México en el TLC: crónica de los avatares de una identidad amenazada

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El presente trabajo tiene como propósito invitar al lector a la reflexión. ¿Hacia dónde hemos transitado como mexicanos a raíz de la adhesión de nuestro país al bloque económico de América del Norte? ¿Qué pasó con las ilusiones de una modernidad frustrada pero muy prometida? ¿Cómo nos veíamos los mexicanos hacia los inicios de 1994 y cómo hemos de vernos ahora? Sin pretender con ello arribar a premisas contundentes o bien dar una respuesta definitiva a la eterna problemática de quiénes somos y hacia dónde vamos, conviene echar una mirada hacia atrás, observar el camino andado y si es posible contemplarlo con el ánimo de revisar nuestra propia historia.

Entre otras muchas cosas, se conoce al lo de enero de 1994 como la fecha en la que entró en vigor el acuerdo de intercambio comercial conocido como Tratado de Libre Comercio para América del Norte o TLC. Ese día culminaba un largo proceso de negociación que tomó a nuestro país, aproximadamente, cinco años de visitas, entrevistas presidenciales y ministeriales, primero entre México y Estados Unidos y posteriormente entre México, Estados Unidos y Canadá. Poco o nada tendría que ver este acontecimiento si no fuera porque junto con el tema del TLC se tocaron temáticas tan importantes como la soberanía económica, soberanía política y soberanía cultural.

Qué tanto ha incidido la entrada de nuestro país al bloque económico de América del Norte en la concepción que los mexicanos tenemos de nosotros mismos y en la fortaleza de nuestra cultura está todavía por verse, lo importante es que el hecho trajo consigo, incluso desde los tiempos de la negociación, preocupaciones que se pusieron de manifiesto en voces de todo tipo. He aquí una semblanza de entonces junto con algunas de las cuestiones que a dos años de tan memorable acontecimiento podemos decir ahora, especialmente en lo que se refiere al problema de la definición, preservación y retransmisión de lo que podemos considerar nuestra identidad cultural.

Si bien la entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte o TLC se asocia con el momento “oficial” en el que nuestro país inició su entrada triunfal a la modernidad, también se le reconoce como la razón por la cual los mexicanos hemos de replantearnos si en un contexto globalizador hemos sido obligados a seguir ritmos modernizadores exógenos a nuestros patrones originales de desarrollo. Por otra parte, la entrada en vigor del TLC representa para nuestro país el inicio y a su vez la culminación de un proceso abrupto de alteración de estructuras en distintos órdenes: el momento del caos y de la reconfiguración social, el instante en el que por unas horas fuimos modernos o desarrollados, y en el que Chiapas nos recordó que en realidad éramos premodernos y subdesarrollados… Cómo nos vemos los mexicanos a raíz de esta fecha en que nuestro país fue sumergido violentamente en las aguas de la modernidad y del Primer Mundo junto con una serie de contradicciones no superadas de país subdesarrollado, tienen pues mucho que ver con la forma como podemos plantearnos hoy, después de muchos avatares y crisis, una opción de país, una opción de grupo, una opción misma de identidad.

Podemos afirmar que, en un periodo de escasos años, nuestro país sufrió transformaciones radicales, no sólo en su capacidad económica y en su capacidad de negociación política, sino también en su realidad social y cultural. Política y cultura, sin embargo, parecieron constituirse como dimensiones distantes una de la otra, apegadas a los ritmos diversos del cambio.

Los motores del cambio

En un mundo en el que la globalización se manifiesta como la tendencia unificadora más importante en términos político-económicos, los cambios marchan de la mano de las crisis políticas y sociales al interior y al exterior de los Estados nacionales. Uno de los costos de dicha transformación es el que el Estado haya perdido su potencial como unificador de las identidades nacionales, y el que las identidades culturales en un momento dado sufran arrastrando con ellas la dinámica de las propias comunidades y culturas.

Es así que, hacia finales del siglo XX, no parece haber otro panorama más evidente que éste: el hecho de que las profundas transformaciones políticas y económicas marchen por delante, y a veces a contrapelo de los movimientos sociales y, lo que es más, cargando como lastre a una cultura que parece oponerse a las directrices de la globalización. A nivel cultural, sin embargo, las transformaciones no solamente toman tiempo sino que poseen sus propios ritmos, toman sus propios espacios, establecen nuevas articulaciones con el ordenamiento institucional. El peligro consiste, en que una vez que se ponen en marcha pueden alcanzar el punto del no retorno, o bien desembocar, como la historia lo ha demostrado en múltiples ocasiones, en bruscos movimientos para revertir el cambio. No hay más que observar cómo, por ejemplo, a cuatro años del establecimiento formal de la unión europea las distintas naciones tienen todavía problemas para hacer desembocar sus añejas diferencias históricas en estatutos compatibles para la convivencia.

