Luis Barjau (coord.), Etnohistoria. Visión alternativa del tiempo, México, INAH (Científica, 491), 2006, 222 pp.

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El libro que hoy tenemos1 el gusto de presentar fue producto de un coloquio titulado Etnohistoria: Visión alternativa del tiempo, organizado a fines de noviembre de 2002 —para celebrar el XXV Aniversario de la Dirección de Etnohistoria del INAH— por mi colega de la Dirección de Estudios Históricos, Luis Barjau, durante su estancia como director en la Dirección de Etnohistoria, cargo que asumió de manera tan tranquila como generosa. Digo generosa porque me parece que cuando un investigador asume durante años la función de director de un centro de investigaciones o escuela, sacrifica sus propias pesquizas para apoyar las de otros, sean amigos o colegas. Pero digo también tranquila porque Luis Barjau supo realizar la tarea de manera natural, sin que pareciera interferir en sus propios escritos, académicos mitológicos o novelísticos tequileros. Luis Barjau se limitó a respetar el trabajo de sus colegas, apreciarlo, facilitarlo, impulsarlo. Lo cual, por cierto, en el caso de la Dirección de Etnohistoria no es tan difícil porque es un centro cu yo número de investigadores se cuenta con los dedos de las manos y los pies, pero además se trata de un grupo de investigadores bastante buenos, entregados a su trabajo, haciendo cosas buenas e importantes, como son las investigaciones etnohistóricas.

El libro reúne ponencias presentadas en el Coloquio de 2002, por lo que no presenta propiamente un panorama amplio o sistemático de la investigación etnohistórica en México y otras partes del mundo, sino más bien una muestra de trabajos actuales de los investigadores de la Dirección de Etnohistoria y unos pocos invitados de otros centros hermanos (Johanna Broda y René Acuña, de la UNAM, Hildeberto Martínez, del CIESAS, y Sergio Quezada, de la Universidad Autónoma de Yucatán). Sin embargo, extraño a un investigador y antiguo director de Etnohistoria, Jesús Monjarás-Ruiz, a quien todos le estaremos agradecidos, entre otras cosas, por su edición en varios volúmenes de los escritos de Robert H. Barlow.

Etnohistoria, visión alternativa del tiempo es una compilación rica y valiosa, y lamento no poder hacer un comentario más amplio de cada trabajo, porque son muchos (22) y porque si bien el libro cuenta con 222 páginas, en realidad tiene el doble al estar impreso a doble columna con letra muy pequeña, especialmente las citas textuales y las notas a pie de página; esto, aunado a una impresión algo clara, resulta discriminatorio para lectores como yo, que estamos en los lentes trifocales y aun así no alcanzamos a leer bien las letras chiquitas de las medicinas y los contratos. Me compré una lupa de plástico, que no resultó muy cómoda por sus reflejos, así que procuré avanzar en la lectura siempre con muy buena luz —la mejor es la del sol de las once de la mañana—, y tuve muy buenos momentos y sorpresas, y ganas de comentar.

El índice del libro no incluye apartados, pero me parece que los trabajos presentados en el coloquio fueron agrupados en seis o siete conjuntos. El primero incluye los discursos de inauguración del coloquio de Sergio Raúl Arroyo, entonces director general del INAH, y de Luis Barjau, titular de la Dirección de Etnohistoria; el discurso de clausura de Gloria Artís, coordinadora nacional de Antropología del INAH, así como las ponencias del mismo Luis Barjau y de la investigadora Amalia Attolini León. Este primer conjunto de ponencias se refiere al significado del XXV Aniversario de la Dirección de Etnohistoria y se aboca a las investigaciones etnohistóricas realizadas en la citada Dirección, además de las realizadas en México, América Latina, Estados Unidos, España y otras partes.

Como director del INAH, Sergio Raúl Arroyo se caracterizó por su conocimiento personal y particular de cada una de las investigaciones y labores tan diversas que se realizan en el instituto. Se entrevistó, habló con cada uno de los investigadores de todas las áreas (arqueología, antropología, historia, lingüística, museología, etcétera), siempre con conocimiento de causa. Al pronunciar su discurso de apertura del coloquio y de celebración de los 25 años de la Dirección de Etnohistoria, no se limitó a las palabras formales de un director general, sino que “le entró” a la discusión sobre el significado del surgimiento de la etnohistoria. Quisiera, pero no puedo hacerlo en esta breve presentación, discutir algunos de los puntos que él toca, junto con Luis Barjau, Amalia Attolini y Gloria Artís.

