Lourdes Suárez, Conchas y caracoles ese universo maravilloso…, México, Banpaís, 1991, 194 pp. ils.

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En 1964, al construirse la Presa Adolfo López Mateos en El Infiernillo, entre los estados de Guerrero y Michoacán, la arqueóloga autora de este libro participó en el rescate de los restos materiales de pueblos mesoamericanos en el área que sería afectada por el embalse. A raíz de ello, le fue encomendado clasificar los abundantes objetos elaborados por esos pueblos con conchas de moluscos y crustáceos ahí reunidos. Desde entonces, le entró tal gusto por ellos que elaboró un manual sobre las técnicas antiguas para producirlos, una tipología de los mismos y una obra general sobre las conchas de México. Además, ha impartido a estudiantes de arqueología el conocimiento y clasificación de dichos objetos, razón por la cual fue apodada Concha Suárez por sus alumnos. Haciendo justicia a esta fama, ha preparado este libro de divulgación general para trasmitir su visión arqueológica de las conchas usadas y trabajadas en la antigüedad. Ahora bien, como cosa “sin pero” no la hay en el mundo entero, véase primero las tachas de esta publicación para luego reparar en el beneficio que reporta su lectura.

Primero los peros

Para comenzar a echar la aburridora, puede decirse que se trata de una obra brillante… por su papel brilloso que encandila su lectura, de gran tamaño, profusamente ilustrada, con lujosa encuadernación y agradable a la vista por sus espectaculares fotografías a color y sus nítidos dibujos. En ella, se muestra la preciada concha como objeto bello sobre todo. Esto la inscribe dentro del género de libros de arte para coleccionistas, sin textos de naturaleza antropológica del todo, como espera alguien inclinado al pensamiento, además de la contemplación, pues las meras descripciones arqueológicas incluidas carecen por sí solas del poder de recreación y análisis histórico. Y es que el uso generalizado -y en todo tiempo de la concha como ornamento trasmite al libro -casi sin poder evitarlo el atractivo propio del coleccionismo y la historia del arte. A cambio, perdió la oportunidad de recoger por vez primera una visión global de los pueblos costeros en la antigüedad. Más adelante, podrá matizarse esto; quede por ahora esta crítica en el ánimo del lector para poder ampliarla después.

El libro se presenta como una obra de difusión dirigida al gran público, pero como es de lujo y editado por un banco para sus accionistas, amén de haberse vendido a un alto precio en las librerías donde llegaron algunos ejemplares, el número de lectores resaltó aún más restringido que si hubiera sido editado por una institución académica. Sirva de ejemplo para poner en duda la necesidad de sacar el trabajo antropológico del ámbito académico, lo cual, a veces, ha consistido simplemente en introducirlo al mercado con fines comerciales.

Pasando al contenido, una de las primeras impresiones es la insuficiente presencia de los paisajes y, principalmente, de los seres vivos con los cuales están asociados los moluscos: plantas, animales y hombres. También hubiera sido interesante mostrar su asociación con otras civilizaciones, además de la mesoamericana.

Un grave error, quizás uno de los más importantes, fue cometido al usar indiscriminadamente información de épocas, lugares y pueblos diferentes, que redundó en una descripción plana, de corrido, a veces ahistórica, de la arqueología de la concha. Incluso, se da por hecho que las provincias malacológicas del presente fueron las del pasado. Eso permitió dar un panorama general del tema, pero éste resultó hechizo, pues no corresponde con una realidad, ni con un pueblo, época, o región determinadas. En lugar de mapas con todo, hubiera sido mejor elaborar algunos por épocas específicas con la distribución geográfica de los sitios de extracción de moluscos con conchas, otros con la de los talleres para manufacturar los objetos, etcétera. Además, la localización geográfica hubiera sido más adecuada sobre un mapa de Norte y Centroamérica, en vez de hacerla en uno del actual territorio mexicano, el cual -como tal se conformó hasta el siglo XIX. En efecto, fueron los propios pueblos costeros quienes en la antigüedad establecieron los territorios donde se movieron o asentaron: por tanto, sería mucho más cercano a la realidad histórica intentar reconstruir la geografía humana de esos pueblos, pues ellos nada sabían de una nación que se establecería siglos más tarde.

Pero si usar la geografía política actual para determinar unidades espaciales de estudios históricos es un error elemental, la inferencia etnográfíca -la observación de sobrevivencias culturales para entender el pasado- es una herramienta probada muchas veces. Ya una alumna de la autora ha estudiado la manufactura de la concha en un pueblo de la actualidad especializado en ello, aprendiendo etnografía y, sorprendentemente, también arqueología. Muy interesante sería encontrar la presencia del antiguo uso del material de marras en el folclor y en la cultura de la concha actuales. Al menos, ayudaría añadir los nombres populares de cada especie de molusco y concha en diferentes regiones y lenguas. Conocer usos medicinales, como la popular obtención de una crema cicatrizante exprimiendo limón sobre concha nácar. También mitos, cuentos y dichos de la literatura oral viva donde aparecen los moluscos o sus conchas. Por otra parte, la inferencia lingüística proporciona pistas apreciables también. Entre otros aspectos, los mencionados pueden proporcionar un conocimiento antropológico integral, además del meramente arqueológico.

De paso, pudo evitarse el uso del término “comunidad primitiva” -como sinónimo de pueblo de tecnología sencilla o “atrasada”, cuando es más propio el de sociedad primigenia-, y del innecesario anglicismo “implemento” para sustituir las hermosas palabras: instrumento, herramienta y utensilio.

