Trace, “Las ciencias sociales y la muerte”, México, CEMCA, núm. 58, diciembre 2010.

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DA60R1En su número 58, la revista Trace ofrece por primera ocasión un espacio que rompe con las fronteras espaciales y promueve el diálogo entre investigadores dedicados al estudio del mundo latinoamericano, europeo y africano que abordan un tema afín: la muerte y su significación. A lo largo de 12 artículos, cual si fueran una metáfora de un nuevo apostolado, transitamos por el mundo de la muerte, su representación, las actitudes y significados; con ejemplos, propuestas metodológicas e interpretativas que confrontan comparan y ejemplifican espacios y tiempos diferentes.

El diálogo con la muerte encuentra en este recorrido un campo fructífero para el investigador y le invita a adentrarse en el universo de las representaciones, prácticas y rituales, individuales y colectivas, que enfrentan al hombre con ese fin inevitable. Desde el mundo prehispánico hasta los tiempos recientes las prácticas mortuorias tienen como trasfondo el impacto que causa el deceso de alguien. En todas las sociedades la muerte no pasa inadvertida. Su presencia abre un espacio en el tiempo, en las actitudes del cónyuge, la familia y la comunidad. Las maneras de asumirla, recordarla, recrearla y ritualizarla son motivo de atención de los investigadores que concurren en ese espacio para ofrecer un conjunto de trabajos sugerentes y mostrar el amplio mosaico que ofrece el tema para la investigación.

La revista inicia con una revisión de los estudios sobre la muerte en el ámbito europeo y latinoamericano a cargo de la coordinadora del número, Nadine Belingard, quien pasa revista a las propuestas de los estudiosos franceses, los diferentes campos que han explorado, las fuentes utilizadas y los nuevos enfoques y trabajos realizados, tanto en el viejo continente como en América Latina, con especial énfasis en México. Es un artículo útil, que permite contextualizar los trabajos recientes y mostrar las principales líneas de investigación.

El segundo texto, a cargo de Grégory Pereira, se centra en el estudio del sitio arqueológico de Potrero de Guadalupe, ubicado en la cuenca de Zacapu, Michoacán, y muestra los caminos del inframundo. De acuerdo con la concepción mesoamericana, las lagunas constituían uno de los accesos a estos espacios liminales y se recreaba la geografía del más allá en la arquitectura, en particular la de los patios hundidos. El autor llama la atención sobre estos aspectos, y considera significativos los hallazgos del entierro de un perro y un tlacuache en esos lugares, pues son animales vinculados con el inframundo, con la muerte y la resurrección.

Isabelle Séguy, en el artículo titulado “La muerte de los pequeñitos: entre el dogma y las creencias populares”, aborda un tema por demás interesante: la muerte de los recién nacidos y el espacio que ocupaban en el más allá. En un largo recorrido por la tradición, muestra los intentos de la sociedad por incorporarlos al mundo cristiano tan pronto hicieran su aparición en el mundo. Señala que desde los primeros años las autoridades eclesiásticas trataron de integrarlos a la fe, proporcionándoles el agua bendita y un espacio para ellos: el limbo, concebido como un lugar sin salida, una cárcel para estos inocentes. Pero también muestra las contradicciones, pues mientras la Iglesia construyó paulatinamente este sitio para dar cabida a las almas de los recién nacidos sin bautizar, el espacio sacro terrenal les negó su incorporación, ya que en los primeros tiempos del cristianismo fueron excluidos de los cementerios. Señala cómo paulatinamente fueron aceptados en el espacio sagrado para evitar las prácticas funerarias de desechar los cuerpos, que eran tirados a las letrinas, se colocaban en vasijas o eran adosados a los muros de los patios y los corrales. Un cambio se dio cuando se permitió su entierro en los muros laterales de los templos, conocidos como muros canalones, donde convergían las aguas de lluvia que simbólicamente, reivindicaban el alma del niño. Muestra cómo la praxis de colocar los cuerpos en estos lugares obedecía a un recurso de sanación del cuerpo, al obtener las aguas celestiales para reivindicar la carne.