Me limito a una consideración general. No creo en la diferencia de fondo entre historia y etnohistoria, porque no veo diferencia entre historia de los franceses e historia de los mayas, de los indios y de los europeos o cualquier otro pueblo. O si se considera la etnohistoria como historia enriquecida con una perspectiva antropológica, etnológica, interdisciplinaria, intercultural y plural, tampoco veo la diferencia, pues hoy en día, y desde siempre, toda historia, si es buena, incluye una perspectiva antropológica e interdisciplinaria. De hecho, no me parece justa la crítica que Luis Barjau le hace a Heródoto de que solamente “narraba el pasado de su propia cultura”, cuando precisamente Heródoto, en el momento mismo del nacimiento de la historia (de la historia como ciencia o disciplina), nace como historia de los griegos e historia y antropología de los pueblos “orientales”, de “los otros”. En términos amplios, yo soy de los que, como Marx, pensamos que solamente conocemos una ciencia, la ciencia de la historia.

Sin embargo, hoy la etnohistoria existe, y no solamente existe, sino que tiene la exigencia de existir en función de la evolución, amplitud y limitaciones de las disciplinas realmente existentes: la historia, la antropología, la lingüística, la arqueología…, en la peculiar circunstancia histórica de la mundialización iniciada en el siglo XVI y de la descolonización del siglo XX, cuya importancia destacó Ángeles Romero Frizzi.

Acerca de la pertinencia actual de la etnohistoria, me gustaría citar el texto, muy preciso, de la cuarta de forros del otro volumen coordinado por Luis Barjau, La etnohistoria de México, publicado en 2004, que también reúne varios trabajos realizados por investigadores de la Dirección de Etnohistoria, y que se aplica muy bien tanto al significado actual de la etnohistoria y a las ponencias del libro que hoy comentamos:

Si bien la arqueología había contribuido al rescate de las grandes culturas mesoamericanas y la etnología registraba y teorizaba sobre las características estructurales del mosaico social indígena contemporáneo, la etnohistoria escudriñó la vida de aquéllas sociedades para comprender la compleja realidad pluriétnica de nuestra nación.

Así, en este volumen el lector encontrará una muestra representativa de las investigaciones que pugnan por vertebrar un pasado silencioso pero que ahora comienza a escucharse articulando sus voces y sus razones: un paradigma de la realidad o una visión del mundo cuya singularidad es un tesoro para el conocimiento universal.

El lector podrá inferir que había otros modos de pensar; es decir, los que forjaron las grandes civilizaciones del pasado indígena. Asimismo, constatará la gran diferencia que existe entre una versión de la propia historia con otra, la de la historia ajena, así como una tercera, intermedia y mestiza, que configura una perspectiva narrativa inédita. En esto estriba la contribución de este libro.

Y es también la contribución del libro que hoy comentamos. Ambas compilaciones, por cierto, se limitan a los periodos prehispánico e hispánico de la historia mexicana, excluyendo casi totalmente a los siglos XIX, XX y XXI. En suma, yo podría decir que si bien la etnohistoria no se diferencia esencialmente de la historia, aquélla se afirma por exigencias específicas del momento actual, del ser actualmente existente. Y sin diferenciarse de la historia, sin duda la enriquece. Como lo vio Serge Gruzinski, la consideración del gran mestizaje americano iniciado en 1492 es una clave de comprensión para la comprensión del gran mestizaje mundial de la globalización actual.

El segundo conjunto de Etnohistoria, visión alternativa del tiempo consta de dos ponencias muy notables, ambas sobre dos fuentes del siglo XVI que es preciso reconstruir de alguna manera: las Antigüedades mexicanas, del historiador y lingüista franciscano fray Andrés de Olmos, y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. Rafael Tena, de Etnohistoria, y René Acuña, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, los respectivos autores de estas ponencias, coinciden por el muy buen trabajo realizado como editores de documentos antiguos, y por su conocimiento de las lenguas antiguas y modernas.

