LA INSURRECCIÓN MADERISTA EN GUERRERO

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La protesta y lucha del pueblo guerrerense, dentro y fuera de la ley, contra las arbitrariedades del gobierno de Porfirio Díaz fueron una constante a lo largo de su mandato, lo mismo que la respuesta represiva del régimen.

La imposición reiterada de gobernadores generaba mucha inconformidad; no menos que la propiciada por éstos en los distritos al imponer a los prefectos políticos, quienes se convertían con frecuencia en autoridades que pretendían mantener un control férreo de la población y cometían abusos de todo tipo, resumiendo su actuación en una aplicación arbitraria de la ley, en perjuicio de las clases bajas y medias y a favor de los poderosos. Por ello, cuando se presentaban las oportunidades para manifestar su descontento contra el gobierno de una manera general y organizada, se daba la participación de importantes y diversos sectores sociales, como ocurrió con las rebeliones del general Canuto A. Neri en 1893 y, sobre todo, la encabezada por Rafael del Castillo Calderón en 1901.

Cuando Madero convocó al pueblo mexicano a la contienda cívica primero, y armada después, en Guerrero había muchas razones, personas y grupos sociales dispuestos a secundar su movimiento: rancheros, intelectuales, profesionistas, comerciantes, campesinos, indígenas, jornaleros e incluso algunos terratenientes.

Aunque no se hizo campaña pública a favor de Madero en el estado, sus ideas y propaganda llegaron por diferentes conductos. Uno de ellos fue el doctor Luis Rivas Iruz —originario de Coyuca de Benítez, Guerrero, viejo militante del Partido Liberal Mexicano, amigo de Ricardo Flores Magón y antirreeleccionista convencido—, quien aprovechó sus viajes por los estados de México, Puebla, Oaxaca, Michoacán y Guerrero para difundir la causa maderista. Otros más fueron los guerrerenses José Inocente Lugo, Matías Chávez y Octavio Bertrand, abogados los dos primeros e ingeniero el último. A principios de 1910 Bertrand, partícipe de la fundación del Partido Antirreeleccionista y enviado personal de Madero, contactó y comprometió a Lugo, Chávez, los hermanos Figueroa de Huitzuco y a otras personas, todas ellas de pensamiento liberal y simpatizantes de la no reelección. Uno más fue el joven de Olinalá, estudiante de medicina en Puebla, Juan Andrew Almazán, quien hizo labor de promoción y organización del maderismo en la región de La Montaña.

Recomendado por Matías Chávez y Francisco M. Castro, Bertrand llegó a Huitzuco el 26 de enero de 1910 en busca del señor Martín Vicario, miembro importante del grupo opositor local y presidente municipal en ese momento. Con las precauciones del caso, se reunieron en el domicilio de Andrés Figueroa, en donde, después de recibir y discutir la información, acordaron formar un club político antirreeleccionista al que denominaron Club Juan Álvarez, quedando como presidente Fidel Fuentes, vicepresidente Odilón Figueroa, secretario Francisco Manjares y vocales Octavio Bertrand, Martín Vicario, Martín Fuentes y Agustín Abundez. Se les dijo que se pusieran en contacto en Iguala con los licenciados Lugo y Chávez, quienes habían recibido fondos del Club Central “para activar la propaganda electoral”.

Cumplida la tarea en Huitzuco, Bertrand “continuó su labor en otras partes del estado, sin resultados alentadores”. El único compromiso formal que pudo obtener de los guerrerenses en esta etapa fue la formación del mencionado Club, el cual decidió enviar a un delegado, Agustín Abundez, a la Convención Nacional Antirreeleccionista celebrada en la ciudad de México del 15 al 17 de abril, de donde surgieron como candidatos a la presidencia y vicepresidencia Francisco I. Madero y Francisco Vázquez Gómez. Aún estaba presente en la memoria de los guerrerenses la represión gubernamental a que se vieron sometidos por su participación en el movimiento cívico electoral y rebelión armada encabezada por Rafael del Castillo Calderón en 1901. No obstante, había simpatizantes antirreeleccionistas en diferentes partes del estado, pero éstos se mantenían a la expectativa y veían con recelo la formación y su integración en clubes. El Club de Huitzuco fue el único que pudo formar Octavio Bertrand en Guerrero.