En el caso de México, fueron las presiones internacionales las que obligaron a nuestro país a incorporarse a una economía internacional de bloques. El proyecto de Nación moderna que se nos planteaba entonces respondía a una fase de la integración de las realidades económicas, tecnológicas y financieras del mercado mundial, no obstante, se nos olvidó que cualquier proyecto modernizador, llevaba consigo una reestructuración a muchos niveles de todas las esferas que conforman parte de la vida social: la política, la economía, la cultura…

El movimiento repentino de una de esas esferas, necesariamente afectó a las demás: por una parte, la integración a un nuevo mercado económico trajo consigo la posibilidad de consumir nuevas mercancías, el consumo de productos y nuevos patrones de vida; por otra, la dirección modernizadora1 establecida por el Estado, afectó los mecanismos instrumentales de la modernidad -incluyendo los mecanismos culturales-, mismos que se pusieron en operación para permitir la transformación de la sociedad.

Hay que recordar, sin embargo, que los acontecimientos y las circunstancias que han cambiado la estructura política y económica de nuestro país, han tenido que ver, necesariamente, con fenómenos de producción de cultura, ya que son las transformaciones internas de un pueblo las que verdaderamente cambian el curso de su historia.

El camino hacia la tan ansiada modernidad

En México estamos ante visiones alternativas de continuidad y escisión que permean los ámbitos tanto políticos, económicos y sociales como culturales. La cultura ha estado por algún tiempo en pleno proceso de incorporarse a la modernidad, especialmente, como diría Brunner, en la medida en que los medios de comunicación la absorben difundiendo continuamente sus promesas de felicidad a través del consumo, para transformarse en el vehículo multiforme de creciente integración de las masas (Brunner, 1990, p. 38); sin embargo, el modelo de país que hemos desarrollado ha puesto siempre en primera instancia a la esfera económica, en segundo término a la política y en último lugar a la cultura.

Lo anterior resulta doblemente sorprendente si consideramos como indica Haza Remus, que:

Al considerar la cultura como elemento de lujo se ha ignorado que los proyectos de desarrollo nacional sólo tienen sentido, o no lo tienen, si son expresiones de un proyecto cultural. Hay que considerar que no hay desarrollo en abstracto. El crecimiento y la transformación de los grupos humanos concretos siempre se dan en función de una historia, un presente y un futuro deseable, a partir de su propia y peculiar visión del mundo, de su sistema de valores, de sus conocimientos y formas de organización, de sus deseos y esperanzas, en fin, de su cultura. Por ello, “la cultura no es una dimensión o un elemento más del desarrollo sino el marco general en el que éste se ejecuta, y por el cual, se realiza. En síntesis, la ‘cultura’ le da al proyecto nacional su razón de ser”.2

En México coexisten fuerzas que arrojan a nuestro país hacia la modernidad, con otras que le anclan a un pasado tradicional esencial. La modernidad, como diría Octavio Paz “cortada del pasado y lanzada hacia un futuro siempre inasible, vive al día: no puede volver a sus principios y así, recobrar sus poderes de renovación” (1967, p. 170), de manera que, la modernidad siempre etérea y joven, se encuentra en permanente conflicto con la cultura, que insiste en recordarle elementos de su pasado, en cuestionar sus visiones de futuro y, por lo mismo, amenaza con poner en riesgo los avances propuestos por la modernidad. Toda la historia del México del siglo XIX, por ejemplo, es una lucha constante por modernizar al país bajo ciertos esquemas modernizadores y en todos los casos, aun con el triunfo de la reforma liberal del 57, ha estado presente otro México que se empeña en llevar sus propios cauces con sus propios tiempos. Así, los diversos proyectos modernizadores se han tornado impacientes para transformar una realidad que, obsecada, se resiste y empeña en evolucionar a un ritmo más lento de lo que determinan los designios de la política.

Las fuerzas del pasado coexisten con las de la modernidad. Dichas fuerzas son impulsadas a través de diversos mecanismos modernizadores que funcionan como instrumentos de respuesta ante dos elementos que son consustanciales a la modernidad: la continua complejización de las demandas sociales y la incertidumbre. Así, la modernización, ese movimiento a cuya cabeza se encuentra el Estado, resulta ser la herramienta que rearticula las diversas demandas y las distintas respuestas, abre y cierra las válvulas de escape y dirige las fuerzas sociales en la dirección programada. Empero, aunque la dirección pueda estar trazada, no todos los mecanismos operan con la misma fuerza y con el mismo empuje.

