Herencia e intercambio: procesos económicos espacio-temporales ejemplificados en una aldea preclásica de la Cuenca de México

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Irónicamente, y sin lugar a dudas, dos de las temáticas más estudiadas en la disciplina arqueológica dejan más incógnitas que respuestas, lo cual se debe en gran medida a la forma en que se formulan las preguntas a resolver y a las limitaciones creadas por el mismo investigador, la mayoría de veces de manera no intencional: 1) el estudio de la situación espacial de las culturas, entendiéndose en su sentido general, como el territorio inmediato y periférico de los asentamientos humanos, ya sean permanentes o temporales; y 2) el análisis temporal, que engloba una dinámica social dentro de un tiempo o periodo cronológico determinado. El primero tiende a explicar muy limitadamente los procesos internos y externos, tanto de orden natural como antrópico, que afectan directa o indirectamente a una o más poblaciones de una región geográfica específica; el segundo se utiliza para situar culturas al interior de un marco temporal específico que en realidad sólo ayuda a entender situaciones calendáricas útiles para el arqueólogo, mas no rebasan los límites meramente descriptivos —y, por tanto, su relevancia dinámico- cultural—, quedado un poco al margen en lo que se refiere a nivel explicativo.

Lo anterior no es, por supuesto, una regla general entre la comunidad académica, y con el paso de los años se han visto nuevas tendencias teóricas apoyadas en la implementación de novedosas aplicaciones metodológicas muy funcionales para estudiar el pasado y han permitido dar pasos agigantados —sobre todo a partir de finales de los años sesenta—, aunque ya desde el mismo nacimiento de la arqueología —en tanto disciplina para estudiar los patrones humanos de conducta a través de la evidencia material— han existido textos verdaderamente asombrosos. Escritos por eruditos, esos estudios dejan ver una preocupación por visualizar la arqueología no únicamente como una sencilla y práctica herramienta para describir las poblaciones pretéritas, sino como una extensión de la antropología de grandes alcances para entender no sólo la manera en que los antepasados construían sus casas o tallaban la piedra, sino además esclarecer la comprensión y externalización de las conceptualizaciones ontológicas de los individuos que integraban los remotos, y no tanto, pueblos de todo el mundo.

Hace algunos años había expuesto mi teoría de que los grupos tlatilquenses son parte de un proceso evolutivo en el que diversas etnias compartieron componentes de índole genética y social que dieron origen a lo que actualmente conocemos como cultura Tlatilco; y si bien muestra claramente rasgos que se mantuvieron estables a lo largo de cientos de años, tuvieron diferencias en cuanto al patrón de asentamiento en función de la zona en que habitaron; también había explicado que los elementos materiales tlatilquenses, tratándose de una agrupación mestiza con una larga historia previa, indican una profunda herencia que incluye aportes tecnológicos e ideológicos sumamente complejos y que podemos asociar con otras entidades poblacionales —evidentemente con las peculiaridades propias de los tlatilcas y las innovaciones y aportes que produjeron durante su existencia en el periodo Formativo.1

El presente ensayo no pretende ser un estudio exhaustivo, y más bien intenta marcar algunas pautas concretas; busca analizar el caso concreto de la aldea nuclear de Tlatilco bajo el enfoque de las dos líneas de investigación señaladas; sin embargo, aquí se entenderá el concepto de espacio como el área nuclear o central del asentamiento en cuestión y las zonas circundantes relacionadas de manera directa, promovido por los nexos intra y extracomunitarios que pudieron o no producirse y se desarrollaron mediante el intercambio físico de productos o de conocimiento intelectual; a su vez, el concepto de tiempo se aplicará tomando en consideración dos divisiones temporales: el momento diacrónico y el momento sincrónico, siempre asociados con la concepción espacial ya señalada, enfatizando no tanto la periodización del yacimiento sino los fenómenos socioeconómicos suscitados durante toda la evolución de la aldea, desde la gestación de la cultura Tlatilco hasta su clímax, marcado por la ocupación del asentamiento clave en la Cuenca de México.

Marco geográfico y posición cronológica

La cultura Tlatilco fue una agrupación étnica estructurada por varios rasgos específicos homogéneos, pero complejos ante los ojos externos por la variedad de conexiones sociales características de esta comunidad, perceptibles desde los primeros indicativos arqueológicos que han llegado hasta nuestros días. Sabemos que no existió un solo poblado fundado por los tlatilquenses, sino que hubo varios establecimientos en la República mexicana (mapa 1): desde el suroeste del

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estado de Puebla, pasando por el extremo noreste de Morelos hasta el interior de la Cuenca de México, sobre la vertiente este de la Sierra de las Cruces, en lo que en la actualidad se conoce como el municipio de Naucalpan de Juárez, Estado de México, y que anteriormente fuera una enorme franja boscosa con un ecosistema típico del bosque templado. Es precisamente en esta región donde se halló la aldea de mayores dimensiones —junto con otra de menor superficie descubierta en dirección noreste con respecto a esta última en la población de Xalostoc—, con un notable acervo material y, por ende, el yacimiento que ofreció la más extensa fuente de información de todos los contextos tlatilquenses explorados hasta este momento. Es en este asentamiento, al que propuse llamar aldea nuclear, que enfocaremos nuestra atención para realizar las propuestas explicativas que componen la finalidad interpretativa de este ensayo.

El asunto de la cronología tlatilquense ha sido un tema muy tratado, pero poco resuelto por la diversidad de resultados obtenidos con los fechamientos de radiocarbón y el análisis del comportamiento material correspondiente a la estratigrafía local de la aldea nuclear (cuadro 1). Preocupado por este aspecto —vital para entender el proceso de desarrollo de dichas comunidades preclásicas—, revaloré de manera integral todas las propuestas que hasta ese momento se habían dado a conocer respecto de la posición cronológica de los yacimientos arqueológicos; sin embargo, a diferencia de las anteriores opiniones tomé en consideración un punto que se acostumbra dejar a un lado y resultó ser imprescindible para entender cabalmente la temporalidad de la población central de la Cuenca de México: la colocación vertical y horizontal de los entierros de acuerdo con su posición estratigráfica, por lo que obtuve una propuesta distinta que, dichosamente, coincidió con la suposición de Muriel Porter de que la aldea nuclear de la cultura Tlatilco tuvo una sola ocupación perteneciente a una misma temporalidad.2 Al tomar en cuenta los distintos fechamientos proporcionados por investigadores que han trabajado en sitios Tlatilco, tanto del estado de Morelos como de la Cuenca de México, los inicios de la cultura Tlatilco, representado por los asentamientos de Gualupita, Nexpa y San Pablo (mapa 2), pueden fecharse tentativamente hacia el Preclásico inferior, que comprende alrededor de los años 1300-1150 a 900 a.C.3, mientras el asentamiento nuclear localizado en el interior de la Cuenca de México, y posiblemente Xalostoc, puede situarse en el año 800 a.C., con una duración aproximada de +/- 150 años.4

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Procesos diacrónicos en la economía de la cultura Tlatilco

Todo este apartado está enfocado a la presencia de diversos objetos que componen la cultura material de los tlatilquenses; ésta no se deriva de un proceso de apropiación directo, de intercambio intra o extragrupal, durante la permanencia de la aldea nuclear en la Cuenca de México, sino fueron obtenidos antes de la consolidación, mediante otro tipo de circunstancias que serán explicadas a continuación.

A. Herencia. Se trata de un enfoque analítico muy desestimado por los arqueólogos en general; el hecho de que se hereden pertenencias a nivel individual o grupal, de una cultura predecesora a otra posterior no es un fenómeno aislado, sino que es una situación muy habitual, misma que —desafortunadamente— no ha podido detectarse, o al menos insinuarse, en los textos especializados, debido a la complejidad de los contextos arqueológicos y a la diversidad de productos que los integran. Para el caso de la cultura Tlatilco se cuenta con elementos suficientes para proponer hipotéticamente la aglomeración de un corpus de materiales asociados a dichos indígenas, pero tienen un origen más antiguo y que fueron conservados por quienes les sucedieron, como un recordatorio visual de que dichos objetos formaron parte de su identidad misma.

B. Obtención propia y directa de materias primas; manufactura de artículos. Ciertas pertenencias de los tlatilquenses pueden haber sido enajenadas mediante la obtención directa de materias primas, explotando sus fuentes naturales y trabajando con ellas para elaborar diversos bienes, tanto funcionales como ornamentales, los cuales se presume que fueron conseguidos de esta manera por el tipo de materiales manipulados, la ubicación espacial de los yacimientos, la presencia o ausencia de lugares de trabajo, el reconocimiento de los artefactos asociados a la labor de producción y sus distintas etapas de manufactura, así como también por el acabado estilístico y funcional de los mismos.

Procesos sincrónicos en la economía de la cultura Tlatilco

Son todos aquellos que se produjeron simultáneamente a la permanencia de la aldea nuclear en la Cuenca de México, visualizados en ciertos objetos hallados en el contexto arqueológico y que se pudieron derivar por:

A. Obtención propia y directa de materias primas; manufactura de artículos. Definido de la misma manera que en el párrafo del mismo nombre en los procesos diacrónicos, pero con la diferencia de que en este caso la obtención de los recursos materiales y la producción se desarrolló durante la actividad diaria de los tlatilquenses en la aldea nuclear, y no en tiempos pretéritos a partir de su gestación o durante el proceso de formación.

B. Intercambio. Muy difícil de demostrar, debido a que en el contexto arqueológico de la aldea nuclear y en el resto de las comunidades contemporáneas a ella no existen indicios arqueológicos, al menos claros, de un intercambio o contactos unilaterales entre grupos; sin embargo, no se descartan relaciones económicas de este tipo y se requiere un mayor análisis de materiales para proponer hipótesis al respecto.

El concepto de “herencia cultural” para el caso de la cultura Tlatilco

Primordial para entender el proceso evolutivo de los grupos tlatilquenses es el concepto de herencia, en definitiva el primer elemento que debemos tener en cuenta si nuestro interés está centrado en el análisis de la sucesión de eventos que desencadenan las diversas manifestaciones estructurales de una comunidad étnica específica, dentro de un marco histórico que revela tanto persistencias culturales como cambios sutiles o radicales en el modo de vida, que incluye desde la forma de erigir las habitaciones, pasando por las innovaciones tecnológicas hasta la forma de apropiación de alimentos o bienes de subsistencia. Por tanto, si desestimamos el sentido de una herencia cultural inmediata o muy alejada en el tiempo, no podremos comprender con mayor o menor precisión la problemática inmanente al encadenamiento de cada uno de los ciclos propios de cada sociedad en distintas etapas de su existencia, lo que conduce a idealizar a los grupos humanos en unidades estáticas sin ningún cambio estructural y tampoco sin ningún aporte ideológico de sus antepasados o de otras comunidades con distinto linaje.