A los recelos y obstáculos políticos había que agregarle la ausencia de una prensa regional y las dificultades en las comunicaciones, lo que impedía a los partidarios del maderismo estar informados con oportunidad y en contacto permanente con su núcleo directivo en la ciudad de México. Ni siquiera el Club Juan Álvarez fue informado a tiempo y con regularidad del curso de los acontecimientos.

Optimista e incansable, Madero realizó su campaña cívica electoral. La respuesta del pueblo, especialmente de la clase media, fue muy favorable. Como su popularidad iba en ascenso, lo cual llegó a preocupar al régimen porfirista, para evitar cualquier sorpresa Madero fue encarcelado tres semanas antes de las elecciones, el 6 de junio de 1910, acusado de conato de rebelión y ultrajes a las autoridades. Las elecciones se llevaron a cabo el 26 de junio. Al siguiente mes el Colegio Electoral declaró triunfadores a la fórmula Porfirio Díaz-Ramón Corral. Una vez más el fraude y la burla se habían consumado. Considerando el gobierno que la situación de riesgo había pasado, Madero fue puesto en libertad bajo caución, situación que aprovechó para huir a Estados Unidos y lanzar desde allá, el 5 de octubre, el Plan de San Luis Potosí, llamando al pueblo de México a levantarse en armas contra la dictadura a partir del 20 de noviembre a las 6 de la tarde. Por fin había alguien con influencia nacional desarrollada a base de un intenso trabajo político, miembro de un sector progresista de la clase dominante, que se atrevía a ponerle el cascabel al gato. Lo que viniese después dependía principalmente de la respuesta de la población a su llamado.

Desde San Antonio, Texas, donde se hallaba el cuartel general de Madero, se difundió en México el Plan de San Luis y la insurrección armada, al mismo tiempo que correligionarios maderistas de diferentes partes del país viajaban a San Antonio en busca de directrices, pertrechos y financiamiento, para preparar la lucha revolucionaria. La conspiración crecía y cobraba fuerza.

En Guerrero, Octavio Bertrand volvió a Huitzuco a fines de agosto, para invitar a los miembros del Club Juan Álvarez a prepararse para la lucha armada. Aceptaron y nombraron como jefe de las fuerzas revolucionarias en gestación a Ambrosio Figueroa, por su ascendencia política y conocimientos militares. En octubre la Junta Revolucionaria Central de la Ciudad de México les hizo llegar 50 carabinas y cinco mil cartuchos, las cuales guardaron y quedaron a la expectativa.

Bertrand continuó su labor promotora subversiva en otras regiones del estado. Por otra vía, el profesor Amado Rodríguez Espinosa, proveniente de las filas del Partido Liberal Mexicano, con apoyo de la hacendada Eucaria Apreza también hacían preparativos insurreccionales en Chilapa.

Llegó el 20 de noviembre, se supo lo ocurrido a la familia Serdán en Puebla y del inicio de la revolución en el norte del país; sin embargo, las noticias eran contradictorias, confusas, no tan claras como para que los maderistas guerrerenses comprometidos tomaran la decisión de rebelarse en ese momento. No era una cuestión fácil de decidir, en la aventura iban de por medio la libertad y la vida. Junto a la incertidumbre estaba la carencia o insuficiencia de armamento. Complicó la situación el encarcelamiento en la ciudad de México, el 13 de noviembre, del responsable de la organización de la revolución en el sur: Alfredo Robles Domínguez y sus contactos Lugo y Chávez, quienes fueron detenidos y encarcelados en Guerrero en enero de 1911. A Octavio Bertrand no podían localizarlo; las comunicaciones con el centro organizador estaban interrumpidas. Ante esta situación, los núcleos de Huitzuco y Chilapa, cada cual por su lado, enviaron a un representante a entrevistarse con Madero en San Antonio, Texas. Por Huitzuco fue Gabino Bandera y Mata, mientras por Chilapa asistió el profesor Amado Rodríguez. De la región de La Montaña fue el estudiante de medicina Juan Andrew Almazán. No consiguieron apoyo económico ni pertrechos militares, pero si trajeron ejemplares del Plan de San Luis y la encomienda de levantar en armas al estado contra la dictadura porfirista. Ahora sí podían tomar la decisión y así lo hicieron.

