200 años del Palacio de Minería. Su historia a partir de sus fuentes documentales, México, UNAM, 2013.

Para citar este artículo

DA66R02En este lujoso libro, editado en octubre de 2013 por la Universidad Nacional Autónoma de México, y en particular por la Facultad de Ingeniería y la División de Educación Continua y a Distancia, se conjugan cuatro disciplinas: la historia de la arquitectura, la historia de la técnica, la historia de la educación (superior) y la historia social. Se trata de una historia social de la construcción, y de sus avatares técnico-económicos, de un magnificente edificio de la ciudad de México, el más importante al final del periodo colonial, el Palacio de Minería (PM), recorrido por turistas e invadido anualmente por los amantes de la lectura en ocasión de la feria del libro que allí se celebra por parte de la UNAM.

Es un libro voluminoso por su gran formato, por la cantidad de sus páginas y la de notas al pie. También llama la atención la calidad de su papel y el encuadernado, y es igualmente ilustrativo por su amplio repertorio de imágenes: fotografías actuales y de tiempos pasados, tomas de múltiples planos y de cortes arquitectónicos de distintas épocas, de bocetos, dibujos de máquinas y de algunos personajes. Muy importantes, para que el lector aprecie bien los interiores del edificio, son las imágenes en tercera dimensión, todas a color como muchas otras de las ilustraciones. Es un volumen de cuidadosa edición, porque las erratas parecen inexistentes.

Coordinados por el doctor Leopoldo Rodríguez Morales, y contando con el apoyo indispensable del doctor Francisco Omar Escamilla González, once investigadores trabajaron arduamente para producir esta obra. La mayoría proviene de la UNAM (Acervo Histórico del PM, Dirección General de Patrimonio Universitario, Instituto de Investigaciones Sociales y Facultades de Ingeniería, de Arquitectura y de Filosofía y Letras), mientras otros son del Instituto Nacional de Antropología e Historia (Coordinación Nacional de Monumentos Históricos), del Archivo General de la Nación, del Colegio de Notarios del Distrito Federal y de la Universidad Iberoamericana (Departamento de Arquitectura). En un trabajo de tal envergadura sería injusto omitir sus nombres; lo hacemos al señalar que el cuerpo principal del libro está compuesto por once capítulos que corrieron a cargo de Gabriela Sánchez Reyes (capítulo I), Iván Denísovich Alcántar Terán y María Cristina Soriano Valdez (II y III), Virginia Guzmán Monroy y Leopoldo Rodríguez Morales (IV y V), Francisco Omar Escamilla González (VI y VII), Lucero Morelos Rodríguez (VIII), Mónica Silva Contreras (IX), Jessica Avecilla Zapata e Iván Alvarado Camacho (X) y Guillermo Boils Morales (XI).

El fruto de este equipo celebra los 200 años del final (provisional) y de la vida activa de una edificación monumental de estilo neoclásico que albergó a la primera escuela de ingeniería de América Latina. Sus méritos son suficientes para considerarla “patrimonio de la humanidad”, y si vamos a sus principales constructores habría que mencionar forzosamente a dos: al arquitecto valenciano Manuel Tolsá, quien la proyectó y dirigió por 16 años (de 1797 a 1813), y al arquitecto francés Antonio (o Antoine) Villard, a quien se debe que permaneciera en pie, gracias a las reconstrucciones parciales y a las reparaciones que mandó efectuar por espacio de 33 años (1827-1860).

No es fácil reseñar la historia que se teje en la parte escrita del libro, a menudo de modo tan fino que la narración se vuelve de filigrana. Y es que en ello contaron tres factores: primero, una concepción muy amplia de lo que debe ser la historia de la construcción, puesto que dispone “estudiarla en todos sus aspectos posibles”; segundo, el empeño y organización de los autores de los textos en un seminario especial (el “Seminario del constructor”), reunido periódicamente desde 2008 para normar criterios, revisar, discutir y afinar los avances de investigación, y tercero, el haber contado con un mundo de información rescatada de distintas fuentes de primera mano (como el Archivo General de la Nación y el de Notarías del Distrito Federal), y sobre todo con la preciosa colección de planos, memorias constructivas, informes, presupuestos y cartas que guarda el Archivo Histórico del PM. En suma: un plan ambicioso de trabajo con una idea muy amplia del mismo, un equipo entusiasta y productivo, y un cúmulo de documentos disponibles dieron lugar a una obra importante, acabada y, creo yo, muy difícilmente superable en el futuro. Aunque algunos autores señalan que quedan cosas por investigar y exponer, los pendientes no serán sino complementos del resultado obtenido.

