DE LAS CARRERAS EL ALTO GOCE

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En el Fondo Casasola de la Fototeca Nacional del INAH en Pachuca, Hidalgo, se conservan alrededor de 200 fotografías (entre positivos y negativos) bajo el título de serie “Hipódromo de la Condesa”. En ocasiones la serie cambia el título de “Hipódromo de Peralvillo”, mas por su temática podríamos decir que pertenecen al mismo conjunto.

Lo importante es señalar que estas imágenes son sumamente interesantes, pues además de la calidad estética, ofrecen múltiples perspectivas para su análisis, a fin de responder, por ejemplo, a preguntas relacionadas con la circulación de las fotografías en los medios impresos durante el Porfiriato, la vida social de la época, las costumbres de la clase alta, la moda femenina, los fotógrafos y la modernidad de principios de siglo, entre otros aspectos que se pueden derivar de una lectura atenta.1

¿Imágenes de Casasola?

En un primer acercamiento es posible cuestionar la autoría de todas las imágenes de la serie al fotógrafo Agustín Víctor Casasola, como de hecho están catalogadas. Ahora sabemos que este fotógrafo y sus hermanos (Miguel y Gustavo) en ocasiones compraban imágenes a otros profesionales de la lente, sin necesariamente dar el crédito correspondiente; recordemos, asimismo, que fundaron una agencia, y los fotógrafos que trabajaron para ella perdieron su nombre individual por el corporativo. Se sabe que en la Historia Ilustrada de la Revolución Mexicana participaron muchos otros fotógrafos, además de los hermanos Casasola, con imágenes emblemáticas de la Revolución.2 Sin embargo, la pregunta no deja de ser estéril, pues finalmente el mérito del fotógrafo estriba en ser un cronista social muy al estilo de otros en esa época, como el famoso Jacques Henri Lartigue (1894-1986) en Francia, a quien también le gustaban este tipo de fotos en los hipódromos.

Por otro lado, es muy probable —si bien cabría revisar esta hipótesis— que casi todas las fotografías fueran hechas con un sentido periodístico; es decir, para ser utilizadas en revistas como El Mundo Ilustrado, México Gráfico, Arte y Letras, o periódicos con alto contenido gráfico como El Imparcial, que a partir de la primera década del siglo XX no podían prescindir de la imagen para dar mayor fuerza a las noticias y la información. Ello nos habla de la evolución de la prensa y el fotoperiodismo mexicano, que desde fines del siglo XIX utilizó la imagen fotográfica; por tanto, las fotografías no circularon como hoy las conocemos de manera suelta, sino seguramente había una intención de divulgarlas en los medios impresos. Por eso creemos que muchos de los retratados fueron tomados aparentemente de manera casual o sin que se dieran cuenta de la presencia del fotógrafo, pero seguramente se pidió su permiso para publicarlas y en algunas de estas fotografías incluso es notorio el hecho de que están posando para la cámara. Lo cierto es que en todos los casos se hace presente la conciencia de ser parte de un evento social que será registrado.

Desarrollo técnico de la fotografía y modernidad en México

Un aspecto igualmente digno de destacar es el hecho de que la mayoría de las imágenes del Hipódromo empiezan a partir de 1909 o 1910; es decir, justo antes de que estallara la Revolución Mexicana. Aunque muchas de ellas están fechadas hacia 1905, es evidente por la moda de las mujeres que las más antiguas son de 1909, no antes. Además, un buen número de ellas está clasificado bajo el título de Hipódromo de la Condesa y con la mencionada fecha de 1905, olvidando completamente que este Hipódromo se inauguró el 23 de octubre de 1910; por tanto, hay una incongruencia de fechas que se hubiera evitado con la revisión cuidadosa de los acontecimientos históricos.

Por otro lado, sorprende que habiéndose inaugurado el Hipódromo de Peralvillo el 12 de abril 1882 no se tengan fotografías más tempranas, por ejemplo de la década de 1890, tanto de las tribunas como del público, si ya existía la posibilidad de fotografiar en exteriores. En cambio, se dispone de litografías para registrar estos eventos, realizadas a partir de dibujos. Esto merece una mayor explicación, ya que a pesar de los importantes avances técnicos de la fotografía —entre ellos el uso de cámaras profesionales más ligeras, automáticas y fáciles de operar, que se hicieron muy populares a partir de 1880 con las cámaras Kodak, y la sustitución, también por las mismas fechas, de placas secas de gelatina y bromuro por las antiguas de emulsiones de colodión, que aumentaron paulatinamente la capacidad de instantaneidad—, hay casi una total ausencia de fotografías de eventos sociales en México en exteriores, como las del Hipódromo, en las décadas de 1880 y 1890, y sólo empiezan a encontrarse a partir de 1900. Las razones, por sorprendente que parezca, estaban también en el ámbito del gusto del público; para algunos autores la adopción del medio tono —proceso que permitía imprimir la imagen con los textos— fue lenta más por razones estilísticas que técnicas, pues los lectores preferían los grabados en madera, por ser más artísticos, y resultó difícil aceptar las fotografías en periódicos y revistas de manera inmediata. En consecuencia, ello sólo tuvo lugar hasta finales del siglo XIX y principios del siglo XX, tanto en México como en otras partes del mundo; desde luego, la nueva técnica también implicaba dar un salto para los fotógrafos, por la necesidad de cambiar la maquinaria y tener conocimiento del proceso.3

