Fernando del Paso, Bajo la sombra de la historia. Ensayos sobre el Islam y el judaísmo, vol. 1, México, FCE, 2012.

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DA58R2Es difícil escribir una reseña sobre un libro como Bajo la sombra de la historia, por la amplitud de los temas y su abrumadora información; sin embargo, su lectura es fluida y resulta sumamente interesante.

Al leer el título del libro no imaginé el interés del autor por el tema, pero al inicio de su lectura fui comprendiendo la razón de ello: primero, su posición agnóstica, evidente en todo su trabajo. Su experiencia en una primaria oficial de la colonia Roma, donde conoció a dos niños judíos (o sea no católicos), experiencia que creo tuvimos muy pocos de quienes estudiamos en escuelas oficiales en la década de 1940, además de una relación cercana (cuando niño) con los maridos de dos de sus tías maternas, judíos originarios de Europa oriental.

El libro es un ensayo (el mismo autor lo aclara) que no necesariamente implica la extensión del texto (700 páginas que incluyen apéndices, bibliografía, índice analítico e índice general). Está divido en cuatro partes más los agradecimientos y la nota de advertencia. Es la primera entrega de una obra que tiene pensado desarrollar en tres volúmenes.

La primera parte la titula “Las mil y una noches de la BBC”, la cual divide a su vez en dos secciones: “De la mano de Dios” y La guerra era una fiesta”. La segunda parte se titula “Mahoma y el nacimiento del Islam”, dividida en “Introducción” y “Mahoma: vida y milagros”.

La tercera parte, que llama “Historia antigua de un pueblo deicida”, contiene dos temas: “Orígenes de la nación judía al principio de la Diáspora” y “¿El fin de la nación judía? Del retorno de Babilonia a la rebelión de Barkhoba”, más apéndices.

La cuarta parte, titulada “El Corán”, está compuesta por una introducción, en la que habla sobre: 1) el choque de civilizaciones y las teorías de Huntington, incluyendo sus críticas a ellas; 2) la palabra de Dios y 3) Los versículos satánicos, dedicado a la novela de Salman Rushdie, además de cuatro apéndices. Advierte que la bibliografía sobre el tema que escogió es inacabable, por ello “los alcances de su libro son muy limitados”. Entre la inmensa bibliografía consultada menciona varias de las obras que consideró de suma utilidad, haciendo al mismo tiempo una crítica personal a algunos de los autores consultados, sin olvidarse de mencionar a mexicanos que han escrito sobre el Islam.

Reconoce su posición, “en cierto grado imparcial” ante los temas que trata en su libro, sobre dos de las religiones monoteístas en el mundo: el judaísmo y el Islam, y de los vínculos —casi siempre cruentos y viciosos—, encuentros y desencuentros que han existido a lo largo de su historia hasta llegar al presente, así como su relación con la otra religión monoteísta: el cristianismo.

Del Paso advierte que no es un historiador, sino un agnóstico latinoamericano transformado: “Ser un no creyente me sitúa en las alturas de una especie de atalaya solitaria desde la cual puedo contemplar, desde un punto de vista no mejor pero sí distinto de la inmensa mayoría de los seres humanos […] el hecho de no ser musulmán, ni judío ni cristiano […] me permite, creo yo, gozar de cierto grado de imparcialidad en el desarrollo del tema, alrededor del cual gira el libro, el judaísmo y el Islam” […] (p. 91).

Es su convicción de que en los países latinoamericanos, y en especial México, el historiador no tiene ninguna necesidad de cobijarse en lo políticamente correcto, y puede hablar del “problema judío” y del “problema musulmán”, ya que no ha existido como tal una discriminación, aunque aclara que durante la Guerra Civil española, a pesar de haberse ofrecido asilo a los republicanos no se hizo lo mismo con los judíos.