Sin la pretensión de hacer todo un recuento teórico que rodea el concepto de herencia cultural, solamente tomaré prestadas las ideas que Miguel León-Portilla aplicara para el caso de la sociedad mexica presente durante el periodo Posclásico en la Cuenca de México. Siempre bajo un análisis semántico de la lengua náhuatl, León-Portilla nos remite al término topializ y a la importancia que reviste el significado para la concepción de pertenencia cultural de los mexicas con su legado histórico, ya que la palabra puede traducirse como “lo que corresponde a nosotros guardar o conservar”, que de acuerdo con el autor es un enfoque dinámico que para los indígenas era la concepción de poseer un legado, preservado principalmente para favorecer a los descendientes. León-Portilla, basado en las descripciones hechas por los viejos informantes de Sahagún acerca de los grupos contemporáneos a los tenochcas, nos remite a un segundo término en lengua náhuatl, yuhcatiliztli, que en castellano significa “la acción que lleva a existir de un modo determinado” y es muy semejante para nuestra concepción actual de “cultura”, pues involucra manifestaciones tanto de orden material como ideológico y que, por ende, comprende las diversas formas en que se organizan las sociedades, su economía, su religión y su política. León-Portilla subraya la indisoluble unión entre el término topializ (la herencia) con la palabra yuhcatiliztli (la significación cultural) en la sociedad nahua, como un legado que fuera fruto de la acción de sus antepasados y le confiriera una identidad propia como nación, a la vez resultado de su propia manera de actuar, de mantener la posesión de su herencia y de acrecentar junto a la de salvaguardar dicho legado, por lo cual el estudioso concluye diciendo es “raíz y riqueza (esta última en término de plenitud práctico-conceptual del hombre como entidad cultural)” que finalmente busca “fortalecer lo más valioso del propio ser”.5

Para la sociedad tlatilquense dichos conceptos de topializ y yuhcatiliztli pueden traslaparse sin dificultad alguna, cuando se conoce su acervo material obtenido por la arqueología y, a su vez, se comprenden las coyunturas sociales manifestadas en la evidencia proveniente de los diversos yacimientos excavados, lo cual proyecta los distintos grados de significado cultural que cada elemento, per se y en grupo, representa, a veces de manera explícita y en otros casos sin ser tan evidente; es así que en la cultura Tlatilco la topializ se ve reflejada claramente en diversos productos derivados de una actividad pretérita y en las costumbres de dichas comunidades indígenas tales como las deformaciones y mutilaciones corporales, entre ellas la alteración intencional de la forma del cráneo y la reducción de la masa de los segmentos dentales mediante fractura, corte y abrasión, así como ciertos actos ceremoniales en las tradiciones funerarias que incluían la aplicación de pigmento rojo sobre los cuerpos de los fallecidos, mientras el concepto yuhcatiliztli puede percibirse en prácticamente todos los actos cotidianos de las comunidades tlatilcas que la definen como tal: sistemas productivos y actividades de subsistencia —tal como la industria ósea, la manufactura de objetos textiles, la caza y la siembra—, embellecimiento corporal —utilización de ciertos colorantes faciales y motivos naturalistas-geométricos con una significación especial—, prácticas mortuorias particulares —colocación de los difuntos en mortajas y desmembramiento intencional de los restos—, eventos recreativos —para los que se utilizaban atuendos especiales que incluían máscaras y la ejecución musical— y hasta el conocimiento médico. Todo ello ha sido tratado de manera extensiva en mi obra ya citada, y en este ensayo me avoco al análisis específico de una serie de pertenencias materiales descubiertas en los distintos sitios tlatilquenses, con especial énfasis en el acervo de la aldea nuclear, ya que en este último establecimiento se encuentra el momento culminante de la consolidación histórica de tan asombrosa cultura, donde se ubican las claves que nos permiten argumentar acerca de una evolución socioeconómica gestada desde los primeros indicios de los tlatilquenses en el Formativo inicial hasta el Preclásico medio.

El comercio tenocelome, el surgimiento de la jerarquía social y algunas hipótesis de la movilidad comercial de bienes hacia el interior de la Cuenca de México

Las primeras hipótesis con respecto a la movilidad e intercambio entre distintos establecimientos preclásicos del territorio mexicano fueron formuladas a partir del fenómeno tenocelome, que tiene una indiscutible dispersión espacial como ninguna otra entidad cultural la tuvo en su época (mapa 1). Las explicaciones partieron de los hallazgos realizados en lo que en las primeras excavaciones arqueológicas se denominó como centros nucleares tenocelome en los estados de Veracruz y Tabasco, volviéndose más complejas las ideas con base en los descubrimientos en el centro y sur de la República mexicana realizados por investigadores nacionales y extranjeros.

La innovadora visión de Kent Flannery permitió observar disparidades entre Oaxaca y el área Tenocelome nuclear (San Lorenzo y La Venta), en cuanto a la riqueza y estatus se refiere, a través de comunidades e incluso entre los miembros de un mismo asentamiento; según Flannery, el acceso diferencial de artículos que él caracteriza como de lujo —tales como las perlas de ostra, el jade y la magnetita que ciertas personas poseían y otras no, así como la presencia de productos de remota lejanía—, indican que se desarrolló un movimiento de materias primas exóticas funcionalmente relacionadas con el surgimiento de la estratificación social en la región sureña del México antiguo durante el Formativo, aparte de que los ornamentos e implementos de dichos materiales funcionaron como insignias de estatus referidas a personas que tenían esta calidad de vida desde su nacimiento, por pertenecer a grupos de elite de tradición firmemente establecida en la sociedad respectiva.6 Ha sido la urbe de San Lorenzo, en el estado de Veracruz, el foco de investigaciones especializadas, por ser una de las ciudades más complejas de su época y por contar con una importante colección de artículos manufacturados con materias primas alóctonas. Robert Cobean, Michael Coe y colaboradores apoyaron la idea de una expansión Tenocelome mediante la actividad comercial, independientemente de si eran o no conquistadores, aunque también ponen la religión como un factor importante que difundió las antiguas creencias a otras regiones mediante las representaciones de deidades y objetos de culto, que a la vez estaban representados en materiales importados como el jade y el mineral de hierro.7 Los autores señalan que las evidencias de un comercio tenocelome es poco conocido, pero aseguran que en San Lorenzo existieron talleres avocados a la producción de orejeras y cuentas hechas con serpentina, esquisto y otras rocas no locales, mientras los objetos que se exportaban desde esta urbe a otras poblaciones fueron artículos ceremoniales o de prestigio entre los que se cuenta la alfarería decorada con motivos tenocelomes de índole religiosa, así como las grandes figuras huecas conocidas con el nombre de baby face, ambas halladas en los ajuares funerarios de los sitios de Tlatilco y Las Bocas, en el centro de la República mexicana.8

Después de otros importantes estudios sobre activación neutrónica, como los de Charlton, Grove y Hopke,9 han surgido importantes explicaciones y modelos del comercio e intercambio entre las poblaciones preclásicas que deben ser tomadas en cuenta, y una de ellas es el modelo de comunidades “puerta” (Gateway communities) desarrollado por Kenneth Hirth, quien se alinea con la postura tradicional de que la presencia de bienes exóticos funcionan como indicadores de rango, y argumenta que en función de la necesidad de movilizar bienes mediante intercambios interregionales por parte de los grupos preclásicos se produjo una institucionalización del comercio dentro de la sociedad, reflejado en un reforzamiento de los sistemas regionales de redistribución, el movimiento entre localidades territoriales de comodidades de subsistencia en conjunto con los bienes exóticos, mayor complejidad de obtención, preparación y dinámica de artículos, así como el surgimiento de nuevas formas de organización socioeconómica durante el Formativo medio, a diferencia del Formativo temprano, como la presencia de especialistas en el comercio en ciertos asentamientos localizados en rutas clave y que prosperaron con el creciente intercambio interregional.10

Por otro lado, Thomas Charlton hace un análisis propiamente económico que envuelve los procesos de transporte y producción realizados desde el Preclásico inferior hasta el terminal, poniendo énfasis en los sitios localizados en la Cuenca de México, basado en la creencia del establecimiento de áreas o sitios especializados planeados para reducir los costos de transporte concernientes a la explotación de materias primas y la manufactura de artículos terminados, así como en la reflexión de que este patrón ocurre en sociedades caracterizadas por diversos niveles de organización sociopolítica, lo cual habla de una conducta generalizada para el ser humano.11 Charlton hace referencia a Tlatilco y Tlapacoya, y especifica que la equivalente distancia de ambos respecto de las tres fuentes principales de obsidiana —Otumba, Sierra de las Navajas y Paredón— proporcionaba un acceso igualitario, mientras la ausencia de desechos asociados a talleres en los núcleos aldeanos al parecer se produjo en una etapa de patrón no-centralizado de extracción de materia prima y preparación de preformas y herramientas no restringido a sociedades estatales, las cuales participaron en una red de sistemas de intercambios, así como en el aprovechamiento local originario de los mismos.12 El autor prosigue con el proceso económico ocurrido durante el Preclásico medio, y explica que durante esta época continuaron los patrones de explotación de recursos, así como una intensificación en la extracción de obsidiana local, manteniendo la comunidad de Loma de Atoto su participación activa en la manufactura de herramientas líticas.13

