El centro norte como frontera

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El centro norte se delimita con las estribaciones internas de las sierras madres Oriental y Occidental, colinda al norte por el altiplano potosino, que marca el inicio de los desiertos, y al sur con el parteaguas donde se originan las cuencas de los sistemas Tula Pánuco y Lerma Santiago. Esta extensión se localiza al noroeste de la Meseta Central, fuera del valle de México. Actualmente, abarca los estados de Jalisco, Zacatecas, San Luis Potosí, Querétaro, la parte meridional de Guanajuato y una sección de Michoacán, así como el sureste de Hidalgo y noroeste del Estado de México. Es una zona heterogénea desde el punto de vista ambiental y geofísico, donde los diferentes grupos humanos encontraron los recursos necesarios para satisfacer sus necesidades de habitación, de vestido, o instrumentos de trabajo y protección; además utilizaron las tierras fértiles para la agricultura, recolección y caza, y de manera constante explotaron los bosques. Esta área estuvo habitada, aproximadamente desde 300 a.C. y en la etapa colonial fue el ámbito de grupos otomíes. En la época prehispánica del siglo XVI, hacia el sur de la región se encontraban distintas provincias tributarias de la Triple Alianza, mientras que en el norte vivían diversos grupos nómadas. La región centro norte es cruzada por la demarcación que hizo Kirchhoff (1967) entre los grupos cazadores-recolectores y las altas culturas de Mesoamérica.

Esta amplia región es considerada como una frontera, pero no en el sentido de la línea fija, continua y estática, trazada en los mapas, puesto que es una invención moderna, corolario obligado del Estado-Nación. El espacio geográfico dentro del cual ese estado ejerce su poder se demarca con precisión, por ello la palabra frontera se asimila a una forma social reciente, a un tipo particular de Estado. Sin embargo, los límites establecidos por Kirchhoff difieren de esta visión. La idea de la frontera norte de Mesoamérica hace referencia a una extensión amplia que relaciona y al mismo tiempo separa diferentes unidades, que se saben y se piensan distintas pero que tienen una interacción dinámica; es un espacio amortiguador o de transición. Esta idea permite reconocer la diversidad de las relaciones grupales y pone en evidencia una complejidad social mediada por la adopción de una forma de vida fronteriza, que se podría definir como diferentes modos de vida compartidos. Este aspecto de la frontera centro norte de los inicios del siglo XVI marca una de sus características fundamentales que la hace diferente de otras partes de Mesoamérica. La estructuración de este espacio, determinado por su historia particular y un conjunto de prácticas sociales desplegadas sobre él, permiten imaginarla como una realidad epistemológicamente sustantiva, en los términos de Gatti (Gatti et. al., 1979: p24).

Las investigaciones antropológicas e históricas, en el centro norte son muy recientes y variadas, y casi nulas en lo que se refiere al aspecto indígena del siglo XVI. Actualmente se han esquematizado algunos de sus rasgos a través de parte del comportamiento territorial. Dos formas de conducta se identifican con variaciones internas en cada una ellas. Por un lado, las sociedades sedentarias, cuya subsistencia consiste en la producción agrícola. Dentro de los cultivadores están: los grupos que tienen una organización social con diferencias muy marcadas y ligados a desarrollos estatales del Centro y Occidente de México; los grupos con estratificación social que tienen el uso óptimo de los recursos de la región y, por último, las sociedades con un desarrollo agrícola incipiente. De otro lado, se agrupan los nómadas cuya economía en la recolección y la caza. En este conjunto también encontramos varias diferencias: las unidades especializadas en un nicho ecológico, como podrían ser las del desierto queretano; los grupos que tenían una gran movilidad y abarcaban grandes extensiones como los del norte de Guanajuato; otros que ocupaban los alrededores de los asentamientos agrícolas en las regiones más bajas y que practicaban la horticultura, como los de San Luis Potosí. Los grupos fronterizos transforman la naturaleza circundante en fuente de suministros y aplicaron distintas técnicas, por lo que no competían forzosamente por el suministro. Estos modelos de subsistencia tienen diferentes maneras de relacionarse con el mismo terreno y dan origen a la base fundamental de las múltiples identidades. Lo que cada grupo hace, el cómo lo hace y el significado que adquiere, de manera abstracta, es apropiarse y crear el territorio.

