Identidad y cultura nacional ante el proceso de integración global

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Comentarios al artículo “México en el TLC: crónica de los avatares de una identidad amenazada”

Nos encontramos ante la necesidad de realizar un gran esfuerzo colectivo, para dilucidar la naturaleza de la encrucijada histórica por la que transita actualmente de manera dramática nuestro país. Ello obliga al empeño por conformar y precisar una representación, lo más clara y fiel posible sobre las principales contradicciones y tendencias que caracterizan y traspasan la vida nacional, así como las disyuntivas y vertientes que apuntan a posibles soluciones en un panorama complejo y denso, enturbiado además por la concurrencia de innumerables factores que se multiplican aceleradamente y complican repercutiendo negativamente en todas las esferas de la vida social.

Adoptar una posición sobre el destino próximo del país, con todo lo que ello compromete, depende en mucho de las razones y motivos que se den para tomar tales decisiones. Y son cada vez más frecuentes los casos en que nos encontramos ante situaciones de esta naturaleza rizomática. Gran parte de las demandas de democracia en nuestro país están relacionadas con la exigencia en motivos fundados así como en reclamos justificados. Por otra parte, muchos diagnósticos académicos se están aproximando estrechamente a realidades inmediatas, a cuya prueba de viabilidad se someten.

No obstante que los procesos -nacionales y mundiales que definen el sentido de las transformaciones que hoy se manifiestan desbordan las capacidades individuales para incidir significativamente en su curso, están presentes condiciones sobre las que, de cualquier modo, mucha gente asume compromisos individuales y colectivos que logran trascender en los distintos ámbitos de trabajo: los derechos humanos, la ecología y la sustentabilidad, la educación, etcétera.

Como aspecto de esta creciente participación social se pueden identificar diversos tópicos que han dejado de ser materia exclusiva de la reflexión teórica de las ciencias enfocadas al tema de la política y la cultura, para convertirse en un conjunto de problemas apremiantes que requieren de propuestas y soluciones. Uno de ellos es el que se refiere a la bifurcación que ocurre entre los valores vernáculos y aquellos otros, propios de la cultura hegemónica e identificados con el avasallador proceso de globalización.

Tal es el caso del artículo de María de la Luz Casas Pérez, intitulado: “México en el TLC: crónica de los avatares de una identidad amenazada”, donde hace hincapié precisamente en la disyunción que se produce entre el interés de quienes se proponen preservar una identidad nacional frente a la apertura económica en la que se inserta México a través del TLC y, la representada por otra parte, por quienes defienden la integración “sobre la base de aclarar que toda cultura necesita revitalizarse por contacto con otras y que aquella cultura que no permite la inclusión de elementos nuevos, aun pertenecientes a otras culturas, perece…”

A primera vista, la dicotomía expuesta entre identidad nacional e integración parece transparente, pero oculta más de lo que deja entrever. Si nos dejamos llevar por la pluralista liberalidad de moda, resulta fácil establecer una identificación -de corte ideológico- entre la idea de la diversidad cultural y la modernidad con la globalización. En este caso: ¿Quién se atrevería a negar que la ventilada diversidad cultural es preferible a la cerrazón de un atrasado fundamentalismo nacionalista?

Sin embargo, tampoco parece tan evidente la solución ecléctica de pretender armonizar la persistencia de una “identidad cultural” con una receptiva aceptación de la globalización, a nombre de aquellos beneficios que traería consigo la apertura a la diversidad cultural y la modernidad. Ello implica soslayar una toma de posición definida frente a la contradicción que expresa la alternativa entre una aceptación acrítica ante al establecimiento progresivo del modelo hegemónico y el esfuerzo denodado, por otra parte, por salvar o redimensionar tradiciones y producir creativamente nuevas propuestas culturales, a partir, por cierto, de los propios aportes de la modernidad y los elementos pluriculturales de la cultura mundial, tanto como de aquellos vernáculos, en un ámbito marcado hasta ahora por la dominación y la subordinación económica, política y cultural.

