Educación pública y simbolismo en México: reflexiones desde la Antropología simbólica

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En este texto se presenta una argumentación conceptual sobre la educación mexicana contemporánea y toma como punto de partida la consideración del proceso educativo como una propuesta cultural de ordenación de la sociedad. El principal objetivo se centra en exponer la naturaleza significativa de esta acción social, y en delinear de manera general los elementos constitutivos de este sistema simbólico.

Presentar a la educación como sistema simbólico equivale a pensarla como un complejo conjunto de prácticas e ideas institucionalizadas, significadas y significantes, en el contexto sociocultural del México contemporáneo.

Para perfilar al proceso educativo como un sistema simbólico es necesario iniciar una revisión de sus principales significados. La educación significa múltiples cosas y es un espacio significativo para las personas que le depositan funciones y expectativas. Simboliza una forma de realización social y por lo tanto; una forma de concebir el mundo, es símbolo de la civilización, de la cultura, del conocimiento y de conquistas históricas. Todos estos elementos se encuentran ligados unos a otros y dan forma a este sistema simbólico que comparte espacios, ideas y prácticas que permiten la expresión cotidiana y la reinterpretación de los significados. La educación en México simboliza el desarrollo social e individual, y nos prepara para un futuro que no puede olvidar el pasado. En síntesis, podemos decir que la educación; a) es una representación simbólica de la sociedad en su conjunto, b) simboliza una concepción de ciencia y conocimiento científico, c) simboliza la historia oficial de la sociedad, y d) simboliza la unidad nacional. Por el momento sólo enuncio estos elementos, volveré sobre ellos más adelante.

Lejos de pensar al proceso educativo como simple instrumento reproductor de un sistema social, el planteamiento parte de señalar los profundos nexos siempre existentes entre cultura y educación, educación e identidad y, así, entre cultura e identidad. Este punto de inicio toma en consideración la diferencia entre la educación, en tanto proceso endocultural y su institucionalización en las sociedades modernas.

Esta última manifestación de la educación es precisamente la que motiva estas reflexiones, si bien es cierto que la institucionalización implica una normatividad y validez social, esto no anula el carácter subjetivo del proceso. Como todo proceso humano, la educación moderna está conformada en torno a valores, mitos y expectativas.

La educación actual funciona como un sistema en el cual todos esos elementos conforman un complejo simbólico, que finalmente funciona como un espacio en el cual se ponen en práctica acciones rituales que reavivan mitos culturales e identitarios de la sociedad mexicana.

Para responder a esta intención, el punto de vista de la Antropología Simbólica representa la opción que permite interpretar una realidad cargada de sentido social. Este texto se enmarca dentro de esta perspectiva antropológica que concibe a la cultura como entramado significativo y al simbolismo como una posibilidad de acceder a la lógica de la organización social.

Antes de adentrarnos en estas reflexiones, es pertinente iniciar con un breve panorama del estado que guardan la antropología, en tanto disciplina científica y la educación, en tanto objeto de trabajo antropológico.

Antropología y educación

La educación, es una cuestión que ha simple vista pareciera no corresponder al ámbito de reflexión de la antropología; la tradición de las disciplinas científicas la ubica más bien en el terreno de ciencias como la pedagogía o la psicología. Durante mucho tiempo, para encontrar algunos nexos entre educación y antropología, se tuvo que dar un rodeo y especificar el campo de aplicación, es decir, era necesario hablar de la antropología aplicada, o bien de su campo por antonomasia en México, la educación indígena.

La tradición antropológica se ha encargado de analizar el proceso educativo bajo el contexto de la dinámica cultural. En el discurso antropológico los conceptos usados para explicar el proceso educativo han sido fundamentalmente los de endoculturación, aculturación y socialización, además autores como Margaret Mead y Ruth Benedict han trabajado al respecto desde el planteamiento de cultura y personalidad. Sin embargo el tratamiento de la educación -en tanto concepto y proceso- ha sido un tema relativamente reciente.

Mediante la aplicación de la antropología mexicana o de su campo de acción, es como podemos situar inicialmente los trabajos de antropólogos y educadores, o de antropólogos-educadores, basta recordar las obras de Moisés Sáenz Carapan. Bosquejo de una experiencia (1936); Manuel Gamio Forjando Patria (1916) o Gonzalo Aguirre Beltrán, El proceso de aculturación (1962). Además de sus textos teóricos, no debemos olvidar sus actividades como funcionarios de la Secretaría de Educación Pública.

