El Salvador en la antropología anglosajona: aparición tardía y encasillamiento

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La producción académica sobre El Salvador es sorprendentemente escasa, si la comparamos con la literatura especializada en países vecinos como Guatemala o México. En cualquier caso, podemos decir que con respecto a El Salvador los principales temas tratados han sido la rebelión campesina de 1932 y la posterior masacre de población campesina; la guerra civil en la década de los ochenta, y la violencia del periodo de posguerra. Se puede afirmar que los estudios sobre la violencia y el conflicto político-social en El Salvador contemporáneo son recurrentes no sólo en antropología, sino también en disciplinas como la historia, las ciencias políticas o la psicología social. Igualmente, en el periodo de la posguerra ha proliferado la literatura testimonial1 y de ficción2 sobre el conflicto de la década de 1980; producción que en los últimos años ha comenzado a considerarse una fuente de información histórica y etnográfica de indudable valor. En contraste con esta homogeneidad temática, en la década de 1990 los nuevos problemas que ha afrontado El Salvador han generado un creciente interés por cuestiones no abordadas con anterioridad por los antropólogos, como las migraciones o el indigenismo.

Hasta la década de 1990, la mayor parte de las investigaciones sobre El Salvador se llevaron a cabo por historiadores y politólogos. A partir de 1992, con el cese del conflicto armado, se empiezan a dar mejores condiciones para la realización del trabajo de campo antropológico, lo que sin duda ha tenido como resultado un aumento de la investigación antropológica en el país, por parte de académicos de universidades anglosajonas,3 y del interés por nuevos y más variados temas de investigación. Muestra de ello es la reciente proliferación de investigaciones antropológicas sobre las comunidades de migrantes salvadoreños en Estados Unidos y sobre la emergencia del activismo indígena en El Salvador de la posguerra. Ahora bien, es importante subrayar que estas nuevas temáticas no han desplazado la violencia como cuestión a investigar en la antropología anglosajona. Más bien al contrario, como se refleja en el presente artículo, la violencia continúa siendo fundamental en estos estudios, ya sea como aspecto central de investigación o como elemento transversal y subyacente a otras temáticas.

El origen del interés de la antropología anglosajona por El Salvador puede encontrarse en los inicios de la guerra civil que experimentó el país en la década de 1980.4 Ahora bien, la investigación doctoral que data de dicha década es más bien escasa y limitada a los trabajos de Harrison y Woodward.5 El trabajo de mayor impacto de este periodo de gestación, aunque algo posterior, es el de Bourgois, al que me referiré en el siguiente apartado. Debido al conflicto de la década de 1980, Bourgois no pudo llevar a término su proyecto. Tampoco se tiene constancia de otros antropólogos, con la excepción de Harrison y Bourgois, que perteneciendo a la tradición antropológica anglosajona intentaran hacer investigación en El Salvador durante el transcurso del conflicto: en el caso de Woodward, éste realizó su investigación entre comunidades de inmigrantes salvadoreños en Estados Unidos. Fue Binford, en todo caso, quien basándose en su investigación sobre la masacre de El Mozote, iniciada en la última etapa del conflicto, publicó la primera monografía sobre El Salvador en lengua inglesa.6

Dos inquietudes han guiado esta revisión bibliográfica. En primer lugar, tratar de dilucidar el por qué de la escasa producción antropológica sobre El Salvador en lengua inglesa. En segundo lugar, examinar si el énfasis en la violencia y en el conflicto políticosocial en la investigación en El Salvador puede estar contribuyendo a crear una región para el estudio de la violencia, tal y como Appadurai advierte que ha ocurrido con otras temáticas en otras regiones.7 Con el fin de responder a estos interrogantes, me referiré primero al trabajo de Bourgois y Binford y al diálogo que ambos han mantenido en la revista Ethnography. En segundo lugar revisaré las nuevas tendencias de la antropología anglosajona sobre El Salvador durante el periodo de la posguerra. Por último me centraré en una ausencia, la del sujeto indígena, que podría explicar en parte la relativa escasez de la producción antropológica anglosajona sobre El Salvador.