La multiplicidad de gradientes de movilidad hacen que el panorama de relaciones intergrupales sea muy rico y complejo. A pesar de las diferencias, como señalan algunos escritos, los grupos de la región interactuaban a nivel cultural, social, económico y político, creando así redes cerradas que hacen difícil distinguir las múltiples unidades. Incluso son más complejas cuando se toma en cuenta que las interrelaciones sociales cambiaron en el tiempo. Así, por ejemplo, sabemos que en el área septentrional, en el siglo XVI, dominaba una forma de producción, ésta basada en la caza-recolección; por otra parte, en el primer milenio sobresale la producción agrícola que estaba subordinada a la recolección. Esto significa que las variaciones no impidieron que los grupos indígenas compartieran una historia desde épocas ancestrales. Los vínculos entre nómadas y agricultores fueron fluidos y de tipo cíclico, sin descartar, obviamente, las relaciones de conflicto.

Ahora bien, en este primer acercamiento a la territorialidad de los diferentes grupos de la frontera destacan dos aspectos: el patrón de asentamiento y la subsistencia, elementos que dan sentido al conjunto. Es importante señalar que desde la óptica de la arqueología el territorio es un espacio social y cultural donde transcurren las relaciones de las sociedades humanas (Proudfoot, 1981), y por lo tanto se convierte en producto y productor, lo cual permite hacer un análisis de las formas de producción.

Los grupos recolectores cazadores, por definición se agrupan dentro del género de chichimecas -habitantes del norte. En este concepto encuadran también los otonchichimeca, teochichimeca, zacachichimeca, guachichiles, guamares, copuces guaxabanes, pames, tecos, cazcanes y zacatecos, todos ellos con diferentes grados de movilidad y dependencia de la fauna o de la flora. Estos grupos tienen una historia milenaria a pesar de la ausencia de elementos que permitan conocer su identidad cultural y reconstruir su modo de vida. En lo referente al aspecto territorial, en relación con los dos elementos que interesan en este trabajo, se conocen de ellos la recolección y cacería como forma de subsistencia, por un lado, y el nomadismo por el otro. En palabras de Muñoz Camargo se describe cómo eran los chichimecas:

‘hombres salvajes’, […] que comían las carnes crudas, y se bebían y chupaban las sangres de los animales que mataban porque chichiliztli [sic] es tenido en a lengua mexicana por “mamar” […] por manera que, como esas gentes ansí mataban y se bebían la sangre, era tenida por una gente muy cruel y feroz, de nombre espantable y horrible entre todas las naciones estas partes, y por esta derivación “los chupadores”, que quiere decir en la lengua mexicana chichimeca techichimani [sic]. Y ansí, los que proceden destos chichimecas son tenidos y estimados en mucho. […] los que proceden destos chichimecas [sic] por línea recta y derecha sucesión son muy estimados, y ha quedado este nombe de chichimecas [sic] el día de hoy ya arraigado tanto, que todos aquellos que viven como salvajes y se sustentan de cazas y monterías, y hacen crueles asaltos y matanzas en las gentes de paz, y aquellos que andan alzados con arcos y flechas como alarbes, son tenidos y llamados chichimecas [sic] (Acuña 1984: 142)

La dieta que describió fray Diego Durán (1984, p 24) que consumían los chichimecas era de “conejos, venados, liebres, comadrejas, topos, gatos monteses, pájaros, culebras, lagartijas, ratones, langostas, gusanos y hierbas y raíces”; la cual se complementaba con hojas de tunas, las mismas tunas, palmitos y flores de palma, así como diferentes raíces

y miel que ellos sacaban de muchas cosas, miel de palmas, miel de maguey y miel de abejas, y otras raíces que cocían y sacaban de debajo de la tierra, y todas las carnes de conejo, de liebre, de venado y de culebras, y de muchas aves; y por comer de estas comidas, que no iban guisadas con otras cosas, vivían mucho (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 2)

La forma en que adquirían su presa era, por ejemplo ya en la época española:

[uno de los indios] corriendo, se fue emparejando al codillo del toro y le dio un flechazo que le hizo echar mucha sangre por la boca y luego todos arremetieron a la cola y dieron tantas vueltas con él que lo derribaron y como el mas diestro vaquero le volvieron los cuernos abaxo y lo primero que hiceron fue sacarle la gordura de los párpados de los ojos, y comérsela caliente y luego con unos pedernales como si fueran cien hachas lo fueron cortando por sus coyunturas y lo desollaron (Tello, 1973: 278).

