Ramón Arzápalo Marín (ed.), Calepino de Motul. Diccionario maya-español, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1995; 3 tomos: XXVIII 788, 791-1434, 1435-2182 pp.

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DA407001Incursionar por un diccionario es siempre una magnífica oportunidad de saciar la curiosidad y poner a prueba la capacidad de asombro ante los misterios y sorpresas que guardan tras de sí las palabras que le dan vida. Tal es el caso del Calepino de Motul. Diccionario maya-español. En tres monumentales tomos, presentados en una novedosa y moderna organización, Ramón Arzápalo Marín logra una amplia visión del maya, imbricado en una fina red de palabras, categorías, significados y programas de cómputo que se tejen entre la diacronía y la sincronía.

Al igual que Ambrosio Calepino, en el cuatrocientos, Arzápalo realiza una fina labor de lexicógrafo y edita, sistematiza, clasifica, ordena y categoriza el Calepino, un diccionario elaborado en Motul, pequeño poblado de Yucatán por fray Antonio de Ciudad Real en el siglo XVI en el que alternaban el maya, el español y el latín. Ésta es una de las principales virtudes que hay que destacar de este Diccionario, el presentar estáticas, al tiempo que dinámicas, las lenguas maya y española, acompañadas por momentos de la latina: “mas la información que se nos ofrece en este manuscrito, objeto de estudio, no se circunscribe a la lengua indígena: nos proporciona además las glosas en la lengua que hablaban y escribían los españoles a mediados del siglo XVI, así como numerosas expresiones latinas” (p. l). Así, el español al servicio del maya traduce su esencia al tiempo que muestra el estado de evolución en el que se encontraba él mismo.

La estructura del Calepino de Motul, “documento de incalculable valor histórico y cultural” (p. l), es de suyo compleja y rica en facetas. El punto de partida, 466 folios -recto y verso- con 15 975 entradas léxicas. 19 259 palabras y 87 155 ocurrencias, números fríos que cobran significado puestos dentro de la magia de otro número: el tres. Tres son los textos, el de fray Antonio, el editado y el paleografiado por Arzápalo; tres los tomos; tres las lenguas: el latín, usado muy tangencialmente y reforzando el léxico de la flora y la fauna, el maya y el español; tres los lenguajes: el computarizado, el lingüístico y el de los humanistas; tres las categorías: las gramaticales, las semánticas y las pragmáticas. En fin, Arzápalo sabe poner en juego, con un inteligente equipo de colaboradores, números y palabras, pasado y presente, tecnología y humanismo para hacer realidad un viejo proyecto de los mayistas.

Si bien hay vasos comunicantes que se establecen entre los tres tomos del Diccionario maya-español, cada uno es suficiente en sí mismo y cumple con metas propias.

En el primer torno, con un estilo claro y sintético, Arzápalo hace una sustanciosa introducción, marco de entrada al pasado histórico y cultural del Calepino plasmado en un sofisticado proceso de información presente. El primer paso, sentar las bases para lograr la empresa: “Un profundo conocimiento de la lengua maya, especialmente de la variante hablada y escrita en Yucatán a inicios de la Colonia, así como una gran familiaridad con el español hablado durante los siglos XV al XVI y manejo del latín clásico eran requisitos indispensables, aunque no suficientes, para emprender una tarea de esta naturaleza. Era también menester además manejar adecuadamente los materiales, acorde con métodos lexicográficos modernos, incluyendo técnicas computacionales para el proceso y organización de los datos, de manera ágil y económica” (pp. III y IV).

Con el objetivo preciso en la mira había que seguir doce pasos con rigurosa puntualidad. Vale la pena mencionarlos aquí en forma sintética pues sólo así podemos obtener una idea clara de la magnitud de la empresa: transcripción paleográfica, sistematización de la ortografía del maya, transferencia del español colonial a la ortografía moderna, traducción de las expresiones latinas, traducción de todos aquellos vocablos o expresiones que la tuvieran en el manuscrito original, subcategorización de las entradas léxicas, elección de los campos semánticos, identificación de elementos de fauna y flora, índice de los vocablos de cada una de las tres lenguas, concordancia de cada uno de los vocablos, diccionario inverso y notas aclaratorias.

Todos y cada uno de estos pasos están ceñidos al rigor de las convenciones no sólo lingüísticas sino de cómputo, en el que el tipo de letra y los indicadores están en consonancia con el texto, las lenguas y sus categorías. Ningún elemento tipográfico se desperdicia y menos aún ninguno de la informática que, plasmados en programas ad hoc, puedan procesar la información en archivos con entradas y salidas que de aquel texto del siglo XVI han hecho un moderno diccionario que da cuenta de frecuencias, categorías y usos del maya: “sin el auxilio de la tecnología de cómputo queda manifiesta la imposibilidad de alcanzar resultados de tanta precisión con el soporte de herramientas de trabajo convencionales” (p. VIII).

