En la mirada del arqueólogo, una Mesoamérica ciega (entre mesoamericanistas te veas)

Para citar este artículo

“El paraíso terrenal abarca necesariamente
toda la tierra. De lo contrario, la tierra no
hubiera sido maldecida, ya que,
restringiendo el Jardín del Deleite a un
lugar determinado, todo, más allá de los
límites de ese lugar, sería lo que vemos y,
por consiguiente, no hubiera requerido
maldición. ”
León Bloy

¿Desde dónde?

Es la pregunta que emerge al tratar de iniciar un debate acerca de una noción escurridiza como la de Mesoamérica, usada y abusada por antropólogos y arqueólogos.1 Si muchos han intentado definirla explícitamente, otros la han integrado en su visión teórica y unos más buscan hacerla adecuada, completarla, perfeccionarla ¿cuál de todas las nociones es la que hay que tomar para una evaluación crítica? ¿La que piensa Sanders, la de Flannery, la original de Kirchhoff, o a ella misma y lo que implica?

Considero que un primer paso es distinguir entre la forma en que se ha usado y la lógica de su evaluación por parte de la comunidad académica arqueológica que intenta apegarse a ciertas ideas de la metodología de las ciencias duras, desde la filosofía neopositivista de habla inglesa; después, y como complemento, es importante proponer lo que implica Mesoamérica desde la crítica que las teorías de la complejidad han hecho a la vieja alianza de la ciencia y lo subyacente, tácito en su uso, manejo y enunciación. Enfoco la reflexión hacia la noción vista en el pasado prehispánico, pues resulta el fundamento duro de algunas ideas que trascienden hacia las investigaciones de lo “étnico” y del problema “étnico nacional”, tan en boga en la actualidad, que no tocaré por ser parte de una discusión política que dejo a otros discernir. Esta es la mirada de un arqueólogo que, espero, sea ilustrativa para las otras especialidades.

Quiero señalar que el punto de partida es la experiencia de investigación en un segmento de “la frontera mesoamericana” inserta en la transgresión de romper con la búsqueda del origen de la etnicidad para intentar comprender de manera distinta el pasado prehispánico, ante el hecho de considerar que muchas posiciones teóricas, tan caras a la arqueología mexicana, no son más que uno de los tantos componentes del cinturón protector del núcleo tenaz de la historia cultural.2 Como neófito en el tema (no soy ni he pretendido ser “mesoamericanista”), después de revisar algunos textos, comprendo que la reflexión rebasa los ámbitos de un artículo, las aristas son muchas y éstas que tomo son sólo algunas que pueden motivar a la reflexión, lo que resulta evidente es que un concepto teórico no se debate a partir de la información “fáctica”, como esperarían los arqueólogos empiristas, pues se cae en el círculo vicioso de la tautología: nunca los datos observados y generados desde el enunciado teórico han servido para discutir la validez del mismo enunciado teórico, es necesaria una metodología distinta.

Mesoamérica

Término que significa la mitad de América y que equivale al de América Media, la Middle America de la arqueología norteamericana, lleva en sí la idea de centro y su opuesto la periferia, entre lo de arriba y lo de abajo, el norte y el sur, en medio de la América que, a su vez, está entre Europa y Asia; lleva también a la ambigüedad entre historia y estructura,3 estructura y dinámica,4 territorio y cultura, uniformidad y diversidad, precisión y confusión, ciencia y nacionalismo, igualdad y desigualdad, pertenencia y exclusión, entre el todo y la nada. Esta con introducir una negación a uno de los términos de cada enunciado y queda la nada: si no hay centro, no existe la periferia.

Con todo y sus ambigüedades el concepto Mesoamérica dijo algo a cada antropólogo, pues desde que Kirchhoff la enunció –que no la definió en términos lógicos– su aceptación fue incondicional y así ha sido desde hace casi sesenta años.5 ¿La comunidad arqueológica y antropológica del momento manejaba ya esa idea y Kirchhoff sólo propuso un nuevo término? Tal vez sí, pero la demostración supone adentrarse en una historia de la antropología –de la que Olivé ha escrito sólo algunas líneas,6 en el contexto académico y personal del autor cuando en plena guerra mundial escribió su famoso texto y en el marco general en el que las ciencias sociales, de acuerdo con la historiografía que escribió el grupo coordinado por Wallerstein, construían como innovación académica los estudios de área: se definían grandes zonas geográficas que supuestamente tenían “alguna coherencia cultural, histórica y lingüística”, donde las áreas fueron entendidas como campos de estudio y de enseñanza para múltiples investigadores y enfoques de las ciencias sociales, las humanidades y las ciencias naturales y fueron el centro de los estudios “multidisciplinarios”7

Consistente con su momento y desde una visión de la historia cultural, es decir, a partir de listas de rasgos, Kirchhoff separó los “elementos típicamente mesoamericanos”, los “comunes a Mesoamérica y a otras superáreas culturales” y los “significativos por su ausencia en Mesoamérica”,8 distribuidos en un tiempo específico, el siglo XVI. Con ello, se acotó un territorio de desarrollo de cultura y civilización, un centro, un foco, útil para el más clásico difusionismo light que caracteriza a la historia cultural.9

Lógicamente podríamos traducir esta definición de la siguiente manera:

M=df {em ec ^ ena}
Donde ^ significa la conjunción y, em serían los elementos típicamente mesoamericanos ec los elementos compartidos con otras culturas ena los elementos no mesoamericanos ausentes en Mesoamérica

Es decir, Mesoamérica es igual por definición a los elementos típicos de ella más los elementos comunes con otras áreas, más los elementos significativos por su ausencia.

No resulta extraordinario que los antropólogos y los arqueólogos particularistas históricos, o los afiliados a la historia cultural (culturalismo), o al difusionismo, fueran nacionales o extranjeros, aplaudieran el término, lo utilizaran a pesar de su ambigüedad, lo manejaran incansablemente para hablar de los resultados de las investigaciones que se realizaban en el territorio que acotó el concepto: era la moda intelectual que perduró hasta finales de la década de los años sesenta y permitió, en el ámbito de la antropología mexicana, crear planes de estudio, estructurar instituciones, organizar múltiples simposios y congresos.