Se puede decir que su relación con la naturaleza no desaprovechaban en nada, ya que las presas que lograban no había partes inútiles. “Más aún; para los chichimecas no hay animal o planta que sea inútil para el consumo” (Román Gutiérrez, 1995: 96). También el que siguieran usando instrumentos de piedra, en la época colonial, es una muestra de la eficacia de una tecnología practicada por milenios, esto se podría articular a la “tradición del desierto”, tan conocida en la arqueología (Kirchhoff, 1944a, 1944b, 1954). La cultura del desierto tiene una serie de variantes locales que apenas se están reconociendo a través de los restos materiales (Rodríguez, 1985). Del mismo modo, en los documentos se afirma que los chichimecas son buenos tiradores de arco y flecha, y no deja de llamar la atención su condición y calidad de lapidarios “porque conocían y labraban los pedernales y navajas para las puntas de las flechas” (Sahagún, op.cit.).

Los diversos grupos chichimecas ocuparon el amplio territorio del centro norte a pesar de las variaciones regionales, “la mayor parte vivían en cuevas y peñascos, algunos de ellos hacían chozas o casillas de paja” (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 2); con relación a los zacachichimecas el autor señala que

eran los que habitaban lejos y apartados del pueblo por campos, cabañas, montes y cuevas, y no tenían casas ciertas sino que de unas partes en otras andaban vagueando, y donde les anochechía, si había cueva se quedaban allí a dormir; y tenían su señor y caudillo […] que tenía palacios que eran unas casas de paja, o las mismas cuevas (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 2)

Estos asentamientos provisionales, aislados y dispersos, en zonas de difícil acceso, la mayoría de las Relaciones Geográficas del siglo XVI son reconocidos en rancherías (cf. Acuña). La ubicación de estos asentamientos estaba delimitada por la distribución del agua y por la convergencia de la caza y la recolección, según la estación del año, del ciclo temporal y espacial de los nómadas. Además no olvidemos que el desplazamiento es uno de los elementos de identidad de estos grupos. La identificación de “palacios” hace inferir el uso diferencial y la manera propia de integrar el territorio a su identidad.

En algunos casos, las pequeñas siembras formaban parte de su entorno. Éstas quizá fueron elaboradas por grupos de otonchichimeca o de tlamime, los cuales practicaban diferentes tipos de horticultura y agricultura, aunque lo más probable es que la mayor parte de los cultivos fueran de los grupos sedentarios.

El grupo sedentario tradicional en el sur de la región parece ser el otomí. Durante los primeros años de la Colonia española ellos recuperaron el septentrión para las comunidades agrícolas. Los primeros poblados más importantes fueron: Querétaro, San Juan del Río, Toliman, San Miguel Allende, Xichú, Tierra Blanca, Santa María del Río, San Luis de la Paz; más tarde llegaron a lugares mineros de San Luis Potosí, Zacatecas y Guanajuato. Los investigadores Soustelle (1937), Carrasco (1979) y Manrique (1969) han elaborado varias monografías acerca del grupo en general, tomando en cuenta que el término otomí designa una familia lingüística, cuyo bagaje cultural no debió ser uniforme.

Los grupos de habla otomí del centro norte ocuparon las zonas escarpadas de la Sierra de las Cruces hasta las planicies de Hidalgo y Querétaro. La Quauhtlalpan tiene una topografía bastante irregular. Presenta bosques de ochotes, abetos y encinos, los llanos sobresalen por sus pastizales. Las técnicas agrícolas varían de acuerdo al terreno, igual que los complementos dietéticos. En las crónicas del siglo XVI se dice que “los otomíes […] comían buenas comidas y bebían buenas bebidas” (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 4). La cosecha principal fue el maíz de temporal, aunque el riego no era desconocido. La mayoría de los documentos hacen referencia a las huertas, por ejemplo, en Huimilpan, Querétaro, se mencionan explícitamente las prácticas de técnicas hidráulicas complejas. El instrumento más usado fue el bastón plantador, tenía la forma de “unas coas de encina que son con que limpian y escardan las sementeras de maíz” (Torquemada, I: 612).

