Martha Eva Rocha Islas, Los rostros de la rebeldía. Veteranas de la Revolución mexicana, 1910-1939, México, INEHRM / INAH, 2016.

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DA73R7021. El relato de este libro comienza en una fecha que prometía ser memorable: el 20 de noviembre de 1939. Ese día, en el Estadio Nacional —lugar usado para las ceremonias oficiales multitudinarias, como las tomas de posesión presidencial— el secretario de la Defensa condecoró a casi tres centenares y medio de veteranos de la Revolución, que cumplía el aniversario 29 de su inicio. Entre los homenajeados, seis mujeres recibieron el reconocimiento como veteranas de méritos indiscutibles, en acato al decreto que ese año el presidente Lázaro Cárdenas emitió. En total, se reconocería con este estatuto a 432 mujeres. Prometía ser memorable porque parecía ser el final, buen final de una larga historia.

Una mirada superficial al suceso indicaría que la Revolución cubría uno de sus más sentidos compromisos pendientes; también, que lo hacía con lógica impecable: un par de años atrás, en 1937, el poeta español León Felipe habría escrito desde el México de Cárdenas lo que miraba hacia España y traducía en poesía y ardua perspectiva filosófica: “Las revoluciones —escribió León Felipe— se hacen para restaurar la justicia y para colocar a cada hombre en su lugar. No se hacen tan sólo para resolver un problema de desigualdad económica y social, sino para resolver el gran problema del hombre”. Y el gran problema del hombre se sintetiza en una palabra: justicia. Se pensó que el 20 de noviembre de 1939 la Revolución daba un paso firme hacia el agradecimiento a sus protagonistas, en especial a las mujeres que se sumaron al movimiento desde la génesis de la oposición al régimen de Porfirio Díaz —al Porfiriato, como también en esos años comenzó a denominarse el periodo, si atendemos a la queja de neologismo que hiciera Alfonso Reyes—, así como a las antirreeleccionistas, las propagandistas, las activistas, las enfermeras y aún a algunas combatientes.

Hasta ahí, el apretado libro Los rostros de la rebeldía, de Martha Rocha… obedece sin más a la expectativa anunciada en su título: Veteranas de la Revolución mexicana, 1910-1939. Pero sólo hasta ahí. Pues en realidad el libro, producto de una profunda y ordenada investigación, rebasa con mucho el tema anunciado. Efectivamente, traza la ruta de esas agentes despreciadas del cambio histórico: las veteranas; es cierto que lo hace con un punto de partida aparejado al de la historia de género, con un aparato crítico enorme, propio de una radiografía nítida; pero este trabajo historiográfico expone horizontes bastante más amplios, que brincan la frontera de las atalayas feministas y aun de la mucho más generosa historia de género.

Puedo adelantar que se trata de un recuento puntual de una dura historia de la condición humana en nuestro país. Tal vez, si un lector común —como yo— pudiera sugerir un título, pensaría en el del inquietante ensayo de Nichola Chiaramonte, La paradoja de la historia. En el fondo, Martha Rocha demuestra la fuerza de la razón en el desasosiego del pensador italiano: siempre, en todo lugar, las ideas son derrotadas por los hechos.

2. En una mirada descuidada, el libro de Martha Rocha me pareció predecible. Trata del destino de veteranas con rostros visibles, rasgos reconocibles, en su proporción de mujeres que rompían paradigmas culturales muy arraigados en las corrientes profundas y antiguas de la civilización. Las aborda en la coyuntura de sus propias biografías y de la historia nacional, pero también en la de la verdadera revolución social del siglo XX: la del empoderamiento de la mujer en los espacios y roles de los que las habían excluido desde los tiempos más remotos, sin razón y sí por la fuerza.

Pero mi prejuiciada apreciación fue, si no del todo errada, sí muy simplista y, por tanto, equivocada. Y es que en realidad este libro me sorprendió: no son las veteranas las únicas y privilegiadas protagonistas del rescate historiográfico de Rostros de la rebeldía…, y quizá en muchos de sus pasajes ni siquiera las mencionan para la reconstrucción y la interpretación de un singular pasado.

