Delia Salazar Anaya y Gabriela Pulido Llano (coords.), De agentes, rumores e informes confidenciales. La inteligencia política y los extranjeros (1910-1951), México, INAH, 2015.

DA73R701El libro De agentes, rumores e informes confidenciales. La inteligencia política y los extranjeros (1910-1951), coordinado por Delia Salazar Anaya y Gabriela Pulido Llano, presenta 16 historias de temas relacionados con extranjeros y espías. Dos aspectos fascinantes para cualquiera, ya no digamos historiadores o escritores.

Detengámonos en primer lugar en el tema de los extranjeros en México, con quienes hemos mantenido tradicionalmente una relación ambivalente, y no sólo con los recién llegados sino incluso con sus descendientes a quienes —aunque hayan vivido en nuestro país por generaciones— se les considera “diferentes”, “misteriosos”, “peligrosos”, etcétera. Alejandro de la Torre, uno de los autores, dice al respecto: “A estos personajes se les presenta siempre como terribles amenazas que vienen de lejos, extranjeros ajenos a nuestra idiosincrasia, que no son como nosotros y quieren destruirlo todo. Si triunfan en su cometido ya nada será como antes por lo tanto hay que vigilarlos para salvar el mundo” (p. 36).

En ese sentido, destaco dos ensayos relacionados con los extranjeros provenientes de los países del Eje (alemanes, italianos y japoneses) durante la Segunda Guerra Mundial, uno de Carlos Inclán Fuentes y, en particular, el de Sergio Hernández Galindo, que se dedica al tema de la persecución de los japoneses que vivían en nuestro país a mediados del siglo XX y contra los que se desató una represión étnico-política al considerarlos a todos, hubieran o no nacido en México, “enemigos de la nación”.

Siempre hemos visto con recelo a los extranjeros. Anna Ribera, en su trabajo sobre un grupo de anarcosindicalistas, menciona la Ley de Inmigración de 1909, en la que se prohibía “la inmigración de personas atacadas por enfermedades contagiosas, oligofrénicos y epilépticos, así como de ancianos, cojos, mancos, raquíticos, jorobados, paralíticos y ciegos, por considerárseles inútiles para el trabajo, prohibiendo asimismo la residencia en el territorio nacional a prostitutas, vividores, mendigos y anarquistas extranjeros” (p. 57).

Espías es la otra palabra clave en la temática de este libro. El espionaje es un tema muy recurrente en novelas, películas y hasta en series de televisión, casi siempre atrapa la atención del lector; considero que uno de los grandes méritos de este trabajo es que, si bien se trata de un libro académico de historia, que relata hechos que realmente sucedieron en nuestro país en la primera mitad del siglo XX, el lector se adentra en su lectura como si fuera una novela de aventuras, y vuelvo a citar a De la Torre en el primer párrafo de su ensayo sobre un delator anarquista llamado Constant Leroy:

Siempre que se cuenta una historia de espías se tiene la impresión de estar mirando la verdad por sus costuras, el contador de historias se las tiene que ver con informaciones parciales, medias verdades, rumores más o menos fundados, paranoias y alucinaciones colectivas. En estos casos la intuición, el olfato y la duda se vuelven las herramientas cruciales para hacer un poco de luz en los relatos transitados por policías, agentes encubiertos, conspiradores nómadas y ministros muertos de miedo. Pareciera que este tipo de historias se inspiran en novelas de folletín pero habrá que decirlo de una vez, cualquier parecido con la ficción es culpa de la realidad (p. 35).

El texto presenta relatos reconstruidos o interpretados por 16 investigadores de distintas generaciones y disciplinas con un tema común: el espionaje por parte del gobierno mexicano a extranjeros radicados en el país durante el siglo XX, concretamente entre 1910 y 1951. ¿Qué extranjeros?: estadounidenses, chinos, libaneses, franceses, italianos, un cubano y un portugués, guatemaltecos, nicaragüenses, alemanes, judíos y japoneses. También se aborda el espionaje a grupos “indeseables”, como anarquistas y comunistas; al mismo tiempo que el espionaje realizado en México por extranjeros, como el ensayo sobre los comunistas de Rina Ortiz, el de los nazis que trabajó Alicia Gojman y el de los japoneses, tratado por Sergio Hernández, ya referido con anterioridad.

Todos los ensayos son diferentes, las coordinadoras respetaron el punto de vista de cada autor; así, unos son más analíticos y otros más descriptivos, unos más extensos que otros, en unos se recrea el contexto histórico —como por ejemplo en el caso de los chinos, los guatemaltecos y los nicaragüenses—, mientras que en otros sin más preámbulo se entra de lleno en el tema a estudiar, pero una de las cosas que más llama la atención de esta lectura es la claridad que le queda al lector de cómo ha ido evolucionando el espionaje en nuestro país. En los primeros textos, los que se refieren a los primeros años del siglo XX, podemos ver cierta ingenuidad tanto en la manera de espiar de los policías como en los informes que presentaban a sus superiores, esto es claro en el texto de Delia Salazar sobre el espionaje al cónsul de Francia en 1924:

El agente procedió a vigilar la residencia particular del cónsul asís como las oficinas del mismo consulado francés […] tal vez sin saberlo [el cónsul] vivió el acecho del agente por varios días, tanto en horas de oficina como de descanso, puesto que incluso lo seguía discretamente cuando salía de sus oficinas, acompañado de otros diplomáticos, o se dirigía a la parada del tren […] para encaminarse a su casa.
El comisionado reportaba: […] me limité a vigilar la casa a fin de obtener algo favorable al objeto que se persigue, sin haber observado durante todo el día de ayer nada anormal en la misma casa habitación, ni detalle alguno que haga suponer la permanencia de persona extraña (pp. 178-179).

