El protestantismo en la Tarahumara

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Antecedentes

Durante la segunda mitad del siglo XIX un vertiginoso desarrollo de la industria transformó la sociedad y la economía de los Estados Unidos. Al mismo tiempo se fortalecieron las grandes denominaciones protestantes, cuya teología había sido difundida en Norteamérica desde varios siglos atrás. De este florecimiento de la religión protestante se derivó, hacia finales del siglo XIX, una campaña de evangelización que trascendió las fronteras de los Estados Unidos llegando por supuesto a México. Esta ola evangelizadora fue, de hecho, la primera ocasión en que se difundió de manera importante y sistemática el protestantismo en nuestro país. Varios factores posibilitaron la entrada y consolidación del protestantismo en México. Por un lado, la necesidad de expansión de las iglesias estadounidenses, justificada en términos bíblicos y salvacionistas bajo la idea de la nación elegida por Dios para llevar al mundo la única religión capaz de salvar a las personas. Por otro lado, las condiciones políticas imperantes en México, particularmente la Constitución proclamada en 1857 y las Leyes de Reforma de 1859, que representaron un espacio jurídico que posibilitó la libertad de culto (Bastian, 1986).

El protestantismo en la Sierra Tarahumara

Los primeros misioneros protestantes llegaron a Chihuahua a finales del siglo XIX. La mayoría eran miembros de las grandes iglesias en los Estados Unidos, conocidas también como “iglesias históricas”, tales como la metodista, la presbiteriana y la congregacionalista. Tuvieron mayor éxito en las regiones donde existía más desarrollo económico y mejores posibilidades de acceso al trabajo asalariado, como los polos mineros, agrícolas y madereros, así como a lo largo de los rieles del recién llegado ferrocarril, que extendía sus vías de norte a sur permitiendo el comercio entre México y los Estados Unidos, y abriendo las puertas para el inicio de la explotación de los bosques de Chihuahua. Entre 1888 y 1910 existieron en la región serrana y sus alrededores misiones protestantes en Bocoyna, Batopilas, Temósachic, Namiquipa y Madera. La población que lograron congregar estaba constituida principalmente por rancheros y mineros mestizos (Bastian, 1989: 118-124).

La evangelización protestante dirigida expresamente hacia los indígenas de la Sierra Tarahumara comenzó en la segunda década del siglo XX. Desde 1923 un pastor mexicano de religión metodista, llamado Ezequiel Vargas, comenzó a predicar su credo entre los tarahumaras (rarámuri) del pueblo de Bocoyna.

Más tarde, en 1926, este hombre se separó de la iglesia metodista y fundó en la ciudad de Chihuahua una nueva iglesia denominada Misión Evangelística Mexicana (MEM), que desde su creación ha destinado recursos para la obra misional en la Tarahumara, en muchos casos con el apoyo de la Evangelical Methodist Church de los Estados Unidos. La MEM representa en la actualidad una de las misiones con mayor presencia en esta región.

Unos años después, entre 1936 y 1940, se establecieron en la Tarahumara los primeros lingüistas-misioneros (protestantes) miembros del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), recientemente creado por Cameron Townsend. El primero en llegar fue Eugene Nida, quien realizó una investigación lingüística durante algunos meses en la estación Creel y en el poblado de Tónachi, al suroeste de la ciudad de Chihuahua (Merrill, s.f.). Posteriormente una familia de apellido Hilton y religión bautista trabajó durante varias décadas en la población de Samachique, al centro de la Sierra Tarahumara, y realizó, junto con el maestro tarahumara Ramón López, la traducción del Nuevo Testamento a una de las variantes dialectales del idioma rarámuri. (Existen por lo menos cinco grandes áreas dialectales del idioma rarámuri en la Sierra Tarahumara: 1. oeste: Rocoroibo, Guazapares, Monterde y Basagota; 2. norte: Sisoguichi, Narárachi, Carichi, Ocórare, Pasigochi y Norogachi; 3. centro: Guachochi, Tónachi y Aboréachi; 4. cumbre: Samachique y 5. sur: Turuachi y Chinatú [Valiñas 1991].)