En la arena cultural, nos hemos apropiado de productos culturales exógenos: hemos sido víctimas del abono cultural para el consumo masivo a través de mercados simbólicos articulados con procesos formativos organizados para toda la población; nos hemos vinculados a la producción económica alimentando los motores hegemónicos del mercado y, lejos de asumirnos estables en la aceptación de una modernidad cultural que implicaría una apropiación del producto cultural propio y en la aceptación de la pluralidad de los discursos culturales, hemos eclipsado socialmente el momento moderno para con ello súbitamente pasar al instante efímero de la masificación de los discursos, al acercamiento de la sociedad transparente y de la información en la que conviven algunos elementos nuevos con valores tradicionales, por lo que nos hemos convertido en culturalmente posmodernos.

Nuestra entrada al bloque económico comercial de América del Norte, conocido como TLC, representó un paso más en la recomposición de las nuevas configuraciones geopolíticas y dirigimos nuestras esperanzas hacia la fortaleza de bloque pensando que la bonanza económica iba a terminar de tajo con las desigualdades sociales, pero olvidamos que la llamada globalización comprende varias arenas: la económica, la política y la cultural y que al globalizarnos culturalmente perdíamos justamente aquello que todavía nos defendía del aniquilamiento espiritual: la posibilidad de defender nuestra identidad cultural. En otras palabras, las economías de mercado, como se verá más adelante son totalizadoras, mientras que las identidades culturales son diferenciadoras. La contradicción aparece precisamente cuando en aras de una se quiere unificar a la otra.

Así pues, frente a la racionalidad de la globalización económica, que amenaza con invadirle todo, estalló la multiplicidad de “racionalidades locales” -minorías étnicas, religiosas, culturales- reclamando procesos de liberación de las diferencias, precisamente contra la posibilidad de una identidad cultural unitaria impuesta por una “comunicación intensificada”.

La variable de la comunicación es justamente la que representa el centro y sentido mismo de los procesos de modernización, o por lo menos su catalizador más inmediato frente a los discursos de los medios que parecían estar remplazando la retórica de la unicidad de las ideologías para proponer una nueva retórica que lo remplazaba y eliminaba todo: la ideología del mercado.

Nacionalismos “mediatizados”

Ahora bien, el estudio de los sistemas de comunicación ha sido especialmente fructífero para reconocer la imposibilidad de analizar a la comunicación aislada de su entramado cultural y político, especialmente en una era como la actual, donde la comunicación y los productos comunicativos de las grandes industrias transnacionales invaden los espectros electrónicos para ofrecer una visión de mundo ideal y participativo. Por tanto, es menester reconocer que todavía nos falta mucho por hacer en el reconocimiento y la reflexión acerca del papel que juegan los medios en la recomposición de las nuevas identidades culturales surgidas del choque emocional que recibimos a principios de 1994.

La verdad es que todavía asistimos al debate entre un nuevo sentido de lo transnacional versus lo nacional, en donde lo transnacional, lo globalizante, se nos presenta como la alternativa más viable al desarrollo del capitalismo internacional, mientras que lo nacional sufre una serie de contradicciones internas. Se trata de una percepción nueva del problema de identidad y del sentido social y del peso político de las identidades.

Es así que, ante este mundo aparentemente ideal, ante la posibilidad de sociedades permanentemente comunicadas, aparece la conciencia y el cuestionamiento de si esta nueva manifestación de la vida social traerá los tan ansiados cambios y transformaciones de la modernidad; o si finalmente habremos de sumirnos en una nueva era, producto de la instantaneidad de las informaciones, donde las manifestaciones culturales sean meros destellos del resabio anterior esencialista que distinguía a las comunidades culturales unas de otras, para ser arrojadas, retomando a Geertz (1991, pp. 210-214), a las condiciones relativistas y contextuales de un epocalismo avasallador.

Un cambio de época, como dice Luis Villoro (1993, p. 43), es ante todo, una transformación en la manera en la que los hombres ven el mundo y se sitúan en él. De manera que la forma en la que las sociedades se ven a sí mismas se manifiesta no solamente en los modos de vivir y de pensar, en los nuevos patrones de consumo, en el flujo ininterrumpido de las informaciones, sino también en los replanteamientos que se hacen a todos niveles: en la reconstitución de sus mitos fundacionales, en las reformulaciones de lo que significan los valores de justicia, igualdad y solidaridad comunitaria.