Robert Drennan es otro de los investigadores que han estudiado el movimiento de bienes durante el Formativo, y asegura que su valor se incrementa sustancialmente de acuerdo con la distancia que deben recorrer; divide los bienes en utilitarios y de lujo y/o rituales; los primeros, por el hecho de ser sustitutos de materiales disponibles localmente, deben poseer dos características: ser mejor en calidad que la materia autóctona y haber sido importado en pequeñas cantidades; los segundos, de complicada diferenciación, se caracterizan por su escasa presencia numérica dentro de las poblaciones, así como por su inexistente impacto ecológico directo, tal como ocurre con el alimento básico y los artículos estrictamente utilitarios, siendo su alto aprecio y valor lo que ameritó gastar en el transporte a través de grandes distancias.14 Por ejemplo, en un artículo de 1984 deja clara su postura respecto al fenómeno de la cerámica en los procesos de intercambio a gran distancia, y señala que una movilización de este material a tal escala no resultaba beneficiosa económicamente, por lo pesado y difícil de manejar, por su fragilidad y porque la materia prima de hecho podía encontrarse en todo el México antiguo.15 Sin embargo, al hablar sobre la concha cae en un error al generalizar que esta materia prima fue un artículo de lujo asociado con la clase alta o ceremonial de las poblaciones del Preclásico inferior y medio, ya que en Tlatilco no existe indicio alguno para hacer tal suposición; muy por el contrario, los moluscos recuperados en la aldea nuclear de la Cuenca de México fueron de uso común de una gran parte de los habitantes. Aun cuando sus análisis estadísticos se basan en datos muy escasos y dispersos —provenientes de poblaciones arqueológicas de las que ni siquiera se conoce un índice demográfico aproximado, lo que aporta resultados subjetivos—, su interesante conclusión no puede ignorarse, pues argumenta que no existe evidencia alguna de que cualquier bien importado o exportado haya tenido un impacto trascendental en cualquier región de la época del Formativo inferior o medio en cuanto a desarrollo de sociedades complejas se refiere, simple y sencillamente por la escasa cuantía de los materiales involucrados en el movimiento económico a grandes distancias, sin descartar que dicha situación sí pudo haber sido ventajosa en los campos sociopolíticos e ideológicos para las personas involucradas.16 Acerca de la especialización e intercambio de la obsidiana durante los mismos periodos mencionados, tenemos también la opinión de Robert Santley, quien concluye que ambos procesos tuvieron un menor impacto propiciatorio de estratificación social, por los bajos niveles de consumo y el alto rendimiento productivo —por lo que solamente se necesitaron unos cuantos especialistas de medio tiempo avocados a la obtención de materia prima, su procesamiento y su distribución—, debido también a que la reducida tasa demográfica de la cuenca no promovió un alto índice de especialización.17

Comercio e intercambio en Tlatilco: eventos indemostrables hasta el momento

Los investigadores estadounidenses han tratado de explicar parcialmente la presencia de elementos materiales y simbólicos, así como el desarrollo socioeconómico de la cultura Tlatilco de la Cuenca de México, con base en una supuesta actividad comercial emprendida entre esta población y otras entidades étnicas con mayores oportunidades económicas; destacan el emplazamiento territorial, que comprendía una ventajosa ubicación en zonas con alto potencial de recursos naturales utilizados como materias primas para la fabricación de útiles o bienes no disponibles en otras regiones, pero de gran valor para grupos alejados de las fuentes de obtención, ya fuera por tratarse de recursos para elaborar artefactos de uso común, o bien por el valor suntuario que este tipo de objetos poseyeron en su momento. Sin embargo, de las propuestas de los académicos que han trabajado este asunto resulta evidente que para el caso de Tlatilco no logran establecer categóricamente que el comercio o intercambio fue uno, o el principal, de los factores que justifica la presencia de material alóctono y su desarrollo cultural, como se ha venido entendiendo hasta nuestros días, lo cual únicamente se insinúa por parte de los estudiosos. En gran medida, dicha situación se debe a la falta de información contextual del yacimiento y a la escasa realización de estudios físico-químicos de la evidencia material.

Después de los estudiosos que trabajaron en la aldea nuclear, David Grove ha sido el investigador que más ha aportado al conocimiento de la cultura Tlatilco morelense gracias a sus excavaciones en los antiguos asentamientos preclásicos de San Pablo y Nexpa, y su cúmulo de escritos han contribuido significativamente a la comprensión socioeconómica de las sociedades formativas principalmente tenocelomes del Altiplano Central, pero existen de mi parte objeciones respecto sus hipótesis en cuanto al origen y relaciones extra grupales de las comunidades tlatilquenses, básicamente porque Grove considera que los establecimientos tlatilcas del estado de Morelos y el poblado nuclear de la Cuenca de México son paralelos en el tiempo, por lo que no concibe una evolución locacional, y las respectivas transformaciones de dicha cultura, con base en los distintos yacimientos explorados y su situación contextual.18 Habla de interacciones interregionales y sugiere que hubo una relación comercial entre Chalcatzingo y los sitios de la Cuenca de México entre los que se encontraba la aldea nuclear, además de remarcar que los tlatilquenses tuvieron interacciones —que implícitamente sugiere de tipo comercial— con el occidente de México, vislumbradas en la cerámica y demás bienes; concluye que hasta ese momento se ignoraba la naturaleza y la dimensión de dichas interacciones entre Occidente y el centro mexicano, así como las posibles influencias que pudo tener esta primera región en el desarrollo de la cultura Tlatilco.19

Visualizando objetivamente todas estas propuestas, se aprecia claramente que existen varias fallas sobre la forma en que se conciben los aspectos evolutivo y socioeconómico de Tlatilco, así como en la manera de explicar cómo los productos de tradición tenocelome llegaron hasta sus manos. Otro de los puntos fuertemente criticables a las hipótesis que sugieren el intercambio tlatilquense es la falta de argumentos que demuestren el flujo de artículos bilateralmente entre una agrupación y otra: siempre se trata el asunto de la movilización de materias primas desde las fuentes primigenias de florecimiento (minas) o centros de manufactura o distribución, pero nunca se especifican los artículos locales propios de los tlatilquenses con los que realizaban sus intercambios o trueques.

Quiero hacer hincapié en este punto porque creo que se trata, tal vez, del más importante si buscamos comprender el asunto del comercio o intercambio extragrupal entre los tlatilcas y sus contemporáneos. Adentrándonos más en la cuestión de la dinámica del intercambio, existe un factor indisociable a este procedimiento de índole económico que es la reciprocidad material o simbólica del proceso, que de acuerdo con la teoría sustantivista de Karl Polanyi se conoce como bilateralidad, uno de los rasgos esenciales que integran el comercio y que se define como: “Técnicamente […] es un método de adquirir bienes inexistentes en un lugar […] es adquirir y llevarse bienes que están a una cierta distancia. Lo que diferencia el comercio de estas otras actividades es una bilateralidad que asegura también su naturaleza pacífica […] Institucionalmente […] el comercio es una actividad de grupo organizada. Se centra en la reunión de grupos de distintas comunidades, uno de cuyos propósitos es el intercambio de mercancías”.20 Entonces, partiendo de estos principios teóricos podemos suponer que en dado caso de que los tlatilquenses participasen activamente en una dinámica de intercambio, la pregunta obligada es, ¿cuáles fueron las mercancías o bienes trabajados a nivel local con que traficaban los tlatilcas? Para empezar a estudiar el problema tenemos que partir de dos premisas: 1) la procedencia de la materia prima y 2) la naturaleza de la producción de los diversos artículos. Como se sabe, la producción alfarera fue la producción artesanal más importante de la cultura Tlatilco, y es el tema del siguiente apartado.

El legado de los antepasados: la alfarería tenocelome vs. alfarería local y los bienes “exóticos”

Durante varias décadas se mantuvieron dos hipótesis fundamentales, entre otras argumentaciones menores, que trataban de explicar la presencia de materiales arqueológicos tenocelomes en compañía de artículos propios de la cultura Tlatilco.21 La primera de ellas sostenía que los tlatilquenses eran una comunidad campesina local del Preclásico inferior que se caracterizaba por su cerámica tipo Zacatenco, y que su cultura se mantuvo de esta manera hasta que un grupo foráneo —los tenocelome— se mezcló con ellos en la misma fase, apareciendo cambios que se perciben sobre todo en la estilización de la cerámica.22 En la segunda hipótesis se invierten temporalmente las características culturales, afirmando que en un inicio, durante el Formativo inicial, la cultura original de la aldea nuclear era la sociedad tlatilquense, con sus rasgos típicos que perduraron hasta la llegada de los grupos tenocelome en el mismo periodo —quienes aportaron sus propios componentes culturales—, aun cuando, a diferencia de la primera hipótesis, no fueron determinantes en el desarrollo del sitio; por último, como parte de esta misma proposición se plantea que existió una tercera fase perteneciente al Preclásico medio que corresponde a la cultura Zacatenco, de acuerdo con la alfarería predominante.23

Ambos postulados adolecen de varias deficiencias teóricas y metodológicas que en su momento no permitieron comprender con mayor amplitud la situación espacio-temporal, e incluso socioeconómica, de la cultura Tlatilco. La complicación preponderante de los esquemas iniciales expuestos surge a partir del hecho de que los planteamientos solamente se basan en el estudio de la cerámica y su disposición en la columna estratigráfica del yacimiento, sin tomar en cuenta el resto de elementos arqueológicos que complementan el contexto local y extrarregional, además de que las hipótesis están claramente encaminadas a resolver una cuestión cronológica más

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que una de orden dinámico-cultural. A partir de una nueva perspectiva, y al disponer de más herramientas teóricas junto con los datos obtenidos durante las exploraciones de otros sitios en las últimas cuatro décadas, ahora se manejan otro tipo de explicaciones del fenómeno Tlatilco, lo que evidentemente amplía el horizonte social y económico respecto al que se tenía contemplado para dicha organización humana. Para dar inicio al análisis propio de las estructuras de la sociedad tlatilquense comenzaré por hablar de la producción de la cerámica, para luego estudiar otras evidencias arqueológicas y sus repercusiones dentro de la comunidad en cuestión.

Tenemos pues que la alfarería de la aldea nuclear se puede dividir en tres tradiciones mayores de acuerdo con su materia prima, la forma y la estilización de la loza, así como del significado cultural que poseía: 1) la alfarería Tenocelome, 2) la alfarería Tlatilco y 3) la alfarería Zacatenco (figuras 1 y 2). Cada una representa un momento preciso de la historia de la cultura Tlatilco y a cada una de ellas corresponde una explicación económica (por supuesto que entre otras más, como la ideológica) específica. Contrariamente a lo

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se pensaba todavía hasta hace apenas dos décadas, al arribar a la Cuenca de México la cultura Tlatilco ya poseía acervo material de las tradiciones Tenocelome y Tlatilco, y sólo cuando alcanzó las faldas occidentales de la Sierra de las Cruces dicha comunidad conoció, aceptó e implementó la cultura Zacatenco. Los tlatilquenses fueron una agrupación mestiza,24 tal cual lo dejan ver las investigaciones arqueológicas y osteológicas, lo cual implica relaciones de mayor complejidad desde el surgimiento mismo de la cultura Tlatilco.

