Carlos Martínez Assad, Los cuatro puntos orientales. El regreso de los árabes a la historia, México, Océano, 2013.

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DA64R101El Medio Oriente se mueve entre la bruma de la historia antigua y un presente convulso, palpitante e intrigante. En ese espacio geográfico que media entre el oriente y el occidente, que comparte el mar Mediterráneo y linda con los grandes continentes de África y Asia, se gestaron las grandes civilizaciones y las religiones milenarias.

Judíos, cristianos y musulmanes tienen su origen, su historia y su presente en el mismo espacio que contiene al Muro de las Lamentaciones, la Mezquita de Omar y el Santo Sepulcro. Allí en Jerusalén confluyen los conflictos ideológicos ancestrales de oriente y occidente, de las cruzadas del papa Urbano y de los antagonismos entre Iglesia católica e iglesia ortodoxa. Pero también los conflictos que el siglo XXI heredó del siglo XX, muy especialmente del modelo colonial, del reparto del mundo y su posterior solución descolonizadora, realizada de manera arbitraria, dolosa e irresponsable por parte de los imperios coloniales-occidentales que salieron victoriosos de la Segunda Guerra Mundial.

La historia tendrá que evaluar qué fue peor, si la fase colonial de explotación y expoliación colonial o el caos creado después al fraccionar continentes de manera arbitraria, y dejar islas y sus pocos habitantes y escasos recursos abandonadas a su propio destino, muchas de las cuales se convirtieron en naciones fallidas y otras en espacios intangibles para sus pingues negocios mercantiles y financieros.

Los cuatro puntos orientales, obra de profundo y largo aliento del profesor Carlos Martínez Assad, pretende desentrañar los planteamientos dicotómico y simplistas que son frecuentes cuando se habla o enseña sobre oriente y occidente, sobre el pretendido choque de civilizaciones.

El lector se enfrenta a una síntesis histórica de la región conocida como Medio Oriente, con especial énfasis en el conflicto central y permanente entre Israel y Palestina, mediado por los fuertes y poco efectivos apoyos de los países árabes a uno de los bandos y con la fuerza y presencia del imperio y sus aliados occidentales, que apoyan al otro bando y globalizan el conflicto.

Pero más allá del eje del conflicto que se centra en Israel, el mundo árabe está muy lejos de ser homogéneo, como se pretende simplificarlo. La intervención occidental en esta región despertó los viejos antagonismos entre sunitas, chiitas y las minorías cristianas. Conflictos que se expresan hoy de manera acuciante en Siria, y en trasfondo de otras tantas guerras como la de Irán-Irak, donde la mano imperial y sus intereses por la región y el petróleo tuvieron mucha injerencia; luego en la de Irak- Kuwait, en conflicto permanente por viejos territorios y una lógica salida al mar que no previeron o no quisieron prever los fraccionadores.

El reparto del tesoro oriental se dio primero entre los colonizadores ingleses y franceses, luego entre los imperios estadounidense y soviético. Entre todos se repartieron las reliquias más antiguas de la civilización para sus museos, como se reparten el petróleo en la actualidad. Al pueblo kurdo lo fraccionaron en cuatro pedazos y dejaron sus restos en Turquía, Irán, Irak y Siria. Un pueblo de 20 millones de habitantes, con un amplísimo territorio de 438 mil kilómetros cuadrados, sin Estado nación pero con las mayores reservas de petróleo en el subsuelo.

Con todo, hay que admitir que a Occidente siempre le ha fascinado e intrigado el Oriente. La ruta ferroviaria más famosa y mítica del mundo, el Orient Express que conectaba a Londres con Estambul, fue escenario de famosas historias, novelas y películas. Agatha Christie, quien acompañaba a su esposo en las expediciones arqueológicas por lo que fuera Mesopotamia, narra cómo al final de la expedición, en pleno siglo XX, los arqueólogos ingleses tenían que hacer dos lotes de piezas semejantes en valor y calidad, que se repartían entre ellos, que las habían excavado, y los franceses que detentaban el poder colonial. Así se desvalijó el más cotizado y valioso tesoro de la civilización antigua y siguió el pillaje durante la reciente guerra en Irak para derrocar a Sadan Husein.