Martha Rocha nos ofrece algo de mucho mayor mérito y contundencia: nos aproxima a la historia del más remoto rincón de la Revolución, al ángulo menos justo de nuestro pasado reciente, de una realidad que buscó callarse por ser vergonzosa, la de los hombres y mujeres comunes que hicieron, cargaron, imaginaron, cantaron, vivieron y atestiguaron las violencias de la Revolución. Relata la historia de los veteranos que trataban de lograr su reconocimiento, salir del anonimato, obtener algún beneficio —dinero, empleo o algún pago, siempre magro— por haber participado en ese evento que quería resolver el gran problema del hombre. Describe sin adjetivos la dureza de ser excombatiente, heroico aun en los momentos del miedo, pero al paso del tiempo ser portador del “laurel invisible” —como cantó Carlos Pellicer—. Y en una orilla, ahí sí casi al margen, dibuja a las veteranas que abrieron las puertas a la otra revolución: la de las mujeres, a costa de escamotearle otro jirón de justicia. Estoy seguro de que la de ellas sí, y no la Revolución mexicana, llenaría las esperanzas de León Felipe.

3. Los Rostros de la rebeldía. Veteranas de la Revolución mexicana, 1910-1939, de Martha Eva Rocha Islas, se inscribe en una oferta editorial que respalda el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. La autora preparó un libro académicamente pulcro, con fotografías y apéndices documentales que permiten una lectura paralela; ello puede constatarse, por ejemplo, con los oficios comprobatorios profusamente sellados, que hacen pensar en el calvario burocrático que debían soportar en su tránsito por los escritorios de la Secretaría de la Defensa o en las oficinas de las asociaciones de veteranos, a veces a lo largo de muchos años, para el reconocimiento de su desempeño como soldados, enfermeras, propagandistas, espías, activistas y demás. No muchas tuvieron éxito, como demuestra el estudio: las letradas de clase media urbana corrieron con mejor suerte.

A lo largo de seis capítulos, que en sí mismos podrían ser un pequeño libro, la historiadora Rocha juega con el tiempo, sin volver la lectura un paseo confuso ni tornar la historia contada en un desorden que desfila. El libro no es un laberinto, por más que en las 55 entradas temáticas de cada subcapítulo se pase de los hechos comprobables a las reconstrucciones de la historia oral, de los actos a las leyendas, de lo fáctico a lo imaginado, de lo general verosímil a los recuerdos de sucesos incomprobables que se conjugan en primera persona. Es evidente que pensó en el lector, pues deja ver el abanico de protagonistas y los ubica en una narrativa acorde con el ensayo historiográfico como género.

Las primeras páginas atrapan al lector. Relata la jornada conmemorativa del 20 de noviembre de 1939. Es posible imaginar el entusiasmo del momento. Se trataba del atardecer del cardenismo, pero nada indicaba que el orgullo revolucionario que sembró el régimen fuera a mermar. Los mexicanos sentían entonces estar “en el umbral de todo” —para robar la idea al fallecido poeta francés Michel Butor—. De hecho, y aunque la guerra mundial ya asomaba la cara, en México se dirigía el destino hacia un rumbo soñado: el de ajustar cuentas con la historia, el de cerrar capítulos inconclusos e injustos que se abrían como heridas en el presente de la sociedad mexicana.

Pero en el envés del escenario, y con seguridad también de las buenas intenciones, el orden estatal acotó a la sociedad que se conmocionó con la Revolución. Una decisión, hecha con brevedad y contundencia, fue el primer motor para la organización de las reiterativas asociaciones de veteranos: el recorte de plazas en activo y ajuste de los perfiles del Ejército Mexicano, que obligó a la baja de la mayor parte de los y las excombatientes militares y civiles. Buscar el reconocimiento de acciones durante la lucha para abrirse una forma de vida pacífica fue el propósito de las iniciativas organizativas.

Rocha, en los capítulos siguientes, nos guía hacia atrás: a la primera década del siglo, para revisar las oposiciones de los y las militantes magonistas y sus propagandistas —no pocas veces sus esposas e hijas—; luego pasa al antirreeleccionismo y a las valientes opositoras al huertismo; después a las distintas participaciones femeninas en la Revolución: educadoras y diletantes que se desdoblaron en propagandistas, impresoras, activistas de distintas causas, espías, soldados, soldaderas, aprovisionadoras, enfermeras; militantes del feminismo sufragista, del Plan de Ayala, del Plan de Guadalupe o simplemente leales a sus padres y esposos, como podrá leerse en los capítulos del 3 al 5, en algunos pasajes con las palabras de las participantes y el recuento filtrado por la memoria personal. Finalmente, en el paso de combatientes a veteranas, a luchadoras sociales comunistas, feministas o, sencillamente, que lazaron la voz en favor de derechos y posibilidades de cambio social.