En el desarrollo de los artículos puede verse cómo a partir de la década de los treintas el espionaje y el servicio secreto mexicanos se perfeccionan y aparece también el espionaje por parte de los extranjeros en nuestro país. A partir de la Segunda Guerra Mundial, México se convierte en un sitio clave tanto por la venta de petróleo a los alemanes como por su vecindad con Estados Unidos. En ese sentido, el ensayo de Rina Ortiz sobre el miedo desatado en el mundo por la expansión de las ideas comunistas después de la Revolución rusa nos resulta ilustrativo; la autora de “La telaraña roja” desmenuza la manera en cómo los espías soviéticos se internaron en México con la finalidad de observar el desarrollo del Partido Comunista Mexicano y buscar la manera de fortalecerlo y unificarlo de cara a la cercanía geográfica con nuestros vecinos del norte. Uno de los informantes espía apunta al respecto:

Numéricamente el partido es todavía débil —unos mil miembros— pero bastante unido y con espíritu revolucionario. Hay muchos obreros revolucionarios honestos, pero muy pocos conscientes. Existen buenos elementos con los que se puede hacer mucho. Es importante que, en medio de la corrupción reinante en todos los partidos en México, el nuestro logre mantenerse inmaculado. Las finanzas son deplorables y no esperamos que puedan mejorar pronto ya que los trabajadores son miserables (p. 247).

Y en el mismo sentido, ni qué decir de la complejidad del espionaje nazi al gobierno mexicano y a los judíos residentes en México, explicado en el trabajo de Alicia Gojman, que trata de la importancia que México tenía para los nazis, no sólo porque se les vendía petróleo sino también porque desde aquí tratarían de sabotear a los estadounidenses para evitar que participaran en la guerra. Además de que también se proponían intervenir en lo posible, en la vida de los judíos residentes en México y en la de los que iban llegando refugiados de Europa. Resulta interesante saber que el gobierno mexicano conocía perfectamente bien no sólo quiénes eran los espías alemanes sino también el tipo de labor que realizaba cada uno de ellos, lo que muestra cómo se había perfeccionado el servicio secreto mexicano en menos de veinte años y cómo el contraespionaje se convertía en un elemento clave en el tema.

Además de la originalidad del tema estudiado, también es original —y la reiteración es a propósito— la principal fuente utilizada por los autores de estos ensayos, y lo es porque hasta ahora los estudios sobre extranjeros se basaban fundamentalmente en archivos migratorios, estadísticas, leyes y entrevistas de historia oral, pero en este caso la fuente que unifica a muchos de los ensayos es el Archivo de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS) de la Secretaría de Gobernación, documentos que están en la Galería 2 del Archivo General de la Nación (AGN) y que guarda los informes emitidos desde 1920 a 1982 por los agentes confidenciales subvencionados por la Secretaría de Gobernación. Además es novedosa porque hasta hace poco se trataba de una “fuente clasificada”, lo que quiere decir que no estaba abierta su consulta a los investigadores, además de que nos permite ver aspectos poco conocidos sobre los extranjeros en México, como los comportamientos, costumbres, reuniones, actividades, aventuras particulares, etcétera.

Gran parte de los autores aborda los materiales de este archivo desde una perspectiva distinta, de acuerdo con su tema de estudio, y todos ellos utilizaron otros archivos nacionales y del extranjero, además de bibliografía y hemerografía especializada en su materia de investigación. El hecho de dar a conocer archivos difíciles de consultar constituye un valor añadido a este libro, y en este sentido destaca, por una parte —y una vez más—, “La telaraña roja”, para el que se consultó el Archivo de la Internacional Comunista, el cual, gracias a su autora, se encuentra digitalizado en la Biblioteca Orozco y Berra de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, y por otra, el que revisa la acción de los espías nazis y que nos revela datos encontrados en archivos básicos para este tema como el de la Comunidad Ashkenazi de México, otros que fueron elaborados por los propios nazis o por agentes de Estados Unidos, además del Archivo Secreto Mexicano que fue creado a solicitud del presidente Cárdenas y que funcionó entre 1935 y 1945.

Es un libro que, si bien es riguroso en el contenido, resulta ameno dada la variedad en la redacción de los diferentes autores, quienes construyeron su tema de estudio con base en sus pesquisas e intereses personales; es un texto que hace que cuando uno empieza a leerlo ya no puede dejarlo. Ojalá que este trabajo sea el primero de una colección que estudie a los espías no sólo de extranjeros sino también de nacionales…

Sobre la autora
Enriqueta Tuñón Pablos
Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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