Por ejemplo, Alfonso Caso aconsejó al joven arqueólogo mexicano:

Para ti, que eres un arqueólogo que ha estudiado en México, tu área de trabajo es Mesoamérica; es decir, fundamentalmente el centro y sur de México y el norte de la América Central […]10

Lo verdaderamente sorprendente es que todas las posiciones teóricas alternativas a ésta, en su momento o en fechas posteriores, también asumieran el concepto y lo incluyeran dentro de su propia visión del mundo, como parte de su programa de investigación.11 El propio Kirchhoff se lamentaba en el prefacio a su tercera edición:

mientras que muchos han aceptado el concepto “Mesoamérica”, ninguno, que yo sepa, lo ha hecho objeto de una crítica constructiva o lo ha aplicado o desarrollado sistemáticamente.12

Aunque cierto, realmente es difícil de interpretar este lamento kirchhoffiano. Tal vez tenga que ver con que nadie, desde la perspectiva del particularismo histórico, lo hubiera aplicado sistemáticamente, mientras que de forma irreflexiva y acrítica fue retomado por investigadores de su misma posición y de otras posturas teóricas. A partir de los años cincuenta, el concepto se popularizó en visiones ajenas a la teoría de la que emergió. Al menos en un recuento a “ojo de pájaro” y no exhaustivo de la bibliografía, ya en 1951 Pedro Armillas lo había vinculado con el de formaciones económico sociales del marxismo;13 en 1958, Willey y Phillips14 lo usaron indistintamente con Middle America y propusieron las bases de una periodificación desde la perspectiva de la historia cultural; Julio Cesar Olivé,15 como él mismo reconoce, intentó darle profundidad histórica al asociar sus orígenes con la revolución urbana, desde una visón neoevolucionista childeana. Después, en 1968, con una herencia que proviene de Armillas, Leslie White, Wittfogel, Sahlins y Service y como variante del neoevolucionismo cercana a la ecología cultural, Sanders y Price contribuyeron a la búsqueda de la “dinámica” mesoamericana, limitada al territorio definido por Kirchhoff.16 En los últimos veinte años, Mesoamérica fue utilizada por la arqueología sistémica de Flannery17 y por estudios también neoevolucionistas, herederos de White, pero con una visión biologicista y no teleológica como la de Blanton, Kowalewski, Feinman y Appel en 1981.18 Por supuesto, desde Armillas, la arqueología de filiación marxista ha hecho uso del término sin una reflexión crítica y ahí se encuentran Olivé19 y los ocasionales “estudios de caso” de la arqueología social latinoamericana.20

Todavía es más sorprendente el lamento kirchhoffiano, pues ya para la fecha de la tercera edición el término se había hecho común a una buena cantidad de antropólogos e historiadores de diferentes perspectivas, aunque, efectivamente, nunca hubo una reflexión crítica. Sin embargo, no deja de desconcertar el hecho de que una definición formulada desde la sinonimia del definiendum con el definiens,21 no hubiera sido debatida sino hasta años después, pero siempre con la intensión de “perfeccionarla”: las discusiones se realizaron a partir del reto de la redefinición, de agregar evidencia empírica a favor, pero nunca una reconstrucción racional (en términos hempelianos),22 ni de postular que la noción pudiera ser dejada atrás, falsable, junto con lo que esto implica.

Los rasgos típicamente mesoamericanos, por ejemplo, son iguales por definición a una larga y desigual lista de rasgos que dificultan retomarlos para reducir las limitaciones, ambigüedades, inconsistencias y aumentar la claridad y la precisión del significado:

Etm = df {c ^ ch ^ cch ^ cm ^ cc ^ mm ^ bb ^ b ^ po ^ ep ^ tc ^ pc ^ m ^ i ^ e ^ t ^ s ^ v ^ p ^ pe ^ jp ^ ej ^ sn ^ lp ^ ah ^ a18 ^ c20 ^ c52 ^ ff ^ db ^ pll ^ urp ^ sc ^ sh ^ au ^ jv ^ 13 ^ usd ^ um ^ ba ^ me ^ mes ^ om ^ gv}23

Y de manera simplificada:

Etm=df{C ^ ch^cm…gv}

¿Cómo contrastar empíricamente esta definición? ¿Cómo deducir implicaciones bajo la forma p-q? Si Coa es el antecedente ¿cuál es el consecuente? Si elementos típicamente mesoamericanos ¿entonces qué? Al agregar los rasgos compartidos y los rasgos significativos por su ausencia,24 es notorio que no establece las condiciones que a la vez son necesarias y suficientes para que x cultura perteneciera, sin ambigüedad, al ámbito mesoamericano, ni la posibilidad de realizar una reconstrucción racional de los términos, en especial porque Kirchhoff hace la advertencia: “de que al mencionar un elemento para determinada superárea no implica que se encuentre en todas las áreas que la componen”,25 es decir no es una condición necesaria.

Ajenos a este problema, todas las perspectivas y todos los investigadores han asumido que definió una “realidad”, como en el caso de Anne Chapman.26 Cito, por ejemplo a Olivé:

La idea de Mesoamérica puede mantenerse como una realidad objetiva con independencia de la metodología de la distribución de rasgos culturales; tiene semejanza con los conceptos de Mesopotamia o de Egipto, con una connotación geográfica a la vez que cultural; nos refiere a una región determinada de la Tierra y a un tiempo en que nació y se desenvolvió una tradición civilizada específica, con rasgos inconfundibles, que podríamos entender con Toynbee o Spengler, como fenómenos únicos, irreductibles a una explicación científica.27

Todas las teorías han dado por cierto el corte mesoamericano como el de una realidad objetiva de forma tal que Mesoamérica es, desde esa perspectiva, un enunciado existencial, una realidad real, es el ser, el concreto real y no un enunciado teórico o básico. Es como si la distinción hecha desde la perspectiva del difusionismo delimitara la marca de lo real, la realidad de primer orden. Pero, ¿qué distinguió? La forma de ver su contenido ha sido diversa: modos de producción, espacios de intercambio, rasgos culturales […] cada visión del mundo ha compartido ese fundamento que más allá de la ambigüedad de la definición original los ha llevado a ver a Mesoamérica como la culminación de un proceso “civilizatorio” en un “escenario geográfico”: primero se hizo la distinción desde el difusionismo y después, desde las perspectivas más disímbolas, se trató de explicar lo que se encuentra al interior. Estas son las consecuencias de un enunciado existencial que pareciera no tener carga teórica.