En su compilación El hilo y las huellas, Carlo Ginzburg escribió que los “historiadores (y, de un modo distinto, los poetas) hacen por oficio algo propio de la vida de todos: desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio que es la urdimbre de nuestro estar en el mundo”. Ese mismo ejercicio se lleva a cabo en los capítulos 3 y 4 del libro de Rocha. Despeja dudas, separa la realidad del estereotipo, deslinda sin combatirlo, lo legendario de lo real. Rocha toca sin retruécanos el peso del mito en la construcción de las imágenes de la Revolución. Y, aunque ya lo había hecho en otros de sus trabajos especializados, no sobra ahora reiterar, sin exageración, que el imaginario social era y es no pocas veces totalmente opuesto a lo históricamente probado. Por ejemplo, al explicar y reproducir pasajes de las biografías de las veteranas soldados, señala que no hay ninguna evidencia de que hubiera combatientes armadas y con grado militar en el villismo. El cine, la lírica popular y la literatura crearon los modelos que la fantasía popular aceptaba como válidos, sin importar en esto la verdad histórica. Adelitas, valentinas y otras figuras de leyenda como Juana Gallo y la Negra Angustias conviven, entre el mundo visible e invisible y a veces opacándolas, con las verdaderas combatientes, como Rosa Bobadilla y Amelia o Amelio Robles, zapatistas de alto rango militar, o con las pundonorosas enfermeras maderistas y constitucionalistas como Leonor Villegas, o las luchadoras civiles como las hermanas Eulalia y Petra Guzmán. No poco debió influir, escribe Rocha, el conjunto de valores y roles sociales asignados a las mujeres y su distancia con los valores atribuidos a lo masculino; de hecho, pone el dedo en la llaga al señalar que las conductas masculinas de las soldados fueron algunos de los elementos —si no es que el único— de la eficacia de sus figuras revolucionarias. La lectura de ese pasaje del libro me llevó a una puntual idea de Vicente Quirarte que, me parece, los historiadores no debemos perder de vista nunca: no lo verdadero, sino la mezcla de lo que sucedió, lo que creemos que sucedió, lo que quisiéramos que hubiese sucedido, es el tejido que arma las formas del tiempo pasado: el peso simbólico de la historia está hecho de esa curiosa y entrañable mixtura. En los capítulos del 4 al 6 Rocha regresa a las organizaciones posrevolucionarias, a sus motivaciones y a sus actores. Aquí sí, con énfasis en la participación de las mujeres y las imágenes del medio millar de las que fueron reconocidas.

4. Permítaseme una reflexión final que estimule la lectura de este buen libro. Jorge Luis Borges escribió que las “palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”. Esta razonable afirmación tiene una fragilidad: la memoria compartida cambia, se trastoca, olvida fragmentos de recuerdos que sustituye por otros. Quiero dar un ejemplo. Las apacibles mujeres del campo que pintó a la acuarela el michoacano Félix Parra en 1906, cuando tenía 60 años, en nada se parecen a las activas, vigorosas y seguras de sí mismas mujeres que retrató, cuatro décadas más tarde, el también michoacano Luis Sahagún. Algo más allá del manejo de estilos, del gusto, de la paleta o la habilidad para el dibujo. Martha Rocha propone una clave interpretativa que lo mismo permite comprender a las mujeres porfirianas y a las revolucionarias, que explicaría el carácter detrás de los colores y las corrientes artísticas. Se trata de la ronda de las generaciones, de la distancia que separa las miradas al mundo, al presente que se vive y al futuro esperado. Parra es poco más de medio siglo más viejo que Sahagún; vio a las mujeres del mediodía y del ocaso porfiriano, mientras que Sahagún convivió con las veteranas revolucionarias. Los rostros de unas y otras fueron percibidos de maneras diametralmente diferentes. Los
de Luis Sahagún, nacido en 1900, son los rostros de la rebeldía que rescata para nosotros el libro de Martha Rocha.

Sobre el autor
Salvador Rueda Smithers
Museo Nacional de Historia,
Castillo de Chapultepec.

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