Al mismo tiempo, otros grupos de guerrerenses intentaban promover la rebelión en el estado. Son interesantes los casos de Delfino Castro Alvarado, quien conspiró en Tepecoacuilco a mediados de diciembre de 1910 por instigación del profesor Gonzalo Ávila Díaz, y de los grupos de estudiantes encabezados por Vicente J. González y Miguel F. Ortega, financiados por la rica terrateniente y comerciante Eucaria Apreza, que salieron de la ciudad de México para iniciar levantamientos armados en Chilapa y Ayutla, entre enero y febrero de 1911. Ambas conspiraciones fueron descubiertas y reprimidas sin que hubiesen tenido mayores repercusiones; sin embargo, son indicativas del estado de ánimo y de agitación revolucionaria contra la dictadura que prevalecía en algunos sectores de la población guerrerense, especialmente de las clases medias, las cuales estaban dispuestas a reclamar sus derechos a la participación política y democrática por todos los medios posibles, incluso la lucha armada.

Ante el riesgo de ser sorprendidos por el gobierno, que ya olfateaba la conspiración, y sin esperanzas de recibir más pertrechos militares, los rancheros de Huitzuco, encabezados por los hermanos Ambrosio, Rómulo y Francisco Figueroa y Martín Vicario, decidieron levantarse en armas. Expidieron dos manifiestos, uno fechado el 5 de febrero de 1911 para exigir la renuncia de Porfirio Díaz, y otro el 12 para llamar al pueblo a la lucha contra la dictadura. El 24 se reunieron en el cerro de San Lucas, donde acordaron recorrer los pueblos aledaños para invitarlos a sumarse a la rebelión. El 26 estuvieron en Atenango del Río y el 28 de febrero a medio día entraron a Huitzuco poco más de 60 revolucionarios que se adueñaron de los fondos de las oficinas públicas y liberaron a los presos. Por la tarde llegaron las fuerzas del gobierno, aproximadamente 200 soldados al mando del capitán Manuel Arroyo Limón, con quienes entraron en combate durante varias horas al cabo de las cuales los rebeldes, ante el agotamiento del parque y la inferioridad numérica, se vieron obligados a abandonar la plaza. La revolución había iniciado formalmente en Guerrero y empezó a crecer y crecer.

Dos meses después del enfrentamiento de Huitzuco, las llamas de la revolución ardían en todo el estado. Julián Blanco, Eucaria Apreza, Amado Rodríguez, Laureano Astudillo, Atilano Ramírez y Manuel D. Asúnsolo, actuaban en la región Centro; Silvestre G. Mariscal, Tomás Gómez y Pablo Vargas, en la Costa Grande; Enrique y Pantaleón Añorve, Manuel Centurión, Manuel Meza e Isidoro C. Mora, en la Costa Chica; Jesús H. Salgado y Leovigildo Álvarez en Tierra Caliente; Juan Andrew Almazán, José Salgado y Cruz Dircio en La Montaña; y los hermanos Figueroa en la región Norte. Grupo heterogéneo de dirigentes revolucionarios: rancheros, profesionistas, comerciantes, estudiantes, campesinos acomodados y aun terratenientes. Aunque variado por sus orígenes y ocupaciones, la mayoría de elementos de este grupo formaban parte de la clase media o pequeña burguesía en ascenso en el estado durante el porfiriato.

