Los estudiantes del Instituto Metodista Mexicano y la Revolución mexicana

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En este trabajo me propongo presentar un tema poco tratado en la historiografía de la Revolución Mexicana. Me refiero a la incorporación de algunos maestros del Instituto Metodista Mexicano (IMM) en el movimiento revolucionario de la zona Puebla-Tlaxcala.

Estudios anteriores han considerado la importancia de la participación de los maestros en el desarrollo de los procesos revolucionario. En la zona de Puebla-Tlaxcala los maestros contribuyeron activamente tanto en la difusión de las ideas del Partido Liberal Mexicano, como en el movimiento antirreleccionista.

El aspecto que me interesa mostrar aquí es la incorporación de un grupo de maestros protestantes, que eran al mismo tiempo estudiantes de teología del Instituto Metodista Mexicano de la ciudad de Puebla, que se unen a la Revolución en 1914, a consecuencia de la intervención estadounidense en México. Se trata aquí de mostrar cuántos y cuáles fueron los principales alumnos que se incorporaron al proceso revolucionario y reflexionar sobre el tipo de educación impartida por los colegios metodistas, que desde mi punto de vista ayudó a que estos jóvenes se concientizaran e identificaran con las demandas de tipo político y social de la Revolución.

Los estudiantes del IMM que se incorporaron al movimiento armado lo hicieron principalmente con el carrancismo, facción con la que se identificaron y en la que lograron destacar mediante la obtención de grados militares y en menor medida con otros grupos revolucionarios. De esta manera, en los estados de Tlaxcala y Puebla, encontramos protestantes tanto en el carrancismo -al lado del general Máximo Rojas-, como en el grupo de Domingo Arenas y en el zapatismo.1 Al parecer, estos maestros que se unieron a la Revolución en sus distintas facciones, ayudaron a los diversos jefes rebeldes a concretar sus demandas revolucionarias al grado de que el historiador Jean Pierre Bastian los ha definido como “intelectuales populares”.2

También trataré aquí de la repercusión que tuvo la intervención estadounidense en la forma en la que fue visto el trabajo misionero por algunos sectores de la población mexicana, en particular los ataques que se virtieron en la prensa por parte del clero católico que buscaba vincular a la misión metodista con el proyecto expansionista de Estados Unidos. Veremos también la respuesta del metodismo ante estos ataques, así como el énfasis que pusieron los ministros mexicanos en demostrar la independencia de dicha Iglesia con respecto a los intereses políticos y económicos de los Estados Unidos. Asimismo se analizará el apoyo que dieron algunos misioneros estadounidenses por medio de conferencias y pronunciamientos contra la intervención en México.

Antecedentes

En la década de 1870 y después del decreto de la libertad de cultos en México, diversas iglesias protestantes de Estados Unidos deciden establecer misiones en la República Mexicana. Una de las más importantes fue la Sociedad Misionera de la Iglesia Metodista Episcopal que se estableció en el país a partir de 1873. Su importancia radica, más que en el número de miembros que logró convertir al protestantismo, en la fundación de instituciones educativas y médicas, que en gran medida sirvieron para acercarse a la población católica. Las instituciones educativas abarcaron desde el nivel elemental -educación primaria y secundaria- hasta el superior, ya sea normal o teológico y se distinguieron por proporcionar una educación acorde con los principios del liberalismo mexicano de ese momento.

El establecimiento de las diversas sociedades misioneras en México, durante el último tercio del siglo XIX, coincidió con el triunfo del Partido Liberal y su deseo de crear una sociedad moderna en el sentido político, económico y social liberal. De ahí el apoyo a las nuevas sociedades protestantes, portadoras de una cultura religiosa y política moderna opuesta a las formas de asociación católicas tradicionales.

La Iglesia metodista se caracterizaba por un sistema de gobierno episcopal “cuyo poder de decisión y ejecución se concentraba en el obispo y su gabinete asesor, pero cuyo control era ejercido por las Conferencias Generales a las que asistían los delegados de las bases eclesiásticas”.

El credo religioso metodista ponía el acento en la participación activa del creyente en su salvación y en su contribución a la perfección moral individual; asimismo en un “estilo de vida cristiano, apoyado en principios éticos, como la abstención de tomar bebidas embriagantes, fumar, bailar, respeto al descanso dominical, defensa del matrimonio civil y rechazo de todo tipo de juegos y actividad licenciosa”.

En su práctica religiosa se afirmaba que la conversión individual era el signo de pertenencia a la congregación religiosa y “la práctica de las buenas obras era una consecuencia de la conversión individual y una condición para obtener la salvación”.3

También es importante considerar que los sectores sociales específicos que se interesan por esas nuevas prácticas y creencias religiosas, según el investigador Jean Pierre Bastian, pertenecen a ciertas capas sociales en transición, como son los trabajadores mineros, los de la industria textil, la mano de obra asalariada en la agricultura industrial, los trabajadores eventuales e incluso pequeños propietarios rurales. Esos sectores medios, que no incluían ni a los indígenas, ni a peones de las haciendas tradicionales, ni burgueses, se caracterizaban por la precariedad de su situación económica y por el vínculo que los unía al naciente capitalismo como trabajadores asalariados.4

Los metodistas se incorporan a la Revolución (1910-1913)

Durante el movimiento revolucionario de 1910, la Conferencia Anual, órgano Máximo de la Iglesia Metodista Episcopal de México, recomendó a sus pastores “mantenerse al margen” de cualquier manifestación en la vida política del país. Se pretendía con esta recomendación que las expresiones de carácter político se hicieran desde fuera del púlpito y con carácter estrictamente personal. Esta actitud correspondía al espíritu y principios fundamentales de la educación metodista entre cuyos objetivos estaba la formación de individuos conscientes de su responsabilidad como ciudadanos, lo que de una u otra manera desembocó en la participación de estos pastores en los procesos sociales que vivía el país.