En este contexto, el planteamiento de una cultura global que incidiera y permeara sin objeción ni resistencia la “identidad cultural” o la “cultura nacional” del país, parecería ingenuo. Especialmente si se considera que su acción no fuese lo disolvente que se presume, o que, aun siéndolo, no se considerara negativa para la labor de desmantelamiento de la vieja cultura nacional. Principalmente, por cuanto no podemos olvidarnos de lo ideológica que es la propia globalización, al presentarse a sí misma como un nuevo cosmopolitismo que ha logrado superar las limitaciones de las ideologías estatalnacionales, mientras por mediación suya se introducen las actuales formas de dominación del capital mundial.

Los enfoques posnacionales de toda índole se basan en el hecho de que el nacionalismo tradicional que posibilitó el aglutinamiento de una identidad colectiva definida como una identidad nacional no tiene posibilidades futuras. En efecto, se trata de un fenómeno histórico que respondió a condiciones determinadas del desarrollo de los Estados y las economías nacionales.

Pensamos que como opción prefigura, por el contrario, una nación en pleno proceso de recomposición que se irá conformando con base en reelaborar los elementos de identidad en los que se reconocen sus integrantes. Se trata de expresiones de identidad distantes ya, del reconocimiento hipercatético (es decir, en función unívoca de una sola y absorbente referencia) que ha sido psicológicamente típica tanto del nacionalismo como de las adhesiones religiosas y políticas de carácter fundamentalista.

Hoy, se perfila una diversidad cambiante de niveles de identificación como referencias de pertenencia de los habitantes en relación con entidades, tales como: la ciudadanía ampliada al ámbito de la sociedad civil o la llamada “doble nacionalidad”; además de niveles internos como: la diversidad étnica y la autonomía de las comunidades, o que trascienden lo nacional, como los derechos humanos y la problemática patrimonial de los bienes arqueológicos y ambientales de la humanidad.

Más aún, la cristalización específicamente nacional de esos diversos niveles de agrupamiento e identificación sugiere la redefinición de una nación que, con base en ellos, se configure como una entidad pluricultural en la que se articulen los elementos comunes con las diversidades y especificidades regionales de cultura y organización social.

Ello conduce hacia un concepto de nación que aparece más como “receptáculo” o materia de actualización que como “significante” abstracto, basado en el esencialismo de los símbolos patrios que ha sido parte fundamental de la ideología nacionalista de Estado. La cadena significante que expresa la sucesión de “patria-nación-Estado”, en la que se identifica al Estado con la nación, favoreció la formación del tipo de convicciones propias de la “estadolatría” y permitió a los gobiernos nacionalistas capitalizar los beneficios simbólicos de su idealización (hipóstasis) traducidos en la acumulación de prestigio político.

Pese a los riesgos abismales por los que transita actualmente el país, como son el incontenible proceso de pérdida de soberanía o el peligro de una fragmentación en regiones de conflicto, se vislumbra la posibilidad de incidir en un cambio de dirección hacia una idea de nación más concreta y vinculada a las realidades vivas e inmediatas, acorde asimismo, con una situación cambiante y en proceso de construcción de sus niveles de pertenencia. Implica también, una renovada dotación de su sentido, en donde los valores y elementos regionales puedan tener un lugar de reconocimiento del mismo rango que los tradicionalmente hegemónicos (de la cultura mestiza del centro del país) donde lo colectivo general y lo local puedan estar representados igualmente con su valor correspondiente.

En el tema de la identidad cultural se plasman estas tendencias que tienden, ya hacia la integración global y hemisférica con el norte, ya hacia una postura defensiva de valores y recursos naturales y territoriales nacionales en contra de su explotación indiscriminado.

Sin embargo, se corre el riesgo de confundir niveles que corresponden a tendencias que expresan los contenidos más diversos y “meter todo en el mismo saco”. En primer lugar, no todo lo que a globalización se refiere denota procesos expoliativos de signo negativo, ni toda postura nacional es por definición la más adecuada para enfrentar retos de inserción en el mercado mundial.