El presente artículo se limita a realizar una revisión de las principales tendencias de la investigación antropológica anglosajona, por lo que son numerosos los trabajos que han quedado fuera del alcance del artículo. Dada la escasez de monografías publicadas, se han incluido también las tesis doctorales realizadas en universidades anglosajonas, algunas de las cuales tengo constancia de que van a ser publicadas en los próximos años. No se recogen ni se analizan de manera sistemática los artículos publicados en revistas antropológicas especializadas o las compilaciones de artículos que sin duda son relevantes para lo que aquí se plantea, pero que exceden el objetivo del presente artículo.8

El diálogo entre Bourgois y Binford

La dedicación exclusiva de un apartado de este artículo al trabajo de Bourgois y Binford se justifica por el impacto que ambos han tenido en la antropología en general, más allá del círculo de antropólogos de universidades anglosajonas que han trabajado sobre El Salvador. Asimismo, para comprender la antropología sobre El Salvador resulta fundamental comparar el trabajo de ambos autores, ya que constituyen referencias fundamentales en lo que se refiere al estudio antropológico de la violencia durante la guerra civil y la transición a la democracia en El Salvador. Bourgois se planteó inicialmente realizar su investigación doctoral en un campamento de refugiados levantado en la frontera con Honduras con el fin de ofrecer protección a los salvadoreños que escapaban de la violencia militar en el país vecino.9 Durante su primera incursión al campo con el objeto de comprobar la viabilidad del proyecto, Bourgois fue invitado por algunos salvadoreños a cruzar con ellos la frontera de manera ilegal y, de ese modo, observar de primera mano las condiciones de pobreza y terror en que la población salvadoreña estaba inmersa. Una vez en El Salvador, la población que visitó se vio sorprendida por un ataque militar. Con posterioridad, Bourgois relató de forma extensa en la prensa, y más adelante en publicaciones académicas, su huída durante catorce días para escapar del ataque. Esta experiencia personal, y una visita posterior una vez finalizada la guerra, llevaron a Bourgois a dedicar algunas publicaciones a los temas de la violencia y el conflicto en El Salvador. Binford, por el contrario, inició su trabajo de campo en 1991, tan sólo unos meses antes de que finalizase la guerra civil. Su foco de estudio fue una localidad y un episodio específicos, esto es, la masacre de más de un millar de campesinos a manos del ejército salvadoreño en la población de El Mozote, al norte de Morazán, en diciembre de 1981. Su principal trabajo The El Mozote Massacre: Anthropology and Human Rights está basado en entrevistas a supervivientes originarios de El Mozote y a Rufina Amaya, la única testigo presencial del episodio.

El primer aspecto que considero se puede comparar del trabajo de ambos autores es el modo en que entienden la violencia. Esta cuestión fue objeto de sistemática discusión entre ambos, concretamente en el diálogo que mantuvieron en la revista Ethnography. En segundo lugar, cabe destacar la similitud de sus posiciones con respecto al ‘sujeto subalterno’ y a los problemas relativos a su representación. Ambos autores adelantaron una teoría sobre el patrón de violencia continua en El Salvador. Tanto Bourgois como Binford entienden que la violencia no ha sido erradicada con el fin de la guerra civil, sino que se ha perpetuado durante el periodo democrático iniciado en 1992.10 En esta línea, ambos señalan de que a pesar de que los acuerdos de paz acarrearon cambios significativos con respecto a la coyuntura económica y política, la estructura económica y política que está en el origen de la guerra civil no se ha transformado sustancialmente.

Aunque los dos coinciden en el núcleo de su argumento, existen entre ellos algunas notas de discordia. En primer lugar, para Bourgois el continuum de violencia que caracteriza la transición política de El Salvador incluye una progresiva transformación de la naturaleza de la violencia —de ‘violencia política’ a ‘delincuencia y violencia interpersonal’—.11 Binford, sin embargo, más que una transformación de la violencia destaca que la violencia de la posguerra es, al menos parcialmente, un producto de la historia política de El Salvador. Es por ello que enfatiza en su obra la necesidad de examinar las formas de violencia cotidiana y simbólica de manera paralela al estudio de la memoria de la guerra, con el fin de comprender el patrón reproductivo de la violencia.12 Binford mantiene que el examen de la memoria de la guerra civil, un episodio que culminó de manera insatisfactoria para una gran parte de la población salvadoreña, puede contribuir a comprender la actual visión crítica que los salvadoreños mantienen con respecto a la actuación de las guerrillas.13 Otro punto de divergencia entre ambos autores es el empleo que Bourgois hace del concepto “cultura de la violencia” que utiliza para evocar la actual omnipresencia y cotidianeidad de la violencia que se manifiesta incluso en ámbitos no directamente relacionados con situaciones de disensión política.14 Esta idea es objeto de disputa entre ambos autores, pues Binford encuentra que el término “cultura de la violencia” contribuye a esencializar más que a comprender la vida política de El Salvador.15