La educación indígena se presentó como el campo que unía teoría y práctica de la antropología de la educación. Este desarrollo conceptual quedó constreñido por mucho tiempo al trabajo directo de los antropólogos con las comunidades indígenas del país, y daba la impresión de ser la única posibilidad de reflexión antropológica de la educación. La crisis y el debate del trabajo de la antropología y la aculturación, como propuesta de acción, la encontramos documentada en la obra de Andrés Medina, La quiebra política de la antropología mexicana. ( 1983).

Sin embargo, con el tiempo, este tipo de trabajos fue cambiando debido a por lo menos dos causas: la crisis de la propuesta de aculturación y el desarrollo del campo de las ciencias de la educación. El cuestionamiento de la política de integración de las comunidades indias a la sociedad nacional, a partir de lo que se dio en llamar una acción científica que desarrollaría en su totalidad a las comunidades indígenas, derivó en fuertes criticas que más tarde permitirían el surgimiento de nuevos planteamientos teóricos de naturaleza marxista, neomarxista y del etnodesarrollo. La propuesta metodológica de la integración implicaba el abandono del estudio comunitario, en aislamiento, y proponía un trabajo integral, proceso donde la educación cumplía un papel importante en la socialización y homologación cultural. Por otro lado, el campo de lo educativo fue abarcando cada vez mayores terrenos y desbordó la idea didáctica de la enseñanza; la necesidad de trabajos de investigación educativa provocó la incursión en terrenos antes privativos de la antropología, la sociología, la filosofía y la lingüística, entre otros. La educación volvió a pensarse como una acción social en el que los sujetos se involucran para reproducir, o bien transformar la sociedad. La escuela, los programas educativos y los profesores volvían a ser pensados como agentes de la sociedad y no como entidades al margen de la misma, o en el mejor de los casos en preparación para el futuro.

Hoy día podemos observar una recomposición del campo educativo, en donde la educación poco a poco ha dejado de pensarse solamente como una acción moldeadora y puede asumirse como un sistema simbólico, íntimamente ligado a la cultura y la historia de los pueblos.

Aquí es donde la antropología ofrece amplias perspectivas para la interpretación de la educación, como parte estructurante de la cultura y documental de su expresión cotidiana. Al respecto la antropóloga Elsie Rockwell dice: “Conocer la escuela cotidiana requería de echar mano de herramientas antropológicas. La etnografía -descripción de la otredad- resultó ser la mejor manera de documentar el modo de vida en este lugar tan cercano y a la vez tan ignorado”.1 En sus inicios, la contribución de la antropología en el terreno de la educación fue integrada en la denominación genérica llamada investigación cualitativa, y a partir de los años ochenta encontramos un amplio espectro de trabajos de investigación considerados como etnografía de la educación.2

En México, antropología y educación han compartido más de lo que pudiéramos suponer inicialmente, pues unidas en la acción indigenista han trabajado por largos años, es más, el trabajo no se ha detenido y actualmente la antropología continúa aportando reflexiones interesantes en el campo de la educación de los grupos indios, además de incursionar en el terreno de la acción educativa en general.

La educación es una acción social realizada con propósitos definidos, con respuestas comunitarias, con acciones humanas y con profundos significados culturales. Educación y cultura son procesos íntimamente ligados en la realidad; el trabajo de la antropología consiste en documentar esas relaciones, señalar la participación de los hombres, la historia y las instituciones, e interpretar los procesos simbólicos que constantemente se crean y se recrean. Toda acción cultural es en sí misma una acción educativa, de la misma forma en que toda acción educativa cobra sentido en el contexto de una cultura en particular.

Comprender la dimensión simbólica de la acción educativa es pensar a la sociedad en su necesidad de unión y trascendencia, y es interpretar a la cultura como un proceso dinámico dotado de sentido.

La educación en México ha sido uno de los medios más eficaces para proponer y socializar un modelo de nación, proceso que culmina con la validación del mismo, pues en la medida en que lo allí planteado se convierte en la versión oficial del pasado, el presente y el futuro del país, la sociedad le asigna legitimidad.