El maíz era preparado de diferentes maneras:

y al tiempo que el maizal estaba crecido y empezaba a dar mazorcas, comenzaban luego a coger de las menores para comer […] y de lo mismo servían las calabazas y los chiles verdes que se daban en tiempo del verano; y cuando el maíz estaba ya sazonado gastaban lo que podían de las mazorcas grandes, para comprar con ellas lo que habían menester y para comerlas cocidas, y hacer de ellas tortillas y tamales; y así al tiempo de la cosecha no cogían sino muy poco por haberlo gastado y comido antes que se sazonase, y luego que habían cogido lo poco compraban gallinas, y perrillos para comer, y hacían muchos tamales colorados del dicho maíz (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 4)

La transformación del maíz en diferentes productos -tortillas, tamales y atole- permite darnos cuenta de la relación de estos grupos con la naturaleza. Su dieta la complementaban con frijol, aji, sal, tomate y el maguey, este último ocupaba un lugar preponderante; también procuraban incluir hierbas, tunas y raíces. De la fauna “estos otomíes comían los zorrillos que hieden, y culebras, y lirones, y todo género de ratones, y las comadrejas, y otras sabandijas del campo y del monte, y lagartijas de todas suertes y abejones y langostas de todas maneras” (ibidem), más perritos, como ya se dijo, y conejos, venados, topos, y otros animales que les gustaban. Al igual que los chichimecas los otomíes nada desperdiciaban a diferencia de los nómadas que acumulaban los alimentos en trojes.

Los grupos otomíes vivían en poblaciones dispersas o semidispersas, según los recursos y, sobre todo, la tradición histórica. Construía sus moradas en los montes, entre sierras y lugares apartados. La dispersión de los asentamientos no impide reconocer las jerarquías ni la densidad de población. Tanto a nivel arqueológico como documental no es raro encontrar unidades aisladas, rodeadas de tierras de cultivo y separadas entre 500 y 1 000 m con sus vecinos más cercanos. Se supone que estas unidades fueron autosuficientes aunque no tenían autoridad administrativa propia. También encontramos las llamadas rancherías, que usualmente presentan una construcción pública de uso común y tienen relaciones más cercanas con otras rancherías. Por otro lado, existen concentraciones de habitaciones -pueblos- que en la época española se caracterizaron por tener jueces auxiliares, autoridades administrativas propias, como parcelas de cultivo fuera de la unidad y ofrecían servicios comunales en unidades religiosas o civiles (capillas y tiendas).

En las crónicas escritas pocos lugares del centro norte merecen el nombre de ciudades con excepción Jilotepec y Chiapan, que Durán (I: 27) quiso reconocer como tales. El patrón de asentamiento disperso no significa, de manera obligada, una densidad de población baja. En la región del Mezquital se reconocía en el siglo XVII que este tipo de asentamientos “cubrían aquellas llanadas tanto que no parecían muchos pueblos sino una población sola” (Carrasco, 1979: 86). Tampoco impide la existencia de lugares especializados sobre todo a nivel religioso.

Su dios se llamaba Yocipa, al cual le tenían hecho muy buen cu, que era un jacal hecho de paja muy atusada, cuya hechura solamente a su cu era dedicada y nadie hacía casa de aquella manera ni forma; porque sus jacales en que vivían eran de paja no muy pulida, ni a estos tales otomíes se les daba nada tener sus casas o jacales con sobrados (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 4)

Por otro lado también se menciona que “siempre iban a hacer oración y sacrificios a las alturas de las sierras” (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 4).

Los otomíes fueron un grupo de gran continuidad en el inmenso territorio del centro norte, pero con una aparente debilidad para preservar su componente cultural en el contexto de la dominación mexica y colonial. En efecto, los otros grupos sedentarios que llegaron a la región durante el siglo XVI provenían de Occidente y el Centro de México. Estos dos grupos aparecen en el centro norte, durante en el Preclásico superior a través de elementos de la llamada cultura Chupícuro y de las primeras fases de Teotihuacán, sin embargo faltan más estudios arqueológicos para puntualizar las formas en que poblaron esta región.

Los dos centros imperiales, Pátzcuaro y Tenochtitlan, se extendieron sobre el espacio otomí y chichimeca en su proceso de expansión militar. La provincia de Jilotepec era la encargada de resguardar el territorio para la Triple Alianza. Enfrente, como máximo avance tarasco, estaba la zona controlada por Acámbaro. El impacto de las fuerzas militares provocó movimientos de población; por ejemplo, los otomíes de Acámbaro

partieron de un sujeto de la provincia de Xilotepeque [sic] llamado Hueychiapan [sic], y éstos trujeron consigo hasta sesenta indios, ansimismo casados, los cuales eran de nación otomí (y esa lengua hablan); […] los cuales se gobernaban ellos mismos aunque reconocían al señor de Michoacán (Relación de la Villa de Celaya: 61).