Un tercer elemento de discrepancia entre ambos autores es la postura que mantienen en relación con la guerra civil en El Salvador. Bourgois intenta romper con la visión maniquea que ha caracterizado los análisis del conflicto civil salvadoreño y que considera fruto del escenario de la guerra fría en que este conflicto se vio inmerso.16 Binford cuestiona la referencia a la ‘ley de conservación de la violencia’ de Bourdieu que hace Bourgois con el fin de poner de manifiesto el potencial mimético de la violencia durante el conflicto civil de la década de 1980 en El Salvador. Según Binford, la violencia recurrente y generalizada en El Salvador contemporáneo no puede explicarse como un proceso en el que los actores reproducen de forma mimética patrones de violencia que han internalizado, como si de un proceso autónomo y ahistórico se tratase. Reacciona este autor recordándonos el desequilibrado recurso a la violencia por las partes enfrentadas y los riesgos del intento de Bourgois por desidealizar la lucha de guerrillas, presentando de forma descontextualizada los crímenes y las contradicciones de la actuación de los grupos guerrilleros, lo que puede conducir en última instancia a perder de vista el marco más amplio en el que se origina la guerra civil
salvadoreña.17 No obstante, el planteamiento de Bourgois, aunque ciertamente discutible, ayuda a comprender la naturaleza de la violencia al cuestionar a menudo la idealizada lucha de guerrillas y subrayar el potencial mimético entre los grupos enfrentados.

El segundo aspecto susceptible de ser comparado en el trabajo de Binford y Bourgois es la importancia que ambos atribuyen al sujeto subalterno y cómo su postura en relación con este aspecto impregna su comprensión y práctica de la antropología. Ambos autores adoptan una ‘opción preferencial por los pobres’, en palabras de Binford18 o por ‘los pobres y oprimidos’, según lo expresa Bourgois,19 de modo que vienen a presentarse como defensores de aquellas voces que raramente se dejan oír en la antropología y, si cabe, todavía en menor medida en otras ciencias sociales. Ahora bien, la postura de Binford es matizada, en tanto considera imposible que esas voces puedan oírse en una monografía mientras exista la mediación del antropólogo como autor final. Binford también critica la conversión del sujeto subalterno en objeto, al que generalmente se hace referencia con términos como ‘campesinos’ o ‘víctimas’, que oscurecen en gran medida la heterogeneidad que caracteriza a estos grupos de población.20 Aun así, Binford recurre al testimonio en un intento por recoger las voces de los protagonistas de la masacre de El Mozote, si bien reconoce las limitaciones de este método, pues en definitiva es el antropólogo quien refleja las voces de la gente.21

Legados y nuevas perspectivas

El cese del conflicto armado y la nueva coyuntura de la posguerra proporcionaron a los antropólogos un escenario más accesible que aquel de la década de 1980, escenario que favoreció la progresiva proliferación de artículos e investigaciones doctorales sobre El Salvador. Desde la década de 1990 los temas se han diversificado y han cubierto una amplia gama más allá de los relacionados con el conflicto. Entre estos nuevos temas podemos destacar los estudios sobre las migraciones de salvadoreños, las comunidades que forman en el extranjero, o su circulación entre El Salvador y Estados Unidos,22 el proceso de transición iniciado con la firma de los acuerdos de paz y la violencia de la posguerra,23 o la identidad y el sujeto indígenas.24