El potencial revolucionario de los maestros y su participación antes de 1910 y a lo largo del proceso revolucionario ha sido demostrado en la investigación de James Cockcroft.5 En el estado de Tlaxcala, la influencia de estos profesores fue importante, ya que no sólo los que enseñaban en las escuelas públicas fueron críticos del gobierno cahuantzista sino también los maestros de las escuelas particulares, entre ellos los metodistas, que difundieron las ideas del Partido Liberal Mexicano, entre sus alumnos y familiares.6

Tlaxcala y Puebla fueron de los primeros estados de la República en incorporarse a la rebelión armada de 1910. El investigador Jean Pierre Bastian considera que cuando Francisco I. Madero lanzó el Plan de San Luis encontró en algunos pastores y maestros de escuelas protestantes ubicados en estos estados “un apoyo revolucionario y una organización que podían respaldar las exigencias del cambio político”.7

De este modo cuando los dirigentes antirreleccionistas de Tlaxcala encabezados por Juan Cuamatzi, iniciaron el 26 de mayo de 1910 un levantamiento contra el gobierno de Próspero Cahuantzi, planeado en el pueblo de Tepehitec, algunos miembros de las congregaciones metodistas del estado participaron en el movimiento rebelde, entre ellos, miembros de las familias Sánchez de Tepehitec y Marcos Hernández Xolocotzin de San Bernabé Amaxac. Este levantamiento no prosperó, ya que el gobierno del estado al enterarse del mismo, movilizó sus fuerzas y los revolucionarios tuvieron que dispersarse a fin de salvar sus contingentes.8

Los estudiantes de teología del IMM de la ciudad de Puebla habían manifestado su simpatía hacia el antirreleccionismo poblano a partir de 1910. De este modo habían participado junto con los estudiantes del Colegio del Estado, de la Escuela Normal y el Seminario Palafoxiano en la manifestación antirreleccionista convocada por Aquiles Serdán el 7 de julio de 1910 en la ciudad de Puebla, para protestar por el fraude electoral en contra de Madero.9

En el estado de Tlaxcala es posible ver la actuación de los maestros metodistas a partir de 1911, en el apoyo que algunos de ellos proporcionaron al gobierno maderista de Antonio Hidalgo. En este caso los maestros metodistas fueron José Rumbia, Andrés Angulo y Leopoldo Sánchez, quienes también participaron al lado de los normalistas Porfirio del Castillo y Juan Vázquez y Ramírez.10 Así por ejemplo, en un interesante ensayo el investigador Jean Pierre Bastian reconstruye el papel de José Rumbia como pastor y maestro de escuela metodista, su actuación como secretario particular del gobernador Antonio Hidalgo y como asesor y editor del periódico La Nueva República, órgano del Partido Antirreleccionista Tlaxcalteca. Bastian nos presenta a Rumbia como un ejemplo de intelectual popular que encontró una alternativa en la educación religiosa metodista y que al contacto con las comunidades obreras tiende a radicalizarse, por lo que su disidencia religiosa desemboca en una disidencia de tipo político.11

La educación y el Instituto Metodista Mexicano

“La escuela -nos dice el investigador Rubén Ruiz- fue uno de los pilares sobre los que se construyó la misión metodista episcopal en México. Búsqueda de propaganda, fomento del espíritu de grupo, preparación del ministerio y realización de labor social, fueron las motivaciones para implementar un sistema educativo.”12 Además, “educar era necesario para hacer efectivas dos premisas de su doctrina: lectura de la Biblia y el ejercicio del libre examen.” Pero más allá de esto, el énfasis en la educación era producto de “un milenarismo que veía el conocimiento como elemento central en la construcción del reino de Dios en la tierra, de ahí que el metodista viera a la educación como una parte integral de su práctica religiosa.”13

Basadas en el espíritu progresista que movía al metodismo, las escuelas de la misión en México implantaron modernos métodos de enseñanza y planes de estudio acordes con los de las escuelas oficiales. Esto tenía como finalidad preparar a los jóvenes para la vida práctica. Pero la educación metodista no sólo tenía un sentido “informativo”, sino “formativo”, de ahí que todo este conocimiento que se impartía a los alumnos de colegios metodistas iba respaldado por una filosofía educativa que veía la necesidad de formar hombres de carácter y con una gran moralidad, lo que les haría tener una actitud diferente ante la vida.

Se veía la necesidad de formar “hombres fuertes en su lealtad a las leyes fundamentales de la vida y en el espíritu de solidaridad, cooperación y respeto por los derechos ajenos”. Esto se lograba enseñando a los alumnos en un ambiente de tolerancia, de respeto a las autoridades legalmente establecidas, de honra y amor a los héroes patrios y a todos los principios liberales (libertad, justicia, dignidad individual), principios que por otro lado eran los mismos que perseguía el evangelio.

La labor metodista en la educación no se limitó a la enseñanza elemental, también incluyó escuelas de nivel superior. Entre éstas destacó el Instituto Metodista Mexicano para varones y la Escuela Normal Metodista para mujeres, ambos en la ciudad de Puebla. Su labor fue importante porque ahí se formaban los pastores y maestros que la Iglesia metodista necesitaba para extender su trabajo a los diferentes estados de la República Mexicana.

Fundado en 1875 como un humilde orfanato, más tarde el Instituto Metodista Mexicano llegó a ser seminario y escuela normal.14

La misión metodista siguió la política de encomendar a los superintendentes de los diferentes distritos misioneros, la búsqueda de “jóvenes aptos y cristianos” que pudiendo trasladarse a la ciudad de Puebla se prepararan para el ministerio o el magisterio. En 1897 el IMM matriculó 160 alumnos, de los cuales 51 eran internos y 109 externos. Entre los internos había tres japoneses, dos ingleses, un alemán y un estadounidense; los restantes venían de diez distintos estados de la República.15 Se recibían alumnos externos de cuatro años en adelante e internos a partir de los diez. Se cobraban cinco pesos mensuales a los alumnos internos de medianos recursos y seis a los de mayores posibilidades económicas; los de escasos recursos eran becados. Esto se cobraba cada mes por cuarto, luz eléctrica, baño, ropa limpia, alimentación e instrucción a cada uno de los alumnos.16

Los departamentos escolares se dividían en kindergarten, escuela primaria, escuela superior, escuela secundaria, escuela normal, escuela teológica, departamento de comercio y academia de música. En todos los departamentos se impartían clases de inglés.

A pesar de los numerosos colegios católicos que pretendían contrarrestar la influencia protestante, el Instituto Metodista logró influir a los habitantes de la ciudad de Puebla y se fortaleció en cuanto a la captación de alumnos.