Acámbaro la “poblaron asimismo los indios que dicen chichimecas [sic], los cuales tuvieron siempre los gobernadores del dimco Mechoacan, puestos en frontera para defensa de sus tierras contra los indios mexicanos [sic] y otros enemigos suyos” y más tarde llegó un grupo de tarascos con gobierno propio (Relación de la Villa de Celaya: 61).

Las disputas entre mexicas y tarascos no se redujeron a enfrentamientos bélicos en el centro norte; también pusieron en juego el dominio de la población otomiana, la cual -además de pagar tributo- cumplía con la importante función de controlar a los grupos más norteños.

Los tarascos, con su singularidad dentro del contexto mesoamericano, se extendieron hacia el centro norte y establecen varios tipos de relaciones: con la Triple Alianza tenían rivalidades, con los otomíes hacían alianzas o bien los subordinaban, con los chichimecas intercambian productos y establecían cierto tipo de alianzas. Los rasgos distintivos de este grupo de Michoacán eran: el uso de metales, los textiles para vestimentas, las cacicas y la singularidad de su lengua. Los mexicas los diferenciaban de otros grupos ya que los reconocían un como los poseedores de peces, los michoaques. Tenían un aprovechamiento de los recursos lacustres y terrestres: “tu pisaríes por la parte la tierra, y por la otra parte el agua y nosotros también por una parte pisaremos el agua y por la otra la tierra, y moraremos en uno tú y nosotros” (Relación de Michoacán, 1977: 29). Las prácticas agrícolas de los tarascos variaban en las diferentes regiones de su territorio, aunque evidente que el riego era muy común. Sahagún dice que “en su tierra se dan muy bien los bastimentos, maíz, frijoles, pepitas y fruta, y las semillas de mantenimientos llamadas huautli [sic] y chían [sic]” (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 11)

Beltran (1982) afirma que una característica fundamental del complejo cultural tarasco es la ausencia de cualquier tipo de tradición urbana. Los incipientes núcleos del siglo XVI son muy tardíos y pequeños, tienen una función claramente administrativa y no diferenciada (Gorenstein y Pollard, 1983). En efecto, las construcciones monumentales en la zona nuclear de Michoacán no fueron continuas ni aglomeradas, sin embargo los asentamientos en torno al lago de Pátzcuaro formaban una red de relaciones tanto políticas como económicas. Este sistema de interacciones se puede pensar era el que centralizaba las funciones de gobierno. En ellas se incluyen, además de las políticas, las económicas como el establecimiento del tributo y el control del mercado. La forma de asentarse y apropiarse del territorio entre los tarascos consistía, entonces, en centros ceremoniales y residenciales en los que vivían las élites, y en aldeas desperdigadas habitaba el grueso de la población; eran pueblos muy “derramados” (Warren,1989: 401), con una distribución diseminada, más no móvil. De la gran cantidad de asentamientos pequeños y dispersos, pero sujetos a un dominio central, se desprende otra de las características de los grupos tarascos. Es decir, el patrón de dominio, en el que el control no está necesariamente asociado a unidades urbanas que acumulen el poder o concentren a la población físicamente, indica costumbres territoriales relativamente más libres y con un mayor grado de autocontensión. En la Relación de Michoacán se indica que antes de la consolidación del estado tarasco “había en cada pueblo su cacique con su gente y sus dioses de por sí” (Relación de Michoacán, 1977: 15), incluso se reconocen nombres particulares para los habitantes de las diferentes islas:

Como vinieron la dicha isla que se llamaba por otro nombre uarúcaten-hatzicurin, vieron un gran cu y otra isla llamada Pacanda y andando todos mirando, por la bajada del monte, de improviso vieron que andaba uno con una canoa de los de aquella isla primera, que se llaman los moradores de ella hurendetiechan, (Relación de Michoacán 1977: 26)

La construcción típica de las casas michoacanas respondía básicamente a los estilos de Mesoamérica, aunque al parecer, los techos de madera eran más comunes en el altiplano tarasco que en otros lugares. Otra característica fue el uso de un barro rojo o de añil para enclar los muros (Beltrán, 1982), lo que hacía de “sus casas [fueran] lindas aunque todas eran de paja” (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 11). La arquitectura monumental tarasca usualmente se compone de basamentos piramidales con una planta semicircular adosada a una base rectangular, conocidos como yácatas.