El exilio de opositores del gobierno durante la guerra civil de la década de 1980 y las migraciones económicas de la década siguiente crearon una extensa comunidad salvadoreña en el extranjero. Asimismo, el flujo constante de remesas, personas, ideas y objetos entre El Salvador y el destino de los migrantes salvadoreños engendró un espacio transnacional particular. Este espacio transnacional y los movimientos a través de él son el objeto de tesis recientes. Por ejemplo, Zilberg25 ha abordado el tráfico en este espacio transnacional, mientras Hernández ha explorado la transformación de la familia y la nación en el seno de la comunidad transnacional.26 La violencia no ha estado ausente en este proceso de transformación de la investigación antropológica sobre El Salvador. Las bandas criminales de jóvenes salvadoreños, las maras, tienen su origen en modelos de crimen juvenil de Los Ángeles y fueron adoptadas por migrantes salvadoreños. Su posterior deportación a El Salvador provocó que la violencia surgiera e invadiera el espacio transnacional entre ambos países. Como consecuencia, la investigación que ha abordado diferentes aspectos de este espacio transnacional ha incluido entre ellos la violencia que se manifiesta en ese espacio.27 Por el contrario, no tengo constancia de estudios de antropólogos de universidades anglosajonas que aborden las maras y otros problemas relacionados en territorio salvadoreño.

Otras dos tendencias caracterizan la investigación doctoral sobre ese país en universidades estadounidenses desde la década de 1990: los estudios sobre la transición a la democracia, que se mencionarán a continuación, y los trabajos sobre indigenismo que se tratarán en el siguiente apartado. De los trabajos que estudian la transición política en El Salvador podemos decir que ofrecen una aproximación al periodo de la posguerra desde la idea de continuidad, más que de ruptura o crisis entre los estadios de guerra y paz, lo que estaba ya presente en los trabajos de Bourgois y Binford. Además, en esos trabajos la violencia es o bien el principal objeto de investigación o bien uno de los aspectos transversales fundamentales de la narrativa. Por ello podemos afirmar que, a pesar de las nuevas temáticas, la violencia continúa siendo el foco central de parte de la investigación en El Salvador. El trabajo seminal de Moodie es representativo de esta tendencia;28 la autora examina la experiencia de la violencia por parte de la población salvadoreña por medio de narrativas orales y escritas provenientes de diversas fuentes —principalmente el ‘habla sobre la violencia’, la literatura, los medios de comunicación, y la producción académica— generadas en el periodo de la posguerra. Su trabajo explora cómo las presentes preocupaciones e interpretaciones sobre la violencia se expresan e interaccionan con la memoria de las experiencias de la guerra civil.

Es necesario destacar que muchos de los trabajos cuyo tema central es la violencia en El Salvador de la posguerra proceden de otras disciplinas.29 Esto puede deberse a las dificultades y riesgos derivados de realizar un trabajo de campo antropológico sobre aspectos relacionados con violencia, riesgo que otras disciplinas como la historia o las ciencias políticas, por su propia metodología de investigación, experimentan en menor medida. La investigación etnográfica de la violencia, al estar sustentada en la observación participante, por lo general durante largos periodos, implica un desgaste psicológico importante y la posibilidad de tener que afrontar situaciones de inseguridad personal.30

Merecen también atención los estudios antropológicos que se concentraron en el proceso de reconstrucción de la nación iniciado tras los acuerdos de paz en 1992. En estos trabajos la violencia de la posguerra, sin ser el tema central de la investigación, es un elemento fundamental. Entre ellos es de especial interés el de Silber,31 quien explora la reconstrucción en el periodo de la posguerra a través de los conflictos que surgen al implantar proyectos de desarrollo y reelaborar la memoria social sobre la guerra. Silber documenta, sobre todo mediante el análisis de discursos, las interpretaciones sobre el pasado a la luz del presente, las cuales expresan un sentimiento de desilusión generalizado y enraizado en la consideración de los acuerdos de paz como un fracaso. De manera similar, el trabajo de Delegan32 identifica y explora los lugares y las prácticas que compiten entre sí para generar ideas sobre la nación y el escenario de la posguerra. Su foco de atención es la memoria oficial producida por el Estado y negociada con otros intelectuales y actores políticos durante el proceso de construcción de la nación iniciado en 1992. DeLugan identifica dos nuevos sujetos, el inmigrante y el indio, que vienen a poblar el imaginario nacional de la posguerra y contribuyen a dar forma a la identidad nacional. En definitiva, esta autora explora la noción de memoria a la que se ha ido dando forma a través del recuerdo del pasado y las negociaciones sobre la identidad en El Salvador de la posguerra.