En un informe de 1903 sobre el Instituto Metodista, se destacaba la importancia educativa de éste y se citaba la opinión del profesor Enrique Rébsamen, Director General de Instrucción Normal de la República elogiando a la Escuela Normal de Jalapa, Veracruz, como “…la que iba a la cabeza del movimiento en educación”, aunque mencionaba que “sólo conocía una escuela que le llevara ventaja a aquella” y se trataba precisamente del Instituto. Termina diciendo el informe “…esto es sumamente placentero para los que se afanan por hacer de nuestra institución una de las que en realidad vayan a la vanguardia de la obra educativa”.17

En 1909 se construyó un nuevo edificio con un costo de 154 mil dólares para dar cabida al aumento de alumnos que había tenido el Instituto Metodista. En el discurso de inauguración y con motivo de la celebración del centenario de la Independencia, el director Pedro Flores Valderrama lo ofreció como un testimonio de la “admiración y gratitud de los metodistas mexicanos”, a sus “gloriosos libertadores”, de quienes expresaba:

ellos lucharon por la independencia material de México, nosotros como fieles descendientes de ellos, hemos trabajado y estamos trabajando por la independencia moral y religiosa del país en donde hemos nacido, estando seguros de que así como Dios permitió que se hiciese independiente la nación mexicana del yugo de los conquistadores, así nos permitirá a nosotros y a nuestros hijos ver al país enteramente libre de la ignorancia, la superstición, la inmoralidad y el pecado.18

Mucho del reconocimiento obtenido por los metodistas, como señalé anteriormente, se basó en sus sistemas de enseñanza, que posibilitaron que una gran parte de los alumnos que asistían a las escuelas metodistas fueran católicos. Además se dio la misma importancia a la educación física, intelectual, moral y estética de los alumnos. De este modo la gimnasia y los “ejercicios de sport” se practicaban diariamente en los colegios; asimismo era importante en la formación de los alumnos la educación artística y para tal fin existía una sociedad literaria, así como una sociedad musical, el Club Mendelshon, que realizaba sesiones periódicas, tanto públicas como privadas. A estas reuniones artístico-literarias no sólo asistían los alumnos del Instituto y sus familiares, sino los simpatizantes de tales eventos, entre ellos muchos católicos.19

La escuela metodista fomentaba el espíritu de disciplina y orden en los colegios, inculcaba el trabajo constante y sistemático y el ahorro. Los maestros “trabajaban empeñosamente” para despertar en sus alumnos el espíritu de asociación, de aquí que los principales colegios tenían asociaciones de exalumnos, clubes de idiomas y sociedades de templanza y de pureza social.20

Estas asociaciones servían -desde el punto de vista del pastor Andrés Angulo- para acercar a los jóvenes a las organizaciones sociales y despertar en ellos de manera espontánea el desprecio a los vicios, el amor a Dios y a sus mandatos y el deseo de elevar constantemente su propia moralidad y la de sus compañeros. Allí se irá el joven acostumbrando poco a poco al régimen parlamentario, aprendiendo lo que significa igualdad social, así como lo que es la dignidad de una investidura. Aprenderá que en una sociedad todos tienen iguales derechos y deberes; pero que sus compañeros que hayan recibido algún cargo oficial de su sociedad deben ser respetados en el ejercicio de sus funciones; en una palabra aprenderán lo que es el respeto mutuo y lo que es el respeto al gobierno constituido.21

Entre estas asociaciones de alumnos destaca el liceo escolar Melchor Ocampo del IMM, que en 1912 cumplía 25 años de existencia. Pensado como una continuación de la clase de lenguaje y bajo una “paternal tutela -decía el pastor Andrés Angulo-, se forman espíritus que realizarán una obra benéfica en el desenvolvimiento moral de nuestro pueblo,” jóvenes que en ese momento eran “periodistas viriles, escritores de peso o predicadores elocuentes”.22

En los institutos superiores, sobre todo, se tenía un criterio amplio y liberal, y a decir de los propios metodistas “…se piensa y se deja pensar, se da el derecho de discutir, de entrar libremente en los asuntos especulativos, se instruye y se educa, se ama a la juventud y se le forma su alma, la verdadera alma nacional de que hablaba don Justo Sierra”.23

Respecto al papel que tenía el maestro en la formación de los alumnos, el pastor Andrés Angulo escribe en 1913: Es razonable que el maestro esté mejor preparado para formar espíritus rectos, contará con mejores elementos, estará en mejores condiciones para dirigir a los hombres del mañana. La tendencia del maestro no debe ser la de formar hombres instruidos únicamente, sino hombres virtuosos y educados… hombres y mujeres libres y aptos para “pagar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Es decir, un hombre comprometido con la sociedad y con su religión.24

Y otro pastor, Anastacio H. Maldonado, decía: El verdadero educador ha de entregar por cada uno de los seres que recibe un hombre formado física, intelectual y moralmente; un hombre en una palabra, fuerte para luchar contra las dificultades que ofrece el vivir; quien no cumple con esta sagrada misión, jamás será un educador, nunca un maestro.25

El tipo de educación recibida en el seminario metodista de Puebla ponía el acento tanto en una ética religiosa puritana como sobre los valores liberales y democráticos. En particular los alumnos estaban invitados a celebrar las fiestas liberales como fiestas cívico-religiosas los días 18 de julio, 16 de septiembre, 5 de febrero, 21 de marzo y 5 de mayo.26

La influencia de los institutos normales metodistas en la ciudad de Puebla y los estados vecinos es particularmente significativa en el caso de Tlaxcala. El gobierno del estado no tenía recursos suficientes para impulsar la educación media y superior. Sólo existía una escuela secundaria en la capital del estado y ahí también se ubicaba el Instituto Científico y Literario del estado, único lugar donde se podía seguir una carrera,27 y a donde ingresaba principalmente la clase alta.

Los institutos metodistas de la ciudad de Puebla se convirtieron en una alternativa educativa para los egresados de las escuelas primarias metodistas del estado de Tlaxcala. Los alumnos que provenían de comunidades campesinas y fabriles tuvieron la posibilidad de adquirir educación superior mediante la religión metodista y pudieron prepararse como maestros o pastores al servicio del metodismo.