Inicialmente la respuesta del gobierno estatal fue minimizar la importancia del levantamiento armado, informando que a pesar de los desórdenes provocados por “algunos malhechores” en el municipio de Huitzuco, “los pueblos de Guerrero, dando una prueba de su amor a la paz y al progreso, se han mantenido en el mejor orden […]”. No obstante, la realidad decía otra cosa y había que tomar otras medidas. Además de movilizar al ejército, el 20 de marzo envió una circular a los prefectos políticos indicándoles que cuidaran el orden en sus demarcaciones, amenazando con castigar a todos aquellos que participaran, apoyaran o encubrieran a los rebeldes. A estas medidas debe sumarse, por parte del gobierno federal, el decreto del 16 de marzo que suspendía algunas garantías constitucionales para poder combatir los avances de la revolución en distintas partes del país. Una de las primeras respuestas políticas en el estado a esta medida represiva del gobierno fue la publicación del Plan Político Social proclamado el 18 de marzo en la Sierra de Guerrero, suscrito por representantes de los estados de Michoacán, Tlaxcala, Campeche, Puebla, D.F. y Guerrero, donde planteaban, entre otros puntos, el reconocimiento de Madero como presidente y, por primera vez en el estado, la demanda de la restitución de tierras a sus antiguos dueños. La revolución estaba en ascenso y nada parecía detenerla.

Ante el empuje de la revolución, los acontecimientos políticos se precipitaron. El 20 de abril el gobernador Damián Flores huyó del estado escudado en una licencia concedida por el Congreso local, “para pasar a la Capital de la República al arreglo de asuntos de interés para esta misma Entidad Federativa”, quedando como gobernador interino Silvano Saavedra. El 26 el Congreso acepta la renuncia formal a la gubernatura de Damián Flores. El 2 de mayo siguiente Saavedra deja su lugar a Teófilo Escudero, quien pasa a ocupar el cargo de gobernador interino “mientras se verifican las elecciones”. Tres gobernadores en menos de 15 días revelan una situación muy delicada, de mucha presión y de grave crisis política en el gobierno estatal. No hallaban la manera de enfrentar la marejada revolucionaria y preferían abandonar el barco. Mejor para los revolucionarios, quienes cada vez se fortalecían más.

La crisis llegó al Congreso local. En la sesión del 29 de abril se discutieron dos de las demandas centrales de la revolución: la no reelección y la supresión de las prefecturas políticas en el ámbito estatal. A propuesta del diputado Catalán Cevallos, por el distrito de Mina, se discutió y aprobó la iniciativa que prohibía la reelección inmediata para los diputados, gobernador, magistrados, fiscal, regidores y jueces menores, y la eliminación de las prefecturas políticas. Aprobada por el Congreso, la iniciativa fue enviada a los ayuntamientos para su ratificación o rechazo. Obligados por las circunstancias, por la marcha acelerada de los acontecimientos sociales, en la sesión del 3 de mayo discutieron otra de las demandas más sentidas y populares en el estado: la supresión del impuesto personal. El autor de la iniciativa fue el mismo diputado. En esta ocasión el Congreso no mostró sensibilidad y la propuesta fue rechazada. Fueron decisiones tardías y parciales, a estas alturas insuficientes para detener la marcha de la revolución, además de que no llegaron a concretarse.

La insurrección seguía su curso. Las cabeceras municipales y distritales iban cayendo una tras otra en poder de los revolucionarios. Iguala y Chilpancingo lo hicieron el 14 de mayo. Después de duros combates, Iguala se rindió ante las fuerzas comandadas por los Figueroa, Martín Vicario, Leovigildo Álvarez, Octavio Bertrand y Jesús H. Salgado. La madrugada de este mismo día fue evacuada la ciudad de Chilpancingo por la fuerza federal que la custodiaba, siendo ocupada en la mañana por las fuerzas rebeldes al mando de Julián Blanco, Laureano Astudillo, Manuel C. Meza y otros. Las plazas políticas y económicas más importantes del estado quedaron en poder de los maderistas. Mientras tanto, Acapulco estaba sitiado y asediado por las fuerzas de Enrique Añorve y Silvestre G. Mariscal, de la Costa Chica y la Costa Grande, respectivamente. Prácticamente todo el estado estaba en poder de la revolución a mediados de mayo. La revolución maderista había triunfado en Guerrero.

