Introducción (volumen 35)

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Varias décadas atrás, Pierre Chaunu, sorprendido por la profusa bibliografía referida a la independencia americana, se preguntaba sobre las razones de tanto interés y alertaba acerca de su significación.1 Por los mismos años la influencia de la escuela de Annales y de la historia económica social marxista rescató temas y problemas del periodo colonial cuyo estudio fructificó en conocimientos suficientemente sólidos sobre la sociedad y la economía, en particular de los centros del poder español en América: Nueva España y el Perú.2

A pocos años de cumplirse el bicentenario del inicio de la lucha por la independencia, el interés por ese periodo tan traumático y complejo se ha reavivado entre los historiadores argentinos, luego de muchos años en los que su estudio sólo se sostuvo en la Academia Nacional de la Historia. Este reverdecer historiográfico, compartido por historiadores americanos y europeos, formula preguntas que inevitablemente en el contexto de la llamada “globalización” se imponen ante Estados nacionales que comienzan a observarse como lo que son, organizaciones políticas territoriales producidas en el tiempo y de ninguna manera estáticas e inmutables. Así, de algún modo, los historiadores actuales se encuentran en idéntica encrucijada que los historiadores de fines del siglo XIX y principios del XX. Al igual que a ellos, la crisis del orden colonial, la violencia generada por la guerra y el conflicto político vuelve a plantearles interrogantes acerca del proceso de construcción de los Estados nacionales en América Latina. Los procesos de descolonización, entre los cuales la independencia americana es pionera, constituyen indudablemente uno de los temas más interesantes y sensibles, tanto al poder político como a la identidad colectiva nacional.

Estos interrogantes, al igual que sus respuestas posibles, están signados por las preocupaciones que recorren a la sociedad a la cual pertenece el historiador y por las prácticas de la disciplina histórica. Los heroicos relatos relativos a la independencia fueron elaborados, luego de la consolidación de los Estados nacionales a fines del siglo XIX, con base en las memorias que sobre esos acontecimientos escribieron los protagonistas.3 Esta historiografía contribuyó eficazmente a consolidar la hegemonía política y social de los sectores dominantes del “Estado moderno” en las postrimerías del Siglo XIX.4 En ella el Estado nación fue concebido como el resultado de una idea primigenia presente en todas las acciones de los sujetos políticos que actuaron en la primera mitad del siglo XIX. La anarquía, los caudillos y los conflictos entre los sectores dirigentes fueron considerados, desde esta perspectiva, como los obstáculos felizmente vencidos para consagrar la ventura de la patria, que podía entonces cumplir con su destino de grandeza.

En las últimas décadas, la historia política se ha interesado en refutar esta concepción direccional y determinista del desarrollo de la historia y se ha preocupado por demostrar que el surgimiento del Estado nación fue un proceso lento de ensayos y errores en el cual se conjugaban diferentes proyectos políticos que, en oportunidades, eran francamente opuestos. Es preciso comprender que el conflictivo periodo de la independencia iberoamericana constituyó una experiencia política y social inédita, cuyos resultados eran difíciles de predecir para sus protagonistas.5 Los Estados nacionales son el resultado de las prolongadas luchas que tuvieron por escenario a las colonias españolas en América y no la condición previa que les otorga sentido.6

Precisamente, uno de los aportes más novedosos y valiosos brindados por la historia política de las últimas décadas consiste en reflexionar acerca del uso y alcance conceptual del término “nación” y en analizar la significación del vocabulario político en el contexto de época. Las formas de representación política gestadas por la necesidad de una nueva legitimidad, el concepto de soberanía y la vinculación entre nación y territorio han ocupado un lugar central en el análisis político de las primeras décadas del Siglo XIX.7

El interés por valorar el rol de las Reformas borbónicas en el proceso de independencia, la incidencia de las ideas ilustradas y liberales procedentes de la metrópoli y de Europa, la influencia de las ideas que sustentaron la Revolución francesa y el proceso de independencia de las colonias inglesas en el norte del continente americano, la importancia de la diplomacia inglesa y los intereses comerciales en juego, todo ello comienza a estudiarse desde una mirada renovada gracias a los aportes realizados sobre la Colonia por la historia económica y social y a las contribuciones conceptuales procedentes de una remozada historia política interceptada tanto por la historia intelectual y cultural como por la antropología y la lingüística.

