Minería y territorio: una mirada al conflicto desde Mazapil, Zacatecas

Para citar este artículo

Incipit: industria transnacional minera y transformación
del vínculo agrario antiguo en Mazapil
1

México es el país de la desigualdad. Acaso en
ninguna parte la hay más espantosa en la
distribución de fortunas, civilización, cultivo
de la tierra y población

Humboldt
Ensayo político

La década de 1980 constituye un momento histórico fundamental para la historia contemporánea de México, ya que en ella se empezaron a dar las condiciones políticas para que el país pudiera insertarse dentro de la nueva división internacional del trabajo, orientada por lo que hoy comúnmente la mayoría de los especialistas definen como neoliberalismo. En el caso particular de la minería, eso significó generar la necesaria apertura para que el gran capital extranjero, principalmente estadunidense (léase TLC), pudiera invertir en territorio mexicano. Dentro de este contexto, Canadá es uno de los países a la vanguardia en la extracción minera y el procesamiento del material obtenido; además, muchas empresas de este país se encuentran hoy desarrollando sus operaciones industriales en México. Uno de los casos más polémicos en materia de derechos socio-ambientales lo ha causado precisamente una de estas empresas (Minera San Javier, subsidiaria de la canadiense New Gold) en la zona del Cerro San Pedro en San Luis Potosí. Sin embargo Goldcorp,2 uno de los actores principales de los que se hablará en este artículo, representa otra empresa cuya presencia es fundamental para entender muchos de los conflictos territoriales que hoy en día se están dando en muchas zonas mineras del país.3 Mazapil, en Zacatecas, es el caso del que nos ocuparemos ahora.

La historia moderna del Valle de Mazapil da un giro significativo a partir del periodo de transición del Porfiriato y gracias a la profunda coyuntura representada por la Revolución mexicana. A excepción de las huelgas y rebeliones del periodo revolucionario y posrevolucionario, los ejidos del actual municipio de Mazapil no cuentan con una tradición comunitaria de lucha. Los conflictos que se dieron en la región fueron más bien consecuencia de coyunturas externas de repercusión violenta, pero sólo en forma transitoria sobre el equilibrio de la región. Los conflictos mineros de la segunda y tercera década del siglo pasado deben considerarse como enfrentamientos de una clase trabajadora proletarizada (casi en nada vinculada orgánicamente a la región y a sus tierras) en contra de las periódicas depresiones del capital, que ya en esos tiempos empezaba a manifestar su predisposición estructural por la movilidad de la inversiones. El ejido producto de la revolución, a pesar de sus muchas limitaciones, funcionó como una institución protectora y fomentadora del régimen agrario y permitió enfrentar los embates de un capitalismo que intentaba transformar zonas abundantes de recursos estratégicos, en enclaves de producción fabril (sobre todo actividades extractivas). La estructura agraria de la región resistió, a lo largo del tiempo, a la penetración de relaciones laborales de tipo típicamente industrial, demostrando que la tradición histórica de Mazapil —a pesar de ser marcada por una intensa y prolongada actividad minera— siempre conservó sus bases agrarias, aunque ajustándolas de modo continuo a la necesidad de los tiempos.4 Tampoco el conflicto cristero, que en octubre de 1926 azotó el vecino municipio de Concepción del Oro, sentó un antecedente importante de tradición de lucha por la tierra, a pesar de que muchos campesinos se sumaron a la protesta, dando como resultado el abandono de sus parcelas, como sucedió en el ejido de Mazapil.5

De lo anterior se deduce que no fueron tanto los lazos comunitarios internos del ejido los que favorecieron la continuidad de la estructura agrominera (en 1978 hay una petición de división del ejido de Cedros, por parte de unos ranchos que lo conforman), sino que fueron más trascendentes otros elementos como la presencia de una institución comunitaria de gestión de los conflictos (el ejido), la vocación agraria y ganadera de los ejidatarios y la escasa agresividad de un capitalismo industrial y financiero que, a pesar de la centralidad de la actividad minera a lo largo de 500 años, nunca había podido condicionar el vinculo estrecho de los pobladores del Valle con la tierra.

De alguna forma, tanto el corporativismo de la hacienda novohispana con su estructura de clientelas como el socialismo agrario de la primera parte del siglo XX habían protegido los pobladores de la región de la instauración de otro tipo de organización territorial.

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La llegada de la empresa minera transnacional “Peñasquito” —junto con la desamortización sustancial que desde 1992 permitió la nueva legislación agraria— están modificando en forma radical la complementariedad sustancial que hasta este momento habían experimentado la agricultura, la ganadería y la minería, arriesgándose a romper el vínculo socioeconómico que los actuales pobladores han tenido con la tierra.

Hasta 2007, año en que Goldcorp empezó la construcción del megaproyecto industrial asociado a la extracción y procesamiento de los metales (oro, plata, zinc y plomo), las grandes inversiones del sistema capitalista global no habían modificado sustancialmente la dimensión agrominera del Valle de Mazapil. Esto quiere decir que las actividades industriales del pasado no habían logrado subvertir el patrón agroganadero regional, ya que tales empresas no necesitaban un sistema de explotación masivo de los recursos ambientales y sociales presentes en el área. Al contrario, la nueva compañía trasnacional no puede prescindir de una ocupación extensa y prolongada del territorio, ya que el sistema de extracción a tajo abierto (que es el que se práctica en este contexto) requiere una inmensa porción de tierras para el desarrollo de las varias fases de la actividad productiva (figs. 1, 2 y 3).

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Según las comunicaciones oficiales de la misma empresa, el periodo requerido para la explotación de los recursos metalíferos del área es de 18 años; sin embargo, los ejidatarios propietarios de los territorios incluidos en la zona afectada por la actividad minera rentaron tierras a 30 años, y algunos testimonios locales afirman que la empresa está adquiriendo nuevos terrenos explotables en zonas adyacentes o relativamente próximas al actual parque industrial.

El sistema agrario del Valle de Mazapil sigue girando alrededor de la figura institucional y social del ejido. Las tierras que en la actualidad ocupan las instalaciones fabriles de la minera Peñasquito resultan ser propiedad de cuatro núcleos ejidales principales: Mazapil, Cerro Gordo, Cedros y El Vergel (todos pertenecientes al municipio de Mazapil). El régimen comunal, sobre todo en su aspecto social y político, había permitido una protección efectiva de los equilibrios agrarios y de la forma de vida campesina y ganadera del área. En este sentido, la estructura histórica que soporta el actual sistema de relaciones comunitarias, políticas y económicas, constituye para la moderna empresa de capitales un claro obstáculo operativo y al mismo tiempo un atavismo cognitivo, ya que genera una red de relaciones basadas en el cooperativismo y en el apego a la tierra, elementos típicos del mundo rural mexicano.

A pesar de no haber formado densos lazos de identidad, como los que caracterizan a otras áreas del país, el territorio de Mazapil mantiene todas las características de una sociedad campesina tradicional. Desde sus comienzos, la aventura liberal va dejando en el camino la centralidad de la relación entre la tierra y la comunidad, poniendo énfasis en uno de los protagonistas de esta historia: el sujeto y su esfera de acción individual. En el caso de Mazapil, la racionalidad instrumental de la organización capitalista representada por la minera se apoya en estrategias que tienden a debilitar el mecanismo de funcionamiento comunitario del ejido, haciendo hincapié en estímulos que favorecen la adopción de una praxis de acción individual y autónoma por parte de los actores locales. La política de relaciones publicas practicada por la empresa se ha enfocado en una personalización de las negociaciones que, como veremos enseguida, el cuadro normativo agrario vigente desde 1992 ha favorecido y facilitado.

