Robert D. Richardson, Primero leemos, después escribimos. El proceso creativo según Emerson, México, FCE, 2011.

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DA59R4No suelen ser comunes los escritores que, a lo largo de la historia, se hayan interesado en desarrollar ideas muy acabadas en torno al proceso creativo de la escritura: uno de los más interesantes en dar cuerpo a esa inquietud fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Antiesclavista convencido, vivió la mayor parte de su vida adulta en su casa de Concord, Massachusetts, donde escribió algunas de sus obras más conocidas, como Naturaleza (Nature), El estudiante americano (The American Scholar) y Ensayos (Essays). Es precisamente en El estudiante americano donde Emerson dejó buena parte de sus anotaciones acerca de las ideas centrales que consideró como propias del proceso escritural; éste y otros de sus textos fundamentales los desglosa R. D. Richardson con el fin de documentar las rutas escogidas por Emerson en la configuración de ese proceso; el resultado lo expone Richardson a lo largo de los doce breves capítulos que integran el presente libro.

Emerson en realidad nunca escribió un libro dedicado al acto de escribir, fueron las ambiciosas metas que desde joven se trazó como escritor las que le llevaron a reflexionar en torno a los métodos ideales para lograr su objetivo. Su instinto como escritor, alimentado afanosamente desde los primeros días del despertar al entendimiento, le indicó que la primera tarea consistía en leer sin pausa: un hombre o una mujer que aspiren a ser escritores no tienen nada qué decir si antes no tienen conocimiento de lo que han escrito sus predecesores. Y entonces Emerson leyó abrumadoramente, guiando sus lecturas según le iba poniendo enfrente el proceso de la vida los dramas y retos de la propia (la muerte de dos de sus hermanos, su contacto directo con la cultura europea, su decepción por la teología sustituida por una inmediata pasión por la naturaleza, etcétera). Sus impulsos eran idealistas pero al mismo tiempo reconocía la necesidad de poner los pies sobre la tierra y enfocar el interés en aquello que le permitiese alcanzar las metas, así que en lo concerniente a la lectura no había forma de perder el tiempo: la lectura escapista —pensaba— era el paraíso de los tontos:

Una persona debe hacer su trabajo con las facultades de las que dispone hoy. Pero esas facultades son la acumulación de los días pasados. Ningún rival puede rivalizar con el pasado. Lo que uno ha aprendido y ha hecho es seguro y provechoso. Trabaja y aprende en los días malos, en los días afrentosos, en los días de deudas y depresión y calamidad. Lucha mejor a la sombra de la nube de las flechas (p. 17).

Emerson exploró lecturas en casi todas las ramas del conocimiento pero, según sus intereses, a partir de la indagación obsesiva del vasto océano bibliográfico seleccionó a sus autores favoritos, a los que volvió siempre que lo creyó necesario: Montaigne (1533- 1592), Plutarco (50-125), Platón (427- 347 a.n.e.), Plotino (205-270), Goethe (1749-1832) —aprendió alemán para leer su obra completa—, Madame de Stäel (1766-1817) y William Wordsworth (1770-1850), ciertamente una lista corta pero significativa, el secreto no radicaba en la cantidad sino en la naturaleza de la obra: “Una enorme cantidad de libros se escriben en muda imitación de la antigua historia civil, eclesiástica y literaria; a todos ellos no debemos prestar atención. Están escritos por muertos para que los lean los muertos” (p. 24).

Por razones similares Emerson rechazaba la lectura de teología y debates académicos, así como opiniones de terceros acerca de un libro o ensayo, pues le gustaba pensar —nos dice Richardson— que un libro tiene tantos significados como lectores posibles, no había necesidad de exégetas o intermediarios.

Es así como Emerson propone que en el proceso de la lectura el lector asuma la parte activa, es decir, que traslade a su vida propia la palabra del autor y la someta a prueba. El autor no es ni debe ser tótem sino sólo la herramienta que auxiliará al lector a recorrer, según su propio horizonte, el farragoso tránsito de la vida, y expresar esa experiencia en nueva escritura: “lee y escribe tu propio mundo”, recomendaba a un estudiante.