No todo el proceso de independencia americana es estudiado con igual intensidad y desde las mismas perspectivas analíticas e interpretativas. El análisis de los movimientos agrarios y sociales expresados en motines, revueltas y levantamientos, en ocasiones generalizados y persistentes, que tienen lugar en el contexto de cambio político y de crisis de la monarquía en España cuenta para Nueva España con valiosas contribuciones y ha ocupado un lugar importante en la agenda de investigadores latinoamericanos y de otras partes del mundo. Muchos de estos trabajos han abierto rumbos en la investigación de los movimientos sociales del siglo XIX.8 En los Andes, el estudio de los movimientos sociales se centró en las rebeliones indígenas del siglo XVIII y en particular la liderada en 1780 por Túpac Amaru. En los últimos años, las movilizaciones indígenas a fines de la Colonia, durante las guerras de independencia y a lo largo del siglo XIX han comenzado a ser analizadas desde perspectivas muy interesantes rescatando los procesos de interacción social y abordando la cultura política de los sectores subalternos de la sociedad, incluyendo en ella al campesinado indígena, así corno. a los negros y afromestizos, mestizos y blancos empobrecidos.9

El análisis del conflicto social, los levantamientos y la insurgencia revolucionaria que tendrán lugar en el contexto de la guerra librada con las huestes realistas en América del Sur ha comenzado lentamente a ocupar un lugar importante en la agenda de los historiadores. Esto supone focalizar la atención en la construcción de poder, la emergencia de liderazgos militares y políticos -procedentes no sólo de las filas de la elite sino también de la “plebe” urbana o rural- y la organización, movilización y aprovisionamiento de ejércitos regulares en una dimensión desconocida en estos territorios coloniales.

En este contexto histórico e historiográfico debemos situar los artículos seleccionados para integrar este dossier destinado a presentar los resultados de investigaciones atravesadas por problemas y preguntas que actualmente preocupan a los historiadores rioplatenses y argentinos. Todos ellos están referidos a la crisis política desencadenada por la ruptura del orden colonial y al proceso de independencia en espacios periféricos al poder español en América del Sur.

A pesar de la diversidad de enfoques, temáticas y espacios analizados, todos ellos comparten una misma preocupación: interpretar, comprender y analizar el impacto que produjo en estos territorios coloniales, y más específicamente los comprendidos por el virreinato del Río de la Plata, el desconocimiento de la soberanía de la Corona española y la consecuente construcción de un poder alternativo asentado sobre prácticas políticas basadas o generadoras de una identidad social que se sustenta en una cultura política que excede a los círculos de la elite.

El proceso político que inició las guerras llamadas de independencia en América del Sur y que culminó en 1825 con la creación de la República de Bolivia y el fin del dominio español en América tuvo su origen en 1810 con la formación de Juntas de Gobierno en Cartagena, Caracas y Buenos Aires, entre las más importantes. Sin embargo, la junta de Gobierno que destituyó al virrey Baltasar Cisneros desconociendo la autoridad del Consejo de Regencia, será la más exitosa y perdurable. Los territorios que componían el virreinato del Río de la Plata se convulsionaron rápidamente y la formación de un Ejército Auxiliar del Perú organizado por las nuevas autoridades de Buenos Aires dio origen a la militarización y a la guerra que por quince años tuvo por escenario principal a los Andes meridionales, Chile y Perú. La revolución se inició en las ciudades, sustentada ideológicamente por las elites urbanas, pero la independencia se logró gracias a la guerra y a la movilización de amplios sectores de la sociedad que, en ocasiones, con especial violencia participaron de la insurgencia y movilización militar.

Así, si el proceso de ruptura tuvo lugar en Buenos Aires, el éxito del mismo dependió del triunfo de las armas en escenarios diferentes y lejanos al del Río de la Plata, con la única excepción de la Banda Oriental, actualmente la República del Uruguay, ya que la presencia española en Montevideo hasta 1814 y la presión portuguesa durante dos décadas la convirtió en escenario de una guerra que favorecieron el encumbramiento político y militar de José de Artigas, un caudillo opositor al poder hegemónico de Buenos Aires, con enorme ascendiente sobre una población rural, que en los intersticios del conflicto bélico, hubo de reivindicar el derecho al acceso a la tierra que desde tiempos coloniales generaba conflictos y tensiones.