Por último, cabe destacar que la investigación histórica y la antropológica han sido a menudo complementarias en los trabajos de antropólogos anglosajones que estudian El Salvador de la posguerra. Por lo general, estos antropólogos consideran que para comprender a El Salvador actual resulta fundamental revisar su historia. Así, coinciden en abordar aspectos como la formación de la elite económica y política; la paulatina expropiación de las tierras a los campesinos; la rebelión campesina de 1932; las décadas de regímenes militares y represión que siguieron a este episodio; así como la guerra civil de la década de 1980 y los acontecimientos que la precedieron en las dos décadas anteriores. La relevancia que los antropólogos han concedido a la historiografía radica también en el carácter etnográfico de parte de la investigación histórica emprendida en la región, muy propensa a la historia oral y a la investigación basada en la interacción con la población.33

La (re)aparición del indio salvadoreño

Por último, una de las razones que puede ayudarnos a explicar la aún relativamente escasa investigación antropológica sobre El Salvador es la ausencia del sujeto indígena en este país. La mayor parte de la producción académica sobre El Salvador refleja la rebelión campesina de 1932 y la posterior masacre de 10 000 campesinos como los episodios de la historia salvadoreña que señalan el abandono de prácticas y distintivos indígenas. De acuerdo con esta literatura, el régimen represivo del general Martínez Hernández en la década de 1930 identificó al sujeto indígena como agente subversivo, lo que tuvo como consecuencia la progresiva eliminación de cualquier distintivo indígena y marcó la transición a “una nación completamente mestiza y moderna”.34 A partir de la década de 1990 el creciente número de artículos y publicaciones antropológicas que abordan las cuestión indígena —impulsado por las grandes inversiones en este tipo de investigación y la creciente importancia que se concedió a estos estudios— no encontró en El Salvador una región cuyo estudio valiera la pena, por ello la tendencia ha sido concentrarse en otros países latinoamericanos como Guatemala, México o Bolivia. Sin embargo, en los últimos años algunas investigaciones se han llevado a cabo con el objeto de responder, aunque sin ser necesariamente la cuestión central, a la pregunta de si se puede hablar de la existencia de población indígena en El Salvador. El rápido crecimiento del activismo indígena en el periodo de la posguerra en El Salvador está en la raíz de estos trabajos, de los cuales destacaré el de Carranza-Mena y el de Peterson.35

Carranza-Mena examina las prácticas de gobierno en El Salvador y las consecuencias derivadas de estas prácticas para la población indígena, y en definitiva para la identidad indígena en El Salvador de la posguerra. A la luz de este estudio, Carranza-Mena sostiene que la representación de la insurrección de 1932 como el episodio que marca la desaparición del indio, ha sido capitalizada tanto por el Estado como por el opositor sector de izquierdas. Como resultado, la población indígena ha sido ignorada y representada como campesina en el proyecto modernizador que siguió a la masacre de 1932. Su trabajo de campo en comunidades indígenas del oriente de El Salvador le condujo a cuestionar teorías previas sobre la identidad que enfatizan la homogeneidad y la estabilidad. El autor sugiere que comprender la identidad como un producto histórico, puede arrojar luz sobre la variedad de aspectos que caracterizan a la población rural salvadoreña y contribuir a desafiar la representación de El Salvador como una nación mestiza.

Peterson, por su parte, estudia tanto la rebelión de 1932 como la transición a la democracia iniciada en 1992. Sostiene que mientras el primer episodio ha sido señalado como aquel que da lugar a la desaparición del indio, el final de la guerra civil ha marcado su retorno. Más que responder a la cuestión de si existe población indígena en la actualidad en El Salvador, Peterson explora las contradicciones existentes entre la definición del sujeto indígena propuesta por activistas, y la auto-representación como no indios por parte de la población que dichos activistas tratan de representar. La adopción de una perspectiva realista le conduce a cuestionar la producción de la noción de indio que mantiene y está basada en las fantasías sobre el indio generadas por la elite, antes que en la certeza de la existencia de un sujeto indio. Su objetivo último es el estudio del proceso de formación de la identidad política en un contexto de neoliberalismo cultural.