El otro grupo en expansión que llegó al sector sur del centro-norte es el de los mexicanos. A diferencia de los tarascos, los grupos del valle de México, como parte de una larga tradición, la acumulación del poder y población, estaba claramente asociada a centros urbanos. Los núcleos hegemónicos a nivel territorial eran lugares con alto grado de urbanización y, por tanto, multifuncionales. Es obvio que no todos los miembros de la comunidad nahua habitaban en centros urbanos, pero sí eran fundamentalmente agrícolas, con técnicas altamente desarrolladas.

Dentro de las tácticas expansionistas de este grupo, Smith y Berdan (1992) distinguen dos tipos de provincias a nivel de política territorial macro-regional: las tributarias y las estratégicas. Las provincias que se ubican en el centro norte se podrían considerar como tributarias: Tuxpan, Atlan y Tlapacoya; Ajacuba, Hueypuchtla y Atotonilco el Grande, y hacia el occidente Oxitipa, Tziccoac y Jilotepec (Barlow, 1990: 173); en el caso de la de Jilotepec -es una localización geográfica especialmente significativa- que tenía algunas tensiones militares, el imperio puso guarniciones en este lugar para sostener sus fronteras y dominar las rutas que servían como arterias mayores para el comercio, incluso para extender la acción militar. Los pueblos de Santiago Tecuzautla, San Meteo Gueychiapa, San José Atlan, Santa María Tleculutlicatzia, San Jerónimo Acagulcingo, San Lorenzo Techatitla, San Andrés Tiltmiepa eran de la “provincia de Xilotepec, y en ellos había guarniciones de gente de guerra contra los indios chichimecos” (Relación de Querétaro: 217) y, quizá, algunas de ellas, también contra los tarascos.

Las evidencias arqueológicas encontradas en la zona (cerámica Negro/Naranja, Azteca III y obsidiana Verde) parecen productos de una actividad comercial abierta más que una red de distribución controlada por el estado. Esto concuerda con la visión general de la distribución de estos productos para todo el ‘imperio’. “Los datos arqueológicos apoyan los argumentos de la etnohistoria en que el intercambio extensivo de la obsidiana no fue controlado por el imperio Azteca” (Smith y Berdan, 1992, p 358).

Hasta el momento no se cuenta con mayor información para afirmar, por un lado, el asentamiento definitivo de este grupo en la región y, por otro, la forma en que vivieron y se relacionaban con el paisaje concreto del centro norte. Sin embargo, es necesario recordar la presencia de Tula, Hidalgo, y su importancia en la historia de los grupos nahuas. Asimismo, no hay que olvidar el lugar de estas regiones dentro de la mitología mexica.

Los grupos sedentarios del centro norte generalmente practicaron dos sistemas agrícolas: uno, a partir de la roza y quema, y otro, intensivo de terrazas y riego. Estos estaban relacionados con dos arreglos socioeconómicos distintos, aunque se encuentren en la misma región. Las diferencias estriban en los dos modelos opuestos de asentamiento que estos sistemas agrícolas impusieron a los labradores. La agricultura intensiva facilitó un patrón basado en la diferenciación entre ciudades y aldeas o poblados pequeños y más rurales. La agricultura de roza y quema, por el contrario, inhibió la concentración de población, sin embargo permitió la ocupación de grandes extensiones.

En cuanto a las formas de relaciones entre nómadas y sedentarios, para crear una forma de vida fronteriza, sabemos poco todavía. Se deduce que al no rivalizar por los recursos, los vínculos entre cazadores, recolectores y cultivadores fueron constantes e incluso institucionalizados. Los chichimecas

venían después a tratar y vivir con algunos mexicanos, o náhuas, y con algunos otomies, y con intento de oir el lenguaje de los unos y de los otros; y así hablaban en alguna manera la lengua mexicana y la de los otomies. Venían también a ver y aprender la policía de su vivir.