Vale la pena señalar que cuando se habla de educación, no se refiere al amplio proceso cultural de transmisión de la cultura, necesariamente parte de ahí pero específicamente se refiere a su aspecto escolar, expresado por medio del sistema educativo nacional, esto es la institucionalización del proceso educativo cuya expresión se da en los niveles de conocimientos, certificaciones, los maestros, los alumnos y la existencia de un aparato burocrático.

El Estado nacional mexicano y el sistema económico se han servido de la educación para regular las necesidades del mercado laboral y constituir el modelo social mediante prácticas e ideas desarrolladas en todas y cada una de las escuelas.

Educación y simbolismo

Hablar de educación y simbolismo requiere de ciertas delimitaciones, en un inicio tendríamos que intentar responder a las siguientes cuestiones; ¿la educación es un sistema simbólico?, ¿qué simboliza la educación?, ¿cuáles símbolos contiene?, ¿cómo se han construido?, ¿cuál es el papel de los profesores y alumnos en esos procesos?, ¿cuál es la función que la sociedad asigna a la educación?

Para incursionar en el análisis de la educación mexicana, este trabajo se ubica dentro de la perspectiva de la Antropología Simbólica, vertiente que permite interpretar el sentido social actual, incursionar en la trama y lógica de la constitución del sistema simbólico de una realidad cultural. Para Marie-Odile Marión, “La Antropología Simbólica tiene como meta reconstruir la lógica interna generada por las culturas, analizando y reconstruyendo los sistemas que se desprenden de la organización social[…]”3 En México, uno de esos sistemas que se desprenden es el sistema simbólico educativo.

La antropología simbólica es una propuesta de trabajo antropológico que pretende interpretar el universo simbólico de una sociedad, interpretar procesos rituales y explicar complejos míticos. La Antropología Simbólica puede ser una propuesta teórico-metodológica acorde a las necesidades de lo educativo, campo profundamente simbólico, en el que se recrean mitos de origen, se ponen en práctica sistemas rituales y se dota de sentido social a los símbolos culturales. Cada uno de estos elementos puede expresarse por separado o entenderse como componente del todo, pues “cada parte del sistema lleva un sentido y reproduce parte del todo”.4

En el campo educativo, la antropología simbólica permite observar un amplio panorama de acciones y conceptos que en estos tiempos se presentan como una realidad lógica y coherente, muestra además el campo como un complejo sistema simbólico. Por otro lado, la Antropología Simbólica nos presenta una perspectiva de acercamiento a los actores del proceso educativo, no como seres inertes, sino como sujetos que voluntariamente participan y dan vida a mitos, ritos y al sistema simbólico en general.

Coincido con Mèlich cuando dice: “La educación, como acción social, es una acción simbólica, por que todas las acciones sociales son, de un modo u otro simbólicas”.5 La educación es simbólica porque es un hecho social, es decir es una acción realizada por personas en un contexto cultural, y además es un acto con sentido porque es un hecho expresado a través de sistemas de símbolos. El mismo autor, citando a Cassirer, indica: “El símbolo no sólo devela sentido, lo otorga”.6

Si bien es cierto que en una perspectiva simbólica es difícil no hablar de símbolos, es necesario aclarar que no se busca hacer un inventario de éstos, definir a priori su significado y plantear su lógica cultural. El símbolo es un elemento importante dentro de la Antropología simbólica, pero con poca relevancia si se trabaja de manera aislada.

Más que hablar de los símbolos de la educación, se intenta esbozar una línea de trabajo por medio de la idea de simbolismo. Los símbolos en forma aislada, o aislable, no poseen toda la fuerza conceptual que encontramos en el simbolismo. En su obra El simbolismo en general, Sperber dice: “Sugiero, por tanto, que la noción de símbolo sea, por lo menos provisionalmente suprimido del vocabulario descriptivo de la teoría del simbolismo, para que ya no se le considere más que como un objeto eventual, culturalmente definido, de la descripción.”7

Es necesario insistir que cuando este autor denomina al símbolo como un “objeto culturalmente definido”, hace alusión al hecho de las dificultades de construir una “gramática” universal de los símbolos, pues éstos si bien es cierto que están presentes en la vida cultural, son de naturaleza particular: “La noción de símbolo no es universal, sino cultural, puede estar presente o ausente, diferir de una cultura a otra e inclusive dentro de una cultura dada.”8

La idea de simbolismo a la que se afilia este trabajo es la planteada por el mismo Sperber, quien al desarrollar la idea del simbolismo cognitivo indica: “El simbolismo, por ser cognitivo es un dispositivo de aprendizaje”.9 La educación, como el resto de la totalidad social, es una entidad donde el individuo aprende, en otras palabras, la cultura se aprende mediante procesos cognitivos.

