Nodos y nadas. La suspendida historia del “marxitivismo” en la arqueología mexicana

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La historia, y cómo lograrla1

Uso, abuso y re-uso

En las pasadas dos décadas el oficio de historiar ha sido constantemente sometido a revisión, tanto en sus procedimientos como en sus pretensiones, y en estas revisiones han tenido un lugar destacado las propuestas y advertencias sobre el peligro de caer en el fácil expediente de justificar un determinado enfoque dada la imposibilidad del historiador de eludir su propio contexto cultural de origen, así como por la patente y metodológica imposibilidad de asumir actitudes empáticas.2 Por consiguiente, el acto de historiar siempre habrá de venir acompañado de una reserva implícita o explícita por parte del historiador, reserva que habrá de asumir el lector como una responsabilidad propia: el historiador es responsable de lo que escribe, pero siempre será el lector el único responsable de lo que llegue a creer.

Ya Finley apuntaba3 la relación personal y social entre historia y memoria, en la que ésta adquiere un estatus como medio para discriminar, de entre los sucesos del pasado, a aquéllos importantes en la conformación del individuo como persona o de la sociedad como colectividad. Bajo este esquema, entonces, la historia se construye para albergar el pasado relevante (relevante según la entidad interesada), de modo que toda historia, por definición, resalta el conjunto de hechos que convenientemente dan cuenta del actual estado de cosas. Por ello la memoria, individual o colectiva, encuentra en la historia los recursos de justificación de devenires y de proyección de expectativas, y con demasiada frecuencia le impone demandas que exceden la mera relatoría de eventos o la prolija concatenación de causas. Con demasiada frecuencia, decía, se espera que la historia respalde pretensiones de hegemonía, superioridad, derechos y exigencias. Y ante las pobres respuestas obtenidas la memoria exige que las pretensiones se cubran: si la historia no atiende las demandas debe (re)forzársele, deben inventársele los eventos necesarios. Así, la historia y la memoria culminan su imbricación con la ayuda de los mitos, que son creados bajo la guía de los intereses obvios y oscuros de una sistemática del pasado. Finley escribe:

…el pasado ha sido estudiado de forma didáctica y moral, como una muestra de la esencia pecaminosa del hombre o como una guía para la futura acción política; el pasado ha desarrollado la función socio-psicológica de dotar a la comunidad de cohesión y cometido, de fortificar su tono moral y de apuntalar el patriotismo; el pasado puede, y así ha sido, en efecto, ser manipulado para fines románticos. Y muchos otros. Cada uno de estos intereses ha menester un tipo diferente de enfoque…4

A los mitos debe la historia su maleabilidad y su polivalencia; a los mitos de origen deben los pueblos su lugar en la tierra; al mismo mito de un dios único deben su visión las tradiciones judía, cristiana y musulmana; al mito de la igualdad debe su existencia la república; al mito de la recompensa deben su existencia las clases; al mito de la justicia debe su existencia el romanticismo; al mito de la cultura debe su razón la antropología; al mito del socialismo científico debe su existencia el materialismo histórico; al mito de la inconmensurabilidad debe su existencia el posmodernismo; al mito de la objetividad histórica debe su existencia la exégesis. El lector ingenuo de la historia la traga sin advertir los mitos, y menos aún dosificándolos; así, los mitos se constituyen en cimientos del pensamiento sistemático (de ahí su fuerza), pero también en lastre del pensamiento crítico.

Me pregunto, ¿al mito de una sistemática del pasado debe su existencia la arqueología?, ¿es cognoscible el pasado sin mitos?, o, como dirían los desconstructivistas, ¿el pasado es un mito? La cosa se complica cuando se pretende historiar, ya no el pasado “real” de las sociedades arqueológicas, sino el propio pasado de la arqueología, cuando se pretende relatar su historia. Coincido con Huizinga, quien señala:

En realidad, lo único que nos ofrece la Historia es una cierta idea de un cierto pasado, una imagen inteligible de un fragmento del pasado. No es nunca la reconstrucción o la reproducción de un pasado dado. El pasado no es dado nunca. Lo único dado es la tradición.5

Como ha sido ampliamente discutido en el Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana, la historia de la antropología es la historia de sus tradiciones y corrientes, es la historia de las condicionantes que sujetan y limitan nuestra manera de ver nuestros objetos de estudio. La historia de nuestro papel como antropólogos es la historia de las tradiciones que asumimos y la de las que rechazamos. A lo anterior, los arqueólogos sumamos además el delicado papel de reforzar la memoria colectiva y de colaborar en la construcción de la identidad nacional. Pienso que sería legítimo y productivo historiar la arqueología (la mexicana al menos), bajo pautas basadas en mitos identificables; una historia así no estaría estructurada en secuencias de personajes (de Charnay a Manzanilla, por ejemplo) o de proyectos (de la dinamita en la Pirámide del Sol a la búsqueda de tlatoanis en Xala), sino de tradiciones, mitos y ritos; una historia así no sólo se podría usar y abusar como todas las demás, sino que también se podría re-usar, se podría adecuar como modelo para generar nuevas tradiciones, para incorporar nuevos mitos.

Nótese, sin embargo, que en cualquiera de los estilos de historiar anteriores lo normal es atenerse a la ortodoxia y apegarse al estudio de los hechos y procesos que fueron (después de todo, la historia se logra bajo el mito de lo real), siendo poco encomiable detenerse en los hechos y procesos que pudieron haber sido, a pesar de que el análisis de éstos ofrece atractivas ambientaciones heurísticas y hermenéuticas alternativas. Lo anterior es especialmente cierto para una disciplina altamente susceptible a las influencias políticas, como la arqueología mexicana, donde muchas consideraciones extracientíficas han cambiado el curso de su desempeño académico. Analizaré más adelante una historia que no se logró todavía.

