Sergio Hernández Galindo, La guerra contra los japoneses en México durante la Segunda Guerra Mundial, México, Ítaca, 2011.

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DA57R3El libro de Sergio Hernández Galindo es, como su nombre lo indica, un libro de guerra, pero es también un libro sobre muchas otras cosas. Es un libro sobre espías y sobre los intereses económicos de las potencias; un libro acerca del petróleo y las alianzas entre el poder y el dinero; es un libro a propósito de la extranjería y la xenofobia en México. Se trata de un texto que reflexiona acerca de la difícil construcción de la soberanía mexicana en la conflictiva vecindad de los Estados Unidos, y que reflexiona también en el proceso de ascenso y consolidación de la derecha y el ejército japoneses en la década de 1930 que llevaron a su país a aliarse con la Alemania nazi y la Italia fascista y a declarar la guerra a los Estados Unidos y a sus aliados en 1941.

Los primeros japoneses que llegaron a México lo hicieron en 1897, en el apogeo del régimen porfiriano. Trece años después una delegación japonesa, encabezada por Yasuda Ushida, llegó invitada por el gobierno mexicano a las fiestas del Centenario de la Independencia. Se hospedó en la residencia de la viuda de Braniff, en Paseo de la Reforma 27, y su presencia se convirtió en un atractivo especial, ya que sus representantes “en casi todas las ceremonias aparecían con sus vestimentas tradicionales de sedas brillantes y multicolores”. El embajador de Japón regaló al gobierno mexicano dos tibores de porcelana negra con incrustaciones de oro, perla y nácar, en los que destacaban dos águilas de cerca de un metro de alto y que habían formado parte de la exposición japonesa que se montó en el Pabellón del Chopo. Treinta años después las condiciones habían cambiado radicalmente y México le declaraba la guerra a los japoneses.

¿Qué ocurrió en México y en Japón en esos años? ¿Qué pasó en el ámbito internacional a lo largo de esas tres décadas? Sergio Hernández arma un rompecabezas que ayuda a formar una imagen de ese mundo desquiciado que condujo, entre otros episodios trágicos del siglo, a la invasión japonesa a Pearl Harbor. Y que reconstruye también las tragedias personales de dos ciudadanos del Imperio oriental, avecindados en México en condiciones muy distintas uno del otro, partícipes o víctimas, según se vea, de la crisis terrible que enfrentó a México y al Japón a lo largo de la primera mitad de la década de 1940.

A lo largo de esos treinta años México fue consolidando el proyecto revolucionario y nacionalista contenido en la Constitución de 1917, con periodos de mayor o menor radicalismo que culminaron en las grandes reformas del cardenismo. Japón, por su parte, consolidó la Constitución Meiji, caracterizada por un acendrado antimperialismo sostenido en posturas ultranacionalistas conservadoras y en un creciente militarismo.

Para ambos países, como para el mundo capitalista en su conjunto, la crisis de 1929 fue un parteaguas definitivo. Eric Hobsbawm analiza en su colosal Historia del siglo XX los tres caminos que se abrieron para salir de la debacle económica: el comunismo, que parecía haber puesto a salvo de cualquier crisis a la Unión Soviética; el fascismo, que pretendía —frente a la amenaza del comunismo— salvar el modelo capitalista sacrificando a la democracia, su expresión política, y finalmente un capitalismo acotado por la intervención estatal y la planificación económica, inspirado por las ideas del economista inglés John Maynard Keynes, y puesto en práctica por el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt con su New Deal.

Hobsbawm analiza también cómo los países que habían vivido revoluciones sociales y populares antes en su historia optaron por esta última alternativa: Francia, los Estados Unidos y México, entre ellos. En cambio, aquellos que no habían tenido anteriores procesos importantes de movilización social vieron con auténtico terror el ascenso de los partidos comunistas y optaron por el totalitarismo fascista. Los tres países que conformaron el Eje Berlín-Roma-Tokio representan su más clara expresión. Así, México y Japón emprendieron en los años treinta sus caminos por rutas divergentes que los llevaron al enfrentamiento en 1942.

Pero la historia nunca es lineal. Y ese es uno de los grandes méritos del libro de Sergio Hernández Galindo, que muestra los vericuetos, las entretelas y contradicciones en los procesos de dos países que se acercaban vertiginosamente a la confrontación, pero que entretanto establecían relaciones y acuerdos comerciales, hacían negocios, se trataban con cordialidad. Las vidas de Kiso Tsuru y de Masao Imuro en México, consignadas en los capítulos, segundo y tercero del libro, ilustran claramente las maneras en que se pudo ser japonés en México tanto antes como después de Pearl Harbor.

