EL AUTOMÓVIL Y LA FOTOGRAFÍA DE SUS INICIOS

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I

La aparición del primer coche impulsado con motor de gasolina fue un acto inusitado de expectación urbana. Hasta entonces, el transporte humano se había realizado por sus propios medios, por la tracción animal, o en el mejor de los casos –a partir del siglo XVIII– utilizando la energía de vapor. Pero el principio del siglo XX trajo consigo la renovación de la vida cotidiana, cuyo eje fue el motor de combustión interna.

El transporte que prescindía de la fuerza animal o del vapor para moverse tuvo su epifanía precisamente en los albores de la vigésima centuria. El nuevo vehículo tomó su nombre de sus ancestros milenarios. En occidente adquirió la voz latina carrus que se utilizaba en la antigüedad para designar al carruaje tirado por caballos, y que devino en el castizo carro; o el vocablo “coche”, que también denominaba a este tipo de transportes.

Aunque el vehículo de motor de gasolina es una invención europea de finales del siglo XIX –ya que los primeros prototipos se hicieron en Alemania, con Siegfried Marcus, Nikolaus Otto, y desde luego Karl Benz, Gottlieb Daimler y Rudolf Diesel–, su utilización industrial y su consecuente transformación en innovación tecnológica ocurrió en Estados Unidos, durante los primeros años del siglo XX. Desde que Henry Leland produjo sus Cadillacs en 1906, las innovaciones y adaptaciones no han cesado. Se debe a su tocayo Henry Ford el perfeccionamiento de las técnicas de fabricación, su tocayo Henry Ford el perfeccionamiento de las técnicas de fabricación, de tal forma que en 1914 ya tenía organizada la primera cadena de montaje para producir automóviles en serie.1

En gran medida, el motor de combustión interna vino a revolucionar los medios de transporte y con ello la vida de todos los habitantes del mundo, ya que sustituyó la máquina de vapor utilizada hasta entonces, y posteriormente se comenzó a aplicar no sólo al automóvil sino también a barcos, locomotoras y aviones.

II

En México, el automóvil fue parte de los objetos que la modernidad porfiriana trajo a los habitantes de las ciudades, pueblos y haciendas, junto con el cinematógrafo, las tarjetas postales y algunos otros artefactos menores. La Revolución mexicana iniciada en 1910 deslizó una serie de iconos que se han repetido hasta el hartazgo en películas, libros, exposiciones, carteles y toda suerte de artilugios de la imagen, en donde el gran ausente es precisamente el automóvil.

El imaginario de la Revolución mexicana se nutre de estas imágenes como el ferrocarril, las “adelitas” o soldaderas, los sombreros zapatistas, el caballo, las cananas y el fusil 30-30 o en su defecto el máuser. Como podemos observar, el coche todavía queda fuera de la gravitación de las imágenes manidas de la revolución.

Sin embargo, el automóvil desempeñó un papel discreto pero invariable en el lapso revolucionario. Como se sabe, el primer presidente de la república que lo utilizó fue Porfirio Díaz. Después el candidato a la presidencia, Francisco I. Madero, dispuso de un coche descubierto para llegar a Cuernavaca el 12 de junio de 1911. Durante la denominada Decena Trágica, en febrero de 1913, se observa una fotografía de algunos soldados partidarios de Félix Díaz, haciendo un recorrido en su coche por las calles de la ciudad de México. Si Emiliano Zapata fue asesinado montado en su caballo, Pancho Villa encontró la muerte asesinado dentro de un carro. ¿Cuántas imágenes de los coches evocamos de las primeras décadas del siglo XX?

Probablemente la escena más célebre de la revolución en la que se involucra un automóvil es el momento de la firma por la cual se pactaba la disolución del ejército federal de origen porfirista, y la entrega de la capital del país al ejército constitucionalista, en agosto de 1914. En un punto del camino entre Cuautitlán y Teoloyucan, Estado de México, se pactaron los llamados Tratados de Teoloyucan. Así lo revelan las imágenes en donde se observa al general Álvaro Obregón firmando estos documentos sobre la salpicadera de un coche.

