Emeterio Payá Valera, Los niños españoles de Morelia. El exilio infantil en México, México, El Colegio de Jalisco, 2002

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El libro Los niños españoles de Morelia. El exilio infantil en México, vio la luz por vez primera en 1985, y debido a su éxito de ventas se reeditó en 1987. En el año 2002, El Colegio de Jalisco preparó una nueva edición que es, con mucho, la mejor ya que incorpora un texto más cuidado y una ampliada y espléndida selección de fotografías que benefician el extraordinario testimonio que siempre ha sido el texto de Emeterio Payá.

Generalmente se plantea que la historia del exilio republicano español en México comenzó con la llegada del vapor Sinaia a Veracruz el 13 de junio de 1939. Esto no es exacto: comenzó antes. Los primeros refugiados que llegaron a México en grupo arribaron en 1937. Se trató de 456 niños que fueron recibidos en tierras mexicanas con la intención de salvarlos de la guerra civil que barría España. El gobierno de Lázaro Cárdenas los recibió como un gesto más de amistad y solidaridad con la España republicana, a la que auxiliaba enviándole víveres y material de guerra, y ofreciéndole apoyo diplomático. Estos pequeños refugiados fueron instalados en la capital del estado de Michoacán, por lo que habrían de llegar a conocerse como los Niños de Morelia.

Se pensaba que su estancia en tierras mexicanas sería transitoria, duraría sólo el tiempo necesario para que el gobierno republicano español legalmente constituido lograra vencer a los militares sublevados en su contra que, con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, habían lanzado a España a una cruel guerra civil. La realidad fue otra: la democracia republicana fue derrotada y reemplazada por la que habría de ser una prolongada dictadura encabezada por el general Francisco Franco. De esta manera, no sólo no hubo un regreso para estos refugiados tempranos, sino que a ellos se sumaron muchos más al final de la contienda.

México fue, después de Francia, el segundo país en importancia en la recepción de refugiados españoles, a sus tierras llegaron alrededor de 20 mil. Pero mientras en Francia fueron mal recibidos, en México el presidente Lázaro Cárdenas y, después, su sucesor Manuel Ávila Camacho, les abrieron generosamente las puertas en un gesto prácticamente único cuando estos españoles eran rechazados por todo el mundo. Por ello, con justa razón, la generosidad de México se ha resaltado siempre cuando del exilio español se trata, al igual que se ha mostrado ampliamente lo benéfico que resultó la presencia de estos refugiados para su país de acogida. Menos, en cambio, se ha reparado en que la historia de este exilio, como toda historia humana, no sólo está constituida por luces sino también de sombras. Y si hay una faceta del exilio español llena de claroscuros es la que representan los Niños de Morelia

Emeterio Payá Valera, quien fuera uno de estos 456 niños, casi cincuenta años después de haber llegado como refugiado a México decidió escribir, apoyándose básicamente en sus propios recuerdos, pero también en los de sus compañeros, en la poca bibliografía que había sobre el tema y algunos documentos, la historia de esta avanzada del exilio español en México. Nos mostró -y nos sigue mostrando- con una emoción que seguramente sólo puede transmitir quien ha vivido los hechos, los contrastes a que hacemos referencia. Su narración nos permite ver que ésta que en principio fue o debió haber sido una historia de solidaridades, lo fue también de abandonos, y que si los Niños de Morelia tuvieron y tienen mucho que agradecer, también tuvieron y tienen mucho que reprochar.

Emeterio nos recuerda que el detonador de la tragedia de estos niños fue el levantamiento de buena parte del ejército español en contra del gobierno legalmente constituido de la Segunda República Española, y la terrible y prolongada guerra civil que ello desencadenó. Pero su interés central es mostrar la historia de los Niños de Morelia, es decir, la de los menores desde el momento en que se constituyeron como grupo.

Por eso inicia contando cómo se formó el grupo y cómo se realizó el viaje trasatlántico. Nos explica el recibimiento -apoteósico y conmovedor- de que fueron objeto en Veracruz, en la Ciudad de México, y en Morelia, sitio este último que habría de ser su destino final. Los que ya empezaban a ser llamados, incorrectamente, los “huérfanos de la guerra” recibieron grandes muestras populares de afecto, que si bien eran sentidas por la mayor parte de la población, eran también estimuladas por el gobierno de Lázaro Cárdenas. Dicho de otra manera, el recibimiento de estos pequeños en México era un gesto humanitario, pero también tenía un fuerte contenido político.

