Peter Wade, Degrees of Mixture, Degrees of Freedom: Genomics, Multiculturalism, and Race in Latin America, Durham, Duke University Press, 2017.

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DA74R1001Los capítulos centrales de este libro examinan la participación de la genómica en el multiculturalismo en tres países latinoamericanos (Brasil, México y Colombia) (p. 19). Las prácticas científicas y políticas son consideradas aquí como elementos de un mismo ensamblaje (assemblage) (p. 18). Peter Wade usa este concepto —que alude a un complejo de ideas y prácticas que habitan dominios interconectados de acción social (p. 1)— para evadir el dualismo entre ciencia y sociedad. El estudio incluye, además, dos conceptos claves que se definen mutuamente: mestizaje y pureza (p. 4). La tensión entre ambos suele expresarse en términos de jerarquía e igualdad (p. viii). Si, por ejemplo, los órdenes políticos de corte liberal y capitalista promueven la igualdad (sameness) y la mezcla a través de fronteras sociales (reconociendo la “diversidad”, valorando la “tolerancia”, castigando la discriminación o ampliando el acceso a la educación formal), al mismo tiempo incrementan la purificación y las jerarquías de género, clase y raza (controlando la inmigración, incrementando la pobreza con medidas económicas neoliberales o proscribiendo determinados aspectos de la “diversidad”) (p. 6).

¿Cómo se expresa esa tensión en Latinoamérica? Ya en la segunda mitad del siglo XIX los pensadores de la región proponían, en contraste con el “racismo científico” (y el imperialismo) de Europa y Estados Unidos, teorías que relacionaban el mestizaje con la democracia social (p. 260), aduciendo que aquél implicaba relaciones íntimas y producía parentescos (p. 7). A contracorriente, pues, de las teorías euroamericanas que consideraban a los “indios” y “negros” (componentes fundamentales de las jóvenes naciones independientes de América) como biológica y culturalmente inferiores (y al mestizaje como un proceso degenerativo), las elites latinoamericanas oscilaban entre el blanqueamiento por medio de la inmigración, la adopción de la “fraternidad racial republicana moderna” o la valoración del mestizaje como positivo en sí mismo (productor de vigor físico, riqueza cultural y democracia social) (p. 7).

Aunque no siempre contemos con citas de fuentes directas, el estudio de estas propuestas constituye, de por sí, un repaso ilustrativo por la obra de algunos de los más notables intelectuales iberoamericanos. Sin embargo, ver el mestizaje como un modelo democratizador constituiría, según Wade, una reducción de los hechos (p. 18). La exaltación latinoamericana del mestizo no excluiría ni la valoración de la blancura (whiteness) ni la denigración de la negritud (blakcness) e indianeidad (indigeneity); de hecho, las profundizaría (p. 13).

Por tanto, si el mestizaje mina las purezas y las jerarquías, también las recrea; si fomenta la democracia, también reproduce las desigualdades (p. 17). En suma, lo que hallaríamos en Latinoamérica sería más bien la coexistencia del racismo con la intimidad que supone la familia mestiza (p. 13). Quizá, concede Wade, los movimientos indígenas y negros en busca de reconocimiento asociados al multiculturalismo hayan sido más significativos (p. 13); aunque reconoce que ellos, también pueden servir como herramientas de dominación, como extensión del control del Estado o como constreñimiento de minorías étnicas a formas de autogobierno subordinadas al desarrollo de tipo neoliberal (p. 88). Al final de cuentas, tampoco el multiculturalismo escapa a la tensión y los juegos de poder (p.
14) entre, por un lado, democracia y mestizaje y, por el otro, jerarquía y pureza. Incluso las propuestas sobre la diversidad humana producidas por las ciencias de la vida (como la genética) se habrían caracterizado, en Latinoamérica, por la misma tensión entre pureza y mestizaje (p. 27). Así, en los estudios genéticos realizados entre 1940 y 1970 (en pleno predominio de la “agenda antirracista”), que se enfocaban sobre todo en poblaciones indígenas, la eugenesia latinoamericana enfatizaba la higiene social, la “mezcla racial” y la manipulación de la herencia biológica (p. 18). En el escenario multiculturalista de fines del siglo XX, Wade señala algunas diferencias nacionales: en Brasil, donde operan programas estatales de acción afirmativa basados en la raza, ésta tiene una mayor presencia pública; en Colombia, donde se funden la diversidad regional y racial, las políticas multiculturales aparecen como relativamente más radicales; en cuanto a México, donde el multiculturalismo se organiza en torno a la división entre indígenas y mestizos y donde la “agenda genómica” es manejada directamente por el Estado, la raza tiene una mayor presencia pública (p. 146).