En el artículo “Guerras de independencia y conflictos sociales en la formación del Estado Oriental del Uruguay, 1810-1830” Ana Frega se propone estudiar el accionar de José de Artigas en esta primera década de la revolución y sus complejas relaciones con las autoridades de Buenos Aires y con los caudillos y gobernadores de las provincias del litoral argentino. Desarrolla especialmente el conflicto social y el rol de los mediadores políticos que construyeron el poder a través de alianzas políticas reveladoras de las ambigüedades ideológicas que signan el proceso político y militar que concluyó con el surgimiento del Estado Oriental del Uruguay en 1828. Tal como ella lo expresa, “El papel de los caudillos como ‘puentes’ entre grupos sociales heterogéneos, las reacciones de los grupos dominantes ante ciertas formas de movilización ‘plebeya’, y el ‘desencanto’ con lo efectivamente concretado por la revolución en ciertos grupos sociales…” habrán de constituir los temas centrales de su trabajo. Con habilidad presenta los problemas que en mayor o menor medida veremos luego analizados en los restantes artículos que componen este dossier. Uno de los más importantes, desde luego, es la preocupación de las elites revolucionarias ante la ruptura del orden social. Acuciadas por la idea hobbesiana de la sociedad, verán en el reclutamiento militar, y más aún en la movilización voluntaria, de la temida “plebe” -tanto urbana como rural- una fuente de descomposición social y un peligro concreto de muerte y destrucción.

Pero tanto el liderazgo de José de Artigas como la denominada la guerra social” que tiene lugar en la provincia oriental del Río de la Plata son analizados en relación con los conflictos que, al promediar la década de 1810, protagonizó Buenos Aires con los poderes locales de Santa Fe, Corrientes, Córdoba, los pueblos misioneros y Entre Ríos, quienes luchaban por el reconocimiento de sus derechos soberanos frente al centralismo porteño, abrazando el proyecto político de la confederación como modelo de organización institucional, proyecto éste con adherentes en Buenos Aires fuertemente vinculados con el grupo artiguista. A través del estudio de casos contextualizados de forma adecuada en los avatares políticos y militares que sacuden la región, especialmente durante el gobierno de Artigas, la autora revela las formas que adquiere una identidad política que se define necesariamente por “… una experiencia común, construida en la lucha.”

El problema de la identidad política vinculada a un territorio estará presente también en los trabajos de Nidia Areces y de Beatriz Bragoni. En “Capital político y soberanía en Paraguay: de la independencia a la conspiración de 1820”, Nidia Areces plantea el surgimiento de identidad política en el Paraguay por la oposición de los intereses económicos del Paraguay con Buenos Aires, pero también por el personalismo político encarnado en Gaspar Rodríguez de Francia quien plantea lo “extraño” como lo “exterior” y lo “despótico”, identificando este exterior tanto con los españoles como con Buenos Aires y el Brasil portugués. El proceso de construcción del Estado paraguayo, estrechamente unido al ascenso y consolidación política de Francia, nombrado “dictador perpetuo” del Paraguay en 1816, es analizado por Areces utilizando con acierto el concepto de “campo político” planteado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu.10 Su estudio sobre el poder no descuida, sin embargo, las formas de concebirlo en el contexto de la cultura y la sociedad paraguaya.

Es por ello que analiza el poder de Francia en el contexto de prácticas políticas que se legitiman por la “autoritas” que le reviste de virtudes y cualidades merecedoras del respeto y la obediencia. Los conflictos internos de la elite paraguaya y su resolución a través de la autoridad de Francia resultarán demostrativos de la importancia otorgada al “orden” social, que el dictador garantizaba. La preservación del “orden” fue posible en la medida en que Gaspar Rodríguez de Francia logró acumular capital político gracias a su habilidad para entablar alianzas, no siempre duraderas, pero rotundamente necesarias. Empeñado en preservar el sistema tradicional heredado de la Colonia, no introduce notorias modificaciones en el sistema fiscal del Estado, defiende los derechos soberanos del Paraguay ante Buenos Aires y supera felizmente una conspiración contra su vida y su gobierno en 1820. Es posible observar, a través de esta densa descripción de la sociedad paraguaya -que conjuga factores económicos, prácticas e ideas políticas, ambiciones personales, luchas facciosas y agentes externos- el accionar de Gaspar Rodríguez de Francia, cuyo mayor mérito fue interpretar la sociedad de la cual formaba parte, imponiéndole su marca personal. El protagonismo político de determinados sujetos y la importancia que adquieren los caudillos y jefes locales que lo hacen posible, muestra tanto en el análisis de Areces como en el de Frega la labilidad del poder y su precariedad, así como derroteros diferentes en la construcción de identidades políticas que se expresan por su oposición al centralismo propuesto por la revolución en Buenos Aires. Quizás no sea un dato menor, tal como lo señala Areces, que José Gervasio de Artigas, se refugie hasta su muerte en el Paraguay a pesar de que Gaspar Rodríguez de Francia rechazara, en su momento, la invitación de sumarse al proyecto artiguista.