La alfarería Tenocelome es un interesante componente cultural de orden diacrónico, ya que pertenece al campo de la herencia y, por tanto, su interés económico, a diferencia de la manufactura local, tiene otros valores y alcances para los grupos tlatilquenses de la última fase de existencia. Lo más importante que debe tomarse en cuenta es que la cerámica Tenocelome no fue producida por los tlatilquenses de la Cuenca de México —y muy probablemente ni siquiera en el interior de las primeras aldeas tlatilcas de las que tenemos evidencia, presentes en el estado de Morelos.25 Todo parece indicar que este tipo de terracota fue uno de los legados que los antepasados tenocelome, provenientes de los estados sureños de la República mexicana, otorgaron (de manera no sorpresiva, sino progresivamente y de manera inconsciente) a la gente de la naciente cultura Tlatilco —que resultaron ser sus parientes consanguíneos, aunque con nuevos aportes genéticos proporcionados por otras comunidades étnicas del México antiguo—. Por ello la alfarería Tenocelome no debe visualizarse para este momento histórico con un valor meramente económico —al menos con los parámetros de valor con los que contamos actualmente y podemos distinguir por medio de la arqueología—, sino más bien por su valor ideológico, lo cual puede demostrarse con su bajo índice numérico, su disposición diferencial en el contexto —poco material de desecho y presencia mayoritaria en entierros, algunos de los cuales presentan características singulares tanto por los rasgos de el o los personaje (s) inhumado (s) así como por el ajuar funerario que contienen— y su persistencia en los yacimientos tlatilquenses desde los primigenios hasta la comunidad central. Como el artículo llegó terminado a manos de los tlatilquenses y no fue un recurso que se sujetara a las leyes del intercambio —al menos a nivel extragrupal—, no se le pueden asignar características institucionales como las que agrupan empresas específicas, entre las que se pueden mencionar la del comercio.

Caso aparte son la alfarería Tlatilco y Zacatenco, ya que la primera de ellas fue una industria que se empezó a manufacturar por los tlatilquenses desde sus inicios, mientras la segunda es una producción que se conoce a partir de la última ocupación tlatilca y constituye una producción propia de la Cuenca de México durante el Formativo medio, justo durante la etapa de permanencia de la aldea nuclear. Evidencias arqueológicas halladas durante el transcurso de las exploraciones efectuadas en la aldea nuclear de la cultura Tlatilco demuestran que los pobladores elaboraban su propia alfarería —representación en terracota de dos alfareros, el instrumental técnico necesario como son pulidores, alisadores, piedras de molienda, punzones, vasijas que tienen en su interior pigmento mineral, así como la presencia de un horno semiabierto—, e incluso se propone que existía al menos un artesano especialista en la fabricación de loza de terracota —con base en datos obtenidos de la sepultura número 53, exhumada durante la Cuarta temporada de campo—.26 Evidentemente, y a diferencia con la cerámica Tenocelome, la alfarería Tlatilco tuvo otras repercusiones económicas para la población local, ya que tenemos varios puntos a destacar: 1) producción propia y autosuficiente, 2) manufactura de vasijas tanto utilitarias como ornamentales o de uso funerario, 3) especialización en cuanto a personal y herramientas, así como una fabricación en menor escala practicada por los miembros de las distintas unidades familiares, y 4) distribución extensiva de la loza a todos los miembros de la comunidad.

Sin embargo, la cerámica Zacatenco —proceso de orden sincrónico— presenta algunos problemas de interpretación, pues no se sabe con certeza quién o quiénes fueron los primeros grupos que elaboraron tan peculiar loza. Tenemos pruebas arqueológicas de que grupos del Preclásico medio fueron los responsables de la manufactura de las piezas, y existe un “eje” cultural muy importante de este tipo en la Sierra de Guadalupe —localizado a algunos kilómetros en dirección noreste de la aldea nuclear y que comprende las poblaciones prehispánicas conocidas con el nombre de Zacatenco (de ahí proviene el nombre de dicha cerámica) y El Arbolillo—, mientras en otros yacimientos contemporáneos también localizados dentro de la Cuenca de México, como son Tetelpan27 y Loma Torremote,28 se han descubierto colecciones de terracota de la misma tradición mayor, e incluso en el exterior del valle como es el caso del estado de Tlaxcala, donde existió una importante industria cerámica de tipo Zacatenco.29 Con base en la antigüedad, incluso podríamos pensar que fueron los mismos tlatilquenses quienes pudieron comenzar con tan peculiar tradición, pero en realidad no se tienen los suficientes elementos (falta de análisis específicos como el de la composición litológica de las arcillas y yacimientos aledaños) para sostener tal hipótesis, y con los datos disponibles hoy solamente sabemos que la cerámica Zacatenco fue muy importante —económicamente hablando— para la población tlatilca, ya que se trata de la vajilla utilitaria más recurrente en toda la superficie que albergó las unidades habitacionales de la aldea preclásica. Tampoco podemos hablar de lazos de intercambio entre grupos, pues las agrupaciones humanas de la cultura Zacatenco no poseen cerámica Tlatilco en sus acervos, así como ningún otro indicio arqueológico claro que hable de un posible contacto de tipo bilateral; incluso, fuera de la alfarería Zacatenco y las escasas figurillas excavadas asociadas a este complejo hallado en la aldea nuclear, ningún otro rasgo especial ha sido registrado en el contexto y en la evidencia material recuperada, por ello las incógnitas a este respecto continuarán mientras no se realicen nuevas excavaciones y estudios científicos con los restos descubiertos en otros yacimientos tlatilquenses de la cuenca —fuera de los dos sitios conocidos no hay ningún otro reportado— y en asentamientos Zacatenco locales y regionales.

Todo lo anterior está centrado en un solo tipo de objetos que son los fabricados en terracota; empero, existen otros artículos manufacturados en distintos materiales que no se pueden obtener en toda la región dentro de la cual está comprendida la aldea nuclear, y únicamente se localizan —al menos así lo indican los sondeos geológicos practicados en nuestros días— a varios kilómetros de distancia. Estos artículos son conocidos como “exóticos”, tanto por su procedencia foránea como por el tipo de fabricación artesanal que representan, y algunos de ellos también pueden ser incluidos en el proceso diacrónico del sitio, por haber formado parte de la herencia cultural de los tlatilquenses y, en consecuencia, merecen una atención especial; dichos objetos son las cuentas y pendientes de piedra verde, las placas de hematites, así como objetos de lapidaria como las hachas y los yugos.

Los ornamentos de roca verde fueron bastante comunes entre los ajuares de los difuntos tlatilquenses, de acuerdo con lo que cientos de ejemplares recuperados a lo largo de la Segunda y Cuarta temporadas nos han mostrado contundentemente; pero no es una artesanía que pueda asociarse directamente a la producción tlatilquense debido a dos factores primarios: 1) la carencia de materia prima en las proximidades de las localidades tlatilcas y (2) la inexistencia —derivada de los hallazgos realizados hasta la fecha— de talleres de manufactura de ornamentos de roca verde en las aldeas. Los yacimientos de piedra verde pueden dividirse en función del tipo de roca identificada, y la literatura especializada menciona los dos tipos de materia prima identificados en Tlatilco: jadeíta y

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serpentina. De esta última se ha detectado la presencia de vetas en yacimientos de los estados de Puebla, Guerrero, Chiapas, así como en Centroamérica; en cambio, sobre la jadeíta se mantiene un debate académico porque únicamente se ha hallado un yacimiento en Guatemala,30 y mientras unos defienden que se trata del único centro seguro de abastecimiento de ese material para toda comunidad prehispánica, otros suponen, por la evidencia arqueológica, la presencia de más vetas explotadas —principalmente en alguna zona desconocida del actual estado de Guerrero—.31 La piedra verde siempre se ha relacionado con la cultura Tenocelome por la elaboración de una notable colección de bienes, entre ellos máscaras antropomorfas, hachas votivas, cuentas (figura 3) y colgantes, figurillas, así como artefactos de uso no completamente determinado, y es por ello que su descubrimiento en contextos tlatilquenses, en compañía de otros materiales tenocelomes, es prueba inequívoca del parentesco entre ambas sociedades.

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Lo mismo puede afirmarse de los artefactos de mineral de hierro que se conocen con el nombre científico de hematites especularita, el cual representa uno de los materiales más diagnósticos de la herencia Tenocelome en Tlatilco. La muestra tlatilquense, que apenas comprende unas cuantas docenas, consta de placas trabajadas tanto para la decoración de figurillas de terracota como para el embellecimiento personal de las mujeres (figura 4), aunque también hay algunas sin perforaciones, asociadas a entierros masculinos y de las cuales no se puede precisar su función exacta.32 Gracias a los trabajos de prospección realizados en la década de 1960 en el valle de Oaxaca y otras regiones,33 y también a las excavaciones efectuadas en la misma región, se pudo constatar la existencia de una notable concentración de yacimientos de hematites, así como la utilización de esta materia prima durante el Preclásico inferior para la fabricación de placas que tienen casi la misma forma que las halladas en Tlatilco. Por otra parte, se sabe que otros lugares en la República mexicana cuentan con yacimientos de hematites, entre ellos la costa del Golfo de México y Morelos, e incluso otros sitios arqueológicos tenocelomes cuentan con artefactos fabricados con la misma materia prima,34 aunque su forma y utilización no son las mismas que las encontradas tanto en Oaxaca como en la aldea nuclear tlatilquense; sin embargo, existe un consenso general de que Oaxaca fue la primordial fuente de hematites, y por ello principal sitio de abastecimiento para la mayor parte de las poblaciones preclásicas. Como se especula que los tlatilquenses tuvieron parte de su origen en las antiguas aldeas formativas oaxaqueñas de cultura propiamente Tenocelome, es por ello que entre el repertorio de materiales exógenos encontrados en la evidencia arqueológica de la aldea nuclear destacan las placas de hematites, que resultan ser un excelente punto de apoyo para tal afirmación. Sin embargo, no podría estar de acuerdo con la hipótesis de Kent Flannery, quien sostuvo que las placas de mineral de hierro formaron parte de un sistema de intercambio manejado básicamente entre grupos de elite de Oaxaca con San Lorenzo y la costa del Golfo de México,35 ya que, por una parte, el asentamiento de la aldea nuclear tlatilca fue posterior a este tipo de acontecimientos —si es que en verdad se produjeron— y como dejan ver los contextos tlatilquenses excavados en la actualidad, los complejos sistemas sociopolíticos y comerciales propios de las comunidades urbanas del Golfo de México y de Oaxaca no existían —o tal vez se llegaron a presentar en algún tiempo remoto, cuando todavía no se terminaba de consolidar la nueva entidad étnica tlatilca, aunque no prevalecieron— en la cultura Tlatilco.