Lázaro Cárdenas escribió al presidente de la República Española, Manuel Azaña: “El Estado mexicano toma bajo su custodia a estos niños rodeándolos de cariño e instrucción para que mañana sean dignos defensores del ideal de su patria”. Gracias a investigaciones muy recientes hoy sabemos que debido a una confusión de inicio, el gobierno de México entendió -y así lo tradujo en los hechos- que la custodia de los niños sería de su exclusiva responsabilidad, mientras que la República Española estaba en el entendido de que los menores quedarían bajo el cuidado de los profesores españoles que habían viajado con ellos.

El gobierno mexicano no permitió que los maestros españoles se hicieran cargo de los pequeños, habrían de ser atendidos por personal mexicano. Los alojó en Morelia en dos antiguos caserones que fueron acondicionados para ellos por la Secretaría de Educación Pública, que además destinó recursos suficientes para hacer del internado Escuela Industrial España-México quizá el mejor del país en aquel momento. Los primeros meses de funcionamiento del internado fueron de un gran “desencuentro” entre los niños y las autoridades del plantel y se caracterizaron por un desorden generalizado. A finales de 1937 llegó a Morelia como nuevo director el profesor Roberto Reyes Pérez, quien habría de estar al frente de la escuela prácticamente el resto del tiempo que permanecieron allí los niños españoles. A través de un sistema semimilitarizado y sustentándose en los dos grandes planteamientos del proyecto educativo cardenista, la educación socialista y, dentro de ella, la educación técnica, la Escuela Industrial España-México, entró, digamos, “al orden”.

Pero más allá de las buenas intenciones, de lo que se quiso hacer de la Escuela y de los niños, el testimonio de Emeterio Payá nos muestra -al igual que no pocas de las fotografías de la época- que las condiciones de vida materiales del internado muy pronto fueron precarias y que las carencias afectivas fueron prácticamente epidémicas. El dolor de la soledad y la nostalgia, apenas mitigado por los hermanos -aquellos que los tenían- o por algún camarada, no se podía contrarrestar con un cuerpo docente que carecía de los instrumentos pedagógicos y psicológicos necesarios para tratar a un grupo de niños que venía de la terrible experiencia de la guerra y padecía la herida de un desarraigo profundo y brutal. Hoy en día diríamos que no pocos de aquellos niños eran “niños problema”, sin olvidar que atrás de cada niño problema lo que suele haber es sufrimiento. Lo eran tanto aquellos a los que la angustia les hacía orinar en la cama, que eran conocidos como “los meones” y tratados de forma humillante, como aquellos otros, que casi siempre eran de los mayores del grupo, que tenían un comportamiento que casi rozaba lo delictivo y que significaron una pesadilla para la mayoría de sus compañeros, sobre todo los más pequeños, que se veían sometidos a sus arbitrariedades.

Que la escuela de Morelia no llegó a ser un lugar grato para vivir, queda sobre todo de manifiesto por el hecho de que las fugas de la misma eran una constante. Pero si el gobierno mexicano, una vez pasada la euforia de la bienvenida, por las razones que fuera, no logró generar un espacio adecuado para los niños, tampoco lo hicieron otros actores importantes dentro de esta historia. Uno de ellos, la antigua colonia española de México, tuvo una actitud ambigua. Desde el momento de la llegada de los menores, el gobierno de México se había opuesto a que la colonia, en cuanto tal, incidiera en las formas de organización de la estancia de los niños en México, pero ello no impidió que de manera individual, o semiinstitucional (pero soterrada), los antiguos residentes tuvieran que ver con sus pequeños paisanos. Dos ejemplos al respecto fueron el apoyo que de forma individual recibieron algunos menores y el envío de dos grupos de muchachas adolescentes a comunidades de religiosas en las ciudades de Puebla y México. En términos prácticos, la mayor parte de las veces estas experiencias fueron poco gratas para los niños y adolescentes que las vivieron. Pero más allá de ello está el hecho de que la preocupación de la antigua colonia por sus pequeños paisanos se tocaba con el deseo de desprestigiar la obra del gobierno mexicano y con el de atraerlos a posturas ideológicas opuestas a las que sus padres habían defendido en España y sus anfitriones en México.