En las siguientes páginas explica las circunstancias de su vida que lo llevaron a escribir este libro, su experiencia en diversos trabajos relacionados con la escritura en diversas revistas, agencias de publicidad, programas de noticias, entre ellos el noticiario de la embajada de Estados Unidos “El mundo en marcha” (servicio de información del gobierno de Washington cuando Richard Nixon era vicepresidente), lo cual no implicaba que por “haber trabajado en ese programa vivía en las entrañas del monstruo, pero ya había aspirado su olor” (p. 24). En 1969 fue becado a Estados Unidos y después a Inglaterra, donde empezó a trabajar en el servicio latinoamericano de la BBC (1971) y su libertad como periodista era limitada, especialmente en el contenido político. En este tiempo influyeron sobre él Robert Fisk, el conocido periodista británico, corresponsal del Times en Medio Oriente y autor del libro Pity the Nation en el que relata los sucesos internacionales importantes que ocurrieron durante su época y que impresionaron a Del Paso, subrayando su transmisión de viva voz sobre la terrible matanza de Shabra y Shatila de 1982.

El otro periodista que influyó en él fue el judío estadounidense Thomas L. Friedman, corresponsal del New York Times, quien escribía crónicas imparciales sobre los aspectos más controvertidos de la guerra del Líbano. Ambos periodistas, tanto Fisk como Friedman fueron acusados como antijudíos a pesar de su imparcialidad.

Después de 14 años en la BBC Del Paso pasó en 1985 a Radio France en París, contratado por Radio France International (RFI), donde se encontró con una libertad inesperada. En esa etapa lo influye el libro de William Fulbright The Arrogance of Power donde relata la coexistencia de dos naciones distintas y opuestas en Estados Unidos: “la generosa y autocrítica, amante de la libertad, abierta a las ideas humanitarias, y la de los puritanos fundamentalistas cristianos, la nación elegida por Dios, la del Destino Manifiesto, el policía del planeta, la América de la rapiña y de la guerra, la tiranía global, económica, militar de hoy” (p. 41). En el mismo libro hace un recuento de los beneficios que obtuvo el Imperio británico exprimiendo sus colonias desde el siglo XVIII hasta el XX.

Durante su estancia en Londres hubo abundantes atentados, le tocó vivir la tragedia de Irlanda, lo que hace que incluya en su libro un resumen de la historia de este pueblo y la lucha fratricida entre católicos y anglicanos. En su libro abarca acontecimientos tan recientes como el bombardeo de la onu a Libia y el asesinato de Gadafi, así como los daños colaterales en Iraq en 2011 (p. 91).

Como introducción a las masacres y a la violencia relatados en la Biblia y en el Corán, hace un repaso de las matanzas de la Segunda Guerra Mundial tanto de los aliados como del Eje: Dresden, Hiroshima y Nagasaki, sin olvidar los bombardeos de Alemania, y relata el horror del holocausto (p. 94). Para entrar a este tema hace un preámbulo acerca de los judíos refiriéndose al historiador Max I. D., quien dice que gran parte de las veces los judíos fueron los primeros que rechazaron a los paganos y a los cristianos, y no éstos a los judíos. Sin embargo, enfatiza que el rechazo a los judíos en la Europa cristiana nació cuando la Iglesia católica los acusó de “pueblo deicida” (de haber asesinado al hijo de Dios).

Repasa brevemente la Inquisición en América Latina y los judíos, así como las migraciones de judíos a diferentes países, incluyendo México, país donde —a pesar de su mayoría católico y de tener un gobierno laico— no existió el menor asomo de antisemitismo.

Refiriéndose ya más específicamente al holocausto relata que, cuando tenía 22 años, en compañía de su esposa y de un grupo de amigos vio las terribles escenas del documental de Resnais Noche y niebla y después la del judío francés Shoah (Holocausto) “puedo rastrear hasta esta tarde de hace medio siglo mi necesidad, de contar el holocausto, es decir, mi Holocausto a mi manera, el que nació del que otros que me han contado, el que yo me he imaginado como sobreviviente de esa inmensa tragedia, sino sobreviviente, nada más, que de mi siglo” (p. 90) y ya en páginas posteriores asienta que “no es indispensable haber sido una víctima judía ni haber sobrevivido para saber que uno pertenece a la misma especie animal que los nazis y sentir vergüenza de ello” (p. 129).