El fundamento

De cada una de las más diversas posiciones teóricas parece radicar en el difusionismo light o en la extraña transmutación de sus enunciados hacia la noción de Mesoamérica que, a la vez, se transforma en una manera de ver la “realidad” como lo mesoamericano y así le otorga un estatus de existencia. En ese sentido, es cierto que el difusionismo, a través del mesoamericanismo, es el núcleo duro que convierte en cinturón protector los términos de otras teorías para construir un crecimiento por agregación:28 todo puede ser inclusivo pues la base es irrebatible, es la misma realidad.

Mesoamérica emergió del difusionismo para transformarse en la mirada de la realidad y, por ello, se hizo crucial para el crecimiento de la historia cultural; además, fue asumido por las visiones más opuestas, justamente porque se trastocó en un enunciado existencial: es independientemente de la conciencia subjetiva. De no considerarse un enunciado existencial, la arqueología y la antropología se habrían visto obligados a reflexionar sobre un problema que introdujo Kuhn, el de la traducibilidad de los enunciados o el de su inconmensurabilidad y a tener que tomar decisiones al respecto. Es de todos sabido que en la perspectiva del primer Kuhn29 los términos eran inconmensurables; sin embargo, el segundo Kuhn hablaba de enunciados teóricos traducibles a otros paradigmas.30 El problema con el término Mesoamérica, como el de otros utilizados por la antropología, radica no sólo en la ambigüedad de su definición, sino sobre todo en la de su uso: se maneja ad hoc, a veces como enunciado ontológico, a veces como enunciado teórico. De cualquier manera, en ambos casos resulta insuficiente su enunciación para ser incorporado a otras visiones del mundo.

Se podría suponer que la relación es inversa, que el núcleo duro del marxismo o de alguna variante del neoevolucionismo puede ser capaz de utilizar el fundamento mesoamericanístico para la demostración de sus explicaciones. Pero esto no es más que, o bien, asumir la dureza del dato independientemente de la teoría que lo propone y, por lo tanto, construir “explicaciones” sobre evidencias y nociones construidos por otras teorías y asumir que la historia cultural aportaría los más duros, o caer en una paradoja: Mesoamérica es real, independientemente de la aproximación teórica que le dio origen y es, a la vez, una noción teórica construida desde cierta forma de ver la realidad. Obviamente, la forma de romper la paradoja es salirse de ella.

La misma ambigüedad original del término, las reinterpretaciones que le han hecho desde las más diversas teorías, su uso y abuso, nunca han derivado hacia un aspecto crucial, de máxima importancia desde los fundamentos filosóficos y epistemológicos que están vinculados ¿cómo contrastar, buscar la demostración de falsedad, evaluar o corroborar a Mesoamérica? Y esto es así porque en cada acto de observación arqueológica se cree “verificar” la Mesoamérica antigua, se cree que se establecen sus límites o sus divisiones en áreas culturales mediante la definición de “regiones simbióticas”, “modos de vida” o redes de intercambio, o bien, se proponen secuencias locales o regionales de desarrollo y se “fasea” (extraño verbo que significa definir fases cerámicas que se implantan en síntesis locales, llamadas cronologías relativas, que se integran en el gran cuadro de la cronología mesoamericana) para cumplir así con una de las metas cruciales de la historia cultural, la periodificación.

Sin embargo, desde la misma lógica que da fundamento al quehacer de la investigación arqueológica tradicional cabe introducir una duda adicional: ¿Mesoamérica es un enunciado básico, teórico o universal? Si es teórico, es importante destacar las diferencias existentes entre las implicaciones de una teoría, lo que ella implica y lo que la comprueba.31 Y ya que en la filosofía de la ciencia actual y en la discusión sobre el progreso científico, este problema es crucial, valdría la pena reparar si se ha preguntado, dentro de la perspectiva positivista del mesoamericanista, si lo exitoso del enunciado se refiere a la acumulación de las implicaciones teóricas y/o a la explicación que la teoría ha dado, o a la confirmación de la teoría.32 Nalda dice al respecto: “Quizá la mayor restricción que heredamos de la aceptación de la noción de Mesoamérica, y lo que eso representa, no sea lo que se hizo y hace, sino lo que deja de plantearse”.33

Como enunciado básico, en cuanto a escenario geográfico, ha sido incontrastable por la vía de los hechos; a lo más que se ha llegado es a propuestas identificatorias en cuanto a sus fronteras y sus pertenencias o no pertenencias, pero nunca se ha presentado, por imposible, una lógica de contrastación. Mesoamérica se corrobora e identifica con la tortilla, las navajas prismáticas, el juego de pelota, Tláloc, las sociedades complejas o clasistas iniciales, la mexicanidad, el nacionalismo, el México profundo o con cualquiera de los rasgos culturales ad hoc que propuso Kirchhoff y que se siguen manejando por los arqueólogos, con una carga teórica que no se ha reconocido hasta ahora. Para los mesoamericanistas la “evidencia” siempre ha “apoyado” la teoría sobre Mesoamérica, por lo que en realidad, para la arqueología mexicana la contrastación no ha sido ninguna confrontación entre la teoría y el universo prehispánico que estudiamos, sino más bien una exploración mutua entre Mesoamérica y la evidencia que la apoya como esquema conceptual, eso ocurre con la definición de fases cerámicas y la construcción de tipologías. La misma ambigüedad del término la aleja del planteamiento de la lógica bivalente, donde sólo existen dos valores de verdad y de pertenencia: o es verdadero, o es falso; o se pertenece o no se pertenece.34 Mesoamérica o bien es un enunciado verdadero o es falso; o bien, sin lugar a dudas, x cultura es o no es mesoamericana.