Planteado en esos términos, el simbolismo nos permite interpretar que la educación cumple diferentes funciones, pero básicamente persigue dos objetivos fundamentales: ser medio para el acceso del universo simbólico y ser fin en sí mismo. Por un lado la educación busca la construcción de dispositivos simbólicos en cada uno de los individuos que participan de ella y, por otro, se yergue como un sistema con fines y estructura propia.

A partir del planteamiento educativo las personas acceden al conocimiento, las normas, las prohibiciones, los mitos y los rituales sociales, y al participar de esas acciones, se hacen partícipes de una lógica simbólica escolar.

La educación simboliza un grado de desarrollo cultural y acceder a ella permite, al mismo tiempo, ser sujeto de la educación, es decir, ubica a las personas en la posibilidad social de alcanzar la cúspide de una pirámide que la misma cultura ha construido.

Educación y cultura son un binomio que han caminado a la par en el terreno antropológico, la trascendencia cultural implica la acción de la educación.

Educación, su simbolismo y el contexto mexicano

Como en cualquier otro país contemporáneo, la educación escolarizada en México juega un papel fundamental en diferentes sentidos; es un sistema clasificatorio de las capacidades individuales, coadyuva a la reproducción de las clases sociales, funciona como contenedor de la mano de obra, legitima conocimientos y una concepción de ciencia, propicia un modelo de sociedad, propone mitos y sistemas rituales seculares, y fomenta el acercamiento de las nuevas generaciones a los símbolos que dan sentido a conceptos como nación, país y comunidad.

Por mucho tiempo la educación ha sido presentada como un hecho incuestionable, derecho de los niños y obligación de los padres, algo necesario para el bien individual y colectivo. Piénsese en el hecho de que si un grupo familiar o comunitario decidiera no proporcionar formación religiosa a sus hijos, no instruirlos a practicar algún deporte, o si un grupo indígena no fortalece su lengua y su cultura, esto solamente genera algún desconcierto o critica aislada, pero si ese mismo grupo no proporcionara la educación (escolar), la sociedad entera se estremece y se buscan soluciones al problema. El estado, el sistema educativo, la iglesia y casi cualquier persona criticaría este hecho como una acción irresponsable y un verdadero atentado al progreso social.

Desde este mismo momento nos encontramos frente a un complejo de relaciones socioculturales y ante un sistema simbólico fuertemente arraigado entre los individuos que forman la sociedad. La educación se encuentra presente en la expectativa social, en el mercado laboral y en la ideología comunitaria.

Si bien es cierto que lo educativo puede ser interpretado como un sistema simbólico, esto no niega sus profundos nexos materiales, políticos e ideológicos con la cultura de origen en sentido amplio. La sociedad mexicana se regula por leyes y normatividades claras y definidas, los hombres participan de esta dinámica social y de sus designios.

Educación y cultura son entidades íntimamente unidas. Podría decirse que todo acto cultural implica un acto educativo, pues la socialización de los individuos lleva implícito el aprendizaje de determinados conceptos. La cosmovisión del mundo, los sistemas simbólicos, los rituales, los mitos y toda práctica cultural requiere ser transmitida, enseñada y aprendida por parte de las diferentes generaciones que forman un grupo social. Explícita o implícitamente la participación en un acto cultural requiere de procesos de socialización, de enseñanza y de aprendizaje. Los sujetos participan en actos y aprenden algo de ellos.

La sociedad constituye su cultura y es constituida por ella, en este proceso se requiere de un mecanismo que permita la reproducción y socialización de los mitos, tradiciones, prácticas e ideas, ahí es donde surge el proceso educativo, primero trastocando la totalidad de las instituciones, para después encargar a una instancia determinada el desarrollo de esa función. Es así como surge la escuela y más tarde los sistemas educativos nacionales. En relación con la escuela y el sistema mexicano Carlos Ornelas explica: “El sistema educativo mexicano es un cosmos institucional complejo, desigual y diferenciado por modalidades y niveles, con propósitos a veces contradictorios y prácticas que niegan los fines explícitos de la educación; todo producto de una historia de más de 70 años…”10