Un ejemplo de esta situación es el caso de la población de Panotla, Tlaxcala, donde un gran número de jóvenes y señoritas de las familias Carro y Santacruz, pertenecientes a una de las congregaciones más activas del estado, tuvieron la posibilidad de asistir y graduarse en las escuelas normales metodistas de la ciudad de Puebla. El investigador Rubén Ruiz nos dice que a partir del trabajo metodista en ese lugar se presentó una alternativa para que los jóvenes tuvieran la posibilidad de estudiar, y cita el testimonio del pastor Epigmenio Velasco que cuenta que antes de la llegada del metodismo a ese poblado de Tlaxcala en 1866, no “…había salido del pueblo un solo estudiante”. Para 1922 salieron de Panotla 46 jóvenes, de los cuales 35 procedían de familias evangélicas. Treinta de los cuarenta y seis muchachos -veintitrés de ellos protestantes- terminaron “lo que se llama carrera”. Las profesiones más socorridas eran el magisterio y la milicia. De esta manera la presencia metodista representó una alternativa educativa y de ascenso social, que se logró gracias a las becas que proporcionó la iglesia metodista a los alumnos de las escuelas primarias para su incorporación a estudios superiores.28

Los pastores-maestros de la zona Puebla-Tlaxcala en 1914

Como ya mencioné anteriormente, es el mes de abril de 1914 un grupo de estudiantes del IMM deciden incorporarse al movimiento revolucionario. El Instituto trabajó en forma normal hasta el 20 de abril de 1914, cuando se enteraron de que una parte de la infantería de marina de Estados Unidos había desembarcado y tomado la aduana de Veracruz y pocos días después todo el puerto. Ante este hecho, el doctor Pedro Flores Valderrama, director de la institución informó a los alumnos internos que el gobierno del “usurpador Victoriano Huerta tenía el propósito de llevar a la leva a los alumnos de los colegios metodistas de Puebla, pero había dos opciones: o ir con las tropas de la revolución dispuestas a defender el país, o presentarse con el ejército y ser considerados defensores del gobierno de Victoriano Huerta”. Los alumnos decidieron incorporarse al ejército de la revolución, pues consideraban que primero debían combatir al gobierno de Victoriano Huerta, ya que éste “…era la causa de todos los males que afligen al país” y después “…si había tiempo y oportunidad combatirían contra los norteamericanos”.29

Las fuentes varían en cuanto al número de alumnos que se incorporaron a la Revolución en 1914. Algunos hablan de 25 jóvenes y otras informan que fueron 43 individuos.30 La Conferencia Anual, órgano Máximo de la Iglesia Metodista Episcopal (IME) que cada año se reunía para tratar todo lo relacionado al funcionamiento de la misión, informaba en 1915, que entre los estudiantes y pastores de diversas congregaciones de Tlaxcala y Puebla que se unieron a la Revolución estaban Leopoldo Sánchez, pastor del circuito de San Bernabé Amaxac, Tlaxcala; Daniel Rodríguez, pastor del distrito de Atlixco, Puebla; Ángel Zenteno,31 recién graduado de maestro y pastor del circuito de Panotla, Tlaxcala; Andrés Angulo pastor en el circuito de Papalotla, Tlaxcala, mismo que “…se encendió en amor a la Patria y empuñó las armas en su defensa”; Alfonso Herrera, el pastor de la Iglesia metodista principal de la ciudad de Puebla que se incorporó en septiembre de 1914; Anastacio Maldonado pastor del templo de La Luz de esta misma ciudad y estudiante de teología se unió a fines de mayo y finalmente el estudiante encargado del circuito de Zacaola, Puebla, el joven Samuel López.32

Hay que agregar los nombres de otros pastores y maestros como Fortunato Castillo, Abel, Filemón y Josué Carro, Donaciano Munguía y Gonzalo Báez Camargo.33

Esta situación no fue exclusiva de los alumnos metodistas, sino más bien una respuesta colectiva de varios sectores sociales y facciones revolucionarias a un anhelo general de defender el territorio mexicano. Los estudiantes de la Escuela Normal de Puebla se incorporaron a la Revolución por los mismos motivos.

¿Qué motivó a éstos estudiantes a incorporarse al movimiento revolucionario hasta el año de 1914 y no con el estallido de la Revolución?

Como ya se mencionó, en los años iniciales de la revolución maderista, los pastores metodistas José Rumbia y Benigno Zenteno, entre otros, llevan su disidencia religiosa a una disidencia de tipo político, incorporándose al movimiento revolucionario. Los estudiantes del Instituto Metodista en ese periodo (1911-1913), al mismo tiempo que estudiaban ejercían como pastores o maestros en las congregaciones de Puebla y Tlaxcala. El contacto con las condiciones económico-sociales de los congregantes, muchos de los cuales son obreros de las fábricas textiles o de talleres artesanales que combinan al mismo tiempo con el trabajo agrícola, lleva a los ministros a involucrarse en la lucha armada. También influye el origen de clase, ya que la gran mayoría provenían de poblaciones campesinas y obreras, que por medio de la Iglesia metodista tuvieron acceso a la educación y, por lo tanto, a una movilidad social.

Antes de 1914 algunos estudiantes se han involucrado con el proceso revolucionario, aunque no se han incorporado aún a la lucha armada. Por ejemplo, Andrés Angulo y Fortunato Castillo, entre otros, ayudaron a imprimir el decreto del revolucionario tlaxcalteca Pedro Morales en la imprenta del IMM; y Jean Pierre Bastian opina que en Tlaxcala el gobernador maderista Antonio Hidalgo fue respaldado por estos “jóvenes revolucionarios” educados en el IMM de Puebla, que al igual que el pastor José Rumbia encontraron una alternativa en la educación religiosa metodista, logrando acumular una gran experiencia de agitación y organización política entre campesinos y trabajadores del centro-sur de Tlaxcala.34

El investigador Rubén Ruiz por su parte, considera que “la identificación del metodista con los valores liberales, el origen de clase del convertido y el bloqueo de las vías de integración y progreso social proporcionados podrían explicar la participación de los protestantes mexicanos en la revolución.”35 Una fuente que puede ayudarnos a entender la naturaleza de la militancia revolucionaria metodista es la conferencia que el pastor Victoriano Daniel Báez,36 impartió en la Sociedad de Esfuerzo Cristiano de la ciudad de Madrid el 12 de octubre de 1915. La idea de esta conferencia titulada “La Revolución Mejicana” (sic) fue la de informar a los jóvenes españoles lo que realmente sucedía en la República Mexicana. En la primera parte de la conferencia Báez analiza los puntos positivos y negativos del régimen porfirista. Entre los primeros señala el desarrollo de los ferrocarriles, el impulso a la educación a nivel urbano y la consolidación del crédito nacional. Entre los negativos destacan las garantías ilimitadas al capitalismo extranjero y a los grandes terratenientes, la reelección del presidente Díaz, el caciquismo y la falta de libertad de prensa. En el análisis que hace Victoriano D. Báez del régimen de Díaz, incluso los puntos considerados positivos eran limitados, ya que sólo beneficiaron a una parte de los mexicanos. De este modo, la ausencia de los ideales de igualdad, la pequeña propiedad, el respeto a la voluntad popular y la libertad de pensamiento, ideales que Báez considera fundamentales en una democracia, hicieron inaceptable ese régimen.