Esto nos introduce en otra paradoja, la que permite entender por qué todo corrobora a Mesoamérica y que ejemplificaré con el clásico enunciado “todos los cuervos son negros”. Una implicación lógica significa decir “cualquier cosa o es negro o no es cuervo”, de donde la observación de un zapato blanco confirma el enunciado “todos los cuervos son negros”.35 Los arqueólogos actúan en su praxis mesoamericanista en esa paradoja que confunde lo que la teoría explica, lo que implica y lo que la corrobora. Puede, al respecto sustituirse ese silogismo por el enunciado de un arqueólogo que dijo alguna vez “Mesoamérica es la navajilla prismática” o la serie finita de rasgos propuestos en la definición: la observación de una momia egipcia confirma el enunciado (no es uno de los rasgos culturales mesoamericano, no es Mesoamérica, por lo tanto Mesoamérica se corrobora). Y es paradójico porque se fundamenta en la inducción que confirma sus enunciados mediante instancias: cada rasgo cultural mesoamericano observado en Mesoamérica la ratifica y aumenta el grado de confirmación, mientras que el enunciado “Mesoamérica es un conjunto finito (x) de rasgos culturales” es lógicamente equivalente, es decir tiene el mismo valor de verdad que “xc o el conjunto complemento de x, no es Mesoamérica”: una instancia que confirma a uno confirma al otro.36

Al ser incontrastable también como enunciado básico, es fácil suponer que una comunidad científica que actúa de forma consensuada ha decidido hacerlo irrefutable por principio: esta definición posee los recursos para protegerse del resultado de cualquier tipo de prueba, en especial de las pruebas de contrastación que han sido sancionadas por la arqueología y que se caracterizan por ser sistemáticamente ambiguas. Su inmunidad a la contrastación la adscribe a un núcleo duro del difusionismo y, como todo núcleo tenaz en la propuesta lakatosiana,37 se debe tratar como un supuesto metafísico en tanto la comunidad académica ha decidido no someterlo a contrastación.

La paradoja se polariza en sus extremos: Mesoamérica es la realidad misma, o es un enunciado metafísico: desde las dos perspectivas, es imposible suponer su contrastación o corroboración. La decisión de usarlo va más allá del criterio de racionalidad científica y nos lleva hacia la historia externa del programa de investigación. ¿Acaso es un juicio prudencial, de sentido común y obedece a criterios ajenos a la normatividad científica? Tal vez otro tipo de racionalidad esté fundamentando su manejo y esa racionalidad distinta que difiere de la normatividad marcada por la ciencia como único conocimiento posible, tiene que ser explorada por los mesoamericanistas.

Mesoamérica, atrincherada como forma de la mirada hacia la historia y hacia la evidencia ha creado sus propios puntos ciegos: ha impedido ver las anomalías que se gestan desde la propia praxis de la investigación arqueológica. ¿Cómo podrían verse si no se reconoce que la observación (piedra angular del empirismo) está cargada de presupuestos teóricos? Los mesoamericanistas construyen su propia evidencia a favor de Mesoamérica, sin el propósito explícito de agotar y probar sus posibilidades de explicación y corroboración.

Todas las teorías conducen a Mesoamérica, parece ser el dictum de esta arqueología que nunca se ha dado la oportunidad de suponerla falsa o, como bien dijo Nalda:

La arqueología mexicana nunca se había entregado de esta forma a una idea: Kirchhoff se confundió con la totalidad de la arqueología. Nuestros arqueólogos encontraron justificación a su trabajo y a las decisiones particulares que tomaban. Si lo que se necesitaba era la acumulación y clasificación de datos que permitieran una mejor definición de áreas y subáreas, entonces era posible, por ejemplo, excavar en cualquier lugar: el argumento de que no se sabía nada o se conocía poco de un sitio o región, fundamentaba toda selección, pues todos los sitios arqueológicos tienen esa peculiaridad.38

Y es que la misma ambigüedad, al describir a la vez un territorio y un conjunto de procesos, ha sido asumida por posiciones teóricas divergentes al difusionismo: Mesoamérica puede ser el foco cultural de la civilización, o de los “cultivadores superiores”39 (con todo lo que los términos connotan en cuanto a una visión del mundo que le subyace) pero esto puede traducirse, sin muchas complicaciones, en un modo de producción (clasista inicial, asiático, o esclavista, como se le quiera definir desde las diferentes visiones del marxismo, por ejemplo), con todo lo que implica desde el punto de vista de su equivalencia, o en cualquier conjunto de supuestos que se hagan análogos o sinónimos de civilización: el resultado es que no existe en la arqueología mexicana la posibilidad de discernimiento entre propuestas teóricas que constituyan cierto nivel de incompatibilidad y que deriven en dos o más conjuntos de teorías entre las que debemos decidir: todas hablan de lo mismo y se construyen desde los datos duros de la historia cultural.

Como la serpiente que se muerde la cola, Mesoamérica es una noción cerrada. La carga teórica del concepto es tan fuerte que en la perspectiva de la arqueología mexicana se han asumido un conjunto de supuestos sobre él que la han hecho ver como la realidad misma o han generado una ausencia de crítica. Con ello, la arqueología se ha comprometido con los supuestos de

la vieja alianza de la ciencia

desglosados de manera puntual por Prigogine y Stengers,40 en ese texto cargado de crítica hacia los compromisos de la actividad científica derivada de las consecuencias filosóficas de las ciencias duras.