Pero después de su crítica a las despiadadas agresiones de los judíos contra los palestinos, así como al terrorismo palestino, confiesa porqué en páginas posteriores se ocupa de las razones, para él evidentes, “por las cuales considero que el crecimiento del Islam, en el interior de países occidentales, representa no sólo un problema sino, lo que es peor, un peligro para la democracia y por lo tanto para el propio Occidente” (p. 108). Y agrega que éstas consideraciones “son el colmo de lo políticamente incorrecto y que desde luego están muy lejos de ser originales. Las comparto con reservas con otros autores. Desafortunadamente, varios de estos autores están clasificados en los países de Europa —y en particular en Francia—, como de derecha e incluso de extrema derecha” (p. 109). Termina la primera parte que sirve de introducción con unas palabras de John L. Sposito: “la amenaza islámica, ¿mito o realidad? nunca tuve la intención de escribir este libro”. “Yo tampoco pero aquí está” (p. 131).

Del Paso inicia la segunda parte de su libro, titulada “Mahoma y el surgimiento del Islam”, con un repaso de “Las mil y una noches” y “Los mil y un días” que marcaron su infancia y su juventud. Relata que después de cinco años de haber escrito centenares de páginas y releer Orientalismo de Edward Said, en el que desvirtúa en gran medida los estudios “orientales” de europeos y estadounidenses, le asaltó la segunda tentación de continuar su libro, aunque se preguntó “¿con qué autoridad podría escribir un libro sobre el Islam y el judaísmo?” sin haber vivido en esos países, ni hablar sus lenguas? pero recapacitó y concluyó “como individuo, como escritor, como habitante de este planeta, yo tenía derecho a tener cuando menos, una percepción de lo que ha pasado y pasa en el mundo en que me tocó vivir” (p. 174). Y añade: “su contenido no es lo que quería enseñar sino lo que quería aprender”.

En la parte II de este segundo apartado entra de lleno al tema del Islam. Empieza por describir la vida, acciones y milagros de Mahoma, refiriéndose tanto a las opiniones negativas como a las positivas que se han emitido sobre su persona desde los ojos de los occidentales. Menciona los textos que hablan de su vida, el cuerpo biográfico, sobre todo los llamados Hadises y la Sharia o conjunto de leyes del Islam, así como a los autores occidentales, especialmente Karen Armstrong y Washington Irving, además menciona y consulta innumerables libros, incluyendo diccionarios y enciclopedias.

Ya entrando a la vida de Mahoma, relata las revelaciones que supuestamente bajaban del cielo dictadas por el ángel Gabriel, así como las historias fantásticas relacionadas con él, y se explaya en la descripción del miraj o viaje del Profeta a los siete cielos, comparándolo con el de Dante en la Divina Comedia.

Hace hincapié en su paso de predicador a señor de la guerra, y cómo la yihad o “guerra santa” se convierte en uno de los temas recurrentes y centrales del Corán. Relata las numerosas luchas que tuvo Mahoma durante su estancia en Medina, primero contra los mecanos a los que después convirtió, igualmente el alejamiento de los cristianos a los que acusó de idólatras, y cómo las tres grandes tribus judías de Medina fueron “atacadas, asediadas y derrotadas”. De ellos los Banu nabir fueron expulsados y los 700 hombres de los Banu coraida asesinados, y sus mujeres y niños esclavizados. Al respecto cita el versículo V de la sura 9, conocido como el “de la espada”: “una vez expirados los meses sagrados matad a los idólatras donde quiera que los halléis” (p. 258).

El capítulo termina con la muerte de Mahoma, sus sucesores y las grandes conquistas que llevaron a cabo.

La tercera parte de su libro, la llama “Historia antigua de un pueblo ‘deicida’”, y este calificativo lo explica en el apartado “De los orígenes de la nación judía y el principio de la diáspora”, el cual empieza precisamente señalando que el origen del “antisemitismo y el odio a los judíos y al judaísmo tiene sus raíces más profundas en el corazón de los cristianos por haber dado muerte a Jesús, el hijo de Dios”. Lo que convierte a los judíos en un pueblo deicida, a lo que se pregunta, “¿cómo es posible asesinar a un Dios?” Alrededor de esto hace una serie de comentarios y comparaciones entre las concepciones judías y cristianas, como la paradoja cristiana “que durante dos mil años era universal, pero al mismo tiempo exclusivista, mientras que para los judíos, pueblo escogido por Dios, cualquier persona no judía puede obtener la salvación” (p. 303).