Un enfoque heterodoxo

Los escenarios alternativos para tratar conjuntos de datos son una técnica usada desde hace tiempo en la disciplina llamada economía, como un recurso para prevenir situaciones indeseadas o para buscar ciertos niveles de adaptabilidad cuando dichos escenarios se desarrollan y se vuelven optativos. Técnicas matemáticas específicas se han desarrollado para analizar, entre otras, situaciones de equilibrio de mercado, de optimización logística, de toma de decisiones bajo condiciones de incertidumbre y hasta de tendencias de comportamiento consumista. Como es claro, los conjuntos de datos económicos son plenamente discretos y altamente definibles, condición previa para su análisis y manejo en situaciones hipotéticas.

Por su propia naturaleza la economía se preocupa principalmente por definir los escenarios futuros (próximos o mediatos), y su revisión del pasado tiene el objetivo explícito de afinar las técnicas matemáticas de análisis, generalmente vía la introducción de nuevas variables o la reponderación de las existentes. En economía el análisis del pasado no tiene nunca una intención desconstructivista -en cuanto a replantear el sentido y los objetivos de la disciplina o de su objeto de estudio-. En economía las hipótesis fallidas o las técnicas inadecuadas resultan en mitos, pero siempre lo son a posteriori.

Es esta última condición, una de las diferencias entre el desarrollo de la economía y el de, digamos, la antropología como ciencias sociales; en esta última los mitos se establecen como tales desde la misma construcción de los objetos de estudio, y las tradiciones que se desarrollan a partir de ellos tienden a oscurecer el reconocimiento mismo de los mitos originales. En antropología y en arqueología los mitos no sólo son a priori, sino que muchas veces ni siquiera se les reconoce. Por ello es que resulta poco promisorio (cuando no peligroso políticamente) emprender análisis históricos de nuestra disciplina partiendo de la identificación de los mitos de origen, pues con demasiada frecuencia la ubicación de tales mitos refiere a personalidades que, cuando se sienten identificadas, se apresuran a desmentir al historiador. Como he comprobado repetidas veces, el uso del mito como categoría de análisis es un eficiente recurso para hacerse de enemigos.

Por eso es que ahora mi objetivo en este ensayo es visualizar un escenario alternativo que pudo haber existido en la arqueología mexicana (aunque no implico que hubiera podido ser optativo), a raíz de la confluencia de dos tradiciones supuestamente incompatibles: el marxismo y el neopositivismo. Sin desplegar técnicas matemáticas, pido indulgencia hacia mi idiosincrásica visión de equilibrio de mercado, optimización logística, toma de decisiones bajo incertidumbre y tendencias consumistas en nuestra arqueología en un escenario no logrado e influido por la “tradición marxitivista”. Para ello es necesario trascender los cánones recibidos de la historia y puntualizarle a su primer cliente -el lector-, que es “menester un tipo diferente de enfoque”. Como dice Finley:

Tal vez haya llegado la hora en que, en la actividad considerablemente introspectiva que en el presente llevan a cabo muchos historiadores (o que se lleva a cabo en torno a ellos), sea necesario añadir a las preguntas ¿qué es la historia? o ¿qué es una explicación histórica?, una tercera, a saber: ¿cuál es el efecto de la historia? O, por emplear una paráfrasis: Cui bono?, ¿quién escucha?, ¿por qué no?6

El particularismo histórico de la arqueología mexicana

En otro lugar7 analicé someramente cómo es que la arqueología mexicana ancló su desarrollo académico al impresionante esfuerzo difusionista decimonónico que caracterizó la consolidación, como disciplinas, de la antropología y la arqueología en todo el mundo. México se sumó a la corriente mundial que hacía de la arqueología una herramienta para la construcción de nacionalismos, costumbre iniciada por Dinamarca8 y en el afán de esta meta poco cambió la intención revolucionaria respecto de la porfirista: si don Porfirio quería impresionar a la intelectualidad internacional con las grandiosas pirámides mexicanas, los gobiernos revolucionarios equipararon desenfadadamente esa grandeza arquitectónica con la grandeza social prehispánica. Ya establecida esta equiparación, fue casi natural que el Estado se apropiara de la internalización y consolidación de dicha grandeza mediante el argumento de la identidad nacional y el consiguiente cuidado de sus fuentes: los restos arqueológicos.

En México la arqueología ha sido siempre punta de lanza en los esfuerzos por construir la identidad de la nación, y estos esfuerzos han impuesto su dinámica. Así, la arqueología mexicana ha estado orientada siempre a aportar datos, monumentos y argumentos que permitan a los diferentes gobiernos estrechar la brecha entre las condiciones de grandeza prehispánica y las del subdesarrollo actuales. Este objetivo no requiere, en absoluto, de que la arqueología se desarrolle como disciplina científica, no requiere que sus practicantes se adentren en las abstracciones de los desarrollos teóricos o en las enfadosas alternativas de las diferentes propuestas metodológicas que, en este siglo, son comunes en otras tradiciones arqueológicas nacionales. Lo que se ha demandado a la arqueología mexicana ha sido la producción de conceptos holísticos útiles como sustrato nacionalista, la producción de historias concretas de sitios y regiones específicos, la producción de cronologías llanas y de interpretaciones épicas. Hasta en el inicio del siglo XXI la corriente dominante en nuestra arqueología, el particularismo histórico, ha sido más que suficiente para cumplir con lo que el Estado espera de la arqueología. No es necesario esperar a que avance este milenio para analizar la producción bibliográfica de la arqueología del siglo XX, y notar la absoluta desconexión teórico-sustantiva y teórico-metodológica entre los diferentes autores.

No obstante, no todo es negativo en nuestra historia disciplinaria. Si bien hemos tenido que aceptar una práctica profesional predominantemente monumentalista, una caracterización de nuestro oficio como no liberal, y una relación frecuentemente servil con la clase política, no puede olvidarse en el otro platillo de la balanza la creación de una estructura jurídica de protección que ha sido modelo para otros países, la caracterización de la arqueología como antropología (con su consecuente carga humanista), y un uso ideológico de la misma que nos ha hecho clara la distancia entre las aspiraciones populares y las pretensiones neoliberales en esta época de globalización. También es cierto que el uso ideológico de la arqueología no ha sido tan desmesurado como para alcanzar las cotas de refuerzo fundamentalista de la arqueología israelí o los nebulosos argumentos que no definen entre autonomía e independencia, como en la arqueología catalana y en las de los indígenas estadounidenses y canadienses (aunque sabemos que la lucha de varios grupos indígenas de México, en este sentido, está ya por empezar).