Poco visibles, funcionando como punto de referencia cardinal, los fundamentos mesoamericanísticos se manifiestan en una pérdida de la creatividad en hacer la historia, en la imposibilidad de construir caminos propios, complejos, diversos. Mesoamérica es un término que acota y crea una distinción donde lo interno es uniforme. Así lo propuso Kirchhoff en su origen:

Todo esto demuestra la realidad de Mesoamérica como una región cuyos habitantes, tanto los integrantes muy antiguos, como los relativamente recientes, se vieron unidos por una historia común que los enfrentó como un conjunto a otras tribus del Continente.41

Desde otras perspectivas, este enunciado de lo uniforme se ha mantenido constante. Chapman señaló muy recientemente que “pese a sus diferentes trayectorias, las culturas o grupos mesoamericanos muestran una identidad común”.42

Sanders y Price afirmaron, desde otro lado de las teorías, que

El área es de enorme variabilidad geográfica. En el momento de la Conquista estuvo ocupada por un gran número de grupos étnicos y lingüísticos y manifestaban un fuerte regionalismo en sus características culturales; pero, a pesar de la diversidad, todos los grupos componentes participaron de una gran tradición singular. Considerada en un sentido estrictamente sincrónico, este fenómeno constituye un área cultural. Diacrónicamente, usaremos el término “co-tradición”.43

Es extraño suponer que grupos étnicos distintos tuvieran una historia común a sabiendas de que se trataba de grupos lingüísticos distintos que enfrentaron una enorme variabilidad geográfica: a pesar de todo, en algún momento, se engancharon mutua y recíprocamente para avanzar, vista así la lectura del pasado mesoamericano, hacia la civilización, el estado o las clases sociales y, difícilmente se desvincularon de su mutua reciprocidad o de sus “simbiosis”, por usar un término alternativo.44

¿Dónde, en qué momento ocurrió ese enganche fundamental? Muchos soslayan la respuesta, pero de abundantes maneras se refieren, necesariamente a los orígenes. ¿Cuáles? Olivé nos propuso una respuesta:

Según esta obra [se refiere a su Estructura y dinámica de Mesoamérica], Mesoamérica se iniciaba con la revolución urbana y era posible que hubiera existido anteriormente otra gran cotradición cultural que hubiera vinculado a México y Centroamérica con los Andes centrales: América Nuclear. La primera gran cotradición americana correspondía a las culturas de los cazadores nómadas y en la terminología de los arqueólogos norteamericanos podría llamarse Paleoamérica. Así, Mesoamérica surgía como contradicción cultural con la revolución neolítica y propiamente se desenvolvía en la etapa que corresponde a la civilización, con una connotación precisa.45

Páginas más adelante aclara y ubica con precisión:

No es pertinente introducir aquí el dato que ahora conocemos y que hace 40 años apenas comenzaba a plantearse, de la cultura olmeca que aún es un enigma en cuanto a sus orígenes, pero que indudablemente inició la civilización que llamamos Mesoamérica, en su sentido específico.46

Para unos, revolución neolítica, para otros, revolución urbana o quizá sociedad clasista inicial, origen del estado, de las ciudades o de la agricultura. Todos enfocan su atención a los orígenes, como lo hace la física determinista en su enfoque a las condiciones iniciales del universo, el big bang;47 como lo hizo la física newtoniana en su búsqueda, o bien de las situaciones de inicio como contenedoras potenciales del desarrollo invariante del futuro del sistema, claramente determinado por leyes, o bien del conocimiento del estado momentáneo que permite la explicación, la predicción y la retrodicción por medio de leyes que no distinguen el pasado y el futuro, pues son simétricos.

Pareciera ser que cada historia local es una variante, también local, sin distinción del tiempo y del espacio, de las situaciones predeterminadas en las condiciones iniciales de Mesoamérica; que conociendo el estado momentáneo, por ejemplo la Mesoamérica del siglo XVI, es factible trasladarse hacia la comprensión de cualquier momento de su pasado y de su futuro e, incluso, alcanzar sus condiciones iniciales y finales: cada momento contiene toda la historia anterior y toda la posterior.

Anne Chapman lo dice así:

el modelo debe empezar con la secuencia a partir del siglo XVI y abarcar épocas anteriores como ya lo han propuesto muchos investigadores, tocando temas de interés especial, entonces cualquiera de las secuencias puede referirse al pasado anterior o posterior a su época. Es decir, aunque las diferentes secuencias estarían necesariamente situadas en un tiempo delimitado, ellas deberían ofrecer una cierta apertura hacia el pasado y hacia el futuro.48

Se piensa entonces que Mesoamérica puede definirse como un sistema determinista, que no “olvida” sus condiciones iniciales, con una memoria absoluta de su origen y su pasado que lo obliga a conducirse en el futuro dependiendo de esa memoria, a pesar de singularidades tales como los llamados colapsos, la conquista, las políticas agrarias, etcétera. Se trata, así, de un sistema uniforme, invariante, monótono, carente de creatividad, en perfecto equilibrio estructural, donde el maravillarse de la Mesoamérica prehispánica no es ajeno al principio antrópico ligero que señala Hawkin respecto al universo: “vemos el universo en la forma que es porque nosotros existimos”.49 Es un lugar de la mirada que se maravilla de la riqueza y la creatividad, tratando de encontrar en ella, incesantemente, la uniformidad y la monotonía subyacente.

Para otras circunstancias, otros autores han pretendido el establecimiento de estas leyes simétricas y reversibles en el tiempo para explicar la asimetría y la irreversibilidad del tiempo:

si se parte de una teoría en que la explicación de la historia es una de las precondiciones de la modificación del presente y la predicción del futuro, se entenderá que muchos procesos sociales que transcurren hoy en día tienen una profundidad histórica que nos remonta a etapas para las que sólo se cuenta con documentación arqueológica. Tal es el caso, por ejemplo, del origen de las clases sociales y el estado como órgano de control de los conflictos de clase.50

Estas ideas, así de crudamente planteadas, tienen un impacto en la visión patrimonialista: si pierde esa evidencia arqueológica, se pierde la capacidad de control para el futuro mesoamericano.