La nueva legislación agraria la promovió el Estado mexicano a raíz de las reformas estructurales exigidas por el sistema financiero internacional, y como medida macroeconómica para paliar los desajustes de la deuda nacional.6 La ley de reforma agraria, en vigor a partir del 27 de febrero de 1992, termina formalmente con el largo proceso de distribución de la tierra que había representado el mayor logro de la revolución y el pilar mismo del sistema político corporativo mexicano, e instituye un marco legal que empuja hacia la formación de derechos agrarios individuales, que permiten al sujeto hacerse propietario de aquellas tierras las cuales, en el viejo sistema de tenencia y usufructo, eran “inembargables, intransferible e inalienables”.

El comunitarismo de la organización ejidal, no muy arraigado en Mazapil por las circunstancias históricas antes mencionadas, había conseguido convertir la inicial política agraria de comienzos del siglo XX en un sistema de costumbres y de patrones de comportamiento más o menos cohesionados. La nueva ley agraria agrieta este sistema, otorgando plenos derechos de disponer de la tierra a los ejidatarios, que además ya no están obligados a trabajarlas como preveían los anteriores ordenamientos. Pese a que la renta de tierras ejidales era ya una práctica bastante difundida en años anteriores, la normatividad agraria salinista le brinda un estatuto legal y hasta lo amplía gracias a la implementación de programas como el Procede7 (Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares Urbanos) desde 1993.

En el contexto del rezago estructural del campo mexicano, estas medidas sólo en parte han logrado generar la formación de una pequeña y mediana propiedad individual y han alentado en muchas ocasiones a los campesinos a deshacerse de sus parcelas por necesidad a cambio de menguadas compensaciones.8 A pesar de mantener formalmente el régimen de propiedad comunal, resulta evidente que la ley agraria de 1992 ha producido una debilitación de la estructuras de los núcleos ejidales y comunales, favoreciendo las acciones de un mercado de tierras que ya no considera éstas una inversión social, sino uno entre tantos indicadores económicos y financieros susceptibles de capitalización. En el caso de Mazapil, la minera Peñasquito se encontró con la apremiante necesidad de construir una estrategia que le pudiese garantizar la disponibilidad de las tierras necesarias para el desenvolvimiento de sus actividades industriales. Por lo que concierne a la negociación de las tierras comunes de agostadero pertenecientes a los ejidos (principalmente Cedros), la compañía ofreció inicialmente a los representantes institucionales de aquellos (Comisariado ejidal y Asamblea general) un pago de dinero (poco más de 50 000 pesos por ejidatario) por el arrendamiento, a lo largo de 30 años, del núcleo territorial sobre el cual se iba a instalar la planta de extracción y procesamiento de los metales. Sucesivamente, en una segunda negociación la minera y el mismo ejido celebraron otro contrato en el que éste concedía más de 5 500 hectáreas de tierra (una cuarta parte de su territorio) en arrendamiento por poco más 40 millones de pesos por el mismo periodo de tiempo. La empresa había propuesto además financiar actividades comerciales de varios tipos (en particular una tortillería y una planta de procesamiento de carne que servirían para abastecer de alimentos a los trabajadores de la misma compañía), otorgar becas escolares a los niños, favorecer la ocupación contratando a trabajadores locales y construir un centro de salud para resolver la difícil situación sanitaria que obliga a los residentes a trasladarse a centros de atención relativamente distantes. Por otro lado, aprovechando el dilatado margen de acción que las normas en materia de legislación agraria de 1992 le permitían, la minera siguió una línea de negociación con individuos particulares a los que ofreció un pago definitivo para adquirir directamente la propiedad de la tierra y hasta de sus animales. En la localidad conocida como El Peñasquito, entre los ejidos de Cedros y Cerro Gordo, lugar en donde la compañía había detectado la presencia de las vetas metalíferas más ricas, los pobladores originales fueron desplazados hacía colonias de nueva construcción edificadas en forma directa por la minera, que además les ofreció un considerable pago en efectivo y les compró los animales con los que ellos sostenían su pequeña actividad ganadera. El paisaje de estos barrios de reciente creación manifiesta un contraste llamativo entre la forma con la que la moderna empresa concibe un sistema de asentamiento humano y la respuesta que la cultura campesina genera para reproducir sus espacios de vida dentro de la nueva organización habitacional. Quizás éste sea el ejemplo más emblemático de las transformaciones que se están produciendo dentro del tradicional equilibrio agrominero de la región.

En la actualidad los agricultores —privados de sus tierras y de su ganado— viven en un muy precario equilibrio ya que se ven empobrecidos por la pérdida de sus fuentes de subsistencia primarias y tradicionales. Resulta además muy significativo que el ganado que la empresa adquirió como consecuencia de la compra de los terrenos mencionados, sirvió como estrategia para favorecer el buen éxito de la negociación de las tierras pertenecientes a otro rancho (Las Mesas), perteneciente al mismo ejido Cedros. Precisamente en Las Mesas, la compañía, bajo pago de modestas cantidades de dinero, adquirió de los ejidatarios amplios pastizales, por lo que ahora varios de ellos se ven paradójicamente obligados a comprar agua a la empresa para mantener a su ganado. Hay un contraste casi epistémico (en el sentido foucaultiano) entre la forma en que Goldcorp entiende el manejo de la tierra y del ganado y la manera de contabilidad campesina.9 La debilidad de los lazos comunitarios que antes se mencionaba, queda sin embargo evidente al momento de analizar las causas de estas circunstancias. En nuestra opinión, la prolongada estructura agrominera (que nunca había generado conflictos que hubiesen podido sentar un antecedente de verdadera lucha agraria y un consecuente marco discursivo que la soportara), junto con la debilitación legislativa producida por la política neoliberal de principios de la década de 1990, representan los dos factores (el primero estructural interno, el segundo coyuntural externo) que ocasionaron la “liquidez”10 de las relaciones comunitarias en el valle. Por otro lado, este largo tejido temporal de matriz agrominera —a través de las circunstancias que lo alimentaron y le dieron continuidad— constituye también el horizonte que determinó la posibilidad misma de una estructura comunitaria en Mazapil, dentro de una dialéctica histórica del ir y venir que marca tanto la peculiar genealogía de este territorio como la respuesta que sus habitantes producen actualmente frente a la coyuntura representada por la llegada de la nueva minería.

Este profundo contraste de visiones y de prácticas históricas y sociales adquiridas, que separa la cultura empresarial del ethos rural propio de Mazapil, se manifiesta —como veremos detenidamente más adelante— en el conflicto ocasionado por el camino que une el rancho de Las Mesas con los demás poblados del ejido de Cedros (fig. 2). A partir de esta confrontación, las relaciones entre los ejidatarios y la empresa se recrudecen y se empieza a generar un discurso local de matriz ambientalista que hace énfasis en la importancia social, económica e histórica de los recursos naturales de la región. El conflicto con la minera propicia una nueva narrativa expresada por el cuerpo ejidal de Cedros, un acercamiento a la idiosincrasia biológica de su propio territorio por medio de la producción de una idea de ambiente, basada en el equilibrio de las fuerzas naturales y acompañadas por una marcada proclama de justicia social. En el caso del ejido de Cedros, la adopción de la teoría de la intrínseca escasez de los recursos y del equilibrio sistémico del orden natural (que por sí sólo produce un ideal de justicia) se apoya en un discurso de defensa de la tierra (que como hemos sugerido, determina la base sociohistórica de la reproducción de una estructura agrominera) y del agua necesaria para la producción de los cultivos locales, el suministro del ganado y para el abasto hídrico de la comunidad. El ejido El Vergel, al oeste del poblado de Cedros, se ha sumado al movimiento de defensa porque el agua representa el recurso vital de sus asociados, debido al sistema de riego que alimenta su producción agropecuaria (chile, maíz, alfalfa). La importancia de esta zona es además vital para la compañía minera (por el proceso de lixiviación con cianuro y flotamiento con los que trabaja las rocas para extraer a los metales), debido a que la particular conformación geológica de la región, y su pendiente que corre de este a oeste (siguiendo la línea del valle), hace que las aguas de temporal, que caen sobre todo en el verano, se acumulen en reservas y pozos que se ubican exactamente debajo del área actualmente ocupada por una parte del ejido de Cedros (donde en el periodo colonial los españoles hasta producían vino) y por gran parte de la extensión de El Vergel.