Laurence Croq presenta un trabajo sobre la muerte en París durante los siglos XVII y XVIII, y analiza las prácticas funerarias al más puro estilo de la historiografía francesa, con una base de datos suficientes que le permiten considerar las actitudes piadosas a partir de las mediciones. Para responder a las cuestiones emocionales se apoya en datos poco explorados y considera varios parámetros para medir la actitud piadosa: la disminución de las ordenaciones, la baja en la creación de las organizaciones piadosas, el menor consumo de libros religiosos y los costos materiales de los funerales. Centra su atención en los costos materiales y sociales de los entierros y los cambios que se originaron en el siglo XVIII. Destaca la larga tradición de las inhumaciones en el interior del templo que provocaban olores nauseabundos y ambientes insoportables. Observa que en los documentos se aprecia el aumento de las tarifas para las inhumaciones, que sólo podían costear los más pudientes. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII se observa un cambio. En el corpus documental analizado encuentra que entre 1730-1750 se generaliza el uso de las fosas colectivas, ofreciéndose como una alternativa para las personas de escasos recursos. Asimismo, las organizaciones involucradas en los funerales, como eran las cofradías, gradualmente fueron apartadas de estas actividades, para quedar en manos del cabildo el control de los entierros. Además de esto, otros documentos muestran los cambios en las ceremonias fúnebres. Aparecen las partidas de defunción que se imprimieron en París en el siglo XVII, antes de difundirse en provincia, y encuentra entre otras cosas que a menudo el difunto fallece en su casa y es inhumado en la iglesia de su parroquia; la invitación a los funerales proviene de su viuda, su hijo, su yerno, etcétera. Son nuevas prácticas que poco a poco salen del ámbito urbano y se propagan en provincia. Cambian también los comportamientos y reglas de la Iglesia respecto a quienes mueren. La autora señala que en el siglo XVII el hombre que ponía fin a su vida no podía ser inhumado en tierra consagrada, pero a partir de 1750 el suicidio ya no se consideró un pecado, salvo en algunos casos, y los padres reconocían los cadáveres antes de inhumarlos —sin que la Iglesia se negara a aceptarlos en su seno. En ese tránsito hacia una sociedad secular, la actitud del hombre hacia la muerte pasa de la preocupación colectiva a la individual. El hombre deja de ser un individuo anónimo y buscar sus intereses personales. La preocupación por estar más cerca de los espacios sacros estuvo más apegada a las vanidades personales que a la práctica sagrada. Hay cambios tanto en la concepción de la muerte como en las prácticas funerarias que se observan con la disminución del poder de las corporaciones religiosas, el avance de la secularización y la intervención de las autoridades civiles en las prácticas funerarias. De tal manera, el espacio eclesiástico fue depurado de las marcas de grandeza terrestre y de los signos de vanidad de los hombres. Pequeños y grandes burgueses se codeaban temporalmente en las sillas y para la eternidad en las fosas. Sólo el fasto, más o menos grande, de los funerales permitía por un momento la expresión pública del rango familiar. Por otro lado, visualmente los muertos parecen haber desertado de los espacios de culto. Acudimos paulatinamente al movimiento de los muertos del centro a la periferia; los cementerios se cierran y se abren nuevos espacios fuera del ámbito de los vivos.

