Gerardo Necoechea Gracia, Después de vivir un siglo. Ensayos de historia oral, México, INAH (Biblioteca INAH), 2005.

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DAR02El libro que a continuación reseñamos sintetiza parte de la obra de un hombre que se ha dedicado con empeño y pasión a la historia oral desde hace más de dos décadas; muestra las distintas facetas por las que ha pasado su proceso de investigación y los resultados que ésta ha arrojado. Uno de los objetivos del libro es subrayar que las entrevistas y los autorretratos constituyen una ventana excepcional para comprender los problemas culturales y políticos que marcaron el siglo XX. Los testimonios recopilados en el texto remiten a tres momentos en la vida académica del autor: su experiencia con las mujeres trabajadoras de la fábrica de Río Blanco en Veracruz, su trabajo en los talleres comunitarios realizado en diversas poblaciones de Oaxaca, y su convivencia con los primeros pobladores del multifamiliar Miguel Alemán. Los tres proyectos tenían la finalidad de interesar a la gente para que relatara su historia de vida, aunque se utilizaron diferentes formas de acercamiento para tal fin. Los dos primeros tenían el propósito de enseñar historia e historia oral a las personas que se encontraban alejadas de los recintos académicos; mientras el último formaba parte de un proyecto de investigación académica, con el objetivo de escribir un libro a partir de las experiencias narradas.

A pesar de las distintas intenciones que subyacían en los proyectos, éstos compartían ideas y pensamientos acerca del valor de la historia oral. Así, por ejemplo, se buscaba rescatar la perspectiva de las clases subordinadas que, a decir del autor, nunca aparecen en los documentos que sólo reflejan a las clases privilegiadas. También se buscaba sacar la producción escrita del encierro académico y asociarla a las reflexiones que sobre el pasado hace la gente común. Por último, el individuo debía reconocerse como parte del afluente de la historia y con posibilidad de cambiar su curso, debía saber que no era un simple juguete del destino. Gerardo Necoechea admite que los testimonios de su libro carecían de un hilo conductor que los unificara y sólo se enlazaron bajo dos preocupaciones básicas: cómo trabajar con fuentes orales y cuáles son los aportes de la historia oral al conocimiento histórico; pero conforme avanzó en su reflexión, se dio cuenta de que las historias compartían un espacio común en el cual se entrecruzaban fenómenos como la migración, la industrialización y la urbanización. El libro se encuentra conformado por diez capítulos: cuatro corresponden a la edición de los testimonios orales, cinco contienen ensayos de interpretación y el último constituye una amplia conclusión.

La inclusión de ensayos y testimonios responde al deseo del autor de sobrepasar la “clásica división” que presenta, por un lado, las entrevistas sin ningún tipo de análisis del autor y, por el otro, la que busca realizar sofisticados análisis de las fuentes orales pero oculta su riqueza. En cierta forma, el autor invita al lector a que saque sus propias conclusiones a partir de la lectura de los textos que presenta. Hacer partícipe al lector del trabajo de investigación y de las fuentes de donde se sacan los resultados, evidencia la honestidad intelectual de un autor que no le tiene miedo a la crítica y sabe que el conocimiento sólo avanza a través del intercambio de ideas. Es una falacia pensar que el historiador profesional es el único que puede entender una realidad pasada. Los testimonios ofrecen distintos caminos de interpretación y de acercamiento a la realidad. Lo importante es hacer que lo que parece episódico se integre dentro de una realidad mayor, así se podrá comprender con mayor claridad los contrastes que existen en la sociedad y en la historia. Necoechea advierte que no se debe incurrir en el error de creer que los testimonios muestran experiencias directas que revelan el pasado como fue realmente, es decir, no se debe pensar que los testimonios están libres de cualquier influencia sino que, por el contrario, se debe tener en cuenta que la memoria no reproduce la información cruda de la vivencia inmediata.

Toda experiencia es recordada, esto es, se encuentra mediada por el tiempo, la cultura y la reflexión del individuo. El recuerdo narrado es producto de una selección que atraviesa el silencio y los olvidos. El que recuerda crea una identidad que armoniza el pasado con el presente. La memoria es un campo de acción en que se negocian las percepciones del ser y estar en el mundo. La acción de recordar resulta históricamente significativa, pues se resaltan ciertos hechos y se ocultan aquellos que no son favorables. La memoria trasciende la verdad de los hechos y ofrece la verdad del corazón. En el acto de recordar, el pasado da coherencia al presente, aunque hay que tener capacidad para entender en qué momento el pasado es evocado y manipulado por el narrador para ofrecer una secuencia causal que explica un determinado desenlace. En este sentido, se puede comprender que las narraciones constituyen el momento actual, pero no se debe pasar por alto que los autores seleccionan aquello que condujo directamente a ese momento. Aunque existe una tensión entre lo que se recuerda, lo que se olvida y lo que se calla, el relato busca traducir las imágenes en palabras, conexiones y secuencias informativas. Los testimonios ofrecen una versión de la realidad y de lo que se quiere ser.