Desde una problemática diferente, Beatriz Bragoni incursiona también en las construcciones identitarias que tienen lugar en el proceso político inaugurado por la revolución y, en el caso que ella indaga, por la guerra de independencia. Su artículo “Guerreros virtuosos, soldados a sueldo. Móviles del reclutamiento militar durante el desarrollo de la guerra de Independencia” presenta la organización del Ejército de los Andes encomendada desde Buenos Aires por el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata a José de San Martín; esto significó para la provincia de Cuyo, separado de la capitanía de Chile por la cordillera de los Andes, un enorme esfuerzo humano y económico. Un mérito evidente de Bragoni es incursionar alrededor de una figura como la de José de San Martín, venerado en la historiografía oficial argentina como el libertador de Chile y de Perú y sobre las razones de los soldados para permanecer en el ejército. San Martín era un militar formado en España que retornó al Río de la Plata en 1812. Integraba la Logia Lautaro junto a otros prominentes líderes e ideólogos de la independencia americana y contaba con importantes vinculaciones políticas y militares entre los revolucionarios de la América del Sur.

Apartándose de las imágenes canónicas de San Martín y del ejército por él organizado en Mendoza con la finalidad de atravesar la cordillera y enfrentar a las huestes realistas, primero en Chile y posteriormente en Perú, Bragoni se propone analizar ” … las dinámicas y los móviles del reclutamiento y disciplina militar del Ejército de los Andes…” que le permitirán mostrar la importancia del salario abonado a reclutas y oficiales en los costos generados para el sostenimiento del ejército y los esfuerzos -voluntarios en ocasiones y en otros producto de la coacción ejercida por San Martín sobre el vecindario de Cuyo- que fueron necesarios para obtener desde cabalgaduras hasta dinero en efectivo para abonar los sueldos de la tropa. El salario, la vestimenta y los pertrechos, a pesar de su centralidad para disciplinar a las tropas, debieron acompañarse de una hábil “negociación de la obediencia” -según plantea la autora- que flexibilizaba la aplicación de sanciones dispuestas por los reglamentos militares.

Si los conflictos generados por la indisciplina, la deserción o las contravenciones a las normativas militares dieron lugar a enfrentamientos entre los jefes militares, no fueron éstos los más importantes y significativos. Al analizar las disensiones internas que afectaron al Ejército de los Andes, una vez logrado el objetivo de vencer a los realistas en Chile en 1818, se observa la importancia que el lugar de origen de los integrantes de las tropas patriotas tuvo al momento de distribuir distinciones y premios, lo cual revela un sentimiento de identidad que supera el de pertenencia a la patria americana y se expresa a través de la presencia en el Ejército Libertador del Perú de tres pabellones “… el tricolor que identificaba a Chile, el bicolor de las Provincias Unidas del Río de la Plata y el rojo que los unía a todos, bajo el lema ‘Viva la Patria”‘ y de las tres proclamas que San Martín dirigirá oportunamente al ejército de los Andes. En definitiva, nos muestra facetas alternativas al proceso de construcción de identidades políticas que tiene lugar en la primera década de la revolución de independencia y que se encuentran en la base de la formación de los estados sudamericanos del siglo XIX.

