Armando Bartra, El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital, México, Ítaca/UACM/UAM, 2008.

Para citar este artículo

DAR52-2“El hombre de hierro contra el hombre de carne y hueso” es el drama en el que participamos todos nosotros, habitantes en situación de resistencia frente a un sistema mundial dominado por el mercantilismo absoluto. Quizá en estos términos podría sintetizarse el contenido de este libro iluminador que hoy nos brinda Armando Bartra, donde se revela una argumentación intelectual y política impecable, producto de su labor de varias décadas comprometido con los movimientos sociales emancipadores. La reflexión crítica del autor nos muestra las diversas caras en que se trasmuta el hombre de hierro caracterizado por Marx: “la Bomba, las megaurbes, el consumismo, el masaje massmediático, la Revolución Verde, la energía nuclear, la erosión ecológica y cultural, el cambio climático causado por los gases con efecto de invernadero, la privatización del software y otras ideas, los transgénicos y el más pequeño y reciente de los frankensteins tecnológicos: la nanotecnología”. Por su contenido abarcador, por las fuentes de información en que se sustenta y por el esfuerzo de comprensión que exige, esta obra se convierte en un hito insoslayable para interpretar el proceso de globalización y el papel de los actores sociales que se enfrentan a esa maquinaria cuasi-infernal. Parafraseando a la escritora Susan George, con plena autoridad podríamos designar a este documento como El informe Totoltepec.


Matrix le hace al humano: “Estuvimos pensando en la manera que clasificaríamos a su especie y concluimos que se trata de un virus. Ustedes son un virus que se alimenta de devorar tejidos, como si fueran un cáncer”. Hace algunos años, Lèvi-Strauss propuso la idea de que la humanidad ha generado las ciudades como metástasis de la enfermedad que infecta al planeta por obra de la explotación.

Estamos de acuerdo, las máquinas engendran monstruos. En esa línea, el mítico general Edward Ludd es rescatado del olvido y se le reivindica a partir de reinterpretar su movimiento clandestino (allá por la década de 1810) enfocado a la destrucción de las máquinas que habían dejado sin empleo a miles de jornaleros. Se encaran directamente con las fuerzas productivas que los enfrentan, sufren la persecución, la cárcel y las ejecuciones, en una historia que da pie para que Bartra nos exponga una versión nada ortodoxa de la teoría del valor, desprendida de la interpretación dominante en la que se conservan resabios hegelianos en su idea del progreso de las fuerzas productivas como condición para pasar a una fase superior. No obstante, en algunos escritos de la década de 1860 Marx reconoce el sentido de la lucha contra las fuerzas productivas específicas del naciente capitalismo. Por cierto, los ecologistas actuales formulan en un nivel científico la lucha contra una tecnología, que en su propio contenido no puede separarse de la explotación capitalista de los hombres y de la naturaleza.

Un aspecto interesante de este documentado libro es que la erudición no es vacía y se pone al servicio de una reflexión que apunta a la transformación de la realidad; además, el pensamiento conceptual se mezcla con la imaginación poética, en la línea de Bachelard, y produce metáforas ancladas en el lenguaje coloquial mexicano, que en muchos casos sirven para mostrar dimensiones que a la árida teoría escapan. Así, se hace referencia a una globalización desmecatada, para reflejar el carácter salvaje de las políticas multinacionales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional en conjunto con el Grupo de los Ocho y sus actuales palafreneros del Grupo de los Cinco. Mister Bush encarna un burro sin mecate que reparte patadas a diario y sin ton ni son. Las “crudas revolucionarias” designan, a su vez, ese sentimiento que provoca la caída del muro de Berlín o la emergencia de un capitalismo expansivo en el interior de la todavía República Popular China. ¿Qué mejor ilustración de la llamada sobrepoblación planetaria que, como se dice en la página 29, es producto de los “desaprensivos y cogelones orilleros”? Otro amigo economista bromeaba explicando que en la división internacional del trabajo a este suburbio del mundo le tocó especializarse en producir niños.

En principio, se certifica que ya no hay un sujeto contestatario central, como lo pretendió ser en su momento el partido revolucionario. Aun así, existe el sentimiento y la práctica de construir “otro mundo posible”. Después de examinar con acuciosidad las diversas experiencias de movimientos contestatarios, que abarcan desde el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hasta el ecologista francés Bové, pasando por los Sin Tierra brasileños, entre muchos otros, Bartra nos advierte en contra de un autonomismo excluyente, que podría darse en la lógica del fuera y el adentro que supone el capitalismo entendido a la manera de Rosa Luxemburgo: “la emancipación de la identidad sojuzgada no puede verse como simple desprendimiento autonómico y supone por fuerza la construcción de un orden nuevo y compartido donde diferencia no signifique jerarquía. Entre tanto los subalternos podrán negociar condiciones menos desventajosas dentro del orden existente, pero no es viable para ellos regresar a la situación histórica anterior, retornar a la Edad de Oro cuando eran el centro de su mundo” (p. 180).

Las clases subalternas cometerían un grave error si decidieran encerrarse en su particularismo, sea éste el de los indígenas, de las mujeres, de los ecologistas, de los colonos, de los jóvenes, de los hackers libertarios, o de los campesinos, si es necesario mencionar algunos; por el contrario, estamos obligados a ser incluyentes y universalistas frente al mercantilismo absoluto y su Estado funcional. En las múltiples experiencias de generar un rescoldo humano en el que se suspenda la subordinación del valor de uso al valor de cambio, del trabajo concreto al trabajo abstracto, sus protagonistas continúan interrogándose en términos parecidos a como lo hacía Gramsci al evocar en la cárcel los años de los consejos de fábrica: teníamos la autogestión de la ciudad de Turín y fuimos derrotados porque en ese momento no estaba a nuestro alcance ejercer el control de los bancos, ni de los ferrocarriles, ni del ejército, ni de los periódicos. Si se actúa con el criterio incluyente y universalista, entonces las utopías locales realizadas podrían convertirse en las burbujas letales que desbaraten el sistema de dominación total.

Autor: Hugo Enrique Sáez A., Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco

Los comentarios están cerrados.