Yves Krumenacker analiza la práctica funeraria de los hugonotes durante los siglos XVI al XVIII, y ofrece una mirada controvertida sobre la sociedad dividida. Destaca cómo los espacios católicos rechazaron a los muertos que no formaban parte de su grey, y los intentos de las autoridades para suavizar las pugnas y organizar la convivencia entre los grupos a través de edictos como el de Nantes. Sin embargo, la tradición creó modelos de perpetuidad, y con los cambios suscitados en esta época se generalizó la idea de que los cementerios extramuros estaban asociados a las prácticas luteranas. En las prácticas luteranas llama la atención el cambio de actitud hacia la muerte. ¿Cuáles son estas diferencias? Una importante es que el ritual se transforma y el sermón llega a ocupar un lugar privilegiado. Calvino proponía austeridad en los ritos funerarios. La sobriedad del ritual se explicaba porque la muerte no tiene nada de dramático, es únicamente la liberación de las miserias de este mundo y permite al alma, que escapa del cuerpo, encontrarse en presencia de Dios. Entre los católicos una petición de sepultura sin pompa se considera como una presunción de herejía. Hacia 1570 se empieza a gestionar la separación de cementerios católicos y protestantes. Se hacen las inhumaciones nocturnas y hay una serie de restricciones para realizar los funerales. No obstante, hay un fuerte arraigo a las prácticas locales y se siguen enterrando en los templos católicos. A lo largo del trabajo el autor muestra que, pese a las creencias, se impuso la costumbre y los protestantes paulatinamente se dejaron vencer por las tradiciones, dejando a un lado la austeridad de los ritos funerarios. El autor señala que ésa es la razón por la que aun cuando, en principio, el lugar de sepultura fuese indiferente, insistían tanto en que su cementerio se encontrase dentro de las murallas de la ciudad, contrariamente a lo que sucedía en la Alemania luterana, pues ser expulsado fuera de las murallas significaba que ninguna coexistencia era posible, que los protestantes quedaban excluidos de la comunidad.

Por su parte, Diego Carnevale estudia el caso de los cementerios napolitanos en el siglo XVIII, en el que ofrece una tipología sepulcral y su función social. Centrado en el estudio de los cementerios y su desplazamiento hacia la periferia, señala que con el desarrollo del pensamiento ilustrado y el impulso de las prácticas higiénicas se inició la transformación de las prácticas funerarias y, paulatinamente, los cementerios fueron desplazados hacia la periferia. Se acababa con esto una larga relación entre vivos y muertos. Propone que para conocer la evolución hay una disciplina: la arqueoantropología funeraria, encargada de registrar el tipo de sepulturas. Señala que “las sepulturas experimentaron continuas transformaciones a lo largo de los siglos hasta la eliminación material, en tiempos recientes, de las no monumentalizadas, en particular en las grandes ciudades.” A principios de 1700 Nápoles era una de las ciudades más pobladas, junto con París y Londres. La Iglesia tenía gran poder y el Estado no podía intervenir en varias actividades controladas por la Iglesia. Las grandes corporaciones monopolizaban las prácticas cotidianas. Señala que el extenso mundo de las cofradías, dueñas de capillas y, a veces, de iglesias enteras proporcionaba toda una serie de servicios “sociales” y bajo su control estaba la práctica funeraria. Los muertos se enterraban en cuatro tipos de edificios: iglesia secular, iglesia de una orden, capilla familiar y capilla de cofradía. No había cementerios en Nápoles. Las cofradías controlaron las prácticas funerarias y las aglutinaron bajo la Archicofradía de la Oración y Muerte, que tenía como fin ex profeso sepultar a los cristianos. Sin embargo, con las Reformas Borbónicas se trató de acabar con estos privilegios y el Estado empezó a intervenir. En 1755, para sanear la ciudad se pidió a las autoridades construir un cementerio fuera de sus murallas, y desde 1751 el arquitecto Fuga planeó el espacio en el que puede analizarse el nuevo sentido de la muerte. El estudio permite conocer el programa arquitectónico y la planeación de la nueva urbe mortis. Se planeó la construcción de 366 fosas relacionadas con el calendario, pues cada una se abría el día correspondiente para hacer las inhumaciones. Hacia 1779, “cuando el debate ya había asumido una dimensión europea”, el rey Fernando IV ordenó al tribunal de la salud evaluar la creación de un sistema cementerial extramuros. El autor concluye que a partir de la intervención napoleónica la ciudad comenzó a dotarse de cementerios públicos, síntoma de otra época y otra cultura.