Después de los Hilton han trabajado en distintas regiones de la Tarahumara otros miembros del Instituto, quienes han producido una gran variedad de materiales escritos en lengua rarámuri. Los miembros del ILV entraron a territorio mexicano con la venia del entonces presidente de la República Lázaro Cárdenas y se distribuyeron por varias regiones indígenas a lo largo de todo el país; tenían la tarea de estudiar las lenguas nativas para elaborar cartillas y otros documentos escritos, con el fin de alfabetizar a la población india, así como integrarla a la idealizada y poco concreta “sociedad nacional”. Primordialmente tenían la misión, un tanto disfrazada de academicismo, de traducir el Nuevo Testamento a los diversos idiomas indígenas y con él alfabetizar-evangelizar a la población nativa de cada lugar. Estos objetivos académico-religiosos fueron fuertemente cuestionados en la década de los setenta por científicos sociales en toda América Latina, quienes denunciaron sus vínculos políticos e ideológicos con el expansionismo norteamericano, llegando incluso a asociar al ILV con la CIA. Esta serie de denuncias derivaron en la disolución de los acuerdos entre la Secretaría de Educación Pública y el ILV en México (Stoll, 1985).

Independientemente de este juicio ideológico, al que Stoll llamó “teoría de la conspiración”, es necesario reconocer el aporte del ILV en el fomento a las lenguas indígenas y en la recuperación de cierta tradición oral de los pueblos indios, pues la lengua, finalmente, es uno de los factores de identidad étnica más importantes en nuestro país. Es cierto también que, al tiempo que el ILV estimula la utilización de la lengua materna dentro de las comunidades indias, desprestigia y cuestiona, sin llegar a comprenderlas, otras prácticas culturales opuestas a la ética protestante, tales como las fiestas religiosas tradicionales, o las faenas de trabajo comunitario donde se ingieren bebidas fermentadas tradicionales, por ejemplo durante el tequio en Oaxaca, o en las tesgüinadas de la Tarahumara.

Varios años más tarde, en 1978, un misionero llamado Alfredo Guerrero, proveniente de Monterrey, Nuevo León, se estableció durante una década en el poblado de Choguita, cerca de Norogachi. Continuó después su trabajo desde la ciudad de Chihuahua coordinando la estancia de misioneros protestantes en diversos puntos de la Sierra Tarahumara. Su objetivo principal ha sido fomentar la creación de la Iglesia Indígena, independiente de cualquier denominación y jerarquía religiosa. Paradójicamente parte del apoyo económico que recibe proviene de los Estados Unidos.

Actualmente Bocoyna (1923), Samachique (1940) y Choguita (1978) representan tres de los puntos más importantes de difusión del protestantismo en la Tarahumara. Después de la década de los setenta ha llegado una cantidad considerable de misioneros protestantes, tanto mexicanos como extranjeros, a esta accidentada región del suroeste de Chihuahua. Hoy en día hay incluso pastores indígenas que dirigen congregaciones independientes y celebran los cultos en su lengua materna.

Situación actual

Al mismo tiempo que encontramos una actividad evidente y constante de misioneros protestantes en la Sierra de Chihuahua, existe muy poca documentación sobre religiones protestantes para esta región. Poco se sabe sobre la cantidad de iglesias, la diversidad de doctrinas que profesan, sus orígenes y su capacidad de convocatoria. Esto ha contribuido a fomentar cierta confusión y generalización, a manejar estereotipos, no siempre fundamentados, de los protestantes y sus prácticas, así como a establecer prejuicios que limitan y perjudican las relaciones entre miembros de distintas religiones (especialmente entre católicos y protestantes).

Evidentemente el protestantismo tiene un cuerpo teológico y ritual que unifica e identifica a todos los afiliados. Sin embargo, debido a su origen rebelde, que data del siglo XVI, y a su carácter autónomo, hay una diversidad enorme de matices, interpretaciones, prácticas y creencias que se agrupan en distintas iglesias, muchas de ellas, sobre todo las pentecostales de las áreas rurales, con estructuras locales e independientes.

Tal es la diversidad, que Jean Pierre Bastian (1983), uno de los más importantes historiadores del protestantismo en México, ha preferido acuñar el término de “protestantismos” para definir con mayor precisión la condición heterogénea de las diversas iglesias de este género.

En enero de 1994 se inició un proyecto de investigación en el Centro INAH Chihuahua, cuyos objetivos iniciales fueron, precisamente, conocer la cantidad y diversidad de asociaciones religiosas no-católicas que realizan proselitismo entre los indígenas de la Sierra Tarahumara. Los resultados que aquí se dan a conocer corresponden a dos municipios serranos con alta densidad de población indígena, especialmente rarámuri: Guachochi y Bocoyna (ver mapa). De hecho, la evangelización protestante dirigida a la población indígena se inició en poblados ubicados dentro de estos dos municipios.

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Área de trabajo. Los dos municipios marcados tienen una alta densidad de población indígena (PI): Bocoyna (17.24% de Pi) y Guachochi (48.60% e PI).