Los yugos representan otro punto interesante de la herencia material y cultural de los tlatilquenses, aunque debemos decir que existen todavía algunas incógnitas que deben resolverse sobre su origen —el primer sitio preclásico donde aparecieron—, sobre el real significado y análisis petrográficos específicos de las materias primas con las que fueron elaborados —estudios que también servirían para asociar los yugos con yacimientos de roca en particular (figura 5)—. Se han subrayado estos puntos porque tenemos la presencia de yugos en sitios arqueológicos del Preclásico inferior, pero aparecen en lugares tan apartados como San José Mogote, Oaxaca, así como en Guerrero, el Istmo de Tehuantepec y en El Opeño, estado de Michoacán; es decir, comunidades que comparten ciertos rasgos comunes de tipo Tenocelome, pero son indiscutiblemente diferentes en cuanto a cultura se refiere. Tradicionalmente, el yugo es un artefacto de roca asociado con el antiguo Juego de Pelota o ulama, como se le conoce en lengua náhuatl y tiene razón de ser, ya que en los sitios

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prehispánicos que presentan algún elemento diagnóstico relacionado con este tipo de entretenimiento —canchas, pelotas de hule, figurillas de terracota que representan jugadores— los yugos comúnmente están expuestos entre los distintos materiales y Tlatilco no es la excepción, ya que entre los hallazgos de la Segunda Temporada de campo se recuperó una figurilla atípica, la cual se ha interpretado como la representación de un jugador de pelota.36

Economía tlatilquense: la provisión y fabricación de artefactos líticos, la industria ósea, el fenómeno de la concha y los posibles movimientos transaccionales extragrupales

La economía tlatilquense —sin entrar en detalle sobre los medios de subsistencia destinados a la alimentación de la población— en cuanto a la producción de instrumental especializado, está bien representada por un par de industrias de la que se tienen los datos arqueológicos necesarios para hablar de una producción local, en la que tanto la apropiación de la materia prima como la manufactura de artefactos fue llevada a cabo en un momento sincrónico en la historia de la comunidad tlatilquense. La más importante de ellas —por la cantidad de materiales recuperados en las aldeas tlatilcas del estado de Morelos y la Cuenca de México— es la industria lítica, muy bien representada por las herramientas de obsidiana y de roca volcánica en general. Tenemos varios elementos en los contextos que nos permiten sostener tales argumentos: 1) presencia de herramientas especializadas para la fabricación de artefactos en roca y vidrio volcánico, 2) la presencia de desechos derivados del tallado de la lítica, 3) diversidad de instrumental terminado, 4) presencia de artefactos de piedra en concordancia con las diversas actividades de subsistencia, 5) presencia de especialistas, y 6) relativa cercanía de yacimientos proveedores de la materia prima.

Empezando por la cuestión de los yacimientos de materia prima, se han realizado estudios específicos —activación neutrónica— con muestras de obsidiana provenientes de aldeas tlatilquenses, representadas por los asentamientos de San Pablo, estado de Morelos, y Naucalpan, Estado de México, en conjunto con otros muestreos de los que se extrajeron rocas directamente de distintos yacimientos naturales, y se concluyó que en lo relativo al asentamiento de San Pablo 90.7% de la obsidiana de color gris aprovechada proviene del yacimiento de la Barranca de los Estetes u Otumba,37 mientras los análisis traza efectuados a nueve herramientas de la aldea nuclear demostraron que siete de ellos provenían de Otumba, mientras a las dos restantes no se les pudo asignar un origen preciso.38 La Barranca de los Estetes es un gran yacimiento de origen volcánico ubicado en la misma Cuenca de México, en dirección noreste de la aldea nuclear y muy cerca de la urbe clásica de Teotihuacan, por lo que su obtención no fue dificultosa, aunque plantea interrogantes de cómo se produjo la apropiación de la materia prima. Otro de los yacimientos importantes de la época —principalmente en fechas posteriores como el Posclásico, alrededor de los siglos XIV y XV— fue la Sierra de las Navajas en el estado de Hidalgo, que también funcionó como centro de procuración de obsidiana, en este caso de color verde; ya que como se ha visto, para los materiales tlatilquenses existen herramientas elaboradas con este vidrio volcánico, si bien resulta bastante más escaso en comparación con la obsidiana gris, que abarca la mayoría de la colección de instrumentos líticos. Tal situación en realidad no resulta ser muy extraña, ya que dicho yacimiento se sitúa varios kilómetros hacia el norte de la aldea nuclear en comparación con Otumba; en lo que concierne a la roca utilizada para la fabricación de metates, morteros y sus respectivos agentes activos, la materia prima

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para fabricarlos se podía obtener fácilmente en el interior de la Cuenca de México, debido a su geomorfología de origen ígneo y en donde abundan las zonas de toba, basálticas y andesíticas. En lo que concierne al instrumental especializado para manufacturar las herramientas de lítica, tenemos una colección de piezas que se utilizaron en su fabricación —tallado, cortado y pulido de artefactos—, como percutores, talladores y retocadores de asta y hueso, junto con percutores de roca, mientras para el caso de los utensilios hechos en lítica pulida tenemos cinceles y martillos, así como los denominados “cortadores” empleados para desgastar la piedra por fricción,39 y junto con todo ello tenemos tanto los desechos derivados de la acción de la talla —para el caso de la obsidiana los productos obtenidos inicialmente, que corresponden a los núcleos, lascas y láminas— como los artefactos terminados y que abarcan una notable diversidad de formas —lo cual nos habla de una especialización técnica—, entre ellas raspadores, perforadores, cuchillos, raederas, sierras y diversos tipos de puntas de proyectil (figura 6). Esta variada colección de instrumentos se relaciona con las numerosas actividades diarias, como demuestran el resto de evidencias arqueológicas y paleozoológicas de la aldea nuclear; buen ejemplo de ello es la utilización de puntas de proyectil para la caza de mamíferos como lo dejan ver la diversidad formal de los artefactos de ataque, relacionados con la notable cantidad de restos animales entre los que destacan segmentos óseos de venado cola blanca, lepóridos, aves, cánidos, etcétera, descubiertos en los basureros habitacionales, así como el manejo de sierras y cepillos para la producción de instrumentos y objetos de ornato de hueso. Para el caso de la lítica pulida podemos citar como ejemplo el manejo de ciertos morteros en la molienda de mineral de hierro, para obtener un fino polvo rojizo utilizado para decorar la superficie externa de la loza tlatilquense. Por último, uno de los aspectos más relevantes del estudio del contexto funerario de la aldea nuclear fue el registro de una sepultura que integraba en su ajuar varios artefactos, y que de acuerdo con su función parecen corresponder al instrumental específico de un tallador de artefactos líticos —específicamente de un especialista en la labor de manufactura de herramientas de obsidiana—, que corresponde al entierro número 62 de la Cuarta temporada, y entre cuyas pertenencias se hallaron varias puntas de proyectil, presionadores de asta, tajadores y restos de talla de obsidiana.40

Recién investigada y de sustancial valor arqueológico es la segunda industria a tratar en este apartado: la fabricación de utensilios en hueso, de proyección evidentemente sincrónica y de manufactura en su totalidad tlatilquense. La industria ósea de la aldea nuclear cuenta con casi todos los elementos diagnósticos para asegurar que tenemos uno de los patrones culturales mejor caracterizados, pues no sólo arroja luz sobre el alcance tecnológico, nivel de especialización y la adaptación al entorno natural de la Sierra de las Cruces dentro de la cuenca por parte de la cultura Tlatilco, sino que constituye prueba tangible de otro aspecto olvidado en materia de herencia, y es la persistencia de una tipología utilitaria productiva originaria desde tiempos prehistóricos: se remontan al Paleolítico superior del Viejo Mundo, mas por su antigüedad no puede ser clasificado dentro de la categoría diacrónica por no tratarse de un proceso directamente relacionado con la gestación de su sociedad, sino que va más allá de los legados hereditarios de sus ancestros inmediatos, siendo un proceso mucho más complejo que involucró a los primeros grupos humanos asentados en América, así como la difusión del conocimiento entre tribus de todo el continente durante los miles de años que duró la ocupación prehistórica.

Las pruebas arqueológicas de una industria ósea local son: 1) materia prima obtenida en la Cuenca de México, 2) colección de instrumental lítico destinado a la fabricación de útiles de hueso, 3) diversidad tipológica y funcional de las herramientas óseas, 4) dispersión persistente y generalizada en el contexto aldeano, 5) el instrumental de hueso relacionado con diversas actividades

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artesanales, y 6) especialización laboral que implicó un manejo profesional de los utensilios. La materia prima de la que los tlatilquenses se valieron para la fabricación de artefactos en hueso fue predominantemente el venado cola blanca (Odocoileus virginianus), artiodáctilo típico de los bosques de pino y encino de la Sierra Madre Occidental y habitante habitual de la Cuenca de México;41 esta especie animal, además de proveer carne para la alimentación, fue aprovechada en la apropiación de los distintos segmentos anatómicos del esqueleto para la manufactura del instrumental, tales como áreas específicas de la cornamenta, los metapodiales y, aparentemente, huesos largos como bien pudieron ser las tibias.42 Ningún otro contexto preclásico se equipara numérica ni tecnológicamente con la diversidad tipológica de las industrias óseas de Terremote Tlaltenco —asentamiento del Formativo localizado dentro de la Cuenca de México— y de Tlatilco; en este último caso la variedad de formas incluye punzones, cinceles, cuñas, talladores de lítica, agujas, pulidores, alisadores, percutores y varias herramientas más de las cuales se desconoce su utilidad precisa, si bien se presume que algunas de ellas pudieron haber sido multifuncionales (figura 7). En lo que concierne a la elaboración de tales útiles, se aprovecharon al menos cuatro materiales líticos: obsidiana, sílex, basalto y andesita; aparte se manejaron sierras y cepillos —que servían para dividir el hueso en fracciones y para rebajar la superficie respectivamente— en la manufactura de diferentes tipos de bienes óseos, y a la lista se pueden añadir herramientas como tajadores, para fracturar inicialmente la materia prima, los perforadores empleados para hacer el hoyo en agujas y las piedras abrasivas, o “afiladores” que sirvieron para darle punta a los punzones y agujas.43

Tlatilco es un claro e ilustrativo ejemplo para la arqueología de lo que se puede considerar una comunidad igualitaria, como muchos de sus rasgos materiales y contextuales nos demuestran, y uno de ellos es el comportamiento distributivo de los artefactos de hueso en todo el conjunto habitacional. Todas, o por lo menos la gran mayoría de las familias tlatilquenses, tuvieron acceso a instrumental óseo especializado y de acuerdo con la identificación antropofísica de los restos humanos, en concordancia con sus respectivos ajuares funerarios, es claro también que no hubo preferencias en cuanto a sexo y edad se refiere para la depositación de las herramientas, lo que parece insinuar que tampoco hubo distinciones en la manipulación en vida de las mismas tanto por parte de hombres como de mujeres.44 Vemos pues que hubo una importante cantidad de esta clase de artefactos distribuidos a todo lo largo de la aldea, lo cual —además de mostrar la demanda generalizada de este tipo de bienes tecnológicos— está en concordancia con la idea de Drennan, de que un artículo considerado de lujo obtenido por transacción comercial no puede ser suministrado en grandes cantidades, precisamente porque su valor radica en su escasez.