Una cierta política cultural del Estado mexicano

En la década de los años cuarenta del siglo XX, nuestro país estaba ya superando la etapa de levantamientos y asonadas que, a un ritmo casi mensual, llegó a caracterizar las décadas anteriores. El afán populista del sexenio de Cárdenas, de alguna manera impuesto desde arriba, finalmente adquiriría raíces verdaderamente populares durante los primeros años de la segunda guerra mundial, pues el fantasma del fascismo se contraponía a todo ideal nacionalista y de economía emergente. Es en este ambiente que el Estado y la sociedad se enfrascan en amalgamar la política con la producción académica y artística: la Época de Oro no sólo lo es de nuestra cinematografía, también lo es del muralismo, de la música sinfónica, de la danza y, claro, de la arqueología. Es en los años cuarenta cuando la arqueología se embarca en la gesta por definir el último de los grandes enigmas del mosaico prehispánico: la definición histórica y arqueológica de Tula, y también es cuando se fragua el concepto Mesoamérica para dar sustento académico al mito del “México Antiguo”, clave en la retórica nacionalista del Estado.9

La Época de Oro, aunque desarrollada durante el sexenio de Ávila Camacho, fue gestada durante el populismo de Cárdenas, y a partir de ahí este estilo de gobernar ha hecho acto de presencia cíclicamente. López Mateos asumió para su gestión un carácter populista nacionalizando la industria eléctrica e impulsando en lo arqueológico el Proyecto Teotihuacan 1962-1964, y el Museo Nacional de Antropología.10 Una nueva aparición del populismo tuvo lugar dos sexenios después, durante la gestión de Echeverría Álvarez, durante la cual la arqueología tuvo una doble afectación, una directa y una indirecta. La primera se manifestó en el penoso caso de los restos de Cuauhtémoc, que ya analicé en otro lugar,11 mientras que la segunda fue una consecuencia no buscada del afán internacionalista de nuestro presidente.

Recordemos que en 1970 México se alzaba como líder del Tercer Mundo, pues había sido el primero de esos países en realizar una olimpiada, impulsaba el Movimiento de Países No Alineados y esgrimía eficazmente la Doctrina Estrada como fundamento de su posición en favor de la autodeterminación de los pueblos. Fue bajo esta actitud internacionalista que México se proyectó como uno de los primeros países que no sólo reconoció el triunfo en las urnas del socialista Salvador Allende en Chile, sino que incluso se apresuró a felicitarlo y a invitarlo a visitarnos.

El golpe militar de Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, supuso un golpe contra la autodeterminación de los pueblos por parte de Estados Unidos, y generó una loable actitud -si bien otra vez populista- en nuestro gobierno: si Cárdenas había abierto los brazos a los españoles republicanos refugiados, Echeverría los abriría a los chilenos perseguidos por la junta militar pinochetista. Así, tras el golpe, en la academia arqueológica mexicana hace su aparición, con la bendición echeverrista, el profesor Felipe Bate, que si bien no era propiamente un refugiado político, no estaba en condiciones de regresar a su país dada su condición de teórico del marxismo (y además ortodoxo, para empeorar las cosas).

El marxismo en la arqueología mexicana

Así, los primeros años de la década de los setenta encuentran a la arqueología mexicana muy efervescente, al menos en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y en algunos círculos dentro de las respectivas dependencias del INAH. Esta efervescencia era producto de varios factores combinados: primero, la desaforada difusión del marxismo en las diferentes academias latinoamericanas en general y mexicanas en particular.12 Segundo, el resentimiento entre los intelectuales por las represiones del gobierno contra los movimientos populares en 1968 y 1971. Tercero, la admiración de la intelectualidad mexicana de izquierda por la ya entonces larga permanencia del régimen de Castro en Cuba, y por la victoria en las urnas de Allende, intelectualidad que mantenía la fe en la vía socialista para México (sólo había que encontrar cómo). Y cuarto, se dejaba sentir ya en la academia arqueológica el impacto del libro La arqueología como ciencia social, de Luis Guillermo Lumbreras (publicado en 1974), obra señera que intentó amalgamar los postulados marxistas con la problemática arqueológica.

Estos cuatro puntos, especialmente el último, no podían pasar desapercibidos en la arqueología mexicana, siempre autocaracterizada como antropología nacionalista y, por ende, con compromiso social. Así, el visto bueno echeverrista animó a impulsar la difusión del marxismo no sólo entre las infanterías arqueológicas, sino en las mismas autoridades del INAH: el entonces director general del instituto, Guillermo Bonfil, dio todas las facilidades para que altas autoridades arqueológicas de la época -José Luis Lorenzo y Eduardo Matos-, realizaran un cónclave en octubre de 1975 en Teotihuacan, donde reunieron a lo más granado del marxismo arqueológico latinoamericano -incluido Lumbreras-, además de otros especialistas relacionados con la arqueología. El apoyo institucional fue tal, que el informe general de la reunión se publicó ¡el mismo año! (tal eficiencia editorial jamás se ha vuelto a ver en el INAH).

Hacia una arqueología social (1975) es el título del informe de esa reunión, y es un manifiesto que establece la “lectura marxista que debe hacerse de los restos arqueológicos”, esfuerzo de sincretismo que desde 1974 hacíamos, hoy veo que no muy conscientemente, quienes fuimos la primera generación de alumnos de Felipe Bate en ese año. José Luis Lorenzo y Eduardo Matos, como coordinadores de la reunión, y Joaquín García-Bárcena como uno de los redactores, escribieron:

Fue entonces cuando llegó a nuestras manos la obra mencionada [la de Lumbreras]… teníamos en nuestro poder un material en el que se había reunido el cuerpo más completo, hasta esa fecha, de la teoría en la que con mayor o menor fortuna estábamos actuando.

