Las almas y sus guías en el México prehispánico

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En los relatos mitológicos suele presentarse una figura de valor universal que no es deidad, pero los hombres la requieren para mayor claridad en sus conceptos sobre la otra vida. Nos referimos al elemento que lleva o acompaña a las almas a su destino final, al lugar donde morarán después de haber vivido en este mundo; resulta por lo regular tranquilizante, pero a veces tiene aspecto aterrador; es quien resuelve los problemas y se enfrenta con el alma de los difuntos a los peligros del gran viaje.

En la literatura esotérica está de moda denominarlos elementos “psicopompos”, del griego psyché “alma” y pompós “conductor” o “guía”. Hermes, el que lleva las almas al Hades, es una de las personalidades más precisas con ese oficio, pero si somos cuidadosos, vamos a encontrarlos en cada religión, con diferentes características, a veces amados y otras temidos, como los estimables ángeles que conducen al cielo, o los pavorosos demonios que llevan al infierno; ambos cumplen con una gestión difícil de desempeñar por el espíritu solo.

En el México prehispánico hay varias figuras de éstas que han sido poco sistematizadas, y pensamos que resultará interesante hacer un primer intento. Los panteones mesoamericanos que conocemos parten de relatos de frailes que llegaron en los siglos XVI y XVII, horrorizados siempre por los “diablos” que veían en las deidades nativas, por lo cual apenas si nos dejan ideas sensatas y desapasionadas de los númenes mexicas, tlaxcaltecas, tarascos, mayas -y de algunas otras culturas menos conocidas a los que procuraron exterminar para colonizar lo más pronto posible. Por comparación y deducciones penetramos a panteones anteriores, como el teotihuacano o el zapoteca, pero al redactar nos damos cuenta de nuestra profunda ignorancia porque nada podemos afirmar con seguridad. Como dije, trataré de reconocer las figuras psicopompas indiscutibles de la mitología prehispánica del altiplano central de México y de Izapa (sitio olmeca-maya de Chiapas), y aunque pudieran en el futuro cambiarse las ideas, se habrá ganado el principio de una buena intención.

La prehistoria

Interesante resulta que desde la prehistoria, unos 5 000 años antes de nuestra era, se acompañara a los muertos importantes con personas1 y animales sacrificados, lo cual puede entenderse de cuatro maneras: a) personas y animales acompañaban al muerto distinguido a la otra vida, simplemente; b) personas y animales le servían de ayuda para llegar a su destino final, en cuyo caso su papel no era de compañía, sino de guía y servicio; c) las personas sacrificadas eran compañía y los animales guía; d) los humanos sacrificados acompañaban, mientras que los animales servían de guía y de alimento a todos los humanos. Nos gustan b, c y d, y debemos pensar que fungían como figuras psicopompas, tanto hombres como animales.

El horizonte Preclásico

Grosso modo podemos aplicar la cronología de 2000 años a.C. a 200 d.C., cuando las aldeas campesinas, de gobierno clánico y tribal, nacieron, crecieron y acabaron en su mayoría sometidas a los pujantes Estados teocráticos primigenios.

Fueron animistas las religiones aldeanas, las cosas y los fenómenos naturales eran vistos como si tuvieran vida propia, voluntad; el alma humana fue concebida muy emparentado con la naturaleza, no como parte de una deidad, sino como el alter ego, el otro yo de los seres humanos, idéntica en individuos comunes pero en los jefes, grandes sacerdotes o grandes líderes, se imaginó con propiedades especiales para convertirse en animales depredatorios como el búho, el águila, el murciélago, el coyote o el tigre. Los dioses se duplicaban en la grandiosidad de la naturaleza: el agua, el sol y la luna, el viento, los montes, los lagos; o bien en plantas fundamentales y por lo tanto sagradas, como el maíz o los hongos alucinógenos.

Según podemos deducir de las ofrendas funerarias, en este horizonte, al momento de la muerte el alma no tenía más alternativa que un viaje al inframundo, para el cual requería de comidas, bebidas, instrumentos de trabajo que le permitieran continuar el oficio en el más allá, y de compañía, que podía ser humana y animal. La posibilidad de otros destinos que no fueran el Mictlan, como el Tonatiuhichan o cielo del sol, apenas se vislumbra en algunas máscaras dobles y figurillas femeninas que pueden verse como del sol y Cihuateteo incipientes; y en cuanto al Tlalocan, no hay más datos hasta ahora que las vasijas de Tlapacoya.

Desde las primeras sistematizaciones de las culturas “de los cerros”, arcaicas, preclásicas, o aldeanas, los estudiosos nos advirtieron que los esqueletos presentaban una orientación variada, pero que era más frecuente que su cráneo señalara hacia el oriente, buscando un buen renacimiento, como el del sol de cada día. No conocemos sus costumbres de mortaja, pero al parecer solían enterrarlos enredados en petates.