Si la globalización en esencia promete un nuevo esquema unificador, ¿cómo incorporar las diferencias y las desigualdades? ¿Cómo proponer mecanismos de integración a los procesos de globalización que respeten las identidades culturales de los pueblos? ¿Cómo restituir el valor a todos los discursos y a todas las voces que se manifiestan?

La verdad es que no hemos logrado desencantamos por completo con la idea de la modernidad promete debido a que hemos conservado nexos con nuestro pasado, raíces que nos ligan a nuestros nacionalismos más esenciales y profundos; mecanismos que nos permiten entrar y salir de la modernidad3 sin alterar nuestra esencia cultural, replanteando usos de tecnología y códigos de comportamiento; ajustando nuestra identidad a las exigencias que presenta la globalización planetaria, pero la pregunta sería ¿hasta dónde y hasta cuándo? No hay duda, sin embargo, de que la tendencia a la integración de los mercados económicos está aquí para quedarse. El problema de nuestro país radica entonces en la forma de abrir sus ventanas al mundo sin perder el alma de la nación.

Ahora bien, el instrumento tecnológico más rico y más confiable para la aculturación lo constituyen los medios de comunicación. Son ellos, quienes se convierten en determinantes para la globalización de las economías y para el acondicionamiento de la cultura.

La capacidad informativa de las nuevas tecnologías, la simultaneidad con la que aparecen los discursos, la globalización instantánea que permite a un mismo mensaje recorrer al mundo en cuestión de segundos… todo ello representa la faceta encandiladora de la modernidad. De hecho, la simultaneidad de la comunicación se ubica en el centro mismo del fenómeno de la modernidad. Lo anterior conduce a la sociedad de la “transparencia” (Vattimo, 1990), término a través del cual se expresa la pluralidad de los mecanismos y armazones internos con los que se construye la cultura.

La cultura en tiempos del libre mercado

Con el TLC nuestro país fue preparado para una dinámica cultural en la que se nos vendió la idea de la apertura comercial, del libre intercambio de bienes, del acceso a la información y del pensamiento global y supranacional asociado a una nueva esperanza de bienestar y progreso.

Por otra parte, no hay que olvidar que el producto cultural que comenzó a circular en nuestro país como correlato del TLC es un producto económico, sujeto en sí mismo a las fuerzas del mercado, tendiente a ser consumido satisfaciendo ciertas condiciones, soportando la derrama económica de unos polos de desarrollo a otros, llevando consigo grandes flujos informativos y de cultura, y acelerando con ello los grandes desequilibrios a nivel social.

Así, de la misma manera que cualquier otro producto de índole económica, el producto cultural o de comunicación se maneja especulando con las variables del mercado, respondiendo a las demandas, siendo fabricado en polos de desarrollo que responden al modelo de acumulación de la economía capitalista. De tal suerte, podemos identificar polos de producción y distribución de la derrama cultural, primero de nuestros vecinos y socios dentro del TLC, especialmente de Estados Unidos hacia México y, luego dentro de nuestro país, de los núcleos de concentración del capital hacia los sectores menos favorecidos.

De esta manera, al igual que en una economía abierta y de libre mercado en donde inunda con sus bienes el más fuerte, hemos recibido productos culturales, mensajes a través de distintos medios de comunicación con una influencia cultural clara y decididamente ajena a nuestra propia expresión cultural, siendo promovidos y vendidos bajo la premisa de que quienes alcanzan a producir y a difundir primero sus productos son aquéllos a los que ha favorecido la concentración de las nuevas tecnologías, la caída de las fronteras, la migración de capitales y la universalidad de los mercados. En otras palabras, en México se consume no necesariamente lo que se produce, con patrones incluso diferentes de consumo, o bien, lo que se produce responde a patrones no originarios de nuestro país y se combina con las fuerzas de la oferta y la demanda del mercado, lo cual significa que muchas veces el material nacional no encuentra canales de distribución en una proporción equivalente a lo que la encuentran los productos extranjeros.4

Ahora bien, alejados del carácter escéptico que pudiera concebirlos como meros instrumentos técnicos de comunicación, los medios sostienen una relación entrañable con la cultura que los produce y que diseña sus productos para el consumo, a veces globalizador y en ocasiones deliberadamente localista.