Concluyendo: el patrón agrominero que hemos venido dibujando amenaza con ser disuelto o profundamente disminuido por el impacto de la presencia de una nueva tipología de actividades mineras a gran escala. Éstas pueden generar un cambio violento en el tipo y en la magnitud de la explotación que hasta este momento había conocido la región. La sustracción de tierras, la contracción de las producciones agroforestales que habían dado vida a la institución de un pequeño comercio local y regional, el paro de las actividades ganaderas por la falta de pastizales y por la venta forzada del ganado, la masiva explotación de las reservas de agua y la introducción de relaciones laborales puramente asalariadas, que sólo en mínima parte involucran a los habitantes del municipio, pueden romper con el paso del tiempo el binomio que hasta este momento había garantizado la complementariedad entre agroganadería y minería; es decir, entre un tipo de producción que originaba una idiosincrasia referida a la relación con la tierra y con sus productos, y un tipo de producción vinculado con dinámicas capitalistas y mercantiles. Por otro lado, parece que el conflicto está produciendo, por parte de los grupos de ejidatarios, una narrativa que hace hincapié en la existencia de un ethos comunitario enriquecido con tintes ambientalistas, como práctica discursiva adquirida desde afuera en un proceso de aprehensión retroalimentado por las experiencias de confrontación. El municipio de Mazapil se encuentra en la actualidad al borde de una modificación orgánica de sus equilibrios internos, debido a los desajustes respecto al pasado de un proceso que hasta ese momento había logrado mantener una pauta de continuidad histórica en su manera de organizar las relaciones ambientales alrededor de una estructura agrominera de largo alcance.

Mazapil frente al mundo

El esquema de la substancia es la permanencia
de lo real en el tiempo, es decir la representa-
ción de lo real como un substrato de la deter-
minación empírica del tiempo en general, el
cual permanece mientras todo lo demás cambia.
(El tiempo no transcurre, sino que en él
transcurre la existencia de lo mudable. Al
tiempo pues, que es él mismo inmutable y
permanente, corresponde en el fenómeno lo
inmutable de la existencia, es decir la subs-
tancia, y sólo en ella pueden la sucesión y la
simultaneidad de los fenómenos ser determinadas
según el tiempo).

Kant, Crítica de la razón pura

Ambientalidades divergentes

Los espacios semidesérticos en que se ubica el Valle de Mazapil, en el norte del estado de Zacatecas (fig. 1), podrían hacer pensar a primera vista en un infecundo paisaje que sólo la fantasía de un narrador pudiera haber dibujado en su afán de describir un estado de conciencia y una condición de vida lejos de la idea de abundancia sublimizada en la búsqueda de El Dorado perdido. A principios del siglo XVII, el obispo Alonso de la Mota y Escobar describe las tierras que separan la ciudad de Zacatecas de las del Real de Mazapil como inhóspitas, áridas, recorridas por manadas de venados y habitadas por un número considerable de liebres y de yeguas cimarronas. Sin embargo, como bien refiere el fraile franciscano José Arlegui en su Crónica de Zacatecas escrita en 1737: “En el continente de esta dilatadísima provincia hay más de cien leguas de tierra árida e infructífera; pero es la más socorrida de oro y plata, siendo principio observado de esta provincia, que nunca se descubren minas de oro ni plata en tierras fértiles y fecundas, sino en asperezas y tierra desiertas de arboledas y peladas”.11

Como todo espacio al que se le quiere otorgar un sentido crítico, Mazapil no coincide simplemente con una extensión políticoadministrativa del suelo mexicano, sino se convierte en una herramienta metodológica para construir una propuesta cabal de su actual y compleja organización. En este sentido, el espacio mazapilense se estructura alrededor de una doble dialéctica de lo externo/interno o, si se prefiere, de lo global/local. La perspectiva sincrónica que privilegia el estudio de la actual organización territorial de la región (término éste que se utiliza, en esta circunstancia, como sinónimo de espacio local), se ve determinada por la hibridación tanto de procesos de orden global/externo —que determinan un proyecto de organización ideal del territorio por sus propias necesidades— como por procesos locales/internos que reflejan la capacidad de generar respuestas derivadas de la manera de construir el espacio por parte de los actores locales, generando de esta forma un conflicto entre dos sentidos y prácticas diferentes de pensar, organizar y modificar un territorio. En nuestra opinión, estas dos fuerzas pueden plantearse en los términos ideales de una dialéctica de ambientalidades divergentes, entendiendo con eso una forma de organización y gestión del territorio y de sus recursos (humanos y no humanos), basada en una praxis social e individual históricamente adquirida. La noción de espacio no se determina entonces en el terreno de la definición positiva, sino en el marco de la polaridad y de sus asideros que puede representar la pareja local/global. No nos confundamos. No estamos en el campo de la dialéctica hegeliana, donde siempre hay una reconciliación en un principio normativo mayor (el que marca precisamente el idealismo del filósofo alemán), sino hablamos de un espacio dilatado dentro del que se mueve el pensamiento para establecer puntos que puedan hacer al primero comunicable. El espacio, entonces, es el resultado de un estudio y de un enfoque específicos en el marco de los cuales los términos de local y global funcionan como eje de lectura teóricos de una realidad, en un esfuerzo por definir una forma de la espacialidad. Sin embargo nos preguntamos, ¿de qué forma la herramienta teórica que indicamos con el término de ambientalidad puede encontrar una modalidad de especificación mayor y más exhaustiva en la utilización de la muy general dialéctica entre los concepto de global y local? Siendo un instrumento de lectura e interpretación de la realidad, utilizaremos la idea de ambientalidades divergentes como un carpintero utiliza su martillo, es decir con una intención esencialmente práctica. En un sentido muy general, la ambientalidad de la que hablamos representa una visión del mundo condensada en prácticas y comportamientos que determinan las características paisajísticas de un territorio. En determinadas coyunturas históricas el choque entre ambientalidades distintas determina una transformación constante de la realidad que puede llegar a modificar el mismo sentido originario (del estatus que éstas guardaban en el momento de su encuentro) de las ambientalidades en conflicto. No sobra señalar, desde luego, que estos momentos de coyuntura se producen sobre una base de conflictualidad en la que el poder de transformación de una de las ambientalidades en juego logra rebasar y frecuentemente se impone sobre la otra o las otras. Dentro de este esquema teórico inicial, las ideas genéricas de global y de local se sobreponen a la dialéctica de las ambientalidades, ya que dentro de la coyuntura conflictual pueden utilizarse varias ambientalidades según diversas estrategias de acción, de acuerdo con su actual capacidad de responder y confrontarse con su antagonista. Además, resulta obvio que este mismo antagonismo estará determinado por los caracteres sociohistóricos de los que cada ambiantalidad es portadora.

Carácter agrominero local e instrumentalidad capitalista

El profundo carácter agrominero del que hemos hablado al principio otorga a Mazapil su peculiar aspecto de territorio histórico y constituye un principio de construcción actual del espacio por parte de los habitantes locales, frente a la incursión de un fenómeno externo como la Minera Peñasquito, portadora de una visión del espacio prevalentemente instrumental con el que se quiere producir un rompimiento del vínculo comunitario con la tierra, desterritorializando no sólo la producción sino también las formas de vida locales.

