Samuel Villela Flores, Sara Castrejón. Fotógrafa de la Revolución, México, INAH, 2010.

Para citar este artículo

DA57R4Desde hace varios años, Samuel Villela Flores ha dedicado buena parte de su investigación al estado de Guerrero. Antropólogo de profesión, merced a su experiencia de trabajo en diversas comunidades guerrerenses se ha internado por los caminos de la historia, en específico al estudio de la imagen. Un primer resultado de su inmersión en el campo de la historia de las imágenes es Los Salmerón. Un siglo de fotografía en Guerrero, libro que publicó en coautoría con Blanca Jiménez. El constante andar de Villela por “los caminos del sur” lo llevó a Teloloapan, lugar en el que descubrió el trabajo de Sara Castrejón, a quien considera como la primera fotógrafa de la Revolución mexicana. Sus fotografías no sólo sobresalen por su valor histórico-testimonial, sino también por su calidad técnica. Es preciso recalcar que en Guerrero sólo había catorce fotógrafos, y ella era la única mujer dedicada al oficio.

La obra que presenta Samuel Villela, Sara Castrejón. Fotógrafa de la Revolución, está dividida en cuatro capítulos que permiten situar el lugar de origen; los inicios en la fotografía y las principales preocupaciones artísticas de Sara Castrejón. En el primer capítulo se presenta un panorama general de Teloloapan, población natal de la fotógrafa, Villela menciona que esta ciudad fue importante por ser una vía de tránsito para las mercancías que provenían de Tierra Caliente y se dirigían a Iguala. Teloloapan era la principal productora de maíz, leche, caña de azúcar y ajonjolí. Uno de los personajes más importantes de esta ciudad fue Florencio M. Salgado, dueño de la fábrica La Esperanza. En La Esperanza, laboraban alrededor 140 trabajadores, se producían diversas mercancías que iban desde el aguardiente, el aceite de ajonjolí, los hilados de algodón, las pastas alimenticias, hasta botes de hojalata para almacenar el aceite. Florencio Salgado estableció relaciones mercantiles con los principales comerciantes de la región, con algunos almacenes de la ciudad de México, y diversas empresas extranjeras. Villela señala que la fábrica de Salgado constituía uno de los pocos embriones de desarrollo fabril de Guerrero, entidad que permaneció alejada del notable crecimiento económico que experimentó el país durante el Porfiriato. Entre los primeros trabajos de Sara Castrejón se encuentra una serie de fotografías de la fábrica, en ellas se puede apreciar la peculiar construcción en forma de castillo y la moderna maquinaría con la que contaba.

El segundo apartado expone la biografía de Sara Castrejón Reza, quien nació el 16 de agosto de 1888 en Teloloapan, Guerrero. Estudió en la escuela para niñas de la población, sitio en el que, como todas las mujeres, aprendió a elaborar artesanías, pan, licor, velas, queso, chocolates y mole. Samuel Villela menciona que Sara estudió fotografía en la ciudad de México, lugar en el que vivió durante un año, aunque no se sabe si el oficio lo aprendió en la Escuela de Artes y Oficios o lo hizo en algún negocio establecido. A partir de este punto es necesario preguntarse cuáles fueron las razones o influencias que llevaron a Sara no sólo a salir de su población, sino a dedicarse a un oficio que era ejercido únicamente por hombres. Villela no proporciona ningún dato concreto para saberlo, tener un antecedente resultaría importante, ya que Sara Castrejón fue de las pocas mujeres que lograron acceder a una profesión. Si bien el autor reconoce que Sara se aleja del ideal de mujer, no basta la simple enunciación de este hecho, sino se debe tratar de explicar el cómo alguien que vivía en una pequeña población logró trascender las barreras retrogradas de la sociedad. La familia Castrejón en el plano económico tenía solvencia; de acuerdo con el autor, los Castrejón Reza eran propietarios del único cine que existía en el pueblo y de la casa de telégrafo. A su regreso a Teloloapan, Sara estableció un pequeño estudio fotográfico, lugar donde trabajó a lado de su hermana Dorotea, quien elaboró los tres telones que servían de fondo a los retratos. Otra de las labores que realizaba Dorotea era el revelado y coloreado de las fotografías, actividades que llevarían a las hermanas Castrejón a pasar muchas horas de su tiempo en el estudio. Su interés no sólo se centró en el retrato paisajista, sino en los principales edificios de la ciudad, lo cual revela que buscaba documentar su entorno inmediato. Los primeros trabajos de Sara se enfocaron al ámbito de la fotografía documental, conjunto de imágenes que hablan sobre las experiencias de la gente y del fotógrafo mismo. De la fotografía documental transitó a la producción de retratos, los cuales se convirtieron en su principal actividad, labor que le permitiría sobrevivir, si se tiene en cuenta que la fotografía documental no era bien remunerada. Tanto en los retratos de interiores como de exteriores Sara ponía sumo cuidado en su realización. En las fotografías de exteriores sobresale la composición fundada en lo campirano y lo agreste. A Sara le interesaba mostrar a las personas en ambientes y situaciones muy cercanas a su realidad; por ejemplo, sentadas sobre rocas y a las mujeres, por lo regular, con enseres domésticos en sus manos. Estas prácticas en la elaboración de sus composiciones constituían su sello particular y, de acuerdo con Villela, denota una mirada de género. Su trabajo fotográfico destacaba por su destreza y calidad. A Sara se le encargó realizar la postal conmemorativa del Centenario de la Independencia en el estado de Guerrero, la cual tuvo una amplia difusión.