Beatriz Bragoni se pregunta en qué medida esta identificación política, que opera en el seno de ese ejército de los Andes organizado por Buenos Aires, está relacionada con la precariedad política de las Provincias Unidas del Río de la Plata al finalizar la década de 1810. Esta pregunta carece de una respuesta sencilla. Si bien los trabajos de Raúl Fradkin y de Fabián Herrero no habrán de responderla mostrarán desde dos abordajes diferentes esa precariedad política de la dirigencia política de la ex capital del virreinato del Río de la Plata para establecer su autoridad sobre los territorios que comprendía antes de la revolución y proyectar una propuesta de organización a una comunidad política que aún no definía su territorialidad. Mientras Fabián Herrero analiza a través de un intelectual revolucionario de la talla de Bernardo Monteagudo los conflictos generados en torno a las formas de organización política sostenidas por facciones enfrentadas de la elite en Buenos Aires en un momento inicial de la revolución, Raúl Fradkin presenta a las “montoneras”, que suponen movilización militar de la población rural, en este caso de la campaña bonaerense, como una de las manifestaciones más violentas de esa descomposición política que se inició con la Revolución en mayo de 1810.

Figura relevante del movimiento revolucionario de Buenos Aires, de activa participación política, Bernardo de Monteagudo reúne sobre su obra y trayectoria una nutrida bibliografía historiográfica y literaria. Nació en Tucumán, en la jurisdicción de la intendencia de Salta y estudió en Chuquisaca, en la prestigiosa Academia Carolina. Su ardiente prédica revolucionaria y su excelente pluma le llevaron a participar de la empresa propagandística de la independencia y a reflexionar en sus escritos sobre la organización política de los pueblos emancipados. El año 1809 lo encontrará entre los mentores de la sublevación de Chuquisaca. En 1810 formó parte del Ejército Auxiliar del Perú que desde Buenos Aires y al mando de Castelli se internó en el Alto Perú para afianzar en esos territorios la adhesión a la Junta de Buenos Aires. Miembro activo de la Asamblea del Año XIII y en 1817 se incorporó al círculo de asistentes del general José de San Martín en Mendoza a quien acompañó en su campaña militar en Chile y Perú. Durante el protectorado de San Martín en Lima, fue designado primer ministro de Guerra y luego de Estado. Su itinerario político fue considerado radical por sus contemporáneos y su trágica muerte en 1825 da cuenta del temor que su prédica y acción despertaba entre quienes proponían medidas más temperadas en los proyectos de organización social.

Fabián Herrero nos presentará en el artículo “Sobre algunos temas políticos en la trayectoria de Bernardo Monteagudo, 1810-1815” las propuestas políticas que este personaje formuló en el convulsionado clima político del Río de la Plata entre 1810 y 1815. Una mirada innovadora le permitirá matizar la imagen de Monteagudo construida alrededor de los planteos ideológicos formulados en sus escritos más conocidos y estudiados. Para ello, Herrero investigará la participación de Monteagudo en el conflicto interno que eclosiona en el movimiento revolucionario de 1812, su relación con las diferentes facciones que operan en la ciudad y su compromiso intelectual con el diario El Independiente. Indaga el contexto político de Buenos Aires en los primeros cinco años de la revolución y analiza las redes políticas, en algunos casos circunstanciales, que rodean a los actores políticos del momento. Entre ellas observa la vinculación de Monteagudo con sectores artiguistas que operaban en Buenos Aires.

El meduloso e inteligente análisis que realiza Herrero del accionar de Monteagudo le permiten argumentar acerca de sus oscilantes posturas políticas. Así, le interesa señalar la propuesta implícita de federalismo que Monteagudo formuló en 1812 y sobre la cual la historia política argentina no ha prestado atención. En esos escritos insiste enfáticamente en la necesidad de declarar la independencia y de dictar una constitución, mientras plantea la organización federal tan solo tangencialmente. El motivo por el cual Monteagudo no manifiesta con claridad una propuesta federal en 1812, es a juicio de Herrero, “… una razón de prudencia política elemental. El tema debía discutirse en una próxima asamblea con la presencia de los representantes de todos los pueblos /… / la indefinición del tipo de constitución deseable responde a una cuestión elemental de construcción de poder político”.

Cuando la situación política se modifique, y el movimiento federal pierda fuerzas en Buenos Aires, Monteagudo se alejará de este proyecto de organización política. Al analizar su participación en el diario El Independiente que comenzó a editarse en Buenos Aires en 1815, Herrero sostiene que Monteagudo “… cumple el preciso rol de intermediario entre el Director y los otros miembros del gobierno”. Este rol de intermediario ubica a Monteagudo al lado de Carlos de Alvear y del Directorio instalado en Buenos Aires, quienes sostienen una propuesta política centralista. Años difíciles y convulsionados y en los cuales las alianzas políticas muestran las frágiles condiciones en que se construye el poder y donde los proyectos políticos coagulan en enfrentamientos cruentos. El entramado político e ideológico, en el cual debe inscribirse el oscilante posicionamiento de Monteagudo, es hábilmente reconstruido por Herrero.