Para fortalecer la hipótesis teórica de la presencia en Mazapil en una dialéctica de ambientalidades distintas, es oportuno hacer referencia al pasado. Durante el periodo revolucionario, las diferencias entre el norte y el sur del país marcaron dos formas de insurrección que se presentan como dos visiones distintas de relación con la tierra. El sur estaba más arraigado social, cultural y productivamente con la tierra. Ésta era el eje alrededor del cual se movían todas las redes sociales y la tradición que éstas expresaban. En el norte, la relaciones de producción basadas en el pago de los servicios de trabajo habían tenido mucha más historia, junto con el hecho evidente que fue tierra de conquista y de ocupación y no de arraigo. El norte ha sido territorialmente más móvil, lo que puede resultar en una práctica más débil de arraigamiento a la tierra, por lo que los dos movimientos que provocaron el estallido de la Revolución de 1910 se pueden considerar como dos formas diversas de “relación ambiental”.

Si del plano histórico trasladamos esta división al plano sincrónico de las relaciones ambientales que se están dando en la actualidad, podemos crear un modelo teórico que puede explicar una situación de ambientalidades en conflicto: una que propone un arraigo social, económico y cultural incondicionado a la tierra, y otro que desterritorializa, sustituyendo al vínculo antes mencionado por uno de relaciones laborales puras que obligan a una movilidad mayor y son la causa de numerosos movimientos, hacia afuera y hacia adentro, que se dan en la región en términos migratorios (no sólo de personas sino de recursos y de capitales). Este modelo de ambientalidades divergentes no se presenta como un simple choque de proyectos alternativos, sino convergen dialécticamente y pueden definir las peculiaridades de fenómenos locales. En lo que se refiere a Mazapil, el arraigo a la tierra del mundo campesino durante la Colonia se definió por la estructura clientelar y paternalista de la hacienda novohispana. Sin embargo, el ejido surgido a principios del siglo XX creó las condiciones para la construcción de una práctica comunitaria autónoma ligada al campo y a sus productos.

Este proceso de integración se dio a pesar de que el comunitarismo mazapilense, por lo menos hasta ese momento, nunca había logrado crear lazos históricos y culturales densos. En este sentido, el agregacionismo que se produjo en la región fue más un producto institucional derivado de la coyuntura revolucionaria que un fenómeno acompañado por un espíritu de comunión compartido. Sin embargo, eso no quiere decir que en Mazapil no exista una práctica de comunidad, ya que el reparto ejidal ofreció las bases para crearla. Lo que en definitiva aún no está presente en la región es una idea compleja, elaborada y conciente de comunidad. El contraste entre la ambientalidad del valle (profundamente arraigada en su historia agrominera), y la de la compañía canadiense (fundamentada en una idea y un proyecto neoliberales) podría ocasionar efectos que aún no estamos en condición de predecir: por un lado, la eventualidad de una descomposición de la tradición histórica del valle; y por el otro la perspectiva del surgimiento de un sentido de comunidad más consciente y cohesivo, sustentado en un discurso que podría dar un giro a lo que por ahora sólo es un general sentimiento de injusticia asociado a una incipiente experiencia de lucha.

Lo que podemos observar es que si por un lado el movimiento de rechazo a la Minera Peñasquito que se dio de manera reciente en el valle (principalmente en los ejidos de Cedros y El Vergel) aún carece de un discurso y de un propósito comunitarios fuertes, por otro está planteando una actitud ambiental antagónica a la praxis y gestión ambientales de la transnacional. En el terreno práctico, las dos ambientalidades pueden analizarse a partir de un examen de los conflictos alrededor del agua y, más en general, de la tierra.

Como, mencionamos, la disponibilidad de agua representa una condición indispensable para el desarrollo de la minería. En el pasado, los ingenios de beneficio de los metales se situaban, como en Cedros o en La Gruñidora, en las cercanías inmediatas a ojos de agua y pozos. A principios del siglo XVI, probablemente por la incapacidad técnica de alcanzar los niveles más profundos de las faldas freáticas, una parte del mineral que se extraía de las minas se llevaba a beneficiar a lugares a veces relativamente distantes como Sombrerete o Fresnillo, en el sur del actual estado de Zacatecas.12 Durante el siglo XIX y principios del XX, la magnitud de la empresa minera, a pesar de haber aumentado su capacidad técnica y su régimen de producción exponencialmente, no produjo nunca una verdadera crisis en el abastecimiento de agua en la región. Además, por la difusión del ferrocarril y el crecimiento de polos industriales como Saltillo, Torreón y Monterrey durante el Porfiriato, muchas de las actividades vinculadas a la cadena de producción se veían reorientadas hacia esos lugares.

En el periodo colonial, los mecanismos globales estaban determinados por los procesos de producción y acuñación de la plata y por un sistema social y cultural basado en una idea de prestigio, que agrupaba a los grandes hacendados dentro de una red de relaciones políticas que se situaban en los principales centros del poder novohispano y en su cabecera institucional y administrativa: la ciudad de México. La capacidad de autoabastecerse y la sustancial autonomía de la hacienda se basaba en el privilegio que los fueros nobiliarios y militares concedían a los grandes terratenientes, fueran nobles o no. La minería había constituido a lo largo de tres siglos y medio la palanca más importante de la “externalidad” novohispana, favoreciendo además un flujo migratorio continuo de personas que veían en la hazaña minera una forma de sustraerse a la pobreza y a las vejaciones presentes en sus lugares de origen. Sin embargo, al asentarse dentro de la estructura patrimonial y paternalista de la hacienda, los individuos y las familias —así como también los metales, el ganado y los cereales— se “internalizaban” (localizaban), empezando a echar los fundamentos de lo que hemos definido como un sistema agrominero que abarcaba todos los aspectos de la vida social, cultural, económica y política de la región.

De lo anterior se desprende que el agua constituyera un recurso interno que no servía solamente para el beneficio de los metales, sino como un mecanismo de producción local que integraba otras importantes actividades (ganadería y agricultura). A pesar de que estos productos estaban pensados en función de un mercado externo, la hacienda (en tanto conjunto sociopolítico arraigado a un territorio) los mantenía dentro de un espacio local que era el que marcaba los ritmos de la vida cotidiana de los individuos. Durante la crisis de la hacienda como núcleo autorreferente y la incursión durante el Porfiriato de las inversiones extranjeras, Mazapil conoce la primera separación entre el régimen agrario y el minero, a consecuencia de la llegada masiva del capital y del carácter de sus relaciones laborales. La nueva aventura industrial cambia el patrón instituido por la hacienda, desmantelando su estructura paternalista y proyectando el trabajo y los recursos de la región hacia un mercado dependiente de los grandes centros comerciales y financieros del estado, del país y del mundo. Junto a eso, las nuevas técnicas para el beneficio de los metales —como el método por cianuración— empezaban a requerir una cantidad cada vez mas grande de agua e introducían una tecnología de mayor envergadura, que hacía depender la industria minera local de los mercados de maquinaría externos y de los centros financieros del norte, por el tamaño ascendente de las inversiones y de la necesidad de crédito. En 1892, la Mazapil Copper Company exportaba los metales hasta mercados muy distantes como Manchester (Inglaterra) y tenía su base logística en Monterrey. Empleaba a 300 hombres y a 30 jóvenes de 14 años por semana. La empresa hasta tenía una tienda de abarrotes en Mazapil, que era la que producía las mayores ganancias de todas las que estaban presentes en el poblado.13 La tradición agrominera fue el principal factor de resistencia a un sistema de territorialidad global impulsado por una minería de escala más pronunciada que en el pasado. Sin embargo, la coyuntura revolucionaria vino a interrumpir este proceso y determinó un regreso de la territorialidad local, gracias a un fenómeno de tipo externo como la política de reparto agrario. Con la creación del primer núcleo ejidal, el de Mazapil en 1921, surgen entonces los primeros conflictos por los recursos, entre éstos, el agua.