Sergio Hernández nos cuenta que Kiso Tsuru llevaba dos décadas en México en 1941 y tenía 47 años. Había construido una red de empresas vinculadas a conglomerados financieros, comerciales e industriales que integraban los “motores de la maquinaria de guerra de Japón”. En 1928 fundó su primera empresa, la Compañía Internacional de Drogas, encargada de producir medicamentos y de importar y exportar productos medicinales. En 1938 fundó la Compañía Internacional de Comercio, que amplió el espectro de sus negocios más allá de las medicinas. Cuatro años antes, en 1934, Tsuru había empezado a invertir en la extracción y comercialización de petróleo por medio de las compañías La Laguna y La Veracruzana. Sus intereses económicos lo convencieron de la necesidad de obtener la ciudadanía mexicana en 1935.

Cuando en 1938 el gobierno de Lázaro Cárdenas decidió expropiar el petróleo los japoneses vieron la posibilidad de hacerse con el crudo mexicano, máxime ante la amenaza de boicot de las empresas inglesas y estadounidenses y de sus respectivos gobiernos. En estas gestiones la experiencia y las relaciones que Tsuru había ido construyendo desde varios años atrás con altos funcionarios del gobierno mexicano fueron sumamente útiles. Además, los Estados Unidos vendían a Japón 30 millones de barriles de crudo. Ante la amenaza creciente de un conflicto, los japoneses buscaban diversificar sus fuentes de suministro, así que, al igual que los alemanes, intentaron aprovechar los efectos de la crisis diplomática derivada de la expropiación petrolera. El embajador japonés en México, Saichiro Koshida, manifestó el interés de su país por comprar al año cinco millones de galones. Y no sólo eso, en junio de 1939 trascendió que México pretendía mejorar su infraestructura ferrocarrilera en el Istmo de Tehuantepec, así como que planeaba la construcción de un oleoducto que iría de Minatitlán a Salina Cruz con el fin de facilitar la exportación petrolera a Japón.

México aprovechó la coyuntura con dos fines muy evidentes: encontrar una salida a su “oro negro” ante el boicot de los antiguos concesionarios y diversificar su universo comercial peligrosamente concentrado en el vecino norteño. Esto no le gustó nada al gobierno estadounidense, que veía con preocupación los afanes expansionistas y belicistas del Japón en el oriente asiático, como tampoco le gustó nada encontrar intereses japoneses en México, donde el “doctor” Tsuru aparecía involucrado tanto en la construcción de la carretera Jalapa-Veracruz como en la de una carretera que uniría el puerto de Mazatlán en el Pacífico con la ciudad de Matamoros, en la frontera con Texas, pasando por Sinaloa, Durango, Zacatecas, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Sobra decir que la carretera tendría una gran importancia estratégica en la cercanía de los Estados Unidos.

No es extraño que, cuando los Estados Unidos empezaron a vigilar a los japoneses en su territorio, solicitaran informes al gobierno mexicano acerca de los residentes de esa nacionalidad en el nuestro, y que por esas fechas eran cerca de seis mil. Y de entre ellos el doctor Tsuru era sin duda relevante. Sergio Hernández ha encontrado referencias al empresario en los reportes que se enviaban a Washington desde la embajada estadounidense en México a partir de informes de la inteligencia militar y la Oficina Naval de Inteligencia, además de los del FBI. Esta última dependencia lo consideró más que un simple espía. Se trataba, según la agencia, de un elemento fundamental de una extensa red de conspiración y propaganda al servicio de Japón, la Gestapo alemana y los servicios de espionaje de la España de Franco y coordinados por la embajada japonesa en México. Las actividades empresariales y comerciales de Tsuru, decían, estaban dirigidas a reunir información estratégica. Las instalaciones de La Veracruzana en el Golfo de México, maliciaban, podían estar funcionando como base de submarinos y aviones.

