vnos indios yungas tallanas que rresiden a la orilla del mar del sur quinze o beynte leguas del dicho Caxamallca” se esparció con rapidez en el Tahuantinsuyu: “[. . .] los quales dezian que abian bisto llegar a su tierra çiertas personas muy differentes de nuestro auito y traje que pareçian viracochas, ques el nombre con el qual nosotros nonbramos antiguamente al criador de todas las cossas, diziendo tecsi viracochan, que quiere dezir ‘prençipio y hazedor de todo’; y nonbraron desta manera a aquellas personas que auian visto, lo vno porque diferençiauan mucho nuestro traje y senblante, y lo otro porque beyan que andaban en vnas animalias muy grandes, las quales tenian los pies de plata: y esto dezian por el rrelunbrar de las herraduras, y tanbien los llamavan ansy, porque les hauian visto hablar a solas en vnos paños blancos como vna persona hablaua con otra, y esto por el leeer [sic: leer] en libros y cartas; y avn les llamauan viracochas por la exçelençia y paresçer de sus personas y mucha differençia entre vnos y otros, porque vnos heran de baruas negras y otros bermejas, e porque les veyan comer en plata, y tanbien porque tenian yllapas, nombre que nosotros tenemos para los truenos, y esto dezian por los arcabuzes, porque pensaban que heran truenos del çielo”; ibidem, pp. 8-10. []
  8. Ibidem, pp. 20-22. []
  9. Como doña Angelina provenía de la panaca o linaje de Atahualpa, se ha dicho que la obra de Betanzos tenía como finalidad defender las actuaciones de este inca en la guerra civil con su hermano Huascar. Más allá de una actitud sesgada, los especialistas reconocen en el historiador “su auténtica identificación del mundo incaico y su actitud sinceramente admirativa ante las proezas de los abuelos de su mujer” (Horacio Villueva Urteaga, “Juan Díez de Betanzos y el Cuzco”, p. XXXVI). El hecho de haber aprendido quechua y la familiaridad con los parientes de su esposa convirtieron “a Betanzos en un verdadero puente, a través del cual se comunican las dos mentalidades. Por eso, la afición y curiosidad por el pasado incaico, que había entrado en su propia vida, hubo de ser inevitable” (Demetrio Ramos, “La prospección incanista de Juan de Betanzos, a mediados del XVI: el carácter de sus trabajos y su apreciación de la infraestructura político-social”, p. XLVII). Ramos indica además que Betanzos logró una admirable “difícil comunicación de mentalidades bien distintas, que imponían decisiones, actitudes o pensamientos no tan transparentes para la otra parte”. Este éxito se intensifica con su poder de penetración en un mundo difuminado y hecho remoto como consecuencia de la guerra entre Atahualpa y Huascar (p. XLVIII); Juan de Betanzos, Suma y narración de los incas, 1987 [1551]. []
  10. Ibidem, p. 7. []
  11. E. Ann Kaplan, Trauma Culture. The Politics of Terror and Loss in Media and Literature, 2005, p. 104. []
  12. Juan de Betanzos, op. cit., p. 7. []
  13. Idem. []
  14. Ibidem, p. 267. []
  15. Entre los escritores con aparente ojo agudo se encuentra Juan Ruiz de Arce, quien ofrece diversos detalles interesantes del encuentro. Entre ellos, por ejemplo, llama la atención que Atahualpa “no escopia en el suelo quando gargajaua o escupia poniale vna muger la mano y en ella escupia todos los cabellos que se le cayan por el vestido los tomauan las mugeres y los comian. Sabido porque hazia aquello [sic] el escopir lo hazia por grandeza los cabellos lo hazia porque era mui temeroso de hechizos y porque no lo hechizasen los mandaua comer”; Juan Ruiz de Arce, La memoria de Juan Ruiz de Arce (1543). Conquista del Perú, saberes secretos de caballería y defensa del mayorazgo, 2002 [1543], p. 83. Pedro Pizarro, por su parte, es el único que hace mención de una especie de cortina tras la que se velaba la persona real: “El Atabalipa estaba en este galponcillo como tengo dicho, sentado en su duo, y una manta muy delgada rala que por ella vía, la cual tenían dos mujeres, una de un cabo y otra de otro delante dél, que le tapaban para que nadie le viesen, porque los tenían por costumbres algunos de estos señores no ser vistos de sus vasallos sino raras veces”. Pedro Pizarro, Descubrimiento y conquista del Perú por Pedro Pizarro conquistador y poblador de este reino (1571). Seguida de la Relación Sumaria acerca de la conquista por el padre Fr. Luis Naharro, de la Orden de la Merced, 1917, p. 29. []