Otras imágenes de años posteriores nos recuerdan los nuevos tiempos que se avecinaban. ¿O qué nos sugiere esta fotografía de los militares que dejaron sus caballos y la pastura, para resolver ahora el problema del atasco de un coche en el fango? Muy probablemente esta escena corresponda a un incidente de la rebelión delahuertista, de finales del año 1923, o principios de 1924. Aunque la imagen de la Revolución mexicana muy pocas veces hace referencia al automóvil, ya que el transporte por antonomasia era el ferrocarril, las fotografías atestiguaron el nacimiento de este objeto ahora imprescindible para gran parte de la población.

III

La fotografía comenzó a propagar las bondades de estos vehículos y los diversos usos a los que fue destinado. En un principio, los automóviles fueron privados, para dos o cuatro personas, pero con los años se fueron descubriendo múltiples servicios que podía prestar y surgieron las adaptaciones de las carrocerías, chasis y asientos.

Si le hemos de hacer caso a la inscripción que tiene el negativo de una fotografía que muestra uno de los primeros coches que circularon en la ciudad de México, se trata del “primer automóvil construido en México por lo señores Mohler y Degress”. Más que un coche, este automotor parecía una caja con ruedas. Hoy nos parece tan endeble que no resistiría una velocidad alta o una racha de viento contundente. Era común que en estos primeros años del siglo, las familias pudientes salieran a pasear a Chapultepec o en los alrededores de la ciudad de México, a bordo de un Ford, Renault, Studebeker, Northen, Delaware, Packard, y otras tantas marcas que circulaban en aquellas décadas.

En un prodigio de mutación, el automóvil comenzó a adoptar estructuras y funciones, tanto en lo formal como en lo simbólico. Su uso generó en sí mismo otras actividades relacionadas con este invento, desde la construcción de la red de carreteras hasta el establecimiento de estaciones de servicio, después llamadas gasolineras; asimismo talleres de reparación, venta de neumáticos, publicidad, servicio de ambulancias, camiones o transporte público, taxis, transporte de mercancías, bomberos, pipas de agua, servicios de vacunación, etcétera.

La fotografía entonces desempeñó el papel de mostrar el avance técnico y además constituirse en el espejo de la movilidad moderna. Acaso eso muestra el negativo de otra fotografía cuya inscripción señala: “Primera de las dos ambulancias que tuvo la cruz Roja en 1912”; o el registro visual de las compañías de autotaxímetros, como entonces se les llamaba a los taxis, que nacieron precisamente en la década de 1910; o las primeras imágenes de congestionamiento vial causado por manifestaciones o huelgas; o los accidentes de tránsito que comenzaron a incrementar las estadísticas de muertos y heridos en las ciudades.

Las imágenes que se presentan en esta selección son sólo un indicio de la gestación de un viaje sin fronteras, en donde el protagonista es ese invento del motor impulsado con base en la gasolina.

Seguramente este artilugio motriz dejará su lugar a nuevas formas de energía, porque el petróleo, y consecuentemente la gasolina, está por extinguirse. Tal y como deslumbró a las personas de hace cien años, hoy asombra pensar en la transformación de los nuevos coches. Aunque ya se conocen los automóviles híbridos que utilizan gasolina y energía eléctrica, en algunos años la primera será sustituida completamente por la segunda. Las empresas automotrices japonesas y estadounidenses se disputan el mérito de comercializar el primer coche totalmente impulsado por energía eléctrica para el año 2010.

Sin duda, el motor de combustión interna fue el invento del siglo XX, y quizá no haya objeto de la modernidad tan personal y simbólico como el coche, el carro, el automóvil. Un elemento consumador del artificio de moverse a donde uno quiera, o casi, y cuyo registro fotográfico hoy, es un rastro de la memoria visual.

Sobre el autor
Daniel Escorza Rodríguez
Fototeca Nacional del INAH.


Citas

  1. Un análisis más profundo de este proceso de transformación industrial lo encontramos en el extraordinario estudio de Manuel Cazadero, Las revoluciones industriales, México, FCE, 1995, p. 148 y ss. []

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