En el libro… se puntualiza claramente la separación de la Antropología colonialista y sitúa la Arqueología en el campo en que su existencia se hace comprensible, real: la del materialismo histórico.13

En dicho manifiesto, pues, los autores declaraban que trabajaban en la teoría del materialismo histórico, y que es ésta la que hace comprensible y real a la arqueología, nada menos. Lo anterior no ha dejado de ser extraño, pues no me ha sido dado encontrar un solo texto de Lorenzo (de 29 que he revisado) donde aplique las categorías del materialismo histórico o las del dialéctico a análisis e interpretación arqueológicos. Tampoco conozco un texto tal de García-Bárcena. El caso es diferente con Matos, quien ya desde el Proyecto Tula y en el Proyecto Templo Mayor siempre estuvo abocado a enfocar sus análisis bajo la óptica materialista histórica. Hoy, han pasado varios años desde que el profesor Matos ha abandonado el discurso materialista histórico, al menos en sus textos, lo cual puede deberse a la recesión de esta teoría a escala mundial, o al reconocimiento de que existen otros campos en los que la arqueología también puede ser real.

Con todo, el materialismo histórico, para quienes nos formamos con interés en esa corriente a partir de 1974, dejó un profundo impacto en la visualización de la práctica arqueológica en ese entonces, aunque lo haya hecho desde una gran variedad de calidades: desde quien incluía en sus informes todo un capítulo canónico sobre la filosofía marxista, hasta quien hacía gala ornamental de sus términos y conceptos al principio de la introducción y al final de las conclusiones.14Para algunos, los menos, el materialismo histórico nos significó la posibilidad, no de alcanzar la revolución socialista desde la trinchera de la excavación o desde el parapeto del escritorio, sino el de efectuar nuestra práctica arqueológica visualizando nuestros sitios y materiales como ejemplos de estudio de una teoría sustantiva general, y no como casos particularistas históricos para documentar el nacionalismo.

Pero el materialismo histórico, al menos el de Lumbreras, presentaba ciertos problemas para aclarar cómo proceder metodológicamente para unir la teoría con los restos materiales: ¿cómo identifico el modo de producción en la ollita que excavé ayer?

El neopositivismo en la arqueología mexicana

José Luis Lorenzo fue un arqueólogo que tiene ganado un merecido lugar en el desarrollo y sistematización de la práctica arqueológica mexicana, no sólo por haber formalizado y estructurado su investigación prehistórica, sino también por su preocupación por introducir en la academia mexicana las tendencias internacionales. Esta preocupación lo llevó a traducir la obra de Mortimer Wheeler, Archaeology from the earth de 1954, y a preparar obras destinadas a integrar en la arqueología mexicana el conocimiento y los métodos de las ciencias naturales, La Cuenca de México, consideraciones geológicas y arqueológicas de 1956, y Materiales para la arqueología de Teotihuacán de 1968, empresas para las que se apoyaba en el adecuado conocimiento de varias lenguas y ciencias. En las décadas de los años cincuenta y sesenta, el profesor Lorenzo era el epítome del conocimiento vanguardista en la arqueología de México.

Por supuesto que Lorenzo estaba al tanto del desarrollo teórico de la arqueología al norte del Río Grande, y tuve oportunidad de escucharle peculiares comentarios sobre la New Archaeology (que como tópico puede rastrearse a partir de 1962), que denotaban su introspección bibliográfica en el tema. Pero no conozco ningún texto, publicado o en preparación, donde el profesor pretendiera introducir al arqueólogo mexicano los fundamentos de esta corriente estadounidense. Lorenzo perdió su posición de vanguardia frente a un imberbe recién egresado de la ENAH, el profesor Manuel Gándara, quien también dominaba el inglés y sí estaba capacitado para entender a la New Archaeology desde sus mismas fuentes: la filosofía, la epistemología y la filosofía de la ciencia de Hempel, Popper, Lakatos y otros filósofos generados en la tradición del positivismo lógico y creadores de sus derivaciones.

No creo que la pérdida de la posición de vanguardia en cuanto a la difusión de la New Archaeology haya predispuesto a Lorenzo contra ésta, pero es conocida su convicción de que esta corriente era “una teoría y una práctica neocolonialistas”.15 En la introducción de Hacia una arqueología social se lee:

Parte no menor fue la que correspondió a los estudiantes de arqueología, sobre todo los de aquellos países donde se intenta encontrar una arqueología partícipe de los problemas sociales y que, curiosamente, creían haberlo logrado en la llamada New Archaeology, al menos en los procedimientos, ya que no en las ideas. Este intento de reconciliar lo antagónico, el neopositivismo con la dialéctica materialista, generó las naturales confusiones.16

El identificar a la New Archaeology como antagónica al materialismo dialéctico pronto se convirtió en un dictum vulgarizado como lugar común en la izquierdista ENAH y en el liberal INAH: “no hay que leer al reaccionario de Binford”. Así que Lorenzo se convirtió en punta de lanza de un movimiento anti New Archaeology, aunque, como ya hemos dicho, esto tampoco lo convirtió en punta de lanza de un movimiento pro materialismo histórico en la arqueología; y si a esto le sumamos el exilio que él se impuso como docente de la ENAH -renunciando con ello a preparar generaciones de alumnos en sus ideas-, sólo podemos concluir que el profesor movió mal las piezas de su reputación brillantemente ganada en los años cincuenta y sesenta. En los años setenta la estrella teórica de Lorenzo se apagó y ya jamás volvería a encenderse, para mal de nuestra disciplina.