Como señalé en el inicio de este trabajo, la educación: a) es una representación simbólica de la sociedad en su conjunto, b) simboliza la idea de progreso social, la concepción de ciencia y conocimiento científico, c) simboliza la historia oficial de la sociedad, y d) simboliza la unidad nacional.

a) La educación es una representación de la sociedad en su conjunto. En una primera instancia la educación escolarizada simboliza a la sociedad misma en su totalidad, pues las acciones, los conocimientos, las formas de comportamiento y las leyes que regulan el accionar educativo, son las mismas que regulan la vida social. La escuela se convierte en una versión preliminar de la vida social, en donde los individuos se preparan para ser sujetos sociales.

Ser una persona educada quiere decir ser parte constitutiva de la sociedad, de la misma manera que la sociedad implica personas educadas, es su fin y propósito, algunas veces no totalmente cumplido pero al fin y al cabo su deseo.

La educación, esto es la escuela, simboliza la idea de progreso social. Quien asiste a una institución educativa piensa que ésta es el mecanismo que le permitirá afrontar el futuro mediante una preparación que incluye normas de comportamiento, conocimientos y un sistema de certificación.11

Las teorías más conservadoras plantean a la educación como el mecanismo adecuado para lograr el llamado asenso social, pero la crisis socioeducativa ha demostrado lo débil de ese planteamiento pues actualmente encontramos un gran número de gente que ha cursado estudios universitarios y que no tiene acomodo en el aparato productivo, de la misma forma que existen personas que interrumpen sus estudios para dedicarse a actividades informales que les brindan mayores ingresos económicos. En estas circunstancias la educación y el sistema económico-político entran en cuestionamiento empírico, pero aún conservan su valor simbólico, pues uno y otro grupo siguen pensando en la importancia de la educación.

b) La educación simboliza una concepción de ciencia y conocimiento científico. Por otro lado y muy ligado a la idea anterior, la escuela simboliza una idea de ciencia y conocimiento. La escuela es identificada como una institución que combate fanatismos e ideas obscuras, en sus aulas se enseña a no creer en otra cosa que no sea producto del método científico; los conocimientos impartidos son aquellos que han pasado por este filtro y queda atrás el sentido común, los conocimientos empíricos y muchos otros de carácter tradicional.

La escuela es el baluarte de la ciencia y el planteamiento metodológico para la construcción de los conocimientos. Ciencia, método y conocimientos son consagrados por planes y programas educativos y los escolares son instruidos a pensar bajo estos parámetros, aún en contra de la destrucción o el olvido de conocimientos tradicionales, costumbres y la oralidad.

La escuela es un espacio que consagra la idea de ciencia y conocimiento científico y con esto se convierte en un símbolo del saber, de su esencia y de su producción.

c) La educación simboliza la historia oficial de la sociedad. También se presenta como escenario de veneración a los símbolos de unidad nacional. Por medio del calendario cívico, la sociedad entera recuerda sus grandes luchas épicas, el desarrollo histórico del país y los héroes que participaron en esos eventos. Si bien es cierto que esto ocurre en diferentes espacios de la sociedad, es en la escuela donde el calendario cívico regula las actividades por medio de un sistema ritual que se ejecuta de manera constante; asimismo, los estudiantes aprenden una determinada versión de la historia nacional.

La escuela reproduce en ciclos la historia de la nación y hace participar a alumnos, padres, maestros y a la comunidad que la circunda. De esta forma se crea una realidad que se expresa en un tiempo cíclico, repetido constantemente. El calendario cívico-ritual organiza la vida escolar y se presenta como conocimiento obligado para todo estudiante. En la escuela, el ciclo indica el tiempo dedicado a aprender por medio de rituales y a recordar mitos fundadores.

En este sentido, la escuela cumple dos funciones: a) sirve de escenario para la realización de actos cívico-rituales, propone mitos, fechas y personajes, ofrece un espacio designado exprofeso, asegura audiencias al exigir participación y respeto de los participantes, y b) convierte al sistema ritual en conocimiento, le da carácter de obligatorio, para ello alude a cuestiones como deber, civilidad, patriotismo y moral.