Las observaciones de Emerson sobre la escritura frecuentemente las expresaba con figuras retóricas en las que la metáfora era condensación de la idea, estado de ánimo y a la vez vehículo estético: “la manera de escribir es lanzar el propio cuerpo contra el blanco cuando ya agotaste tus flechas.” No obstante, en otras ocasiones su conseja era directa, sin ambages: “no hay otra manera de aprender a escribir más que escribiendo”. Muy probablemente la originalidad de Emerson como escritor se deba al hecho de haber desarrollado un principio filosófico tomado de los estoicos y que no era otro que, en lo tocante a los asuntos de la vida y sus procesos creativos, se debía considerar siempre como punto de referencia a la naturaleza. No se trataba sin embargo de imitarla sino de mirar a través de sus ojos y, por ese camino, “establecer una relación original con el universo”, apartándose de los antiguos pero teniéndolos siempre presentes. “La naturaleza es el vehículo del pensamiento”, y las palabras sus formas de representación. Y, si como el propio Emerson afirma igualmente, que “el Universo es la externalización del alma”, entonces escritores y poetas sólo podrán serlo si se miran en el espejo de la naturaleza.

En el temple de Emerson idealismo y pragmatismo estuvieron en constante invasión de dominios. No obstante, su pesimismo, de suyo más frecuente, era en ocasiones frenado a tiempo por su sentido pragmático de la vida permitiéndole obtener así un cierto equilibrio del mundo circundante: “Aunque los trúhanes triunfan en cada lucha política, aunque la sociedad parece pasar de las manos de un grupo de delincuentes a las de otro con cada cambio de gobierno, y el avance de la civilización es una serie de felonías, sin embargo, de alguna manera se da cumplimiento a los fines generales” (p. 48).

En otros órdenes su sentido pragmático cobra la delantera y delinea su pensamiento en lo que concierne al lenguaje: “La vida es nuestro diccionario”, nos dice, y, consecuente con esta premisa, fija su atención en los lenguajes que surgen de las distintas actividades que el hombre despliega en la vida rural y citadina, en la relación franca de hombre y mujeres, lenguajes con los que ilustran y encarnan sus percepciones.

Luego entonces las palabras representan cosas y de ahí la importancia del lenguaje para Emerson; las palabras no pueden, a la sazón, ser más importantes que las cosas, sin embargo el lenguaje adquiere relevancia si se logra que éste las represente cabalmente. Y si se da por sentado que el lenguaje se da en términos de representación del mundo, el escritor no puede aspirar a decir la verdad sino sólo sugerirla. A ello atiende también que Emerson considere de capital importancia la correcta utilización de las palabras, sin adjetivos y sin abstracciones; los primeros porque prefiere que el sustantivo haga todo el trabajo, y las segundas porque están dirigidas a los filósofos.

La pregunta obligada es, entonces, ¿cuál es el molde que da forma al lenguaje de Emerson? El primer dato es de sentido estrictamente práctico: el lenguaje de Emerson se construyó a partir de la oralidad, es decir, impartiendo conferencias públicas. Al verse obligado, y estar sobre todo consciente de tener que ganarse al público oyente, puso especial interés en buscar los giros lingüísticos que le asegurasen mantener la atención de la audiencia. Mas no por eso descuidó al lector solitario; de hecho, la experiencia con los grandes públicos, tan de su agrado, le fue de gran utilidad para atraer la atención del lector particular. Muy probablemente esta necesidad influyó en la estructura que dio a su lenguaje. Según Richardson, la oración era considerada por nuestro autor como la principal unidad estructural y formal de la composición, desdeñando el párrafo al igual que el ensayo: “El constructor de una oración, como todo artista, se lanza al infinito y construye un camino en el Caos y en la vieja Noche” (p. 69).