En la segunda parte enumera los hechos más sobresalientes del movimiento armado y considera que la democracia se impuso a la dictadura. Venustiano Carranza, al que “secundaron con patriotismo las masas populares”, logró la derrota del dictador, y reestableció el orden constitucional.

En la tercera parte hace una breve consideración final acerca del futuro de México. Justifica a la Revolución mexicana al considerar que, “no es una revuelta de descontentos, anarquistas o forajidos, sino una revolución social de trascendencia, de ideales elevados que harán de México una república próspera y feliz”.37

Cuando los estudiantes de teología del IMM se incorporaron a la Revolución seguramente lo hicieron seguidos de algunos de sus congregantes. No sólo se incorporan pastores sino también laicos, que de alguna manera se encontraban apoyando en sus poblaciones las demandas reivindicadoras de tipo agrario u obrero. El ministro Báez Camargo informaba que en ese momento las congregaciones metodistas de México estaban integradas por campesinos, indígenas y obreros en las zonas rurales, y en las ciudades por clases medias y bajas, situación que los hacía más dispuestos a participar de las mejoras sociales que proponía la Revolución.38

Después de la muerte de Francisco I. Madero, con quien se identificó la mayoría de los protestantes, éstos apoyaron a Venustiano Carranza porque consideraron que sería el hombre que atendería muchas de las demandas populares con las que coincidían los protestantes. Dicho en otras palabras, se identificaron con su proyecto político.

Venustiano Carranza con una actitud moderada ante la problemática nacional, hizo alianzas para fortalecer su ejército y sus bases sociales. Con apego a la legalidad se comprometió con una reforma agraria que favoreciera la formación de la pequeña propiedad, y a sostener una política laboral pro obrerista, con lo que conservó e incluso aumentó el apoyo de muchos grupos revolucionarios. Asimismo abanderó políticas nacionalistas basadas en el orden, la estabilidad y el progreso económico, obteniendo el apoyo de gran parte de las clases medias.39

El metodismo por su parte buscaba entre otras cosas el desarrollo individual mediante el mejoramiento moral y material, así como la formación de la pequeña propiedad, siempre en función del respeto a la legalidad. También veían en la Revolución una oportunidad de cambio económico y social que beneficiaría a la población en general; estaban conscientes de la necesidad de reforzar la educación.

Los estudiantes del IMM incorporados a la Revolución, dieron su apoyo principalmente al carrancismo local representado por el general Máximo Rojas, quien había sido nombrado comandante militar y gobernador del estado de Tlaxcala por Venustiano Carranza. Sin embargo, cuando Domingo Arenas se rebeló contra Máximo Rojas en noviembre de 1914, los pastores y maestros metodistas se dividieron, algunas veces por sus lazos familiares, y la mayoría de los casos, por sus intereses políticos.40

Así por ejemplo, según informes del pastor Agustín Romero López en el pueblo de Panotla la población estaba dividida entre zapatistas y carrancistas. En algunas ocasiones asistían al templo los carrancistas y otras veces los zapatistas. Después dejaron de ir al templo y el pastor tuvo que asistir a dar los servicios religiosos a los cuarteles.41

Independientemente del credo religioso que profesaban, los metodistas se unieron con el grupo o facción que ellos consideraron o identificaron de su mismo estrato social y con el que encontraban afinidad en cuanto a sus ideas, convicciones, aspiraciones, y muchas veces también por vínculos familiares. De esta manera en los estados de Tlaxcala y Puebla se encontraban metodistas tanto en el arenismo como en el carrancismo. Al respecto el pastor Agustín Romero López también considera que tanto Emiliano Zapata como Venustiano Carranza eran aceptados por los protestantes. Luego vinieron las divisiones ideológicas, cuando a Zapata “sólo le interesó la repartición de tierras”. De Carranza opinaba que tenía una tendencia más democrática y republicana, y que por su carácter más accesible fue el que finalmente pudo dominar la situación.42

Los grupos que se unieron al arenismo, se identificaban con el problema agrario, entre ellos destacaban “campesinos-trabajadores” del centro-sur de Tlaxcala, y maestros agraristas como Andrés Angulo. Este último, llegó a ser secretario del general Domingo Arenas y confiscó las colecciones de libros de las bibliotecas pertenecientes a las familias porfiristas, con el propósito de crear bibliotecas populares. Posteriormente se incorporó al carrancismo y asistió como diputado local a los debates de la Constitución del estado de Tlaxcala.43 Otro de estos hombres fue Ángel Zenteno, al que ya nos referimos, quien fue secretario general de gobierno y consejero del gobernador de Tlaxcala, Máximo Rojas. Cuando se dio la rebelión del general Domingo Arenas, decidió unirse a su hermano el general Benigno N. Zenteno, quien militaba bajo las órdenes del general Emiliano Zapata. Falleció en junio de 1916, cuando el campamento del general Zenteno fue atacado por las fuerzas de Domingo Arenas, quien nuevamente luchaba bajo la bandera carrancista.44

Con Máximo Rojas, gobernador constitucionalista del estado de Tlaxcala, se unieron “los campesinos, los rancheros y los intelectuales populares que apoyaban el constitucionalismo”, y que en años anteriores habían simpatizado con el maderismo. Jean Pierre Bastian considera que en ambos bandos “el pastor-maestro rural metodista” como intelectual pueblerino dio coherencia a los intereses de los campesinos y obreros organizados en la lucha.45