En segundo lugar, no parece viable ajustar un concepto antropológico y plural de cultura como sinónimo de lo que la globalización produce, expresa y transmite, pues ésta es aún muy limitada en este aspecto, o privilegia algunas formas de comunicación mientras bloquea otras; así como la contraposición sincrónica de dicho concepto de cultura a una noción ideológica y unívoca de “cultura nacional” que corresponde a un periodo histórico distinto.

También la “pluralidad” expresa sus ideologizaciones, y la “cultura nacional” aparece ya en la actualidad como algo sumamente diversificado que no se reduce al “nacionalismo cultural” propio de la ideología del Estado.

La diferencia entre “quienes defienden la integración sobre la base de que toda cultura necesita revitalizarse por el contacto y la inclusión de elementos pertenecientes a otras culturas”, por oposición a quienes “llevan a cabo una furiosa defensa de la identidad nacional” que establece María de la Luz Casas Pérez, representa a mi modo de ver, una dicotomía cuyos elementos están aún por ser desmontados para fines de su análisis, pues es más sintomática de diferencias complejas que no denota en apariencia. En primer lugar da la impresión de una oposición entre universalismo y localismo, apertura y conservadurismo, así como de contraponer la globalización -como si fuese la opción por la “cultura” al esencialismo nacionalista.

No es la existencia de una “identidad cultural” o nacional lo que se opone actualmente a la necesidad de una apertura cultural en incesante renovación, esto resultaría muy simple, sino la vigencia de dos concepciones y proyectos opuestos que expresan la manera distinta de entender -a nombre de esa revitalización de la cultura- la incorporación de países con vigorosas culturas nacionales en el proceso de globalización económica, política y cultural. Es más bien el modo de inserción y el tipo de relación entre lo nacional y lo global, y no su rechazo total, lo que se encuentra sujeto a debate en un contexto en el que el propio proceso de globalización tiene implicaciones de diverso orden, y una parte de la globalización cultural no es lo evidente ni transparente que aparenta ser.

María de la Luz Casas Pérez formula en su trabajo planteamientos que sugieren interrogantes decisivas. Pongamos por caso: ¿Cómo se salvaguarda una identidad cultural en el seno de multiplicidades locales, étnicas, religiosas, etc.? Ello tiene su precedente en que tradicionalmente se ha tenido la certidumbre de que la sobrevivencia de la entidad nacional está ligada a la existencia de una identidad cultural de carácter unitario. Es factible que esto esté cambiando y, que la nación actual presente una diversificación y niveles de articulación de sus realidades regionales y culturales, sin sacrificar por ello la necesaria unidad de conjunto y la persistencia de una amalgama resignificada.

Una preocupación justa de la autora, y crucial de su ensayo, es precisamente cómo nuestro país “puede abrir sus ventanas al mundo sin perder el alma de la nación”. La respuesta que a esto se dé, me parece motivo para diferentes reflexiones colectivas y constituye un problema candente de plena vigencia.

Por otra parte, el artículo expresa una inquietud que suscita otras dudas acaso menos convincentes. Una de las interrogantes que se desprenden, de lo que la autora considera como los “avatares de una identidad amenazada”, es la siguiente: ¿cómo puede defenderse en nuestro país, y en las circunstancias actuales, una identidad cultural que no sea al mismo tiempo un tipo de cultura e identidad nacional?

Me parece que el problema de formación de una identidad cultural estriba en parte en la expresión nacional, pero no sólo en ella, sino que la rebasa, trasciende y profundiza. En efecto, una distinción retrospectiva permite reconocer el carácter ideológico-estatal que adoptó el nacionalismo cultural en México, sobrepasando la primera mitad del siglo XX. Aun así, la identidad nacional no se ha reducido forzosamente -como muchos creen- a la identidad oficialmente declarada: así como el sustrato popular-nacional no se reduce a las expresiones formalizadas del Estado-nación.