De los tamimes se dice que

eran vasallos de señores o principales en cuyas tierras ellos vivían; y les daban y contribuían, en lugar de tributo, la caza que cazaban de conejos, venados y culebras […] y entre las casas andaban vendiendo las hierbas medicinales que llaman patli [sic] (Sahagún, libro X, cap. 29, párr. 2)

Este grupo nómada “no reconocía vasallaje a ninguna persona”; pero el ser independientes no significó que estuvieran ajeno a la economía de la región, o que estuviera aislado. Por ejemplo, los otomíes interactuaban, de diferentes maneras, con los grupos sedentarios de la región, ya sea conviviendo como en Acámbaro o bien con intercambio como en Jilotepec. La distinción de sus actividades se observa cuando se compara la información citada para Acámbaro con la de Jilotepec.

[los otomíes] traían sus mercancías a tierras de indios chichimecos [sic] Acudíales, también, con traerles algunas mantas de hilo […] y sal, que era lo que ellos más querían; que, no embargante que de natural inclinación eran enemigos, lo acariciaban mucho. Y, en pago y trueque de lo que el indio Conni les traía, le daban cueros de venado, leones y tigres, y de liebres, de que tenían mucha suma, y arcos y flechas: lo cual él vendía muy bien en los mercados de México [sic] y su comarca (Relación de Querétaro, 217).

O, quizá, tenían relaciones de otro tipo, pues hacia 1523-30 “Juan de la Cruz Zamora, indio cacique y principal de la provincia de Xilotepec era capitán de los chichimecos” (Relación de Méritos: 13).

Las relaciones de los otomíes con los de México no eran muy estables, pues, por ejemplo para la coronación de Ahuizotl, Tlacaelel mande traer prisioneros de la región pues

la cual provincia estaba algo rebelde y alzada y obedecía a los mexicanos de muy mala gana y más por fuerza que de grado, de lo cual los mexicanos estaban muy sentidos e indignados. Y, para castigarlos y sujetarlos, Tlacaelel mandó se les diese guerra y que, con los que de esta provincia se trujesen presos podrían solemnizar la fiesta del nuevo rey (Durán, 1967, t, II: 319).

y a partir de entonces además, del tributo en especie, se entregaban hombres para la construcción y la guerra.

Las sociedades nómadas y sedentarias al desarrollar sus actividades de producción y reproducción en el centro norte lo integraron como un referente común. De esta manera se construyó una unidad mesoamericana y se recreó un mosaico social complejo con historias poblacionales diferentes, las que con el transcurso de los siglos fueron modelando diversas expresiones materiales y simbólicas.

La diversidad cultural corresponde a un patrón propio de las regiones fronterizas, resultado de la variedad de expresiones sociopolíticas en las que intervinieron pueblos con diversos niveles de organización e interacción. La heterogeneidad de los fenómenos abordados, debe ser examinada a partir de su manifestación continua, es decir de los espacios homogéneos que unos u otros generaron y, sobre la base del carácter sintético que se atribuye a partir de la búsqueda de interconexiones entre los fenómenos, manifiestos en el centro norte. Para entender un poco los grados de homogeneidad que presenta se puede tomar en cuenta la facilidad de circulación que hay entre sus diferentes partes, fuente de migraciones que generaron o introdujeron importantes innovaciones. En la región hay una gran movilidad de población desde el siglo XIV (Carrasco, 1979) y, posiblemente, desde la caída de Tula.

La fuerza de su tejido social se apoya en las relaciones entre sociedades que se reconocen como distintas y con formas de vida propia. Los grupos sociales con diferentes modos de producción, desde épocas muy tempranas, construyen un territorio al coexistir interactuando por medio de la de la subordinación y el dominio, o bien por la mediación de la economía, de colaboración; pero también le dan unidad al compartir algunos elementos simbólicos y religiosos y no sólo las relaciones bélicas, de conflicto y hostilidad que usualmente se asocian a este tipo de regiones.

La originalidad del proceso y la riqueza de la variedad cultural hacen importante conocer sus componentes, porque es la naturaleza de las diferentes culturas indígenas en relación con la cultura española lo que determinó la forma y sustancia del cambio en la época colonial. Las meras decisiones españolas de implantar ciertos elementos no bastaron para lograr los resultados deseados. Era necesario que la(s) cultura(s) poseyera estructuras y valores lo suficientemente cercanos a los nuevos elementos españoles para hacerlos vigentes en el contexto indígena.

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Autora: Rosa Brambila Paz, Dirección de Etnohistoria, INAH. Este trabajo es parte de una investigación mayor auspiciada por el Conacyt 4261h.

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