El trabajo de Rafael Tena, admirado colega y amigo, desentraña con rigor analítico y documental la relación que hay entre el perdido “Tratado de las antigüedades mexicanas”, del gran conocedor de la lengua y la cultura de los indios que fue fray Andrés de Olmos, y los textos Historia de los mexicanos por sus pinturas e Histoire du Mechique, basados en el perdido “Tratado” gran de y las investigaciones posteriores del padre Olmos. Ese mismo año de 2002 Rafael Tena publicó su edición y traducción de ambos textos olmianos y del documento conocido como Leyenda de los soles, y en esta ponencia nos muestra el extremo rigor y consistencia de sus ediciones, traducciones, introducciones y anotaciones de fuentes antiguas, patente en su edición de las Relaciones y el Diario de Chimalpáhin. Tan sólo me quedo con las ganas de que Rafael Tena nos dé su opinión sobre si las dos relaciones franciscanas anónimas de 1532, Origen de los mexicanos y Relación de la genealogía y linaje… —hechas a solicitud del obispo Zumárraga, y publicadas por Joaquín García Icazbalceta— también pueden atribuirse al padre Olmos, y a Motolinía, como propusieron Charles Gibson y John B. Glass.

René Acuña, a quien estaremos siempre agradecidos por su edición de las Relaciones geográficas del siglo XVI —entre otras fuentes imprescindibles, como el De debellandis indis, atribuido a Vasco de Quiroga—, estudia las dificultades que presentan los diferentes manuscritos existentes de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, editada póstumamente en 1632 por el mercedario guatemalteco fray Alonso Remón. Acuña se limita a los manuscritos de la Historia verdadera, pero me gustaría pedirle su opinión, como historiador y como guatemalteco- mexicano, sobre el valor como fuente de las “interpolaciones mercedarias”, agregadas en Guatemala por el padre Remón y sus colaboradores, que me parece se derivan de un hipotético manuscrito perdido, que provisionalmente me he permitido llamar “Crónica Z”, remedando a Robert H. Barlow y pensando en el licenciado Alonso de Zuazo.

El tercer conjunto de la compilación consta de tres ponencias en las que sale al frente el carácter interdisciplinario de las investigaciones etnohistóricas. Johanna Broda, querida maestra del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, y profesora en el postgrado de Historia y Etnohistoria de la Escuela Nacional de Antropología e Historia del INAH, presentó un documento particularmente valioso, pues expone su propio recorrido e investigaciones etnohistóricas que la condujeron a perspectivas interdisciplinarias cada vez más amplias, ricas y sugerentes.

Johanna Broda comenzó estudiando los ciclos de las fiestas de los mexicas a sus dioses, buscando vincularlas con la vida económica, política, social y cultural. Esta perspectiva de buen materialismo la llevó a entender el vínculo del ciclo de fiestas con el ciclo agrícola, así como la naturaleza de su ceremonial, ligado a la fertilidad. Historiadores del siglo XVI, como fray Bernardino de Sahagún y fray Diego Durán, entre otros, le dieron una información sumamente rica, que Johanna pudo enriquecer posteriormente con la investigación arqueológica realizada en el Templo Mayor de Mexico Tenochtitlan, lo cual le permitió agregar una dimensión espacial, material y simbólica muy rica al conocimiento de los ciclos de fiestas. La investigación arqueológica llevó a Johanna a otras búsquedas, tanto en las direcciones de la arqueoastronomía como del estudio de los espacios rituales, particularmente las montañas y sierras. La investigación de los ciclos rituales prehispánicos se prolongó también con la indagación antropológica o etnográfica sobre las sociedades indias del presente y los ciclos festivos actuales, buscando elementos de continuidad y cambio, persistencia, resistencia y adaptación. Finalmente, la perspectiva comparativa culmina la ampliación multidisciplinaria de miras con las sociedades andinas y las del suroeste de Estados Unidos, nuestros olvidados hermanos pueblo, que tienen tanto que enseñarnos.