Al pasar de peones, aparceros y arrendatarios a beneficiarios de tierras ejidales, los campesinos empiezan a entrar en conflicto por cuestiones territoriales con las compañías que allí operaban. En el mes de junio del año 1927, los ejidatarios de Salaverna (ejido de Mazapil) se quejan ante el procurador de Pueblos de Zacatecas de que la empresa Mazapil Copper Company había construido un sistema de presas de agua para permitir el beneficio de los metales por medio de la técnica de flotación que utilizaba cianuro. Los campesinos argumentan que la compañía había invadido sus terrenos y que además las lluvias “broncas” que con violencia descendían del monte llenando las presas, hacían desbordar las aguas con el resultado de que la cal —y sobre todo el cianuro— pasaban a inundar sus campos.14 En esos mismos días, la empresa solicita al delegado de la Comisión Nacional Agraria en el estado que le sea proporcionado un mapa en donde estén señalados los límites del ejido de Mazapil para evitar invasiones de jurisdicción.15

En otro episodio ocurrido en el mes de junio del año 1949, los ejidatarios de Cedros solicitan la dotación de aguas del sitio “El Socavón” perteneciente a la compañía Continental Mexican Rubber, productora de caucho. El manantial, afirman los campesinos, suministra 2 044 000 m3 de agua, que podrían utilizarse para el riego de 165 ha de tierra de labor, además de que el sitio ya no está en operación por la baja de la actividad industrial de la empresa. El gobierno del estado decide dotar provisionalmente al ejido del manantial, aduciendo que la empresa estadounidense lleva más de un año de haber interrumpido sus operaciones y que la mayoría del guayule se extrae y se lleva a procesar a la ciudad de Torreón.16 El agua desempeñaba un papel fundamental dentro de la economía campesina, ya que era necesaria para la crianza del ganado y para las pocas tierras de riego que, sobre todo en Cedros, daban buenas cosechas. La agricultura —como la ganadería y la explotación agrosilvestre— eran (y siguen siendo) las actividades principales en Mazapil y marcan las bases de una organización social y económica del territorio que se mueven dentro de un circuito y con una perspectiva locales. Para las compañías minera y hulera, el agua representaba un medio necesario que constituía un índice de gasto dentro de un cálculo económico de costos/beneficios. No se preocupaban por medir el impacto de su explotación, por el mismo carácter transitorio de la empresa capitalista en el contexto local.

Las vicisitudes narradas en estos dos episodios indican que las actividades de tipo industrial estaban conectadas a un capital principalmente extranjero. La frágil regularidad de los mercados internacionales, caracterizados además por una economía de guerra a lo largo de 30 años, había favorecido una práctica de territorialidad interna respaldada en el ejido y en la continuidad histórica del patrón agrominero. Los dos ejemplos son indicadores de la presencia de ambientalidades distintas que, en el caso de los ejidos, demuestra la vigencia de una organización comunitaria dispuesta a coordinarse para reivindicar un proyecto de explotación del territorio muy diferente al de las empresas industriales. Sin embargo, la presencia de estas dos ambientalidades —cuyas praxis se encontraban en nuce— nunca determinó una situación de conflicto violento.

Por el contrario, la empresa minera que se instala en la región en 2006 amplifica la práctica de la ambientalidad liberal no tanto en términos cualitativos sino cuantitativos. El agua, como en el pasado, mantiene una importancia estratégica para llevar a cabo la producción metalífera. Sin embargo la cantidad que la Minera Peñasquito empezó a extraer de las tierras arrendadas por los ejidos de Cedros y El Vergel, en la parte del valle donde se encuentran las principales reservas, rebasa con mucho los niveles que en el pasado se utilizaban para el procesamiento de los metales y de otros productos como el guayule (fig. 4). Para los ejidatarios del Valle de Mazapil, el agua representa un recurso que refleja un tipo de territorialidad local. La actividad agroganadera —que constituye el eje vertebral de la economía comunitaria— todavía se sostiene gracias a los ritmos indicados por las escasas precipitaciones que se dan en estos secos, áridos y templados climas. Las actividades de temporal demuestran la estrecha dependencia de la vida económica y social de la región, de lo que espontáneamente conceden los ciclos naturales. El riego está presente sólo en mínima parte, aunque su importancia es fundamental, como hemos visto, para muchas familias del ejido de Cedros y sobre todo de El Vergel. En cuanto a la ganadería, la necesidad del suministro de agua para los animales por medio de norias y pozos revela la importancia que las reservas subterráneas poseen

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para el ciclo de reproducción de un capital vacuno y caprino, que representan una sólida inversión de trabajo y recursos.

El agua se incorpora así dentro de un perímetro social y territorial que la mantiene en el interior de los mecanismos productivos y de subsistencia del municipio. La territorialidad reflejada por la Minera Peñasquito la convierte en un recurso que se vuelca “hacia fuera” de los circuitos ejidales y regionales, ya que se incorpora dentro de un proceso de producción que la convierte en un recurso dependiente de una tecnología de altos costos (figs. 5 y 6) y dentro de un capital en busca de continua expansión. El enfrentamiento entre una unidad de producción local (como el ejido) y una de alcance global (como la moderna minería) determina el choque entre dos ambientalidades que representa también una oposición entre dos modos en que la historia ha venido determinando la presencia de visiones diferentes de entender y construir un espacio. Sin embargo, un ejemplo que nos permitirá ahondar más en el problema de la pugna de estas dos orientaciones es el conflicto provocado a causa

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del camino que une el pequeño rancho de Las Mesas y el poblado de Cedros (fig. 2).

El “Bordo”, nombre que le dan los ejidatarios, es un camino de terracería que los habitantes de Las Mesas y de otros ranchos cercanos como Palmas utilizan para trasladarse de sus solares a los terrenos de agostadero a fin de criar los animales, a las parcelas individuales para el cuidado de sus milpas y a cualquier otro lugar para cubrir sus necesidades de vida. El ejido de Cedros rentó a la compañía minera la parte de terreno en que se encuentra el camino, con la condición de que el mismo se mantuviera abierto para garantizar el regular tránsito de las personas.17 En este terreno la minera está realizando una enorme presa para el depósito de las aguas que se destinan al proceso de beneficio de los metales. En marzo pasado hubo un enfrentamiento entre los ejidatarios de Las Mesas y un grupo de empleados de la minera que habían cerrado el camino, y desde entonces ha quedado muy clara la importancia que esta línea representa por la empresa, ya que sin ella sería imposible completar la construcción de la presa. Después de este primer episodio acontecieron otras hostilidades y amenazas (como la de expropiar los terrenos o hacer pasar los enormes tubos debajo de la tierra), y hasta hubo una propuesta por parte de la compañía para construir un puente que, si lo deseaban los ejidatarios, podía bien convertirse en un pago para la concesión del camino (el equivalente del costo del puente se le daría como contrapartida al ejido).

La minera puso en función sus oficinas de relaciones con la comunidad y junto con las muchas visitas “de amistad” con las que se acercaba a los ancianos y mujeres del rancho, llegó a donar a los campesinos de Las Mesas una cantidad de “chivitas” que tenían que repartirse entre ellos y eran las mismas que se habían comprado a los campesinos de la localidad del Peñasquito, a quienes se había comprado la tierra. La lógica calculadora y de maximización de resultados con que la empresa trató de resolver el problema, haciendo énfasis en una estrategia empática de acercamiento y en un donación interesada de bienes, contrasta enormemente con la idea de acumulación campesina.