Pese a los lugares comunes contra la New Archaeology, la bondad del rigor pregonado por sus procedimientos metodológicos llamó la atención de más de un estudiante en mi generación. El profesor Gándara, recién egresado entonces como ya he dicho, estaba abocado a la difusión en clases y textos de la New Archaeology, y nos tocó adentrarnos con él en los oscuros temas de los sistemas de argumentación, de los términos teóricos, de los referentes observables, de los procedimientos de contrastación y de las reglas de correspondencia, y empezamos a tener idea de cómo ver “el modo de producción en la ollita que excavé”. Y esos primeros balbuceos fueron reconocidos y avalados nada menos que por uno de los participantes de la Reunión en Teotihuacan, Eduardo Matos, que consideró que estábamos reconciliando “lo antagónico, el neopositivismo con la dialéctica materialista”, y prologó lo que creo que podría considerarse el primer artículo que unía el marxismo y el neopositivismo, cuyo título es Proyecto Arqueológico Tepeapulco, preparado en 1974-1975 y publicado en 1977, escrito por María Teresa García, Fernando López y por mí. A esta curiosa tendencia a unir lo “antagónico”, Lorenzo la llamó despectivamente marxitivismo (comunicación personal de Jesús Mora), si bien no creo que su mordacidad nos haya identificado sólo a nosotros tres como marxitivistas. La ocurrencia de Lorenzo ha dado pie al título de este ensayo.

El marxitivismo

Así pues, a mi generación le tocó estar en la confluencia de varios escenarios: primero, el abrumador predominio en todas las carreras de la ENAH del marxismo como la única teoría verdadera y “real”;17 segundo, el innegable empuje de la New Archaeology impulsando el establecimiento de procedimientos metodológicos precisos como único medio para elevar el estatus científico de la disciplina; tercero, una ambivalente posición crítica de un muy influyente arqueólogo que no contribuyó al desarrollo de la arqueología marxista pero sí descalificó a la New Archaeology; cuarto, un ambiente sociopolítico populista y pseudoizquierdista que mantuvo en el medio académico nacional la esperanza de una vía socialista;18 y quinto, pese a todo lo anterior, continuaba por parte del Estado mexicano la visión que de la arqueología tenía -desde sexenios anteriores-: una disciplina para uso ideológico y al servicio de las veleidades presidenciales, como lo reafirmó el proyecto sobre la tumba de Cuauhtémoc.

Pero entonces éramos jóvenes y osados, y con el entusiasmo propio de la juventud por igual nos hicimos marxistas sustantivamente y neopositivistas metodológicamente, gracias a las cátedras de dos personajes entonces absolutamente disímbolos (hoy no se creería): Felipe Bate y Manuel Gándara, quienes en esos años setenta eran totalmente afásicos entre sí, patología que nos llevó varios años resolver mediante sesiones terapéuticas en un grupo de discusión acertadamente llamado Grupo Evenflo.

En los años que empezaron a partir del sexenio de López Portillo, las posibilidades de desarrollo académico del marxitivismo disminuyeron sensiblemente por varias razones; para empezar, dicho sexenio para nada se hizo eco del populismo izquierdista anterior (y menos con el agravamiento de la guerra fría, que tuvo en el boicot estadounidense a la Olimpiada de Moscú de 1980 uno de sus momentos más notorios), y esto tuvo su efecto en el INAH y en la ENAH: la estructura arqueológica del instituto fue radicalmente rehecha bajo la gestión de Gastón García Cantú, a fin de enfocar los esfuerzos hacia la arqueología de los estados, mientras que la escuela sufrió una intensificación de las críticas de propios y extraños hacia su trayectoria y hacia sus condiciones doctrinarias de enseñanza, intensificación que puede ejemplificarse con los ataques publicados por Octavio Paz,19 futuro Premio Nobel de Literatura. Todo lo anterior, por supuesto, era un problema doméstico del INAH y la ENAH, y no tenía por qué modificar la visión presidencial de la arqueología: con el derecho que le daba la historia de nuestra disciplina, López Portillo creó dos proyectos coyunturales (el Proyecto Templo Mayor y el Proyecto Arqueológico Teotihuacan 1980-1982), y casi cumplió otra veleidad: cubrir la plancha del Zócalo de la Ciudad de México con un gigantesco motivo prehispánico hecho con mosaiquitos de colores.

Por lo que toca a quienes fuimos actores del marxitivismo, los profesores Bate y Gándara continuaron su acercamiento hasta consolidar la corriente hoy conocida como Arqueología Social (con sus propios prosélitos), algunos de sus alumnos se fueron a provincia, y otros nos concentramos en los proyectos coyunturales y en la definición y defensa del patrimonio cultural, tarea ciertamente más urgente y con mayores posibilidades de influir en la disciplina -al menos por enfocarse a preservar nuestro objeto de estudio-. Por supuesto, con las condiciones cambian las personas, y nuestro desarrollo profesional implicó una actitud crítica hacia el propio marxismo y hacia el neopositivismo. En los años ochenta era claro que el marxitivismo había entrado en suspenso porque habíamos sido influidos por los procesos mundiales de revisión del propio neopositivismo, primero, y del marxismo después.

Con respecto al neopositivismo, las fuertes críticas al Círculo de Viena y a su Visión Recibida de Teorías, como fuera bautizada por Hilary Putnam,20 originaron el desarrollo de versiones alternativas, pero siempre racionales, por parte de Hempel, Popper, Feyerabend, Kuhn, Cohen y Lakatos, entre otros, mismas que durante las décadas de los años cuarenta a los sesenta fueron a su vez sometidas a crítica por estos mismos autores y otros menores, hasta que en 1969 un importante grupo de filósofos de la ciencia se reunió en un simposio que con el título The structure of scientific theories delineó los problemas conceptuales del proceder científico de la ciencia del momento, y sugirió líneas de trabajo para resolverlos.21 Como es claro, la crisis de las versiones posteriores a la Visión Recibida tuvo su impacto en la New Archaeology (que se había basado primordialmente en Hempel), dando origen a multitud de arqueologías, ahora llamadas postprocesuales. La New Archaeology ya no era una, sino varias y a veces antagónicas entre sí. Por si fuera poco, a esta crisis interna del neopositivismo se sumó el ataque posmoderno que ha confundido la ciencia (y su esencia neopositivista) con los males sociales de nuestros años; en efecto, es difícil hacer que el público entienda el carácter amoral de la ciencia, cuando éste ve en el desarrollo de la tecnología las causas del desempleo neoliberal, el acelerado deterioro ecológico y la brutal computarización de la guerra moderna, cuyo claro exponente lo fue la Guerra del Golfo en 1991. Con todo, este ataque posmoderno, en tanto que irracional (“irracionalista británico”, como lo llama Gándara), le es inicuo al neopositivismo (que hoy por hoy continúa en el núcleo de la ciencia),22 pero ciertamente no al científico social con su fuerte carga humanista, incluido el arqueólogo mexicano crítico.