La perspectiva de Mesoamérica se ha resuelto en una metodología que asume que esa uniformidad no es tan uniforme y que, por lo tanto, es necesario acotar. La respuesta, ya desde la historia cultural kirchhoffiana, es la búsqueda de uniformidades más uniformes que se llamaron áreas culturales: “Falta, en fin [escribió Kirchhoff en el prefacio a la tercera edición] la división de esta “superárea” en áreas culturales que se distinguen no sólo por la presencia o ausencia de determinados “elementos” sino por el grado de desarrollo y complejidad que han alcanzado”.51

Se trata, a fin de cuentas, de la definición de “regiones simbióticas”, “modos de vida”, áreas variantes de la uniformidad pero necesariamente uniformes e invariantes en sí mismas y caracterizadas, también, por su estabilidad estructural. Por si fuera poco, esa uniformidad también contendría variantes locales, cada vez más locales, que se acotarían en territorios muy pequeños pero necesariamente uniformes, definidos como regiones, culturas, sociedades concretas, dependiendo de la perspectiva teórica del investigador. ¿Podríamos llegar así hasta lo infinitamente pequeño, tal vez el área de actividad o el tipo cerámico hasta descubrir que la invarianza no es más que una quimera y que por más que se busque el fundamento último, la estabilidad de fondo, nunca se va a encontrar?

Por si fuera poco, estas visiones que buscan la uniformidad en el territorio también se asocian con la búsqueda de uniformidades estructurales en el tiempo. Y, así, cumpliendo fielmente la teoría y el método de la arqueología americana que Willey y Phillips52 propusieron para la historia cultural, la geografía cultural deriva en la periodificación que conlleva una correlación de la invarianza: horizontes, periodos y fases y, de no ser así, fasetas, en la búsqueda del componente mínimo temporal de la estabilidad. El resultado es evidente: el tránsito de estabilidades estructurales hacia estabilidades estructurales en el tiempo y en el espacio. Después, no hay más que comparar las secuencias locales para lograr el gran enunciado universal. El acceso al conocimiento se basa en la tipología (recuérdese el sistema tipo variedad) y de ahí el regreso a un enunciado previo: la historia cultural crea el dato duro para las “interpretaciones” alternativas.

¿Qué implicaría

una visión distinta? En otro lado53 propusimos unas ideas que buscarían definir a Mesoamérica como un espacio n dimensional de interacciones con trayectorias entreveradas de diferentes grados de inestabilidad, donde las respuestas no serían ni lineales ni deterministas ni ciertas, pero cuyo resultado mayor sería una suerte de ciclicidad histórica global acotada por la riqueza creativa de lo local: un atractor, en términos de las teorías de la complejidad. Tal vez llamarlo la hipótesis Mesoamérica hace pensar en la historia de la arqueología mexicana, mesoamericanística y las connotaciones que tiene, lo cual es un equívoco. En alguna parte del texto destacamos la insuficiencia del término Mesoamérica como un territorio subdividido en áreas o en horizontes, fases y periodos54 y las limitaciones que derivan del vínculo estrecho con la historia cultural, fuera como núcleo tenaz o como constructor del “dato duro” de los arqueólogos.

Cualquier noción que llevara a definir un proceso lineal o multilineal que culminara con la civilización, el estado o las clases sociales, debería reflexionarse profundamente, pues los cambios, los colapsos y las alternativas de cambio responderían, como en los sistemas alejados del equilibrio, a un olvido de las condiciones iniciales y a una creatividad local y global irreversible y singular, donde, por supuesto, el pasado no es equivalente al futuro ni a un presente establecido: el sistema -y el hombre- crea su propia historia, ajena a las leyes universales y atemporales propias de los sistemas estables y deterministas.

No es aquí el lugar para destacar las consecuencias heurísticas y metodológicas de esta hipótesis que rompe con la dependencia de la historia cultural, pues difícilmente puede, desde una comparación lakatosiana, alcanzar los éxitos que ha tenido la visión mesoamericanística con más de cincuenta años de historia y que supone la idea de progreso científico asociada con la filosofía positivista de la ciencia. Más bien es importante tratar de entender en dónde estamos. Por extrañas razones, quizá vinculadas con una mirada a la historia disciplinar en la que la arqueología ha pretendido trasladarse hacia el ámbito de las ciencias duras, con una metodología rígida, datos duros, fundamentos irrebatibles, creando un piso que, paradójicamente muestra su propia debilidad, viene a colación una frase citada por Morowitz: “he visto que en el MIT tratan de humanizar a los científicos y en Harvard tratan de cientificar a los humanistas”.55

El concepto de Mesoamérica, después de una primera fase de gran utilidad para la antropología, ha alcanzado ya, en lo general, su propio límite: más que resultar el punto de partida para la creación de conocimiento, es el punto de llegada; y la respuesta de la comunidad académica para cubrir ese límite es cientificar el discurso con palabrería cientificista: estadísticas, muestreos, tipologías y variantes tipológicas que llenan la literatura arqueológica y que, de alguna manera, Carlos Navarrete criticó hace unos años, en su muy guatemalteca forma de hablar:

Deja de jugar por unos momentos con tus aparatitos. Renuncia un tanto a tus alardes de albañil intelectual grafiquero, y a la anastilosis que te llena páginas de letra muerta y todos esos nombres de fases y periodos, del in situ, y a la sabihonda localización del punto cero y tus casi filosóficas taxonomic unit y el “creo”, “supongo”, “me parece” y tanta y tanta mentira y práctica hueca y tanta falsedad.56

Mesoamérica es un fundamento, una certidumbre que ha pretendido construirse con datos definidos e inamovibles: ¿hasta cuándo va a ser razonable, desde la perspectiva empirista, considerar a Mesoamérica bien apoyada por los datos? Creo que desde la lógica y de la racionalidad que ha apelado la mesoamericanística arqueológica, el camino ya está cerrado e intuyo que desde algunas perspectivas antropológicas puede haber alternativas, menos duras y crispas. A fin de cuentas, la decisión sobre el uso del término implica supuestos que no son la “irracionalidad posmoderna”, sino otros criterios de racionalidad que incluyen elementos que van más allá de la pura-racionalidad científica. Me refiero, por ejemplo, al conocimiento phronético, el “buen sentido”, el sentido común, que son los que, a fin de cuentas permiten entender cuándo y cómo una decisión científica, cargada de componentes no–racionales, puede llevar a un cambio de paradigma, de teoría o de nociones.