Los enfrentamientos políticos iniciales se agudizarán en los años siguientes y en 1820 la autoridad de Buenos Aires frente a las Provincias Unidas del Río de la Plata se verá seriamente lesionada, iniciándose una etapa conocida en la historiografía argentina como de organización nacional, que se extendió hasta mediados del siglo XIX. En ella el enfrentamiento entre “unitarios” o centralistas y “federales” fue constante y Buenos Aires como provincia adhirió por largos años al sistema federal bajo la férrea administración de Juan Manuel de Rosas.

La década que se inició en 1820, el año de la anarquía, experimentó en 1826 -con el gobierno de Bernardino Rivadavia- el último intento “unitario” o “centralista” de organizar de los territorios que aún aspiraban reunirse en una misma comunidad nacional. Fracasado éste, se impondrá en la provincia de Buenos Aires el partido federal. Es en el contexto de este ascenso de las fuerzas federales que tiene lugar la “montonera” o movilización rural que estudia Raúl Fradkin. En su artículo “Anatomía de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires a mediados de la década de 1820” aborda los conflictos y tensiones del ámbito rural desde la perspectiva de la historia social inglesa rescatando los últimos aportes de la historia cultural.11 A través del estudio de un caso, lo cual por cierto lo aproxima también a las propuestas de la microhistoria italiana,12 plantea las redes de poder que se tejen en los sectores rurales marginales y las estrategias que les permiten negociar espacios influyentes en las proximidades de los actores políticos más importantes.

Gracias a una rica documentación, en la cual se destacan los expedientes judiciales, Raúl Fradkin indagará acerca de un personaje de la campaña, Cipriano Benítez, y la organización de la montonera que lidera, sus integrantes y sus motivaciones. Reflexiona acerca de las relaciones entre montonera y bandidaje rural y se propone mostrar en el caso estudiado “… sus contenidos políticos y sus connotaciones sociales…”. Luego de una interesante presentación del fenómeno político y militar que encarnaban las “montoneras” y de plantear que las mismas respondieron a las diferentes facciones políticas y no exclusivamente al federalismo, Fradkin analiza el origen social de los integrantes de la montonera de Cipriano Benítez y las formas de reclutamiento. Esto le permitirá visualizar las tensiones y conflictos que atraviesan esa sociedad que no está ajena tampoco a los enfrentamientos políticos que tienen lugar en la ciudad de Buenos Aires, donde la autoridad de Rivadavia se encuentra fuertemente cuestionada. En razón de ello, no será suficiente para incorporar integrantes a la montonera prometer tan solo el pago de un salario, formular amenazas o acudir a los vínculos clientelares. Benítez se verá precisado a “… esbozar un programa, precisar enemigos, definir una estrategia de acción y darle al movimiento un encuadre político…” apelando a contactos políticas no siempre posibles de verificar, pero evidentemente factibles. Y si el final trágico de Benítez invita a reflexionar acerca de sus apoyos políticos, a través de este estudio Fradkin muestra la importancia de los propósitos políticos en las montoneras aunque en ellas se reclutaran bandidos rurales. Asimismo nos propone replantear el fenómeno del caudillismo, evitando la imagen de una movilización rural por “… lazos de dependencia personal transformados en obediencia política…”, rescatando la importancia de mediadores y emisarios que como en Cipriano Benítez “… hicieran posible su liderazgo en una dinámica social que no solo contemplaba exigencias y mandatos de arriba hacia abajo sino también planes, aspiraciones y expectativas de abajo hacia arriba”. De este modo, el trabajo de Fradkin se inscribe en las perspectivas abiertas por una historiografía de la insurgencia y el proceso de independencia que reconoce escasa trayectoria en la Argentina pero que cuenta con valiosos antecedentes en México y Perú, donde los movimientos rurales que tienen lugar en el contexto de la crisis del sistema colonial han alcanzado importantes avances teóricos y metodológicos, interesados en revelar la cultura política de los sectores marginales.

El itinerario teórico y temático que recorren los trabajos que mencionamos en párrafos anteriores es diverso y da cuenta de los renovados aires que se agitan sobre la historiografía de la independencia. Esperemos que las líneas de investigación trazadas se profundicen en los próximos años acercándonos a una historia más compleja y comprensiva de los procesos de construcción de los Estados nacionales, que rescate la experiencia social e individual de los sujetos que la protagonizaron.