El gran inconveniente del contexto aldeano a nivel arqueológico es la aparente ausencia de talleres especializados en la manufactura de herramientas óseas, ya sea en el interior o en la periferia —tanto inmediata como alejada— del núcleo habitacional, y si bien existen áreas de concentración de utensilios que por su diversificación, así como por la combinación de ciertos artefactos con sus precisas características morfo-funcionales que parecen indicar tareas concretas asignadas específicamente a la elaboración de artículos de uso cotidiano, no puede afirmarse categóricamente de la existencia de sectores enfocados al fracturamiento, adelgazamiento y acabado de piezas de hueso, aunque ya había sugerido la posibilidad de que dichas áreas no hayan sido correctamente observadas, ubicadas y excavadas;45 a pesar de ello, no me queda la menor duda de que la proyección dimensional de la industria ósea en el poblado es una de las indiscutibles producciones locales de mayor éxito, de la que no se tuvo que recurrir a mano extranjera, al menos en términos de obtención de la materia prima por medio de comercio o intercambio.

Finalmente, la especialización laboral y la distribución comunal masiva del material es indirectamente una prueba adicional de la auto-provisión del hueso en el medio local y la manufactura de artículos terminados. Aparte del instrumental adecuado, entre las evidencias arqueológicas disponibles —derivadas de oficios que involucraba un conocimiento y una probada experiencia por parte de los artesanos que manipulaban herramientas óseas— está la impresión de una cesta elaborada con la técnica del enrollado en el fondo de una vasija, proveniente del entierro número 199 de la Cuarta temporada de excavación,46 así como las figurillas típicamente tlatilquenses que portan vestimentas tejidas. Aún más, se detectó la presencia de al menos un artesano avocado a la manufactura de artículos tejidos hechos con piel —el entierro número 43 de la Segunda temporada—47 y el mencionado fabricante de artefactos líticos, ambos con instrumental de hueso y de roca para desarrollar eficientemente las labores asignadas.

Todo esto se refiere a la producción de artefactos en roca y hueso, pero, ¿qué pasa con los ornatos elaborados en concha? El fenómeno de la concha es uno de los aspectos socioeconómicos más complejos de la cultura Tlatilco, y el que requiere de mayor investigación por la proyección cultural que tuvo desde los primeros asentamientos tlatilquenses que se han excavado a lo largo del río Cuautla. Tres son las cuestiones fundamentales a resolver: 1) ¿dónde y quiénes manufacturaron los artículos terminados?, 2) ¿cómo llegaron a manos de los tlatilquenses?, y 3) ¿cuándo se produjo todo este movimiento económico?

Empezando por dar a conocer la trascendencia de los artículos de concha en la cultura Tlatilco, podemos decir que fue, sin lugar a dudas, el material que tuvo una preferencia decorativa-corporal sobre todos los bienes restantes, como permiten apreciar las estadísticas numéricas de los objetos hallados. Importante pertenencia desde

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el inicio, la concha fue un artículo constante, si bien no muy abundante en los yacimientos de San Pablo y Nexpa en Morelos, como dejan ver los pendientes hallados en asociación a entierros por David Grove, destacando uno de ellos —un pectoral— por la fineza del trabajo;48 pero sólo hasta el asentamiento central podemos constatar la real importancia de la concha, ya que varias sepulturas son acompañadas por cuentas (figura 3), pendientes, brazaletes, una orejera, miniaturas, “incrustaciones” y los denominados amuletos (figura 8). Los datos arqueológicos disponibles hasta ahora respecto de la producción de objetos de concha asociada a la cultura Tlatilco no permiten ofrecer una hipótesis detallada de la dinámica que involucró la movilización e importancia de esta materia prima, proveniente en principio de uno de los océanos que limitan la República mexicana. Por lo mismo resulta un problema determinar la dimensión temporal de los artefactos de concha, pero gracias a que se recuperaron objetos de este tipo desde los asentamientos del Preclásico inferior correspondientes a esta sociedad, además de poseer una originalidad estética no compartida con otro complejo cultural, podemos suponer que se trata de un movimiento sincrónico que no dependió de un legado directo de los ancestros —al menos en términos de artefactos terminados; no así de las posibles técnicas de manufactura— y que involucró una participación directa de los tlatilquenses, tanto en la apropiación del producto como en la distribución grupal del material entre los diversos habitantes de la aldea nuclear. Por los someros estudios que se han realizado con los artefactos tlatilquenses y las exploraciones en otros sitios arqueológicos, sabemos que la materia prima no es local, al menos la inmensa mayoría, y se identificaron unas cuantas especies pertenecientes al Océano Pacífico,49 por lo que al menos conocemos la procedencia, no así la ruta, de los materiales de concha; gracias a las excavaciones de importantes yacimientos también podemos suponer que el estado de Guerrero fue un punto fundamental de fabricación de artefactos de concha, como demuestran los talleres de la presa Presidente Adolfo López Materos,50 así como la zona de manufactura en la urbe tenocelome conocida como Teopantecuanitlán,51 sitio muy conocido por las exploraciones arqueológicas emprendidas bajo la dirección de Guadalupe Martínez Donjuán.52 En lo que concierne a los talleres de fabricación de objetos de concha, en ninguno de los asentamientos tlatilquenses se han hallado patrones arqueológicos diagnósticos que nos hablen de una probable producción local de los artículos, lo que solamente nos hace presumir que el material ya estaba acabado o que probablemente pudieron haberlo fabricado los mismos tlatilcas, pero en alguna zona todavía no localizada. La situación abre también la posibilidad de movimientos transaccionales efectuada entre grupos; empero, surge la misma problemática que con la obsidiana: ¿los tlatilquenses obtenían directamente la materia prima de las fuentes de origen o tenían tratos comerciales con otras comunidades preclásicas de la costa o del interior, donde se constata claramente la fabricación de ornamentos de concha? De acuerdo con Niederberger, los antiguos pobladores preclásicos del conjunto habitacional Lomeríos —ubicado 500 m al suroeste del centro ceremonial de Teopantecuanitlán— estuvieron avocados a la producción y a la actividad comercial de la concha marina, aunque no de tiempo completo, suponiendo que no sólo los artesanos de esta área suministraron los artículos demandados por los grupos de alto estatus de la urbe tenocelome, sino también redistribuyeron materia prima y objetos acabados hacia otras regiones, entre ellas el estado de Morelos y zonas del Altiplano Central, a través de lo que la autora denominó ruta “Amacuzac-río Azul- Omitlán” o eje de comunicación Pacífico/Altiplano, cuyo punto de partida era la costa de Guerrero, en la región donde se localiza la gran planicie entre los ríos Papagayo y Ayutla, cruzando a través de los valles de los ríos Omitlán y Azul, el valle del río Tlapehualapa- Atempa hasta llegar al Mezcala-Balsas y continuar a todo lo largo de los valles/rutas paralelas al río Amacuzac y tributarios que se dirigen a la zona del Altiplano.53 La investigadora, sin aseverarlo y con una ligera insinuación, remarca la significativa presencia de objetos de concha marina en Nexpa, Tlapacoya y en la aldea nuclear de Tlatilco como parte de la ruta de comercio desde Guerrero;54 si bien resulta interesante, dicha hipótesis requiere de mayores estudios para sustentarse.

El comercio o intercambio de bienes y servicios es sumamente difícil de comprobar satisfactoriamente, por la carencia de elementos o rasgos diagnósticos en el contexto arqueológico que lo demuestren de manera contundente. Por los indicadores osteológicos sabemos que ciertas personas de la comunidad tlatilquense soportaban grandes cargas y estaban acostumbradas a realizar grandes recorridos por senderos planos y escarpados, como revelan las entesopatías o marcas de actividad en huesos específicos, además de que contamos con la presencia de una figurilla hallada en asociación a la sepultura número 104 de la Cuarta temporada, que es la representación evidente de un individuo llevando a cuestas un gran bulto amarrado por medio de algún tipo de correa y sujeto sobre sus hombros, lo que me ha llevado a identificar a tal modelado de arcilla como la figura de un cargador.55 Esta figura es única en su género, ya que es la más antigua representación cerámica de un tlameme proveniente del Centro de México —y probablemente de toda la época prehispánica—, aunque no sabemos si efectivamente se trató de idealizar en miniatura a un comerciante o simplemente a un cargador que realizaba este tipo de labor dentro de la aldea, o bien pudo ser una de las evidencias de conciencia histórica que forman parte de la peregrinación que los grupos tlatilcas emprendieron desde el estado de Morelos al interior de la cuenca. Con todo, no se excluye de ninguna manera que los tlatilquenses mantuvieran lazos de intercambio con otros grupos, y que parte de lo que el autor de estas líneas ha interpretado como herencia material sea parte de los objetos sujetos a relaciones amistosas de reciprocidad extragrupal.

Conclusiones

Más allá de ser un simple concepto teórico, la idea de la herencia cultural —vislumbrada a partir del registro arqueológico— tiene implicaciones de largo alcance para el ámbito explicativo de las sociedades pretéritas en función de su desarrollo evolutivo a partir de momentos muy tempranos de la gestación de las distintas culturas, así como en puntos clave de cada historia en particular. El objetivo de este ensayo consiste en demostrar cómo la noción de los aportes hereditarios presentes entre protagonistas de una misma agrupación étnica —o manifestados como parte de un complejo sistema de relaciones humanas que ligan a distintas comunidades mediante lazos políticos, económicos, religiosos o fundamentalmente de parentesco— permiten al investigador atravesar los parámetros establecidos por los paradigmas tradicionales con los que se tiende a estudiar sistemáticamente uno o varios componentes culturales del pasado. A lo largo del escrito se trataron varios aspectos concernientes a la importancia del estudio de la herencia cultural, los cuales pueden enunciarse en forma de principios clave para el análisis antropológico de cualquiera de los contextos arqueológicos que lo permitan de acuerdo con el nivel cualitativo y cuantitativo del acervo material disponible, junto con el número indeterminado de variables interpretativas formuladas por el observador. Así, pues, el concepto de herencia es provechoso para:

1. Desechar las viejas posturas adoptadas a priori por los académicos con respecto al papel de que los supuestos eventos de intercambio y comercio entre comunidades vecinas o extranjeras fueron determinantes en las transformaciones de índole económico, político y social suscitadas al interior de los grupos, facilitando el entendimiento de diversas acciones paleo-humanas que se fundamentaron en una base no económica, ya fuese por una afinidad parental o bien lazos de alianza acontecidos entre distintas poblaciones en épocas específicas.