En este mismo tono, el embajador de los Estados Unidos en México, Josephus Daniels, envió informes a Washington. Basado en los reportajes de la periodista del Christian Science Monitor, Betty Kirk, sostenía que existía una estructura militar japonesa, bajo las órdenes del primer ministro Hideki Tojo, que estaba preparando una invasión a Estados Unidos. Dicha invasión partiría de Sonora y Sinaloa promoviendo la rebelión de los indios mexicanos contra los blancos y los yanquis. Creía que Tsuru controlaba “tras bambalinas a sus “marionetas” que se extendían por todo el país: dentistas, doctores y drogueros que en sus pequeños negocios trabajaban al servicio del espionaje personal de Tsuru y medían el pulso al México indio”. La prensa se empezó a llenar de calificativos xenófobos: el “peligro amarillo” y la caracterización de los japoneses como “enemigos”, “traicioneros” y “fanáticos” fue común en esos años.

La amistad de Tsuru con el agregado naval de la legación japonesa en México, Kyoho Hamanaka, que había llegado proveniente de la embajada de Japón en Washington, lo volvió más sospechoso aún. Hamanaka, vigilado por la inteligencia estadounidense, viajó por numerosas ciudades mexicanas y sostuvo reuniones tanto con ciudadanos mexicanos como con miembros de la comunidad japonesa y de la diplomacia alemana. Viajó también al canal de Panamá, y en los informes del FBI se le acusó de planear una invasión con más de 10 000 hombres que ocuparían el puerto de Acapulco para establecer ahí una cabeza de playa.

Sergio Hernández no aventura una conclusión definitiva sobre las actividades de espionaje adjudicadas al doctor Tsuru. Lo que sí nos dice, en un par de notas de pie de página, es que el almirante Hamanaka, quien estuvo muy activo en varios países de Latinoamérica, terminó arrestado en Indonesia por las fuerzas australianas y juzgado y ejecutado como criminal de guerra en 1945. Y nos dice también que no ha encontrado reportes de la relación entre Hamanaka y Tsuru en los archivos de México y de los Estados Unidos, pero que la familia Tsuru le proporcionó copia de una correspondencia personal que da cuenta de una “intensa relación”. Me atrevo a aventurar que en esos años una “intensa relación” entre personajes de estas características no podía ser menos que sospechosa.

Cuando, una vez estallada la guerra, México decidió concentrar a los cerca de seis mil ciudadanos japoneses en las ciudades de Guadalajara y México, el doctor Tsuru “que tenía múltiples conexiones con los hombres del poder”, no fue molestado.

Sergio Hernández reconstruye también la vida mexicana de Masao Imuro, un modesto empleado comercial recién llegado a México en 1941 y que, a diferencia del poderoso Tsuru, fue detenido en enero de 1942 con 21 años de edad. Pasó los siguientes siete años en cárceles mexicanas: el Centro de Detención para Extranjeros en Perote, Veracruz, el “Palacio Negro” de Lecumberri, las Islas Marías y el Centro de Detención para Menores. No fue puesto en libertad sino hasta 1949, cuatro años después de concluida la guerra, cuando el presidente Miguel Alemán le otorgó el indulto, dado que “las causas que determinaron la gravedad de los actos cometidos por el señor Imuro habían desaparecido”. Las razones de su detención eran muy simples. En su correspondencia, revisada por la inteligencia estadounidense, incluía frases que seguramente no pasaban de ser una bravata juvenil: “Yo haré algo que valga la pena estar en México, dentro de algunos días salgo a matar a balazos a Roosevelt. Después iré a destruir el Canal de Panamá”. Porque el hecho es que Imuro no tenía, a diferencia de Tsuru, relaciones con el mundo diplomático japonés o gubernamental mexicano que le permitieran la realización de ninguna de estas acciones. Venía, eso sí, impregnado del discurso militarista y antiestadounidense que dominaba en Japón en esos años. Y en el pecado llevó la penitencia.

La investigación de Sergio Hernández, sostenida en archivos mexicanos y de los Estados Unidos, en los archivos personales de Tsuru e Imuro, en entrevistas de historia oral y en una rica bibliografía enriquece, como se dijo ya, el conocimiento sobre la relación de estas dos naciones en la vorágine de la Segunda Guerra Mundial, con todas sus complejidades, contradicciones y aristas. Y enriquece también la historia de los extranjeros en México, historia en la que algunos conglomerados han recibido una atención mucho mayor, pienso en los estudios sobre españoles o latinoamericanos, pero en donde hacía mucha falta una aproximación a quienes llegaron, aunque suene extraño, no por el oriente sino por el poniente.

Autora: Anna Ribera Carbó, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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