  16. Se excluye la crónica de Alonso Borregán, también testigo vivencial de Cajamarca, porque no incorpora en su narración la embajada de los capitanes y soldados de Francisco Pizarro. En su lugar coloca el contacto entre el padre Vicente Valverde y Atahualpa como una misión previa a la confrontación en la plaza de Cajamarca. Narra que Pizarro envió al padre Valverde con otro sacerdote de apellido Sosa, y que el acto de Atahualpa de lanzar el libro sagrado —este autor, con más precisión que otros, llama al libro los Evangelios− al suelo tuvo lugar en esa entrevista: “[. . .] el atabalipa estaua vn poco mas adelant[e] en otras casas con toda su gente y enbiole el gouernador piçarro al padre frai bicente de Valverde a rrequerir se tornase cristiano y quellos benian por mandado del rrey de castilla a toda aquella tierra a los dotrinar y enseñar estaua alli con el otro clerigo que se dezia sosa y como el fraile le mostrase los abangelios y los tomase el atabalipa en las manos y no entendiese la letra arrojolo por el suelo no haçiendo caso del enojose el padre y bulbese al gouernador y a los christianos acuerden todos que le prendiesen porque vieron que //se// le rrecogia mucha gente el tirano del atabalipa determino de prender a los christianos y matarlos y sale vn dia con toda su gente armada y base para el apossento de los christianos”; Alonso Borregán, La conquista del Perú, 2011 [1569], p. 203. El Sosa al que se refiere Borregán es el padre Juan de Sosa, quien según otro participante, llamado Pedro de Barrera, cuyo testimonio dio en Sevilla en 1535, no estuvo en Cajamarca. Pizarro le había ordenado quedarse en Piura, lo cual el sacerdote cumplió a condición de que se le diera su parte del botín de la conquista tan pronto como este se obtuviera. Más tarde, Sosa se personaría en Cajamarca a recibir su porción de oro del rescate de Atahualpa; James Lockhart, The Men of Cajamarca, a Social and Biographical Study of the First Conquerors of Peru, 1972, p. 465. []
  17. Lengua: “el intérprete que declara una lengua con otra, interviniendo entre dos de diferentes lenguajes”; Sebastián de Covarrubias Horozco, Tesoro de la lengua castellana o española, 2006. []
  18. Miguel de Estete, “Noticia del Perú”, en Los cronistas de la conquista, 1938, p. 219. []
  19. Hernando Pizarro sugiere que desea tomar la delantera en informar a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo a su llegada a la isla Española, en ruta hacia Castilla, para evitar que las noticias de los sucesos del Perú les lleguen deformadas a través de otras fuentes: “Yo llegué a este puerto de la Yaguana de camino para pasar a España por mandado del gobernador Francisco Pizarro, a informar a Su Magestad de lo sucedido en aquella gobernación del Perú y la manera de la tierra y estado en que queda: y, porque creo que los que a esa ciudad van, darán a vuestras mercedes variables nuevas, me ha parecido escribir en suma lo sucedido en la tierra, para que sean informados de la verdad”; Hernando Pizarro, “A los magníficos señores, los señores oidores de la Audiencia Real de su Majestad, que residen en la ciudad de Santo Domingo”, en Los cronistas de la conquista, 1938, p. 253. []
  20. Ibidem, p. 254. []