Inserta la historia de los judíos remontándose a las primeras evidencias de su presencia en Medio Oriente, entre los egipcios. Especifica los términos hebreos, israelitas, semitas y judíos, para después adentrarse en la historia-mito (según la Biblia) desde la creación, el paraíso y su posible ubicación, la creación de Adán y Eva y su expulsión del paraíso. Del Paso sugiere que Dios creó al hombre como tal cuando lo expulsó del paraíso y le dio conciencia de la muerte, memoria del dolor y del placer, y su capacidad de amor y odio, pero si así había recreado al mundo con la palabra, el hombre inventó entonces a Dios y, en venganza, le atribuyó todos sus virtudes y defectos, incluyendo que “el hombre y Dios nacieron al mismo tiempo” (p. 323).

Al hacer sus propias reflexiones y preguntas acerca de la actitud de Yahvé hacia Adán, Eva, Caín y Abel, la expulsión de la primera pareja y su preferencia hacia Abel, incluye reflexiones de otros autores,. Repasa todos los pasajes del diluvio, la torre de Babel, Abraham y su intento de sacrificar a Isaac, calificando al primero de psicópata (p. 356). Relata la expulsión de Agar y de Ismael, citando ampliamente las referencias a estos pasajes en Kirkeegard, en su libro El concepto de la angustia.

Critica y satiriza la incongruencia que encuentra en la conducta de personajes como Moisés y Aarón, pasajes de la adoración del becerro de oro y la orden de Moisés de matar a los idólatras; el mismo Moisés, quien llevó las “Tablas de la Ley” que decían “No matarás” (p. 383). Señala que ésta fue la primera vez que israelitas mataron a otros israelitas. Además acusa a Moisés de nepotismo, en relación con la conducta hacia su hermano Aarón, un idólatra al que nombró precursor de los sacerdotes israelitas.

Cuarenta años les tomó a los judíos llegar a la tierra prometida por Yahvé, a pesar, y en parte, por las dificultades que éste puso para lograr su objetivo, evitando que el fiel Moisés pudiera llegar a su destino.

Del Paso se pregunta, “¿son los judíos dueños de Tierra Santa?” (p. 394), ya que cuando ellos llegan esa tierra estaba habitada por los pueblos palestinos y otros grupos étnicos a los que los hebreos, bajo el mando de Yahvé, masacraron: desaparecieron en total a 31 pueblos; en lugares como en Jericó mataron hasta a los animales, por lo que el autor deduce el inicio de la tradición que el dar muerte a todos los vencidos, en especial a su rey y renunciar al botín, era una señal de agradecimiento a Yahvé por haberles concedido la victoria (p. 491), ya que el mismo Yahvé había dicho: “de las ciudades de estos pueblos que Yahvé tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejaréis con vida”.

En los libros Josué y Jueces se narran los hechos y los triunfos de los israelitas contra los pueblos que ocupaban el territorio en la actual Palestina, así como la intensa rivalidad y desunión entre las doce tribus.

Hay un apartado sobre la monarquía y a los libros I y II de Samuel, el cual inicia señalando que un requisito para ser rey era un determinado número de enemigos muertos. Desde luego relata el resurgimiento de la monarquía de Saúl y el de su sucesor David, con las grandes conquistas, traiciones y vilezas de este último, pero también sus logros, como el rescate del Arca que habían secuestrado los filisteos, que llevó después a Jerusalén, que consolidó el yahvismo oficial, así como sus cualidades de músico, poeta, y desde luego la veneración del pueblo judío por este personaje.

No puede dejar de mencionar a Salomón, reconocido por su sabiduría, y su Cantar de los cantares, la construcción del magnífico templo en Jerusalén, la relación con la reina de Saba, y una serie de leyendas y que llevó a su máximo esplendor al pueblo judío, pero también el que con sus gastos excesivos y los trabajos forzados a los que sometió a sus súbditos llevó posteriormente a la división del reino y de las doce tribus en Judea e Israel.

Después de describir la complicación de los textos “históricos” de Judea e Israel y la división de las doce tribus, plantea que de ahí en adelante “comienza una historia sin duda de gran interés para los especialistas, pero más bien farragosa para los lectores” (p. 494), ya que “sólo es posible contar la historia de las dos monarquías según el leal saber y entender de cada historiador, y esto es lo que se propuso quien esto escribe, no sin destacar las principales ventajas y episodios de este conjunto de libros (p. 431)”.