Rescoldos coloniales, pero también escenarios de disputa durante las guerras mundiales, las posteriores batallas por la independencia, algunas logradas y otras fallidas, el posterior enfrentamiento bipolar con la guerra fría y su presencia interesada en la región. Hoy Siria se juega la vida y el futuro por un conflicto típicamente árabe, pero que recuerda propiamente al siglo XX, a la guerra fría y la injerencia geopolítica global en la región, en los territorios árabes, pero que se expande mucho más allá en el mundo musulmán y las múltiples diásporas regadas y reconcentradas a lo largo y ancho del planeta. En efecto, como dice el autor, el mundo árabe regresó a la historia.

Conflictos que se expresan incluso más allá de la región, en los límites de lo que fue el imperio otomano, en los Balcanes donde se enfrentaron bosnios, serbios y croatas en una guerra sin solución ni futuro. Cuando el futuro ya lo habían hecho historia y presente en una ciudad multicultural como Sarajevo, en el uso de una misma lengua serbio-croata y en la convivencia amable y tolerante de tres religiones: católica, ortodoxa y musulmana, e incluso se podría añadir a la judía. Separarlos ha sido una solución quimérica, tan artificial como improbable.

Según el autor, la solución no va por la vía del modelo impuesto por Estados Unidos de reconstrucción con base en la representación comunitaria, lo étnico y lo religioso, y que retoma los tres elementos de la identidad WASP (White-Anglo Saxon-Protestan) que no es otra cosa que el criterio de raza-etnia, territorio originario y religión protestante. No es posible tal solución, ni en el Medio Oriente ni en los Balcanes ni en Estados Unidos, donde finalmente tratan de convivir blancos, negros, hispanos y asiáticos según su peculiar sistema clasificatorio.

La obra de Martínez Assad va mucho más allá de la historia. Nos introduce en los múltiples vericuetos de una cultura milenaria, la música, el cine y la literatura que hoy en día se expresa en la narrativa del escritor libanés Amin Maalouf, quien hace honor a aquel viejo cliché de que el Líbano era Europa, o del novelista turco Orhan Pamuck, premio Nobel en 2006, autor de Nieve y otras tantas obras maestras donde reivindica la presencia y ausencia de armenios y kurdos en Turquía, la influencia de la literatura kurda en la turca con obras como El halcón de Yesar Kemal, y por qué no incluir a la novela negra de Mattt Beynon Rees, donde el detective Omar Yusef concluye definiendo de manera lapidaria la situación de los campamentos de refugiados: “soy palestino, estoy acostumbrado a comer mierda”.

El drama de los pueblos divididos, fraccionados por fronteras artificiales de los Estados nación o de las naciones sin territorio y sin Estado, tiene un parangón en el pueblo judío, una diáspora que finalmente encontró un territorio, pero a costa de expulsar a otro pueblo milenario: el palestino.

La nación que justifica su existencia y su derecho a existir en el holocausto se niega a otorgar el mismo derecho a Palestina, que también puede reclamar con toda justicia que ha sufrido el despojo, la expatriación y, en cierta medida, el holocausto.

Como quiera, palestinos, kurdos, gitanos y armenios encuentran finalmente su espacio en la historia y forman parte de los cuatro puntos orientales, obra compresiva, de gran erudición y de largo alcance. Una historia crítica de la relación Oriente-Occidente en la que se desenmascaran prejuicios y clichés, donde se reconocen múltiples voces y opiniones, pero que al mismo tiempo da cuenta del drama, del llanto diario de una región desmembrada y atravesada por conflictos ancestrales y crisis permanentes.

Recomendar su lectura podría parecer superfluo, porque es una obra indispensable para todo aquel que quiera introducirse en esta región del mundo, quizá la única al alcance en lengua española, que da cuenta de toda la complejidad histórica y contemporánea del convulso y misterioso Medio Oriente.

Autor: Jorge Durand, Universidad de Guadalajara.

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