Ambos autores, en línea con los paradigmas dominantes en la historiografía de El Salvador, parten de la premisa de que 1932 constituyó un punto de inflexión en la existencia del sujeto indígena en ese país. Carranza-Mena se concentra en los efectos de las formas de gobierno sobre la población salvadoreña y busca demostrar que la desaparición del indio no es una descripción precisa del escenario posterior a 1932. Las identidades estáticas bajo las cuales el sujeto indígena es buscado, mantiene Carranza-Mena, no permiten su identificación. Peterson, por el contrario, no está interesado en si el indio existe o ha existido alguna vez. Su escrutinio de la identidad indígena revela, más que una discusión sobre la identidad, la nostalgia que siente parte de la población salvadoreña de un proyecto revolucionario del que la izquierda ha renegado con el objeto de poner fin al conflicto civil que duró doce años. De acuerdo con este autor, el indio, que fue más un objeto fetiche premoderno, producto de los miedos de la elite, deviene después de la guerra civil en objeto al cual parte de la población salvadoreña ha adscrito la esperanza de un nuevo proyecto revolucionario. Ambos trabajos, tanto el de Carranza-Mena como el de Peterson, son de especial relevancia, pues contribuyen a expandir el debate sobre la identidad indígena, un tema considerado hasta la fecha en El Salvador como labor del historiador, y ponen de manifiesto la complejidad de esa noción y las posibilidades que El Salvador ofrece para su estudio.

Consideraciones finales

En el presente artículo se sugiere que la escasez y la tardía aparición de monografías antropológicas sobre El Salvador en círculos académicos anglosajones pueden explicarse por dos aspectos concretos. En primer lugar, por la incesante situación política de inestabilidad en la que ha estado inmerso el país durante la mayor parte del siglo XX y, en segundo lugar, por la falta de interés hacia El Salvador debido a la aparente ausencia de cuestiones tales como el indigenismo, que han sido la fuente de una prolija literatura antropológica sobre otros países vecinos. La mayor parte de las monografías existentes son el resultado de investigaciones doctorales realizadas a partir de la década de 1990, producto de la atención internacional que El Salvador despertó a partir de la década de 1980 por su conflicto civil. Si tenemos en cuenta que la gestación de la antropología sobre El Salvador es paralela a la guerra civil, parece comprensible que una parte importante de la investigación se haya centrado en la violencia y el conflicto político-social, o al menos que gran parte de las monografías antropológicas hayan tratado en profundidad y dedicado capítulos completos a estos temas. Igualmente, “la preferente opción por los pobres” parece haber sido también un producto de la polarización propia del periodo en el que Bourgois y Binford realizaron su investigación en El Salvador, pues debemos reconocer que este aspecto no ha recibido tanta atención en los trabajos más recientes. Por otro lado, el tan habitual énfasis en la continuidad entre los periodos de guerra y paz en la antropología anglosajona sobre El Salvador puede ser consecuencia del momento en el que se han llevado a cabo las investigaciones; esto es, en plena transición a un periodo de democracia que no puede entenderse completamente sin referencia al reciente conflicto civil y la forma en que se cerró. Además, del énfasis en la continuidad se deriva que el examen de la memoria social, es decir, el recuerdo compartido del pasado a la luz de la coyuntura presente, puede servir para explicar cómo el pasado de violencia y conflicto es fundamental para comprender El Salvador actual.

Llegados a este punto, cabe plantearse si la fascinación de los extranjeros por el conflicto de la década de 1980 y sus episodios más destacados puede explicar, al menos parcialmente, que la violencia y el conflicto hayan sido temas recurrentes en la investigación sobre El Salvador. Por fascinación por el conflicto me refiero a la imagen romántica que en ocasiones se ha ofrecido de algunos conflictos, como la Guerra Civil Española o la Revolución Cubana, y que la polarizada guerra de El Salvador considero ha podido evocar. En favor de este argumento se puede apuntar que la antropología realizada por salvadoreños, de por sí bastante reciente, no ha demostrado excesivo interés por el tema de la violencia. De todas formas, una afirmación como esta requiere una revisión de la investigación realizada por antropólogos salvadoreños en su país, que excede el alcance de este artículo. En todo caso, las elevadas tasas de crimen, la emergencia de las maras y el sentimiento de inseguridad por parte de los salvadoreños no deben descartarse como motivos fundamentales que justifican el énfasis en la violencia en la investigación etnográfica anglosajona sobre El Salvador.