Con el paso del tiempo, tanto los humanos como los animales sacrificados fueron sustituyéndose por figuras de barro, seguramente por lo oneroso que resultaba la pérdida de esclavos y de animales. Estas figurillas de compañía funeraria se empezaron a generalizar en Mesoamérica por 1500 a.C., conociéndoseles en la fase Ajalpa de Puebla, Tierras Largas de Chiapas, en la región del Soconusco, etcétera. Al principio fueron burdas y es fácil deducir que no importaba su apariencia, sino que estuvieran con el difunto y le ayudaran a llevar una vida semejante a la que había acostumbrado aquí.

Para el Preclásico Medio -900-400 a.C. las figurillas son más cuidadas, pero con la intrusión olmeca se consiguen los tipos C, C-D y D que son de alta calidad estética. Esto nos hace pensar que las ponían como una asociación definitiva: para ser utilizadas como pareja sexual, como madres de sus hijos; para divertir al difunto iban bailarinas y enanos, shamanes para su protección así como hombres deformes, perros para comer y de guía, jugadores dé pelota para entrenarse, niños para solazarse, y algunas otras piezas con personalidad esotérica que no podemos reconocer.

La principal figura psicopompa, la que guiaba por los difíciles caminos para llegar al destino final, con toda seguridad era ya el perro, oficio que mantuvo hasta el momento de la conquista, cuando Sahagún recogió este mito (véase Anexo l). En el Preclásico Superior del Occidente de Mesoamérica, los perros psicopompos llegaron a ser obras de arte universal: los encontramos jugando, comiendo elotes, peleando, o simplemente vigilando a su amo. Eran rojos, tal como los describe la crónica que mencionamos, y se encuentran siempre en tumbas y entierros.

De los botellones con figuras de tlaloques -deidades que acompañaban a los difuntos de gran alcurnia- encontrados en Tlapacoya, dentro de la pirámide, pensamos que además de guardar comida y bebida llevaban a las almas de tan importantes personajes a un cielo especial que no era el Mictlan, pero no estamos seguros de que fuera el Tlalocan, porque entonces necesitarían como requisito haber muerto ahogados o por un rayo, y carecemos del dato, aun cuando pudiera suponerse por la situación lacustre del lugar. Ahí acostumbraron entierros múltiples, pero no en las tumbas de la pirámide, sino en las habitaciones de los principales, lo cual nos habla de parientes o esclavos sacrificados como compañía funeraria y como posibles elementos psicopompos.

El horizonte Protoclásico

En un sitio del actual estado de Chiapas, en Izapa, hacia 300 a.C., encontramos una nueva figura psicopompa representada en la Estela 9: una figura solar que asciende al cielo; lleva en su mano derecha un palo de juego de pelota, y con su brazo izquierdo carga a un jugador de pelota que lleva su bate en la mano izquierda. La figura solar tiene grandes alas de mariposa preciosa, relatándonos con ello que ya se asociaban al sol los insectos de colores y las almas de los jugadores guerreros, como lo dice Sahagún. ¿Nos es dable, entonces, deducir que desde esas épocas aparece el mito del sol con séquito de jugadores soldados muertos en la lid?

Aparte de Izapa, en el Protoclásico no tenemos más indicios de esas ideas.

El horizonte Clásico

Durante este horizonte -300-900 d.C. se definen los mitos que llegan hasta el siglo XVI, de eso no cabe dada; es más, se elabora la religión a alturas que no alcanza la época militarista siguiente, la cual es un sincretismo de los logros clásicos y de las creencias bárbaras que los destruyeron.

Sin embargo, no tenemos figuras psicopompas bien definidas, como la estela izapeña que describimos, o como los perros de Occidente. Los centros ceremoniales abundan en representaciones del sol, el que a veces está junto con águilas o guacamayas que son sus aves mensajeras, pero hay que trabajar mucho para encontrar asociaciones tan claras como los anillos del juego de pelota de Xochicalco, que en forma de cabeza de guacamaya envuelven a la pelota-sol cuando pasa por ellos. Quizás estemos autorizados a pensar que esas aves eran las encargadas de llevar al cielo del sol a los jugadores perdedores que eran decapitados en sacrificio.

Hasta que no tengamos más precisos los mitos de la época clásica, deberemos suponer que las águilas y las guacamayas eran los únicos elementos psicopompos de esos tiempos. Es posible que las mujeres muertas en el parto, las posteriores Cihuateteo, hayan aparecido en el Preclásico, pero no hemos encontrado su rastro en el Clásico más que en la Costa del Golfo; ellas no eran psicopompas, pero formaban parte de la corte solar con los guerreros y los sacrificados, lo cual nos forma el cuadro descrito por el muy mencionado Sahagún.