El contraste entre ambientalidades distintas no podía quedar más claro, pues resulta evidente que para la minera el ganado no representa otra cosa que un costo de producción para lograr los objetivos necesarios para el buen desenvolvimiento de la actividad industrial y para el comportamiento de las cotizaciones de la empresa en los mercados financieros y bursátiles, mientras para los campesinos la actividad ganadera significa invertir trabajo a fin de mantener los niveles de subsistencia familiar dentro de una economía diversificada que utiliza los recursos de la región y los pone dentro de una red de consumo y distribución locales. Lo mismo pasa con el trabajo. La estrategia utilizada por la minera para garantizarse un espacio de negociación con los ejidos, es recurrir al trabajo como objeto de intercambio, cooptando de manera corporativa a personas de los ejidos con el fin de utilizar estas contrataciones para irrumpir dentro de las relaciones comunitarias y deshabilitarlas desde adentro.18 La promesa del trabajo para todos no ha sido cumplida por parte de la compañía, ya que las pocas contrataciones que se han hecho dentro del ejido han servido sobre todo como medida política de control local y no como una necesidad de generar empleo para fines industriales.19

Por fin se llegó a la actual situación en la que la minera logró apoderarse del “borde”, con el resultado de alimentar el sentido de injusticia que ya estaba infiltrándose dentro de los ánimos de los ejidatarios por haberse aprovechado la empresa, como ellos declaran, de la situación de extremo rezago económico y social de la región y haber impuesto una negociación impar. Dentro de esta tensión de fuerzas, las instituciones estatales y federales han venido impulsando un discurso de progreso basado en políticas y acciones que apuntan a un desarrollo social y económico “desde afuera”. El estado de Zacatecas ha venido promoviendo la entrada de capitales de inversión en las regiones más empobrecidas del territorio que administra, supeditando la idea de un desarrollo local “desde adentro” a iniciativas políticas y legislativas que han favorecido la creación de polos de desarrollo industriales cuya realización ha sido excepcionalmente impulsada desde la apertura del Tratado de Libre Comercio de America del Norte. Las Leyes de Reforma, como la mencionada ley agraria del 1992, con las que se pretendió dotar al aparato estatal de una normatividad legislativa destinada a abatir los candados de un sistema de protección social, se elaboraron en conformidad con la misma idea de un desarrollo “hacia afuera” y por una ambientalidad que considera la utilización de los recursos locales en términos del aquí y ahora de las necesidades estructurales del sistema global capitalista, y que tiende a no considerar la vocación histórica agrominera del valle. Esta misma ambientalidad se hace ver en la manera con que el Estado lleva a cabo sus programas sociales “desde afuera”, para tratar de apoyar la situación económica de regiones en crisis o, dicho en otros términos, para conducir un sistema local económicamente deprimido hacia el espacio global de los flujos de capital nacional y de la presencia del Estado a través de sus programas sociales. Las tiendas “Diconsa” —como también las iniciativas de apoyo a la tercera edad impulsadas por la Secretaria de Desarrollo Social a través de la Sedesol (Oportunidades, Programa 70, etcétera)— representan un apoyo paliativo que utiliza el discurso y las prácticas de una política globalista, focalizada en la construcción de una territorialidad externa de tipo instrumental. Por el contrario, la territorialidad interna del valle tiene una base ontológica y se apoya en un proceso de larga trayectoria histórica, producto de una interacción constante del ser humano con la tierra.20 La presencia de otros actores institucionales —como el Tecnológico de Monterrey21 o el Frente Popular de Lucha de Zacatecas—,22 aunque con propósitos muy diferentes, demuestran una presencia masiva de factores externos que utilizan el territorio como una arena de lucha, escenario de una contienda de tipo global muy diferente a la perspectiva local en la que se mueven los campesinos y ganaderos del Valle de Mazapil. En este contexto, la asesoría externa del Frente de Lucha de Zacatecas ha producido una mayor organización de los ejidatarios y ha promovido un discurso de legitimación de resistencia localista que se ha llevado con inteligencia al terreno de un discurso “global” de tipo ambientalista.

La ambientalidad interna del valle —basada en su profunda historia agrominera— empieza a utilizar el ambientalismo global como discurso de reivindicación frente a la ambientalidad externa de la cultura neoliberal. El sentimiento de injusticia original y la prevaricación que sienten los ejidatarios inconformes se apoya en un localismo fundado sobre relaciones de tipo personal, que se territorializan dentro de un espacio local y que generan una idea y una práctica de equilibrio, sin las cuales la comunidad —a pesar de no tener lazos estrechos ni legados ancestrales como en otros contextos— no podría funcionar. El ambientalismo en el que se apoya en la actualidad el discurso local de reivindicación, hábilmente introducido pero no orquestado por el Frente de Lucha de Zacatecas, ofrece la posibilidad de proyectar la protesta local a los espacios dilatados del escenario global, tratando de vincular la ambientalidad interna (producto de una larga historia agrominera) con las actuales necesidades de las organizaciones ejidales de Mazapil. Dichas necesidades ofrecen un escenario paradigmático —a través del actual enfrentamiento— para medir los modernos conflictos entre un mundo que vive localmente, y que desde adentro construye su sentido de existencia, y otro que se proyecta globalmente y desde afuera pretende crear un espacio deslocalizado y, en cierto sentido, desterrado. Los elementos teóricos que hemos utilizando en este apartado sirven entonces para evidenciar la presencia de dos ambientalidades distintas: la primera de tipo comunitario y profundidad histórica agrominera, que construye un discurso de reivindicación sustentado en referentes globales como el ambientalismo para legitimar acciones locales de resistencia; la segunda —de tipo individualista y pauta liberal generadora de relaciones externas basadas en una territorialidad— construye un discurso de desarrollo regional instrumental y funcional a las necesidades del sistema global.

Conclusiones

La ambientalidad de la minera canadiense es a la vez global y local (por lo dicho en el párrafo de la exposición teórica). La globalidad de la ambientalidad minera está determinada por la forma en que se presenta a los ojos del mundo y por las características formales de su organización industrial y financiera. La minera en este sentido utiliza “discursos globales”, haciendo énfasis en su humanístico y filantrópico compromiso social y ambiental dirigido al mundo económico y financiero, reafirmando su solidez monetaria y productiva. Por otro lado, en Peñasquito, sitio de ubicación del complejo industrial Goldcorp, la minera actúa mediante “prácticas locales”, al sustraer de manera constante recursos más allá de lo que la empresa ha entregado en dinero a las comunidades del valle, despojando a estas misma comunidades de su historia y de sus patrones tradicionales de sociabilidad y productividad. La globalidad de la ambientalidad minera está obviamente representada por la construcción de la nueva carretera, mientras el aspecto local de esta ambientalidad está ejemplificado en el conflicto por el camino que une el rancho de Las Mesas con el poblado de Cedros, y por la merma de depósitos acuíferos que está afectando la vida comunitaria y económica del ejido de El Vergel, ubicado en la parte occidental del valle. Si en su aspecto global la ambientalidad minera se fundamenta en toda una tradición de pensamiento neoliberal —que hace énfasis en el discurso de un tipo particular de desarrollo y en la centralidad de la proyección individual del ser humano—, en su aspecto local esta ambientalidad se concreta en prácticas de abierto y violento enfrentamiento, orientándose hacía acciones con una finalidad esencialmente instrumental, que sabe aprovechar los desajustes políticos e institucionales de determinados escenarios para lograr objetivos impulsados por el panorama de la economía mundial y financiero.