Con respecto al marxismo, el final de la década de los años ochenta hizo patente el estrepitoso fracaso económico del comunismo, que trajo consigo el derrumbe de los gobiernos socialistas. A más de doce años de la Glasnost de Gorbachov, el efecto que se adivina es una remisión casi total del marxismo, con sus obvias consecuencias en el ámbito académico. El efecto en la antropología y arqueología mexicanas de tan vergonzoso fracaso es tal, que incluso ha afectado la memoria de colegas antropólogos que otrora fueron adalides de la teoría marxista, y que hoy no quieren acordarse de aquellos tiempos y niegan haber sido marxistas alguna vez, quizá por lo incómodo de su pasado, quizá porque ahora están coludidos con el poder, quizá porque no es necesario que aparezca en sus currícula, tal vez porque están revalorizando el verdadero alcance del marxismo que profesaron. Hoy, lo que quizá podría llamarse marxismo en la arqueología mexicana, está refugiado en la Arqueología Social, pero esta corriente no tiene un solo proyecto significativo, y me parece que está empantanada en el escaso desarrollo de sus definiciones operacionales.

En este ensayo postulo que la confluencia del neopositivismo y del marxismo en la arqueología mexicana conformó un punto de unión, un nodo, en la trama de su desarrollo histórico (especialmente en uno de sus principales escenarios, la ENAH). Postulo también que el marxitivismo no ha terminado, sino que está en suspenso y a la espera de, probablemente, mejores condiciones de desarrollo. Pero tengo claro que el marxitivismo podría derivar en nada, especialmente si las generaciones de arqueólogos de este nuevo milenio descartan la necesidad de una teoría histórica sustantiva y la de un estricto desempeño metodológico. Y esto no es irreal, pues un escenario probable para la próxima arqueología es la de prestarse a generar discursos de apropiación del pasado para uso de las comunidades indígenas, que han intensificado la reclamación de sus derechos a raíz del alzamiento neozapatista. No me parece imposible, ni siquiera improbable, que a la vuelta de algunos años los arqueólogos progresistas del momento estén enfrascados en una lucha para dotar de argumentos a las siempre marginadas minorías indígenas; en el mundo esto ha pasado ya en varios lugares,23 y uno de los efectos más impresionantes es la resolución que permite a los inuit ejercer su soberanía sobre una quinta parte del territorio canadiense a partir del primero de abril de 1999,24 resolución que tuvo algún apoyo en argumentos académicos arqueológicos. Como es claro, para una arqueología mexicana preocupada por inventarle a nuestros indígenas un derecho a la gestión de las zonas arqueológicas, no hará falta pretender elevar el estatus científico de la arqueología, y entonces el marxismo y el neopositivismo palidecerán ante el triunfo de la hermenéutica.

Propuestas para el desarrollo del marxitivismo

Hoy, que ya no somos jóvenes ni osados, se me ocurre que el marxitivismo podrá salir del suspenso que he referido, pero para ello tendrá que esperar, en el caso del marxismo, a que se disipen decepciones y se reagrupen fuerzas (pues el materialismo histórico no ha perdido poder cobertor); y en el caso del neopositivismo, a que se consoliden nuevas lógicas que refuercen los sistemas de argumentación (y también a que pase la resaca del posmodernismo). Pero estas modificaciones no se darán solas, hay que trabajar para ello, y en este sentido ofrezco brevemente los siguientes puntos de análisis caracterizados para ser discutidos:

Marxismo

1. En el ámbito antropológico, ante todo hay que recordar que el marxismo es fundamentalmente una doctrina económica, y que se le forzó no muy felizmente para hacer de él materia antropológica.25 A no dudar, los postulados humanistas del marxismo (como la eliminación de la explotación capitalista del hombre) fueron atractivos para una antropología que buscaba emerger como alternativa a la antropología colonialista del siglo XIX, pero la compleja variedad histórica del fenómeno antropológico no se dejó atrapar por la simplicidad de las fórmulas de valor ni por los límites de los modelos de la formación económico-social, lo que ahora impondría la reestructuración radical de dichas fórmulas y modelos.

2. En el ámbito marxista, es necesario puntualizar que el marxismo, como corriente, se compone de cuatro elementos: una teoría de la historia (el materialismo histórico), una filosofía (el materialismo dialéctico), una práctica política y una conciencia de clase. En la feliz década de los años setenta, había quienes se decían marxistas aunque jamás habían leído a Marx (ya no digamos que supieran las categorías de la dialéctica), pero lo eran porque iban a todas las marchas de protesta; en el extremo contrario, había también quienes se decían marxistas porque dominaban las diferentes ediciones de los Gründrisse, pero nunca se “rebajaron” a concientizar obreros. La lastrante imbricación de estos cuatro elementos, especialmente la práctica política, impidió y podría seguir impidiendo el desarrollo teórico-académico del materialismo histórico y su filosofía. Es tiempo de reconocer que se puede ser materialista histórico sin ser necesariamente marxista (y con ello, no obstante, hacer aportes valiosos al marxismo en cuanto práctica política y conciencia de clase).

3. En el ámbito filosófico, es prioritario aclarar que las tres leyes de la dialéctica no son leyes en sentido estricto, lógico-filosófico, sino, a lo más, principios heurísticos del marco teórico del marxismo.26 La postulación dogmática de dichos principios como “leyes” está más cerca de un acto de fe, propio de un credo secular, que del espíritu científico de proponer representaciones contrastables de la realidad.