También los republicanos que llegaron derrotados a México a partir de 1939, tuvieron su parte de responsabilidad en la penosa historia de estos niños. Contando con importantes recursos económicos al servicio del propio exilio, no se ocuparon de los Niños de Morelia sino hasta 1943, cuando crearon casas hogar para ellos en la Ciudad de México, y aun parece que ello sucedió a petición de Lázaro Cárdenas, siendo ya expresidente. Se podrá alegar en este aspecto el ya mencionado asunto de que la custodia de los niños la tenía el gobierno de México y no los restos del gobierno republicano en el exilio. Pero si ambos gobiernos pudieron enfrentar y superar desacuerdos mucho más espinosos, es difícil entender que el problema de los Niños de Morelia -muy menor, en términos de política de Estado- no pudiera resolverse.

Para 1943 no eran pocos los niños de Morelia que deambulaban por distintos lugares del país, especialmente en la capital, donde no era infrecuente que visitaran el tribunal para menores acusados de vagancia. La mayoría de ellos se reagruparon en las casas hogar con los compañeros que hasta entonces habían permanecido en Morelia, los que habían llegado más pequeños, y algunos más que habían sido enviados a algunas secundarias en ciudades de provincia.

En general, las seis casas hogar, muy especialmente las dos que albergaban a las niñas, fueron un grato paréntesis. Éste terminó en 1948 cuando se declararon agotados los fondos del Gobierno Republicano Español en el exilio, y los Niños de Morelia fueron puestos en la calle. Ciertamente muchos de ellos ya tenían una edad en la que podían sobrevivir solos, pero aquellos llegados con apenas tres o cuatro años, tenían entonces sólo 14 o 15. El cierre de las casas hogar significó una ruptura, nunca superada del todo, entre los Niños de Morelia y el exilio español.

Con las notables excepciones de Lázaro Cárdenas, que hasta su muerte estuvo al pendiente de los Niños de Morelia, y de unas cuantas personas en lo individual, nadie sale libre de culpa en esta historia, de la que, quizá, lo que más asombra es que después de las difíciles condiciones a que se vieron sometidos los Niños de Morelia prácticamente todos ellos se convirtieron en buenos ciudadanos y padres de familia. Y de este recorrido vital da cuenta el libro de Emeterio.

Cuando apareció en 1985 por primera vez, no fueron pocos los compañeros que le reprocharon el haber puesto en negro sobre blanco sus experiencias. En cierta manera se le acusaba de que su libro -decir la verdad- ponía en entredicho el agradecimiento que los Niños de Morelia deben a México y muy especialmente a Lázaro Cárdenas. Desde luego, ésta no era la intención del autor. Pero sí quería que el libro fuera una denuncia: “Si las suciedades que existen en el mundo han de corregirse alguna vez, será por la denuncia que se haga de ellas y no merced al silencio cobarde”, escribe Payá. Y esta denuncia quizá podía contribuir a que la suerte de millones de niños que son hoy día refugiados, fuera mejor que la de los Niños de Morelia. Escribió Emeterio: “Ojalá que mi modesto trabajo sirviera alguna vez para evitar que los niños desprotegidos del mundo sean objeto de estafas; pretexto para lucros de bribones o usados como instrumento político. ¡Ojalá!” (p. 247).

Estamos de acuerdo con estas palabras. Pero sin duda, el primer gran aporte de Emeterio fue la recuperación de la memoria. Como es bien sabido, uno de los costos que se pagaron para lograr la transición pacífica a la democracia en España, después de la muerte del dictador, fue la renuncia a la memoria. Las cosas han ido cambiando, sin embargo, en estos últimos años. Muestra de ello es que el año pasado se realizó en España con gran éxito una magna exposición que dio cuenta de un “gran olvido” de la historia española del siglo XX, el exilio republicano. Y ahora mismo se está preparando otra exposición, también sobre los refugiados republicanos, pero ahora sobre los que eran niños cuando abandonaron España. Allí estarán ocupando su lugar a la vista de los españoles de comienzos del tercer milenio los Niños de Morelia. Y en la recuperación de esta porción de memoria tiene un lugar destacado, de primera importancia, el libro de Emeterio Payá.

Autora: Dolores Pla Brugat, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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