Julio Glockner, Los volcanes sagrados, mitos y rituales en Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, México, Grijalbo, 1996.

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El libro Los volcanes sagrados, mitos y rituales en Popocatépetl y la Iztaccíhuatl fue presentado por Ángeles Mastreta, Héctor Azar y Aurelio Fernández el 29 de noviembre de 1996 en la Biblioteca José María Lafragua en la ciudad de Puebla. Durante el evento el autor expuso la forma en la que se fue gestando el libro.

Glockner comenta que el trabajo de campo fue realizado en diversas comunidades que se alojan en las estribaciones de las montañas a lo largo de varios años. Durante ese periodo no llevó un diario de campo propiamente dicho, “sino un cuaderno de notas en los que se mezclaban fragmentos de entrevistas, observaciones sobre la vida de los pueblos, descripciones de paisajes, apuntes bibliográficos, ocurrencias y reflexiones sin ningún orden”. Glockner confiesa: “no fue mi intención escribir un libro de antropología en el sentido de que hay puesto seis años de mi vida al servicio de un “tema” antropológico, más bien decidí servirme de la antropología y de la historia para vivir intensamente, con la gente de la región, seis años de mi vida”.

El libro está dividido en diecinueve apartados, una sección bibliográfica y un apéndice fotográfico. Desde el momento en que el lector posa su mirada en el texto lo toma por sorpresa, ya que “este libro tuvo su origen en un sueño…”. Con testa advertencia de por medio Glockner transporta al lector a un mundo mágico, donde las revelaciones oníricas fundamentan las prácticas cotidianas, las experiencias sagradas y los proyectos del futuro; donde las ceremonias propiciatorias convierten en realidad las demandas de los conjuradores del orden meteorológico.

El primer apartado titulado “Cuando los volcanes nacieron”, relata los avatares geológicos que dieron origen hace sesenta millones de años a los majestuosos volcanes del Altiplano Central. La segunda sección, “Cuando los volcanes andaban parados”, comenta los fantásticos relatos de pobladores contemporáneos de las comunidades aledañas al Popo y la Ixtac, como los que registraron Muñoz Camargo refiriéndose a La Malinche y Durán aludiendo al Cerro Gordo en el siglo XVI. En estas leyendas como las narraciones recogidas por los habitantes después de la erupción del Chichontal, en 1985, los volcanes adquieren una apariencia humana para anunciar eventos, hacer peticiones y comunicar preocupaciones o quejas.

En la tercera sección, “La visita del volcán”, el autor describe con un lenguaje poético los procedimientos utilizados por los tiemperos, graniceros, “hechiceros estorbadores de granizos” o teciuhtlazque, como se les conocía antiguamente. Las ceremonias efectuadas por los tiemperos sincretizan, de manera ingeniosa y creativa, oraciones católicas con apelaciones directas a la naturaleza, como a los vientos, las nubes, los volcanes. Estos rituales, ceremonias e invocaciones, que incluyen ofrendas de alimentos, copal o ropa, hacen del conjurador un copartícipe de la creación y del mantenimiento del orden metereológico. Aquí sigue de cerca el testimonio aportado por una tiempera de Hueyapan, quien recibió “el don” de una centella y el volcán la visita en sueños.

En el capítulo cuarto titulado “Sueños”, el autor trae a colocación el sentido de las experiencias oníricas en el México antiguo, destacando que en el mundo campesino contemporáneo las viejas creencias y las costumbres indígenas continúan vigentes. Desde esta perspectiva los sueños constituyen receptáculos idóneos en los que lo sagrado se manifiesta sin las restricciones temporales, de este modo, los volcanes, ataviados con rostros humanos, se les aparecen a los mortales para establecer contacto y comunicación con la comunidad, “con sus hijos”. “Y a pesar de que el sueño del tiempero es un acto profundamente íntimo e individual -nos dice el autor- está inmerso en un solar colectivo y secular, es decir, su sueño es un signo aceptado y comprendido en un ámbito cultural que lo identifica y se reconoce en él”.1

En el capítulo “El señor de la Esmeralda”, Glockner escudriña en relatos de Chimalpahin, de Bernal Díaz del Castillo y Ruiz de Alarcón, las huellas que dejó la adoración de Chalchuihtzin, antigua deidad relacionada con el volcán, cuya “presencia en la historia tiene la fugacidad del destello, el brillo repentino de una gota de agua atravesada por un rayo de luz”.2

El siguiente apartado tiene que ver con la teofagia, es decir, “comer a los dioses”. La narración se teje con relatos escritos por Sahagún y Durán en torno a las diversas ceremonias en las que se elabora con semillas de amaranto el cuerpo y el rostro de las deidades de la lluvia, estrechamente asociadas a los volcanes. Las peticiones a estos dioses se relacionan con la buena salud y con lluvias oportunas. Al final de la celebración estas figuras eran partidas y distribuidas entre los asistentes, teniendo por seguro que los bubosos y los tullidos sanarían.