4. En el ámbito metodológico, es preciso afinar el proceso de generación de definiciones operacionales, pues de otra forma los materiales arqueológicos continuarán desconectados de la teoría. El impresionante esfuerzo de la Arqueología Social por desarrollar el concepto de “modo de vida” ha dejado varios problemas de correspondencia sin resolver.

5. En el ámbito académico, ya debe haber quedado claro que el éxito político de una doctrina no garantiza la bondad académica de su teoría,27 como se creía vehementemente en los años setenta. Las adecuaciones futuras del materialismo histórico a las diferentes disciplinas serán sin duda más humildes que durante esa época.

6. En el ámbito histórico debe abandonarse el evolucionismo unilineal que imponía la sucesión inexorable (universal) de modos de producción, pues éstos, en caso de existir, no obedecen a ninguna ley natural o social, sino que sólo se ajustan a una tendencia,28 esto es, que la postulación de modos de producción sólo puede hacerse como una proposición existencial, lo cual está muy lejos, lógicamente hablando, de alcanzar el estatus de una ley universal.29

7. En el ámbito económico debe reconocerse ya que los procesos de distribución elevan el valor de los bienes de consumo, esto es, que el comercio sí agrega valor a las cosas.30 El empecinamiento de los regímenes marxistas por satanizar al comercio como práctica capitalista únicamente generó resentimiento en la poderosa clase burócrata encargada de la distribución, pues sólo podía verse a sí misma como mero accesorio de los productores. En el derrumbamiento del socialismo los primeros en presionar fueron los burócratas administradores.

8. Finalmente, en el ámbito psicosocial es impostergable derrumbar el mito de la igualdad. Lemas como “A cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”, no son propios de la condición humana, como lo descubrieron los pueblos de los regímenes socialistas, perennemente escasos del confort cotidiano.

Neopositivismo

1. En el ámbito sustantivo de las teorías sociales, los desarrollos metodológicos no deberían rechazar el establecimiento de programas político-ideológicos como principios heurísticos (siempre y cuando se sea clara y explícitamente consciente de este carácter), pues sólo estos programas podrían dar algún sentido social a las explicaciones. La falta de visualización de este requisito hizo que en sus primeros años la New Archaeology matizara el brillo de su rigor metodológico con la sombra de sus decepcionantes interpretaciones: las famosas leyes “Mickey Mouse”.

2. En el ámbito epistemológico debe mantenerse la búsqueda de la objetividad como meta en la ciencia, pero entendiendo ésta como intersubjetividad, como un acuerdo bajo perspectiva y lenguaje comunes entre quienes hacen la ciencia, y siempre considerando al conocimiento científico como fáctico.

3. En el ámbito de la filosofía de la ciencia, quizá ya se agotó la tradicional discusión para distinguir entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación, y pienso que sería adecuada la introducción de conceptos diacrónico-dialécticos como los de teorías composicionales y teorías evolucionarias propuestos por Shapere.31 Una teoría composicional, al dar respuesta a un problema científico desde el punto de vista de las partes constituyentes de una disciplina (o dominio) y de las leyes que rigen la conducta de dichas partes, enfocaría el problema de manera similar al de la categoría dialéctica de parte, todo y sistema; el concepto de sistema, a su vez, daría cuenta simultánea de por qué se plantea determinada hipótesis y por qué se acepta como contrastable. Éste es un punto que tiene la obvia ventaja de conectar al neopositivismo de desarrollo reciente con el materialismo dialéctico.

4. Finalmente, una vez que se ha reconocido que el objetivo original del programa neopositivista (la enunciación científica sin conceptos metafísicos) es inalcanzable, lo que procede ahora es aceptar que al menos algún principio metafísico ha de introducirse en la evaluación del conocimiento obtenido por una disciplina dada. En la medida que este conocimiento se vuelva más sutil, teórico y menos directamente perceptible,32 dicho principio metafísico deberá limitarse en su nivel semántico y precisarse con absoluto rigor en su nivel sintáctico: las hermenéuticas individuales posmodernas y sus lenguajes privados no tienen cabida en el quehacer científico, el cual se caracteriza por ser estricto (que no rígido) y colectivo.

El dedo en el renglón

La revisión del marxitivismo en este ensayo ha tenido como premisa fundamental la aspiración de elevar el estatus científico de la arqueología, primero distinguiendo al marxitivismo contra el fondo político-ideológico de nuestra arqueología particularista histórica, luego revisando las condiciones de su surgimiento y posterior suspensión, y finalmente puntualizando algunos problemas de sus elementos constituyentes. Yo mantengo el dedo en el renglón: para lograr tal aspiración el único camino es combinar adecuadamente una teoría histórica sustantiva (que no tiene por qué ser el materialismo histórico a fortiori) con un estricto desempeño metodológico (para el que no visualizo todavía una alternativa seria al neopositivismo de desarrollo reciente), y de esta combinación generar programas de investigación generales y por consenso académico. Sé que la remisión del marxismo y la identificación del neopositivismo con la “pérfida ciencia capitalista” hacen poco atractiva para las nuevas generaciones una conversión al marxitivismo, pero tengo fe en que la revisión de uno y los desarrollos del otro a la larga habrán de volver a sentar sus reales.

También sé que la arqueología científica no es la única arqueología posible, y que otras arqueologías pueden ser más atractivas: la arqueología ideológica al servicio del Estado seguirá siendo rentable políticamente; la arqueología al servicio de la iniciativa privada será muy gratificante económicamente; la arqueología al servicio de las demandas por la apropiación del pasado por parte de los pueblos indígenas sin duda estará de moda. Ninguna de estas arqueologías requerirá ser científica, especialmente la última, pues para ser exitosa le bastará con un buen estilo literario y una generosa carga emotiva. La única arqueología que requiere ser científica es la que pretende aprehender la realidad mediante análisis racional y crítico y generar el conocimiento necesario para su transformación.

Por último, también sé que la decisión última sobre qué tipo de arqueología abrazar es un problema de la sociología de nuestra disciplina. Es, a fin de cuentas, un problema de conciencia colectiva.

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Autor: Ignacio Rodríguez García, DEA-INAH. Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana. (Correo electrónico: irrodrix@hotmail.com).