Las mariposas y los pájaros de pluma fina, que también son habitantes del cielo y tienen que ver con la forma de las almas humanas que ahí habitan o regresan a la tierra, son muy representados y apreciados en Teotihuacan, lo cual hay que analizar con más cuidado.

El horizonte Posclásico

Este horizonte -900-1521 tiene dos momentos en el altiplano de México: el de los toltecas de Tula y el de los chichimecas tardíos, cuya capital principal se funda en Tenochtitlan en 1325. El cuerpo mítico clásico se ve alterado por conceptos mágico-religiosos menos elaborados, de tipo clánico; ambas cosmovisiones se sincretizaron en forma poco clara, manejando el pueblo ideas fácilmente comprensibles, mientras que las teorías complejas quedaron como material iniciático sacerdotal.

A pesar de todo, este horizonte es el mejor documentado, porque si ciertamente los españoles destruyeron sus escritos y mataron a muchos sabios, algunos códices se conservaron y se hicieron recopilaciones importantes de sus conocimientos y costumbres, tanto por indios cultos como por frailes y colonizadores, además de europeos no residentes aquí que fueron enviados para hacer investigaciones especiales sobre todo en medicina, geografía, zoología y botánica.

Desde la anterior época, las figurillas de barro tuvieron usos variados y no sólo como compañía funeraria. Se pusieron de ofrendas a las deidades de la tierra, de los cerros, del agua, también para ornamentar lugares sagrados y para propiciar númenes que afectaban encrucijadas o pasos peligrosos. Se enterraron, arrojaron al agua, se colocaron en altares superficiales, y nosotros las encontramos rotas por todas partes. Pero aún continuó la costumbre de colocarlas con los cadáveres -aunque en mucho menor escala-, de manera que las debemos seguir considerando elementos psicopompos. Sahagún precisa aquí la importancia de la ayuda del perrillo de color bermejo que era montado por almas de hombres buenos para pasar el río Chiconahuapan, uno de los más difíciles tramos del inframundo, que se debía atravesar para llegar ante Mictlantecuhtli. La arqueología abunda en datos de esqueletos de perros asociados a entierros.

Los animales representados en vasos de sangre, recipientes que recibían los corazones de los sacrificados, águilas y tigres, tuvieron la obligación de llevar dichas ofrendas -consideradas alimentos sagrados a las deidades correspondientes: las águilas al sol, mito que mucho se repite, y los tigres al Mictlan por su calidad ancestral de animal nocturno, frío y terrestre. Este segundo mito no lo encontramos y resultaría contradictorio porque se ha dicho que todos los muertos por sacrificio acompañaban al sol en su trayecto matutino, y el animal que debía conducir sus almas era en consecuencia el águila. ¿Qué papel jugaba entonces el tigre en la concepción sacrificial chichimeca, ya que en frisos lo descubrimos desde Tula y Chichén-Itzá? Me parece que la escultura de Teoyaomiqui (conocida por Coatlicue) nos puede ayudar a entender esta sutileza.

La monumental obra tiene en su base un bajorrelieve desconcertante porque hallamos una figura con rasgos característicos de Tláloc, dios del agua, identificable por sus anteojeras y por su bigotera; también lleva el collar de Xochipilli, deidad de las flores, la germinación, los palacios, los señores principales y de alguna manera de las plantas alucinógenas y de los jugadores de pelota; por otro lado, reconocemos a Mictlantecuhtli, señor del inframundo, con su parado de rana y adornado con cráneos; y finalmente encontramos un elemento solar y guerrero: un escudo ornamentado con un quincunce cósmico y plumas de quetzal. Pensando mucho, podríamos sugerir que se quieren presentar todos los destinos del alma, sintetizando los rasgos que caracterizan a los dioses que los presiden: Tláloc el Tlalocan; Mictlantecuhtli el Mictlan; el quincunce y el escudo es Tonatiuh, el sol que preside el Tonatiuhichan; y por último Xochipilli, que se identifica con todas las flores, puede figurar la sangre, o ser las plantas alucinógenas usadas para que perdieran la conciencia los señalados para el sacrificio. Se antoja una portentosa síntesis de los conceptos sobre el fin de la vida material y su continuación espiritual, además de que está advirtiendo que es la base de un discurso sobre la muerte, y podemos pensar que se exalta a la muerte gloriosa en el total del desarrollo estético-filosófico de la pieza.