En “Tláloc bajo la nieve” describe las diversas ceremonias que se hacían en diferentes fechas, y que todavía continúan realizándose, en honor a este numen de la lluvia. Cita los relatos de Sahagún y Durán; el antropólogo hace presente un mundo remoto, recordado sólo bajo el tenue velo que va dejando el paso del tiempo. Así, Glockner arrebata del olvido los rituales antiguos y constata las semejanzas que aquéllos guardan con los actuales.

En el apartado dedicado a “El dios de lava blanca” están presentes las voces de Pomar y Durán, quienes atestiguan que desde el siglo XVI las distintas deidades, Tláloc, Matlacuye, representaban la lluvia o se asociaban a los mantenimientos, eran los más reverenciados, y a quienes se les dedicaban más ceremonias y rituales para propiciar la fertilidad de la tierra.

En “El Señor de las Reliquias” destaca la figura de fray Martín de Valencia, misionero franciscano que llegó a México en 1524. Este fraile desarrolló su labor evangelizadora en Tlalmanalco, en las faldas de los volcanes, alcanzó fama y notoriedad durante su vida en virtud de os milagros que realizó, así como por el hecho de que durante mucho tiempo -se dice- su cuerpo permaneció sin corromperse. Este misionero con tal de desterrar la adoración popular hacia los dioses vernáculos de la fertilidad, ascendió a la montaña Matlacuye y desbarató los adotarios de estos númemes señala el autor, se inició la integración de una vigorosa tradición religiosa que combina las creencias de los dioses mesoamericanos con las deidades católicas.

En “El conocedor del tiempo” se describen experiencias de don Antonio, un tiempero, quien relata la forma en que se establece una relación sagrada con los númenes y la manera en la que realiza sus rituales propiciatorios. Este apartado es el más interesante del libro, ya que el antropólogo recoge el sabor del discurso popular. “La memoria enemiga” constituye una reflexión tejida a partir de los escritos de Jacinto de la Serna con los testimonios de Durán y Ruiz de Alarcón. Aquí constata que los rituales mágico-religiosos dedicados a las deidades asociadas a los elementos y las fuerzas de la naturaleza (el agua, el viento, los montes, la vegetación), continúan vigentes y que, a pesar del tiempo, poseen un vigor insospechado.

En la sección doce “Se asoman los antropólogos” relata, de manera amena, la incursión de los antropólogos de mirada asombrada a este mundo mágico de rituales terapéuticos. Cuenta las experiencias de Bodil Christensen, Carmen Cook de Leonard y Roberto Weitlaner. El lector, apoyado en la mirada de Glockner, atestigua una impresionante ceremonia de “limpia” que lleva a cabo una curandera de San Pedro Nexapa. Se citan aquí diversas obras de los antropólogos de la talla de Guillermo Bonfil y Aguirre Beltrán, quienes refieren los conocimientos esotéricos y las prácticas rituales que han sobrevivido a los embates del tiempo y de la labor evangelizadora de misioneros cristianos del pasado y del presente.

Las cuatro secciones siguientes son las que más disfrutará el lector, puesto que se centra en las ceremonias y rituales, vivencias, experiencias y creencias de los tiemperos entrevistados por Glockner. Ellos, con su propia voz o mediada por la del antropólogo, comunican al lector la interacción entre los tiemperos, la forma en que se les comunica su destino o cómo son elegidos “conjuradores del tiempo”.

En la sección diecisiete llamada “El volcán dinamitado”, Glockner relata un escalofriante episodio, estoy segura que el lector no podrá interrumpir su lectura. Como preámbulo a este espeluznante evento, el autor hilvana los relatos que provienen de Las relaciones de Chalco Amaquemecan, de Bernal, Agosta y Betancourt, en los que se comentan las diversas ocasiones en que el Popocatépetl ha hecho erupción. Estas noticias van desde el siglo XVI hasta finales del siglo XIX. Posteriormente cuenta el estremecedor suceso, ocurrido en 1919, cuando algunos empresarios colocaron dinamita en el cráter del volcán, persuadidos de que empleando este procedimiento podrían extraer azufre. Esta torpeza les costó la vida a 23 personas.