  1. Una parte de este trabajo se presentó como ponencia en la mesa redonda “La formación del antropólogo en México: una visión histórica para la recuperación de las fuentes documentales”, organizada el 3 de septiembre de 1998 por el Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana, dentro de los festejos por el LX Aniversario de la ENAH. []
  2. Carl G. Hempel, La explicación científica, 1979, pp. 166-167. []
  3. M.L. Finley, Uso y abuso de la historia, 1979, capítulo 1. []
  4. Ibidem, pp. 29-30. Las cursivas son mías. []
  5. Johan Huizinga, El concepto de la historia, 1992. []
  6. M.L. Finley, op. cit., 1979, p. 89. Las negritas son mías. []
  7. Ignacio Rodríguez, “Cronologías y periodificaciones, metáforas y justificaciones”, en Los ritmos de cambio en Teotihuacan: reflexiones y discusiones de su cronología, 1998, pp. 28-29. []
  8. Marie Louise S. Sørensen, “The fall of a nation, the birth of a subject: the national use of archaeology in nineteenth-century Denmark”, en Archaeology and nationalism in Europe, 1996. []
  9. Luis Vázquez, “El Leviatán arqueológico, antropología de una tradición científica en México”, tesis de doctorado, 1995; Ignacio Rodríguez, “Mesoamérica: ese obscuro objeto del deseo”, en Dimensión Antropológica, 2000. []
  10. Aunque, con respecto al cine, poco pudo hacer ante la ola rockanrolera estadounidense. []
  11. Ignacio Rodríguez, “Recursos ideológicos del Estado Mexicano: el caso de la arqueología”, en Mechthild Rutsch (comp.), La historia de la antropología en México. Fuentes y transmisión, 1996. []
  12. Academias en las que llegó a hablarse de una ciencia social marxista, de una medicina marxista, de una ingeniería marxista y hasta de ¡un notariado marxista! []
  13. José Luis Lorenzo (coord.), Hacia una arqueología social. Reunión en Teotihuacan, 1975. No toda la academia antropológica ha vertido tan entusiastas declaraciones sobre la obra de Lumbreras; así por ejemplo, un lector del borrador del presente artículo asevera que “…lo que nos demuestra Lumbreras [en esa obra] en cuanto al método en arqueología es lo más tradicional y descriptivo antes que nada”. []
  14. Un conjunto de requisitos para cualificar a la así llamada “arqueología marxista”, puede consultarse en Gándara, López y Rodríguez, 1985. []
  15. José Luis Lorenzo (coord.), op. cit., 1975, pp. 5-6. []
  16. Ibidem, p. 5. Las negritas son mías. []
  17. El caso era aún más grave, si cabía, entre antropólogos sociales y etnólogos, quienes se asumían como verdaderos “instrumentos del cambio de la revolución por venir”. La revolución no ha llegado y los escasos cambios se han dado sin el concurso de antropólogos. []
  18. Recuérdese que el “subcomandante Marcos” se gestó en los años setenta. []
  19. Octavio Paz, “Tres ensayos sobre antropología e historia”, en Vuelta, núm. 122, 1987, p. 9. []
  20. Frederick Suppe (ed.), The structure of scientific theories, 1979, p. 3. []
  21. Idem. []
  22. Las imposturas intelectuales de algunos pensadores posmodernos fueron vergonzosamente expuestas en la divertida parodia de sus enfoques escrita por Sokal (1996), donde quedó en evidencia el desmedido uso de jerigonza ininteligible y la escasísima preparación sobre temas científicos de autores como Derrida, Lacan, Aronowitz, Haraway, Deleuze, Guattari, Irigaray, Lyotard, Serres, Virilio y otros “filósofos literarios” desconstructivistas. En la misma línea desmitificadora de Sokal, Bricmont (1996) ha mostrado que una medalla Nobel en el curriculum no salva a científicos “duros”, como Prigogine, de caer en distorsiones inducidas por el irracionalismo posmoderno. Sigo con atención los recientes balbuceos posmodernistas en algunos ámbitos de la arqueología mexicana, y sugiero, a quien desee vacunarse contra el irracionalismo, la lectura de Laudan (1990), Hobsbawm (1997) y Chomsky (1979) -las dos últimas más cercanas al interés antropológico-. Adicionalmente, los marxistas radicales podrán encontrar estimulante el texto de Hernán Díaz (1998). []
  23. Margarita Díaz-Andreu, “Identidades y el derecho al pasado. Del nuevo al viejo mundo”, 1998 (este texto puede consultarse y/o solicitarse en M. Díaz-Andreu@durham.ac.uk. []
  24. Michael Parfit, “A dream called Nunavut”, en National Geographic Mgazine, vol. 192, núm. 3, 1997. []
  25. Ángel Palerm, “Teorías sobre la evolución de Mesoamérica”, en Nueva Antropología, núm. 7, 1977. []
  26. Para una crítica despiadada de una de las leyes de la dialéctica (la “ley de unidad y lucha de contrarios”) según el marco que le proporcionan la ontología y la epistemología marxistas, véase Bunge, 1986, pp. 162-171. []
  27. Manuel Gándara et al., “Arqueología y marxismo en México”, en op. cit., 1985. []
  28. Karl R. Popper, La miseria del historicismo, 1973, sección 27, pp. 129-130. []
  29. Por otra parte, reconocer que las tendencias no pueden ser explicadas por una única ley o un grupo único de leyes (op. cit., p. 132), ante todo impone al científico como primer reto el delimitar el conjunto de relaciones que las expliquen, en vez del fatalismo nihilista que implica resignarse a asumir que todo proceso complejo (como lo son los modos de producción -en cuanto tendencia-) es de carácter estocástico, como pretenderían los posmodernos que asumen (erróneamente, además) la Teoría del Caos. []
  30. Mario Bunge, Seudociencia e ideología, 1986, p. 159. []
  31. Frederick Suppe (ed.), The structure of scientific theories, 1979, p. 713. []
  32. Ibidem, p. 726. []

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