Seguramente la aristocracia porfiriana también debió acostumbrarse lentamente a aparecer en las revistas ilustradas, registrando eventos como matrimonios, bailes de sociedad, bautizos, damas distinguidas, etcétera, lo cual incluía retratos fotográficos de muchos personajes destacados, tanto de hombres como de mujeres. Aun cuando al principio había cierta reticencia en aparecer a la vista del público, dado que estas costumbres eran populares entre la elite europea, lograron adoptarse de manera paulatina.

Quizá en esto influyera el hecho de que la misma esposa del presidente, doña Carmen Romero Rubio de Díaz, sus hijas Amada Díaz de De la Torre y Luz Díaz de Rincón Gallardo aparecían frecuentemente en estas revistas. Por ello las fotografías del Hipódromo empezaron a publicarse sólo a partir de 1900 y no antes, y para los retratados era un orgullo aparecer con sus nombres y apellidos. Sería interesante, de hecho, saber cuál fue la primera fotografía publicada sobre esta diversión, ya sea en un periódico o revista ilustrada.

Por otro lado, la intención del registro social de estas diversiones era una muestra del grado de modernidad y cultura que había alcanzado el país, tan caro a los esfuerzos de los gobiernos republicanos desde 1867. Sin duda ahora la aristocracia mexicana estaba a la altura de la europea, a la cual deseaba parecerse, dejando atrás costumbres tan bárbaras como las peleas de gallos o las corridas de toros, que todavía durante el imperio de Maximiliano eran frecuentadas por los ricos del país. De hecho, para 1867 el presidente Benito Juárez decretó la suspensión de la fiesta brava en la capital, que se mantendría hasta 1886, periodo en el que sólo se permitía en provincia.4

Así, no resulta extraño que el 8 de junio de 1881 se haya creado, entre otras asociaciones, la denominada Jockey Club, formado no por extranjeros —como regularmente sucedía— sino por 22 accionistas mexicanos, y cuya principal finalidad era implantar las carreras de caballos pura sangre con las reglas europeas. Es decir, en una pista elíptica, con tribunas para el público y no al estilo charro o también llamadas “parejeras”, que iba en línea recta, sin tribunas y sin reglamentar las apuestas. Entre los socios fundadores se encontraban el entonces presidente de la República, Manuel González, y desde luego su compadre Porfirio Díaz; don Manuel Romero Rubio, suegro del dictador y a la sazón ministro de Gobernación; así como destacados prohombres de la política y el dinero: Antonio Algara, Félix Cuevas, Tomás Braniff, Pablo Landa y Escandón, Eduardo Rincón Gallardo, Alberto Romero de Terreros, José Yves Limantour, Manuel de Iturbe y un largo etcétera de ilustres apellidos.5

Casi un año después, en la primavera de 1882, como ya señalamos, tuvieron su inicio las carreras de caballos en el recién inaugurado Hipódromo de Peralvillo, ubicado al noroeste de la capital, entre las calzadas Vallejo, La Ronda y la Villa de Guadalupe. El nuevo Hipódromo había costado 30 mil pesos con aportaciones de los socios y el gobierno federal, y tenía una superficie de más de 6 km2; contaba con dos pistas, una recta de 700 m y otra en círculo de 1500 m, situadas ambas en un área elíptica. La pista tenía 20 m de ancho, con dos entradas y una salida para carruajes y caballos. Las tribunas fueron construidas con muros de piedra, ladrillo y cal, luciendo columnas de hierro y figuras de zinc.6

Por fin se tenía un lugar de esparcimiento social, digno de una metrópoli moderna, donde las damas podían lucirse a pie, lo que llevó a afirmar exageradamente a un gacetillero de la prensa: “¡por fin somos gente!” A pesar de estar cerca de barrios pobres y de levantarse enorme polvadera en el camino y en las mismas tribunas, se imponía la sensación de encontrarse en un verdadero derby, de la misma manera que en las principales capitales europeas y estadounidenses. Por ello el Hipódromo llegó a convertirse en el escaparate ideal para la belleza, la elegancia y el último grito de la moda. Los ricos mexicanos no tenían nada que envidiar a los socialités que frecuentaban los hipódromos de Longchamps o Auteauil, cerca de París, o el de Ascot cercano a Londres.

Y más que para ver las carreras o apostar, las damas porfirianas iban precisamente a lucir sus vestidos de calle y sus sombreros. No había muchos lugares donde hacerlo, pues en el teatro y en los escasos bailes de sociedad se lucían las joyas y los trajes de noche, pero no las toilettes del día. En la Alameda o en el Tívoli del Elíseo se podía mezclar todo tipo de gente, y en las calles del lujo y el comercio, como la de Plateros, la molestia de los lagartijos y otros tunos impertinentes, como diría Manuel Gutiérrez Nájera, hacían a veces incómodo estos paseos. En cambio en el Hipódromo se podía caminar sin esas “pequeñas impertinencias” y, de paso, ver las carreras.