Los jóvenes del IMM que se unieron al carrancismo a partir de 1914, alcanzaron en poco tiempo grados militares, gracias a su preparación intelectual y moral tuvieron acceso a puestos claves junto a los hombres que buscaban llevar a la práctica los ideales revolucionarios. Entre ellos destacaron Abel Carro Ramos, Leopoldo Sánchez, Alfonso Herrera y Agustín Romero López. El primero, se desempeñó como maestro metodista, también llegó a ser diputado del Congreso de Tlaxcala e incrementó el reparto agrario para Panotla. Después de la Revolución volvió a ejercer el magisterio en las escuelas de la federación.46 Leopoldo Sánchez, pastor y maestro que alcanzó un alto grado en las filas constitucionalistas, llegó a ocupar el cargo de secretario y posteriormente el de director de Educación Pública del estado de Tlaxcala durante el gobierno de Máximo Rojas.47 Alfonso Herrera, se vinculó a partir de 1913 con el movimiento revolucionario de la ciudad de Puebla como miembro de la junta revolucionaria carrancista; en diciembre de 1913 imprimió en el Instituto Metodista el decreto del revolucionario tlaxcalteca Pedro Morales, mediante el cual se restituían las tierras a los pueblos que habían sido despojados de ellas. En 1914 renunció al ministerio de la Iglesia metodista y se incorporó a la revolución como secretario del general Jesús Carranza con el grado de teniente coronel. Posteriormente manifestó ante la Conferencia Anual de 1915 el deseo de reincorporarse al ministerio metodista.48 Por último, Agustín Romero López participó como orador de la revolución en el estado de Tlaxcala, y en el periodo de 1914 a 1917 recorrió el estado difundiendo los principios constitucionalistas.49

La intervención estadounidense y el nacionalismo metodista.

Con la intervención estadounidense en México nació nuevamente el sentimiento opositor a los protestantes, desde su llegada al país. En distintos medios los metodistas fueron acusados de ser la “avanzada pacífica del imperialismo norteamericano”. Sin embargo, su actuación durante este acontecimiento demostró su independencia de las posiciones de la Iglesia metodista estadounidense y el gobierno de Estados Unidos. Los pastores mexicanos y los misioneros norteamericanos -John Wesley Butle, principalmente- se opusieron a la intervención y se manifestaron abiertamente en contra de ella. Así también, los misioneros demostraron su posición escribiendo artículos y dando conferencias en Estados Unidos en contra de la intervención estadounidense en México.

Butler se había manifestado desde 1912 en contra del intervencionismo de Estados Unidos. En ese año como representante de la Conferencia Anual de México ante la Conferencia General de la Iglesia Metodista, informó que algunos periódicos, tanto al norte como al sur del río Bravo estaban publicando informes “inexactos y exagerados” de la situación política en México, lo que contribuiría a crear posibles complicaciones internacionales que resultarían desastrosas no sólo para los intereses de Estados Unidos y México, sino en especial para el trabajo metodista en este último país. Por lo tanto la Conferencia General Metodista manifestó “profunda satisfacción por la posición del gobierno de Washington en contra de la intervención norteamericana en México”. Se elaboró un documento al respecto y se dio a conocer a los habitantes de Estados Unidos.50

Sin embargo en abril de 1914, cuando la intervención norteamericana fue un hecho, los católicos mexicanos renovaron sus ataques contra los protestantes. La prensa nacional criticó que los propagadores de este grupo religioso en México fueran principalmente estadounidenses y se consideró que los protestantes mexicanos estaban en mayor o menor medida comprometidos con los intereses de Estados Unidos, por lo que fueron acusados de “antipatriotas”. De este modo, el sentimiento antinorteamericano volvió a manifestarse en contra del protestantismo. Como respuesta a esta situación, la Sociedad Misionera de la IME ordenó a los misioneros extranjeros el abandono de sus respectivos cargos en la misión mexicana con el fin de evitar las hostilidades de que eran objeto por parte de la población católica y las autoridades locales. La mayoría de los misioneros abandonaron el país y el trabajo de la misión quedó entonces bajo la dirección de los metodistas mexicanos. En la Ciudad de México la misionera Laura Temple fue la única que en esos días permaneció al frente de la escuela “Sara L. Keen”.51 En la ciudad de Puebla los institutos superiores, así como el trabajo misionero en general, quedaron bajo la supervisión de los metodistas mexicanos.

El sentimiento “antiyanqui” se dirigió entonces contra los protestantes mexicanos y se les atacó no tanto por pertenecer a una religión diferente a la católica (intolerancia religiosa), sino por sus supuestas relaciones con los intereses de Estados Unidos, es decir, por su complicidad con los intereses extranjeros. Los ataques aparecieron en la prensa nacional y con mayor énfasis en la clerical que predispuso al pueblo católico contra los protestantes. Por ejemplo en El Amigo de la Verdad, periódico católico de la ciudad de Puebla, se informó en 1914 que los metodistas residentes en Nueva York estaban próximos a celebrar una reunión para determinar la actitud que debían asumir los metodistas mexicanos ante el conflicto internacional suscitado por la intervención de Estados Unidos en México. La respuesta no se hizo esperar y el doctor Pedro Flores Valderrama, director del Instituto Metodista Mexicano, por medio de El Abogado Cristiano Ilustrado respondió que los metodistas mexicanos arreglaban aquí sus propios asuntos sin necesidad de esperar resoluciones provenientes de Estados Unidos. En particular, los de la ciudad de Puebla, habían tomado las siguientes resoluciones:

1. Preparar a todos los jóvenes y miembros de la Iglesia que estaban en condiciones de empuñar las armas para que estén listos en caso de que tengamos que hacer frente a los invasores de Norteamérica cuando lleguen a la ciudad de Puebla.

2. Aleccionar a las profesoras y alumnas de nuestro colegio que estén en condiciones de hacerlo, para que puedan prestar sus servicios en la Cruz Blanca, neutral o en la roja.

3. Ofrecer al señor gobernador del estado, los dos edificios que nos sirven como colegios actualmente, a fin de que puedan convertirse en caso necesario, en hospitales de sangre.52

Éstas eran las resoluciones que habían tomado los metodistas de Puebla y las que estaban dispuestas a cumplir sin esperar “recomendaciones o advertencias de los metodistas extranjeros”. Con esto los metodistas mexicanos demostraban que, “si bien eran hijos intelectuales de los misioneros norteamericanos, eran independientes respecto a éstos, para actuar en las situaciones concretas de México”.53 No dudaban en tomar las armas contra los invasores independientemente de su “profunda admiración por la forma de vida y las instituciones estadounidenses”.54