Por su parte, la identidad nacional es también una identidad cultural de un determinado tipo, y en su defensa, resulta inevitable que se enarbole la cultura propia como una ideología. Esto choca con la pretensión de neutralidad supuesta de la cultura, como una apertura indistinta a los contactos diversos, entre los cuales figura como principal nada menos que la propia cultura dominante, que transita a nombre de la globalización y del nuevo cosmopolitismo.

Hay que recordar que también la identidad nacional se recompone. Por ello, cabe la duda de si ¿es posible la reconstitución nacional prevista sobre la base de una identidad cultural que no sea al mismo tiempo y en gran medida nacional?, o si no, ¿a qué “identidad cultural” nos vamos a referir? Esto último es, a mi juicio, la parte menos consistente de la propuesta contenida en el artículo comentado.

Es dudoso, incluso, que la pluralidad cultural por sí misma garantice la unidad requerida para lograr una refundación nacional, que abarque las esferas de lo económico, lo político y lo cultural. La llamada “unidad en lo diverso” que encontramos por ejemplo en la parte más apologético de la estadolatría de Hegel y que ha sido resucitada hoy, por los más diversos sectores políticos y sociales, para salir al paso de una contradicción que de todos modos encierra la fórmula, es proclamada tanto por los pluralistas democráticos, como por los funcionarios culturales del gobierno. Pero se percibe más como una armonización sintética en el nivel del lenguaje de difícil demostración en la vida real.

Desde luego la diversidad no es de suyo, por su propia virtud, constitutiva de una unidad; se requiere del elemento aglutinador común. Para construir una entidad nacional es preciso reconocer el trayecto que conduce a una síntesis histórica y social en base a luchas o coincidencias resultantes hacia las que se confluye por parte de los diversos actores.

Una nación definida pluralmente representa no sólo a la pluralidad que la compone sino al tipo de síntesis en la que queda contenida y expresada. Siendo por ésta, que la nación todavía puede ser tal, como una entidad unitaria aunque tienda a desvincularse -mediante el Estado- colocándose por encima de ella, como si fuera una realidad independiente de la diversidad que la integra.

María de la Luz Casas Pérez busca conciliar en su artículo una identidad cultural “propia” con una identidad cultural abierta -y por supuesto que- hacia aspectos de la propia globalización que chocan con motivos defensivos del nacionalismo cultural. La autora no hace tampoco propuestas sobre cómo se puede lograr esto, además de que resulta difícil desde este emplazamiento receptivo, efectuar la función crítica tanto de los componentes (culturales por ejemplo) que expresan las tentativas hegemónicas de las potencias, como del nacionalismo defensivo más recalcitrante.

Puede incluso suceder que elementos recuperables de dicho nacionalismo logren ser rescatados mediante reivindicaciones pluriculturales que supuestamente se les opondrían, por ejemplo, en un proyecto de refundación nacional. Por lo tanto, lo que se obtiene al cerrar el paso a la identidad nacional -como resultado de una crítica al nacionalismo de Estado, abierta a las influencias culturales de la modernidad- es la apertura, en contrapartidas la globalización, con todo lo que ella implica. La autora, apoyada en la alternativa de una identidad posnacional, afirma que ésta “se funde en el consumo; la tecnología y la globalización”, y es al mismo tiempo “democrática, no autoritaria y supera el atraso económico”, y propone la superación del nacionalismo.

Pero entonces, ¿a qué conduce esta manera de visualizar la problemática nacional?, ¿a una identidad cultural posnacional que se deslinde de una identidad nacional, y cuyo corolario es la resignada integración al TLC? Esta conclusión puede resultar desconcertante sabiendo que a la autora, por el contrario, le preocupa la pérdida de identidad y cultura propia que se está sufriendo en el país. Pero desembarazarse del nacionalismo no es la mejor forma de enfrentar el problema que dicha pérdida representa.