Historia de la moda en México

Las fotos del Hipódromo permiten analizar la evolución de la moda femenina en México. En el ocaso del Porfiriato es notoria la exagerada elegancia de las damas con siluetas estrechas, producto del uso del corsé, vestidos largos comprados a modistas francesas y que sólo dejaban ver la cara, llenos de cascadas de encaje, chiffon, mousseline de soie, crepé, cabritilla, seda y tul, entre otras ricas telas que combinaban con guantes, boas de plumas en el cuello o estolas de piel, y coronaban con el imprescindible sombrero de gran copeta y ala ancha, cubierto de velos, plumas, flores o hasta aves disecadas, y pese a ello no podía faltar la sombrilla, pues el sol era considerado enemigo de cualquier señora. El ideal femenino dejaba a la mujer casi incapaz de moverse en aras de la belleza. A su vez, los caballeros lucían el traje de etiqueta, polainas y sombreros de copa; también mostraban sus mejores galas, llevando algunos de ellos bastón como símbolo de máxima elegancia. Desde luego, los carruajes estaban a la altura de este lujo y se preferían especialmente los abiertos, como los Troisquarts, Breaks o Tilburys7 que se aprecian en algunas fotos. Todo ello era reflejo de La Belle Epoque, cuando los ricos no mostraban ningún recato en exhibir el mayor lujo en estos lugares. Vale la pena recordar que ninguna revolución social había ensombrecido todavía el abismo entre las clases sociales.

Después hay un hueco y no se encuentran fotografías de los eventos hípicos entre los años de 1913 y 1920; si acaso algún premio a un jockey destacado y nada más. Será a partir de la época de Álvaro Obregón cuando nuevamente se dispone de un buen número de imágenes sobre el tema en la Fototeca del inah (seguramente por la vuelta a la paz después de la Revolución) y donde la moda ha cambiado: las faldas se han acortado, los vestidos son más sueltos y sin corsé, y los sombreros menos ostentosos, mas la sombrilla sigue acompañando a cualquier dama que se precie de serlo. A partir de aquí y hasta 1925 (cuando se fracciona el Hipódromo para construir una zona residencial), casi todas las fotografías corresponden al Hipódromo de la Condesa,8 que pese a ser un mejor lugar para las carreras de caballos que el de Peralvillo, por estar ubicado en una mejor zona y con mayor césped, será sustituido en la década de 1940 por el Hipódromo de las Américas en las Lomas de Sotelo, muy cerca, por cierto, de una nueva zona residencial como las Lomas de Chapultepec. De este nuevo centro de esparcimiento se tienen también fotografías de los asistentes, resguardadas en la Fototeca, aunque su número es mucho menor.

Sin duda, nuevos aires corrían para entonces en México, la fotografía había evolucionado mucho más, pues ahora la competencia para registrar los eventos sociales era con los noticieros del cine; los nombres de la burguesía mexicana igualmente habían cambiado, pues los capitales y el dinero estaban en otras manos, e incluso la pista del antiguo Hipódromo de la Condesa se había convertido en la calle de Ámsterdam; para las damas porfirianas esto último era prueba de que los tiempos habían cambiado, pues algunas de las sobrevivientes comprobaban sorprendidas “¡que ya no era necesario llevar sombrilla al Hipódromo!”

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Autor: Arturo Aguilar Ochoa, Instituto de Ciencias Sociales Alfonso Vélez Pliego-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Agradezco los comentarios de Norma Alcántara y Gina Rodríguez.

  1. Un primer artículo con este tema apareció en Arturo Aguilar Ochoa, “El Nuevo Hipódromo de Peralvillo. Diversión a la europea”, en Reforma, 13 de agosto de 2002, p. 2C. []
  2. Para el estudio de los hermanos Casasola véase Mirada y memoria. Archivo fotográfico Casasola. México: 1900-1940, México, Conaculta/INAH/Turner, 2002; Marion Gautreau, “La Ilustración Semanal y el Archivo Casasola. Una aproximación a la desmitificación de la Revolución Mexicana”, en Cuicuilco, nueva época, vol. 14, núm. 41, septiembre-diciembre, 2007, pp.121-122; Miguel Ángel Berumen y Claudia Canales (eds.), México: Fotografía y Revolución, México, Fundación Televisa/Lunwerg, 2010. []
  3. Beaumont Newhall, Historia de la fotografía, Barcelona, Gustavo Gilli, 2002, especialmente los capítulos 13, “Fotografía documental”, pp. 235-248, y 14, “Fotoperiodismo”, pp. 249-268. []
  4. Arturo Aguilar, op. cit. []
  5. Eduardo León de la Barra, Los de arriba, México, Diana, 1980, p. 337. []
  6. Ibidem, pp. 32-40. []
  7. Ibidem, p. 339. []
  8. Jeannette Porras, Condesa Hipódromo, México, Clío, 2001. []

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