La ambientalidad del Valle de Mazapil debe su carácter profundamente local a la historia agrominera que se ha venido dibujando en su territorio desde la Colonia, y que en el periodo revolucionario —a pesar de haberse mantenido esta larga estructura temporal de base agraria y ganadera— ha visto cambiar sus protagonistas. Durante casi todo el siglo XX, el campesino mazapilense fue poco más que un espectador de los eventos de la gran historia, recibiéndolos sin que hayan producido en la región un decisivo y duradero conflicto. El profundo patrón agrominero, por lo menos después de la Revolución, está inscrito en las venas de los habitantes del valle no por haberse concretado en prácticas constantes y dramáticas de lucha, sino por haber representado un elemento de continuidad con el pasado dominado por la hacienda novohispana. La ambientalidad mazapilense presenta un profundo carácter histórico y está inscrita en prácticas y conductas que manifiestan la presencia de una socialidad y de una productividad no individuales sino compartidas, y en las que los lazos comunitarios y de parentesco han jugado un papel decisivo. Sin embargo, frente a la coyuntura del conflicto provocado por la ocurrencia de la ambientalidad minera, las comunidades del valle han sido obligadas a enfrentarse con el problema de la globalidad. En razón del conflicto minero, los campesinos han empezado a asimilar de manera incipiente el discurso de una territorialidad distinta, basada en el énfasis sobre la defensa de los recursos ambientales y haciéndose asesorar por una asociación civil estrechamente vinculada a las dinámicas políticas regionales. Eso demuestra la escasa experiencia de los campesinos en lo referente a situaciones de conflictualidad e indica la presencia de un tipo de comunidad “líquida”, que no ha logrado conformar a través del tiempo una estructura comunitaria que pudiese enfrentar una coyuntura como la que hoy está representada por la incursión de la ambientalidad minera neoliberal. Los ejidatarios de Mazapil están enfrentando hoy una situación de conflicto a la que nunca habían tenido que oponerse a lo largo de su historia. El horizonte marcado por el planteamiento ambientalista permite a los habitantes del valle ensayar una narrativa de resistencia enfocada en un discurso de tipo global, que pueda servir de base y referente para dialogar y confrontarse con las dinámicas y las ideologías la mundialización.

Lo que hemos querido resaltar en el marco de este trabajo, es el riesgo de un viraje del equilibrio histórico del valle hacia un tipo de organización territorial muy diferente, que tiende a separar los dos componentes de la estructura temporal tradicional en que la minería —por su vínculo estrecho con un sistema de relaciones locales de tipo campesino— se mantenía como una actividad que no se separaba de la tierra, en tanto elemento de reproducción social y económico. Renunciando a la propiedad de la tierra, los campesinos están perdiendo de hecho su peso político al interior de la región, ya que se ve debilitada la posibilidad de negociación que el arraigo a un territorio les había garantizado históricamente. En un contexto como el de Mazapil, la tierra otorga todavía un derecho de representación y peso políticos, en tanto es la principal forma de riqueza y sustento. Con la llegada de la empresa minera, que modifica las relaciones laborales internas generando una población de trabajadores asalariados con escasa o nula propensión a la tierra, las redes sociales y políticas campesinas se desgastan a tal punto que será difícil, terminada la actividad extractiva a gran escala, recuperar la inercia política y social de las comunidades involucradas. Los campesinos han vivido hasta el momento dentro de un régimen de producción y consumo sustancialmente no competitivo. El cambio determinado por las nuevas condiciones de producción (que va a la par con una restructuración de las redes sociales campesinas), junto con una inundación de liquidez derivada de los sueldos de los trabajadores, están generando dinámicas de consumo que afectan no sólo al equilibrio económico tradicional de la región, sino —por boca de los mismos habitantes— las normas de comportamiento de la moral pública (“la gente es mal hablada, es descortés, acude a los prostíbulos, etcétera”). La irrupción de una ambientalidad vehementemente antagónica, representada por la Minera Peñasquito, amenaza con convertir a la minería en una actividad que abandona a final de cuentas sus vínculos locales, para instalarse en el concierto de las relaciones de producción y de vida globales mediante un cambio radical del régimen laboral y de la utilización y percepción del territorio.

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Toussaint, Eric, La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Buenos Aires, CLACSO, 2004.

Autores: Francesco Panico y Claudio Garibay Orozco, Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental, UNAM.