Régis Bertrand, en su artículo sobre los cementerios franceses contemporáneos, presenta una tipología del tipo de tumbas y una propuesta a partir del análisis de un cementerio que sirve como texto para acercarse a la práctica funeraria francesa actual. Los textos empleados en su análisis son las placas, vitrales y cruces. Es un ejemplo de que cualquier tema es susceptible de estudiarse, en tanto el historiador construye sus propias fuentes. De esa época datan textos que describían los monumentos y citaban los epitafios que llamaban la atención de los curiosos, por la gran cantidad de epitafios que incluían las tumbas. Señala que en el siglo XIX los cementerios dejan de ser espacios de reposo y silencio para convertirse en verdaderos sitios de contemplación. Junto a esto la vegetación juega un papel importante, pues la ornamentación vegetal de los cementerios creados en el transcurso del siglo XIX tiende a alcanzar el término de su existencia. Un apartado importante aborda la problemática del estudio de esas fuentes. En 1776, Luis XVI prohibió las inhumaciones en las iglesias y ordenó la transferencia a plazos de los cementerios fuera de las murallas. Señala que, pese a la nueva estructura de los cementerios con tinte secular, siguen operando prácticas religiosas en los espacios de los muertos. El terreno se bendice para albergar los muertos, pero además no se bendice todo. Se dejan dos áreas sin bendecir: la reservada para los niños sin bautizar y otra para los no católicos. No obstante, empieza a irrumpir la democratización del cementerio, mostrando el arraigo de los privilegios de aquellos que se hacen enterrar cerca del canalón.

Alma Victoria Valdés estudia las representaciones familiares en los epitafios del siglo XIX, donde explora los perfiles de los miembros de la familia mexicana. El modelo de los epitafios se inspiró en los europeos sirviendo como exemplas, pero construyeron un modelo de comportamiento social acorde a la realidad mexicana. Los epitafios circularon a través de numerosas publicaciones, cuyo objetivo consistía en educar a la mujer en las labores propias de su sexo, y crearon estereotipos que se impusieron en la cultura decimonónica. Describían la ternura de las madres y su apego a la familia, mientras en los hombres se destacaba su compromiso con la familia, particularmente en su manutención, expresada en la epístola de Melchor Ocampo, en la cual se construye una imagen del macho y su deber social. Sexualmente es el más fuerte, dominador y obligado a proteger la familia, mientras los hijos son el resultado de la buena conducta familiar, seres obedientes que retornan al cielo al cortarse la flor de su juventud. La autora señala que en el transcurso del siglo XIX se observa el declive de los epitafios, y se pasa de la mirada romántica a la cursilería. Destaca que los epitafios provocan actitudes particulares a los visitantes de los cementerios. Amén de los diferentes estados de ánimo, se invita a la reflexión hacia la vida y promueven comportamientos momentáneos de puritanismo. Concluye que mediante ellos el visitante podía reconocerse como un espejo donde se muestran sus diversas facetas.

Sonia Alcaraz Hernández, en su trabajo titulado “Las pestilentes mansiones de la muerte. Los cementerios de la ciudad de México, 1870-1890”, analiza los espacios construidos para los diferentes grupos sociales que habitaban la ciudad, y a partir de la comparación muestra ciertos rasgos. La tipificación va de la mano con las características de estos espacios. Los panteones para creyentes, además de ser numerosos, se caracterizaban por su descuido e insalubridad, a diferencia de los panteones para extranjeros construidos durante el Porfiriato, que estaban mejor cuidados. En los primeros prevalecían las fosas comunes que reunían los cuerpos de quienes no podían costearse un lugar. Éstos se almacenaban en la capiroteada, que era el amontonamiento de cadáveres en la fosa común. El Estado empieza a ocuparse de la salubridad, y para ello aplica diferentes medidas tendentes a evitar que los panteones sean focos de infección. Estas medidas se incrementaron a partir de 1877, cuando se desató una epidemia de tifo que dio la bienvenida a Porfirio Díaz cuando asumió la presidencia, y con ello una nueva fase en la concepción de los espacios mortuorios.