Aunque he empleado el calificativo anglosajón, la investigación etnográfica sobre El Salvador escrita originalmente en lengua inglesa procede casi exclusivamente de universidades de Estados Unidos, exceptuando algunas tesis doctorales realizadas en universidades canadienses. Esto puede parecer comprensible a tenor de los intereses políticos y económicos que Estados Unidos ha tenido y tiene aún hoy en gran parte de los países de América Latina. Asimismo, aproximadamente el 20 por ciento de la población salvadoreña reside y trabaja actualmente en ese país, lo que ha provocado un interés por el estudio de las comunidades de emigrantes en Estados Unidos y por la circulación de personas, objetos, dinero, e ideas entre los dos países. El reciente interés por la comunidad transnacional salvadoreña desplazó a El Salvador como campo de investigación, sustituyéndolo por Estados Unidos o por el espacio de tránsito entre ambos países. Aun así, El Salvador sigue siendo visto, a juzgar por los trabajos recientemente publicados, como un lugar paradigmático para el estudio de la violencia. Si bien la violencia no es generalmente el tema central de estos trabajos, sí recibe al menos especial atención en capítulos concretos o como aspecto transversal o de fondo al tema central de la investigación. En definitiva, podemos decir que la antropología anglosajona no ha abandonado el interés por la violencia inaugurado por las obras de Bourgois y Binford, a pesar de que son escasos los trabajos que, en los últimos años, se han centrado exclusivamente en ella. Esto podría deberse a las dificultades añadidas que encuentra el antropólogo, dada la metodología que emplea, para investigar sobre un tema que entraña importantes riesgos.

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Autora: Ainhoa Montoya, Departamento de Antropología Social, Universidad de Manchester. Agradezco los comentarios y sugerencias de John Gledhill, Leigh Binford y Ellen Moodie, así como de los participantes en el Congreso de la Asociación Latinoamericana de Antropología, celebrado en la Universidad de Costa Rica en julio de 2008. No obstante, cualquier inconsistencia que pueda existir en la información que se presenta es responsabilidad de la autora.