Esta detallada historia del pm empieza en su prehistoria: cuando en el lugar habían tan sólo un predio originalmente otorgado a un conquistador (Ruy González), cuya propiedad pasó por sucesivos dueños, siendo conocido como “solar de Nilpatongo” (o Milpatongo). Cuando el Tribunal de Minería lo compró para levantar lo que sería su Colegio, lo hizo a la Real Academia de San Carlos. El proyecto de Tolsá era grandioso, acorde con la opulencia del Tribunal, la cual procedía del hecho de ser la minería la actividad más rentable de la Nueva España. Mas para entonces el estado económico de ese organismo no era bueno; las continuas exacciones por parte de la Corona, sufridas por las elites civiles y eclesiásticas del virreinato para colaborar con los gastos de la corte española —pero sobre todo para sostener las guerras que confrontaron a la metrópoli con otros países europeos—, dejaron exangüe la economía de sus colonias. Así, la política financiera económica estuvo en el fondo de muchos conflictos y de los apuros de entidades que, de otra forma, habrían nadado en dinero para concretar sus afanes, como el Tribunal de Minería.

Consecuentemente, la construcción del inmueble conoció periodos de penuria económica, problema al que se agregó otro más importante: el de las características del suelo donde el edificio se alzó. El terreno era “falso” por su naturaleza lacustre. Su falta de firmeza devino en el eterno dolor de cabeza del Tribunal y de las dependencias que fueron ocupando el edificio desde que México conquistó su independencia. Dolor de cabeza también para sus arquitectos e ingenieros, incluso para el propio Tolsá. De ahí que desde 1813, cuando se concluyó formalmente la obra, ya presentaba daños que debieron repararse —hasta donde la economía del Tribunal lo permitía—. Pero más tardaba en solucionarse un problema que en surgir otro, por lo cual no faltaron periodos en que el inmueble estuviera ruinoso: con sus columnas inclinadas, sus arcos y bóvedas cuarteados, sus suelos parcialmente inundados y algunos de sus muros a punto de ceder. Utilizando una expresión más técnica, allí donde ciertos elementos perdieron su centro de gravedad fue donde debieron hacerse las intervenciones vitales para conjurar el desplome del inmueble.

Por ello es que de 1827 a 1833 el vasto edificio fue objeto de una auténtica reedificación, cuando el arquitecto Antonio Villard reconstruyó casi toda su estructura, desmontando parte de los arcos y columnas, cambiando bóvedas rajadas por techos de viguería, añadiendo contrafuertes, sustituyendo muros pesados por ligeros y, algo vital en ese entonces, elevando parcialmente el nivel de los suelos para impedir un mayor hundimiento del que ya había en ciertas áreas del edificio. En particular, ese problema se acentuaba en torno a dos de los lados de la escalera monumental, pues era ahí donde el mayor peso de arcos y columnas provocaban el consecuente alzado de los suelos.

Aun con las intervenciones de este arquitecto, que continuaron hasta 1860 —si bien con varias interrupciones causadas por la falta de recursos, y a veces por los cambios de gobierno—, en los años posteriores siguió sometido a reparaciones, a modificaciones, a redistribución de espacios, a nuevos y a más intensivos usos. Hacia finales del siglo XIX no faltaron ingenieros y arquitectos convencidos de su fin inminente. Y aunque materias tan importantes como la de “Conocimiento y resistencia de materiales” ya se enseñaban en sus aulas —que desde 1867 eran las de la Escuela Nacional de Ingenieros, como pasó a llamarse el edificio y su institución—, el problema estructural que lo aquejó desde sus inicios no desaparecería sino hasta aplicarse la “mecánica de suelos” o geotecnia, en las obras de intervención completa realizadas entre 1970 y 1976.