Creo que una posibilidad, más allá de lo que supone la inconmensurabilidad global que plantearon originalmente Kuhn y Feyerabend,57 podría trasladarse a su segunda opinión sobre la inconmensurabilidad parcial. El término Mesoamérica puede encontrar una expresión coherente en teorías rivales pero, para ello, habría que despojarlo de la paradoja ontológica metafísica, de sus conjuntos de referentes factuales inamovibles, de su epistemología normativa, de sus códigos y reglas que pre–establecen un único camino de conocimiento.

No creo en una Mesoamérica como perspectiva para construir una investigación arqueológica mexicanista. Se trata de un prejuicio que debe ser sometido a la revisión, a la crítica y al debate, para que permita trasladarnos a la preestructura de la comprensión, constitutiva del ser, enmarcada en la tradición a la que pertenecemos. Si no hay desacuerdo no se puede iniciar este ciclo, pues no hay necesidad de interpretación.

Quiero finalizar señalando, desde el lado más radical de la apostasía, que nunca nos hemos dado la posibilidad de mirar la historia sin la noción de Mesoamérica. Algunos prescinden del término, pero esto no implica que no se encuentre tácito. Mientras no se construya esa posibilidad radical, que tal vez derive en consecuencias más allá de las que por lo pronto y apenas podemos vislumbrar, no podremos evaluar la viabilidad de leer otras historias. Esa oportunidad hay que crearla, pues es parte de los desacuerdos que pueden mover el conocimiento hacia direcciones insospechadas.

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Autor: Fernando López Aguilar, División de Posgrado/ENAH.