Un par de potentes garras de tigre, con plumones, cascabeles y plumas finas, se posan sobre la deidad del mundo de los muertos. Desde la época olmeca, el tigre representó a la tierra, lo subterráneo, lo oscuro, húmedo y frío. Del hocico abierto del ocelote, que encarnaba los orígenes terrestres, salían los grandes personajes, según se ve en los altares de la Costa del Golfo. El tigre era una vía: utilizándolo se atravesaba el inframundo y por su boca se salía a la superficie. Ésa es la idea que da la escultura: las garras felinas sirven de salida a las almas de los muertos, para que suban al cielo del sol por la vía del sacrificio de sangre.

A lo largo y a lo ancho de la gran pieza se relatan las diferentes clases de sacrificio humano: el de corazón, con cuatro de ellos ensartados en el collar; el de corte de manos, con seis de ellas igualmente formando parte del collar, y con los brazos mutilados de la pieza, de los cuales brotan chorros de sangre en forma de serpiente. La decapitación es lo más obvio, se le ha degollado y salen de su cuello dos cabezas de serpiente que chocan sus hocicos en el centro, y sus lenguas, de manera picassiana, forman una lengua bífida bajo los colmillos. Por último, la costumbre de exhibir los cráneos descarnados se localiza en uno frontal que es el centro del collar, y otro trasero que es el centro del cinturón. Todo es una alegoría al sacrificio y a la muerte sagrada, porque asimismo se nota la presencia de las Cihuateteo, mujeres muertas en el primer parto, de quienes se buscaban sus brazos para elaborar amuletos que sirvieran a los guerreros y a los ladrones; encontramos como símbolo de ellas las extremidades mutiladas y los senos muertos y flácidos, además de un grueso chorro de sangre que cae en medio de las patas de la escultura, que describe un mal parto. La falda, en este caso de serpientes, en otras esculturas de Teoyaomiqui es de corazones cortados, y representa a la totalidad de los muertos gloriosos, a toda la sangre ofrecida a los dioses, al alimento sagrado, a la forma en que el hombre mantiene a sus deidades y conserva el orden cósmico.

Don Antonio de León y Gama2 llama a esta maravillosa escultura “Teoyamicqui”; él no inventó el término, por el contrario, acepta que tuvo mucha dificultad en reconocer los monolitos a que se refiere en su obra, y debió consultar a autores del siglo XVI, a religiosos de su época que eran avezados historiadores y a algunos indios que conservaban memoria oral. Él la describe como la pareja de Huitzilopochtli, encargada de llevarle las almas de los enemigos sacrificados y de los muertos en la guerra. Todo esto lo he trabajado en otra ocasión y voy a permitirme remitir a los interesados a la bibliografía.3

Esta escultura fue vista como una deidad precisa, como la “diosa de los enemigos muertos en la guerra”, tomando los sustantivos téotl, “dios o diosa”; yáotl, “enemigo de guerra”, y micqui, muerto; pero no todos los autores separan igual este término y desde el siglo pasado está en discusión la manera correcta de escribirlo. Otros lo han entendido como “morir en la guerra divina, en defensa de los dioses”,4 lo cual estaría proponiendo que Teoyaomiqui no era una diosa, sino un monumento al hecho honroso de sucumbir en la guerra, de ser sacrificado o perecer en el primer parto; el emblema escultórico partiría de los tres cielos que son el bajorrelieve de la base, para elevarse al mejor de ellos, al cielo del sol, donde habitan los valientes, los que han fenecido de la manera más sangrienta. Recordemos que no era una pieza, sino al parecer cuatro las que ornamentaban el gran teocalli y que tres de ellas fueron destruidas en la Colonia y reutilizadas como piedras de molino, salvándose únicamente la que conocemos. Nunca se ponen cuatro efigies de una deidad en un sitio sagrado, pero sí puede hacerse cuando son ornamentos, alegorías, poemas en piedra, en este caso a la muerte gloriosa. Sólo se entiende producida por un pueblo que había construido su Estado sobre el terror, el sacrificio humano, el cual diezmaba constantemente las milicias enemigas y mantenía un ambiente psicológico de aceptación al tributo. La guerra florida apuntalaba la educación militar de los mexica, aseguraba que los ejércitos enemigos no fuesen fuertes y proporcionaba momentos religiosos importantes y profundos al inmolar a los cautivos de las batallas fingidas.

Robelo nos dice: “En esta guerra era en la que la Teoyaomicqui recogía las almas de los muertos; pero entonces formaba una dualidad con Huitzilopochtli, el cual tomaba el sobrenombre de Teoyaotlatohua.”5

Concretando lo anterior, tenemos tres proposiciones para la interpretación del monumento llamado “Coatlicue”:

1. No puede aceptarse que sea vista como la efigie de la madre de los dioses sólo porque tiene falda de serpientes, ya que ese reptil presenta un variadísimo simbolismo en el mundo prehispánico.