Por su parte, Diego Fernando Guerra estudia la fotografía de difuntos como una de las manifestaciones iconográficas en boga durante el siglo XIX en Buenos Aires, que modificó las prácticas seculares localmente arraigadas como la mascarilla mortuoria, los grabados de cabezas yacentes y los retratos al óleo de personas vivas. Señala que la tendencia modernizadora de las prácticas funerarias se inició hacia 1820, cuando Bernardino Rivadavia creó en las afueras de Buenos Aires los primeros cementerios laicos, reflejo del pensamiento modernizador. Habla de la actividad de los fotógrafos de difuntos y el incremento de un trabajo que tuvo auge a finales del siglo XIX, más paulatinamente fue decayendo con la aparición de nuevas técnicas fotográficas, el uso de la cámara Kodak y el eslogan “Hágalo usted mismo”.

Por su parte, Elsa Malvido nos introduce al tema del suicidio entre los grupos negros. En su trabajo se adentra en las actitudes de los grupos africanos, quienes encontraron en el suicido un método de fuga de la pérdida de libertad y los duros trabajos. Ya Aguirre Beltrán había llamado la atención del comportamiento de los esclavos y la tendencia al suicidio, explicando que eran resultado de humillaciones, pérdida de esperanza y desarraigo espacial. Sin embargo, Malvido busca otras explicaciones y destaca que esta actitud era mayor entre los hombres, y propone que se debe probablemente a la falta de litio en la sangre, lo cual provoca problemas depresivos. Insiste en que el suicidio es una forma de resistencia contra la esclavitud, pero influye el estado de ánimo. Los factores del síndrome suicida fueron el miedo y la depresión permanente causados por la esclavitud, que sumados al exilio, el desgano vital y las enfermedades biológicas contribuyeron a la falta de defensas inmunológicas permanentes y a la desaparición de miles de esclavos. La autora insiste en que los esclavos justificaban el suicidio dentro de sus esquemas culturales porque era una forma de retornar a la tierra de los antepasados. La práctica comúnmente utilizada era la de ahorcarse. Sin embargo, para evitar gran pérdida de mano de obra los contratistas buscaron la forma de evitar el suicido. Desde la captura y el traslado al nuevo mundo trataron de evitar la fuga y el que los negros se tiraran al mar. Ya en tierra, los frailes intentaron cumplir su cometido, incorporándolos al cristianismo y brindándoles esperanzas de un más allá. Por su parte, los finqueros aplicaron diferentes métodos, desde el castigo colectivo hasta mutilar los cuerpos para infligir miedo y evitar que regresaran a su terruño. Para la cultura europea el suicidio fue planteado como una enfermedad, mas para los católicos era una venganza de los esclavos contra sus amos; sin embargo, para los esclavos el suicidio fue una salida lógica a su condición y, más que una enfermedad, fue una conducta humana común en situaciones extremas.

Jacques Barou trabaja sobre “La idea de la muerte y los ritos funerarios en el África Subsahariana”, en el cual presenta las prácticas funerarias considerando las religiones tradicionales conocidas como religiones de terruño y la transculturación de los grupos migrantes. Analiza el sentido de la transformación de la idea de la muerte y los ritos funerarios que pueden observarse en esa región. Antes de abordar el tema destaca que la dimensión trágica de la muerte es algo propio del mundo occidental. Sin embargo, para los grupos subsaharianos la muerte no representa una ruptura, pues el individuo sigue presente en la memoria y las prácticas cotidianas. Esto explica los diferentes ritos funerarios que se realizan. Entre los miembros, cada cinco años tiene lugar la ceremonia del famadihana, que consiste en sacar los restos de los muertos y llevarlos en hombros por las calles de la población en una farándula desenfrenada, continuando con una serie de rituales que tienen una connotación de renovación de los vínculos familiares y comunitarios. Consideran que todo niño que llega al mundo es portador del alma de un antepasado, de manera que es importante el concepto de reencarnación, por eso se les respeta. Los ritos fúnebres no hacen distinción entre sexos. Esto solamente se observa en la orientación de los cadáveres: el de los hombres con la cabeza hacia el oriente y las mujeres al poniente. Esto se hace en función de las obligaciones que tiene cada género para alimentar la familia. El hombre debe levantarse al alba y la mujer preparar la cena. Pese a la imposición del catolicismo en esta región se siguen practicando los ritos funerarios. En el caso de los grupos migrantes apunta que aun cuando la migración y el establecimiento en las ciudades refuerzan el dominio de las religiones reveladas en detrimento de las religiones del terruño, se asiste sobre todo a un proceso de secularización de los rituales, en particular de todos aquellos que se relacionan con el culto a los antepasados. Los migrantes paulatinamente abandonan los ritos por los ritmos de la vida cotidiana. No obstante, muchos intentan mantener un lazo con sus lugares a través de las ceremonias que se realizan en su tierra natal.