Además el doctor Pedro Flores Valderrama envió una carta al gobernador del estado de Puebla, general Juan A. Hernández, solicitando un instructor militar que asesorara a los jóvenes del Instituto Metodista. Los metodistas de la ciudad de Puebla siempre se preocuparon por manifestar que la educación que recibían en los institutos superiores no destruía la identidad nacional, por el contrario, formaba “mexicanos patriotas”. De este modo, cuando se volvió a crear un conflicto con los estadounidenses en 1916, con la expedición punitiva del general Pershing en territorio mexicano, los protestantes de Puebla volvieron a manifestar que en caso de ser un hecho la guerra con Estados Unidos, “serían los primeros en tomar las armas en defensa de la Patria, ya que éste era el deber de todo buen mexicano y de todo fiel cristiano”.55

Los misioneros norteamericanos se preocuparon, mientras tanto, por demostrar que el espíritu de la Iglesia evangélica era independiente del carácter político del gobierno estadounidense. En este sentido se pronunció la Gran Federación o Concilio de las Iglesias de Cristo en Estados Unidos. Esta federación que representaba a una gran parte de los protestantes estadounidenses se manifestó en contra de la intervención del gobierno de su país en los problemas políticos de México haciendo notar que los grupos que empujaban al gobierno a medidas extremas, no expresaban los deseos de la mayoría del pueblo de Estados Unidos, sino los de “ciertos intereses económicos cuyo ensanchamiento se busca por medio de la guerra”. Pedían una solución pacífica a un “problema difícil y abrumador”, ya que no deseaban intervenir en las dificultades internas del vecino país, y manifestaban sus sentimientos de amistad hacia el pueblo de México.56

Al publicar este memorial en El Abogado Cristiano Ilustrado los metodistas mexicanos pretendían demostrar que los misioneros eran ajenos a la política norteamericana y no tenían ningún empeño en producir la desintegración de México, por lo tanto condenaban la guerra entre México y Estados Unidos, así como el dominio americano en Veracruz.

Consideraciones finales

A finales del porfiriato los miembros de las congregaciones metodistas de la zona Puebla-Tlaxcala se inscribieron en un movimiento más amplio de protesta hacía el régimen porfirista. De este modo participaron en las asociaciones liberales y en los clubes antirreleccionistas.

La toma de conciencia, involucramiento y participación de pastores y maestros metodistas en el movimiento revolucionario, fue de alguna manera resultado de la educación liberal que recibieron en los colegios superiores. Ellos vieron en la Revolución la oportunidad de mejorar la situación política y económica que vivía el país; así como la posibilidad de una mayor apertura para la difusión de sus ideas religiosas.

Los alumnos del Instituto Mexicano en la ciudad de Puebla que se incorporaron a la Revolución en 1914 lo hicieron principalmente con el carrancismo, aunque algunos se identificaron más con las ideas agrarias y se unieron a Zapata. Los que se unieron al carrancismo de la zona Puebla-Tlaxcala, se incorporaron especialmente a las filas de Máximo Rojas donde alcanzaron grados militares y luego puestos importantes en la administración pública.

Con motivo de la intervención norteamericana al puerto de Veracruz, la misión de la Iglesia Metodista Episcopal en México fue acusada de ser aliada de los intereses económicos de Estados Unidos. Los misioneros extranjeros tuvieron que abandonar el país ante el riesgo de ataques físicos por parte de los revolucionarios católicos, que de esta manera manifestaban su desconfianza. Los metodistas mexicanos se manifestaron en contra de estos puntos de vista y demostraron por sus actitudes, su rechazo a la posición política del gobierno estadounidense.

Ofrecieron sus edificios a fin de ser utilizados como hospitales y decidieron incorporarse al movimiento revolucionario luchando contra el gobierno de Victoriano Huerta. Los misioneros por su parte, retomaron el tema en Estados Unidos, e impartieron conferencias que revaloraron la labor misionera que realizaban en nuestro país, todo con objeto de demostrar la independencia de la misión metodista.

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Autora: María Eugenia Fuentes Bazán, Dirección de Estudios Históricos, INAH.