  21. Ibidem, p. 255. []
  22. Diego de Trujillo, Una relación inédita de la conquista. La crónica de Diego de Trujillo, 1970 [1571], p. 52. []
  23. Juan Ruiz de Arce, op. cit., p. 81. []
  24. Francisco de Xerez, Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco, llamada la Nueva Castilla…, (ed. de José Luis Moure), en Alberto M. Salas, Miguel A. Guérin y José Luis Moure (eds.), Crónicas iniciales de la conquista del Perú, 1987 [1534], p. 192. []
  25. Esta crónica se ha atribuido a Cristóbal de Mena y a otros conquistadores. Al respecto, véase Horacio H. Urteaga, “Nota preliminar”, en Los cronistas de la conquista, 1938, pp. 10-12; Franklin Pease, “Mena, Cristóbal de (sixteenth century)”, en Guide to Documentary Sources for Andean Studies, 1530-1900, 2009, vol. 3, p. 407. []
  26. La Conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla y la Verdadera Relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco se dieron a la imprenta muy pronto en Sevilla, en 1534, por lo que constituyen los dos primeros textos publicados por individuos participantes en la campaña peruana de Francisco Pizarro. La Conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla fue la primera en ver la luz en abril de 1534. []
  27. La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla. La cual tierra por divina voluntad fue maravillosamente conquistada en la felicísima ventura del emperador y rey…, (ed. de Miguel Alberto Guérin), en Alberto M. Salas, Miguel A. Guérin y José Luis Moure (eds.), op. cit., p. 98. []
  28. Pedro Pizarro, op. cit., p. 28. []
  29. Silvio A. Zavala, Las instituciones jurídicas en la conquista de América, 1935, p. 90. El texto del requerimiento es el segundo documento del apéndice de esa obra en las pp. 286-288. []
  30. Ibidem, p. 286. []
  31. No hay certidumbre de que Pedro Pizarro haya estado en Cajamarca cuando Atahualpa fue tomado como rehén. Para entonces pudo haber tenido unos dieciocho años y habría estado muy joven para participar en la batalla; véase Rafael Varón Gabai, “Pizarro, Pedro (ca. 1513-1587)”, en Guide to Documentary Sources for Andean Studies, 1530-1900, 2009. vol. 3, p. 524. De todas maneras, su cercanía y sus relaciones con los actores de Cajamarca lo califican como testigo de primera línea. []
  32. La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla, op. cit., pp. 98-99. []
  33. Ibidem, p. 99. []
  34. Ibidem, pp. 99-100. []
  35. Juan Ruiz de Arce, op. cit., 83-84. []
  36. Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): s.v., caballo. []
  37. Miguel de Estete, op. cit., p. 221. []
  38. Luis Bañuelos y de la Cerda, Libro de la jineta y descendencia de los caballeros guzmanes, 1877, pp. XX-XXI. []
  39. Alberto M. Salas, op. cit., p. 94. []
  40. Idem. []
  41. Hernando Pizarro, op. cit., p. 255. []
  42. Idem. []
  43. Idem. []
  44. Francisco de Xerez, op. cit., p. 193. []
  45. Ibidem, p. 194. En el texto de Xerez se percibe un esfuerzo por destacar cómo Francisco Pizarro envió al primer capitán ante Atahualpa con la orden expresa de que “fuese pacíficamente sin trabar contienda con su gente, aunque ellos la quisiesen, que lo mejor que pudiese llegase a hablarle y volviese con la respuesta”. Del mismo modo, cuando envía a su hermano con los otros veinte jinetes, le “mandó que no consintiese que hiciesen ningunas voces” (ibidem, p. 192). Sin embargo, Diego de Trujillo relata cómo cuando Atabalipa, requerida su salida por los embajadores de Pizarro, les manda a decir con su mensajero “que esperéis, que luego saldrá”, Hernando Pizarro con impaciencia e insulto profiere: “decidle al perro que salga luego”; Diego de Trujillo, op. cit., p. 52. []
  46. Francisco de Xerez, op. cit., p. 210. []
  47. Pedro Pizarro, op. cit., p. 22. []
  48. Ibidem, p. 24. []