Dedica varias páginas a los profetas que jugaron un papel fundamental en la historia de Israel y del judaísmo como religión, ya que desde Abraham fueron éstos los designados para recibir la palabra y la voluntad divina. Entre ellos distingue especialmente a Isaías, quien vaticinó la destrucción de Jerusalén y de Babilonia, así como la llegada de Jesús que estableció la universalidad de Dios. Incluye en esta sección la invasión de Israel por los asirios y la de Judá por los babilonios, y su posterior liberación por los persas.

Refiriéndose al primer exilio en Babilonia, conocido como diáspora, señala que los judíos asimilaron muchos de los conocimientos de los babilonios y, lo que es muy importante, “el judaísmo como sistema de ideas y estilo de vida nació durante este cautiverio” (p. 455); comenta además que, en el Diccionario Enciclopédico del Judaísmo, entre los rabbís permaneció la conciencia de que el odio despertado por los judíos en las naciones en las que se exiliaron tuvo dos aspectos positivos: por una parte “frenaba su asimilación” y por la otra “reanimaba un sentimiento de identidad”.

Con estilo crítico y sarcástico intercala un subcapítulo intitulado “El pecador número uno y el Dios arrepentido”, en el que comenta que Dios hizo pagar al pueblo elegido de entre todos, por tal privilegio castigándolos por miles de años, a lo que se pregunta “¿Se habrá arrepentido Dios de la aberración cometida contra su pueblo? ¿Se arrepintió en 1948, cuando permitió la creación del nuevo Israel? ¿Se arrepentirá algún día de toda la crueldad con la que ha castigado al pueblo de sus amores?” (p. 465).

Como es sabido cuando los persas vencieron a los babilonios, su política hacia los judíos cambió, permitiéndoles que regresaran a Jerusalén. Nehemías fue nombrado por el monarca persa gobernador de Judá, fortaleció la institución conocida como el Sanedrín, o supremo consejo de los judíos que había sido creado por Moisés y estaba compuesto por 60 ancianos presididos por el sumo sacerdote. También democratizó la Torá e hizo un gran esfuerzo en la restauración de la lengua hebraica, prohibió los matrimonios mixtos, prohibición ampliada por Esdras, quien además ordenó la expulsión de todas las mujeres extranjeras casadas con judíos, incluyendo a sus hijos.

Siguiendo con la historia, durante el reinado de los griegos seléucidas, los macabeos se revelan contra Antíoco IV Epífanes, creando un reino independiente, pero Alejandro Jawneo, uno de sus descendientes, se convirtió en un cruel déspota, el cual en una revuelta de judíos mandó a crucificar 800 de ellos en Jerusalén, y “mientras pendían de sus cruces dio muerte a sus mujeres e hijos delante de ellos”.

Hacia el siglo I a.C. y II d.C. aparecen tres corrientes del pensamiento judío: los saduceos, conservadores de la clase alta, muy apegados a la ley revelada y divina, que aceptaban la ley escrita o Torá pero rechazaban su interpretación oral; y los ferushin o fariseos, “los que se han separado”, que representaban al pueblo y eran más flexibles en cuanto a la práctica religiosa y creían en la resurrección, entre ellos hay que mencionar a Saulo de Tarso. La tercera corriente, a la que se supone pertenecía Juan Bautista, eran los esenios, quienes observaban la ley mosaica pero llevaban una vida ascética en comunidad.

Herodes el Grande, hijo de Herodes Antipater recibió en el año 40 a.C. el reino que estaba en manos de Antígono, el último rey asmodeo. Este Herodes, que murió en el año IV a.C. separó el Estado y la religión, y a pesar de que restauró ostentosamente el templo, reprimió brutalmente a los judíos, matando incluso a los miembros del Sanedrín, de tal manera que es conocido como un judío antijudío. Durante su reinado surgieron dos escuelas, la conservadora betshamai y la liberal bethillel, siendo de estos últimos la frase: “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”.