Aquí, habría que distinguir dos posturas radicalmente distintas acerca del papel de los medios de comunicación en un esquema de globalización: la de aquellos que parecen albergar la esperanza de que los medios de comunicación logren la realización de la utopía plena, es decir de un mundo interconectado, con menos segregaciones sociales dentro del respeto a las diferencias; y la de aquellos que afirman que el esquema globalizador no hará sino acrecentar los mecanismos de dependencia de los grandes centros de información y de poder, y que lejos de respetar las diferencias culturales la globalización de los sistemas de información llevará de manera natural a la estandarización. Ambas posturas son exageradamente dicotómicas y la complejidad de la realidad demuestra que el nuevo paradigma de los medios deberá albergar ambas posibilidades; esto es, la reflexión deberá ocuparse de explicar la tensión permanente que recrea otros ámbitos dentro de la globalización y de cómo ambas tendencias, la incluyente y la excluyente, coexisten.

En otras palabras, es cierto que el producto comunicativo generalmente sigue las leyes del mercado, pero también es cierto que las sociedades locales reclaman su cultura, y que los medios de comunicación tienen que responder a éste y otros reclamos.

Hoy en sus dos extremos: el global y el local, el acuerdo nacionalista, que no el ímpetu nacionalista, se desintegra. La nación tradicional debe ceder por dos lados: a la dinámica de la integración económica global por una parte, al surgimiento de particularismos culturales, por el otro; a la movilidad del mercado, la tecnología y la comunicación por arriba, y por debajo (Fuentes, 1993, p. V).

Así, hacia finales del milenio, la cultura y la comunicación tendrán un papel inminente de civilización, modernización y diálogo.5 Los medios habrán de apresurarse a responder al carácter integrador de las economías, pero también a la presión interpretativa de las culturas nacionales.

Medios de comunicación y expresión cultural

Lo importante aquí es el reconocimiento de las capacidades globalizadoras de las tecnologías de información y de comunicación, y que de una manera determinante contribuyan a acelerar la difusión de las informaciones en un entorno de mecanismos internacionales de mercado y de constitución de bloques económicos. La implicación teórico-conceptual a desentrañar aquí es la manera como éstos se entrelazan en la complejidad de las culturas nacionales, las identidades y las soberanías nacionales; sobre todo porque si bien está claro el papel de los medios para funcionar con una nueva mayéutica a escala mundial, o al menos transnacional como método de explicación de la realidad, lo que no está claro es la manera como al interior de ese mosaico globalizador se verán representadas las aspiraciones legítimas de cada sociedad, en este caso la sociedad mexicana y, cómo los medios, fuera de la simple justificación que les otorgan las leyes del mercado, habrán de asumir su responsabilidad por el respeto ante la diversidad y pluralidad culturales.

En este sentido, creemos que a dos años de distancia de la incorporación de México al bloque económico de América del Norte, es un hecho que los medios no están dando indicio de querer hacer frente a su responsabilidad o al reconocimiento de la expresión cultural plural. Las fusiones, las adquisiciones, las alianzas estratégicas y los pleitos por el mercado en materia de comunicación dan cuenta fiel de que precisamente en la producción del producto comunicativo y de la industria de la cultura, lo que interesa es el fenómeno del consumo. Es evidente, entonces, que la semilla de la liberalización que los propios medios sembraron está rindiendo frutos.

Por otra parte, hace dos años y frente a la puesta en vigor del TLC nos preguntábamos qué es lo que iba a pasar con la identidad y con la herencia cultural, y cuáles eran los escenarios a partir de la modernización económica preconizada por la apertura comercial, la liberalización de los mercados y la integración al bloque económico de América del Norte, hoy en día nos damos cuenta de que el quehacer cultural no ha quedado exento de los reajustes sociales que implicó la puesta en marcha del proyecto económico que nos acercó al bloque norteamericano; que nuevamente es válido preguntarnos en qué consiste nuestra mexicanidad o el ser mexicanos y que finalmente nuestra identidad no ha hecho sino sufrir un reacomodo social a resultas de los traumas sufridos en los inicios de 1994. En ese sentido, como diría Roger Bartra, asistimos a la recomposición del mito de la mexicanidad ya que:

Los mitos nacionales no son un reflejo de las condiciones en que vive la masa del pueblo ni una diversión falsa (ideológica) de la conciencia. Más bien, “como parte de la cultura, son digamos, la prolongación de los conflictos sociales por otros medios”.6

El problema de la identidad cultural vs. la identidad nacional

Si bien es menester partir de la premisa de reconocer que “existen muchos Méxicos” y que somos un país plural en donde cohabitan modos de cultura distintos, de cualquier manera, en aras del proyecto nacional que nos asiste, también hay que reconocer la existencia de una pugna por definir nuestra identidad cultural en presencia de un proyecto cambiante de nación o de la formación de una nueva identidad nacional. En efecto, la distinción entre identidad cultural e identidad nacional permite reconocer el carácter ideológico-estatal del nacionalismo y de los movimientos nacionalistas, lo cual no necesariamente implica una identidad nacional auténtica, sino solamente la oficialmente declarada. Por ello, dentro de la dimensión cultural, es preciso redefinir qué es lo que significa día con día “hacer la mexicanidad”, a diferencia del “mito de la mexicanidad” para satisfacer el discurso de la unicidad social.