  1. Algunos de estos trabajos se han considerado próximos a la etnografía, por la riqueza de su descripción de la vida en El Salvador durante el conflicto armado iniciado en 1980. Véase, por ejemplo, Francisco Metzi, The People’s Remedy: The Struggle for Health Care in El Salvador’s War of Liberation, 1988. []
  2. Tiene también valor etnográfico la literatura de ficción basada en experiencias personales. Véanse, por ejemplo, Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll, No me agarran viva, 2000, y Manlio Argueta, Un día en la vida, 2000. []
  3. El término “antropología anglosajona”, aunque discutible, he considerado oportuno emplearlo en este artículo para referirme al conjunto de la investigación antropológica sobre El Salvador realizada por académicos de universidades de países de habla inglesa y publicada en inglés. []
  4. Con anterioridad a esa década tan sólo existe constancia de una tesis doctoral: Ruth Harwood, “An Experiment in Community Development in El Salvador”, 1963. Existe también un trabajo posterior, aunque no antropológico, que emplea, entre otros métodos, la investigación etnográfica: William H. Durham, Scarcity and Survival in Central America: Ecological Origins of the Soccer War, 1979. []
  5. Polly F. Harrison, “To Bear a Child: Meanings and Strategies in Rural El Salvador”, 1983; Laura L. Woodward, “Central Americans in Tucson”, 1989. []
  6. Leigh Binford, The El Mozote Massacre: Anthropology and Human Rights, 1996. Esta monografía se tradujo posteriormente al español: Leigh Binford, El Mozote: vidas y memorias, 1997. []
  7. Arjun Appadurai, “Theory in Anthropology: Center and Periphery”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 28, núm. 2, 1986, pp. 356-361. []
  8. Caso aparte es la obra editada por Lauria-Santiago y Binford, que en todo caso recoge artículos de antropólogos cuyas tesis menciono en este artículo: Aldo Lauria-Santiago y Leigh Binford (eds.), Landscapes of Struggle: Politics, Society, and Community in El Salvador, 2004. Han quedado también excluidas investigaciones procedentes de otras disciplinas, pero conducidas en gran medida con métodos etnográficos. Me refiero a obras como las de Jenny Pearce, Promised Land: Peasant Rebellion in Chalatenango, El Salvador, 1986; Virginia Tilley,
    Seeing Indians: A Study of Race, Nation, and Power in El Salvador, 2005; Mo Hume, The Politics of Violence: Gender, Conflict and Community in El Salvador, Oxford, Wiley-Blackwell, 2009. []
  9. Philippe Bourgois, “Confronting Anthropological Ethics: Ethnographic Lessons from Central America”, en Journal of Peace Research, vol. 27, núm. 1, 1990, pp. 43-54. []
  10. Leigh Binford, op. cit., 1996; Leigh Binford, “Violence in El Salvador: A Rejoinder to Philippe Bourgois The Power of Violence in War and Peace”’, en Ethnography, vol. 3, núm. 2, 2002, pp. 201-219; Philippe Bourgois, “The Violence of Moral Binaries: Response to Leigh Binford”, en Ethnography, vol. 3, núm. 2, 2002, pp. 221-231; Philippe Bourgois, “The Continuum of Violence in War and Peace: Post-Cold War Lessons from El Salvador”, en Nancy Scheper-Hughes y Philippe Bourgois (eds.), Violence in War and Peace: An Anthology, 2005. []
  11. Philippe Bourgois, op. cit., 2005, p. 428. []
  12. Leigh Binford, op. cit., 2002, p. 215. []
  13. Ibidem, p. 205. []
  14. Philippe Bourgois, op. cit., 2002, p. 226. []
  15. Leigh Binford, op. cit., 2002, pp. 207-208. []
  16. Philippe Bourgois, op. cit., 2005, p. 431. []
  17. Leigh Binford, op. cit., 2002, pp. 201-219. []
  18. Leigh Binford, op. cit., 1996, p. 201. []
  19. Philippe Bourgois, op. cit., 1990, p. 52. []
  20. Leigh Binford, op. cit., 1996, pp. 5-7. []
  21. Ibidem, p. 196; Leigh Binford, op. cit., 2002, p. 210. []
  22. Beth F. Baker-Cristales, “‘El Hermano Lejano’: The Transnational Space of Salvadoran Migration to the United States”, 1999; Ester E. Hernández, “Power in Remittances: Remaking Family and Nation among Salvadorans”, 2002; David E. Pedersen, “American Value: Migrants, Money and Modernity in El Salvador and the United States”, 2004; Harold J. Recinos, “The Politics of Salvadoran Refugee Popular Religion”, 1993; Sharon L. Stowers, “Hungry for the Taste of El Salvador: Gastronomic Nostalgia, Identity, and Resistance to Nutrithink in an Immigrant Community”, 2003; Paula E. Trahan, “Manejando ‘La situación’: Stressors and Coping Strategies Residing in Orange County”, 1995; Elana Zilberg, “From Riots to Rampart: A Spatial Cultural Politics of Salvadoran Migration to and from Los Angeles”, 2002. []
  23. Robin M. DeLugan, “Re-Imagining the Ties that Bind: State Practices of Nation Building in Post-War El Salvador (1992-2000)”, 2004; Irina C. Silber, “A Spectral Reconciliation: Rebuilding Post-War El Salvador”, 2000; Ellen Moodie, “’It’s Worse than the War’: Telling Everyday Danger in Post-War San Salvador”, 2002. []
  24. Douglas G. Carranza-Mena, “Indigenous Communities and the Ethnography of Governmentality in El Salvador”, 2003; Brandt G. Peterson, “Unsettled Remains: Race, Trauma, and Nationalism in Millenial El Salvador”, 2005. []
  25. Elana Zilberg, op. cit. []
  26. Ester E. Hernández, op. cit. []
  27. Idem. []
  28. Ellen Moodie, op. cit. []
  29. Véase Mo Hume, op. cit. []
  30. Véase Jeffrey A. Sluka, “Introduction: State Terror and Anthropology”, en Jeffrey A. Sluka (ed.), Death Squad: The Anthropology of State Terror, 2000. El autor relata los casos de antropólogos como Víctor Montejo, Myrna Mack o Ricardo Falla, quienes fueron amenazados, o incluso asesinados, debido a sus investigaciones en torno a la violencia en la Guatemala de la década de 1980. []
  31. Irina C. Silber, op. cit. []
  32. Robin M. DeLugan, op. cit. []
  33. Véase Thomas R. Anderson, Matanza: El Salvador’s Communist Revolt of 1932, 1971; Jenny Pearce, op. cit. []
  34. Brandt G. Peterson, op. cit. []
  35. Douglas G. Carranza-Mena, op. cit.; Brandt G. Peterson, op. cit. []

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