2. León y Gama la ve como la diosa de los enemigos sacrificados o muertos en batalla.

3. Robelo piensa (dicho a mi manera) que es un concepto materializado, una oda a la muerte gloriosa o de guerra florida.

Si observamos esculturas más pequeñas que tienen las mismas características y a las que por facilidad de clasificación se les ha llamado también “coatlicues”, y que han salido de diversas excavaciones en el Distrito Federal, vemos que las constantes son el collar de manos y corazones, la cabeza cortada o con cráneo descarnado, y una falda que puede ser de serpientes o de corazones. Entonces nos queda claro que es una deidad femenina, no un concepto, y que se relaciona con la muerte sacrificial relatada en el collar. En el Códice Manuscrito Anónimo Hispano-Mexicano de Florencia, clasificado como Cód. Magl. XIII, II, 3, en la página 64 v. se presenta un numen con las mismas características de las esculturas en discusión: collar de corazones, garras de águila en las cuatro extremidades, cráneo descarnado y una serpiente de cascabel entre las piernas; dato aparte es su cabellera pintada como si fuera la tierra y dentro de ella, enterrados, están más manos y corazones cortados; en la boca exhibe un cuchillo ensangrentado como el que lucen los cráneos del Templo Mayor encajado en la oquedad nasal y que significa “muerto en sacrificio”. La explicación en español del siglo XVI reza: “Esta es una figura que ellos llaman cicimitl que quiere decir ‘una saeta’ y lo pintaban como a un hombre muerto ya descarnado sino solo entero en los huesos y Heno de corazones y de manos alrededor del pescuezo y de la cabeza.” No hay mayor detalle, pero para nosotros es la aclaración definitiva de que es un numen, no un concepto, y es una figura psicopompa que, con garras de águila o tigre, llevaba las almas de los sacrificados, de los soldados caídos en campaña y de las mujeres muertas en parto, al cielo del sol. Quedan por comentar en el futuro las páginas XV de los tonalámatl, donde Teoyaomicqui se reconoce por tener en el cuello una serpiente de doblé cabeza que parece estrangular a la figura, y que está frente a una gran Cihuatéotl amenazante, con cráneo descarnado, serpientes enroscadas en las piernas y garras y plumaje de águila; los elementos de la escultura se vuelven a encontrar, además de que se trata de la fiesta de Panquetzaliztli, la más grande dedicada al sol en su versión de Huitzilopochtli.

Concluyendo, para el horizonte militarista o Posclásico encontramos contundentes tres elementos psicopompos: los perros, las figurillas de barro y la Teoyaomiqui, deidad asociada a Huitzilopochtli. Los primeros conducían a las almas al Mictlan, mientras que la tercera las llevaba al Tonatiuhichan. López Austin6 cita que los dioses presidentes de cada cielo llamaban a las almas que les correspondía gobernar: Huitzilopochtli y Cihuacóatl Quilaztli, Tláloc y Chalchiuhtlicue, y Mictlantecuhtli y Mictlancacíhuatl o Mictecacíhuatl; según el autor citado, cada dios mandaba a los hombres que escogía el tipo de muerte adecuado para que viajasen en sus dominios, pero no nos habla de elementos que facilitasen su arribo.

Con toda seguridad, investigaciones cuidadosas irán dando otras figuras psicopompas, pero por lo pronto son éstas las que encontramos bien delineadas.

ANEXO 1 7

Comienza el apéndice del tercer libro

Capítulo I

De los que iban al infierno y de sus obsequias

1. Lo que dijeron y supieron los naturales antiguos y señores de esta tierra, de los difuntos que se morían, es: que las ánimas de los difuntos iban a una de tres partes: la una es el infierno, donde estaba y vivía un diablo que se decía Mictlantecutli, y por otro nombre Tzontémoc, y una diosa que se decía Mictecacíhuatl que era mujer de Mictlantecutli;

2. y las ánimas de los difuntos que iban al infierno, son los que morían de enfermedad, ahora fuesen señores o principales, o gente baja, y el día que alguno se moría, varón o mujer o muchacho, decían al difunto echado en la cama, antes que lo enterrasen:

3. !Oh hijo! ya habéis pasado y padecido los trabajos de esta vida; ya ha sido servido nuestro señor de os llevar, porque no tenemos vida permanente en este mundo y brevemente, como quien se calienta al sol, es nuestra vida; hízonos merced nuestro señor que nos conociésemos y conversásemos los unos a los otros en esta vida y ahora, al presente ya os llevó el dios que se llama Mictlantecutli, y por otro nombre Aculnahuácatl o Tzontémoc, y la diosa que se dice Mictecacíhuatl, ya os puso por su asiento, porque todos nosotros iremos allá, y aquel lugar es para todos y es muy ancho, y no habrá más memoria de vos;

4. y ya os fuisteis al lugar obscurísimo que no tiene luz, ni ventanas, ni habéis más de volver ni salir de allí, ni tampoco más habéis de tener cuidado y solicitud de vuestra vuelta.