Como hemos mencionado, existe una gran diversidad de iglesias protestantes; sin embargo, para el área de estudio se encontró que, al igual que en el sur del país, predominan, en un alto porcentaje, las iglesias pentecostales. En segundo término vienen las iglesias bautistas, con una larga tradición de evangelización en el norte de México y con un carácter mucho más conservador que las pentecostales, y por último la Misión Evangelística Mexicana a la que ya hemos hecho referencia (ver gráficas 1, 2 y 3).

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* Testigos de Jehová y Adventista del 7º Día.

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El pentecostalismo

Precisamente por ser el pentecostalismo, de entre todas las formas de protestantismo, el que mayor aceptación ha encontrado entre los indígenas de la Tarahumara, dedicamos aquí un espacio para exponer las principales características de este movimiento.

El pentecostalismo surgió en los barrios negros y latinos del sur de los Estados Unidos a principios del siglo XX como producto de una ruptura con el metodismo, una de las pocas denominaciones protestantes que congregaban población no blanca entre sus filas. Posteriormente se difundió en territorio mexicano, principalmente a través de los braceros que retornaron en distintos momentos al país.

El hecho de haber sido creado por negros le imprime al pentecostalismo un estilo particular que podemos asociar con las características culturales de dicha población. Se otorga un lugar privilegiado a la música y al movimiento corporal, por medio de los cuales puede alcanzarse el éxtasis o el estado de trance. Más que la lectura de la Biblia se prioriza el testimonio personal de los fieles. Éstos, además, pueden poseer el don de lenguas (glosolalia) y de sanación, lo cual es la principal manifestación de la presencia del Espíritu Santo, desarrollándose así un sentido mágico dentro del ritual. El pentecostalismo toma su nombre del bíblico día de Pentecostés, cuando los doce discípulos recibieron el Espíritu Santo junto con los dones de sanación y la capacidad de hablar en lenguas. Se considera que todos los creyentes sin excepción pueden recibir estos dones (Garma, 1989: 90).

De acuerdo con Bastian y otros investigadores, las iglesias pentecostales representan 70% de todas las iglesias protestantes en México, así como la rama del protestantismo de mayor aceptación en América Latina, al grado de que representa la principal alternativa de disidencia religiosa frente al catolicismo en sociedades como la mexicana (Garma, 1992: 36).

Este éxito se debe seguramente a la esencia moldeable, podríamos decir mutante, del movimiento pentecostal, característica que hace del pentecostalismo un movimiento religioso que se adapta con facilidad a los diversos contextos y culturas en todo el mundo. A diferencia de otras iglesias de estructura más rígida, conservadora e intolerante, que pretenden imponer desde un principio pautas de conducta restrictivas a los conversos, el pentecostalismo retoma algunas de las pautas culturales de la comunidad donde realiza su proselitismo y las incorpora al ritual religioso. Un ejemplo concreto en la Tarahumara son las alabanzas a Dios, las cuales son compuestas por los miembros de la congregación y resultan himnos con ritmo de corrido norteño o pascol indígena.

Otro factor de suma importancia en la aceptación del pentecostalismo es el manejo que hace de la curación de los enfermos por medio de la fe y a través del don de sanación, así como el liderazgo carismático de los pastores.

Por último diremos que el pentecostalismo crece y se desarrolla preferentemente entre los sectores marginados de la sociedad y no en aquellos con mayores recursos, donde otras iglesias protestantes más ortodoxas, como las “históricas”, obtienen más adeptos y mejor respuesta.

Caracterización de comunidades y población no católica

En esta fase de la investigación se registraron 14 localidades (en dos municipios) con presencia de misiones, misioneros o pastores no católicos, la mayoría con uno o más templos y con un proselitismo religioso sistemático, en muchos casos prolongado por varios años. Este conjunto de comunidades tiene ciertas características similares: se ubican en regiones boscosas donde la actividad económica primordial es la explotación forestal, el comercio o el turismo. A todas ellas es posible llegar por medio de carretera o tren, y algunas cuentan con pistas de aterrizaje para avionetas. Es decir, se encuentran en sitios accesibles y comunicados: se trata de comunidades integradas en diferentes grados a la economía regional.