2. Discernir mediante una vía de explicación alterna el origen de ciertos bienes materiales de un conjunto arqueológico en función de sus características formales y estructurales, así como por sus atributos especiales, que también son compartidas con los acervos tangibles reconocidos en otros contextos de culturas anteriores.

3. Y apoyados en los dos postulados anteriores, comprender con mayor precisión y profundidad temporal los cambios suscitados al interior de una agrupación étnica a través del tiempo, y de esta manera entender cómo el conocimiento de los ámbitos material e intelectual primigenios de los antepasados fue aprovechado, modificado o superado por sus descendientes de acuerdo con el entorno natural y social propio, acorde con el momento histórico que les tocó vivir.

Adicional a la idea de herencia cultural manejada a lo largo del texto, hay un interés en remarcar la importancia de analizar la paleoeconomía de una población con referencia a las distintas etapas de evolución de la comunidad y los procesos de apropiación, producción y consumo específicos de cada momento, poniendo como muestra a una antigua aldea agrícola, perteneciente al Preclásico medio, y que corresponde socialmente a la denominada cultura Tlatilco. El registro arqueológico, los hallazgos obtenidos durante varios años de trabajo de campo en el yacimiento central, así como la realización de estudios específicos de los materiales que integran la colección de artefactos tlatilquenses, han permitido confirmar que la cultura Tlatilco tuvo una economía dirigida hacia la manufactura de una variedad importante de productos que utilizaron en su vida diaria, destacándose dicha producción por la especialización de los artículos terminados y las tecnologías avanzadas manejadas principalmente en las tres industrias sobresalientes. Citando muy brevemente las proposiciones elementales de la rama de la economía expuestas por John Sloman, sabemos que esta ciencia se ocupa de 1) la producción de bienes y servicios —que el autor define como la transformación de factores en productos—, que para llevarse a cabo requiere los llamados recursos o factores de producción —los elementos manejados para producir bienes y servicios— y que abarcan tres grandes tipos: a) recursos humanos que involucra el trabajo, b) recursos naturales, que comprenden la tierra y las materias primas, y c) recursos manufacturados, entendidos también como capital; y 2) el consumo de bienes y servicios, que puede entenderse como el acto de utilizar bienes y servicios para satisfacer deseos.56 Con ayuda de estas claras directrices podemos clasificar el proceso económico de la cultura Tlatilco de la siguiente manera: la producción de bienes involucró la manufactura de herramientas de roca tallada y pulida, de artefactos de hueso y la fabricación de distintos artículos de terracota, con el posible añadido del trabajo de objetos de concha; a su vez, la producción de servicios abarca lo que se conoce como la actividad artesanal, la movilización humana con la finalidad de obtener materias primas o artículos terminados, la distribución equitativa de los distintos bienes utilitarios y ornamentales a todos los integrantes de la aldea, y —en un plano distinto— las distintas actividades de subsistencia enfocadas a la apropiación de artículos alimenticios y de protección corporal (vestimenta y vivienda). Por otro lado, la división de recursos humanos está representada por un sector especializado en la producción de artículos específicos, así como un subnivel de autosuficiencia que involucraba a la mayor parte de los pobladores y de poderse demostrar un proceso de intercambio o comercio, dicho factor se aplicaría tanto a la población tlatilquense como a los grupos foráneos inmersos en el proceso productivo común. Para el caso de los recursos naturales se entienden la diversidad de ecosistemas que se encontraban al interior del campo productivo y de interacción tlatilquense dentro y fuera de su territorio inmediato, por lo que se incluyen las áreas boscosas de la Cuenca de México, las fuentes de obtención de material lítico y arcilloso —sierras, afloraciones naturales, bancos, la misma planicie de origen fluvial sobre la cual se asentaba la comunidad aldeana—, las corrientes de agua perenne y de temporal, así como las áreas costeras marítimas que se encontraban a decenas de kilómetros de la aldea nuclear. Por último, tanto de las materias primas como de los recursos manufacturados se ha hablado en extenso a lo largo del texto.

Además del concepto de herencia cultural y la relación consignada de los hechos de naturaleza plenamente económica que se manifestaron en la cultura Tlatilco, un aporte adicional es la propuesta de forzarnos a comprender más allá de la rígida y globalizante cuestión cronológica típica de la metodología clásica en arqueología y optar por una visión más antropológica de los cambios sociales acontecidos en una cultura de acuerdo con sus sucesivos estadios históricos. Las distintas dinámicas humanas que abarcaban fenómenos tanto económicos como de otra índole fueron caracterizados dentro de dos momentos o lapsos temporales para un mejor entendimiento histórico-cultural del desarrollo tlatilquense en este campo, ubicando la aldea central como punto cronológico de referencia: un momento diacrónico, definido como procesos dinámicos disociados temporal y espacialmente, caracterizado por los bienes heredados por los ancestros y por la producción propia de diversos artículos, entre ellos la alfarería en todas sus variantes —loza utilitaria y/o ornamental, figurillas, máscaras, entre otros—, así como las posibles relaciones comerciales con grupos foráneos, tanto para la obtención de materias primas como por la adquisición de bienes terminados; un ejemplo de ello pudo haber sido el mineral ocre utilizado para decorar las vasijas cerámicas —no se descarta que este tipo de material haya sido parte de las materias primas heredadas—, así como los objetos de ornato fabricados en concha. El momento sincrónico incluye procesos dinámicos acontecidos en un mismo espacio-tiempo, caracterizado por la producción de bienes, con especial énfasis en las industrias cerámica, lítica y ósea, así como también la realización de actividades de subsistencia como la caza, la agricultura y la pesca; en esta época muy probablemente también se realizaba el intercambio, aunque de ello carecemos de pruebas, pero al menos sabemos que algunos individuos de la comunidad emprendían largas caminatas, tal vez para obtener si no los productos terminados, al menos la materia prima para fabricar sus artefactos de uso técnico y ornamental, como fue el caso de la obsidiana y muy probablemente de la concha, respectivamente.

Tlatilco es un buen punto de partida y excelente objeto de estudio para los académicos interesados en el tema de la herencia cultural en comunidades humanas de la antigüedad. Lo significativo de discernir el fenómeno de la cultura Tlatilco a partir del concepto de herencia cultural radica sin duda en entender su travesía a lo largo del tiempo durante el cual se produjeron una serie de acontecimientos, siendo uno de los más importantes el legado tenocelome aportado por sus antepasados durante el Formativo temprano, precisamente cuando los intercambios biológicos y contextuales entre poblaciones —suscitados mediante lazos de reciprocidad dados primordialmente por el parentesco— tuvieron un momento clave en la historia de la América antigua. A mi parecer, la cultura Tlatilco va más allá de lo que comúnmente se clasifica como “culturas hermanas”, en el sentido de que su desarrollo como comunidad étnica involucró una serie de aspectos mucho más complejos de lo que se ha investigado hasta ahora. Considero posibles los intercambios con otras culturas contemporáneas a los tlatilquenses, aun cuando no existe realmente ningún indicio claro en los contextos arqueológicos del Formativo que nos hable de un comercio recíproco; sin embargo, estoy seguro de que la caracterización particular que engloba lo que conocemos como cultura Tlatilco no se derivó por una simple influencia de grupos de avanzada, sino que tuvieron un principio sustentado en una gesta mestiza, en conocimientos pretéritos que se mantuvieron en la conciencia colectiva a lo largo de centurias, y se vieron favorecidos por aportes propios o ajenos, así como por las adecuaciones e innovaciones que la misma cultura fue implementando a lo largo de su existencia, tanto en los primeros establecimientos como en la aldea nuclear y asentamientos periféricos en la Cuenca de México.

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Autor: Edgar Nebot García, Programa de Arqueología Urbana/Museo de Templo Mayor, INAH.