En el año 38 de la era cristiana tuvo lugar el primer progrom de la historia, la matanza de Alejandría, seguida por las masacres de los años 66, 115 y 132. Termina el capítulo señalando que

[…] con la muerte de Jesús […] la historia del judaísmo siguió por su camino y el de la cristiandad por el suyo. La historia de Israel habitante de un territorio determinado comenzó a desdibujarse y la historia, ya no del pueblo judío, sino de los judíos, pasó a ser la historia de sus penas y no la de sus alegrías, la historia de sus defectos y no la de sus virtudes. Diseminados en numerosos países a cuyas culturas dieron aportes de inapreciable valor, la historia sólo se acuerda de ello en la medida y en los casos ‘innumerables’ en que se les ha vejado o han sido víctimas de la estulticia y el odio humanos. En otras palabras, desde que se inició la Gran Diáspora y hasta la fundación del Estado de Israel sus triunfos forman parte de la historia de Occidente, a la historia judía pertenecen los fracasos (p. 499).

A este capítulo le siguen dos apéndices, uno dedicado al libro de Job, el cual considera que merece una atención especial, explicando por qué. Ahí mismo incluye una subsección que llama “Jung y la respuesta a Job”. Al otro apéndice lo llama “Freud y Moisés”, y se refiere sobre todo al ensayo “Moisés y la religión monoteísta”.

La introducción al Corán la dedica sobre todo a Samuel Huntington y al “choque de las civilizaciones”, enmarcada en el contexto de lo que sucede no sólo en el Medio Oriente, sino en la migración- invasión musulmana en Europa y los conflictos que esto genera. Del Paso señala las opiniones que Huntington tiene sobre México: la inmigración de los mexicanos hacia Estados Unidos y su “odio” hacia la lengua española hablada por los latinos, especialmente los mexicanos. También refiere el hincapié de Huntington hacia el peligro que representa para Occidente la expansión del Islam, ante lo cual expresa que “no se necesita ser un huntingtoniano ni admirar en lo más mínimo su libro para darse cuenta cabal de que el conflicto de valores sí existe, no gracias a Huntington, ni a pesar de Huntington ni en ausencia de Huntington” (p. 548), y cita al sociólogo Alain Turaine, que en el libro ¿Podremos vivir juntos? Dice: “sólo puede haber una asociación multicultural si ninguna mayoría atribuye a su manera de vivir un valor universal”, y Del Paso añade (p. 549): “sucede que el Islam le atribuye a su manera de nacer, crecer y creer, alimentarse, vestirse, reproducirse, lavarse, castigar, orar y morir, un valor universal. Por otra parte, su profeta, Mahoma, nunca se dignó distinguir entre lo que pertenece a Dios y lo que pertenece al César […]”, e insiste en que la lectura del Corán no deja ninguna duda de que el libre albedrío simplemente no existe (p. 462). Mientras los musulmanes hacen proselitismo para convertir a otros a su religión, a un musulmán que cambia de creencias religiosas se le aplica la pena de muerte, y cita a Mohammed Chaffi, quien dice que “la incompatibilidad entre la sharia y la libertad es incontestable”. Del Paso compara la actitud de los miembros de los tres monoteísmos: los fundamentalistas cristianos aspiran a la implantación de la teocracia en las naciones cristianas, los judíos ortodoxos se limitan a desear esta clase de gobierno en Israel y sólo en Israel, y el Islam es la única que se ha propuesto implantar la teocracia para toda la humanidad.

Al describir a las referencias que hace el Corán de la Biblia comenta con sarcasmos que Alá no leyó bien la Biblia, pues en su versión hay una mescolanza y muchas equivocaciones. Así dice: “El Dios que dictó El Corán no había leído la Biblia, sino que la conocía sólo de oídas, en fragmentos desordenados y mal contados”. Sin embargo hace notar la gran importancia que tiene Abraham en El Corán, citado frecuentemente en la versión comentada por Hans Kung, en relación con otros personajes del nuevo testamento: Jesús, Juan el Bautista y María.

Ya en concreto sobre El Corán, al que refiere que quienes conocen la lengua árabe le otorgan una gran belleza, aunque el árabe de este libro es poco entendible para los árabes modernos. Respecto a la estructura del texto, dice que es un conjunto de fragmentos heterogéneos, colocados uno tras otro, sin continuidad lógica y sin ningún orden. Por otra parte menciona que las artes supremas del Islam son la lengua y la caligrafía.