Así, los diferentes discursos nacionalistas no son sino nuevas reconstituciones de la identidad cultural sobre la base de proyectos específicos de nación que responden a ideologías específicas. Lo anterior no quiere decir que la propia identidad cultural no evolucione, antes bien se nutre de los nacionalismos, pero sigue una dinámica propia que no corresponde muchas veces a los tiempos de los proyectos ideológico-estatales.

Así pues, para aclarar este punto, nos gustaría hacer una distinción esencial: la de las particularidades espontáneas de una noción de identidad cultural, a diferencia de las características integradoras que el Estado propone como parte de una identidad nacional. Ambos conceptos emergen de un origen diferente: la identidad cultural nace del pueblo y la identidad nacional es propuesta por el Estado.

Esta precisión conceptual prueba ser de gran utilidad, en la medida en que posibilita aclarar el debate teórico que se ha venido dando en torno al tema de la identidad:

• Quienes hablan de la necesidad de preservar una identidad para nuestro país frente a la apertura económica o el TLC en realidad llevan a cabo una furiosa defensa de la identidad nacional.7
• Quienes defienden la integración, generalmente lo hacen sobre la base de aclarar que toda cultura necesita revitalizarse por contacto con otras y que aquella cultura que no permite la inclusión de elementos nuevos, aun pertenecientes a otras culturas, perece, en realidad se están refiriendo a lo que aquí hemos dado en llamar identidad cultural.8

De hecho, si nos remitimos a la noción de cultura como alimento esencial de los pueblos y a la emisión continua de productos de cultura como expresión de vida de la comunidad, estaremos en presencia de una identidad cultural viva y cambiante. Mientras que si dirigimos la mirada hacia los proyectos de nación que nuestro país ha venido instrumentando a lo largo de su vida como entidad política, como parte del discurso unificador social, estaremos en presencia de los elementos tradicionales y generalmente estables de la identidad nacional.

Ahora bien, si intentamos descubrir los nexos que vinculan a una y otra concepción, apuntaremos a destacar uno de los mecanismos modernizadores más importantes de nuestros días: el de la construcción de los discursos de la modernidad a través de los medios de comunicación colectiva.

Quienes señalan el problema de la identidad en cualquiera de sus dos acepciones: identidad cultural o identidad nacional, quizá se queden cortos en señalar sólo una parte del problema. El análisis debiera centrarse, como lo hemos apuntado, en las formas donde estructuralmente se entrelazan los mecanismos culturales con los mecanismos de cooptación política y económica, y en las formas en que se entretejen de manera muy clara las instituciones culturales y los medios de comunicación.

A principios de 1994 quisimos arrebatarle bruscamente a nuestro país lo que le ha llevado milenios construir; la identidad cultural de los mexicanos se ha venido entretejiendo entre las largas búsquedas de conocimiento y expresión simbólica realizadas precisamente con la acumulación y la paciencia de los siglos.

La posibilidad de acercamiento cultural que el TLC y la globalización trajeron a México fueron inéditos en la historia de nuestro país, no porque éste no haya estado en contacto con la multiculturalidad en tiempos pasados sino porque, como diría el antropólogo Néstor García Canclini (1992, pp. 32-33), vivimos una época en la que la aceleración de los procesos es producto de la nueva tecnología de la información y particularmente en un momento como el actual en el que las identidades son políglotas, multiétnicas, migrantes y hechas con elementos de varias culturas; cuando por primera vez en esta segunda mitad del siglo XX, la mayor parte de los bienes y mensajes no son producidos en el propio territorio, sino que pertenecen más bien a un sistema desterritorializado.