  1. Agradezco a los miembros del Seminario sobre Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana,, la oportunidad de debatir estas ideas; a Carlos García Mora e Ignacio Rodríguez, organizadores del simposio, y a Raymundo Mier, con quien comparto la experiencia del Seminario sobre Teorías de la Complejidad, a mis alumnos especialmente los de doctorado por haber sufrido los bocetos de estas reflexiones y Silvia Mesa, el tiempo y la dedicación para construir los argumentos filosóficos que aquí se plasman. []
  2. Fernando López Aguilar, “En sus propias palabras. Preguntas para la desconstrucción de la arqueología social latinoamericana”, en prensa. []
  3. Anne Chapman, “Mesoamérica: ¿Estructura o historia?”, en La validez teórica del concepto de Mesoamérica. XIX Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología, México, INAH (Científica, 198), 1990, pp. 21-34. []
  4. Julio César Olivé. “Estructura y dinámica de Mesoamérica”, Acta Antropológica 1, 3, época 2, 1958. []
  5. En 1943 fue la primera edición de su trabajo en Acta Americana, Vol. I, núm. 1, México. []
  6. Julio César Olivé, “El concepto arqueológico de Mesoamérica”, en La validez teórica… op. cit., pp. 3550. []
  7. Immanuel Wallerstein (coord.), abrir las ciencias sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales, México, Siglo XXI, UNAM, CIECH, 1998, pp. 40-41. []
  8. Paul Kirchhoff, “Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales”, en Suplemento de la Revista Tlaltoami 3, México, ENAH, 1967. []
  9. Y que consiste en la construcción de descripciones de la realidad a partir de olas de difusión de las ideas, la “noción acuática de la cultura”, la visión de la cultura como listados de rasgos compartidos y coparticipados, diría Lewis Binford, “Archaeological systematics and the study of cultural process”, Lewis Binford (ed.), An Archaeological Perspective, Nueva York, Seminar press, Pp. 195-207. []
  10. Alfonso Caso, A un joven arqueólogo mexicano, México, empresas editoriales (colección de los Mensajes), 1968, p. 11. []
  11. Uso aquí esta noción como la propone Lakatos en Imre Lakatos, “La Falsación y los programas de investigación científica”, en Lakatos y Mousgrave (eds.), La crítica y el desarrollo del conocimiento, Barcelona, Grijalbo, 1975. []
  12. Paul Kirchhoff, op.cit. []
  13. Pedro Armillas, “Tecnología y formaciones socioeconómicas y la religión en Mesomerica”, Selected Parpers of XXIX International Congress of Americanists, Chicago, The University of Chicago, Pres, 1951. []
  14. Gordon R. Willey y Phillips, Method and Theory in American Archaeology, Chicago, The University of Chicago Press, 1958. []
  15. Julio César Olivé, op.cit., 1958. []
  16. William T. Sanders y Barbara J. Price, Mesoamérica. The Evolution of a Civilization, Nueva York, Random House, 1968. []
  17. Kent V. Flannery, Early Mesoamerican Village, Nueva York, Studies in Archaeology, Academic Press, 1976. []
  18. Richard E. Blanton, Setphen A. Kowalewski, Gary Feinman y Jill Appel, Ancient Mesoamerica. A. Comparison of Change in Three Regions, Nueva York, Cambridge University Press, New Studies in Archaeology, 1990. []
  19. Julio César Olivé, op.cit., 1990. []
  20. Griselda Sarmiento, Las primeras sociedades jerárquicas, México, INAH (Científica, 246), 1992, pp. 64 et ss. Véase también Mario Sanoja, Los hombres de las yucas y el maíz. Un ensayo sobre el origen y desarrollo de los sistemas agrarios en el Nuevo Mundo, Caracas, Monte Ávila Editores, 1981. []
  21. A fuerza de aplicar la lógica, lo único que hizo fue construir una definición analítica, aquella que diría que x es igual por definición a y: Mesoamérica, es igual por definición al agregado de rasgos culturales que ennumeró Kirchhoff para definirla, por lo que su valor de verdad es por sinonimia entre el definiendum y el definiens. Fernando López Aguilar, Elementos para una construcción teórica en arqueología, México, INAH (Científica, 191) 1990, p. 55. []
  22. Es decir, permitirnos reformular en forma precisa lo que es expresado por el significado de esos términos y desarrollar sistemas teóricos firmes. Carl Hempel, Fundamentals of Concept Formation in Empirical Science, Vol. II, 7, Chicago, The University of Chicago Press, Int. Encyc. Of Unified Science, 1952, p. 1-11. []
  23. “Bastón plantador de cierta forma (coa) [c]; construcción de huertas ganando terreno a los lagos (chinampas) [ch]; cultivo de chía y su uso para bebida y para aceite de dar lustre a pinturas [cch]; cultivo de maguey y para aguamiel, arrope, pulque y papel [cm]; cultivo de cacao [cc]; molienda de maíz cocido con ceniza o cal [mm]. “Balas de barro para cerbatanas [bb], bezotes y otras chucherías de barro [b]; pulimento de obsidiana [po]; espejos de pirita [ep]; tubos de cobre para horadar piedras [tc]; uso de pelo de conejo para decorar tejidos [pc]; espadas de palo con hosjas de pederna y obsidiana en los bordes (macáhuitl) [m]; corceletes estofados de algodón (ichcahuipilli) M escudos con 2 manijas [e]. “Turbantes [t]; sandalias con talones [s]; vestidos completos de una pieza para guerreros [v]. “Pirámides escalonadas [p]; pisos de estuco [pe]; patios con anillos para el juego de pelota [pe]. “Escritura jeroglífica [ej]; signos para números y valor relativo de éstos según la posición [sn]; libros plegados estilo biombo [lp]; anales históricos y mapas [ah]. “Año de 18 meses de 20 días, más 5 días adicionales [a18]; combinación de 20 signos y 13 números para formar un periodo de 260 días [c20]; combinación de los 2 periodos anteriores para formar un ciclo de 52 años [c52]; fiestas al final de ciertos periodos [ff]; días de buen o mal agüero [db]; personas llamadas según el día de su nacimiento [pll].”Uso ritual de papel y hule [urp]; sacrificio de codornices [sc]; ciertas formas de sacrificio humano (quemar hombres vivos, bailar usando como vestido la piel de la víctima) [sh]; ciertas formas de autosacrificio (sacarse sangre de la lengua, orejas, piernas, órganos sexuales) [au]; juego del volador [jv]; 13 como número ritual [13]; una serie de deidades (Tláloc, por ejemplo) [usd]; concepto de varios ultramundos y de un viaje difícil a ellos [um]; beber el agua en que se lavó al pariente muerto [ba]. “Mercados especializados o subdivididos según especialidades [me]; mercaderes que son a la vez espías [mes]; órdenes militares (caballeros, águilas y tigres) [om]; guerras para conseguir víctimas que sacrificar [gv].” Paul Kirchhoff, op.cit., pp. 8-9. []
  24. Cf. Paul Kirchhoff, op. cit., pp. 9-13. []
  25. Ibidem, p. 9. []
  26. Anne Chapman, “¿Historia o estructura? A propósito de Mesoamérica”, en Antropología. Boletín Oficial del INAH, núm. 19, segunda época, 1976, p. 36. []
  27. Julio César Olivé, op. cit., 1990, p. 46. [Cursivas del autor.] []
  28. Luis Vázquez, El leviatán arqueológico. Antropología de una tradición científica en México, Leiden, CNWS, 1996. []
  29. Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE (Breviarios, 213), 1993. []
  30. Thomas S. Kuhn, La tensión esencial, México, FCE-CNCA, 1986. []
  31. Larry Laudan, El progreso y sus problemas, Editorial Encuentro, 1986. []
  32. Ibid. []
  33. Enrique Nalda, “¿Qué es lo que define Mesoamérica?”, en La validez teórica…, op.cit., p.8. []
  34. Véase, por ejemplo, Alfredo Deaño, Introducción a la lógica formal, Madrid, Alianza Editorial, 1993. []
  35. Larry Laudan, La ciencia y el relativismo, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 82. []
  36. Nicholas Falletta, Paradojas y juegos. Ilustraciones, acertijos y problemas imposibles, Barcelona, Editorial Gedisa, 1998, pp. 141 -146. []
  37. Imre Lakatos, op. cit. []
  38. Ibidem, p. 17. []
  39. Componente fundamental de la distinción de Paul Kirchhoff, op.cit., p. 2. []
  40. Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia, Barcelona, Alianza Universidad, 1990. []
  41. Paul Kirchhoff, op. cit., p. 4 [Cursivas del autor.] []
  42. Anne Chapman, op. cit., 1990, p.23. [Cursivas del autor.]. []
  43. William T. Sanders y Barbara J. Price, op. cit., pp. 16-17. [Cursivas del autor.]. []
  44. Ken V. Flannery, op. cit., p.1. []
  45. Julio César Olivé, op. cit., 1990, p. 37. []
  46. Ibid., p. 42. []
  47. Stephen Hawking, Historia del tiempo. Del big-bag a los agujeros negros, Grijalbo, Editorial Crítica, 1998. []
  48. Anne Chapman, op. cit., 1990, p.23. []
  49. Stephen Hawking, op. cit., 1988, p. 166. []
  50. Manuel Gándara, “El análisis de las posiciones teóricas: aplicaciones a la arqueología social”, en Boletín de Antropología Americana 27, de julio de 1993 (fecha de edición, 1996), p. 13. [Cursivas del autor.]. []
  51. Paul Kirchhoff, op. cit. []
  52. Gordon R. Willey y Philip Phillips, op. cit. []
  53. Fernando López Aguilar y Guillermo Bali, “Mesoamérica. Una visión desde la teoría de la complejidad”, en Ludus Vitalis, III, 5, 1995, pp. 83-102. []
  54. Ibid. p. 92. []
  55. Harold J. Morowitz, La termodinámica de la pizza. Ciencia y vida cotidiana, Barcelona, Editorial Gedisa, 1995, p. 89. []
  56. Carlos Navarrete, “Somos ágrafos de acción y mente”, en 50 años. Memoria de la ENAH, México, INAH, 1993, p. 92. []
  57. Paul K. Feyerabend, Contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento, Ariel Quincenal 85, Barcelona, Editorial Ariel, 1975. []

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