Estos elementos son evaluados como parte de programas de materias como Civismo e Historia, y también se ven reflejados en aspectos como en la socialización o incluso en la calificación del comportamiento, como la buena conducta, funcionan como elementos constitutivos de un proyecto social de país y de categorías como patria y nación. Para lograr ese propósito la educación recurre a otros símbolos, quizá los más evidentes en este panorama.

d) La educación simboliza la unidad nacional. Una de las funciones más conocidas de la educación es la referida a la difusión y veneración de aquellos símbolos que han servido para cohesionar a los diferentes grupos sociales que conforman un país. La bandera, el himno, el escudo y la constitución, por sólo citar a los más representativos, son símbolos nacionales que encuentran en la escuela el escenario idóneo para re-crear mitos fundadores y buscar la consolidación de la identidad.

Por medio de ceremonias, un calendario cívico, cantos, iconos y narraciones míticas, el pasado y el presente se unen y convocan a los participantes a reconocerse y reconocer su país. La escuela es un lugar de privilegio para este tipo de acciones, se tiene el tiempo necesario para conseguirlo y existen los espacios necesarios para su consagración.

Para que este proceso tenga sentido es necesario que los alumnos re-construyan los símbolos, esto se logra a través de la participación en las ceremonias rituales que constantemente se desarrollan, algunas veces como espectadores y otras como partícipes directos. Participar en este complejo ritual no significa re-inventar la bandera o recomponer el himno; es re-conceptualizar el símbolo.

Participar de la educación, es participar de la cultura y es re-conceptualizar el sistema simbólico a partir del involucramiento en aciones concretas. Individuos y símbolos encuentran en los espacios escolares el escenario de encuentro del pasado y el presente.

Mitos y rituales en el escenario educativo

Los símbolos en la educación requieren de contextos significativos, cobertura que les proporcione relaciones y sentidos. El sistema mítico y el sistema ritual funcionan como elementos contextuales donde se crean y se cargan de significado los diferentes símbolos que la educación en tanto sistema total contiene.

En la educación la existencia de múltiples símbolos da paso a complejos sistemas míticos y rituales, los cuales se presentan de manera superpuesta. Los primeros refieren al origen nacional, a la unión indisoluble entre escuela y comunidad, al papel emancipador de la acción educativa y a la supremacía e infalibilidad del conocimiento científico. Los segundos , los ritos, se expresan en ceremonias y prácticas ritualizadas para venerar el conocimiento externado en libros, planes y programas, rituales de iniciación al método científico, ritos de paso contenidos al principio y fin de los ciclos escolares, y ceremonias cívico-rituales para participar de la sociedad y hacerse mexicano.

La escuela se puede entender como el espacio donde se ejecutan prácticas ritualizadas y se reviven permanentemente mitos relacionados con el dominio del conocimiento y mitos que nos recuerdan constantemente el origen de la nación y la mexicanidad.

Para eso la escuela es validada y legitimada como espacio institucional, que prevalece por encima de los hombres y mujeres, de adultos e infantes, de profesores y alumnos. Y son precisamente estos dos últimos quienes se encargan de que el ritual se cumpla.

En el ámbito escolar, alumnos y profesores juegan un papel fundamental en la vida y desarrollo de las prácticas rituales. Sin embargo, los responsables institucionales de la educación son los profesores, no sólo en tanto reproductores de un sistema simbólico, sino como partícipes históricos de su construcción.

Profesores, hombres, mujeres y niños participan de la cultura nacional y re-construyen el sistema simbólico de la educación como una forma, solo una entre muchas, de encontrar la lógica de la sociedad mexicana y estar ante la posibilidad de, como ya lo señaló Marie Odile Marion, “explicarse a sí mismos”.

Bibliografía

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Autor: Jorge Tirzo Gómez, Universidad Pedagógica Nacional/ Escuela Nacional de Antropología e Historia.

  1. Elsie Rockwell, La escuela cotidiana, 1995, p. 8. []
  2. Ibidem, pp. 17-18. []
  3. Marie-Odile Marion (coord.), Antropología simbólica, 1995, p. 7. []
  4. Idem. []
  5. Joan- Carles Mélich, Antropología simbólica y acción educativa, 1996, p. 67. []
  6. Idem. []
  7. Dan Sperber, El simbolismo en general, 1978, p. 75. []
  8. Idem. []
  9. Ibidem., p.118. []
  10. Carlos Ornelas, El sistema educativo nacional. La transición de fin de siglo, 1996, p.28. []
  11. Cf. Pierre Bordieu (1990 y 1997). []

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