De manera semejante, el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla indicaba con respecto al mismo tema:

La apertura del mercado, que ya es un hecho consumado con o sin TLC, tiene aplicaciones culturales de gran trascendencia. La opción de promover una oferta cada vez mayor de productos y más variados es, en el fondo, la opción por un cierto modelo de vida: solamente uno, particular y único, entre otros muchos posibles. En el contexto actual, ese modelo es el de una sociedad de consumo, que valora la adquisición, la acumulación y la renovación de bienes como el propósito más alto de la existencia social e individual. En una sociedad como la nuestra, en el futuro previsible, este modelo producirá, además una mayor desigualdad: una concentración más alta y una marginación más extendida […]
No es un problema que se limite a borrar barreras arancelarias: va mucho más allá porque implica asumir un modelo de sociedad para el futuro. Ese modelo ¿lo estamos adoptando libre y soberanamente los mexicanos?, ¿nos es impuesto por la fuerza de las cosas, por las leyes ineluctables de la historia, por un destino indiscutiblemente manifiesto al que sólo cabe someterse fatalmente? (1991, pp. 10 y 18)

Qué razón tenía Bonfil en sus palabras: con su adhesión al Tratado de Libre Comercio de América del Norte México no sólo entró en una relación trilateral de desigualdades económicas y culturales, sino que al utilizarlo como piedra angular en su proyecto nacional tuvo que añadir a los reacomodos del desajuste social los desequilibrios de una identidad confrontada contra sí misma y contra aquéllas con las que había decidido emparentar.

Como indica Carlos Monsiváis (1987, pp. 13-22), a lo largo de la historia de nuestro país tradicionalmente el Estado mexicano ha participado en la creación de un nacionalismo acorde con el proyecto político-económico en turno. Habría que añadir, que el proyecto modernizador de fin de siglo que arrojó a México a la integración comercial en bloques y a la globalización, ha descuidado la forja de una nueva identidad cultural -o cuando menos ésta tardará más tiempo en gestarse- de manera que el nacionalismo mexicano se ha eclipsado en aras de una casi identidad posnacional, es decir, aquella que reclama su propio espacio, pero que a su vez se funde irremediablemente con otras identidades: las del consumo, las de la tecnología, las de la globalización.

Es quizás este tipo de identidad posnacional a la que se refiere Roger Bartra cuando dice que, para países como el nuestro, la problemática consiste en la superación democrática del autoritarismo aunado al atraso económico, lo cual implica superar el orgullo nacionalista para construir una identidad posnacional, basada en las formas pluriculturales y democráticas de una vida cívica que forme parte del mundo occidental. Para Bartra, la modernidad junto con el nacionalismo está herida de muerte y no tenemos más remedio que enfrentar la posmodernidad del fragmentado mundo occidental del que formamos parte.

Ahora bien, lo que Bartra supone es que “el avance de nuestra identidad cultural marcha a la par del avance de nuestra identidad nacional”, cuando en realidad llevan ritmos muy distintos uno del otro. La identidad nacional parece haberse estancado y algunos intentan revitalizarla a toda costa: utilizar lemas como “como México no hay dos”; “los mexicanos sí podemos”; “la Revolución no ha muerto” y otros, semejan conjuros que intentan resucitar a una identidad nacional demasiado desgastada por los acontecimientos,- en cambio, el chiste, el sarcasmo, la burla frente a la crisis, las formas de enfrentarla y burlarnos de ella y de nuestra fracasada entrada a la modernidad, parecen ser formas muy vivas, muy jóvenes y muy actuales de una identidad cultural en continuo movimiento.

Si bien en la arena cultural hemos desarrollado procesos culturales de adopción, asimilación e hibridización de las culturas, en el aspecto político la transición hacia una cultura política posnacional que dé paso a una rica y democrática multiplicidad se enfrenta a crisis de gobernabilidad y legitimación del sistema. Sobre esto último, debemos recordar las palabras de Carlos Fuentes cuando dice que, es cierto, nuestro país tiene que reanudar un desarrollo económico, pero éste no puede privarse de su escudo político que es la democracia; ni de su escudo social que es la justicia; ni de su escudo mental que es la cultura. En este último caso, la cultura actúa como elemento de adhesión e identificación -léase identidad-, pero sólo en la medida en que su variedad sea respetada y pueda manifestarse libremente (Fuentes, 1991, p. 15).