5. Después de os haber ausentado para siempre jamás, habéis ya dejado [a] vuestros hijos, pobres y huérfanos y nietos, ni sabéis cómo han de acabar, ni pasar los trabajos de esta vida presente; y nosotros allá iremos a donde vos estuviéredes antes [de] mucho tiempo.

6. Después de esto hablaban y decían al pariente del difunto diciéndole: “!Oh hijo!, esforzaos y tomad ánimo, y no dejéis de comer y beber, y [a] quiétese vuestro corazón.

7. ¿Qué podemos decir nosotros a lo que dios hace? ¿Por ventura esta muerte aconteció porque alguno nos quiere mal, o hace burla de nosotros? Es por cierto porque así lo quiso nuestro señor que este fuese su fin. ¿Quién puede hacer que una hora o un día sea alargado a nuestra vida presente, en este mundo?

8. Pues que esto es así, tened paciencia para sufrir los trabajos de esta vida presente y [que] la casa donde éste vivía esperando la voluntad de dios, yerma y obscura de aquí adelante, y no tengáis más esperanza de ver a vuestro difunto.

9. No conviene que os fatiguéis mucho por la orfandad y pobreza que os queda; ¡esforzaos, hijo, no os mate la tristeza! Nosotros hemos venido aquí a os visitar y a consolar con estas pocas palabras, como nos conviene hacer a nosotros, que somos padres viejos, porque ya nuestro señor llevó a los otros, que eran más viejos y antiguos, los cuales sabían mejor decir palabras consolatorias a los tristes. Y con esto ponemos fin a nuestra plática, los que somos vuestros padres y madres; quedaos a dios.

10. Y luego los viejos ancianos y oficiales de tajar papeles cortaban y aderezaban y ataban los papeles de su oficio, para el difunto y después de haber hecho y aparejado los papeles tomaban al difunto y encogíanle las piernas y vestíanle con los papeles y lo ataban; y tomaban un poco de agua y derramábanla sobre su cabeza, diciendo al difunto:

11. Esta es la de que gozasteis viviendo en el mundo; y tomaban un jarrillo lleno de agua, y dánselo diciendo: Veis aquí con que habéis de caminar; y poníansele entre las mortajas, y así amortajaban el difunto con sus mantas y papeles, y atábanle reciamente; y más daban al difunto todos los papeles que estaban aparejados, poniéndolos ordenadamente ante él, diciendo:

12. Veis aquí con que habéis de pasar en medio de dos sierras que están encontrándose una con otra; y más le daban al difunto otros papeles, diciéndole: Veis aquí con que habéis de pasar el camino donde está una culebra guardando el camino.

13. Y más daban otros papeles diciendo: Veis aquí con que habéis de pasar a donde está la lagartija verde, que se dice xochitónal;

14. y más decían al difunto: Veis aquí con que habéis de pasar ocho páramos;

15. y más daban otros papeles diciendo: Veis aquí con que habéis de pasar ocho collados; y más decían al difunto: Veis aquí con que habéis de pasar el viento de navajas, que se llama itzehecayan, porque el viento era tan recio que llevaba las piedras y pedazos de navajas.

16. Por razón de estos vientos y frialdad quemaban todas las petacas y armas y todos los despojos de los cautivos, que habían tomado en la guerra, y todos sus vestidos que usaban; decían que estas cosas iban con aquel difunto y en aquel paso le abrigaban para que no recibiese gran pena.

17. Lo mismo hacían con las mujeres que morían, que quemaban todas las alhajas con que tejían e hilaban, y toda la ropa que usaban para que en aquel paso las abrigasen de frío y viento grande que allí había, al cual llamaban itzehecayan, y el que ningún hato tenía sentía gran trabajo con el viento de este paso.

18. Y más, hacían al difunto llevar consigo un perrito de pelo bermejo, y al pescuezo le ponían hilo flojo de algodón; decían que los difuntos nadaban encima del perrillo cuando pasaban un río del infierno que se nombra Chiconahuapan;

19. y en llegando los difuntos ante el diablo que se dice Mictlantecutli ofrecíanle y presentábanle los papeles que llevaban, y manojos de teas y cañas de perfumes, e hilo flojo de algodón y otro hilo colorado, y una manta y un maxtli y las naguas y camisas y todo hato de mujer difunta que dejaba en el mundo todo lo tenían envuelto desde que se moría.

