Adriana Rodríguez Delgado, Santos o embusteros. Los alumbrados novohispanos del siglo XVII, Veracruz, Gobierno del Estado de Veracruz, 2013.

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DA62R1En la portada del libro, en la imagen de las “Santas castitas”, se alcanza a leer “que vinieron a favorecer al padre por petición de la Santa, esta que rodea al padre es una cosa blanca como nublado blanco”. Así, blanco y nublado, es el caso de los alumbrados novohispanos. Es un problema difícil de definir, de encontrar sus rutas tan diversas y sus matices que corresponden a las corrientes de pensamiento “recogidos”, “dejados” y “apocalípticos”. En general, Adriana Rodríguez nos ayuda a entender las dimensiones que tienen los alumbrados, que se encuentran en una frontera muy tenue entre la santidad, el proselitismo, la perversión y el castigo.

En el libro Santos o embusteros uno puede constatar que durante los siglos XVI y XVII, se fue creando en Nueva España un ambiente propicio para el surgimiento de una serie de pensamientos heterodoxos, estimulados por el contacto de diversas culturas, que confluyeron con tradiciones religiosas muy disímbolas con los grupos multiétnicos a los que se intentaba homogenizar, o mejor dicho occidentalizar, pero ellos siguieron empeñados en sus ideas ancestrales. De estas condiciones surgen “los alumbrados”, quienes representan una posición radical frente a la fe católica: intentan un cambio sustancial en la manera de seguir a Dios y alejarse de la actitud asumida por la Iglesia, en la enseñanza de la fe católica. Los alumbrados, con su ejemplo, intentaban adoctrinar, propiciar una serie de prácticas religiosas introspectivas y difundir un nuevo estilo de vida entre la sociedad novohispana.

La autora presenta, de manera detallada, todos aquellos atributos por los cuales los iluminados fueron combatidos; por ejemplo, por promover la oración mental y no la bucal; cabe subrayar que la oración mental estaba reservada a las autoridades religiosas, y negada a los feligreses comunes. Asimismo, proponían desobedecer a los prelados y consideraban vana la intercesión de la corte celestial, sobre todo en los momentos que se mantenía comunicación directa con Dios. Los augurios de la perfección eran los ardores, arrobos, temblores y hasta el desmayo, en pocas palabras, el momento del trance. Cuando se alcanzaba ese estado, la Iglesia prohibía, como si pudiera hacerlo, que pudieran ver imágenes santas y escuchar sermones. Los iluminados promovían el estado de perfección a través de la lectura de los libros sagrados, la comunión diaria como ayuda de la purificación, del cuerpo y alma, e inspiraban “los indicios del amor a Dios”.

Todo este conjunto de prácticas cristianas se ensombrecían con el libre albedrío, es decir, una vez alcanzado el grado de perfección, cualquier tipo de conducta reprobable, ilegal y prohibida se justificaba, como el rechazo del sacramento del matrimonio y una amplia gama de experiencias consideradas “desviaciones sexuales”, como fueron los tocamientos deshonestos, las relaciones ilícitas o llevar al demonio dentro.

A los iluminados se les consideró una secta. En este sentido, fueron perseguidos al igual que los hijos de Moisés, los mahometanos y luteranos. Cada uno de ellos se identificaba por sus costumbres y rituales. Ante una sociedad que todo veía, oía y rumoraba, no podía pasarse por alto que una familia celebrara el viernes o sábado y utilizara ropa, manteles, sábanas limpias, comieran carne y era muy sospechoso que mantuvieran apagado el fogón de las casas. Todas ellas eran señales inconfundibles de que se trataba de familias judías o musulmanas. Y si dejaban de confesarse, si no obedecían a la jerarquía religiosa, se alejaban de los santos y pensaban que cada individuo por la gracia de Dios alcanzaba la santidad, entonces eran auténticos luteranos. Una de las sectas que pasó por alto el Santo Tribunal de la Inquisición fueron los cuáqueros, los “amigos o tembladores”, como se les llegó a conocer, eran seguidores de un cristianismo primitivo, que perseguía una voz o luz interior que les revelaba el camino para encontrar la verdad espiritual, quienes guardaban mucha semejanza con los iluminados.

Adriana Rodríguez nos hace una amplia gama de revelaciones sobre esta secta; realiza un detallado perfil sociológico sobre la integración y organización de estos grupos que se desarrollaron por diversas ciudades de la Nueva España. Buena parte de ellos eran españoles, quienes traían en su equipaje las ideas aprendidas en su tierra. Pero con cierta facilidad, encontraron fieles seguidores entre los criollos y mestizos. También es cierto que los más destacados eran religiosos y religiosas, quienes lograron encontrar eco en una amplia gama de la población. Llama la atención el sobrenombre que recibió uno de ellos: se le conocía como “El caballero del milagro”. De por sí el nombre ya dice mucho, en el sentido de lo asombroso y excepcional que podía ser. Es extraño, o quizá no tanto, que coincidiera con el nombre de una obra de teatro de Félix Lope de Vega, titulada así precisamente “El caballero del milagro” y que tiene como subtítulo “El arrogante español”. El principal personaje lleva por nombre Luzman, el hombre iluminado, que es un pobre diablo que se pasa la vida en el engaño, el embuste y la estafa; es decir, como muchos de los iluminados novohispanos.

En su entusiasmo, los iluminados se distinguían por su teatralidad: escogían los lugares públicos para llevar a cabo sus arrobos y visiones, y ante los espectadores ganaban adeptos. Eran alentados por los valores que practicaban como la santidad, respeto, disciplina, inteligencia, credibilidad y el mucho amor a Dios. Es posible que no sólo buscaran su beneficio propio, como lo pensaron los inquisidores y la autora. Más allá de sus placeres y ambiciones personales, se encontraba la insatisfacción por los rituales promovidos y la corrupción de la Iglesia.

Por último, es posible que los iluminados tuvieran mayor éxito por su labor terapéutica, apoyada algunas veces en el maligno peyote. Es muy sorprendente la sensación de mirar a una persona en trance, que no sólo experimentó la sociedad “barroca novohispana”. Hasta nuestros días es frecuente que, por la necesidad de buscar un remedio para sanar alguna terca enfermedad, se recurra a cualquier medio, sin importar los límites de lo permitido y prohibido. Ahí es donde la racionalidad ya no encuentra cabida y nos adentramos en el reino del encantamiento. El “corifeo” realiza una serie de actos, que van llamando el interés y reclaman la atención de los seguidores, quienes no pierden detalle del lenguaje corporal. Al cerrar los ojos, estremecerse y emitir sonidos guturales incomprensibles, cualquier persona puede pensar que el Corifeo ha iniciado un viaje mítico con el fin de comunicarse con una deidad, quien se encargará de proporcionar los antídotos para ayudar a sanar y reafirmar la fe. Siempre hay la posibilidad de que la credibilidad se anule y los movimientos parezcan ridículos. Sin embargo, no faltará quien, con una cara solemne y de profundo respeto al ritual, acalle las burlas y ayude a crear una atmósfera mística, entre la posibilidad de sanar y el temor a adentrarte a un mundo desconocido, tan iluminado, que uno quede deslumbrado por la santidad o el embuste.

Autor: Eduardo Flores Clair, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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