¿De qué manera la memoria individual construye un sentido de vida a través del tiempo? Esta cuestión conduce a uno de los problemas centrales de la historia oral, es decir, a la relación que se establece entre la experiencia particular y las colectividades sociales. La preocupación del historiador no es escribir la historia individual, sino la social. La manera de ver el mundo determina, en parte, el actuar en el mundo. Existe una estrecha relación entre la percepción y la acción; basada en ciertos valores e ideas, la percepción se conforma de la memoria compartida y la memoria individual. La historia oral ofrece al historiador una perspectiva de reflexión retrospectiva del pasado, pues ella permite acceder al entramado de las relaciones sociales que moldean la cotidianeidad y delimitan los horizontes de opciones posibles. Otra de las características de la fuente oral es el punto de vista desde el que se narra la historia, el cual informa a la interpretación subjetiva no sólo de los sucesos, sino del mundo en que vive. Cada relato proporciona reflexiones distintas acerca de un mismo suceso, ya que no todos observamos el mundo en la misma forma, sino que existen diversas maneras de acercarse a él. La variedad de versiones de un suceso permite entender la riqueza de la historia oral y de la forma en que los seres humanos afrontan la experiencia de vivir en un determinado lugar y momento.

La historia oral muestra al individuo como agente histórico y como gente moldeado por ella, es decir, se puede percibir la capacidad del individuo para adaptarse y generar nuevas prácticas. Una narración puede transmitir de diversas maneras la experiencia del tiempo y el espacio. Recordar supone un ejercicio entre el presente y el pasado, lo que supone distintas significaciones en ambos ejes. La relación que se establece entre el pasado y el presente es una característica ineludible del testimonio. El narrador busca referencias del presente para hacer inteligible su narración y de esa manera da cuenta de una realidad diferente, que sólo se hace inteligible a través de lo conocido. La estructura del antes y el ahora recurre a menudo a la comparación de los tiempos y se muestra el pasado como si fuera lo mejor. El autor reflexiona con detenimiento en torno a la dinámica de la entrevista. El testimonio se puede definir como un duelo de voluntades, pues por un lado la entrevista es producto de una petición del entrevistador, que impone una agenda de intereses derivado de su objeto de investigación; por el otro, el entrevistado construye su propio camino y trata de guiar sus recuerdos hacia un fin determinado. Un buen entrevistador debe saber cuándo dejar correr el torrente y cuándo ceñir la información a lo que realmente le interesa; de otra forma la entrevista se convierte en un diálogo de sordos en el que no se obtienen los datos requeridos. El relato avanza a través del diálogo, aunque no se debe olvidar que es un diálogo mediado por relaciones de poder.

El entrevistador es incluido por el entrevistado a través de una serie de marcas textuales que muestran la forma en que se relacionan. El recuerdo está asociado a la conversación y no a la meditación solitaria.

Los testimonios orales muestran que la cultura no es monolítica y no se transmite por simple difusión, sino algo complejo, fluido y que es adoptado y adaptado por los actores, que crean nuevos usos y significados. Diversos autores han señalado que la cultura, vista desde la subalternidad, ha permitido entender que los usos culturales son más complejos de lo que se suponía y se nutren del intercambio existente entre los distintos estratos sociales. La cultura no es monopolio de un solo sector, sino fruto de la interacción de todos los componentes de la sociedad.1 El autor indica que una de las características de los testimonios presentados en el libro es que las referencias a otras personas son circunstanciales. El yo prevalece sobre el ellos y define en buena medida el sentido de la narración y de lo narrado. El entrevistado asume su papel de testigo privilegiado, yo vi, pero también legitima la memoria colectiva al referir hechos en los que no participó pero considera relevantes y verdaderos. La presencia del yo y del ellos evidencia el doble papel que el entrevistado juega en su entorno.

Existe una diferencia entre contar la vida y la historia. La última es estereotipada y lineal, mientras la primera es singular y sinuosa. Esta diferencia permite entender aquello que los testimonios no dicen. Las autobiografías resaltan al individuo, en tanto los relatos de comunidad se preocupan por presentar a la gente en el tiempo y espacio. Los que narran la historia de la comunidad desaparecen de la narración para resaltar a la colectividad. Las personas que aparecen son protagonistas o sintetizan las cualidades que identifican al grupo. El origen de la comunidad no es sólo la forma más común de contar la historia, sino la piedra angular desde la que se construye la identificación colectiva. El pasado compartido afirma los lazos de armonía dentro del grupo, pues cada individuo identifica su experiencia con la de los demás al señalar las redes de relaciones significativas en su vida; es decir, el ámbito colectivo en el que inscribe su experiencia. Parte de ese ámbito colectivo se define a partir de su condición genérica, por lo que es importante indagar sobre la visión de los hombres y las mujeres, y las relaciones que se establecen entre ellos. El género, la clase social, el trabajo y la familia representan indicadores a los que debe concederse importancia.

Para finalizar, el autor indica que los testimonios que presenta en su libro muestran la forma en la que los sucesos personales se ligan a las situaciones sociales y delinean el contorno de un mundo común en el que transcurrieron las vidas de las personas. Los testimonios ofrecen evidencias de las diferencias en los estilos de vida, la educación, la importancia del consumo, las relaciones sociales y el tipo de vida. La reflexión final, que en términos estrictos sería el capítulo diez, es sumamente rica en lo que respecta a sus experiencias con las trabajadoras de Río Blanco y los habitantes del multifamiliar Miguel Alemán, pero por alguna razón en ella los testimonios de los oaxaqueños sólo ocupan un lugar secundario. Éste sería el único error que se le podría achacar a un libro que resulta de gran utilidad para pensar en los aportes de la historia oral y la manera en que se debe reflexionar sobre ella.

Autora: Beatriz Lucía Cano Sánchez, Dirección de Estudios Históricos-INAH

  1. Véase Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. México, FCE, 2000; Carlos Antonio Águirre, “Introducción”, en Carlo Ginzburg, Tentativas, Morelia, UMSNH, 2003. []

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