Menciona que algunos versículos del Corán contradicen de alguna manera las enseñanzas expuestas en el mismo, razón por la cual algunos fueron borrados, aunque otros permanecieron todavía en el libro. Asimismo habla de las traducciones que se han hecho del Corán (p. 595), entre otras la de los llamados “versículos satánicos” que se refieren a las diosas que se debían venerar además del Dios único, ante el escándalo suscitado Mahoma los borró, argumentando que se los había dictado Satán y no Gabriel.

Del Paso argumenta que la misoginia que aparece en el Antiguo y el Nuevo Testamento es llevada aún más lejos en el Corán, en el cual se deja muy claro que la posición de la mujer es y será siempre inferior a la del hombre, aclara que si bien la cliterectomía no aparece en el Corán, a finales del siglo pasado el catedrático conservador egipcio Gad-al-haq emitió una fatwa, en la que dice que esta costumbre forma parte del cuerpo legal del Islam.

Repasa la condición actual de la mujer en los países musulmanes, incluyendo las diferencias existentes, los logros y las recesiones y pasos hacia atrás, en algunos casos. Su siguiente tema es la yihad como deber, en relación con la cual señala que a pesar del texto de la asora (“nada de violencia en la religión”), la conducta de Mahoma durante su vida y lo que se relata en otras asoras se contradice y hace del Islam una religión completamente beligerante, sobre todo contra los “infieles”. Dedica varias páginas a la opinión de algunos destacados orientalistas contemporáneos sobre la yihad, por ejemplo, Paul Roux quien afirma que no menos de 250 versos exaltan la guerra santa (p. 629).

Dirige después su pluma a lo que dice el Corán sobre el premio y castigo después de la muerte, de acuerdo con la conducta que se tuvo en la tierra, describiendo los tormentos de los que van al infierno, y al paraíso al que van los guerreros donde las huríes, eternamente vírgenes, los esperan. Asimismo habla del Juicio Final, citando diversas asuras que describen cómo aparecerán los hombres salidos de su tumba el día de la resurrección, cuando en el último juicio todas las creaturas que Dios creó, incluyendo los animales, comparecerán ante él.

La tercera y última sección, denominada “Los versículos satánicos”, la dedica al libro del mismo nombre escrito por Salman Rushdie, obra considerada mediocre por Del Paso y blasfema por los musulmanes, y sobre la cual se emitió una fatwa que lo condena a muerte. Este último hecho llevó a una amplia defensa de Rushdie, y en 1993 la editorial francesa La Découbert publicó el título Pour Rushdie, que incluía cerca de un centenar de escritos a favor de la libertad de expresión.

El capítulo y el libro termina con cuatro apéndices, a uno de los cuales llama “Otros infiernos y otros paraísos” el cual trata de las diferentes creencias entre judíos, musulmanes y cristianos respecto a los mundos más allá de la muerte, y dedica varias páginas a comparaciones del pasaje del viaje al cielo de Dante en la Divina comedia y el miraj de Mahoma, preguntándose si Dante no tuvo la oportunidad de conocer el Corán (p. 681). En este mismo apéndice no solamente habla sobre el cielo y el infierno, sino que se extiende al purgatorio cristiano y al Diablo-Satanás, incluyendo los de Milton y Papini. El segundo apéndice se llama “Brevísimo tratado de angelología”, en el que habla de la concepción de los ángeles en los tres monoteísmos. En el apéndice número tres, “Miscelánea del Islam”, relata brevemente algunas peculiaridades del Islam.

Por último, en el cuarto apéndice, “Si te sirvo Señor, por miedo al infierno, condéname al fuego, o brevísima historia del sufismo”, describe los elementos esenciales del sufismo: su historia, incluyendo las persecuciones de las que fue objeto y su difusión en la actualidad.

Este es un libro fascinante, y aun cuando el autor dice: “no es lo que quería enseñar, sino lo que quería aprender”, su lectura deja grandes enseñanzas.

Autora: Yolotl González, Dirección de Etnología y Antropología Social, INAH.

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