La buena calidad y claridad de las reproducciones fotográficas del libro las convierte en fuente de información por sí mismas, más que en meras ornamentaciones. Por ello, unos pies con descripciones más detalladas y analíticas le hubieran dado a cada ilustración mayor importancia. En efecto, las fotografías demuestran el interés de los antiguos objetos de concha como fuente para el conocimiento histórico; pero como toda fuente, es más valiosa para los estudiosos si, v. gr., va acompañada de un desciframiento e interpretación de sus grabados y pinturas. Por cierto, para futuras indagaciones sería útil un capítulo dedicado a las representaciones de conchas en códices, murales, grabados y otras fuentes gráficas.

Detalles aparte, en esta reseña uno es el comentario más relevante. Para que obras arqueológicas como ésta sean también, y sobre todo, obras de historia y antropología y, por tanto, intelectualmente estimulantes, sus autores pueden asimilar sus descripciones tecnológicas y artísticas a un análisis integral; en este caso, del origen, evolución y caracterización del poblamiento, los pobladores y las sociedades costeras.

Y luego los sin embargos…

Un lector interesado encontrará enseñanzas y motivos de reflexión en un libro de esta naturaleza. Por supuesto, una vez concluida la lectura, le quedará fuera de toda duda el intenso uso que las sociedades mesoamericanas dieron a las conchas de moluscos y crustáceos, en la elaboración de numerosos utensilios agrícolas, pesquemos, militares y ornamentales; en edificios, morrales y tocados personales; en murales, grabados y códices; en ritos, mitos e iconografía y hasta en la música, entre otros.

Las descripciones arqueológicas de los objetos y su manufactura instruyen al lector, a pesar del pero inicial de esta reseña. Le permiten conocer la antigua tecnología de la percusión y desgaste de la concha. Y le demuestran la existencia en el pasado mesoamericano de talleres especializados, donde se desarrolló esa tecnología, y de artesanos o artistas altamente calificados en ella.

De paso, le llaman la atención sobre una materia prima diferente a la piedra y el barro, los dos materiales con cuyos estudios algunos arqueólogos han realizado buena parte de sus reconstrucciones históricas. Ello le permite escapar de ese monopolio. En efecto, le ayuda a concebir más integralmente la tecnología de los pueblos antiguos, la cual hizo uso simultáneo de diversos materiales (como la concha). Así, logrará superar la imagen de una sociedad basada sobre todo en el conocimiento de la tecnología lítica, por ejemplo, con la cual se han nombrado eras completas (como las llamadas Arqueolítica, Cenolítica y Neolítica), como si la historia de las bandas humanas de la antigüedad hubiera girado obsesivamente en torno de las piedras. Otro cuento puede contarse con una visión más completa de los antiguos conjuntos tecnológicos; después de todo, los lejanos ancestros debieron ser bastante menos simples de lo imaginado.

Pero igualmente importante es que el lector aprenda, mediante una lectura curiosa: a) la existencia de antiguos pobladores costeros, especializados en la vida junto al mar (y quizá sobre el mar), en particular, y b) el arraigado entrelazamiento del México antiguo con las costas y el mar, general.

Hoy en día, los concheros o amontonamientos de conchas de moluscos marinos, dejados en las costas por recolectores que vivieron de productos del mar, señalan dónde se asentaban permanentemente o por largas temporadas. Asimismo, es posible deducir, que, además de pescar, algunos supieron bucear y hasta navegar en corto. Unos debieron ser pueblos mesoamericanos, pero si los hubo con otra filiación, cabe preguntarse si -a lo largo de las costas americanas- habría uno o varios corredores culturales con su propio desarrollo histórico, al margen de, o relacionados con, los grandes centros mesoamericanos del interior.

La relación con esos centros fue intensa, dado el comercio a gran distancia de la concha como materia prima e, incluso, de las manufacturas de objetos de este material, para proveer a Teotihuacan, Copán, Cacaxtla y Tenochtitlan. Este comercio plantea dudas sobre si fue siempre un intercambio con tierra adentro o, en algunas épocas, una exacción de las cabeceras dominantes que sujetaron territorios costeros. Y cuando fue lo segundo, si los sometieron colonizándolos con tierra adentreños o dominando a los propios pobladores costeros. Como ciertas conchas coloradas fueron usadas como moneda, también puede pensarse si ello provocó una lucha por el control de su extracción, distribución o almacenamiento. Son cuestiones por dilucidar.

La concha además, sirve a los estudiosos como indicador social. A veces, su presencia o ausencia indicó cierta ocupación, jerarquía, posición social (pues era incorporada al complicado ornamento de personajes importantes), y hasta división regional del trabajo. Aún más, la distribución geográfica de ciertos objetos de concha puede ayudar a reconstruir áreas culturales e, incluso, a localizar un cierto tipo de nobleza o clase social.

Al final de la lectura, a este reseñista le rondó la pregunta -entre otras- de hasta qué punto la fuerte relación del centro de México con las costas -palpable hasta la fecha tiene raíces mesoamericanas. Quizás, la antigua existencia tierra adentro de pueblos con culturas lacustres, como los de las cuencas de Pátzcuaro y México, por ejemplo, explican algo de esto, pero sólo en parte. Ese indudable y llamativo apego chilango de las actuales castas populares por el mar, evidente en su aprecio por los mariscos o en los caracoles y ciertos objetos artesanales (como los característicos barcos de concha) que adornan televisores, trinchadores 0 estantes de sus viviendas, ¿tiene acaso un significado histórico y cultural que nos había pasado desapercibido?, ¿es acaso una huella aún visible de raíces profundas?

Autor: Carlos García Mora, Dirección de Etnohistoria, INAH.

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