En la penúltima sección titulada “Gregorio Popocatépetl”, el autor describe y analiza los acontecimientos posteriores a la erupción del Popo en diciembre de 1994. También habla de la forma en que vivieron esa experiencia la gente de los poblados ubicados en las faldas de los volcanes. Asimismo, explica cuál fue la lección aprendida por estas personas a partir de su cercanía y convivencia cotidiana con el volcán, y los factores que inciden en la toma de las decisiones sobre el hecho de abandonar o no sus poblados ante el peligro de una erupción que les afectara gravemente. El pensamiento, las creencias y las acciones de estas personas resultarían del todo incomprensibles para la población urbana si no contáramos con este interesante estudio antropológico de Glockner.

La última sección está dedicada a la descripción de los rituales que se llevan a cabo en honor de La Volcana. Éste constituye un relato imprescindible porque nos permite experimentar, junto con los actores del ritual, un profundo sentido de afinidad y compenetración con la naturaleza, con las montañas y con los entes sagrados. Al final del libro, el lector tiene la sensación de que a través de los tiemperos, en especial, y de los habitantes de las faldas de las montañas, en general, el volcán expresa sus deseos, manifiesta sus sentimientos y se queja de sus carencias. De que el volcán da abrigo, asilo, otorga la lluvia, fertiliza la tierra que proporciona el alimento, en suma, protege a sus hijos.

En el apéndice fotográfico podemos apreciar la belleza de los paisajes en los que se llevan a cabo los rituales milenarios para propiciar mágicamente la lluvia, se capta la majestuosidad de lo solitarios parajes en los que se depositan las ofrendas y se busca afanosamente el rostro magnánimo del padre eterno.

El antropólogo a través de su contacto con estas comunidades indígenas va penetrando en un universo mágico, donde el sueño y la vigilia representan continuidades, donde la cotidianidad es descrita como un bordado, entretejido con las hebras de la realidad, de la poesía, de la sacralidad y de la magia. De esta manera, se van hilando relatos en los cuales los volcanes y las montañas aparecen como seres dotados de voluntad, que hacen a los humanos peticiones explícitas. En su acercamiento a las personas -hombres y mujeres-, a sus ideas mágico religiosas, a los rituales, a las ceremonias propiciatorias, Glockner mantiene una actitud de profunda empatía y de gozosa compenetración.

Este libro está escrito con un lenguaje sencillo, original, poético; tiene, entre otras, las virtudes de engarzar elegantemente en un mismo discurso saberes que provienen de la geología, la historia, la experiencia etnográfica, la filosofía nahua, la arqueología y la etnohistoria. Todo ello, convenientemente sazonado con referencias a investigaciones que han hecho otros antropólogos en diversas regiones de Mesoamérica.

Sin duda tendrá una cálida acogida tanto del público en general como del especializado, pues da cuenta no sólo del acervo mítico, del proceso ritual y ceremonial de los pueblos nahuas que conviven con estos majestuosos gigantes, sino que a través de los testimonios suministra el sabor particular del habla popular.

Aunque esta obra no está dirigida a los diseñadores de las políticas públicas, en especial a la Comisión Nacional de Desastres, sí sería un material de primera mano para que reflexionaran sobre las formas en las que deben planear las estrategias y los mensajes destinados a las comunidades que pudieran resultar afectadas por una probable erupción del Popocatépetl. También a los especialistas proporciona valiosa información histórica, arqueológica y etnográfica en torno a las particularidades del universo simbólico de estos grupos serranos. Al público en general podrá comunicarle la seducción que el antropólogo experimentó a través de su acercamiento a estas interesantísimas prácticas culturales. Así, es un libro elaborado con la paciencia, el amor y la pasión de la que Glockner hace gala y viene a enriquecer nuestro conocimiento de una de las regiones más fascinantes y bellas de la República mexicana.

Autora: María J. Rodríguez-Shadow, Dirección de Etnología y Antropología Social (DEAS).

  1. Julio Glockner, Los volcanes sagrados, mitos y rituales en Popocatépel y la Iztaccíhuatl, p. 41. []
  2. Ibid.,p. 50. []

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