El tercer capítulo narra los primeros levantamientos que se produjeron, en abril de 1911, en Guerrero, como consecuencia del despojo de tierras que sufrieron las comunidades y los abusos que cometían los prefectos y los gobernadores. Sara tuvo la oportunidad de observar la entrada de las fuerzas maderistas en Teloloapan, y tomar las primeras imágenes de los revolucionarios en el estado suriano, motivo por el que se le debe reconocer como la primera mujer que retrató a la Revolución. Una de sus fotos, tomada a los jefes maderistas, se convertiría en tarjeta postal, la primera de su género en Guerrero. Tras el incumplimiento de las promesas de Francisco I. Madero, Jesús H. Salgado se rebelaría al amparo de la causa zapatista, pues desde su punto de vista no se había tomado en cuenta las reivindicaciones agrarias. Al general Aureliano Blanquet se le encomendó la tarea de sofocar el movimiento. Ante la llegada de las fuerzas federales, Jesús Salgado prefirió licenciarse. De esta campaña se conservan 20 imágenes, sobre todo de los principales jefes federales, que siempre aparecían montando briosos caballos. Samuel Villela menciona que las imágenes ecuestres constituyen una representación iconográfica del poder que ostentaban los jefes militares. Castrejón tomó fotografías de militares que simulaban estar en combate. Ante la imposibilidad de captar imágenes directas de los enfrentamientos, Sara, al igual que otros fotógrafos de la Revolución, recurrió a representar situaciones y actitudes, y el teatro de la guerra. El pacto de rendición de Salgado trajo consigo la elaboración de varias fotografías, que se adscriben al ámbito documental, en las que es posible observar la mirada inquieta de Sara, pues no sólo se limitó a registrar las facciones de los participantes en las negociaciones, sino también realizó el registro de los sitios relacionados con el evento. Fue muy grande la impresión que los militares causaron en Sara Castrejón, pues escogió a un grupo de ellos para retratarlos e incluir su fotografía en la tarjeta de felicitación de 1912. Ese mismo año Jesús Salgado volvería a levantarse en armas, situación por la que fue enviado el 28º Cuerpo Rural. Sara aprovechó la presencia de este cuerpo armado para producir más imágenes de los militares, además de retratar a los rebeldes que iban a ser fusilados.

El cuarto capítulo enfoca su atención en las actividades de Sara Castrejón en la década de 1920. Teniendo como antecedente el caso de Jesús Salgado, Sara siguió con atención el levantamiento de Silvestre Castro, conocido como El Ciruelo, quien apoyó el movimiento delahuertista y tomó Teloloapan el 19 de febrero de 1924. Tras finalizar los eventos bélicos, Sara se dedicó a la elaboración de tarjetas de felicitación y retratos, tanto familiares como individuales. El amor y el orgullo que sentía por su lugar de origen, provocó que realizara varias fotografías de las calles y la gente de su pueblo, pues su intención era mostrar el rostro de la ciudad y sus lugares emblemáticos. Al igual que Eliseo Salmerón, quien vivía en Iguala, Sara se trasladó a Ixcateopan para retratar los supuestos restos de Cuauhtémoc, descubiertos por la arqueóloga Eulalia Guzmán en 1949. Otra muestra de su interés por asuntos ligados a la historia fue la serie de fotografías que regaló al municipio de Acatempan, con la intención de rememorar el suceso histórico que allí ocurrió. Sara muere el 4 de noviembre de 1962. Ella era consciente del valor historiográfico de sus fotografías, por ello trató de que fueran difundidas, pero desgraciadamente los negativos, los originales y el equipo, fueron presa del saqueo. Sólo resta agradecer a Samuel Villela por haber rescatado la figura de Sara Castrejón, pues, como el mismo lo menciona, fue una mujer extraordinaria que logró desarrollar una fructífera labor como profesional de la lente y supo sobreponerse a las limitaciones de su tiempo. A través de los trabajos de Villela he podido constatar que aun los pueblos más pequeños tienen personajes de interés e historias que merecen ser contadas.

Autora: Beatriz Lucía Cano Sánchez, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

Los comentarios están cerrados.