Después de la toma de Iguala, con apego parcial al artículo 10 del Plan de San Luis, los jefes maderistas de las regiones de Tierra Caliente y Norte del estado, teniendo como núcleo al grupo de Huitzuco, se reunieron para designar gobernador provisional, recayendo el nombramiento en el profesor Francisco Figueroa. Al parecer, el único de los participantes que estuvo en desacuerdo con esta designación fue Jesús H. Salgado. Para nombrar gobernador se debió haber convocado a todos o la mayoría de los principales jefes revolucionarios en el estado y no sólo una facción, como ocurrió.

Los Figueroa manifestaban ya abiertamente sus intenciones de constituirse en uno de los grupos políticos dominantes en el estado. Entre los jefes maderistas más importantes de otras regiones y que manifestaron inconformidad con la designación, fue Juan Andrew Almazán quien finalmente aceptó el hecho consumado a cambio de recibir parte del armamento entregado por el militar federal Robles Linares en Mezcala, después de haber evacuado la plaza de Chilpancingo la madrugada del 14 de mayo; con estas armas Almazán equipó a la gente de La Montaña que lo acompañaba y marchó hacia el estado de Morelos y la ciudad de México. Estos acuerdos ocurrieron el 16 de mayo. A partir de esta fecha Francisco Figueroa empezó a ejercer sus funciones de gobernador provisional en Iguala. El 21 se trasladó y estableció en Chilpancingo. El 24 fue aprobado su nombramiento por Francisco I. Madero.

Las primeras medidas acordadas por el profesor Figueroa fueron decretar la suspensión de las jefaturas políticas y de los juzgados especiales del Registro Civil, suprimir la contribución personal de 25 centavos mensuales, el nuevo impuesto sobre explotación de bosques y el que gravaba las ventas de maíz. Medidas muy bien recibidas por la población, porque respondían a demandas muy sentidas y populares. De este modo la revolución empezaba a cumplir sus promesas, pero faltaban otras no menos importantes, como la justicia y tierras para los campesinos. En el ámbito político, disolvió el Poder Legislativo, renovó el Poder Judicial y se propuso como objetivos básicos de su gestión “mantener el orden posible durante la guerra y a restablecer el gobierno civil.” Aunque reconocía el problema agrario, no tan grave y generalizado como en Morelos, no le concedía importancia primordial.
Para los Figueroa, así como para Madero, y en general para los terratenientes, rancheros y elementos de las clases medias como los profesionistas y comerciantes, la demanda central de la revolución era política y no social. Con la conquista de la democracia y las libertades individuales era suficiente para ellos; la restitución y reparto de tierras no figuraba en sus prioridades.

La revolución maderista había concluido. En el estado se procedió al licenciamiento de las tropas revolucionarias, facilitado porque siendo época de siembra muchos campesinos y peones levantados en armas decidieron volver a sus labores del campo. Pero no todos, muchos esperaban el cumplimiento inmediato de la promesa maderista de la restitución de tierras a las personas y pueblos despojados, como Emiliano Zapata en Morelos y Jesús H. Salgado en Guerrero.