Cierra el número el trabajo de Pascal Hyntermeyer, “La relación con la muerte: entre constantes antropológicas y especificidades contemporáneas”, donde destaca que el deux machina contemporáneo, a pesar del progreso, no ha superado el dilema que presentan las angustias del deceso. El miedo a la muerte sigue actuando con mayor fuerza ahora más que nunca, pues el hombre contemporáneo, inmerso en el mundo del progreso y presa de la mercadotecnia, sigue siendo un endeble eslabón en la cadena de las fuerzas tecnológicas. En otras palabras, sigue manteniendo esa soberbia y miedo ante la vida y la muerte. En este trayecto pasa revista a las actitudes contemporáneas sobre la muerte: desde el deseo de morir en paz hasta el deseo y derecho de decidir cuándo y cómo morir. Una frase trillada pero de gran contenido muestra la actitud actual: Requesquiat in pace. El hombre espera que la muerte sea asociada con la paz, la serenidad, el descanso. Por otro lado, los modelos de los panteones contemporáneos invitan a ver el deceso con menor tragedia que en épocas anteriores. Señala que en la actualidad los cementerios son espacios preservados que invitan al recogimiento y a la meditación. Algunos los aprecian para descansar y escapar del estrés y la precipitación. Esos enclaves sagrados, puesto que no han sido sustraídos a las exigencias de la vida cotidiana, están consagrados a la evocación de una ausencia duradera; ausencia que permite tomar distancia y altura respecto a los apremios y preocupaciones de la vida cotidiana. De manera que para morir en paz hay que superar las angustias de la muerte y aceptar su llegada.

La actitud hacia la muerte muestra un giro. Paulatinamente ha dejado de ser un acto social y empieza a ser más privada. La muerte solitaria desemboca a menudo en la muerte clandestina. La ceremonia fúnebre se vuelve algo cada vez más incómodo, tanto para familiares como para dolientes, y cada vez cuesta más trabajo expresar los sentimientos. Los nuevos comportamientos evitan el duelo, o tratan de acortarlo y rara vez se lleva, y por lo general se hace de manera oculta. Esta actitud presenta otros comportamientos sociales y contrario a la ceremonia barroca o la explosión de los sentimientos decimonónicos; en la actualidad, dice el autor, nos cuesta trabajo encontrar las palabras para notificar la muerte y expresar nuestras condolencias, como si ese acontecimiento se hubiera convertido en algo indecible y doloroso. Y si eso muestra el cambio de actitudes, la relación con los muertos también es diferente. Los muertos han dejado de ser intocables, y los odios entre vivos y muertos se continúan. Aunque siempre ha habido profanación de tumbas, esto no era tan abierto como en la actualidad. Como señala el autor: a los muertos se les cobra caro sus errores en la tierra y sus cuerpos son motivo de vituperios. Nuestros contemporáneos buscan lidiar con los difuntos, los involucran en sus desacuerdos, los anexan a sus fantasmas, estropean sus tumbas o los cubren con signos incongruentes. Es otra la relación que encontramos en estos tiempos entre vivos y muertos.

Sin duda los trabajos son un buen ejercicio de reflexión y nos muestran el abanico de posibilidades para acercarse a la historia de la sociedad ante el deceso y los comportamientos humanos. Nos invita también a reconsiderar los materiales y datos que son susceptibles de analizar para comprender el entramado social, tanto en espacios rurales como citadinos.

Autor: Tomás Jalpa Flores, Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, INAH.

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