Casi nos advierte que la síntesis y la economía de lenguaje son la llave para contener el mundo y la naturaleza en la palabra: “Quien […] aprehende el infinito, y todo hombre puede hacerlo, concentra todo valor y significación en el lugar del espacio en el que se encuentra, sea una zanja, un campo de papas, un banco de trabajo […] Y en consecuencia también cada buena oración parece implicar toda verdad” (idem).

Para Richardson esta elección tuvo, sin embargo, un costo para Emerson: con la oración ciertamente ganó en síntesis pero perdió en profundidad, su relato se desvanecía al ubicarse preferentemente en la fórmula del epigrama y los proverbios. A cambio, al centrar su atención en la oración dominó todos los ámbitos posibles de la mecánica de la frase y así sus oraciones funcionaban bien y lograba su propósito final: delinear verbalmente la representación del universo circundante. Lo lograba, además, estructurando un lenguaje figurativo que ofrecía más de lo que el ojo ve: “El mundo es emblemático. Las partes del habla son metáforas, porque toda la naturaleza es una metáfora de la mente humana. Las leyes de la naturaleza moral responden a las de la materia como si estuvieran frente a frente en un espejo” (p. 74).

Este principio lo trasladó Emerson a su concepción de la historia al reflexionar que el hombre sólo es explicable por medio de la totalidad de su propia historia. “Hay una relación entre las horas de nuestra vida y los siglos del tiempo”. Idea que nos lleva a la biografía como herramienta de conocimiento de la historia, si acaso ésta es posible explicarla individualmente, como creía Emerson. La idea, con todo, no vino sola, Emerson tuvo una relación cercana a Thomas Carlyle (1785-1881) y compartió con el historiador escocés su interés por la biografía. No obstante, la concepción de este género en ambos escritores tomó caminos distintos: Carlyle afirmó en su obra Los héroes (1841) que hay hombres que nacen mejores y más fuertes que la mayoría y que tenemos suerte que nos gobiernen. Por el contrario, Emerson consideraba, en un sentido antimonárquico, antiaristocrático y anticarlyle, que las grandes figuras de la historia representan algún interés o cualidad que todas las personas comparten:

Hay una mente común a todos los hombres. Cada hombre es una vía de entrada para lo mismo y para todos lo mismo. El que es admitido al derecho de la razón se convierte en un hombre libre que goza de todo el patrimonio. Puede pensar lo que pensó Platón; puede sentir lo que sintió un santo; puede entender lo que le sucedió a cualquier hombre en cualquier época. (p. 91)

Para Richardson este carácter representativo que asigna a los grandes hombres puede calificarse, con justicia, como la enseñanza social y religiosa más importante de Emerson. Su interés permanente en el conocimiento no era otro que un interés por la condición humana. Sus consejos al “escritor” ¿pueden también ser válidos para el historiador, el antropólogo o el arqueólogo? Cada uno de ellos armará su lenguaje con las reglas que mejor le ajusten a su disciplina, pero lo más importante, diría Emerson, es que su discurso corresponda a una justa valoración del fenómeno social, por grave o complejo que sea.

Al inicio mencionamos que Emerson era antiesclavista, posición que compartió ampliamente con su gran amigo Henry David Thoreau; más aún, ambos consideraron que la guerra que su país emprendió contra México era del todo injusta, ya que respondía a intereses esclavistas y expansionistas de una minoría de políticos y empresarios agroganaderos.1 Ambos expresaron públicamente su posición al respecto, Thoreau quizá de manera más radical, pero en su sello se confirma el ideal de Emerson de representar en la escritura la vida propia, no dudamos que también por ello Gandhi los tomó como referente y lo enfiló a la liberación de la India del colonialismo inglés. El texto de Richardson no exhuma a Emerson, porque no está ausente, simplemente da lustre a su mausoleo.

Autor: Arturo Soberón Mora, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

  1. Antología de Henry David Thoreau (pról. y selec. de M. Alejandro Henestrosa Solórzano), México, Oasis, 1970, passim. []

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