Cabe señalar, en primer lugar que las transformaciones de que es objeto la identidad nacional se producen en diversos sentidos aún difíciles de evaluar. Existen tendencias de disolución de las fronteras nacionales hacia una integración económica regional y cultural con Estados Unidos. Pero también esfuerzos de recomposición de la nación que ya no podrían repetirse con base en el centralismo político y geográfico dominante, sino encaminados a fomentar, a partir de la rearticulación de valores y particularidades regionales, la construcción desde la multiplicidad: el perfil de una nueva unidad. En segundo lugar, el tema de las identidades posnacionales resulta todavía controvertido, pues requiere de precisión. El término mismo suscita ambigüedades y tiene connotaciones distintas dependiendo de los autores. Para Jürgen Habermas, por ejemplo, la identidad posnacional -basándose en el caso de Alemania- se refiere a la ampliación inclusivo de los derechos relativos a la ciudadanía y los derechos humanos, al concepto de democracia plural y a la tolerancia indispensable en un ámbito nacional que ha dejado de representar el marco de una soberanía moral irrestricta y absoluta.

Por otra parte, la posibilidad de países como México de integrarse al mercado mundial, sin menoscabo de su soberanía e independencia económica, no es algo imposible ya, en el marco de una fatalidad integracionista con Estados Unidos. Es posible aún ejercer un control nacional sobre el uso y explotación de los recursos energéticos y naturales propios; garantizar las condiciones para el desarrollo de tecnologías alternativas; el aprovechamiento de las ventajas diferenciales como base para la competitividad mercantil; la reconstrucción de la planta productiva nacional sobre nuevas bases y aprovechar relaciones comerciales multilaterales con otros países y bloques a partir de un condicionamiento interno autónomo que permita contrarrestar la influencia dominante de las empresas transnacionales. Se pueden invertir papeles y cambiar terrenos, hoy por ejemplo, se elevan demandas específicas de autonomía de los pueblos indios imbricadas con las demandas generales de los ciudadanos. Y se antepone la alternativa de un proyecto nacional autónomo que no esté en función del modelo dictado por los centros financieros internacionales. Dicha alternativa contrasta con el grado en que muchos países se disponen a integrarse sin resistencia a los bloques dominantes, a medida que el mundo se globaliza.

El problema de la cultura o la identidad nacional se hace extensivo a la cuestión nacional misma. ¿Es posible considerar que -desde el punto de vista de las representaciones colectivas- México constituye una nación, si una porción considerable y geográficamente diseminada de los componentes culturales que existen en el país no forman parte de los elementos con los que puede identificarse cualquier mexicano? ¿Puede haber nación si no hay una “cultura de identificación nacional común” para todos los mexicanos -distinta por supuesto de la cultura dominante mestiza- en la que se reconozcan como parte de un todo o una unidad? ¿O ha dejado de tener importancia el imperativo unificador?

La identidad nacional no es homogénea ni evidente como se ha llegado a creer, tanto como para que se pudiese asegurar la existencia de una unidad nacional. El país está formado también por varios universos culturales -pequeñas patrias. Ámbitos de identificación locales, étnicos y regionales desde los cuales el país es pensado, sentido e imaginado de diferentes maneras. Ello, empero, no es un obstáculo insuperable para recuperar los elementos y hacer posible una unidad de orden distinto, con nuevos y viejos componentes.

Por desgracia prevalece todavía una ausencia de identificación de la población de las urbes con muchos signos de las culturas regionales de nuestro país, aparecen como alteridades en el seno de lo que debería considerarse como propio y entrañable. En el mejor de los casos, dichos elementos son considerados como aspectos del folklore, lo pintoresco y lo exótico del costumbrismo regional.

Mucho se insiste en los últimos años en que México es un país multiétnico y pluricultural, sin embargo, su mosaico aparece como un conjunto de meras yuxtaposiciones, además de su descomunal desconocimiento y extrañamiento, prevaleciente en el medio de la cultura urbana dominante. Afortunadamente se están dando cambios tan inusitados como prometedores a pesar de las barreras de separación social y cultural que aún son reconstituidas a diario en diversas regiones del país.

Autor: Jesús Antonio Machuca R., DEAS/INAH

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