Del equilibrio perfecto entre un delicado trabajo lingüístico, casi artesanal, y un complejo mecanismo computacional, inmerso en lenguaje Pascal, archivos Word Perfect y gran variedad de programas como: Tokenis I Extractor, OrdEspan, OrdMayaor, este Diccionario ofrece una rica y variada información: lista de frecuencias, lista de concordancias léxicas, diccionario inverso, listas de frases y vocablos, categorías gramaticales, semánticas y pragmáticas. Precisamente, termina Ramón Arzápalo su introducción describiendo los criterios de esta clasificación. La gramatical con once categorías, las nueve tradicionales sumados los verbos intransitivos, transitivos y reflexivos, y tres funciones gramaticales de morfemas determinantes para el significado y la función. La clasificación semántica, con 32 campos semánticos, subclasificados algunos de ellos “conforme una temática más específica y de interés para las especialidades antropológicas y ciencias afines” (p. XXII). Así se completan 53 campos de la realidad lingüística maya. La clasificación pragmática que ordena “a los usuarios o intérpretes del signo lingüístico” (p. XXVI), y dedica especial atención al campo dialectal que puede ser geográfico, histórico y sociocultural (p. XXVI).

Tomemos al azar una palabra para ejemplificar el minucioso proceso:

pebezah vt. soc. dsc. saludar con palabras de buena crianza; y salutación así (folio 369 v).

Se trata de un verbo transitivo del campo semántica de la sociología y con una categoría pragmática del campo dialectal sociocultural. Sin duda la clasificación por categorías es una de las más interesantes del Diccionario, pues ofrece un riquísimo punto de partida -ya de convergencia, ya de discrepancia- para hacer un rico análisis en variados campos de interés que van mucho más allá de lo lingüístico al abarcar toda la cosmovisión maya. Luego de la introducción, empieza el tomo I con un rico y variado paseo lexicográfico que va del maya al español desde “aal adj. fca. con dos aes significa cosa un poco pesada” hasta “xux ek sus. ast. el lucero de la mañana” (folios 001v y 465 v). El tomo II guarda también tesoros interesantísimos para una amplia gama de especialistas. Se abre con un índice de vocablos mayas con su localización, para dar paso a las palabras y expresiones latinas, que hacen un total de 179.

Resultan muy interesantes los recuentos finales que aparecen en este tomo, pues muestran el total de cada una de las categorías gramaticales: 3 993 sustantivos frente a 636 de adverbios. ¿Y qué decir de los campos semánticos?: 3 027 ocurrencias del campo de la física seguidos por 1 471 de la psicología hablan de los rasgos distintivos de la cultura maya plasmadas en las palabras de su vocabulario.

Indudablemente, el diccionario inverso es fuente de investigación riquísima. Los vocablos ordenados de derecha a izquierda con secuencias terminales y no iniciales, dan una visión radicalmente opuesta a la que aparece en forma canónica. A decir de Arzápalo “sus aplicaciones son múltiples, ya que constituyen no sólo una buena herramienta para fines de rima y estudios de poesía; resulta indispensable, sobre todo, para un análisis de índole criptológica en el campo de la escritura maya” (p. IV).

Finalmente en el tomo III aparece la transcripción paleográfica, fidedigna y puntual, que nos da un espléndido retrato del español del siglo XVI, vasto campo para arar en la investigación dialectal o en la de los que reconstruyen la historia del español peninsular, trasladado a la realidad americana del siglo XVI, justo en proceso crítico de su evolución, llamado de koinizacíón por algunos autores. En suma, este Calepino de Motul. Diccionario maya-español, de Ramón Arzápalo, logra con creces su cometido y va mucho más allá de él, pues trasciende los linderos de lo estrictamente lexicográfico para incidir en vastas parcelas de la lengua y la cultura, poniendo en juego la capacidad hermenéutica del lector. Cumple con la tarea exhaustiva y minuciosa de conjuntar habilidades de muy diversa índole para abrir a un tiempo mil y una puertas de investigación. Como bien dijo su editor, la tarea fue quijotesca. El Quijote ya cumplió con su primer ideal, pero ahora tendrá que salir a otras ventas y junto con Sancho, enfrentar las duras realidades de la crítica y de la investigación científica. Ojalá sean muchos los que acepten el reto.

Autora: Rebeca Barriga Villanueva, CELL-EL Colegio de México

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