En los tres casos Wade encuentra un patrón común: la reiteración —con datos genéticos— de la imagen de una nación mestiza con componentes relativamente puros enquistados en el territorio nacional y asociados al pasado, la periferia, la subordinación y la no modernidad (pp. 21-22). La genética tendería, pues, a promover predisposiciones que reducen el multiculturalismo a políticas superficiales de reconocimiento (p. 52). Aunque médicos y genetistas hablen en términos biológicos, los ensamblajes en los que participan “materializarían” sus ideas en formas “bioculturales” (p. 82) que recurren a presencias fantasmagóricas, como la idea de una comunidad indígena pura (p. 81). Lo mismo sucedería, por ejemplo, con las narrativas en torno a las relaciones sexuales entre miembros de grupos distintos (p. 22), donde los datos genéticos que distinguen entre líneas de herencia maternas y paternas son usados para resaltar la agencia de los hombres europeos, y tienden, por una parte, a reducir a las mujeres indígenas y africanas a recipientes pasivos (p. 22), y por otra, a negar la agencia sexual de los hombres indígenas y africanos (p. 221).

Para Wade, el mestizaje es un concepto racializado (racialized) incluso si se lo despliega para negar la existencia de categorías raciales (p. 184): “race is always present, even when it is absent as such, or is being vocally disavowed” (p. 185). El “insistente retorno” (p. 54) de la raza concierne también a la jerarquía que, en la práctica, adquiere a menudo dimensiones altamente racializadas, incluso cuando se evita el lenguaje explícito de la raza (p. 5). Así, este libro constituye también una historia de la vulgarización (p. 191) de la ciencia (p. 221). La popularización del entendimiento de la raza (pp. 22, 256) hace a esta categoría resiliente, mutable y acomodaticia (pp. 224, 264): el vocabulario de la genómica (genomic idiom) no hace más que dar un barniz científico a los prejuicios arraigados (p. 224).

El “pesimismo” (p. 121) parece inundar al autor no sólo cuando nota que aquellas herramientas que, por ejemplo, ayudan a la restitución de los cuerpos de las víctimas de una guerra, son las mismas que, al reiterar las diferencias regionales racializadas, contribuyen a los conflictos armados. Este mismo sentimiento, casi prestado de Octavio Paz (p. 187), pareciera teñir también otras consideraciones: por ejemplo, la del mestizo mexicano como un heredero de ancestros indígenas, amenazado por la obesidad y variante del “tradicional hijo de la chingada” (p. 165).

A pesar de su desesperanza y de sus posibles cabos sueltos —¿por qué escogió estos tres países y no otros?, ¿por qué las entrevistas fueron hechas con un grupo de “gente” (people) compuesto de casi sólo estudiantes universitarios? (p. 223)—, este libro bien puede constituir una introducción informada a las perspectivas anglosajonas actuales sobre el mestizaje en Iberoamérica. Se trata, sin duda, de un aporte a los debates que deberían enmarcar futuros estudios detallados sobre la historia del matrimonio o la perspectiva de las poblaciones indígenas en esta inmensa región.

Sobre el autor
Juan Javier Rivera Andía
Universidad Nacional Mayor
de San Marcos.

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