  1. Véase Ma. Eugenia Fuentes Bazán, “Los pastores metodistas Ángel y Benigno Zenteno y su incorporación al zapatismo (1911-1916)”, en Estudios sobre el zapatismo (en prensa). []
  2. Jean Pierre Bastian, “Metodismo y rebelión política en Tlaxcala, 1874-1920”, en Historia y Sociedad, Memorias del 1er. Simposio Internacional de Investigaciones Socio/Históricas sobre Tlaxcala, Tlaxcala, Gobierno del Estado de Tlaxcala/Universidad Iberoamericana, 1986, p.113. []
  3. Jean Pierre Bastian, Los disidentes, sociedades protestantes y revolución en México, 1872-1911, México, FCE/El Colegio de México, 1989, pp.13, 14. []
  4. Ibidem, p.15. []
  5. James Cockcroft, “El maestro de primaria en la Revolución Mexicana”, en Historia Mexicana, núm. 64, vol. XVI, 4, México, El Colegio de México, abril-junio 1967, pp. 565-587. []
  6. Raymond Buve, “El Movimiento revolucionario de Tlaxcala (1910-1914). Sus orígenes y desarrollo antes de la gran crisis del año de 1914 (La rebelión arenista)”, en Humanidades Anuario, vol. VII, México, Universidad Iberoamericana, 1981-1983, p. 152. []
  7. Jean Pierre Bastian, Protestantismo y sociedad en México, México, Casa Unida de Publicaciones, 1985, p. 110. []
  8. Porfirio del Castillo, Puebla y Tlaxcala en los días de la Revolución, México, Imprenta Zavala, 1953, pp. 49-50. []
  9. Jean Pierre Bastian, Los disidentes…, pp. 267, 271-272. []
  10. Porfirio del Castillo, op. cit., p.104. []
  11. Jean Pierre Bastian, “Itinerario de un intelectual popular protestante, liberal y francomasón en México: José‚ Rumbia Guzmán 1865-1913”, en Cristianismo y Sociedad, núm. 92, México, Acción Social Ecuménica Latinoamericana (ASEL), 1987, pp.91-108. []
  12. Rubén Ruiz Guerra, Hombres nuevos. Metodismo y modernización en México (1873-1930), México, Centro de Comunicación Cultural CUPSA, A.C., 1992, p. 67. []
  13. Rubén Ruiz Guerra, “Práctica religiosa y valores cívicos. Los metodistas mexicanos y el federalismo”, en Eslabones, núm. 13, México, Sociedad Nacional de Estudios Regionales, A.C., enero-junio 1997 (Pasado y presente del Federalismo Mexicano, 2). []
  14. Actas de la Conferencia Anual de la Iglesia Metodista Episcopal de México (ACAIMEM), México, Imprenta Metodista Episcopal, 1910, p.69. []
  15. ACAIMEM, 1897, p.53. []
  16. El Abogado Cristiano Ilustrado (ACI), t. XLI, núm. 45, México, Imprenta Metodista Episcopal, noviembre 8 de 1917, p. 712. []
  17. ACAIMEM, 1903, pp.54-55. []
  18. ACAIMEM, 1910, p.76. []
  19. Ibid., p.78. []
  20. ACI, t. XLIII, núm. 30, México, julio 25 de 1918, p.474. []
  21. Andrés Angulo, “Educación moral en el hogar y en la escuela”, en ACI, t. XXXVII, núm. 3, México, enero 16 de 1913, p. 38. []
  22. ACI, t. XXXVI, núm. 50, México, diciembre 12 de 1912, p. 793. []
  23. ACI, t.XXXVII, núm. 6, México, febrero 6 de 1913, p.83. []
  24. ACI, t. XXXVII, núm. 3, México, enero 16 de 1913, p. 38. []
  25. Anastacio H. Maldonado, “La educación social en la escuela evangélica”, en ACI, t. XXXVII, núm.15, México, abril 10 de 1913, pp. 231-232. []
  26. Jean Pierre Bastian, “Itinerario de un intelectual popular…”, p. 94. []
  27. El Instituto Científico y Literario de Tlaxcala se fundó en 1888. Ahí se cursaba la enseñanza preparatoria y las carreras de médico, abogado, ingeniero y maestro de enseñanza primaria. []
  28. Rubén Ruiz, Hombres nuevos…, p.87. []
  29. Archivo Metodista, “Entrevista de Jean Pierre Bastian con el licenciado Agustín Romero López”, Querétaro, Querétaro, 1983, p. 1. []
  30. Juan N. Pascoe y Rolando Zapata Olivares, “El Movimiento Metodista en México”, en La Iglesia Metodista de México y su herencia Wesleyana, Comité organizador de la celebración del CCL Aniversario (1703-28 junio-1953) del nacimiento del Rev. Juan Wesley, México, Iglesia Metodista de México, 1953, p. 71; ACI, t. XXXVIII, núm. 38, México, 17 de septiembre de 1914, p. 581. []
  31. Se trata aquí la figura de Ángel Zenteno, como uno más de los estudiantes que a partir de 1914 se une a la Revolución. En otro estudio sobre él y su hermano Benigno se trata con mayor detalle su pensamiento y su incorporación al lado del zapatismo. Véase Ma. Eugenia Fuentes, “Los pastores metodistas Ángel y Benigno Zenteno…, op. cit. []
  32. ACAIMEN, México, Imprenta Metodista Episcopal, 1915, pp. 36, 40 y 43. []
  33. Juan N. Pascoe, op. cit. p.71; Jean Pierre Bastian, “Metodismo y rebelión política en Tlaxcala…, p.114. []
  34. Jean Pierre Bastian, “Itinerario de un intelectual popular…”, p. 104. []
  35. Rubén Ruiz, Hombres nuevos, p. 126. []
  36. Báez fue un miembro importante de la congregación de la Iglesia metodista. También fue ministro y pastor de diversas congregaciones (Tlaxcala, Puebla, Guanajuato, México), y ocupó diversos cargos administrativos dentro de la Iglesia. Bastian lo cita como pagador de las tropas de Ángel Barrios, quien se sublevó en mayo de 1911 en Cuicatlán, Oaxaca Información proporcionada por Rubén Ruiz. []
  37. Victoriano D. Báez, La Revolución Mejicana, Madrid, Imprenta de B. Izaguirre, 1915, p. 38. []
  38. Archivo Metodista, “Entrevista de Jean Pierre Bastian a Gonzalo Báez Camargo, México, 1978. []
  39. Así fue la Revolución Mexicana, t.5, México, Senado de la República-SEP, 1985, p.951. []
  40. Jean Pierre Bastian, Protestantismo y sociedad…, p.120. []
  41. Archivo Metodista, “Entrevista de Jean Pierre Bastian al licenciado Agustín Romero López”, pp.2-12. []
  42. Ibidem, p.11. []
  43. Archivo Metodista, “Bosquejo biográfico del doctor y teniente coronel de caballería Andrés Angulo Ramírez”, s.l., 1974, pp. 1-2, (mecanoescrito); Jean Pierre Bastian, Protestantismo y sociedad…, pp. 119-120. []
  44. Archivo Metodista, “Memorias de la vida del profesor Ángel Zenteno por su sobrina la señora Lesbia Zenteno de Palacios”, s.l., s.f., pp. 2-3, (mecanoescrito). []
  45. Jean Pierre Bastian, Protestantismo y sociedad…, p.120. []
  46. Archivo Metodista, Efraín Atonal Carro, “Introducción, desarrollo y proyección del metodismo evangélico en Panotla”, s.l., s.a., p.19, (mecanoescrito). []
  47. Jean Pierre Bastian, Los disidentes…, p.266. []
  48. Archivo Metodista, “Entrevista de Jean Pierre Bastian a Gonzalo Báez Camargo”; Jean Pierre Bastian, Protestantismo y sociedad…, p. 118; Porfirio del Castillo, op. cit. p.135; ACAIMEN, México, Imprenta Metodista Episcopal, 1915, p.9. A diferencia del sacerdote católico, el ministro protestante debía renovar cada año su licencia de predicador para ejercer el ministerio. Cuando los pastores abandonaron sus congregaciones para unirse a la revolución dejaron de ser ministros de la iglesia metodista. []
  49. Archivo Metodista, “Entrevista de Jean Pierre Bastian con el licenciado Agustín Romero López”, Querétaro, 1983, p.3. []
  50. ACI, t. XXXVI, núm. 22, México, Imprenta Metodista Episcopal, 30 de mayo de 1912, p.342. []
  51. ACAIMEN, México, Imprenta Metodista Episcopal, 1915, p.55. []
  52. ACI, t. XXXVIII, núm. 24, México, 11 de junio de 1914, p.351. []
  53. Idem. []
  54. Rubén Ruiz, Hombres nuevos…, p.116. []
  55. ACI, T. XL, núm. 28, México, 13 de julio de 1916, p.433. []
  56. ACI, T. XXXVIII, núm. 23, México, 4 de junio de 1914, pp. 335-336. []

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