CRISTAL BRUÑIDO

PRESENTACIÓN

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En diciembre de 1839, oportunamente en el mismo año de su invención, arriba al puerto de Veracruz el primer daguerrotipo. Las imágenes que produce impactan a la gente y éstas empiezan a circular en las principales ciudades del país, con vistas de paisajes, edificios y sitios arqueológicos. Sin embargo, el contexto de la agitada sociedad en construcción no resulta favorable en esos años para el desarrollo de la nueva técnica, de tal suerte que el uso de la fotografía sólo alcanza un pleno desarrollo hasta la invasión estadounidense en 1848 y un segundo y definitivo impulso con la francesa de 1864. Durante ese lapso, mientras tanto, se descubre la viabilidad de reducir significativamente el tiempo de exposición de la impresión, como lo hizo W. H. F. Talbot, sobre papel tratado con una solución de sal y sensibilizado al mismo tiempo con partículas de nitrato de plata. En forma coincidente, por esos años se inaugura el uso de negativos de cristal, en sustitución de la pionera placa de cobre con lo que la fotografía se allanó el camino para convertirse en deseado objeto de mercado, tendiendo rápidamente a socializarse.

La elite política nacional, ocupada en dirimir sus conflictos internos al tiempo que combate a los ejércitos invasores, no se percata de la potencialidad propagandística de la fotografía. Otros sectores sociales redescubren en ella su propia imagen y la posibilidad que les brinda la nueva técnica de obtener rangos inéditos de privilegiada representación social –a pesar de que en un inicio la nitidez misma de la imagen lograda, señala Walter Benjamin, despertaba temor en la gente pues se creía que los diminutos rostros de la misma podían mirarlos–. El gusto por la nuevas formas de representación se acentúa con el surgimiento y popularización de las tarjetas de visita, cuya función social pareciera reproducir el afán clasificatorio del pensamiento ilustrado, emplazado en las numerosas series de pinturas de castas, realizadas en el último tramo del periodo colonial, en las que la elite criolla, se (auto) representa ataviada con ajuar de ocasión acompañada de actitudes afectadas. En cambio, las castas –que encierra de suyo en la concepción misma la existencia de un rígido orden estamental– son representadas en su más cruda realidad: personajes desarrapados los más de ellos, con el gesto dominado por la mirada recelosa, o con la orgullosa actitud del dominio artesanal simbolizada por la presencia de las herramientas de trabajo en ristre. Se acepta que estas formas de representación –retomadas por la fotografía– se prolongan casi sin alteración hasta los inicios del siglo XX, cuando los violentos cambios sociales acompañados por un continuo desarrollo tecnológico, dilatan el acceso a la práctica individualizada de la fotografía e imprimen a la misma nuevos rumbos, entre los que destaca la incorporación del rostro duro de la guerra a la imagen fija, la fotografía conceptual y la fotografía de clara intención artística. No obstante, aun antes de que expire el régimen porfirista, la fotografía es incorporada como apreciada herramienta auxiliar en los proyectos científicos, exploraciones arqueológicas, comisiones culturales y procesos museológicos de claro horizonte positivista. No tardaría tampoco en ser integrada al trabajo de médicos, antropólogos e ingenieros.

Se trata pues de un largo recorrido de poco menos de cien años de experiencia fotográfica, en el que los ítems se fueron acumulando progresivamente en los ámbitos público y privado, no sólo en las ciudades –su hábitat más común– sino incluso en apartadas regiones de la geografía nacional. Gran parte de esos acervos se han perdido, en tanto otros permanecen todavía en el olvido y en riesgo permanente de desvanecerse; pero muchos otros se encuentran bajo seguro resguardo y disfrutan ya de la restauración y conservación material que hace posible el avance tecnológico actual. En no pocos casos se les descubre ordenados, catalogados y descritos. Es así que los acervos fotográficos reseñan miradas sociales pretéritas que potencialmente sugieren se les retorne al escrutinio de los contemporáneos, en un ejercicio también estético de recuperación.

Con la intención de sumar esfuerzos en esa labor, Dimensión Antropológica abre, a partir del presente número, una sección permanente dedicada a la edición comentada de fotografía histórica.

Sobre el autor
Arturo Soberón Mora
Dirección de Estudios Históricos

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