20. A los ochenta días lo quemaban, y lo mismo hacían al cabo del año, y a los dos años, y a los tres años, y a los cuatro años; entonces se acababan y cumplían sus obsequias, según tenían costumbre, porque decían que todas las ofrendas que hacían por los difuntos en este mundo, iban delante el diablo que se decía Mitlantecutli;

21. y después de pasados cuatro años el difunto se sale y se va a los nueve infiernos, donde está y pasa un río muy ancho y allí viven y andan perros en la ribera del río por donde pasan los difuntos nadando, encima de los perritos.

22. Dicen que el difunto que llega a la ribera del río arriba dicho, luego mira el perro [y] si conoce a su amo luego se echa nadando al río, hacia la otra parte donde está su amo, y le pasa a cuestas.

23. Por esta causa los naturales solían tener y criar los perritos, para este efecto; y más decían, que los perros de pelo blanco y negro no podían nadar y pasar el río, porque dizque decía el perro de pelo blanco: yo me lavé; y el perro de pelo negro decía: yo me he manchado de color prieto, y por eso no puedo pasaros. Solamente el perro de pelo bermejo, podía bien pasar a cuestas a los difuntos, y así en este lugar del infierno que se llama Chiconaumictlan, se acababan y fenecían los difuntos.

24. Y más dicen que después de haber amortajado al difunto con los dichos aparejos de papeles y otras cosas, luego mataban al perro del difunto, y entrambos los llevaban a un lugar donde había de ser quemado con el perro juntamente.

25. Y dos de los viejos tenían especial cuidado y cargo de quemar al difunto, y otros viejos cantaban; y estándose quemando el difunto los dichos dos viejos, con palos estaban alanceando al difunto; y después de haber quemado al difunto cogían la ceniza y carbón y huesos del difunto y tomaban agua diciendo: Lávese el difunto; y derramaban el agua encima del carbón y huesos del difunto, y hacían un hoyo redondo y lo enterraban.

26. Y esto hacían así en el enterramiento de los nobles como de la gente baja; y ponían los huesos dentro de un jarro u olla con una piedra verde que se llama chalchihuitl, y lo enterraban en una cámara de su casa, y cada día daban y ponían ofrendas en el lugar donde estaban enterrados los huesos del difunto.

27. Y más dicen que al tiempo que se morían los señores y nobles les metían en la boca una piedra verde que se dice chalchihuitl; y en la boca de la gente baja, metían una piedra que no era tan preciosa, v de poco valor, que se dice texoxoctli o piedra de navaja, porque dicen que la ponían por corazón del difunto.

28. Y para los señores que se morían hacían muchas y diversas cosas de aparejos de papeles, que eran un pendón de cuatro brazas de largura, hecho de papeles y compuesto con diversos plumajes;

29. y así también mataban veinte esclavos y otras veinte esclavas, porque decían que como en este mundo habían servido a su amo asimismo han de servir en el infierno; y el día que quemaban al señor luego mataban a los esclavos y esclavas con saetas, metiéndoselas por la olla de la garganta, y no los quemaban juntamente con el señor sino en otra parte los enterraban.

Capítulo II

De los que iban al paraíso terrenal

1. La otra parte donde decían que se iban las ánimas de los difuntos es el paraíso terrenal, que se nombra Tlalócan, en el cual hay muchos regocijos y refrigerios, sin pena ninguna; nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes, y calabazas y ramitas de bledos, y ají verde y jitomates, y frijoles verdes en vaina, y flores;

2. y allí viven unos dioses que se llaman Tlaloque, los cuales se parecen a los ministros de los ídolos que traen cabellos largos.

3. Y los que van allá son los que matan los rayos o se ahogan en el agua, y los leprosos, bubosos y sarnosos, gotosos e hidrópicos;

4. y el día que se morían de las enfermedades contagiosas e incurables, no los quemaban sino enterraban los cuerpos de los dichos enfermos, y les ponían semillas de bledos en las quijadas, sobre el rostro; y más, poníanles color de azul en la frente, con papeles cortados, y más, en el colodrillo poníanles otros papeles, y los vestían con papeles, y en la mano una vara.

5. Y así decían que en el paraíso terrenal que se llamaba Tlalócan había siempre jamás verdura y verano.

Capítulo III

De los que iban al cielo

1. La otra parte a donde se iban las ánimas de los difuntos es el cielo, donde vive el sol.

2. Los que se van al cielo son los que mataban en las guerras y los cautivos que habían muerto en poder de sus enemigos: unos morían acuchillados, otros quemados vivos, otros acañavereados, otros aporreados con palos de pino, otros peleando con ellos, otros atábanles teas por todo el cuerpo y poníanles fuego, y así se quemaban.