  49. La Conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla, ed. cit., pp. 98-99. []
  50. Ibidem, p. 101. []
  51. Ibidem, pp. 101-102. []
  52. Ibidem, p. 99. []
  53. Juan de Betanzos, op. cit., p. 270. []
  54. La mascapaicha era la insignia de dignidad real que llevaba el inca a manera de corona; pasó a llamarse borla en las fuentes coloniales. Pedro Pizarro, posible testigo de vista de la prisión de Atahualpa en Cajamarca, describe la mascapaicha prehispánica de la siguiente manera: “Este indio se ponía en la cabeza unos llautos que son unas trenzas hechas de lana de colores, de grosor de medio dedo, y de anchor de uno, hecho desto una manera de corona, y no con puntas, sino redonda, de anchor de una mano, que encajaba en la cabeza, y en la frente una borla cosida en este llauto, de anchor de una mano, poco más, de lana muy fina de grana, cortada muy igual, metida por unos cañutitos, de oro muy sotilmente hasta la mitad: esta lana era hilada, y de los cañutos abajo destorcida, que era lo que caía en la frente; que los cañutillos de oro era cuanto tomaban todo el llauto ya dicho. Caíale esta borla hasta encima de las cejas, de un dedo de grosor, que le tomaba toda la frente”; Pedro Pizarro, op. cit., p. 52. []
  55. Juan de Betanzos, op. cit., p. 270. []
  56. Desabrido “disgustado”; Sebastián de Covarrubias Horozco, op. cit. []
  57. Juan de Betanzos, op. cit., p. 269. []
  58. El término ovejas se refiere a los camélidos: llama, alpaca, vicuña y guanaco, consignados como “carneros de las Indias” u “ovejas de la tierra” por la mayoría de los cronistas. Véase, por ejemplo, Pedro Cieza de León, Crónica del Perú. Primera parte, 1984, pp. 293-294. []
  59. Orejón “inca de las estirpes nobles o señor principal”. Se les llamaba así porque, como signo de distinción, se horadaban y dilataban el lóbulo de la oreja con una rodaja. []
  60. Juan de Betanzos, op. cit., p. 268. []
  61. Ibidem, p. 270. []
  62. Idem. []
  63. Pedro Pizarro, op. cit., p. 29. El autor aprovecha para destacar la crueldad de Atahualpa y desmerecer su derecho al trono inca: “Destas crueldades hacían él y sus capitanes muchas, como adelante se dirá”. []
  64. Diego de Trujillo, op. cit., p. 53. []
  65. Sebastián de Covarrubias Horozco, Tesoro de la lengua castellana o española, 2006: s.v. grave. []
  66. Juan de Betanzos, op. cit., p. 254. []
  67. Ibidem, p. 253. []
  68. Ibidem, p. 254. []
  69. Como tiene aquí valor temporal y significa “cuando”. V. Keniston, par. 29, 811. []
  70. Juan de Betanzos, op. cit., p. 254. []
  71. Ibidem, p. 255. []
  72. Idem. []
  73. Conversar “trato y comunicación ilícita, o amancebamiento” (s. v. conversación); Real Academia Española, Diccionario de Autoridades, 2002 [1726]. []
  74. Guasca del quechua huasca “soga o cordel grueso”. Diego Gonçález Holguín, op. cit. []
  75. Juan de Betanzos, op. cit., p. 264. []
  76. Idem. []
  77. Sebastián de Covarrubias Horozco, op. cit.: s.v.: saltear. []
  78. s.v. Derramarse y derramado; Real Academia Española, Diccionario de autoridades, 2002 [1726]. []
  79. Juan de Betanzos, op. cit., p. 265. []
  80. Idem. []
  81. Idem. []
  82. Ibidem, p. 268. []
  83. Sebastián de Covarrubias Horozco, op. cit.: s.v. ala. []
  84. Idem. []
  85. Juan de Betanzos, op. cit., p. 270. []
  86. Martín de Murúa, Historia del origen, y genealogía real de los reyes ingas del Piru. De sus hechos, costumbres, trajes, y manera de gobierno, 2004 [1591], f. 51r. []
  87. Fray Diego de Ocaña, “Relación del viaje de Fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo (1599-1605), s. XVII (principios)”, f. 338r. []
  88. Juan de Betanzos, op. cit., 268. []
  89. Juan Ruiz de Arce, op. cit., p. 83. []
  90. Juan de Betanzos, op. cit., p. 270. []
  91. Ibidem, p. 269. []

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