Me llamó mucho la atención la investigación de Lourdes Suárez Diez, actual directora de Etnohistoria, sobre las trompetas de caracol marino, prolongando la investigación arqueológico con el estudio de las fuentes escritas, de las que resulta que “la trompeta de caracol marino es, sin lugar a dudas, el instrumento musical más usado por los pueblos mesoamericanos durante todas las épocas”, aún más que instrumentos de percusión como el teponaztli y el huéhuetl.

Lourdes Suárez muestra que las trompetas de caracol jugaban un lugar omnipresente en la vida toda de nuestros antepasados: en la guerra, en la bienvenida triunfal, en la derrota, en el acompañamiento de los grandes señores, en los funerales, en los sacrificios y autosacrificios, en las ceremonias, en los grandes acontecimientos, en las velaciones de los templos y los dioses, en las horas del día y de la noche, y en la enseñanza de los alumnos del Calmécac.

Por su fuerza y volumen, y su pequeña dimensión, las trompetas de caracol funcionaron de manera esencial para coordinar la totalidad de la vida humana en cada momento. Durante los ciclos ceremoniales y agrícolas que estudia Johanna Broda se oía siempre el tañido de la trompeta de caracol marino. La trompeta marina fue un instrumento sincronizador vital para el funcionamiento de las sociedades prehispánicas, y estaba íntima y permanentemente presente en los oídos y las mentes de nuestros antepasados.

Tiene también mucha importancia la investigación presentada por Bertina Olmedo Vera, quien tras escribir un valioso libro rojo publicado por el INAH —basado en las investigaciones arqueológicas sobre los recién descubiertos Templo Rojo Norte y Templo Rojo Sur del recinto ceremonial de Mexico Tenochtitlan, de claro estilo teotihuacano—, amplió su investigación, se puso a estudiar náhuatl con Rafael Tena para incorporar lo que las fuentes escritas pueden aportar sobre estos templos, de los que nada se sabía antes de que las excavaciones arqueológicas de la década de 1970 iniciaran la “liberación” de lo que queda del Templo Mayor, sepultado bajo los edificios coloniales que fue necesario derrumbar.

Esta Ampliación de miras llevó a Bertina Olmedo a proponer:

De acuerdo con los elementos asociados a los templos rojos del recinto ceremonial de Tenochtitlan, en ellos se rendía culto al sol del amanecer representado en la religión mexica por el dios Macuilxóchitl-Xochipilli. Que estos templos fueron construidos con toda intención en un estilo que evoca el lugar del nacimiento del Quinto Sol, Teotihuacan, y que estas pequeñas estructuras fueron descritas y representadas en la obra del padre Sahagún.

Y agrega que “en otros centros importantes del posclásico tardío del Centro de México, como Tlatelolco y Tenayuca, se repitió este mismo patrón de los dos pequeños templos flanqueando al templo principal cerca de las esquinas posteriores”. Estas aportaciones, como se aprecia, son de gran importancia, y no contradicen el importante papel fundador de Tollan Teotihuacan, para Tollan Tenochtitlan y otras grandes ciudades, destacado por Enrique Florescano.

El cuarto conjunto del libro consta de dos ponencias que dan otras tantas perspectivas sobre la conquista de México: la primera, nuevamente de Luis Barjau, emprende un cuidadoso análisis de las fuentes disponibles sobre la batalla de Centla, Tabasco, en marzo de 1519; y la segunda, de Eduardo Corona Sánchez, procura ubicar la caída de Tenochtitlan en un contexto de cambio histórico amplio.

El quinto conjunto consta de dos estudios sobre el trabajo colectivo entregado por los indios a los españoles en el valle de México, en el estudio de Perla Valle, y en el señorío de Coyoacan, en el de Emma Pérez-Rocha.

Perla Valle estudia el Códice Osuna y muestra que se trata de un litigio entablado en 1565 por el gobernador, los alcaldes y regidores de los cabildos indios de Tenochtitlan y Tlatelolco contra el virrey don Luis de Velasco y los miembros de la Real Audiencia de México; y que este documento pictórico no es el mismo, como llegó a creer don Luis Chávez Orozco, que el pleito conservado en el Ramo Civil, volumen 644, del Archivo General de la Nación, que representa un pleito de los cuatro barrios de la ciudad de México Tenochtitlan contra su propio cabildo indio, iniciado en 1564. El análisis se amplía con la consideración sucinta del Códice de Tlatelolco y del poco conocido Códice de San Juan Teotihuacan.