  1. Edgar Nebot García, Tlatilco. Los herederos de la cultura Tenocelome, 2004. []
  2. Edgar Nebot García, op. cit., pp. 38-54, así como las gráficas 4 y 5. []
  3. Las fechas son resultado del análisis de muestras de carbón obtenidas por el equipo que trabajó durante las intervenciones de la Cuarta temporada en la aldea nuclear; véase Paul Tolstoy, “Coapexco and Tlatilco: Sites with Olmec Materials in the Basin of Mexico”, en Robert J. Sharer y David C. Grove (eds.), Regional Perspectives on the Olmec, 1989, pp. 105, 119-120; Roberto García Moll et al., San Luis Tlatilco, México. Catálogo de entierros Temporada IV, 1991, p. 13; para los yacimientos del estado de Morelos véase David C. Grove, “The San Pablo Pantheon Mound: A Preclassic Site in Morelos, Mexico”, en American Antiquity, vol. 35, núm. 1, 1970, p. 71; también David Grove, “Archaeological Investigations along the Rio Cuautla, Morelos, 1969 and 1970”, mecanoescrito, 1971, pp. 41 y 42, teniendo para ambos casos una yuxtaposición de los años especificados, por lo que la secuencia cronológica aquí expuesta es una adaptación según la periodificación propuesta con anterioridad por el autor. []
  4. Edgar Nebot García, op. cit., pp. 7, 8 y 51. []
  5. Miguel León-Portilla, Toltecáyotl. Aspectos de la cultura náhuatl, 1995, pp. 15-17. []
  6. Kent V. Flannery, “The Olmec and the Valley of Oaxaca: A Model for Inter-regional Interaction in Formative Times”, en Elizabeth P. Benson (ed.), Dumbarton Oaks Conference on the Olmec, 1968, pp. 99-100. []
  7. Robert H. Cobean et al., “Obsidian Trade at San Lorenzo Tenochtitlan, Mexico”, en Science, vol. 174, núm. 12, 1971, pp. 670-671. []
  8. Ibidem, p. 671. []
  9. Thomas Charlton, David C. Grove y Philip K. Hopke, “The Paredón, Mexico, Obsidian Source and Early Formative Exchange”, en Science, vol. 201, núm. 1, 1978, pp. 807-809. []
  10. Kenneth G. Hirth, “Interregional Trade and the Formation of Prehistoric Gateway Communities”, en American Antiquity, vol. 43, núm. 1, 1978, pp. 35-36. []
  11. Thomas H. Charlton, “Production and Exchange: Variables in the Evolution of a Civilization”, en Kenneth G. Hirth (ed.), Trade and Exchange in Early Mesoamerica, 1984, pp. 17-20. []
  12. Ibidem, p. 24. []
  13. Ibidem, pp. 30-33. []
  14. Robert D. Drennan, “Long-distance Movement of Goods in the Mesoamerican Formative and Classic”, en American Antiquity, vol. 49, núm. 1, 1984, pp. 31 y 33. []
  15. Ibidem, p. 29. []
  16. Ibidem, p. 40. []
  17. Robert S. Santley, “Obsidian Exchange, Economic Stratification, and the Evolution of Complex Society in the Basin of Mexico”, en Kenneth G. Hirth (ed.), Trade and Exchange in Early Mesoamerica, 1984, p. 74. []
  18. Edgar Nebot García, op. cit., p. 35. []
  19. David C. Grove, “Chalcatzingo y la ‘cultura Tlatilco’ en el Preclásico de Morelos”, en Leonardo López Luján, David Carrasco y Lourdes Cué (coords.), Arqueología e historia del Centro de México: homenaje a Eduardo Matos Moctezuma, 2006, pp. 110-111. []
  20. Karl Polanyi, El sustento del hombre, 1994, p. 159. []
  21. Hace unos cuantos años Kent Flannery y Joyce Marcus redactaron un artículo en el que cuestionan fuertemente la posición de Richard Diehl y Michael Coe de seguir considerando a los grupos tenocelomes del Golfo de México como la “cultura madre” y rechazan la posibilidad de que algunos de los elementos que tradicionalmente han sido asociados con la cultura Tenocelome —especifican la escultura monumental, las figuras huecas de engobe blanco que representan bebés y la cerámica con motivos decorativos clasificados dentro de la estética e ideología Tenocelome— sean rasgos intrusivos desde la urbe de San Lorenzo, en el estado de Veracruz, en su etapa inicial, hacia el centro de México —Tlatilco, Las Bocas y Tlapacoya—, San José Mogote en Oaxaca, y varios sitios en Guerrero y en la zona costera de Chiapas y Guatemala, como Abaj Takalik y La Blanca; Kent Flannery y Joyce Marcus, “Formative Mexican Chiefdoms and the Myth of the ‘Mother Culture’”, en Journal of Anthropological Archaeology, núm. 19, 2000, pp. 1-37. No es mi intención coincidir con una u otra propuesta porque mi argumento difiere de ambos, en primera porque no estoy considerando que los grupos tlatilquenses hayan sido los herederos directos de los tenocelome de San Lorenzo, pero también estoy en total desacuerdo con que los tlatilcas fueron los precursores o parte de los actores que promovieron la formulación y materialización de los nuevos estilos ideográficos representados en la alfarería (asunto en el que Flannery y Marcus ponen especial énfasis), primeramente porque los grupos tlatilquenses surgieron posteriormente a las comunidades de Veracruz, Oaxaca y Chiapas, donde ya tenemos firmemente este repertorio decorativo, y también porque en su acervo de bienes muebles se observan distintos objetos manufacturados con materias primas alóctonas, así como estilos (por ejemplo el de las figurillas C9) y formas de los mismos (entre las que se encuentran las cuentas esféricas de roca verde, las placas de hematites, en compañía de los pectorales y los llamados amuletos fabricados con concha, por citar algunos ejemplos) que ya eran comunes en los asentamientos del Preclásico inferior. Tampoco intento ahondar en los postulados principales de los dos estudiosos, ya que van por caminos distintos a los que yo propongo, pero sí será necesario hacer una revisión de sus aseveraciones acerca de lo que consideran agrupaciones de tipo cacical en la Cuenca de México —proposición que descarto completamente en mi análisis de 2004 (Edgar Nebot García, op. cit., pp. 55-58, 63-64), al igual que la incomprensible y persistente utilización del obsoleto término de “Mesoamérica”. []
  22. Román Piña Chan, “Tlatilco y la cultura preclásica del Valle de México”, en Anales del inah, t. 4, núm. 32, 1952, pp. 40-43; también Román Piña Chan, Tlatilco, 1958, p. 19. []
  23. Patricia Ochoa, Secuencia cronológica de Tlatilco, Estado de México, Temporada IV, 1982, pp. 159-160. []
  24. Edgar Nebot García, op. cit., p. 32. []
  25. Con respecto al estudio de la cerámica tenocelome fabricada en otros centros no tlatilquenses y que comenzaron a desarrollarse a partir del Preclásico inferior, se pueden consultar, entre otros autores, Michael D. Coe y Richard A. Diehl, In the Land of the Olmec, vol. 1. The Archaeology of San Lorenzo Tenochtitlan, 1980; Kent V. Flannery, Joyce Marcus y William O. Payne (eds.), Early Formative Pottery of the Valley of Oaxaca, Mexico, 1994. Aunque no se descarta la fabricación de ingeniosas copias por parte de los tlatilquenses, los muy escasos y no tan específicos estudios hasta ahora realizados con la alfarería Tenocelome de Tlatilco han demostrado que la arcilla utilizada para modelar las vasijas no se encuentra en la localidad y es típica de las áreas naturales de asentamientos Tenocelome, sobre todo en los estados de Oaxaca, Veracruz, Tabasco y Morelos. []
  26. Edgar Nebot García, op. cit., pp. 74-76. []
  27. Rosa M. Reyna, “Tetelpan: un sitio preclásico de las estribaciones del Ajusco”, mecanoescrito, ca. 1982. []
  28. Harold McBride, “Formative Ceramics and Prehistoric Settlement Patterns in the Cuauhtitlan Region”, tesis de doctorado, 1973. []
  29. Ángel García Cook y B. Leonor Merino, “Notas sobre la cerámica prehispánica en Tlaxcala”, en Mari Carmen Serra Puche y Carlos Navarrete (eds.), Ensayos de alfarería prehispánica e histórica de Mesoamérica: homenaje a Eduardo Noguera Auza, 1988, pp. 275-342. []
  30. Pierre Becquelin y Eric Bosc, “Notas sobre los yacimientos de albita y jadeíta de San Cristóbal Acasaguastlán, Guatemala”, en Estudios de Cultura Maya, vol. IX, 1973, pp. 67-73. []
  31. Gillett Griffin, “Formative Guerrero and its Jade”, en Frederick W. Lange (ed.), Precolumbian Jade: New Geological and Cultural Interpretations, 1993, pp. 203-210; James Garber et al., “Jade Use in Portions of Mexico and Central America”, en Frederick W. Lange (ed.), Precolumbian Jade: New Geological and Cultural Interpretations, pp. 211-231. []
  32. Edgar Nebot García, op. cit., pp. 179 y 180. []
  33. Jane W. Pires-Ferreira, “Shell and Iron-ore Mirror Exchange in Formative Mesoamerica, with Comments on Other Commodities”, en Kent V. Flannery (ed.), The Early Mesoamerican Village, 1976b, p. 317. []
  34. Philip Drucker, Robert F. Heizer y Robert J. Squier, “Excavations at La Venta, Tabasco, 1955”, en Bureau of American Ethnology Bulletin, núm. 170, 1959, pp. 180-182; Robert F. Heizer y Jonas E. Gullberg, “Concave Mirrors from the Site of La Venta, Tabasco: Their Occurrence, Mineralogy, Optical Description, and Function”, en Elizabeth P. Benson (ed.), The Olmec and the Neighbors: Essays in Memory of Mattew W. Stirling, 1981, pp. 109-116. []
  35. Kent V. Flannery citado en Jane W. Pires-Ferreira, op. cit., p. 324. []
  36. Muriel Porter, Tlatilco and the Preclassic Cultures of the New World, 1953, p. 102 y lám. 4-D. []
  37. Jane W. Pires-Ferreira, “Obsidian Exchange in Formative Mesoamérica”, en Kent V. Flannery (ed.), The Early Mesoamerican Village, 1976a, p. 303. []
  38. Martin W. Boksenbaum, “Lithic Technology in the Basin of Mexico during the Early and Middle Preclassic”, tesis de doctorado, 1978, pp. 146, 149 y 183, tabla 4.7 en p. 184. []
  39. José Luis Lorenzo, Tlatilco. Los artefactos III, 1965, pp. 20, 34 y 59. []
  40. Martin W. Boksenbaum, op. cit., p. 117; Roberto García Moll et al., op. cit., 1991, pp. 42, 43, 105 y 202-205. []
  41. A. Starker Leopold, Fauna silvestre de México, 2000, p. 577; Gerardo Ceballos y Carlos Galindo, Mamíferos silvestres de la Cuenca de México, 1984, p. 255. []
  42. Edgar Nebot García, “La industria ósea en Tlatilco. Estudio teórico-metodológico de los artefactos fabricados en hueso recuperados durante las intervenciones correspondientes a la Segunda Temporada de campo: implicaciones socioeconómicas en la cultura aldeana del Formativo medio”, tesis de doctorado, 2007, pp. 29-32, figs. 6 y 7. []
  43. Ibidem, p. 33. []
  44. Ibidem, pp. 91 y 95. []
  45. Ibidem, p. 94. []
  46. Roberto García Moll, “Rara muestra de cestería del Preclásico medio”, en Boletín del INAH, época II, núm. 3, 1972, pp. 23, 25-26. []
  47. Edgar Nebot García, op. cit., 2007, p. 106. []
  48. David C. Grove, op. cit., 197o, p. 64 y fig. 6-b; David C. Grove, op. cit., 1971, fig. 12-g y texto correspondiente. []
  49. Myra A. Keen, Sea Shells of Tropical West America, 1971, pp. 91-93; Edgar Nebot García, op. cit., 2004, p. 176. []
  50. Lourdes Suárez, “Talleres de concha”, en Linda Manzanilla (ed.), Unidades habitacionales mesoamericanas y sus áreas de actividad, 1986, pp. 121-122. []
  51. Christine Niederberger, “Excavación de un área de habitación doméstica en la capital ‘olmeca’ de Tlacozotitlán. Reporte preliminar”, en Arqueología y etnohistoria del estado de Guerrero, 1986, p. 97. []
  52. Guadalupe Martínez-Donjúan, “Teopantecuanitlán, Guerrero: un sitio olmeca”, en Revista Mexicana de Estudios Antropológicos, t. XXVIII, 1982, pp. 123-132; de la misma autora, “El sitio olmeca de Teopantecuanitlán en Guerrero”, en Anales de Antropología, vol. XXII, 1985, pp. 215-226. []
  53. Christine Niederberger, “Nácar, jade y cinabrio: Guerrero y las redes de intercambio en la Mesoamérica antigua (1000-600 a.C.)”, en Christine Niederberger y Rosa Ma. Reyna Robles (coords.), El pasado arqueológico de Guerrero, 2002, pp. 175 y 196. []
  54. Ibidem, p. 196. []
  55. Edgar Nebot García, op. cit., 2004, pp. 69, 70 y fig. 6. []
  56. John Sloman, Introducción a la microeconomía, 1997, pp. 1 y 3. []

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