En términos generales, comulgamos con Fuentes en el sentido de que tenemos que hacer cuentas con nuestro pasado para enfrentarnos a la historia y asumir lo que somos. Tenemos que asumir el fracaso como experiencia, que admitir que la tan ansiada modernidad no ha llegado y que la globalización no es la panacea ni la solución a todos nuestros males, que todavía somos una nación subdesarrollada, que hemos aumentado nuestras carencias y acrecentado nuestras desigualdades, y que no podemos seguir viendo al exterior sin antes echar una mirada hacia adentro y reconocernos primero a nosotros mismos. De ahí la importancia de asumir nuestra identidad cultural y distinguirla de nuestra identidad nacional. De ahí que nos demos cuenta de que la identidad nacional no siempre ha ido de la mano del mejor proyecto de nación, pero que nuestra identidad cultural siempre ha sido lo suficientemente viva y rica como para no dejarse engañar y echarnos en cara nuestros errores para que aprendamos de ellos.

A manera de corolario

En todo caso, lo que nos toca es precisamente cuestionarnos términos que han llegado a formar parte de la retórica del Estado o de la lógica de los mercados de consumo; si el concepto de identidad nacional es o no distinto del de identidad cultural; si nuestra identidad nacional se encuentra amenazada o no, o si nuestra identidad cultural es o no viva y cambiante, son cuestiones sobre las que vale la pena, una vez más, reflexionar y hacerse preguntas. ¿Cómo conciliar la pluralidad de las identidades culturales en un mundo que tiende a la globalización? ¿Cómo fortalecer a los Estados en un mundo que tiende a la integración en bloques? ¿Cómo interpretar el ejercicio de los medios de comunicación en tanto que tecnologías de contacto y expresión cultural? Desde luego, que para todas estas cuestiones hay más preguntas que respuestas. Toca precisamente al estudioso de la cultura plantearse estos fenómenos aparentemente irreconciliables, que sin embargo, coexisten.

Bibliohemerografía

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Autora: María de la Luz Casas Pérez, ITESM campus Morelos

  1. Concordamos aquí con Alain Touraine (1990, p. 319) en el sentido de separar la noción de modernidad como atributos del ordenamiento político, de la noción de modernización como mecanismo instrumental de la modernidad. []
  2. Luis Armando Haza Remus, “Políticas de financiamiento de la cultura”, Semanario Política Cultural en México, Coordinación de Humanidades, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias, Universidad Nacional Autónoma de México, 1988. Citado por Javier Esteinou en La Televisión mexicana ante el modelo de desarrollo neoliberal, Fundación Manuel Buendía y Programa Cultural de las Fronteras, 1991, p. 12. []
  3. Este punto será abordado más adelanta para contener la amplia discusión existente sobre el estado que guarda nuestra identidad cultural como pueblo frente a los avatares de la globalización. Por lo pronto baste decir que los mecanismos de entrada y salida de la modernidad son tomados aquí en el sentido que Néstor García Canclini le da en Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la moderninad, Grijalbo/CNCA, 1987; de Guillermo Bonfil Batalla, México profundo, Grijalbo/CNCA, 1987; o la forma en la que se integran para constituir nuevas identidades modernas a la manera de Roger Bartra, La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano, Grijalbo, 1987. []
  4. El antropólogo Néstor García Canclini en su investigación “Culturas de la ciudad de México: símbolos colectivos y uso del espacio urbano” encontró que, por ejemplo en relación con la televisión, los televidentes de sectores populares prefieren la programación que expresa aunque estereotipados, los rasgos de la cultura nacional, mientras que los televidentes de sectores más altos prefieren una programación casi exclusivamente norteamericana; en Néstor García Canclini (coord.), El consumo cultural en México, CNCA, 1993. En cuanto a cine por ejemplo el reclamo de los directores y productores mexicanos respecto a la escasez de fuentes de financiamiento para sus producciones y a las pobres condiciones de exhibición de sus materiales, es permanente. Ver por ejemplo: “Piden revisar el TLC y la ley de Cinematografía”, en la Jornada, 27 de julio de 1995, p. 28. []
  5. Véase por ejemplo las ideas de Juan Luis Cebrían (1992, p. 210). []
  6. Roger Bartra, La jaula de la melancolía: identidad y metamorfosis del mexicano, op.cit., p. 238, citado también por Mattew C. Gutman en “Culturas primordiales y creatividad en los orígenes de lo mexicano”, La Jornada Semanal, nú. 186, 3 de enero de 1993, p. 36. []
  7. Carlos Monsiváis, por ejemplo, ha hecho en repetidas ocasiones una importante crítica a las formas de fusión de la identidad de lo mexicano con otras influencias, particularmente la estadounidense, al punto de decir, que ya tenemos aquí a “la primera generación de estadounidenses nacidos en México”. []
  8. Al respecto Carlos fuentes, por ejemplo, se ha manifestado frecuentemente en pro de mantener a la cultura libre y en contacto con otras. []

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