  1. Agradecemos al Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT) de la UNAM el apoyo a nuestra investigación titulada “Paisajes sociales mineros. Modelamiento del paisaje socio-cultural de las comunidades locales en los enclaves mineros de Goldcorp en México (IN303108)”, que hizo posible la elaboración del presente artículo. []
  2. Golcorp es una empresa de capital canadiense enfocada principalmente a la extracción de metales preciosos (oro y plata). Su volumen de producción de oro es el tercero de todo el mundo en cifras absolutas y en la actualidad oscila entre dos y tres millones de onzas al año. En México, la compañía es titular de varias concesiones de las cuales el Proyecto Peñasquito es la más ambiciosa, constituyendo actualmente la mina de oro más grande de America Latina. Robert McEwen es el principal accionista de la Compañía con 75% del paquete accionario. Participan además bancos (Deutsche Bank), financieras (Fidelity Management & Research), fondos de pensiones canadienses y actores de bolsa (Morgan Stanley y Oppenheimer Capital). El 50% de las onzas (43 millones probadas y probables) con que la compañía cuenta en todo el mundo, están en los cinco enclaves mineros mexicanos (Peñasquito, Los Filos, El Limón, El Sauzal, San Dimas). []
  3. Claudio Garibay, Alejandra Balzaretti, “Goldcorp y la reciprocidad negativa en el paisaje minero de Mezcala, Guerrero”, en Desacatos, núm. 30, mayo-agosto 2009, pp. 91-110. []
  4. En Mazapil las huelgas mineras no se conservan en la memoria histórica de las comunidades. La actividad industrial vinculada con la minería no ha dejado huella sobre la historia de las organizaciones sociales en la región, pues parece que nadie recuerda un movimiento organizado de ciudadanos antes de la llegada de la compañía canadiense Goldcorp. Eso podría significar que las relaciones de producción nunca habían incidido sustancialmente sobre el modelo de vida agroganadero de la región, ya que los campesinos, a pesar de ofrecer su mano de obra a las empresas mineras, seguían siendo campesinos. Sería interesante al respecto llevar a cabo un estudio histórico sobre la forma y las modalidades en que la población de Mazapil ha participado como fuerza de trabajo minera. []
  5. Archivo Agrario del Estado de Zacatecas (AAEZ), Mazapil agrario 268. []
  6. Para una profundización de estos temas ver Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX (1914-1991), 2005; Michel Aglietta y Moatti Sandra, El FMI del orden monetario a los desordenes financieros, 2002. Para una mirada desde America Latina, Momento económico: Boletín electrónico, 2004; Eric Toussaint, La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, 2004. []
  7. El programa permitió la certificación individual de tenencia de la tierra en núcleos con lógica comunitaria. []
  8. Ana de Ita, “Impactos del Procede en los conflictos agrarios y la concentración de la tierra”, en línea [http://www.landaction.org/gallery/Mon%20PaperMEXICOSpan.pdf], 2003. []
  9. El testimonio de un anciano ejidatario del rancho de Las Mesas (ejido de Cedros), don Santiago, demuestra la naturaleza campesina de los cálculos económicos, los cuales están profundamente enraizados en la tierra y en la actividad ganadera. Esta suerte de economía local que tendía a multiplicar el capital agrario (tierras y animales), señala que la actividad minera, como el mismo entrevistado comenta, representaba una labor necesaria, pero complementaria en el marco de la vida y de la economía familiar. Las redes sociales y de parentesco promovidas por la comunidad —y reflejo de la organización ejidal campesina— son clara evidencia de esta mentalidad. Así, nuestro informante se “hizo de muchas chivitas”. Los productos del trabajo minero asalariado, como demuestra don Santiago, se reinvertían en la ganadería en pequeña escala. El trabajo en las minas y en otras actividades, como la producción de carbón, obligaba al campesino a recurrir, bajo pago de una suma previamente pactada, a las redes familiares y sociales que le garantizaban no perder el capital ganadero que con mucha paciencia había ido formando (un tío cuidaba las chivas de nuestro informante por 50 centavos al día cediendo parte del capital “a medias”). []
  10. Respecto al concepto de “sociedad líquida”, véase Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, 2006. []
  11. José Arlegui, Crónica de la Provincia de N.S.P.S. Francisco de Zacatecas, 1851, pp. 120-121. []
  12. Jean-Pierre Berthe, El licenciado Gaspar de la Fuente y su visita tierra adentro, 1608-1609, 2000, pp. 95-155. []
  13. Archivo Histórico del Municipio de Mazapil (AHMM), imágenes 4162 y 4173. []
  14. AAEZ, Mazapil agrario, 231, 232. []
  15. Ibidem, 214. []
  16. Ibidem, duodos 201-228. []
  17. Las vías de tránsito representan un paradigma del conflicto. La minera, desde el inicio de sus actividades en Mazapil, abrió un camino para comunicar el valle con la carretera federal que conduce a Zacatecas y a San Luis Potosí, pasando por Matehuala (S.L.P.). La construcción de la carretera responde a la exigencia de la planta industrial de favorecer el aparato logístico, pues se desea conectar el enclave de producción con los contextos urbanos que sirven de apoyo en el sector de los servicios y de la subcontratación de trabajos complementarios. La Minera Peñasquito no sólo representa un conjunto de producción de enormes proporciones, sino que en sí es una verdadera miniciudad que necesita todos los servicios de una realidad urbana. El camino se inserta entonces dentro de esta lógica (territorialidad exterior de tipo urbano industrial) y contrasta en gran medida con la forma en que los habitantes del lugar perciben la utilización del viejo camino (“el Borde”), en tanto lugar de transito de relaciones sociales y productivas de tipo tradicional (territorialidad interior de tipo agroganadero). []
  18. La cuestión del trabajo representa un tema muy complejo que sería imposible abordar cabalmente en este momento. A diferencia de las versiones oficiales, que ven en la generación de empleo un medio para combatir la pobreza, en Mazapil (aunque me atrevería a decir que en gran parte del agro y de las urbes mexicanas) no parece estar constituyendo un elemento de progreso. Las razones principales son dos: el bajo nivel de instrucción y los bajos ingresos con los que puede contar la mayoría de las familias del valle, no garantizan un trabajo estable en la empresa. La gran mayoría de la mano de obra directa se contrata en otros lugares, mientras que el personal operativo de las empresas externas a la minera (dentro de un proceso contractual llamado outsourcing) procede por lo general de los lugares en los que se asienta la empresa contratista. Dentro del campo laboral no tomamos en cuenta a los directivos y cuadros, ya que es evidente que éstos no tienen ningún tipo de vínculo con las comunidades locales. La segunda y más profunda razón estriba en la falacia de ver en el trabajo dependiente y asalariado la única forma de conseguir niveles de vida dignos. El territorio de Mazapil, como hemos comentado, está caracterizado por una larga historia agrominera, a lo largo de la cual la minería y el trabajo dependiente siempre han sido medios complementarios para la reproducción de formas y estilos de vida campesinos vinculados a la tierra. Nuestra impresión es que, aun en el caso de que la actividad minera de Goldcorp en Mazapil empiece a generar fuentes de trabajo, es muy dudoso que el dinero sea reinvertido dentro de los ciclos de reproducción agrícola y ganadera. En el caso de que se diera un proceso de proletarización en el valle, éste podría romper ciertamente la ya de por sí frágil estructura comunitaria local y generar un paulatino proceso de reorganización socioeconómica y ambiental, que podría llevar al abandono de la región después de que se hayan terminado las operaciones de las empresas mineras arraigadas en el territorio. []
  19. Nos dice al respecto uno de nuestros informantes de Las Mesas (ejido de Cedros) del que decidimos no mencionar las generalidades: “Hubo dos gentes que yo […] son primos. Entonces cuando vieron el montón de billetes [se refiere al hecho de que Goldcorp pagó 50 000 pesos a cada ejidatario del ejido de Cedros para la renta de sus tierras por un periodo de 30 años en la zona del rancho de Las Mesas […] Entonces agarraron la jarra y luego dicen [nombre del informante] préstame 200 pesos. Le digo, sí pero le digo, manda allí alguien a la tienda. Dijo mi primo. Mira [nombre del informante] al cabo no hay bronca, pues allí en la casa tengo puros billetes, digo que para volverme a ver pobre, digo voy a batallar un rato. O sea con 50 000 pesos, o sea fue la palabra que dijo. Entonces dices qué pen […] ¡te imaginas! Pues empezó a comprar las cositas que pudo comprar y al rato el rico se volvió […] y pasaron los tres meses y pues ya andaba consiguiendo chamba con las constructoras [los contratistas de la minera], porque se le había acabado el billete. Entonces así nos agarraron a mucha gente. Así vienen, te prometen. Ahorita no te digo que habían pasado tres largos años que yo ya no había visto gente llegar de la empresa al rancho. A los que les prometieron trabajo jamás les volvieron a hablar. Ahora después de tres años, le vienen y hablan a mi primo hasta su casa. Sabe que, ahorita hay muy buena oportunidad de trabajo, le vamos a ocupar con papelería y sin papelería, con estudio y sin estudio, porque les cae el trancazo de que querían el bordo este [el camino que une el rancho de Las Mesas con el poblado de Cedros]. La minera, la minera bien claro sabemos que nos utiliza. Yo siento que nos ven como gente descivilizada. Dicen, a este gente la manejo a mi manera.” []
  20. La actividad ganadera y el tipo de minería que tradicionalmente se desarrollaron se consideran elementos constitutivos de esta dimensión telúrica. El nuevo tipo de minería es el que está provocando una elisión al interior de esta esfera de interacción histórico-social. Además, desde el punto de vista teórico, la transversalidad del concepto de región —como herramienta teórica y metodológica— sería el que abarca el análisis de las relaciones entre este regionalismo funcionalista (basado en una territorialidad exteriorizante global) y el regionalismo ontológico (basado principalmente en una territorialidad interiorizante local). En este sentido, no hay una “regionalidad” muy sentida por los habitantes del municipio, ya que un proyecto territorial consciente de tipo local nunca se ha definido a lo largo de la historia del valle, ni siquiera en los momentos de máxima movilización, como pudieron ser la Independencia o la Revolución. Será muy interesante ver si el impacto producido por la minera podrá crear lazos comunitarios más densos y propiciar un regionalismo incipiente con sus prácticas y sus símbolos. []
  21. Elementos del TEC de Monterrey están ofreciendo pláticas a los habitantes del municipio para promover la importancia de la iniciativa privada en la creación de Pymes (pequeñas y medianas empresas). Estas asesorías parecen sospechosamente paralelas a las propuestas que la Minera Peñasquito ha venido presentando a los ejidatarios a fin de crear pequeños proyectos de inversión que la misma minera impulsaría. []
  22. El Frente de Lucha de Zacatecas es una organización que está asesorando a los ejidatarios de Cedros y de El Vergel en la estrategia de negociación de estas dos comunidades con la empresa Goldcorp. La organización, a pesar de presentarse como un organismo de iniciativa ciudadana, se apoya en partidos de la izquierda mexicana, con el fundamentado riesgo de que las reivindicaciones localistas de los ejidatarios del municipio de Mazapil sirvan sobre todo para dirimir conflictos en escenarios más grandes e influyentes que los del valle. []

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