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Autora: Sara Mata de López, CONICET-CEPIHA, Universidad Nacional de Salta

  1. Pierre Chaunu, “Interpretación de la independencia de América Latina”, en La independencia de América Latina, 1973. []
  2. John Lynch, “Spanish American Independence in Recent Historiography”, en McFarlane-Posada Carbó (ed.), Independence and Revolution in Spanish America: Perspectives and Problems, 1999. []
  3. Las Memorias Póstumas constituyen un corpus documental muy interesante. Gran parte de ellas se encuentran publicadas en Biblioteca de Mayo. Colección de Obras y Documentos para la Historia Argentina, 1960. []
  4. La figura más representativa de esta historiografía en la Argentina es Bartolomé Mitre, reconocido militar y presidente de la República en 1862-1868 y autor de dos obras que ejercieron una enorme influencia que aún continúa vigente. Véase Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, 1940; Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, 1950. []
  5. François-Xavier Guerra, “Lógicas y ritmos de las revoluciones hispánicas”, en Revoluciones hispánicas. Independencias americanas y liberalismo español, 1995. []
  6. Actualmente, los estudios sobre el concepto de nación y los procesos políticos emergentes de la ruptura colonial en la historiografía argentina han replanteado el análisis del periodo y superado el constructo identitario de nación inaugurado por Mitre. Véase José Carlos Chiaramonte, “Los fundamentos iusnaturalistas de los movimientos de independencia” en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, núm. 22, 2000 y José Carlos Chiaramonte, Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de las independencias, 2004. []
  7. Mónica Quijada, Homogeneidad y nación con estudio de caso: Argentina, siglos XIX y XX, 2000; Noemí Goldman, “Los orígenes del federalismo rioplatense (1820-1831)”, en Nueva historia argentina. Revolución, República, Confederación (1806-1852), t. 3, 1999; M. Ternavasio, La revolución del voto, Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852, 2002; H. Sábato y A. Lettieri, La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, 2003: Antonio Annino (coord.), Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX. De la formación del espacio político nacional, 1995. []
  8. Eric Van Young, La crisis del orden colonial. Estudios agrarios y rebeliones populares de la Nueva España, 1750-1821, 1992; John Tutino, “Buscando independencias populares: conflicto social e insurgencia agraria en el Mezquital mexicano, 1800-1815”, en Marta Terán y José Antonio Serrano (eds.), Las guerras de la independencia en la América española, 2002; Brian Hamnett, Raíces de la insurgencia en México: historia regional, 1750-1824, 1990. []
  9. Steve Stern, Resistencia, rebelión y conciencia campesina en los Andes, siglos XVIII-XX, 1990; Nuria Sala i Vila, Y se armó el tole tole. Tributo indígena y movimientos sociales en virreinato del Perú 1784-1814, 1996; David Cahill, “Una visión andina: el levantamiento de Ocongate en 1815”, en Histórica XII, 2, 1988; Charles Walter, De Túpac Amaru a Gamarra. Cusco y la formación del Perú republicano, 1780-1840, Cuzco, 1999; Luis Miguel Glave, “Una perspectiva histórico cultural de la revolución del Cuzco en 1814”, en Revista de las Américas. Historia y presente, núm. 1, 2003; Alberto Flores Galindo, Aristocracia y plebe, Lima, 1760-1830, 1984; Charles Walter (comp.), Entre la retórica y la insurgencia. Las ideas y los movimientos sociales en los Andes, siglo XVIII, 1996; Enrique Urbano, (comp.), Poder y violencia en los Andes, 1991; Carlos Aguirre-Charles Walker, Bandoleros, abigeos y montoneros. Criminalidad y violencia en el Perú, siglos XVIII-XX, 1990. []
  10. Pierre Bourdieu, El campo político, 2001. []
  11. Eric Hobsbawm, Rebeldes primitivos: estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, 2001; Edward Thompson, Costumbres en común, 1995. []
  12. Este movimiento historiográfico que tiene vinculaciones con la antropología de C. Geertz y ciertas formas de la historia cultural, se expresó en la década de los ochenta en la revista italiana Quaderni storici. Sus principales referentes son Carlo Guinzburg y Giovanni Levi. []

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