Fuera de las dificultades financieras y de los sinsabores en materia de construcción habidos en la historia bicentenaria de este edificio, muchísimas otras cosas se estudian en el libro aquí comentado. Es importante, por ejemplo, que al hablar de sus arquitectos o encargados de obra, y de sus directores académicos, todos los autores viertan datos de sus biografías, que a veces son mucho más que un esbozo. Del primer director del Colegio, el vasco Fausto de Elhúyar, se ofrece abundante información. Y lo mismo pasa con otros personajes, como aquel profesor consagrado a la buena docencia, preocupado por actualizar sus conocimientos, que fue el ingeniero Antonio M. Anza. De todos se hacen amplias referencias a sus carreras y prácticas profesionales, mas no se llega a los rincones de la familia salvo en el caso de Tolsá, sobre el cual algo se dice a este respecto. Puede saberse que fueron hombres con experiencia y en general con estudios en el campo de la ingeniería (frecuentemente minera) o de la arquitectura, que prestaron sus servicios no sólo en esta obra sino en otras más, inclusive en otras ciudades del país. Cabe decir que muchas de las notas al pie de página no se utilizan tan sólo para citar referencias, sino para consignar algunas biografías o datos interesantes de los actores involucrados en la historia del señorial edificio.

Siguiendo con el punto de las personas, llama la atención que no se hayan omitido datos que los historiadores de la arquitectura suelen pasar por alto (muchas veces porque carecen de ellas). Me refiero a los hombres que materialmente levantaron el inmueble con su sudor y sus manos, y que me recuerdan una parte de un poema del poblano Gabriel Sánchez Guerrero, quien al hablar de los orígenes de la ciudad de Puebla decía que sus verdaderos artífices no habían sido frailes ni oidores, sino aquellos hombres que la edificaron con sus propias manos, “tallando plintos y clavando clavos”. En este libro, para el periodo anterior a 1867 se consignan frecuentemente sus nombres de pila en cuadros, clasificándolos por oficios: estanteros, albañiles, pintores, carpinteros, cargadores y “cabritos” (muchachos aprendices), entre otros. Sus nombres con el primer apellido figuran también en la parte correspondiente a la etapa porfirista (1877-1910), aprovechando que así aparecieron en los documentos consultados.

Del mismo modo se ofrecen datos biográficos de otros personajes que intervinieron en algún momento constructivo, suministrando piedra, arena, ladrillo, madera, cera, colorantes y otros elementos. Por varios años un francés llamado Bernardo Benac fungió como “encargado de obras”, cuando no fue sino ebanista. De él se halló cierta información sobre el negocio de carpintería que tenía en la ciudad, amén de todos los pedimentos y presupuestos formulados para las reparaciones y manufactura de puertas, ventanas y muebles, hechas para el gran área (la cuarta parte del edificio) ocupada por el Ministerio de Fomento durante casi tres décadas a partir de 1880. Volviendo a los más sencillos trabajadores, un nombre que salta a la vista es el de Pedro Trinidad, quien comenzó laborando como modesto albañil y llegó, después de varios años, a un puesto de mando (en los hechos, sobrestante o capataz).

Aparte de las continuas intervenciones en el edificio, se tratan otros asuntos relacionados con la ciencia y su enseñanza; en particular con la ingeniería, que por diez años se estudió asociada a la arquitectura (1867-1876) y luego en sus distintas ramas (de minas, civil, mecánica, topográfica y geográfica). En este campo se refiere también la instalación de modernos laboratorios (como el de resistencia de materiales y el de máquinas térmicas) y los problemas de su adecuación y equipamiento, así como la formación del archivo histórico y de la biblioteca, ésta a instancias del ingeniero Anza, quien se graduó de arquitecto justamente con una memoria que propuso la apertura de una biblioteca, y cuyo acervo personal de libros fue adquirido algunos años después de su muerte para que formara parte de aquélla.

Los enormes aerolitos que se hallan en el vestíbulo del inmueble, y la colección de las demás “piedras del cielo” que resguarda, son también objeto de un capítulo especial. Lo mismo pasa con la gran escalera y su moderna cubierta de hierro alemán; con la recuperación de la capilla original, dedicada a la virgen de Guadalupe y, finalmente, con la instalación de la velaria que, a manera de enorme sábana, cubre el patio central y le ahorra el sufrimiento de tener encima un peso enorme.

Tenemos, en suma, que el resultado de un laudable esfuerzo —que involucró no sólo a los coautores sino a muchas otras personas— es esta “historia viva” de un edificio colonial y colosal; un inmueble que no obstante las continuas tempestades que debió sortear nunca quedó vacío y mantuvo su carácter de “edificio vivo” a lo largo de su existencia.

Autora: Leticia Gamboa Ojeda, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Los comentarios están cerrados.