La vida política no se detenía. El 7 de junio Madero hacía su entrada triunfal en la ciudad de México, a la cual asistieron por parte del estado los jefes revolucionarios Juan Andrew Almazán y Laureano Astudillo. A mediados de junio Madero vino a Guerrero en visita protocolaria, propagandística y de reconocimiento a la participación del sur en la revolución. El 13 estuvo en Iguala y el 14 en Chilpancingo. Refrendó sus coincidencias políticas e ideológicas con la facción maderista dominante, especialmente con los Figueroa. En Iguala, Eduardo Neri pronunció un discurso elogioso y premonitorio, y al concluir dijo: “Este mismo pueblo que os brinda con el corazón hospitalidad, volverá a sus armas si faltáis a vuestras promesas”. Neri se refería al riesgo de que Madero se convirtiera en un nuevo tirano. La premonición se cumplió, pero no por ese motivo ni por el sector social que representaba Neri, sino por los campesinos y porque Madero no cumplió su promesa agraria del Plan de San Luis, dando paso con ello a la lucha zapatista por la tierra.

Los grupos sociales de la clase media y de una parte de la burguesía mexicana habían logrado lo que querían: derrocar a la dictadura e iniciar el establecimiento de un régimen político democrático que respetara los derechos cívicos, las libertades individuales y la propiedad privada. Para los campesinos esto no era suficiente; más importante para ellos era la conquista de la tierra, la justicia y cambios socioeconómicos favorables a los pobres. El incumplimiento maderista de la promesa de devolver las tierras a los pueblos, marcó el inicio de la radicalización de la lucha agraria campesina. Así concluyó una fase de la revolución en el sur y comenzó otra.

Las fotografías 1-3 corresponden a dirigentes maderistas que operaron en la región Norte de Guerrero: Bertrand, Vicario y los Figueroa, integrantes del Club Juan Álvarez, con sede en Huitzuco. La 4 reúne a líderes revolucionarios que pelearon por el rumbo de Teloloapan y Tierra Caliente: Leovigildo Álvarez, Jesús H. Salgado y otros; Salgado llegó a ser gobernador zapatista en marzo de 1914. Las 5, 6 y 7 muestran a los jefes principales de la región de La Montaña: Almazán, Acevedo Cortés, Galeana y Mendoza, además de tropa maderista en posesión de la plaza de Tlapa; con el tiempo, Galeana se convirtió en líder zapatista más destacado de la comarca. En la región Centro, con núcleo en Chilpancingo, sobresalió el general Julián Blanco, con antecedentes de luchador por la democracia (fotografía 8). De la 9 a la 11 las imágenes se refieren a Centurión y Añorve, promotores y dirigentes del maderismo en la Costa Chica. Fotos 12 y 13: Álvarez, Mariscal y Gómez, líderes de la Costa Grande; Mariscal llegó a ser gobernador carrancista. La 14 muestra una familia acapulqueña partidaria del maderismo revolucionario. La 15 presenta a los maderistas de abajo, a los costeños pobres levantados en armas. Imagen 16, campesino muerto en la lucha contra la dictadura. Foto 17, alegría de los costeños por el derrocamiento de la dictadura porfirista. Fotos 18 y 19, fuerza militar gobiernista en Acapulco, insuficiente para contener la revolución. Imagen 20, Madero agradeciendo a los guerrerenses su participación en la lucha por la democracia.

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Archivos

Archivo Histórico del Estado de Guerrero.
Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Guerrero.
Fondo Poder Legislativo.
Fondo Poder Ejecutivo, Periodo Revolucionario.
Fondo Poder Judicial, Ramo Penal, Periodo Revolucionario.

Bibliografía

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Fotografías

1 y 20, Archivo General de la Nación; 2 y 4, Fototeca INAH; 3, 8-19, tomadas de la publicación, sin autor, Revolución evolucionista de México, Hamburgo, Theiner & Janowitzer, s/f, cortesía de Alejandro Martínez Carbajal, cronista de Acapulco, Gro.; 5, Cortesía de Abelardo Acevedo Mier, Huamuxtitlán, Gro.; 6 y 7, Archivo Histórico de la Defensa Nacional.

Autor: Francisco Herrera Sipriano, Museo Regional de Guerrero, INAH.

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