Como podemos apreciar en el cuadro 1, la población de cada comunidad varía desde 8 063 habitantes en la cabecera municipal de Bocoyna, hasta 30 pobladores en la ranchería de Bokimoba. A pesar de este amplio rango, podemos marcar como una tendencia reciente la propensión de las misiones no católicas de asentarse en comunidades grandes. Los templos construidos en ranchos pequeños son generalmente el resultado de la división de un grupo de alguna iglesia ubicada en un poblado mayor que, a partir de la división, decide construir su propio templo en el lugar de su residencia, afiliándose generalmente a otra denominación. Los templos ubicados en poblados pequeños también pueden ser producto del trabajo de extensión misional de iglesias localizadas en los poblados más grandes. Este fenómeno explica por qué varios templos no católicos y de distintas denominaciones se encuentran juntos en un radio de acción reducido, mientras que enormes extensiones de territorio y poblados enteros se encuentran fuera de la influencia de las misiones no católicas.

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La población indígena que simpatiza con el protestantismo también tiene características generales que deberán tomarse en cuenta para elaborar explicaciones sobre la conversión. En su mayoría se trata de familias sedentarias (lo cual contrasta con la tradicional movilidad estacional cumbre-barranco de los rarámuri). Uno o más miembros de la familia perciben un salario fijo en la industria forestal o en las escuelas, pero continúan siendo agricultores. Muchos de ellos vivieron un tiempo de su vida en contextos urbanos o son migrantes temporales por razones económicas. Tienen mayor conocimiento del español y muchos saben leer y escribir. La mayoría de los asistentes a los cultos son jóvenes. Han tenido relación con el culto y las ideas protestantes desde pequeños. En la mayoría de los casos una crisis o un periodo de tensión emocional precede a la conversión. Esta crisis puede ser de identidad, en las relaciones familiares, o una enfermedad grave, por ejemplo.

Sin duda, la aceptación de nuevas religiones por parte de la población indígena de la Sierra Tarahumara implica, de antemano, cambios importantes en su manera de concebir el mundo, en su forma de vida y en sus actividades económicas. Debemos recordar que el protestantismo fomenta una ética del trabajo que estimula las prácticas de ahorro, la noción de superación personal y de progreso, al tiempo que prohibe la ingestión de bebidas alcohólicas y el consumo de tabaco. Pautas de conducta mucho más afines a la lógica de trabajo industrial que a la campesina o indígena comunitaria. No es casual que las ideas protestantes comenzaran a difundirse y a adquirir fuerza en la Tarahumara a la par de la explotación forestal que implicó, entre otras cosas, la industrialización del trabajo, el concepto de salario, la apertura de carreteras y el comercio.

Conversión al protestantismo

Existe cierto consenso entre quienes escriben sobre protestantismo en considerar la conversión religiosa como una expresión radical y definitiva del cambio de religión, que implica, por supuesto, cambios en otros ámbitos de la vida.

De acuerdo con diversas fuentes, a partir de su conversión al protestantismo las personas rompen con muchas de las tradiciones de su comunidad, se desentienden de sus compromisos-religiosos anteriores (que entre las comunidades indígenas son también compromisos económicos y sociales), fracturando así la estructura social.

Esta manera de interpretar el cambio religioso lleva finalmente a justificar una postura antiprotestante, por considerar a esta práctica religiosa como la causante de la división entre las comunidades indias y, peor aún, la responsable de la pérdida de las costumbres y las tradiciones, sustento de la identidad nacional.

La realidad es mucho más compleja. En principio porque la conversión -entendida como concepto antropológico y no religioso-, no se da en un momento preciso, sino que es un proceso de transición durante el cual el converso reelabora el discurso y las prácticas (en este caso protestantes) con base en sus propias creencias y experiencias, y en esquemas y líneas específicos de interpretación de la vida propuestos por la nueva religión.

Es importante recalcar que la conversión al protestantismo puede producirse cuando la forma de vida y la cosmovisión de una persona o de un grupo están en un proceso de crisis y fuertemente cuestionados, haciéndose necesario un giro, tomar una u otra dirección. En algunos casos esa crisis (de identidad, social, familiar) puede ser resultado de un proceso de dominación cultural y económica que un grupo o sociedad ejerce sobre otro que resulta subordinado, cuestionado y dislocado. Al ser una respuesta frente a una situación de conflicto, la conversión puede entenderse también como una actitud creativa, por medio de la cual se trasciende dicha crisis y el individuo adquiere mayor seguridad en sí mismo, al adaptarse, precisamente por medio de su conversión, al nuevo orden de vida. Entender de esta manera la conversión religiosa puede ser una base, menos ideológica y más objetiva, para iniciar nuevos estudios sobre el protestantismo en nuestro país.

Bibliografía

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Autora: Claudia Molinari, Centro Regional Chihuahua del INAH.

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