3. Todos estos dizque están en un llano y que a la hora que sale el sol, alzaban voces y daban grito golpeando las rodelas, y el que tiene rodela horadada de saetas por los agujeros de la rodela mira al sol, y el que no tiene rodela horadada de saetas no puede mirar al sol.

4. Y en el cielo hay arboleda y bosque de diversos árboles; y las ofrendas que les daban en este mundo los vivos, iban a su presencia y allí las recibían;

5. y después de cuatro años pasados las ánimas de estos difuntos, se tornaban en diversos géneros de aves de pluma rica, y color, y andaban chupando todas las flores así en el cielo como en este mundo, como los zinzones lo hacen.

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Figura 1. Elementos de compañía y de guía de las almas. Horizonte Preclásico. Dibujos tomados de Las alturas preclásicas de la cueva de México, de Román Piña Chán.

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Figura 2. Vasija de barro en forma de perro. Preclásico Superior. Se ponían como compañía funeraria, guía y alimento para los difuntos del Occidente de México.

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Figura 3. Estela 9 de Izapa (300 a.C.-300 d.C.).

Representa al sol con alas de mariposa preciosa, que sube del juego de pelota al ciclo, por lo cual lleva un bate en la mano derecha. En su brazo izquierdo carga el alma de un jugador muerto (con su bate en la mano izquierda) para que vaya a formar parte de su séquito.

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Figura 4. Talla en la base de la escultura de Teoyaomiqui. Representa a las deidades de los cielos a donde van las almas de los difuntos: Mictlantecuhtli está presente en los cráneos descarnados y la pose de las extremidades abiertas; Tláloc en la bigotera y anteojera; Tonatiuh en el escudo de guerrero con quincunce central. También se notan elementos de Xochipilli, y quizá de Ometecuhtli.

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Figura 5. Escultura monumental, monolítica, de Teoyaomiqui, deidad pareja de Huitzilopochtli encargada de llevar las almas de los sacrificados y de los guerreros muertos en batalla al cielo del sol. Sus elementos describen las formas de sacrificio: manos cortadas, corazones arrancados, decapitación, corte de brazos. Toda esa sangre, en forma de serpientes, brota formando extrañas extremidades y una cabeza cuyos rasgos se completan en el entrelace de los perfiles de dos víboras.

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Figura 6. Coatlicue, la madre de los dioses, con el cráneo descarnado señalando su naturaleza terrestre, muy diferente a Teoyaomiqui porque no porta ninguna representación de elementos relacionados con el sacrificio. Muchas esculturas de ella llevan faldas de serpientes y a veces tienen oquedades en el cráneo, pues seles implantaba pelo humano como ornamento y ofrenda.

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Figura 7. ¿Ce ce mitl o Teoyaomiqui? Figura femenina de la página 64v. del Magliabecchiano, con las características de la Teoyaomiqui, excepto por las extremidades que no son de tigre sino garras de águila, animal con el oficio de mensajero del sol, que llevaba los corazones de los guerreros propios y enemigos, del vaso sacrificial al cielo. Manos y corazones ornamentan su cuello y cabeza, y una serpiente cae entre sus patas representando la sangre de un mal parto. En la oquedad de su boca lleva el cuchillo de obsidiana, elemento que se repite en las rodillas. Su falda es de sangre y la rematan caracoles cortados.

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Cihuatéol

Figura 8: Cihuatéotl, Teoyaomiqui. La página 15 del tonalámatl del Borbónico enumera los detalles religiosos de la fiesta de Panquetzaliztli, la más grande dedicada a Huitzilopochtli, el sol y el numen de la guerra. Los elementos principales son una Cihuatéotl con cráneo descarnado y vestida con plumaje de águila, animal mensajero del sol. Abajo a la izquierda está Teoyaomiqui, deidad decapitada, con dos serpientes en su cuello que deben interpretarse como chorros de sangre, igual que en la monumental escultura del Museo Nacional, unidad que debe entenderse como que los sacrificados en esa fiesta también eran llevados por las águilas al cielo donde mora el sol.

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Teoyaomiqui

Bibliografía

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Autora: Beatriz Barba de Piña Chán, Dirección de Etnología y Antropología Social, INAH.

  1. Mac Neish, 1964. []
  2. León y Gama, 1978. []
  3. Barba, 1987, pp. 96 -121. []
  4. Robelo, 1980, vol. 2, p. 531. []
  5. Op. cit., p. 531. []
  6. López Austin, 1975, pp. 31-32. []
  7. Sahagún, 1956, vol. I, Apéndice del libro 3 a la Historia general de las casas de Nueva España, capítulos I, II y III, pp. 293-298. []

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