El trabajo de Perla Valle se enriquecerá considerando las grandes obras de reparación de la ciudad, sus albarradas, puentes, caminos, canales y edificios, realizadas después de la inundación de septiembre de 1555. Estos son los temas que Emma Pérez-Rocha estudia y documenta en una de sus valiosas ediciones, Ciudad en peligro, de una información de 1556 sobre las grandes obras de reparación de la ciudad de México en las que participaron seis mil indios de Tenochtitlan, Tlacopan, Tetzcoco y Chalco. Estas obras se documentan igualmente en el Códice de Tlatelolco, precisamente en la parte correspondiente a 1555, en la nueva datación de la sequencia del Códice propuesta por la misma Perla Valle junto con Xavier Noguez.

El sexto y último conjunto de ponencias incluye ocho trabajos de carácter misceláneo, unificados por la perspectiva propiamente etnohistórica de que no existe una verdadera historia de México si no se construye a partir de la investigación de los muchos pueblos, señoríos, reinos o países que juntos y combinados conforman nuestro México que es Muchos méxicos, para retomar el título del bello libro de Lesley Byrd Simpson, que los patrióticos mexicanos no quisimos editar durante décadas (y agrego la pregunta de si la visión de un “gringo” sobre México es etnohistoria).

Además de una ponencia de Dora Sierra Carrillo sobre los usos del yauhtli, hierba sagrada, los trabajos de este último grupo se refieren a historias de varias regiones: Coyoacán, Ecatepec, Tzapotitlán de las Salinas (Puebla), Guanajuato, Michoacán, Guanajuato, Yucatán. Gilda Cubillo Moreno estudia la composición social de Coyoacán a fines del periodo colonial gracias a los padrones borbónicos. Mi amigo y colega Carlos García Mora, animador del Grupo Kwaniskuiarani de Estudios del Pueblo Purépecha, estudia la escisión de la memoria étnica en su pueblo adoptivo, Charapan, en la sierra de Michoacán, partiendo de la sólo aparente contradicción entre los informantes que le decían que sí se consumía leche y quienes lo negaban. Celia Islas Jiménez estudia un litigio de 1730-1731 entre un minero español y un indio por la posesión de una mina en la Nueva Galicia. Rosa Brambila Paz, en su estudio sobre Zacapexco, Atononilco y Coíncho, en el actual estado de Guanajuato, rastrea los simbolismos del agua y muestra que los indios “encontraron diferentes maneras de seguir con su buen hábito de ir a las fuentes de agua a tener relaciones amorosas, ya que en el siglo XVIII los curas continúan con sus fuertes embates a esa costumbre”. María Teresa Sánchez Valdés registra que el pueblo de Ecatepec, de donde partía el pequeño dique prehispánico a Chiucnauhtla, que dividía los lagos de Tetzcoco y Tzompanco, siguió funcionando como punto de enlace en las rutas comerciales durante los siglos XVI y XVII. Hildeberto Martínez analiza el testamento hecho el 20 de enero de 1690 por la cacica doña María Pacheco, y muestra la importancia de la casa señorial, el teccalli, más que el corporativo calpulli, como forma de organización socio-económica en el señorío chocho-popoloca de Tzapotitlan de las Salinas, en la frontera del actual estado de Puebla y la Mixteca. Y finalmente, Sergio Quezada estudia la relación de los mayas con la Real Hacienda novohispana a lo largo del periodo colonial.

Por falta de espacio no comento más estos trabajos, sino tan sólo que en ellos se percibe que la pluralidad étnica, lingüística, cultural, política, que aporta la etnohistoria constituye un enriquecimiento sustancial a nuestro conocimiento de nosotros mismos. México es muchos países que conforman un solo país que es el mundo.

Autor: Rodrigo Martínez Baracs, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

  1. Una primera versión de este texto fue leído en la presentación del libro en el Auditorio Fray Bernardino de Sahagún del Museo Nacional de Antropología e Historia, el viernes 10 de noviembre de 2006. También participaron Luis Barjau, Andrés Medina, Ángeles Romero Frizzi y Lourdes Suárez Diez. []

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